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LUCES DEL SUR

Danielle Steel  

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Fragmento

1

El hombre sentado en el desvencijado sillón del que asomaba la guata parecía estar dormitando, con la barbilla cayéndole poco a poco hacia el pecho. Era alto y de complexión fuerte, y en su nuca, por encima del cuello de la camisa, asomaba una serpiente tatuada. Los largos brazos le caían inertes a ambos lados del sillón en la penumbra de la pequeña habitación. Llegaba un fuerte olor a comida procedente del pasillo y el televisor estaba encendido. En un rincón de la habitación había una cama estrecha sin hacer que cubría casi toda la alfombra de pelo largo, descolorida y llena de manchas. Los cajones de la cómoda estaban abiertos y las pocas prendas que antes contenían estaban en el suelo. Llevaba puesta una camiseta de manga corta, unas zapatillas resistentes y unos vaqueros, y el barro incrustado en las suelas se había secado y empezaba a caer en la alfombra. De repente, se despertó de su sueño plácido y se espabiló de golpe. Levantó la cabeza con un movimiento brusco y abrió los ojos azul hielo, y al instante se le erizó el vello de los brazos. Tenía un oído muy fino. Cerró los ojos de nuevo mientras prestaba atención; entonces se puso en pie, cogió la chaqueta y cruzó la habitación de una sola zancada. Al erguir la cabeza, la serpiente tatuada desapareció bajo el cuello de la camisa.

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Luke Quentin se deslizó con mucha cautela por encima del alféizar de la ventana y, tras cerrarla, bajó la escalera de incendios. El tiempo era gélido; lo habitual en Nueva York durante el mes de enero. Llevaba dos semanas en la ciudad. Antes de eso había estado en Alabama, Mississippi, Pennsylvania, Ohio, Iowa, Illinois y Kentucky. Había visitado a un amigo en Texas. Hacía meses que viajaba. Aprovechaba los trabajos que le salían; no necesitaba demasiado para vivir. Se movía con el sigilo de una pantera, y empezó a descender por la calle del Lower East Side antes de que llegaran a su habitación los hombres a quienes había oído acercarse. No sabía quiénes eran, pero su intuición le decía que no debía arriesgarse a descubrirlo. Existía una alta probabilidad de que fueran policías. Había estado dos veces en la cárcel, por fraude con tarjetas de crédito y robo, y era muy consciente de que los ex presidiarios nunca recibían un trato justo por parte de nadie. Sus compañeros de prisión lo llamaban Q.

Se detuvo a comprar el periódico y un sándwich. Temblaba de frío, así que decidió dar un paseo. En otro ambiente se le había considerado atractivo. Tenía los hombros anchos y musculosos y un rostro de facciones muy marcadas. Tenía treinta y cuatro años y, entre las dos condenas, había pasado diez entre rejas. Había cumplido la pena completa, no le habían concedido la libertad condicional. Y ahora era libre como el viento. Hacía dos años que había regresado a las calles y, de momento, no se había metido en ningún lío. A pesar de su corpulencia, era capaz de pasar desapercibido entre la multitud. Tenía el pelo de un rubio rojizo anodino y los ojos azul pálido, y de vez en cuando se dejaba barba.

Quentin se dirigió hacia el norte, y torció hacia el oeste cuando llegó a la calle Cuarenta y dos. Nada más pasar Times Square, entró en un cine, se sentó en la sala a oscuras y se quedó dormido. Era medianoche cuando salió, y cogió un autobús para regresar hacia el sur. Supuso que a esas horas las visitas se habrían marchado haría rato. Se preguntó si algún empleado del hotel le habría soplado a la policía que allí se alojaba un delincuente. Los tatuajes que llevaba en las manos eran una señal inequívoca para los duchos en la materia. No había querido estar por allí cuando entraran en la habitación; y esperaba que, al no encontrar nada, hubieran perdido el interés por él. Eran las doce y media cuando volvió al hotelucho.

Siempre subía por la escalera. Los ascensores eran una trampa, y él prefería tener libertad de movimientos. El recepcionista lo saludó, y Luke se dirigió a la habitación. Estaba en el descansillo inferior a su planta cuando oyó un ruido. No había sido una pisada ni una puerta; había sido un clic. Tan solo eso. Lo adivinó al instante, acababan de amartillar una pistola; y, moviéndose a la velocidad del sonido, bajó la escalera con sigilo y solo aminoró un poco la marcha cuando se acercó al mostrador de recepción. Algo iba mal, muy mal. Entonces se dio cuenta de que los tenía detrás, a media escalera. Eran tres, y Luke no pensaba quedarse a descubrir su identidad. Se le pasó por la cabeza intentar librarse del tema hablando con ellos, pero su intuición lo empujaba a correr. Y fue lo que hizo; correr como alma que lleva el diablo. Ya había recorrido un tramo de calle cuando sus perseguidores salieron por la puerta a toda velocidad. Pero Luke era el hombre más rápido del mundo. Cuando estaba en chirona, practicaba atletismo para mantenerse en forma. La gente decía que Q era más veloz que el viento. Y ahora estaba haciendo honor a su fama.

