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LOS QUE DUERMEN EN EL POLVO

Horacio Convertini

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Fragmento

Uno

Mónica vino corriendo hacia mí, espléndida, viva, maravillosamente viva. Daba saltitos en puntas de pie, sobreactuando el sigilo. Me pareció que lograba sostenerse en el aire unos segundos y que los aterrizajes eran suaves y efímeros, como si el mínimo contacto con el pavimento le bastara para impulsarse de nuevo. También es ingrávida, pensé, y lo que veía y lo que imaginaba ver se prolongaron en el bálsamo de su sonrisa, ancha y permanente, porque siempre estaba feliz, aun ahí, como si su función existencial fuera ser el reverso de la mía, la contracara alegre de un hombre de cincuenta años oscurecido por una pérdida terrible en un mundo agonizante. Mónica había escapado de la barraca por una banderola sin rejas hacia el techo de una casa vecina y de ahí había bajado descolgándose por un árbol. No le preocupaba el toque de queda. Sabía que el máximo riesgo era que la sorprendieran en la calle a deshora y que la sermonearan un rato con el respeto a los protocolos de seguridad, porque ni siquiera le aplicarían la multa.

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Yo la esperaba sentado en un banquito de cemento de la plazoleta triangular que estaba a cincuenta metros de casa. No se escuchaba el ulular de los bichos ni el rotor de los helicópteros ni los estampidos secos de las armas de los soldados de guardia, lo que ayudaba a creer la ficción de un barrio en paz, el marco perfecto para una cita amorosa de medianoche. Sólo tenía que mantener la vista fija en ella y no distraerme con el escenario de puertas y ventanas tapiadas, frentes chamuscados por el fuego o taladrados por las balas, calles con rajaduras y cráteres. De esta manera, el trotecito de Mónica, la sonrisa de Mónica, podían volverse por un segundo el trotecito de Érica, la sonrisa de Érica, y eso me reconfortaba más que la aventura del encuentro prohibido y el sexo que habríamos de tener a oscuras en la única casa abierta.

Me paré cuando la tuve cerca. Ella se me colgó del cuello y me dio tres o cuatro besos cortitos en la boca.

—Vamos, dale, a ver si nos pescan —dijo, y me agarró de una mano y me obligó a caminar rápido.

Hubiera podido decirle que, si nos pescaban, nadie se animaría más que a una murmuración socarrona. Que mi poder era suficiente para borrar de su legajo cualquier falta si algún idiota se atrevía a levantarle un acta, y que, en última instancia, a nadie le importaba demasiado el reglamento vacío que los burócratas habían diseñado dos mil kilómetros al sur. Pero no lo hice porque ella ya lo sabía. Las verdades inútiles hay que callarlas.

En su otra vida, Mónica había sido gimnasta, campeona argentina, medalla de bronce en unos Panamericanos juveniles. Su cuerpo todavía conservaba la memoria de esos tiempos de entrenamiento y rigor. Era delgada, fibrosa, de brazos y piernas con músculos pequeños pero consistentes. Un gorrión chiquito, eléctrico, con alma de nena de colegio secundario, muy diferente a Érica. La acrobacia que debía hacer para verse conmigo a solas representaba para ella un ejercicio elemental. Un día le pregunté si no tenía miedo de caerse y fracturarse un hueso. Me dijo que no, que podía huir de la barraca con una mano atada a la espalda sin el menor problema y que, aunque no hubiera sido así, todos los miedos se reducían frente a la amenaza que nos había roto la vida.

Bajamos por Luppi, mi calle, la que alguna vez había sido arbolada y bella. Mónica me agarró de la cintura, se me pegó al cuerpo, sentí su olor a champú barato.

—Tengo frío —murmuró.

La abracé y fue como si la midiera: no era Érica, desde luego. Intenté que las diferencias no me precipitaran tan pronto en la tristeza. Debía decirme en forma clara, para que mi mente lo captara y retuviera, que sólo una bendición de Dios podía explicar un amor ahí. No me refiero a un coito apurado en las duchas comunes, el desahogo carcelario al que los más afortunados accedían de tanto en tanto. Hablo de un amor de verdad, porque Mónica me amaba, por encima de la diferencia de edad, de mi falta de atractivo, de mi historia. Incluso por encima de mi opaco rendimiento en la cama. Mónica me amaba, acaso porque yo era la garantía de que su legajo llegaría invicto al final y eso significaba dinero, porque el poder en ese minúsculo distrito dominado por una amenaza representaba también un motivo de fascinación, y las escapadas de la barraca, las noches de whisky de contrabando y sexo de matrimonio constituían un privilegio al que se llegaba únicamente por mí. Ni por el Lele Figueroa, que se hacía traer putas de afuera una vez por mes, ni por Uzín, que parecía no estar interesado en las pulsiones de la carne, ni por Kadijevich, un lobo desvariado por el amor a la patria.

