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LOS ZAPATOS ROJOS SON DE PUTA

Jorgelina Albano  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

SI CAMBIAMOS LA MIRADA,
HAREMOS QUE EL MUNDO CAMBIE

“Fui con mi mamá a comprar zapatos y me enamoré de unos de color rojo”, dice Carolina del Río en la entrevista para Alabadas. “Delante del vendedor, mi mamá me dijo que no eran de señorita, luego, en privado, volvió al tema: ‘Los zapatos rojos son de puta’. Yo tenía unos seis o siete años. Recuerdo que me quedé pensando en qué querría decir eso… Por supuesto, cuando me fui a vivir sola, lo primero que hice fue comprarme unos zapatos rojos”.

Intentar ver lo que no vemos: las creencias profundas construidas acerca de lo que significa ser hombre y ser mujer en la sociedad actual. Hablar de lo que muy pocos hablan, hacerlo evidente. La cultura tiene que ver con esas creencias profundas que se ponen en acción todos los días, en cada una de nuestras conductas. Cambiar la mirada significa salir de la matriz impuesta. Romper el statu quo implica ver algo distinto para hacer algo distinto. Vivimos en un mundo ciego a la igualdad de género, crecimos en él convencidas de que ser mujer significaba lo opuesto a ser varón. Un mundo dividido en masculino y femenino; una dicotomía que resultó funcional a la conservación de ciertas reglas y que ignoró la esencia para centrarse en los roles que cada uno debía asumir.

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“Estamos empapadas de patriarcado”, dice Natalia Ginzburg en el ensayo Mujeres y hombres, escrito hace más de treinta años y todavía vigente y más visible que nunca. Porque si algo cambió desde esa época es que el tema tomó una relevancia que antes no había tenido, instalándose en los medios de comunicación, en la charla familiar y en la calle. Pero ¿entendemos como sociedad qué quiere decir que estamos “empapadas de patriarcado”? Cambiar la cultura implica romper con creencias viejas que limitan a las mujeres y a los varones en su evolución. Un cambio de mirada nos dará la oportunidad de proponer la construcción de creencias nuevas para que la diversidad tome otro valor y, a partir de allí, relacionarnos desde la equidad y en las diferencias.

Cuando cambiamos de perspectiva, todo a nuestro alrededor se modifica. Ser capaces de ver, por ejemplo, que desde el Génesis en adelante la única voz sobresaliente fue la masculina y que la cultura la construyó desde esta perspectiva como voz universal nos ayuda a entender de qué manera funciona la sociedad patriarcal en la que vivimos. A preguntarnos, al menos, por qué en pleno siglo XXI las mujeres seguimos luchando en el mundo entero por una sociedad equitativa.

El primer mandato es el de Adán y Eva. Dios creó al hombre y de su costilla hizo a la mujer. ¿A quién le da el Génesis el poder absoluto? La respuesta es más que evidente, Eva es una compañera de Adán a la que luego, y como castigo, Dios le impone servir al marido y parir a los hijos con dolor. A Adán también le da mandatos, como el de ganar el pan con el sudor de su frente. Rol de salida al mundo para Adán, rol de encierro para Eva. Fue ella quien rompió las reglas del Edén al comer la manzana y luego seducir a Adán para que también lo hiciera. Esta transgresión, este ir más allá de lo que “no se debía hacer”, fue transmitida a lo largo de los siglos como un mensaje negativo, digno de castigo.

¿Qué hubiese pasado en la historia si a Eva en lugar de castigarla se la hubiese destacado por romper las reglas y dar a la humanidad la posibilidad de la conciencia? La manzana mordida es la toma de conciencia de la desnudez y de las diferencias sexuales entre Eva y Adán. Pero eso no pasó, a Eva siempre se la presentó como la culpable del fin del Edén y a Adán como su víctima. Según el Génesis, ella tuvo el poder de la seducción sexual, y a este poder se le ha dado una connotación negativa que se fue transmitiendo por siglos en la sociedad. Esto convirtió a la mujer en culpable de que el varón sucumbiera a sus más bajos instintos y permitió, a lo largo de la historia, que actuara de manera voraz para responder ante ella. Incluso hasta que utilizara la fuerza para descargar y demostrar su virilidad. Una víctima que cede a los instintos más bajos sin culpa, porque el mito que indica que el varón (a diferencia de la mujer) necesita fisiológicamente el acto sexual, lo perdona y hasta lo justifica socialmente.

