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LOS QUE VOLVIERON

Márgara Averbach  

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Fragmento

Prólogo, dedicatoria y advertencia

Lo que cuento no es la historia tal cual pasó. Lo que pasó, creo, es mucho más que esto, que fabriqué con palabras un verano (siempre escribo en verano) en un cuaderno rayado. Y lo peor es que lo hice con toda conciencia: sabía eso cuando me senté a escribir. Pero no podía dejarlo: la historia me llamaba, me pedía palabras.

Lo que pasó en el mundo, en Melincué y en Rosario y también lejos de Argentina —esa historia de horror y sangre y pueblo chico y manos que se atreven a rozarse y miradas que ven muy lejos—, eso lo tienen que contar los protagonistas. Que yo sepa, lo hacen todo el tiempo. Y está bien: esta es una historia que hay que contar muchas veces.

Esta es mi versión. La pienso como un eco que va detrás de la historia, nunca en contra, nunca en competencia. Aún así, sigo sin estar segura de si hago bien, pero no en escribirla (eso era inevitable), sino en intentar que otros la lean.

Inevitable, dije, porque la historia de Yves Domergue y Cristina Cialceta quiso que yo la contara. Me llamó desde esquinas que camino, desde caras que vi una sola vez en algún colectivo, desde un viento que doblaba un árbol frente a mí para decirse en el aire. Y yo no sé no escuchar las historias. Esa es mi excusa.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Así que cuando no pude más, la levanté con las dos manos, despacio, y me senté a escribirla en lápiz y papel, como hago siempre con los primeros borradores. Pero sigo sabiendo que esta historia que imaginé y borré y volví a imaginar, es otra historia.

Por eso, pasa en un pueblo que no existe (aunque tal vez haya algún pueblo con el nombre que yo inventé), entre personas que no respiran excepto detrás de mis ojos. Por eso, la advertencia a los que leen y las disculpas a los protagonistas. Los verdaderos, digo. Porque aunque esto no fue lo que pasó en Melincué, sin Melincué, esta historia no existiría. Sin Melincué, seguiríamos ll ...