Pero Mónica no era Érica. Érica era —o mejor dicho, había sido— casi tan alta como yo. Caderas fuertes, tetas de nodriza, ese adorable pliegue en la panza al sentarse, matrona yerma de cuerpo blando por el que jamás había pasado el cincel de la educación física. Me gustaba su pelo negro, pese al rodete. Me gustaba su piel blanca. Y los ojos. Y esos labios Betty Boop que yo mordía como si fueran caramelos al entrarle como un presidiario en las pausas de las largas temporadas de abstinencia a las que me sometía.

Yo podía imaginar las razones del amor de Mónica, pero nunca había podido imaginar las razones de Érica.

—Quiero saber lo que sentís por mí —le dije una vez, poco antes de que la epidemia estallara—. No lo que sentiste alguna vez ni lo que represento en tu vida por acumulación. Lo que sentís ahora mismo, ya, en este momento.

Llevábamos tres meses sin tocarnos y la falta de sexo me estaba volviendo loco. Ni siquiera recurría a prostitutas porque yo sólo servía con Érica. Mi fidelidad hacia ella se definía por un defecto de vigor. Estábamos en Santiago de Chile. Me había tomado unos días de licencia, de los tantos que tenía en el ministerio, para acompañarla a un congreso latinoamericano de perspectiva de género y medios. Guardaba la ilusión de que el viaje abriera las llaves secretas de su deseo y que la atmósfera de hotel cinco estrellas despertara la fantasía de una segunda luna de miel. Pero no sucedió nada de eso. Tomada por la vida académica, prácticamente me ignoró. Esa noche cené solo porque no quise acompañarla a una comida con otros disertantes. Me quedé esperándola bebiendo pisco sour en el bar del lobby. Volvió tarde, pasadas las doce. La invité a un trago y me dijo que no, que había tomado vino blanco y que le dolía la cabeza y que lo único que quería era una aspirina, leer un rato, dormir. Subimos al cuarto. Yo entré al baño a lavarme los dientes. Cuando salí, ella estaba sin pantalones, con la camisa desprendida, sentada en posición de loto en un sillón de tela rústica. Leía a la luz de una lámpara el libro que le había regalado esa tarde una antropóloga colombiana. Se había soltado el pelo. Yo me quedé contemplándola unos minutos como quien intenta descifrar un acertijo. Mi voz, al preguntar, sonó débil. Reconocí el ahogo del miedo y me puteé por dentro. Tardó en responder. Supongo que la sorprendí en el medio de un párrafo que le gustaba y no quiso detener la lectura hasta el punto final. Bajó el libro, no lo cerró, y antes de hablar me miró fijo dos o tres segundos. Sentí un escalofrío.

—¿De qué hablás, Jorge?

—Si voy a seguir arrastrándome por vos como un gusano, al menos quiero saber que es por algo más fuerte que la costumbre.

Alzó el libro, se concentró de nuevo en las páginas y, como si lo estuviera leyendo, dijo:

—Yo te amo. Ahora. En este preciso momento, con locura y a mi modo. Si no, te hubiese dejado hace años.

La respuesta era la que deseaba, pero el modo me destruyó. El tono seco, mi lugar entre sus prioridades determinado por los ojos en la lectura. Fui a la cama y me acomodé dándole la espalda. Ella me siguió un rato más tarde. Prendió el televisor. Buscó el canal pago de películas porno. Subió el volumen. Me giró de un tirón y me repitió al oído: yo te amo, ahora. Cogimos rabiosamente. Le mordí tan fuerte los labios que le sangraron. Ella lloró con su orgasmo, entiendo que de placer, aunque no estoy seguro. Lo hicimos de vuelta a la mañana siguiente en la ducha, pero no resultó bien, al menos para mí. Lo que siguió fue el espanto.

Mónica me retó porque había dejado la puerta de casa sin llave y con el sol de noche prendido.

—¿Querés que se te meta alguno?

