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LOS QUE VOLVIERON

Márgara Averbach  

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Fragmento

LOS QUE SE PERDIERON

Nos arrastraron hacia el fondo imposible de la muerte y después, cuando ya no éramos, nos metieron en un auto verde, un Ford muy parecido al primero, el que nos arrancó de la vida, y nos llevaron lejos.

Como en un cuento de hadas, nos perdieron en un bosque sin árboles.

“Ningún Nombre”: eso dicen las lápidas del cementerio a un costado de un pueblo que, vivos, no caminamos nunca. Un pueblo cualquiera. “NN” proclaman las dos lápidas, como si los dos fuéramos la misma persona.

Desde entonces, en el día, vagamos en torno del fresno, bajo el que, algunas tardes, duerme el que cuida el cementerio. Desde entonces, en las noches, nos repetimos el Antes en voz baja. La memoria nos tiembla sobre manos inventadas: no queremos perderla. Bailamos en el mismo viento, juntos como dos banderas, aferrados a ella. En el Antes también bailábamos uno con la otra y el mundo nos sostenía; en el Antes había risas y espacio y esquinas en que encontrarse.

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También nos robaron eso.

A veces, cuando la oscuridad es larga y fría, y en el pueblo las puertas están cerradas y las ventanas abiertas, oímos las voces que nos buscan. Las oímos desde lejos, desde este lugar imposible. No están en estas calles. ¿Para qué vendrían a este pueblo, igual a cientos de otros, distinto de cualquier otro? Nos buscan, eso lo sabemos, pero nos buscan desde el otro lado del Antes, ese lado al que ya no podemos volver.

A veces, en verano, el cementerio se siembra de ruiditos rápidos. Hay pies que pasan corriendo sobre la pared baja de ladrillos y cruzan entre las tumbas, tambaleándose entre la risa y el miedo. Nosotros los miramos pasar y cuando se detienen bajo el fresno, decimos nuestros nombres en voz alta. Sonidos limpios, diferentes, sonidos que no se parecen en nada a las dos enes de las tumbas. Eran limpios, sonoros, nuestros nombres. Son limpios, sonoros, todavía. Flotan en el aire cuando allá lejos, ellos los siguen diciendo.

Todos los lunes, después de la escuela, la profe iba hasta el cementerio y dejaba flores. Yo no lo sabía, por supuesto; no me enteré hasta mucho más tarde. Cuando lo supe, entendí muchas cosas. Por ejemplo: el ramo que había los lunes sobre la mesa del salón de profesores, esa piecita diminuta cerca de la puerta principal del colegio, la cafetera siempre encendida, las sillas blancas y la mesa de madera oscura y muy rallada. O el hecho de que los lunes, solamente los lunes, la profe salía apurada apenas tocaba el timbre.

Después, cuando empezamos a ir al cementerio, vimos las flores también, apoyadas sobre las tumbas, junto a las dos placas con las letras “NN”, grabadas sobre el cemento desprolijo. Ningún Nombre. Eso dijo la profe que significaban. Casi al final, creo (porque hubo un final aunque ninguno de nosotros se atrevió a imaginarlo al principio), supimos que había otros que llevaban flores. No sé cuántos eran. Por un tiempo (hasta lo de la panadera), a mí me gustaba creer que era todo el pueblo, todo Los Baguales que se turnaba para hacerlo.

Pero la historia no empezó con las flores. Ni siquiera empezó con la profe, no. Empezó con Ju.

Lo raro es que, en ese entonces, ninguno de nosotros esperaba nada de Ju. Para los demás, ella casi no existía. Ahora que se me dio por pensar la historia de nuevo, por escribirla, se me ocurre que por ahí fue justamente porque no existía que le pasó. Ella era “la menos”. Así la llamaba yo en voz baja cuando ella no me estaba mirando. Cuando se lo dije, hace poco, se las arregló para reírse pero yo sé que le dolió.

Yo no la odiaba ni nada. Al contrario, a veces se me daba por pensar en lo complicado que debía ser no tener nada para defenderse. Quiero decir: yo aprendí hace mucho a acordarme de lo que me sale bien. Al principio de la secundaria, cuando mamá me retaba si faltaba al colegio (había días en que hacía mucho frío y yo decidía quedarme), yo sabía qué decirle: “Me va bien, ma, ¿vos nunca te quedaste cuando llovía mucho?”. Con el odio que le tenemos las dos al frío, en general, no necesitaba mucho más… No era difícil: yo le recitaba mis notas y listo. Y no soy la única en eso. El Negro, que siempre se llevó todo menos Gimnasia, me contó que cuando era necesario, en su casa, él les recordaba que hacía tres años que lo votaban “mejor compañero”.

Ju no tenía nada de eso. O sí y nosotros no se lo veíamos. A mí me daba como lástima. Por ahí, digo, fue por eso que Ju vio lo que vio. Por ahí, ella necesitaba ver. Eso pienso yo. Pero Ju tiene otra teoría. No hace falta aclararlo: como en todas sus teorías, ella no está en el centro.