Se encontraba en lo alto de una tapia, detrás de un edificio, y se aferró al tejado de un garaje para saltar otra tapia. Era la zona más poblada del barrio, y ya sabía que no podría volver al hotel. Algo iba muy, muy mal. Aunque no tenía ni idea de qué. Llevaba una pistola corta enfundada en los vaqueros y, como no quería que lo pillaran con un arma encima, la arrojó en un contenedor de basura, y luego enfiló un callejón que quedaba detrás de otro edificio. Se limitó a seguir corriendo, pensando que los había despistado, hasta que topó con otra tapia y, de repente, una mano se alzó por detrás de él y lo agarró por el cuello como una tenaza. Nunca lo habían agarrado con tanta fuerza, y se alegró muchísimo de haberse deshecho de la pistola. Ahora solo tenía que librarse del policía. Clavó el codo en las costillas de quien lo estaba sujetando, pero solo sirvió para que este hiciera más fuerza y estrujara el cogote de Luke. Casi al instante, se mareó y cayó al suelo a pesar de su imponente constitución. El policía sabía bien dónde tenía que apretar. Propinó un sonoro puntapié a Luke en la espalda, y él dio un grito con los dientes apretados.

—Hijo de puta —renegó Luke, intentando sujetar a su agresor por las piernas.

El policía cayó y ambos rodaron por el suelo. El agente lo inmovilizó en cuestión de segundos; era más joven que Luke, estaba en mejor forma física y llevaba meses esperando deleitarse con su compañía. Lo había seguido por todo Estados Unidos, y ya había estado en su habitación del hotel dos veces esa semana y una la anterior. Charlie McAvoy conocía a Luke Quentin mejor que a su propio hermano. Hacía casi un año que había obtenido un permiso especial para apresarlo, y tenía muy claro que iba a atraparlo aunque muriera en el intento; así que, ahora que por fin le había echado el guante, no pensaba dejarlo escapar. Charlie se puso de rodillas y estampó la cara de Luke contra el suelo. La nariz le sangraba profusamente al levantar la cabeza, justo cuando los otros dos agentes se acercaban a Charlie por detrás. Los tres iban de paisano, pero se adivinaba a la legua que eran policías.

—Tranquilos, chicos, vamos a jugar limpio —dijo Jack Jones, el jefe de los otros dos, y le entregó las esposas a Charlie—. No lo mataremos antes de llegar a la comisaría.

Los ojos de Charlie clamaban muerte. Jack Jones sabía que su subordinado quería cargarse a Luke, y también sabía por qué. Charlie se lo había confesado una noche estando borracho. A la mañana siguiente, Jack le había prometido no contárselo a nadie, pero ahora era consciente de lo que le estaba ocurriendo; temblaba de rabia. A Jack no le gustaba que las venganzas personales se mezclaran con el trabajo. Si Luke movía un dedo para liberarse y escapar, Charlie le dispararía. Y no procuraría herirlo en un brazo o una pierna. Lo dejaría seco en el sitio.

El tercer miembro del equipo avisó por radio a un coche patrulla. El suyo estaba a varias manzanas, demasiada distancia para ir con Luke. No pensaban correr riesgos.

A Luke la sangre de la nariz le estaba empapando la camisa, pero ninguno de los agentes le ofreció nada para frenar la hemorragia. No tendrían ninguna compasión con él. Jack le leyó sus derechos, y Luke lo miró con arrogancia a pesar de la tremenda contusión. Tenía la expresión hierática, y unos ojos que captaron hasta el último detalle de los tres policías sin revelar nada. Jack pensó que era el cabrón más insensible que había conocido en su vida.

—Os demandaré por esto, hijos de perra. Creo que me habéis roto la nariz —los amenazó.

Charlie le lanzó una mirada fulminante mientras los otros dos hombres lo empujaban hacia el coche. Lo metieron dentro a la fuerza e indicaron a los policías de los asientos delanteros que se encontrarían en la comisaría.

Los tres hombres guardaron silencio en el camino de vuelta hasta su coche, y cuando arrancaban Charlie miró a Jack y, a continuación, se dejó caer contra el respaldo, muy pálido.

—¿Qué se siente? —preguntó Jack durante el trayecto—. Ya es tuyo.

—Sí —respondió Charlie en voz baja—. Ahora solo tenemos que demostrar lo que hizo y conseguir que lo condenen.

Cuando llegaron a la comisaría, Luke estaba hecho un gallito. Tenía todo el rostro y la camisa ensangrentados, pero, incluso esposado, se mostraba chulesco.

—¿Qué piensas hacer, tío? ¿Culparme de un falso atraco, o de haberle robado el bolso a una ancianita? —rió Luke en la cara de Charlie.