—No hay chance. Lo único bueno que hacemos acá es mantenerlos del otro lado.

Adentro hacía más frío que afuera porque las paredes transpiraban la humedad de octubre. Mónica se desnudó rápido, se metió en la cama, se tapó hasta el cuello, le pegó con los talones al colchón como lo que era, una chiquilina disfrutando de su travesura preferida. Le pregunté si quería whisky.

—Johnnie rojo. El hombre no se esmeró esta vez. Olvidate del Glenmorangie.

—Después, dale, metete.

Me desnudé pensando en que no iba a poder hacerlo con Érica en la cabeza. Ella pareció darse cuenta. Apenas me acosté, me abrazó y empezó a acariciarme la cara como una madre.

Mónica no era Érica. 

Mónica era una suerte barata, un espejismo, la voluntad de un hombre torturado de dejarse estafar.

Mónica era lo inmensamente posible.

Dos

Al Puente Alsina lo destruyeron desde el aire. Fue antes de que yo llegara, cuando ni siquiera habían levantado el muro y mercenarios chechenos, desde trincheras improvisadas, vomitaban plomo las veinticuatro horas del día para cubrir a los que empezaban las obras. El Lele Figueroa me mostró una breve filmación muda, en blanco y negro. Dos aviones que llegan del este en vuelo rasante, paralelos, y que disparan sincronizados dos misiles cada uno. Cuando los sueltan, pegan un respingo y se elevan, como si recién entonces pudieran ganar altura al haberse desprendido de su carga. Suben, en ángulo de sesenta grados, mientras los misiles caen viboreando y pegan en las cabeceras del puente. Nubes de polvo ascienden y se comen los pórticos, que se derrumban hacia dentro, lentamente, como si un ácido fatal los licuara, y el agua muerta del Riachuelo, encrespada ahora como un monstruo, otro monstruo más, se agita para devorarse las vigas de hierro oxidado, los pedazos de pavimento y hormigón, y las criaturas que casi ni se ven, esas criaturas que llegan incesantemente desde el sur y que hay que detener como sea.

Ver eso no me dio tristeza, porque la tristeza ya había cristalizado dentro de mí un carozo negro y duro cuando, apenas llegado, me llevaron a un tour por las ruinas del barrio. Pompeya era un cuerpo de miembros amputados. Como la iglesia, ahora, apenas un baldío con una cruz de madera en el medio. La habían demolido durante la reconquista. Los soldados que limpiaban la zona encontraron dentro de ella un foco gigante de bichos. Estaban encerrados y famélicos. Tuvieron que bombardear el edificio y aun así seguían brotando como de una fuente macabra. Alguien dijo que eran vecinos que, en pleno estallido de la epidemia, fueron a guarecerse al templo, de alguna manera se infectaron y no pudieron salir. Una manzana pelada, entonces, sin una piedra en pie y con el pasto perfectamente cortado, gramilla esponjosa que nadie quería pisar.

Esa Pompeya mínima, tapiada y militar era la ilusión de Buenos Aires. Se trataba de una presencia de valor simbólico ya que no había la menor intención de utilizarla como cabecera de playa de una futura expansión. Los políticos sólo habían querido restaurar la idea de la gran capital, lo que representaba en la mitología de los sobrevivientes y en el orgullo de la nación, y desecharon los planes más audaces. Decidieron que lo menos riesgoso era establecer un destacamento pequeño en un barrio defendido por el límite natural del Riachuelo y que podía ser rápidamente tabicado, sin mayores esfuerzos de ingeniería, con la construcción de un muro en el triángulo conformado por tres avenidas, a las que rebautizaron Alfa, Beta y Gama. Yo era el único que recordaba sus nombres originales (Alcorta, Centenera, Perito Moreno) y que podía darles algún significado histórico, pero a nadie le importaba demasiado atarse al pasado. A las calles interiores las numeraron y sólo respetaron la denominación de Sáenz, la gran avenida comercial del viejo barrio, la de la plaza Traful, la de la iglesia, la del club Unidos, la que nacía en el Puente Alsina.

En aquellas primeras horas, le pregunté al Lele Figueroa por qué habían hecho semejante cosa, qué les costaba resguardar un poco la memoria del lugar si habían decidido regresar a él.

—Son cosas de milicos —respondió—. Les gusta hablar en código, como si fueran los marines de las películas. Alfa tango charly y esas pelotudeces. Dicen que es mejor para planificar operaciones. Me ...