—Fueron ellos los que querían que alguien los viera. Yo estaba ahí, nada más que eso —dijo entonces. Supongo que si alguien le preguntara ahora, lo seguiría diciendo.

Ese día, el primero, llegó tarde a clase. Pero no, no, me equivoco. Ese no fue el primer día de la historia. La cosa empezó mucho antes, hace como treinta años. Lo que yo quiero contar fue nuestra parte en el asunto. Y si me pongo a pensarlo, ese tampoco fue el primer día de Los Baguales en el asunto. En ese momento, a nadie le llamaba la atención que Ju llegara tarde. Así era ella entonces. Estoy tratando de acordarme cómo nos sentábamos los cinco. Y cómo éramos también, porque no somos los mismos. La historia nos cambió a todos. Aunque hay cosas que no cambian…

Yo no sé cómo era yo entonces, no del todo, pero sí que era tan curiosa como ahora. Mamá siempre me lo decía: “A vos, lo que te va a salvar es la curiosidad”. El problema es que hay muchos tipos de curiosidades. A ella y a papá les dolía (por ahí les duele todavía) que yo no tuviera la que lleva directamente hacia la ciencia. Para ellos, esa es la única que importa. Yo soy curiosa pero solamente cuando se trata de las personas, los animales, las palabras. Nunca se me dio por preguntarme la razón por la que se caen las cosas o se oxidan los metales. Lo mío es más bien “¿por qué la gata de Lau me quiere a mí y odia a Ju, incluso ahora, que Lau y Ju están siempre juntos?”. O “¿por qué, cuando vuelve del trabajo, invierno o verano, siempre, mamá se saca los zapatos y anda descalza?”.

No creo que Ju sea curiosa. Hasta que ella vino a la escuela, yo suponía que nadie vivía sin alguna pregunta en la cabeza, sin ganas de averiguar algo. Y como Ju no parecía interesada por nada, para mí ella era como un autómata. Un robot. Respiraba, nada más. Y hacía todo como se respira: sin pensar, sin sentir. Lau fue el que lo dijo mejor: “A esa le resbala todo”, me dijo a principio de año.

El proyecto la dio vuelta, sí. La convirtió en otra. Por ahí fue porque sintió que por primera vez alguien la elegía para algo. Yo no termino de creerle, no del todo, pero me gusta cuando ella cuenta la historia a su manera. Le dije que la escribiera y me dijo que no le gusta escribir. Por eso lo hago yo. Alguien tiene que hacerlo.

Una vez, la profe (no sé por qué le seguimos diciendo así, tal vez porque ese año fue la profe para nosotros) dijo que si una no se siente mirada, se vuelve invisible. Algo parecido. Yo entiendo eso. Es por eso que el Negro siempre está haciendo chistes. Es por eso que siempre está esperando que le pidamos que cuente uno. Se sienta como en el medio, nos mira y hasta que alguien no dice “Dale, contate algo, Negro”, no se queda tranquilo. A Ju le faltaba algo así. Contar chistes, quiero decir. Por eso fue ella la que vio. Necesitaba algo que hiciera que los demás la miraran. Yo no podría vivir ni medio minuto si alguien no me estuviera mirando.

UN HERMANO

Lo buscamos todos. Todos. Los que vivíamos en este país, cerca del lugar en donde se lo tragó la tierra, y los que se habían ido al otro lado del mar, más allá de la frontera.

Él era el único tema del que hablábamos. Y estaba ahí, siempre; respiraba debajo de las charlas tontas y necesarias en las que se arregla cuánta leche hay que comprar o qué regalarle a alguien para el cumpleaños. Él era el ruido constante que todos oíamos por debajo del mundo. Nos acostumbramos a ese ruido, pero a lo otro no nos acostumbramos nunca. Nunca. Las ausencias nunca se hacen costumbre.

Al principio, mi hermano escribía. Escribía como se escribía entonces, en papel, con birome y esa letra conocida que ahora me golpea como me golpea el tono de la voz cuando la escucho en una grabación familiar. Un día, llegó una carta que no tenía por qué ser la última. Después, nada. Como si él hubiera entrado en otra dimensión. Algunos me preguntan si yo sabía lo que significaba ese silencio de páginas.

Y no, no. Para los que creen en conexiones mentales (yo no), la verdad es que no me intranquilicé. Todo estaba bien. Ya había pasado antes. Supuse que me llegaría otra carta en dos, tres semanas. Algunas noches me ponía a pensar en lo que significaba la última oración de la carta anterior. “Me está pasando algo hermoso”, había dicho y yo había entendido “amor” pero no había nombres. Nada más que la promesa: “Ya te voy a contar”.

Cuando la carta siguió sin venir, empezó la búsqueda.