—Fíchalo —le dijo Charlie a Jack, y se alejó.

Sabía que le creerían, llevaba demasiado tiempo detrás de él y por fin le había echado el guante. Era pura cuestión de suerte que Quentin hubiera acabado otra vez en Nueva York. Cosas de la Providencia. Del destino. Charlie estaba contento de haberlo pillado en la ciudad. Allí tenía más contactos, y le gustaba el fiscal con el que trabajaban. Era un tipo duro de Chicago, más partidario de empapelar a los delincuentes que la mayoría de sus colegas. A Joe McCarthy, el fiscal, le daba igual lo llenas que estuvieran las cárceles, no estaba dispuesto a soltar a un sospechoso. Y si conseguían demostrar todo lo que Charlie esperaba sobre Luke Quentin, sería el juicio del año. Se preguntaba a quién iba a asignar el caso McCarthy. Ojalá fuera uno de los buenos.

—Veamos, ¿y con qué muerto vais a cargarmen esta vez? —preguntó Luke, riéndose en la cara de Jack mientras un novato le ponía los grilletes y se lo llevaba—. ¿Haber robado en una tienda? ¿Haber cruzado con el semáforo en rojo?

—No exactamente, Quentin —respondió Jack con frialdad—. Violación y homicidio en primer grado, más bien. Cuatro cargos de cada hasta el momento. ¿Quieres contarnos algo sobre ello? —lo provocó Jack arqueando una ceja, y Luke volvió a echarse a reír y sacudió la cabeza.

—Hijos de puta. Sabéis que no colará. ¿Qué os pasa? ¿Tenéis un montón de crímenes que no sabéis resolver y habéis decidido endosármelos todos a mí? —A Luke se le veía tan tranquilo, casi parecía estar pasándoselo bien, pero sus ojos eran de acero y tenían un azul de matiz malévolo.

A Jack no lo engañaban sus bravatas. Luke era muy ladino. Tenía pruebas que lo acusaban de dos asesinatos y estaban casi seguros de que había cometido otros dos. Y, si estaba en lo cierto, Luke Quentin había matado a unas doce mujeres en dos años, tal vez a más. Estaban esperando resultados concluyentes del análisis de ADN que habían hecho con la tierra de la suela de las zapatillas que Charlie había recogido de la alfombra de la habitación del hotel de Quentin. Si conseguían cuadrarlos, tal como Charlie esperaba, Quentin habría pisado la calle por última vez en su vida.

—Menuda cagada —musitó Luke cuando se lo llevaban—. Sabéis que no colará. Estáis dando palos de ciego. Tengo una coartada para cada noche, apenas he salido del hotel en dos semanas, he estado enfermo.

Sí, sí, pensó Jack para sí; muy enfermo. Todos los tipos como él lo estaban. Eran sociópatas que se cargaban a sus víctimas sin pestañear, arrojaban el cadáver en el primer agujero que encontraban y se iban a comer tan tranquilos. Luke Quentin era atractivo y daba la impresión de tener mucha labia. Parecía el galán perfecto para engatusar a una joven inocente y llevarla a algún lugar apartado donde pudiera violarla y matarla después. Jack había visto a otros tipos como él, aunque si lo que contaban de este resultaba ser cierto, era uno de los peores. O, por lo menos, el peor que habían pillado en años. Jack sabía que se hablaría mucho del caso, y debían cuidar todos los detalles si no querían que acabaran declarando nulo el juicio por alguna chorrada. Charlie también lo sabía, y por eso le había pedido a Jack que hiciera el papeleo. Después de que se llevaran a Luke para registrarlo y hacerle las fotos de archivo, Jack en persona telefoneó al fiscal.

—Ya lo tenemos —le comunicó, orgulloso—. Nuestras sospechas eran ciertas, y nos ha sonreído la suerte. Además, Charlie McAvoy se ha lanzado a por él como un poseso y lo ha atrapado. Si hubiera tenido que ser yo quien lo persiguiera por todos esos callejones y saltara todas esas tapias, el tipo estaría a medio camino de Brooklyn antes de que yo doblara la primera esquina.

Jack estaba en buena forma física, pero tenía cuarenta y nueve años y el fiscal y él siempre estaban bromeando con el sobrepeso. Tenían la misma edad. El fiscal lo felicitó por su buen trabajo y se despidió hasta la mañana siguiente. Quería reunirse con los agentes responsables de la detención para decidir cómo manejar el asunto ante la prensa.

Cuando media hora más tarde Jack salió de la comisaría, Luke estaba entre rejas. Habían decidido encerrarlo solo. Al día siguiente por la tarde le tocaba comparecer ante el juez, y Jack sabía que a esas horas ya tendrían a toda la prensa encima. Detener a un hombre que había asesinado a una docena de mujeres o más en siete estados distintos era el bombazo del siglo. Como mínimo, pondría por las nubes el trabajo de la policía de Nueva York. El resto quedaba en manos de la fiscalía, la acusación y los agentes de investigación asignados al caso.