Y aunque estos argumentos parecieran del siglo pasado, están vigentes aún. Solo basta con escuchar ciertos comentarios, e incluso leer o ver en algunos medios cuando ocurre un femicidio o una violación, frases del estilo: “La chica iba vestida de tal o cual manera”; “Ella lo buscaba a él”; “Ella estaba sola en la calle”; “Ella lo había amenazado con que se iría”; “Cada uno sabe en qué lugares se mete”; “A quién se le ocurre dejar a una adolescente andar sola a esas horas de la noche”. Un claro ejemplo en Argentina fue el debate que se dio en el Congreso de la Nación en torno a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Durante seis meses en las redes sociales se podían leer comentarios del tipo: “Que cierren las piernas”, “Ni siquiera habría que permitir el aborto en casos de violación”, “Si no quieren al hijo que tienen en la panza, ¿por qué no lo dan en adopción?”.

Una mujer creada para acompañar, servir, ser un envase reproductivo, un objeto sexual y no tener el poder absoluto sobre sí misma. Veintiún siglos con la creencia de que las mujeres somos en función de una definición que, aún hoy, la Real Academia Española (RAE)1 vincula con lo femenino:

MUJER. Del lat. mulier, -eris.

1. f. Persona del sexo femenino.

2. f. Mujer que ha llegado a la edad adulta.

3. f. Mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia. ¡Esa sí que es una mujer! U. t. c. adj. Muy mujer.

4. f. Esposa o pareja femenina habitual, con relación al otro miembro de la pareja.

A su vez, la RAE define “femenino” del siguiente modo:

FEMENINO, NA. Del lat. feminınus.

1. adj. Perteneciente o relativo a la mujer. La categoría femenina del torneo.

2. adj. Propio de la mujer o que posee características atribuidas a ella. Gesto, vestuario femenino.

3. adj. Dicho de un ser: Dotado de órganos para ser fecundado.

La RAE no tiene en cuenta en estas definiciones al ser humano como un todo, como un individuo que basa su esencia en su integralidad, conformada por rasgos tanto femeninos como masculinos y por lo que la sociedad interpreta, a medida que va evolucionando, como lo femenino y lo masculino. Por el contrario, relaciona de manera absoluta y excluyente lo femenino a la mujer y lo masculino al varón.

Nos encontramos aquí frente a un doble peligro, porque si bien estamos saliendo de a poco de la ceguera social que pone al hombre y a la mujer en diferentes planos, sigue latente el riesgo de perder todos los derechos y con ellos la libertad que las mujeres hemos adquirido en los últimos tiempos en este avance sin precedentes. Sigue habiendo fuerzas detractoras porque el patriarcado es incluso más fuerte que la igualdad. Aún son muchas las mujeres del planeta que se unen a las voces de los varones patriarcales, ya sea por afinidad de ideas e intereses o porque simplemente creen que el mundo es así, inmodificable. Mujeres que habiendo llegado a lugares de poder —haciendo mucho más esfuerzo que un hombre y hasta sacrificios a los que ellos jamás se hubiesen expuesto— aceptan pasivamente esta dinámica, tomándola como parte de las reglas del juego. Incluso se perciben a sí mismas más cercanas al varón y manifiestan empatizar más fácilmente con ellos.

Con este tipo de actitudes no hacemos más que continuar naturalizando los principios y las creencias de una sociedad patriarcal. Un patriarcado que en algunos países obliga a las mujeres a cubrirse la cabeza y el rostro como creencia religiosa fundamental o que practica la ablación genital a las adolescentes u obliga a las niñas a contraer matrimonio con varones que triplican o cuadriplican su edad. Mujeres violentadas por el poder económico, moral y social del varón, que aún domina la historia y concentra la potestad de ejercer la autoridad sobre lo que considera de su propiedad: la mujer. Una mujer cuya maternidad es tomada como su condición inherente y que es sospechosa si no desea concretarla.

El doble riesgo es pensar que nuestras hijas ya lo entendieron. Es creer que las nuevas generaciones tienen la puerta abierta para vivir según el género que las identifica; poder elegir el tipo de vida que quieren construir y no ser juzgadas por eso. El doble riesgo existe en creer que las mujeres hemos avanzado o lo estamos haciendo y dormirnos en esa tranquilidad. Esto recién comienza, y corremos serio peligro de que un día, al levantarnos, hayamos perdido todos los derechos adquiridos. No podemos descuidarnos: la libertad, un derecho innegociable, siempre está en riesgo para nosotras.