Lo busqué en todas partes. Busqué y busqué y seguí buscando, y en algún momento empecé a soñar. En el sueño, que se repitió varias veces, buscaba a alguien que nunca había existido. Y cuando preguntaba por él a otros, ellos me miraban como se mira a los locos y se encogían de hombros. Y entonces, yo empezaba a dudar. Eso era lo peor de todo, lo que me aterrorizaba: la duda. En esa duda, que nunca sentí despierto, me despertaba.

Busqué. De pregunta en pregunta, llegué a la última ciudad, el lugar donde había estado mi hermano cuando mandó la última carta. No, no había vuelto a la casita en la que vivía, me dijeron. Había estado ahí hacía poco, sí, con una chica. Después de eso, se perdió el rastro y yo busqué pero ya sin dirección, casi sin sentido. Él podía estar en cualquier parte. Podía haber caminado diez kilómetros y quedarse en una casa; podía haberse tomado un ómnibus a Buenos Aires, a Neuquén, a Jujuy; podía estar ahí mismo, en el departamento de al lado.

No me resigné. No hubiera sabido cómo. Tal vez el único sentido que me quedaba era la búsqueda misma, el tiempo de esperanza que se me abría por dentro cada vez que creía que estaba avanzando.

No puse avisos. No estaba permitido y yo ya había entendido lo que pasaba alrededor. Alguien me aconsejó que me fuera del país. Tenía razón, pero yo necesitaba quedarme. Había agotado las pistas, todas, pero mañana, hoy mismo, en una hora, podía llegar una carta; en dos segundos podía sonar el teléfono. Durante años imaginé el momento en que recibiría la carta, atendería el teléfono. Imaginé la letra conocida, la voz como un golpe en el estómago.

La mía era una esperanza lastimada. A veces conseguía imaginar el paso posterior, el día en que sabría las razones del silencio y tomaría un colectivo, un tren al encuentro de mi hermano, la sonrisa en los labios, la cabeza apoyada contra la ventanilla. Hasta ahí llegaba porque ¿cómo imaginar lo que seguía sin saber cuál sería el destino, el escenario del encuentro? Nunca quise elegir uno cualquiera (una plaza conocida, una esquina) porque me daba la impresión de que eso era cerrarme a que el encuentro ocurriera en alguna parte. Y no quería cerrarme. No iba a cerrarme. Si me cerraba, estaba seguro de que me volvería loco.

LOS QUE SE PERDIERON

Llamamos. Llamamos a todos, a cada uno que se cruza con nosotros sin vernos. Hacemos señales desde nuestra isla desierta con brazos inútiles, transparentes, que los vivos no ven.

Y eso tampoco es cierto. Hay sombras rápidas que vienen a dejarnos flores. Lo hacen desde siempre, desde el día que siguió al viaje en el auto verde inundado de olor a muerte y sangre y gritos; desde la noche en que empezamos a mirar el mundo desde afuera, como se mira el comedor caliente de una casa desde el frío turbio del invierno. Así que no, no es cierto.

Alguna vez, las flores nos dieron esperanzas. Creímos que los que las traían se pondrían a buscar nuestros nombres perdidos. Que entenderían. No fue así. Hoy seguimos mirando desde el otro lado, las manos detrás de la barrera, invisible como el vidrio. Ellos traen flores y las voces nos llaman y la casa en que están, ese otro mundo, tiembla y susurra y nos llama pero nosotros seguimos afuera. Ningún nombre, dice el cemento.

A veces nos damos por vencidos. A veces esperamos de nuevo. Los lunes, sobre todo. La mujer de los lunes vino desde la primera semana. Entonces era una nena. Sigue viniendo. Nos habla en voz baja y tranquila pero no se hace preguntas. Tal vez porque supo el principio, porque leyó sobre el auto verde y la zanja cerca del molino y las tumbas rápidas.

Y ahora, cuando ya no esperábamos, Ju.

Ju no sabía. La noche de la zanja ni siquiera había nacido. Apenas si leyó algún libro, suponemos. ¿Por qué iba a vernos? Eso pensábamos hasta hace nada de los chicos jóvenes. Ahora, de pronto, se nos ocurre que es al revés: que ella nos ve justamente por eso, porque vino después, cuando todo había pasado, cuando el miedo ya no era el mismo. Por eso, es capaz de mirar el espanto. Porque tiene un lugar seguro donde pararse y pensarnos.

Y no. No, tampoco es eso. No parece seguro el lugar en que vive Ju. La vemos tambalearse. Y después nos ve.

Nos ve, sí, nos está mirando.

Nuestros nombres perdidos ronronean, lejos, donde los dejaron. El camino hasta ellos es muy largo, termina allá, en el mundo del que nos sacaron a la fuerza, ese mundo que dejamos antes de la zanja. Es un camino con más de dos puntas. Un camino que no podemos andar a solas.

Para Ju (lo sabemos) empieza hoy, en la biblioteca.

La biblioteca vieja de este pueblo, tanto más chica que la de la ciudad en que nos quisimos. No es la primera vez que nos refugiamos aquí. Vinimos muchas tardes a leer sobre el hombro de otros, adaptándonos a ritmos y mano ...