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LOS PICHICIEGOS

Rodolfo Fogwill  

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Fragmento

1

Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por la ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las medias. Entre los dedos, fría, se la siente después.

—¡Presente! —dijo una voz abotagada.

—Pasa —respondió. No “pasá” sino “pasa”. Así debían decir.

Entonces la voz de afuera dijo “calor”, y haciendo ruido rodó hacia él un muchacho enchastrado de barro.

—No hace frío —habló el llegado—, pero habría que apuntalar algo más el durmiente…

—Después se hará —le dijo, mientras sentía que el otro se acomodaba enfrente, embarrado, húmedo, respirando de a saltos.

Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el suelo hasta taparlo con un manto blanco de nieve. Pero esa nieve ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesos tenían nieve. Nieve: barro pesado, helado, frío y pegajoso.

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En su pueblo, las dos veces que nevó, él estaba durmiendo, y cuando despertó y pudo mirar por la ventana la nieve ya estaba derretida. En el televisor la nieve es blanca. Cubre todo. Allí la gente esquía y patina sobre la nieve. Y la nieve no se hunde ni se hace barro ni atraviesa la ropa, y hay trineos con campanillas y hasta flores. Afuera no: en la peña una oveja, un jeep y varios muchachos se habían desbarrancado por culpa de la nieve jabonosa y marrón. Y no había flores ni árboles ni música. Nada más viento y frío tenían afuera.

—¿Sigue nevando? —quiso saber.

En el oscuro sintió que el llegado sacudía la cabeza. Insistió:

—¿Sigue o no sigue?

—No. Ya no más —respondió la voz con desgano, con sueño.

Ahora que lo sentía responder reconoció que el otro había movido la cabeza para los lados. La cabeza o el casco, eso seguía moviéndose. Después la cara se le iluminó, rojiza: pitaba un cigarrillo que olía como los Jockey blancos argentinos.

—¡Pasá una seca! —pidió, pero de tanto tiempo sin hablar la voz le había salido resquebrajada.

—¿Qué? —quería entender el llegado.

—¡Una seca! ¡Una pitada! —ordenó.

La lucecita colorada se fue acercando mientras el otro asentía diciendo:

—¡Buen…!

Tomó la lucecita con cuidado. Sin guantes, sus dedos duros apretaron primero las uñas del otro, y desde ellas fueron resbalando hasta el filtro. Era un Jockey, reconoció en su boca. Pitó dos veces y dos veces lo colorado se hizo ancho, calentándole la cara.

—¡Che! ¡Una pediste! —protestaba la voz.

—Ya está —dijo él y devolvió el cigarrillo que con la brasa crecida cruzando el aire negro parecía un bicho volador que alumbraba.

—¿No es que había mucho cigarrillo? —seguía con la protesta el otro, pitando.

—Haber, hay —dijo él—. ¡Pero ahorremos!

—¿Cuánto hay?

—Como cuarenta cajas: un cajón casi.

—¡Son como cuatrocientos atados…! —se admiraba el otro echándole más humo.

—Sí —dijo él. No sentía ganas de calcular.

—¿Y cuántos somos? —preguntó.

—Ahora veintiséis, o veintisiete —dijo él.

—¡Es mucho!

—¿Mucho qué?

—La gente —dijo el otro, y convidó—: ¿Querés el fin?

—Sí —dijo él y recogió la lucecita del aire y pitó hasta sentir la mezcla del humo de tabaco con el gusto a cartón y plástico del filtro que se quemaba. Lo apagó en el suelo. Dijo—: Se terminó…

El otro hablaba. Quería saber:

—¿Quién cuida los cigarrillos…?

—Uno, Pipo Pescador.

—¿Pipo? ¿Y sirve ese?

—No sé —dijo él. Estuvo a punto de opinar, pero no sabía quién era el llegado. Buscó la linterna. Palpó la tierra dura, el bolso con pistolas, luego barro, luego un trapo de limpiar y más barro y después tocó la caja de herramientas; allí metió los dedos hasta encontrar la linterna chica de plástico. Alumbró el piso. Con el reflejo de la luz reconoció la cara del que hablaba. Era un porteño, Luciani.

—Sos Luciani —dijo.

—Sí, ¿por qué?

—Quise saber, ¿sabés las cuentas bien vos?

El otro dijo sí y él preguntó:

—¿Cuánto hay? Son cuarenta cajas largas enteras.

—Ya te lo calculé —hablaba Luciani—, son cuatrocientos atados de veinte. Si fuéramos veinte tendría que haber veinte paquetes para cada uno. ¿Todos fuman?

—No. Todos no.

—Y ha de ser más o menos ahí: veinte paquetes para cada uno.

—Un mes de fumar, más o menos —dijo él.