Hay en el aire fuego encendido, clamor, pasión y deseo en la lucha por los derechos de las mujeres. Alzamos la voz, salimos a las calles, inundamos las redes sociales, llegamos a los medios masivos de comunicación, nos hacemos escuchar en un solo grito acompañadas por algunos hombres que se sienten parte del mismo movimiento y observadas por otros que con cierta tibieza comienzan a apoyarnos pero sin quedarse demasiado cerca. Mientras tanto, el resto de los varones, anclados en el patriarcado, siguen pensando que el feminismo es solo de las mujeres y que ellos están exentos de hacer cualquier movimiento. De este modo no hacen más que reafirmar viejas estructuras y los mandatos que también pesan sobre ellos sin darles la oportunidad de entender que la igualdad nos conviene a todos. Las mujeres en ese grito incluimos a la más amplia diversidad de género. Entendemos la identidad de género como un derecho que, aunque otorgado por ley en Argentina, aún la sociedad patriarcal no termina de aceptar.

Los hombres no están dispuestos a ceder su lugar de poder, y mientras las mujeres le decimos coralmente basta al patriarcado, ellos agachan la cabeza para mirar el celular sin enterarse de lo que está ocurriendo. Mientras tanto, a la hora de mirar a los costados para buscar personas de confianza que los acompañen en este lugar, ven a sus amigos, y es a ellos a quienes les dan la mano para crecer. Más hombres que acompañan a otros hombres en espacios de poder. Fotos de las mesas de decisión en las cuales la proporción entre hombres y mujeres es de quince a una se exhiben todos los días en las redes sociales y en los medios de comunicación, y las instituciones que las publican se vanaglorian del poder de los integrantes con enorme capacidad de influir en políticas públicas como formadores de opinión y hábiles lobistas. Esto ocurre en los más diversos ámbitos: sindicatos, uniones de empresarios, instituciones educativas, empresas, directores de medios y asociaciones de todo tipo, como las de prensa y las fundaciones, entre muchos otros. La Unión Industrial Argentina (UIA), por ejemplo, no tiene una sola mujer en el comité ejecutivo, y en la junta directiva hay solo una entre cuarenta y ocho hombres. ¿Acaso no hay mujeres industriales en nuestro país? Paralelamente, la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) no tiene ninguna mujer en su comisión directiva. ¿Acaso solo los hombres tienen la potestad de negociar y defender los derechos de los trabajadores? Esto se repite en cada organización argentina, en algunas participan mujeres pero siempre la balanza se inclina, casi por completo, hacia los varones.

Noruega fue el primer país en demostrar en 2003, a través de una regulación que imponía sanciones a las compañías que no tuvieran al menos un 40% de mujeres en los órganos de decisión, que se puede cumplir con una ley de cupo, con penalizaciones que no hizo falta aplicar pero que amenazaban hasta con la disolución de las empresas que no observaran la regla. Todas la cumplieron. En un artículo aparecido en El País de España durante el año 2016, Morten Huse, profesor de la escuela de negocios Noruega BI y de la Universidad de Witten/Herdecke (Alemania), sostiene que “gracias a la ley, las directoras pasaron de representar un exiguo 3% a cerca del 40% actual, ‘instantáneamente’”. Lo mismo se ha comprobado en el Reino Unido, Italia, Francia, Bélgica, Suecia y Alemania.

En Argentina el presidente Macri, en marzo de 2018, presentó un proyecto de ley sobre equidad de género y oportunidades en el trabajo destinado a equiparar las posibilidades, la remuneración y el trato de mujeres y varones.2 Es interesante leer el proyecto, porque si bien contempla algunos movimientos convenientes, de ninguna manera iguala a la mujer y al varón frente, por ejemplo, a los estereotipos de género respecto a las tareas de cuidado, tampoco menciona especialmente qué sucede con las mujeres en los directorios o lugares de liderazgo ni impone sanciones si no se cumpliera la ley, en el caso de que el Congreso la aprobase. Entonces, ¿para qué promover una ley que no tiene ningún costo para quienes no la cumplan? O mejor dicho, ¿por qué sancionar una ley que nadie acataría justamente porque no tiene costo alguno no hacerlo? Un proyecto de ley que está lejos de solucionar la inequidad desde la raíz.

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