Esa noche acompañó a Charlie a su casa en coche. La jornada había sido larga; se habían pasado toda la tarde vigilando el hotel. Vieron a Luke cuando salió, y Charlie quiso apresarlo de inmediato, pero Jack le ordenó que esperara. Estaban seguros de que volvería, puesto que no sabía que andaban siguiéndole. Además, en el hotel había demasiada gente y Jack no quería que nadie resultara herido.

Al final, habían tenido suerte. Luke, no tanta.

Luke Quentin estaba sentado en la celda mirando a la pared, oyendo los sonidos de la cárcel, tan familiares para él. En cierto sentido, se sentía como en casa. Y sabía que si perdía el juicio, esta vez iba a pasarse encerrado el resto de sus días. Su semblante no mostraba nada mientras permanecía cabizbajo; luego se tumbó en la litera y cerró los ojos. Parecía estar completamente en paz consigo mismo.

2

—¡Corre! ¡Corre! ¡Corre! —apremió Alexa Hamilton a su hija mientras le encajaba en la mano un paquete de cereales y un cartón de leche—. Siento que el desayuno sea poco elaborado, pero llego tarde al trabajo.

Tuvo que esforzarse por tomar asiento y echar un vistazo al periódico en lugar de permanecer de pie dando golpecitos en el suelo con impaciencia. Savannah Beaumont, su hija de diecisiete años, tenía una melena muy rubia y kilométrica que llevaba suelta, cubriéndole la espalda, y una figura que desde los catorce le valía silbidos por la calle. Para su madre era lo más importante del mundo. Alexa levantó la vista del periódico con una sonrisa.

—Te has pintado los labios. ¿Hay alguien que te haga tilín en la escuela?

Savannah cursaba su último año en un prestigioso centro privado de Nueva York, y se estaba preparando para ingresar en Stanford, Brown, Princeton o Harvard. Su madre detestaba la idea de que se marchara a estudiar lejos de casa, pero la chica sacaba unas notas fantásticas y era tan inteligente como atractiva. Alexa también era ambas cosas, pero no se parecían. Ella era alta y delgada y tenía el porte de una modelo, solo que con una cara aún más bonita y un aspecto aún más saludable. Llevaba el pelo recogido en un moño tirante y nunca se maquillaba para ir a trabajar. No sentía la necesidad ni el deseo de captar la atención de nadie con su físico. Era ayudante del fiscal, tenía treinta y nueve años y a finales de año cumpliría cuarenta. En cuanto terminó la carrera de derecho, ingresó en la fiscalía y llevaba siete años trabajando allí.

—Me doy toda la prisa que puedo. —Savannah sonrió y la tranquilizó.

—No vayas a atragantarte. Los criminales de Nueva York pueden esperar. —La noche anterior había recibido un mensaje de su jefe en el que la convocaba a una reunión por la mañana; por eso tenía tanta prisa. Claro que siempre podía contarle que se había averiado el metro—. ¿Qué tal te fue anoche con la redacción para Princeton? Pensaba ayudarte, pero me quedé dormida. Podemos revisarla juntas por la tarde.

—No podrá ser. —Savannah le dirigió una amplia sonrisa; era una chica guapísima. Formaba parte del equipo universitario de voleibol—. He quedado con un amigo —anunció mientras se llevaba a la boca la última cucharada de cereales, y su madre arqueó las cejas.

—¿Hay algo que debería saber? ¿O alguien a quien debería conocer?

—De momento solo somos amigos. Salimos en grupo. Hay un partido en Riverdale que nos apetece ver a todos. No te preocupes por la redacción, la terminaré junto con las demás pruebas el fin de semana.

—Solo tienes dos semanas para completar todas las pruebas de acceso —la reprendió Alexa. Llevaba casi once años educando sola a Savannah, desde que la niña tenía seis—. Más vale que no pierdas el tiempo; esa gente no se andará con tonterías si se te pasa la fecha.

—Entonces a lo mejor tengo que tomarme un año sabático antes de empezar la universidad —la provocó Savannah.

Lo pasaban estupendamente juntas y tenían una relación muy estrecha. A la chica no le avergonzaba confesar a sus amigos que su madre era la mejor amiga que tenía, y a ellos también les caía muy bien la mujer. Todos los años, Alexa se llevaba a un puñado de estudiantes a la fiscalía para que les sirviera de orientación a la hora de elegir la especialidad que querían cursar. Pero Savannah no deseaba estudiar derecho. Quería ser periodista o psicóloga, aún no había terminado de decidirlo, y tenía los dos primeros años de carrera de margen para hacerlo.

—Pues si tú te tomas un año sabático, a lo mejor yo también. Este último mes no he visto más que casos cutres. Las vacaciones hacen aflorar lo peor de cada cual. Creo que desde Acción de Gracias me han tocado todas las amas de casa de Park Avenue que se dedican a choricear en las tiendas —se quejó Alexa cuando salían juntas de casa y entraban en el ascensor.

