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LUKA Y EL FUEGO DE LA VIDA

Salman Rushdie  

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Fragmento

1

UN SUCESO ESPANTOSO OCURRIDO EN LA HERMOSA NOCHE ESTRELLADA

Érase una vez en la ciudad de Kahani, en el país de Alif bay, un niño llamado Luka que tenía dos animales, un oso llamado Perro y un perro llamado Oso, con lo que a la voz de «¡Perro!» el oso, erguido sobre las patas traseras, acudía amigablemente con su peculiar balanceo, y al grito de «¡Oso!» el perro brincaba hacia él meneando el rabo. Perro, el oso pardo, podía ser a veces un tanto huraño y quisquilloso, pero era un diestro bailarín, capaz de levantarse sobre las patas traseras y ejecutar con gracia y delicadeza el vals, la polca, la rumba, el wah-watusi y el twist, así como otros bailes de tierras más cercanas, en concreto el atronador bhangra, el vertiginoso ghoomar (para el que lucía una amplia falda con espejuelos), las danzas guerreras conocidas como spaw y thang-ta, y la danza del pavo real, procedente del sur. Oso, el perro, era un labrador de color chocolate, un perro dócil y cordial, aunque a veces un poco nervioso y excitable; absolutamente negado para el baile –tenía, como suele decirse, cuatro patas izquierdas–, compensaba esta torpeza con el don del tono perfecto, y podía, pues, cantar como un poseso, aullando las melodías de las canciones más populares del momento, sin desafinar jamás. Oso, el perro, y Perro, el oso, enseguida fueron para Luka mucho más que animales de compañía. Se convirtieron en sus más estrechos aliados y más leales protectores, tan fieros en su defensa que nadie se habría atrevido a apabullarlo cuando ellos andaban cerca, ni siquiera su tremebundo compañero de clase, Ratachís, cuyo comportamiento tendía al descontrol.

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Veamos cómo acabó Luka con unos compañeros tan poco comunes. Un buen día, cuando contaba doce años, llegó a la ciudad el circo, y no un circo cualquiera, sino el GAF, o Grandes Anillos de Fuego, el circo con más renombre de Alif bay, «presentando la Famosa e Increíble Fantasía Ígnea». Así que Luka se llevó una amarga decepción cuando su padre, el fabulador Rashid Khalifa, le dijo que no asistirían a la función. «Son crueles con los animales –explicó Rashid–. Puede que en otro tiempo tuvieran sus días de gloria, pero ahora el circo GAF ha caído muy en desgracia.» La Leona tenía caries, aseguró Rashid a Luka, y la Tigresa estaba ciega, y los Elefantes pasaban hambre, y las demás fieras andaban con el ánimo por los suelos. El maestro de ceremonias de Grandes Anillos de Fuego era el Capitán Aag, alias Gran Maestro Llama, un hombre enorme y aterrador. Los animales tenían tanto miedo al chasquido de su látigo que la Leona con dolor de muelas y la Tigresa ciega seguían saltando por los aros y haciendo el muerto y los Elefantes desmirriados todavía levantaban Pirámides de Paquidermos por temor a despertar su cólera, ya que Aag era de esas personas prestas a la cólera y reacias a la risa. E incluso cuando, fumándose un puro, metía la cabeza en la boca abierta de la Leona, esta no se la arrancaba de cuajo por miedo a que decidiese matarla desde dentro de su vientre.

