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LOS SECRETOS DEL CONGRESO

Gabriel Sued  

4


Fragmento

Introducción

El cuello del saco dado vuelta, el cansancio acumulado en los pómulos sobresalientes, el diputado Daniel Lipovetzky entró como una tromba en el Salón de los Pasos Perdidos. Acababa de llamar por teléfono al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, minutos después de las 6 de la mañana. Fue un intento desesperado por convencerlo de que la Casa Rosada debía intervenir para salvar el proyecto de legalización del aborto, que a esa hora naufragaba.

—La gente no se puede ir con las manos vacías —argumentó, para volcar a su favor a la multitud que rodeaba el Congreso desde la tarde, a la espera de la votación.

—Tengo las manos atadas. No puedo hacer nada, Daniel —le respondió el funcionario en el último contacto, una hora atrás.

Después dejó de atenderle el teléfono. Lo mismo había hecho más temprano el jefe de Gabinete, Marcos Peña.

—¿Qué pasó? ¿Qué dicen en el Gobierno? —interceptó al diputado uno de los periodistas acreditados, al tanto de las gestiones con el Poder Ejecutivo. Justo debajo de Los constituyentes del 53, el óleo gigante ubicado en uno de los extremos del salón, Lipovetzky se sacó la bronca:

—¡Son unos pelotudos! ¡Nos dejaron solos y se fueron a dormir! ¡El Gobierno se fue a dormir!

Para un periodista que disfruta de la política, ser acreditado en el Congreso es como vivir en un parque de diversiones. Permite presenciar acontecimientos históricos en contacto permanente con los protagonistas; aprender los detalles del proceso legislativo y descubrir las trampas para sortear el reglamento; entender las dinámicas y las lógicas del poder, más allá de lo que dicen los libros de educació

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