Savannah sabía que en octubre su madre había trabajado en el caso de un peligroso violador y había conseguido que lo encerraran de por vida. El tipo había arrojado ácido en la cara de la víctima. Pero desde entonces todos los casos eran muy aburridos.

—¿Por qué no hacemos un viaje en junio, cuando acabe la escuela? Por cierto, papá me llevará a esquiar a Vermont una semana —dijo Savannah en tono jovial mientras el ascensor bajaba.

Evitó mirar a su madre a los ojos, detestaba la expresión que veía en ellos siempre que mencionaba a su padre. Era una mezcla de resentimiento y enfado, aun al cabo de tantos años; once, casi. Ese era el único momento en que Savannah veía a su madre cargada de rencor, aunque nunca había hecho ningún comentario claramente ofensivo delante de ella.

Savannah no recordaba gran cosa del divorcio, pero sabía que su madre lo había pasado mal. Su padre era originario de Charleston, en Carolina del Sur, y hasta aquel momento la familia había vivido allí. Después, su madre y ella se habían trasladado a Nueva York. Savannah no había vuelto a Charleston en todos aquellos años, y en realidad ya no recordaba la ciudad. Su padre iba a verla a Nueva York dos o tres veces al año, y siempre que podía la llevaba de viaje, aunque su agenda sufría muchas variaciones. A Savannah le encantaba pasar tiempo con él, e intentaba no sentir que estaba traicionando a su madre cuando lo hacía. Sus padres se comunicaban por correo electrónico, y desde que vivían separados no habían vuelto a hablar en persona. Para el gusto de Savannah, aquello se parecía demasiado a Los ángeles de Charlie, pero así eran las cosas y sabía que no iban a cambiar. Eso significaba que su padre no asistiría a la ceremonia de graduación del instituto. Savannah esperaba que las cosas cambiaran entre los dos durante los cuatro años de universidad que tenía por delante. Pero, dejando aparte la animadversión que sentían el uno por el otro, su madre era estupenda.

—Ya sabes que puede que lo anule en el último momento, ¿no? —dijo Alexa con aire irritado. Odiaba que Tom defraudara a su hija, y lo hacía a menudo. Savannah siempre lo perdonaba, pero Alexa no. Detestaba cómo era y todo lo que hacía.

—Mamá —la amonestó Savannah, casi como si fuera la madre en lugar de la hija—. Ya sabes que no me gusta que digas eso. No puede evitarlo, está muy ocupado.

¿En qué?, tenía ganas de preguntar Alexa, pero no lo hizo. ¿Celebrando comilonas en el club? ¿Jugando al golf? ¿Visitando a su madre entre reunión y reunión de las Hijas Unidas de la Confederación? Alexa apretó los labios en el momento en que el ascensor se detenía y las dos salían al vestíbulo.

—Lo siento —se disculpó con un suspiro, y besó a su hija.

Ahora a los diecisiete años no era tan duro, pero recordaba lo mucho que se indignaba cuando Savannah era pequeña y sus grandes ojos azules se llenaban de lágrimas a pesar de lo mucho que se esforzaba por hacerse la valiente porque su padre le había dado plantón. A Alexa se le partía el corazón, pero ahora Savannah tenía más recursos y lo llevaba mejor. Y casi siempre disculpaba a su padre hiciera lo que hiciese.

—Si cambia de planes, podemos pasar un fin de semana en Miami, o ir a esquiar. Ya organizaremos algo.

—No hará falta. Me ha prometido que esta vez no fallará —aseguró Savannah.

Alexa asintió; se dieron un breve beso de despedida tras el cual la chica salió corriendo hacia la parada del autobús y Alexa se adentró en la gélida mañana rumbo a la estación de metro. En la calle hacía un frío que pelaba, y parecía que iba a nevar de un momento a otro. Alexa era bastante más friolera que Savannah, y después de un lento viaje en metro, llegó al trabajo helada hasta los huesos.

Vio a Jack, el detective, y a uno de sus jóvenes ayudantes que llegaban al despacho de Joe McCarthy justo en el momento en que ella se dirigía hacia allí a paso ligero.

—¿Hoy toca reunión a primera hora? —preguntó Jack.

Durante los últimos siete años habían trabajado en bastantes ocasiones codo con codo, y no le habría importado pedirle una cita porque le gustaba mucho, aunque le parecía demasiado joven para él. Alexa conocía bien el terreno que pisaba y era muy sensata, y Jack sabía que el fiscal la tenía en muy buen concepto. Había colaborado con ella en el importante caso de violación de hacía tres meses. El criminal había ingresado en prisión; Alexa siempre lo conseguía.

—Sí, Joe me envió un mensaje anoche. Seguramente quiere que lo ponga al día de los dos casos penosos que me han asignado últimamente. Me han tocado todos los chorizos de Nueva York —dijo Alexa con una sonrisa.