—Un mes o más, según cuánto te fumés.

—Habría —pensó y habló— que conseguir más cigarrillos.

—¿Y los otros? ¿Qué dicen?

—Dicen que hay que buscar más azúcar. El Turco busca azúcar. La gente quiere cosas dulces —anunció.

—¿Cómo que no hay azúcar? —dijo Luciani—. ¿Quién cuida el azúcar?

—Pipo Pescador —dijo él.

—¿Y está abajo?

—¿Qué cosa?

—Pipo: ¿Pipo está abajo?

—Sí —dijo él.

—¡Che, Pipo! —gritó Luciani y su voz retumbó en el tubo de tierra.

Desde abajo llegaba un chistido.

—¿Qué pasa? —dijo Luciani.

—Que no grités —le explicó con voz afónica—: ¡Duermen!

—¡Che, Pipo! —habló Luciani echándoles el aliento a las palabras, para que fuesen lejos sin despertar—: ¿Cuánta azúcar queda?

—¿Quién sos? —averiguó la voz de abajo.

—Luciani.

—¡Y qué mierda te importa! —habló Pipo.

—Quería saber —se justificaba.

—Saber, ¡saber! —protestaba Pipo—. ¡Por qué no laburas…!

—Yo laburo —dijo Luciani.

—Bueno… No hay azúcar, pibe —decía Pipo—: Hay nada más que para el mate de la mañana y por si vienen los oficiales. ¡Y ahora callate! ¡Che, Quiquito! —La voz de Pipo se estaba dirigiendo a él.

—¿Qué?

—¿Sabes qué?

—No. ¿Qué?

—Decile a ese boludo que averigüe menos y que salga y consiga azúcar.

—Buen… —dijo él y volvió a mirar la cara de Luciani en la media luz que soltaba la linterna apoyada en el muro de barro.

Nunca se deben iluminar las caras con la linterna. Al principio, cuando alguien pedía la linterna, siempre la pasaban prendida, dirigiéndole el rayo de luz a la cara. Así se producía dolor: dolían los ojos y dejaba de verse por un rato. Abajo —por tanta oscuridad—, y afuera, andando siempre de noche y en el frío, la luz duele en los ojos. Alguien alumbraba la cara y los ojos se llenaban de lágrimas, dolían atrás, y enceguecían. Después las lágrimas bajaban y hacían arder los pómulos quemados por el sol de la trinchera. Escaldaban.

Después Luciani había callado. Siempre al llegar el que entra habla. El que llega viene de no hablar mucho tiempo, de mucho caminar a oscuras, de hacer guardias arriba de algún cerro esperando la oscuridad. Viene de estar tanto callado que cuando se halla en el calor empieza a hablar.

Como cuando despiertan: despiertan y se largan a hablar.

En la chimenea lateral algunos estaban despertando. Se oían sus voces:

—¿Qué hora es? —decía una voz finita, llena de sueño.

—Las siete.

—¿De la noche? —era la misma voz.

—Sí, de la noche.

—Ah…

—¡No! —interrumpía otra voz, tonada cordobesa—, ¡iban a ser las siete del mediodía…!

Alguien rio. Alguien puteó. Entre esos ruidos hubo otros como de cascos y jarros golpeándose. Hablaba uno:

—Ah… ¡che, uruguayo!

—¿Qué? —le respondían.

—Quería saber… ¿Si vos sos uruguayo, por qué carajo estás aquí?

—Porque me escribieron argentino. ¡Soy argentino!

—¡Suerte! —dijo una voz dormida.

—Che… ¿y por qué te dicen uruguayo?

—Porque yo nací ahí, vine de chico…

—¡Es una mierda el Uruguay…!

—Sí —era la voz del uruguayo—, mi viejo dice que es una mierda.

—¿Tu viejo es uruguayo?

—Sí… ¡Oriental!

—¿Y tu vieja?

—No. Murió. Era también del Uruguay…

—Gardel era uruguayo… —dijo alguien, para sortear el tema de la muerta.

—No… ¡francés! —dijo el uruguayo.

—Francés y bufa —terció alguien—, lo leí en un libro de historia del tango.

—Gardel… ¿bufa? —dudaba el de la voz finita.

—Sí —dijo el que había leído—. ¡Era francés, bufa y pichicatero!

Después la voz que había preguntado la hora insistió:

—¿Qué hora era…?

—Las siete y cinco —contestó la voz del que tenía la hora y después gritó—: Che… ¡A despertarse! ¡A las ocho salen ustedes…!

—Mejor —dijo uno—. Así respiramos. ¡Acá no se aguanta más el olor a mierda!