Rashid, vestido como de costumbre con una de sus camisas safari de vivos colores (esta vez bermellón) y su preciado y maltrecho sombrero de jipijapa, volvía a casa a pie con Luka, después de recogerlo en el colegio, escuchando cómo le había ido el día al niño. Luka, en un examen de geografía, había olvidado el nombre de la punta de Sudamérica y la había llamado «Hawai». Ahora bien, había recordado el nombre del primer presidente de su país y lo había escrito correctamente en un examen de historia. Jugando, se había llevado un golpe en la cabeza, propinado por Ratachís con el palo de hockey. Por otro lado, había marcado dos tantos en el partido, derrotando así al equipo de su enemigo. Además, había cogido por fin el tranquillo a chascar los dedos como es debido para conseguir una satisfactoria castañeta. La jornada había tenido, pues, sus más y sus menos. En conjunto no había sido un mal día; pero de hecho estaba a punto de convertirse en un día muy importante, porque ese fue el día que vieron desfilar el circo camino de la orilla del caudaloso Silsila, donde levantarían la carpa. El Silsila era un río ancho, manso y feo de color barroso que atravesaba la ciudad no muy lejos de su casa. La imagen de las lánguidas cacatúas en sus jaulas y los tristes dromedarios resoplando por la calle llegó al corazón joven y generoso de Luka. Pero lo que más pena daba, pensó, era la jaula en la que un perro lastimero y un oso alicaído miraban desconsoladamente alrededor. Cerraba la cabalgata el Capitán Aag con sus ojos negros y severos de pirata y su desgreñada barba de bárbaro. De repente Luka montó en cólera (y eso que era uno de esos niños prestos a la risa y reacios a la cólera). Cuando el Gran Maestro Llama pasaba por delante, Luka dijo a pleno pulmón:

–Ojalá tus animales dejen de obedecer tus órdenes y tus anillos de fuego devoren tu ridícula carpa.

Y resultó que el momento en que Luka profirió su grito airado fue uno de esos raros instantes en que por un azar inexplicable todos los ruidos del universo se acallan al mismo tiempo: las bocinas de los coches, el petardeo de las motos, el gorjeo de los pájaros en los árboles, las conversaciones de la gente, todo se interrumpe a la vez, y en medio de ese silencio mágico la voz de Luka se elevó con la nitidez de una detonación, y sus palabras se expandieron hasta llenar el cielo, y quizá encontraron incluso el camino al hogar invisible de las Parcas que, según algunos, rigen el mundo. El Capitán Aag torció el gesto como si alguien lo hubiese abofeteado y fijó en los ojos de Luka una mirada de inquina tan encarnizada que el niño casi se cayó de espaldas. Después el mundo reinició su acostumbrado bullicio, y el desfile del circo continuó, y Luka y Rashid se fueron a cenar a casa. Pero las palabras de Luka seguían en el aire, obrando su efecto secreto.

Esa noche el telediario informó de un inaudito suceso: los animales del circo GAF se habían negado unánimemente a actuar. En una concurrida carpa, y ante el asombro de los payasos disfrazados y el público sin disfrazar, se rebelaron contra su amo en un acto de desafío sin precedentes. En la pista central de Grandes Anillos de Fuego, el Gran Maestro Llama bramaba órdenes y hacía restallar el látigo, pero cuando vio a todos los animales avanzar lenta y serenamente hacia él, llevando el paso, como un ejército, cuando los vio acercarse desde todas direcciones hasta formar un círculo animal de rabia, se vino abajo e hincó las rodillas, sollozando y gimoteando y suplicando por su vida. Los espectadores empezaron a abuchearlo y lanzar fruta y cojines, y luego objetos más duros, como piedras, por ejemplo, y nueces y listines telefónicos. Aag se dio media vuelta y huyó. Los animales abrieron filas y le franquearon el paso, y él se alejó, llorando como un niño.

Ese fue el primer acontecimiento asombroso. El segundo tuvo lugar esa misma noche, horas más tarde. A eso de las doce comenzó a oírse un ruido, un ruido como el murmullo y la crepitación de un millón de hojas otoñales, o tal vez un millón de millones, un ruido que se propagó desde la gran carpa plantada a la orilla del Silsila y llegó a la habitación de Luka, y lo despertó. Cuando se asomó a la ventana, vio que el enorme entoldado ardía vivamente en la explanada junto al río. El circo Grandes Anillos de Fuego estaba en llamas, y no era una fantasía.

La maldición de Luka había surtido efecto.

El tercer acontecimiento asombroso se produjo a la mañana siguiente. Ante la puerta de Luka se presentaron un perro con una chapa en el collar donde se leía «Oso» y un oso con una chapa en el collar donde se leía «Perro» –después Luka se preguntaría cómo habían encontrado el camino hasta allí exactamente–, y Perro, el oso, empezó a girar y bailotear con entusiasmo mientras Oso, el perro, aullaba una pegadiza melodía. Luka y su padre, Rashid Khalifa, y su madre, Soraya, y su hermano mayor, Harún, se reunieron en la puerta de la casa a observarlos, mientras su vecina, la señorita Onita, exclamaba desde su veranda:

–¡Andaos con cuidado! Cuando los animales empiezan a cantar y bailar, hay un encantamiento en marcha, eso seguro.