—Estupendo —bromeó Jack, y le presentó a Charlie, que se limitó a ofrecerle un saludo lacónico. Se le veía distraído, como si estuviera pensando en otra cosa—. ¿Han ido bien las vacaciones? —le preguntó cuando llegaron al despacho del fiscal, y le pidió a Charlie que aguardara fuera.

—Han sido tranquilas. Me cogí una semana y la he pasado en casa con mi hija. Está haciendo las pruebas para solicitar una plaza en la universidad. Este es el último año que la tengo en casa —dijo con tristeza, y él sonrió.

Alexa hablaba de su hija a menudo. Jack estaba divorciado pero no tenía hijos, y con gusto habría borrado de la cabeza a su ex mujer. Hacía veinte años que ella se había casado con su amante, después de haberlo engañado a él durante dos. Se le quitaron las ganas de volver a casarse, y sospechaba que a Alexa le ocurría algo parecido. No era ninguna amargada, pero solo pensaba en el trabajo. No conocía a nadie en todo el departamento de policía que hubiera salido con ella. Tenía la impresión de que cinco años atrás había estado liada con uno de los ayudantes del fiscal del distrito, pero ella era muy reservada y no hablaba de su vida personal... a excepción de su hija.

Alexa se había fijado en que el policía que lo acompañaba era joven y parecía vehemente. Su expresión decía que se tomaba las cosas en serio, y eso la hizo sonreír. Le daba la impresión de que todos los policías jóvenes tenían ese aspecto.

Jack y Alexa entraron en el despacho de Joe McCarthy al mismo tiempo, y dejaron a Charlie esperando en la puerta. El fiscal del distrito se alegró de verlos. Era un hombre bien parecido, de origen irlandés, con una mata de pelo blanco que siempre llevaba un poco demasiado largo. Siempre decía que ya en la universidad tenía el pelo blanco, pero le quedaba bien. Llevaba vaqueros, botas de cowboy, una chaqueta de tweed desgastada y una camisa de cuadros. Siempre vestía al estilo del Lejano Oeste, incluso en las reuniones con el alcalde.

—¿Habéis estado hablando por el camino? —preguntó Joe mirando a Jack, y él negó con la cabeza. No se le habría ocurrido robarle la primicia al fiscal, no era tan tonto.

—¿Tenemos algún caso nuevo? —preguntó Alexa con interés.

—Sí, supongo que conseguiremos aguantar un día más sin que salga publicado en los periódicos, hasta que lo tengamos todo bien atado —dijo él, tomando asiento—. Seguramente esta tarde se filtrará la noticia, y entonces empezarán a estallar fuegos artificiales.

—¿De qué se trata? —A Alexa se le iluminó el rostro al preguntarlo—. No serán más chorizos, espero. Odio las vacaciones —dijo con aire asqueado—. No sé por qué no les dan lo que quieren y sanseacabó. A los contribuyentes les cuesta un millón de veces más todo el proceso que dejarles que se lleven lo que les dé la gana.

—Me parece que en este caso los contribuyentes estarán encantados de pagar lo que cueste. Violación y homicidio en primer grado. Por cuarta vez. —Joe McCarthy sonrió a Jack cuando lo dijo.

—¿Por cuarta vez? —preguntó Alexa, intrigada.

—Se trata de un asesino en serie. De mujeres jóvenes. Nos han dado el chivatazo. Al principio parecía una pista falsa, pero luego aparecieron los cuerpos y las piezas empezaron a encajar. Un pequeño equipo operativo lo ha estado siguiendo por varios estados durante seis meses, pero no han conseguido pillarlo con las manos en la masa. Solo teníamos a las víctimas, y no había forma de vincularlo con ellas. El soplón nos avisó desde la cárcel, pero las pruebas que tenía eran de hacía más de un año. Supongo que el tipo le tocó los huevos a alguien en chirona y por eso nos avisaron. Tiene mucha sangre fría. Hasta la semana pasada no dispusimos de pruebas concluyentes, pero ahora podemos acusarle con bastante seguridad de dos asesinatos, y probablemente también de otros dos. Intentaremos que lo procesen por los cuatro. Es nuestro trabajo —dijo tanto a Jack como a Alexa, que lo escuchaban con interés.

Entonces mencionó que Charlie McAvoy, el policía que aguardaba en la puerta, era del equipo operativo que había seguido al criminal por todo el país. Según McAvoy, el sospechoso había cruzado la frontera de varios estados, por lo que el asunto pasó a manos del FBI, pero la noche anterior Jack y Charlie habían conseguido echarle el guante.

—Las cuatro víctimas eran de Nueva York, así que el caso es nuestro —explicó.

—¿Cómo se llama? —quiso saber Alexa—. ¿Lo conocemos de otras veces? —Nunca olvidaba una cara ni un nombre; no le había ocurrido jamás hasta la fecha.