Las voces llegaban desde el arco de chapa que comunicaba la entrada con la chimenea lateral. Había ecos, rebotes de los ruidos contra partes de piedra o de arcilla apretada entre las piedras. Frente a él, Luciani se había dormido. Siempre da sueño al entrar en el calor. La cabeza de Luciani se volcó hacia adelante y se sintieron los correajes soltándose y las hebillas golpeando contra algo hueco: una caja o el casco. Después se oyó una voz viniendo desde afuera.

—¡Presente!

—Pasa —respondió él. No “pasá”.

—Calor, calor —dijo la voz de afuera y alguien apareció rodando por el tobogán duro de la entrada. Después del cuerpo, cayeron cascotes y terrones de arcilla contra Luciani, que se quejó, pero siguió durmiendo.

—Ojo, que aquí hay un dormido —avisó él y mostró el casco de Luciani con la linterna de plástico—. ¿Y vos quién sos? —preguntó. No conocía esa cara, blanca y tan afeitada.

—Rubione, del siete —dijo el nuevo—, estaba en la remonta…

—¿Y quién te manda…?

—El Turco —dijo y explicó—: ¡Traje azúcar!

Entonces él lo recorrió con el haz de la linterna viendo cómo se abría el gabán y entre sus ropas hacía aparecer una bolsa de azúcar grande como su pecho que hizo saltar un botón de la casaca. Alzándola con dificultad, mostró después la bolsa de papel, que a la luz dorada de la linterna parecía marrón.

—Está húmeda —aclaró—, se me mojó anoche… La tenía esperando al Turco y no vino…

—¡Pipo! —llamó él.

—Shhh —chistaron desde abajo.

—¿Se puede? —dijo bajando la voz—. ¿Se puede secar azúcar húmeda?

—Habiendo tiempo sí —decían desde abajo—. Y si no, ¿sabés qué? —preguntaba.

—No, ¿qué?

—Si no, te la comés húmeda. ¿Llegó azúcar?

—Sí —confirmó él.

—¿Quién consiguió?

—Uno nuevo. Se llama Rubione. Viene de Ele Ce.

—¿Y quién lo mandó?

—El Turco. Lo mandó el Turco.

—¡Más nuevos…! —protestaban abajo. Era la voz del muchacho a quien llamaban Pipo Pescador porque se parecía a un clown de la televisión de Rosario que tenía ese apodo.

—Y sí —dijo él—, más nuevos…

—¿Qué es? ¿Zumbo?

—No, colimba —aclaró él.

—Bueno… Mejor… ¿Quiquito?

—¿Qué?

—Pasame el azúcar y no hagan más quilombo… ¿querés?

Él apagó la linterna, se hincó sobre el tubo que comunicaba con el almacén y no dijo “sí”.

Abajo, el reflejo azulado de las llamas de una estufa iluminaba un hueco de seis metros de largo lleno de mercaderías, bolsas y estantes de madera donde se movía un muchacho semidesnudo, de cara flaca, cargada de tics. Era Pipo que alzaba los brazos para tomar la bolsa.

—¡Son como quince kilos! —dijo al recibirla.

—¿Tanto? —preguntó él, cuidando que la bolsa no se cayera sobre el piso.

—Sí, quince al menos.

—No, son diez kilos. Lo que pasa es que debe haber chupado agua anoche —dijo Rubione.

—¡Son quince kilos! Se lee acá —dijo Pipo— que son quince kilos. —Y después pidió—: Quiquito… ¡hacelo callar!

—¿Qué le pasa a este? —preguntaba Rubione.

—Nada. Duermen algunos en el almacén: no hagas más ruido.

—Buen…

—¿Querés algo? ¿Precisás algo?

—Fasos. ¿Hay fasos?

—Sí —dijo él y le pasó un Jockey blanco.

—¿Fuego hay? —parecía rogar.

—¿No tenés? —preguntó él, y como el otro no respondió le tiró su caja de fósforos inglesa y dijo—: Quedátela. Yo después consigo más…

Rubione prendió un fósforo y pitó. Se nubló el túnel con el humo de azufre del fósforo y cuando salió la bocanada de humo, se difundió por el lugar el típico olor a té de los Jockey blancos. Quiso fumar:

—¡Dame una seca…! —reclamó a Rubione, que le acercó el cigarrillo a la cara. Él lo tomó del filtro y lo fue pitando mientras el otro averiguaba:

—¿Y comida…? ¿Hay?

—¡Raciones! Esta noche comemos raciones frías.

—¿Por qué frías?

—Para ahorrar carbón. Hoy no hace tanto frío. Cuando haga frío se da caliente. Pero después de las comidas, igual se reparte mate cocido caliente. ¿Te gusta el mate?

—Sí —dijo Rubione y contó—: Ayer tomé café…

—¿Café? ...