Pero Soraya Khalifa se echó a reír.

–Los animales celebran su libertad –afirmó.

De pronto Rashid adoptó una expresión seria y habló a su mujer de la maldición de Luka.

–Me parece a mí –opinó– que si aquí se ha hecho algún encantamiento, el autor es nuestro joven Luka, y estas buenas criaturas han venido a darle las gracias.

Los otros animales del circo, en su huida, habían vuelto a la naturaleza y nunca más se supo nada de ellos, pero era evidente que el perro y el oso estaban allí para quedarse. Llevaban incluso sus propios tentempiés. El oso acarreaba un cubo con pescado y el perro vestía una pequeña chaqueta con un bolsillo lleno de huesos.

–Al fin y al cabo, ¿por qué no? –dijo Rashid Khalifa alegremente–. A mis actuaciones como fabulador no les vendría mal un poco de ayuda. Nada como un número de canto y danza con un perro y un oso para captar la atención del público.

Quedó decidido, pues, y más tarde ese mismo día fue el hermano mayor de Luka, Harún, quien tuvo la última palabra.

–Sabía que pronto ocurriría –dijo–. Has llegado a la edad en que las personas de esta familia cruzan la frontera del mundo mágico. Ahora te toca a ti correr aventuras… Sí, ya es hora… y desde luego parece que has dado comienzo a algo. Pero ten cuidado. Maldecir es una facultad peligrosa. Yo nunca he sido capaz de algo tan… en fin… tan tenebroso.

«Una aventura toda mía», pensó Luka, maravillado, y su hermano mayor sonrió, porque conocía de sobra los Celos Secretos de Luka, que a decir verdad no eran Tan Secretos Ni Mucho Menos. A la edad de Luka, Harún viajó a la segunda Luna de la Tierra, trabó amistad con peces que hablaban en rima y con un jardinero hecho de raíces de loto, y colaboró en el derrocamiento del malvado Khattam-Shud, Maestro del Culto, que se proponía destruir el mismísimo Mar de las Historias. En contraste, las aventuras más memorables de Luka hasta la fecha se habían desarrollado en el colegio durante las Grandes Guerras del Recreo, en las que, al frente de su pandilla, había obtenido una famosa victoria sobre el Ejército de su Alteza Imperial, capitaneado por su aborrecido adversario Adi Ratachís, alias Trasero Rojo, imponiéndose mediante un audaz ataque aéreo con aviones de papel cargados de polvos de picapica. Había sido para él una experiencia sobremanera satisfactoria ver a Ratachís saltar al estanque del patio para aplacar el picor que se propagaba por todo su cuerpo; pero Luka sabía que, en comparación con las hazañas de Harún, las suyas eran de tres al cuarto. Harún, por su parte, conocía el afán de auténticas aventuras que anidaba en Luka, a ser posible con criaturas inverosímiles, viajes a otros planetas (o al menos satélites) y PECPE, o Procesos Excesivamente Complicados Para Explicarlos. Pero hasta ese momento siempre había procurado refrenar los anhelos de Luka.

–Cuidado con lo que deseas –dijo a Luka una vez.

–Para serte sincero –contestó él–, eso es, de lejos, lo más impertinente que has dicho nunca.