—Luke Quentin. Salió de la prisión de Attica hace dos años. Había cometido algunos robos en el norte del estado. Hasta ahora no lo habíamos tenido en nuestro tribunal, y nunca lo han procesado por nada similar. Al parecer, le contó a alguien de Attica que le gustaban las películas snuff y que disfrutaba viendo morir a las mujeres durante el acto sexual, y se ve que al salir decidió probarlo de primera mano. El tío da bastante miedo. —Entonces sonrió a Alexa—. Es nuestro hombre.

Alexa abrió los ojos y le devolvió la sonrisa. Los casos difíciles le hacían hervir la sangre, y disfrutaba poniendo a buen recaudo a la escoria que merecía ser desterrada de la sociedad. Pero nunca se había enfrentado a nada igual. Cuatro cargos por violación y asesinato en primer grado eran palabras mayores.

—Gracias, Joe. —Sabía que le mostraba una deferencia asignándole el caso.

—Te lo mereces. Eres muy buena en tu trabajo y nunca me has hecho quedar mal. Este caso nos valdrá muy buena prensa, pero tenemos que andarnos con pies de plomo. No me gustaría que declararan el juicio nulo por alguna cagada nuestra. El equipo operativo está trabajando para recoger datos en los otros estados por los que se ha movido. Si el tipo es quien creemos que es, lleva dos años matando compulsivamente. Su modus operandi es siempre parecido. Primero las víctimas desaparecen como por arte de magia. Luego encontramos los cadáveres pero no hay forma de vincularlos con él. La semana pasada dimos con dos, y tuvimos suerte. McAvoy entró en la habitación del hotel donde se alojaba Quentin y recogió un poco de tierra que había dejado el detenido al pisar la alfombra con las zapatillas. Contiene trazas de sangre seca, y ahora estamos esperando los resultados del análisis de ADN. Para empezar, ya es algo. Hay dos víctimas más que murieron exactamente de la misma forma. Las estrangularon mientras las estaban violando. Las dos han aparecido en East River, junto con dos hebras de alfombra que coinciden con la del hotel. Eso suma un total de cuatro víctimas. Os aseguro que no os vais a aburrir. Pienso poner a Jack al frente de la investigación, y por lo demás el caso es tuyo —dijo, mirando a Alexa—. Tenemos que comparecer ante el juez a las cuatro.

—Será mejor que nos pongamos manos a la obra —repuso Alexa, emocionada.

No veía la hora de salir del despacho y meterse de lleno en el caso. Quería asegurarse de los cargos que podían imputarle hasta la fecha, aunque siempre podían añadir más después, cuando dispusieran de más información, de más resultados de las pruebas forenses, o si aparecían más cadáveres mientras se investigaban los crímenes sin resolver. Todo cuanto deseaba era poner a Luke Quentin entre rejas. Para eso le pagaban los contribuyentes. Y le encantaba su trabajo.

Al cabo de unos minutos salieron del despacho después de que el fiscal les deseara suerte. Se encontraron con Charlie, y Jack lo envió a averiguar cómo progresaban las pruebas del laboratorio forense y le pidió que volviera a reunirse con él después. Charlie asintió y desapareció.

—Es un chico muy callado —comentó Alexa.

—Es muy bueno en su trabajo —la tranquilizó él, y entonces decidió compartir con ella cierta información confidencial—. Tiene mucho interés en este caso.

—¿Por qué?

—Si el tipo resulta ser quien creemos, mató a su hermana en Iowa hace un año. Fue un crimen horrible, y después de eso Charlie entró a formar parte del equipo operativo. Tuvo que trabajárselo mucho para que se lo permitieran, porque para él es una especie de venganza personal. Pero es muy buen policía, así que los convenció.

—Eso no siempre es bueno —opinó Alexa, preocupada, mientras caminaban en dirección a su despacho—. Si quiere ayudarnos, tendrá que mantener la cabeza muy fría. No me gustaría que por querer cargárselo malinterprete información o actúe impulsivamente. Podría echarnos el caso por tierra.

