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LUKA Y EL FUEGO DE LA VIDA

Salman Rushdie  

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Fragmento

1

UN SUCESO ESPANTOSO OCURRIDO EN LA HERMOSA NOCHE ESTRELLADA

Érase una vez en la ciudad de Kahani, en el país de Alif bay, un niño llamado Luka que tenía dos animales, un oso llamado Perro y un perro llamado Oso, con lo que a la voz de «¡Perro!» el oso, erguido sobre las patas traseras, acudía amigablemente con su peculiar balanceo, y al grito de «¡Oso!» el perro brincaba hacia él meneando el rabo. Perro, el oso pardo, podía ser a veces un tanto huraño y quisquilloso, pero era un diestro bailarín, capaz de levantarse sobre las patas traseras y ejecutar con gracia y delicadeza el vals, la polca, la rumba, el wah-watusi y el twist, así como otros bailes de tierras más cercanas, en concreto el atronador bhangra, el vertiginoso ghoomar (para el que lucía una amplia falda con espejuelos), las danzas guerreras conocidas como spaw y thang-ta, y la danza del pavo real, procedente del sur. Oso, el perro, era un labrador de color chocolate, un perro dócil y cordial, aunque a veces un poco nervioso y excitable; absolutamente negado para el baile –tenía, como suele decirse, cuatro patas izquierdas–, compensaba esta torpeza con el don del tono perfecto, y podía, pues, cantar como un poseso, aullando las melodías de las canciones más populares del momento, sin desafinar jamás. Oso, el perro, y Perro, el oso, enseguida fueron para Luka mucho más que animales de compañía. Se convirtieron en sus más estrechos aliados y más leales protectores, tan fieros en su defensa que nadie se habría atrevido a apabullarlo cuando ellos andaban cerca, ni siquiera su tremebundo compañero de clase, Ratachís, cuyo comportamiento tendía al descontrol.

Veamos cómo acabó Luka con unos compañeros tan poco comunes. Un buen día, cuando contaba doce años, llegó a la ciudad el circo, y no un circo cualquiera, sino el GAF, o Grandes Anillos de Fuego, el circo con más renombre de Alif bay, «presentando la Famosa e Increíble Fantasía Ígnea». Así que Luka se llevó una amarga decepción cuando su padre, el fabulador Rashid Khalifa, le dijo que no asistirían a la función. «Son crueles con los animales –explicó Rashid–. Puede que en otro tiempo tuvieran sus días de gloria, pero ahora el circo GAF ha caído muy en desgracia.» La Leona tenía caries, aseguró Rashid a Luka, y la Tigresa estaba ciega, y los Elefantes pasaban hambre, y las demás fieras andaban con el ánimo por los suelos. El maestro de ceremonias de Grandes Anillos de Fuego era el Capitán Aag, alias Gran Maestro Llama, un hombre enorme y aterrador. Los animales tenían tanto miedo al chasquido de su látigo que la Leona con dolor de muelas y la Tigresa ciega seguían saltando por los aros y haciendo el muerto y los Elefantes desmirriados todavía levantaban Pirámides de Paquidermos por temor a despertar su cólera, ya que Aag era de esas personas prestas a la cólera y reacias a la risa. E incluso cuando, fumándose un puro, metía la cabeza en la boca abierta de la Leona, esta no se la arrancaba de cuajo por miedo a que decidiese matarla desde dentro de su vientre.

Rashid, vestido como de costumbre con una de sus camisas safari de vivos colores (esta vez bermellón) y su preciado y maltrecho sombrero de jipijapa, volvía a casa a pie con Luka, después de recogerlo en el colegio, escuchando cómo le había ido el día al niño. Luka, en un examen de geografía, había olvidado el nombre de la punta de Sudamérica y la había llamado «Hawai». Ahora bien, había recordado el nombre del primer presidente de su país y lo había escrito correctamente en un examen de historia. Jugando, se había llevado un golpe en la cabeza, propinado por Ratachís con el palo de hockey. Por otro lado, había marcado dos tantos en el partido, derrotando así al equipo de su enemigo. Además, había cogido por fin el tranquillo a chascar los dedos como es debido para conseguir una satisfactoria castañeta. La jornada había tenido, pues, sus más y sus menos. En conjunto no había sido un mal día; pero de hecho estaba a punto de convertirse en un día muy importante, porque ese fue el día que vieron desfilar el circo camino de la orilla del caudaloso Silsila, donde levantarían la carpa. El Silsila era un río ancho, manso y feo de color barroso que atravesaba la ciudad no muy lejos de su casa. La imagen de las lánguidas cacatúas en sus jaulas y los tristes dromedarios resoplando por la calle llegó al corazón joven y generoso de Luka. Pero lo que más pena daba, pensó, era la jaula en la que un perro lastimero y un oso alicaído miraban desconsoladamente alrededor. Cerraba la cabalgata el Capitán Aag con sus ojos negros y severos de pirata y su desgreñada barba de bárbaro. De repente Luka montó en cólera (y eso que era uno de esos niños prestos a la risa y reacios a la cólera). Cuando el Gran Maestro Llama pasaba por delante, Luka dijo a pleno pulmón:

–Ojalá tus animales dejen de obedecer tus órdenes y tus anillos de fuego devoren tu ridícula carpa.

Y resultó que el momento en que Luka profirió su grito airado fue uno de esos raros instantes en que por un azar inexplicable todos los ruidos del universo se acallan al mismo tiempo: las bocinas de los coches, el petardeo de las motos, el gorjeo de los pájaros en los árboles, las conversaciones de la gente, todo se interrumpe a la vez, y en medio de ese silencio mágico la voz de Luka se elevó con la nitidez de una detonación, y sus palabras se expandieron hasta llenar el cielo, y quizá encontraron incluso el camino al hogar invisible de las Parcas que, según algunos, rigen el mundo. El Capitán Aag torció el gesto como si alguien lo hubiese abofeteado y fijó en los ojos de Luka una mirada de inquina tan encarnizada que el niño casi se cayó de espaldas. Después el mundo reinició su acostumbrado bullicio, y el desfile del circo continuó, y Luka y Rashid se fueron a cenar a casa. Pero las palabras de Luka seguían en el aire, obrando su efecto secreto.

Esa noche el telediario informó de un inaudito suceso: los animales del circo GAF se habían negado unánimemente a actuar. En una concurrida carpa, y ante el asombro de los payasos disfrazados y el público sin disfrazar, se rebelaron contra su amo en un acto de desafío sin precedentes. En la pista central de Grandes Anillos de Fuego, el Gran Maestro Llama bramaba órdenes y hacía restallar el látigo, pero cuando vio a todos los animales avanzar lenta y serenamente hacia él, llevando el paso, como un ejército, cuando los vio acercarse desde todas direcciones hasta formar

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