Pero en general los dos hermanos, Harún y Luka, rara vez reñían y, de hecho, se llevaban anormalmente bien. Su diferencia de edad, dieciocho años, había resultado un buen abismo al que arrojar casi todos esos problemas que a veces surgen entre hermanos, todos esos nimios motivos de irritación que inducen al hermano mayor a estampar por accidente la cabeza del pequeño contra un muro de piedra o, por error, colocar una almohada sobre su rostro dormido, o que llevan al hermano menor a la convicción de que es buena idea llenar de encurtido de mango dulce y pegajoso los zapatos del grandullón, o llamar a la nueva novia del gigante por el nombre de otra novia y luego hacer como que ha sido un desafortunado lapsus. Así que nada de eso ocurría. Por el contrario, Harún enseñaba a su hermano menor muchas cosas de provecho, kick boxing, sin ir más lejos, o las reglas del críquet, o qué música molaba y cuál no; y Luka adoraba sin complicaciones a su hermano mayor, y se le antojaba una especie de oso grande –un poco como Perro, el oso, a decir verdad– o quizá una acogedora montaña con barba de varios días y una amplia sonrisa cerca de la cumbre.

Solo con nacer, Luka había causado por primera vez el asombro de la gente, porque su hermano Harún tenía ya dieciocho años cuando su madre Soraya, a los cuarenta y uno, dio a luz a un segundo y hermoso muchachito. Su marido Rashid no encontró palabras, y por tanto, como de costumbre, habló más de la cuenta. En la sala del hospital de Soraya, Rashid cogió en brazos a su hijo recién nacido, lo meció con delicadeza y lo asaeteó a preguntas, a cuál más absurda:

–¿Quién lo habría pensado? ¿De dónde has salido tú, chaval? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿No tienes nada que decir? ¿Cómo te llamas? ¿Qué serás de mayor? ¿Qué es lo que quieres? –También tenía una pregunta para Soraya–. A nuestra edad –dijo maravillado, moviendo su calva cabeza–, ¿qué significado tiene un prodigio como este?

Rashid contaba cincuenta años cuando Luka nació, pero en ese momento hablaba como cualquier padre joven y bisoño, anonadado ante la llegada de la responsabilidad, e incluso un poco asustado.

Soraya volvió a coger al bebé y tranquilizó a su padre.

–Se llama Luka –anunció–, y el significado de este prodigio es que, según parece, hemos traído al mundo a un personaje capaz de hacer retroceder al mismísimo Tiempo, obligarlo a correr en sentido contrario y devolvernos la juventud.

Soraya sabía de qué hablaba. Conforme Luka crecía, sus padres parecían rejuvenecerse. Cuando el pequeño Luka se sentó erguido por primera vez, por ejemplo, sus padres ya no fueron capaces de parar quietos. Cuando empezó a gatear, ellos brincaron como conejos exaltados. Cuando dio sus primeros pasos, saltaron de alegría. Y cuando habló por primera vez… bueno, uno habría dicho que el legendario Torrente de las Palabras había empezado a manar por la boca de Rashid, y que el padre nunca terminaría de explayarse sobre la gran proeza de su hijo.

El Torrente de las Palabras, dicho sea de paso, desciende atronadoramente desde el Mar de las Historias hasta desembocar en el Lago de la Sabiduría, cuyas aguas se hallan iluminadas por la Aurora de los Días, y en el lago nace el Río del Tiempo. El Lago de la Sabiduría, como es sabido, se halla a la sombra del Monte del Conocimiento, en cuya cima arde el Fuego de la Vida. Esta vital información relativa a la geografía –y de hecho la existencia misma– del Mundo Mágico permaneció oculta durante milenios, guardada por unos aguafiestas embozados que se hacían llamar los Aalim, o los Doctos. Con todo, ahora el secreto ya había salido a la luz. Lo había dado a conocer al gran público Rashid Khalifa en muchos y célebres relatos. En Kahani, pues, todos sabían de sobra que existía un Mundo de la Magia paralelo al nuestro no mágico, y de esa Realidad procedía la Magia Blanca, la Magia Negra, los sueños, las pesadillas, los cuentos, las mentiras, los dragones, las hadas, los genios de barba azul, las aves mecánicas capaces de leer el pensamiento, los tesoros enterrados, la música, las fábulas, la esperanza, el miedo, el don de la vida eterna, el ángel de la muerte, el ángel del amor, las interrupciones, los chistes, las buenas ideas, las pésimas ideas, los finales felices, y de hecho casi todo aquello con cierto interés. Los Aalim, cuya idea del Conocimiento consistía en que era de su propiedad y demasiado valioso para compartirlo con nadie, probablemente odiaban a Rashid Khalifa por llevar el gato al agua.