No le gustaba nada lo que acababa de saber, deseaba que todo el trabajo que se hiciera en relación con ese caso fuera impecable, para que nadie pudiera revocar el veredicto de culpabilidad. Estaba segura de que esa sería la sentencia. Alexa era implacable y meticulosa. Ambas cosas las había aprendido de su madre, que también era abogada, y muy buena. Ella no se había especializado en derecho hasta después del divorcio. Cuando terminó la universidad, se casó con el primer y único hombre al que había amado. Estaba locamente enamorada de él. Tom Beaumont era un apuesto sureño que había estudiado en la Universidad de Virginia y trabajaba, por decir algo, en la oficina bancaria que su padre dirigía en Charleston, donde el espíritu de la Confederación se mantenía muy vivo, en parte gracias al trabajo de las Hijas Unidas de la Confederación, que tenían en la madre de Tom, una mujer de armas tomar, su presidenta local. Tom era un hombre divorciado con dos niños adorables que en aquella época tenían siete y ocho años. Alexa se prendó de ellos al instante, y también de Tom y de todo lo relacionado con el Sur. Era el hombre más encantador que había conocido jamás. Él le llevaba seis años, y para gran alegría de ambos Alexa se quedó embarazada la misma noche de bodas, o tal vez el día anterior. Todo fue idílico durante siete años, ella era la mujer más feliz sobre la faz de la Tierra y la esposa perfecta; hasta que Luisa, la ex mujer de Tom, regresó después de que el hombre por quien lo había abandonado muriera en un accidente de coche en Dallas. Hubo entonces otra guerra civil, solo que esa vez perdió el Norte y ganó Luisa. La madre de Tom resultó ser la mayor aliada de su ex mujer, así que Alexa no tenía ninguna posibilidad. Y para que no pudiera romperse el acuerdo, Luisa se quedó embarazada en una de las escapadas de Tom, a quien tenía igual de encandilado que cuando se conocieron en la universidad. La madre de Tom le hizo ver con claridad cuál era su deber, no solo respecto a la Confederación sino también a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre, la madre de «sus hombrecitos». Tom se debatía entre las dos, y mientras se decidía empezó a beber más de la cuenta. Pero Luisa era la madre de tres de sus hijos, mientras que con Alexa solo tenía una hija. La madre de Tom no paraba de recordárselo, y al final lo convenció de que ella nunca había encajado en su forma de vida.

Todo sucedió como en una película muy mala; fue una pesadilla hecha realidad. En la ciudad no se hablaba de otra cosa que del desliz de Tom con su primera mujer. Él se excusó diciendo que no le quedaba más remedio que divorciarse de ella y casarse con Luisa. No podía permitir que su hijo fuera ilegítimo, ¿verdad? Le prometió que lo arreglaría en cuanto Luisa tuviera al bebé, pero para entonces ella ya había vuelto a coger las riendas de su vida y daba la impresión de que todo el mundo, incluido Tom, había olvidado que existía otra mujer, y otra hija. Alexa se esforzó todo lo posible para hacerlo entrar en razón y convencerlo de que estaba cometiendo una locura, pero no consiguió que las aguas volvieran a su cauce. Tom estaba muy decidido e insistía en que, por el bien del bebé, no tenía otra opción que casarse con Luisa. No atendía a más razones.

Alexa se marchó de Charleston con la sensación de que le habían arrancado el corazón. Mientras hacía las maletas, Luisa ya se estaba instalando en la casa. Se marchó con Savannah y su corazón hecho pedazos, regresó a Nueva York y estuvo un año viviendo con su madre. Durante esa época se solucionó todo lo relativo al divorcio, y luego Tom no supo cómo explicarle que le parecía más adecuado dejar las cosas tal como estaban. Era lo mejor para Luisa, y para su madre, y también para la pequeña a la que Luisa había dado a luz. Alexa y Savannah quedaron desterradas; habían regresado al Norte, era allí donde debían estar como buenas yanquis.

Luisa le prohibió a Tom que recibiera a Savannah en Charleston, ni siquiera le permitía que la niña fuera de visita. Volvía a ejercer un completo control sobre su vida. Tom se desplazaba a Nueva York para ver a su hija unas cuantas veces al año, normalmente cuando le coincidía con algún viaje de trabajo. Alexa estuvo un tiempo escribiéndose con sus hijastros, que ya tenían catorce y quince años cuando ella se marchó, y siguió preocupándose por ambos. Pero no eran hijos suyos, y en sus cartas percibía cómo se debatían entre las dos madres. En cuestión de seis meses, sus noticias empezaron a escasear, y ella no hizo nada por cambiar la situación. Empezó a asistir a la facultad de derecho y trató de apartarlos a todos de su corazón. Excepto a su hija. Le costaba mucho no hacerla partícipe de su indignación, pero se esforzaba por ello; aun así, la pequeña de seis años notaba lo dolida que estaba su madre. Su padre se comportaba como un auténtico príncipe azul cada vez que iba a visitarla, y le enviaba unos regalos preciosos. Pero al final la propia Savannah se dio cuenta de que no encajaba en su vida. No lo culpaba por ello, pero a veces eso la entristecía. Le encantaba pasar tiempo con él. A su lado la diversión estaba asegurada. Las visitas que le hacía en Nueva York no daban tanto de sí como para que se pusiera de manifiesto la tremenda falta de carácter que lo había hecho acabar de nuevo en las garras de Luisa. Lo único que saltaba a la vista era lo guapo, divertido, amable y encantador que resultaba. Se trataba del perfecto caballero sureño con aire de estrella de cine. Y Savannah se tragó el anzuelo, tal como le había ocurrido a Alexa.

—Tiene la sangre de horchata —se quejaba Alexa a su madre cuando Savannah no estaba delante—. El hombre sin agallas. ¿No había una película que se llamaba así? ¡La pobre no tiene padre!

Su madre lo sentía por ell ...