Pero aún no es momento de hablar de Gatos, por más que al final, nos guste o no, tengamos que hacerlo. Es necesario, en primer lugar, referir aquel suceso espantoso ocurrido en la hermosa noche estrellada.

Luka era zurdo, y a menudo tenía la impresión de que no era él, sino el resto del mundo, el que marchaba del revés. Los picaportes giraban del revés, los tornillos se empeñaban en hacerse atornillar en el sentido de las agujas del reloj, las guitarras se encordaban cabeza abajo y la escritura de casi todas las lenguas discurría torpemente de izquierda a derecha, excepto la de una que, por extraño que parezca, no conseguía dominar. Los tornos de alfarero rotaban sin lógica alguna, hasta los derviches girarían mejor si girasen en dirección opuesta, y cuánto más perfecto y práctico sería el mundo entero, pensaba Luka, si el sol saliese por poniente y se ocultase por levante. Cuando soñaba con la vida en esa Dimensión a Contracorriente, el alternativo Planeta del Revés, el zurdo, donde él sería normal en lugar de raro, Luka a veces se entristecía. Su hermano Harún era diestro como todo el mundo, y por consiguiente daba la impresión de que para él todo era más fácil, lo cual no parecía justo. Soraya dijo a Luka que no se deprimiese.

–Eres un niño con muchas dotes –observó–, y quizá tengas razón al pensar que ir a izquierdas es lo correcto, y que los que usamos la mano derecha no hacemos nada a derechas. Deja que tus manos vayan por donde quieran. Tú tenlas ocupadas, con esto basta. Si no quieres usar la derecha, en tu derecho estás, pero no te rezagues.

Después de surtir tan espectacular efecto la maldición de Luka sobre el circo Grandes Anillos de Fuego, Harún le advertía a menudo con voz horrísona que acaso su zurdera fuese señal de poderes ocultos que bullían dentro de él. «Cuidado con tomar el Camino de la Mano Izquierda», decía Harún. Por lo visto, el Camino de la Mano Izquierda llevaba a la Magia Negra, pero como Luka no tenía la menor idea, ni aun queriendo, de cómo ir por ese Camino, desoía la advertencia de su hermano en la idea de que era una de esas cosas que Harún decía a veces para reírse de él, sin entender que a Luka no le gustaba ser objeto de risas.

Quizá porque soñaba con emigrar a una Dimensión de la Mano Izquierda, o quizá porque su padre era fabulador profesional, o quizá por las grandes aventuras de su hermano, o quizá por la sencilla razón de que él era como era, Luka creció con un marcado interés por –y aptitud para– otras realidades. En el colegio llegó a ser un actor tan convincente que cuando encarnaba a un jorobado, un emperador, una mujer o un dios, cuantos veían su interpretación salían convencidos de que el muchacho temporalmente había echado joroba, ascendido a un trono, cambiado de sexo o adquirido naturaleza divina. Y cuando dibujaba y pintaba, los relatos de su padre cobraban sublime y fantasmagórica vida, rebosante de color, como por ejemplo el de las Aves de la Memoria con cabeza de elefante que recordaban todo lo sucedido desde siempre, o el del Pez Pernicioso que nadaba en el Río del Tiempo, o el del País de la Infancia Perdida, o el del Lugar Donde Nadie Vivía. En matemáticas y química, por desgracia, no destacaba tanto. Esto disgustaba a su madre, quien, pese a cantar como un ángel, tiraba a práctica y sensata; pero en el fondo complacía no poco a su padre, porque para Rashid Khalifa la matemática era un misterio tan grande como el chino, y la mitad de interesante; y Rashid, de niño, había suspendido la química por derramar ácido sulfúrico concentrado sobre la hoja del examen de prácticas y entregarla llena de agujeros.

Por suerte para Luka, vivía en una época en que una cantidad casi infinita de realidades paralelas habían empezado a venderse a modo de juguetes. Como todos los niños que conocía, había crecido destruyendo flotas de naves espaciales invasoras, y había sido un pequeño fontanero en un viaje a través de muchos niveles, entre sacudidas, quemaduras, torsiones y burbujeos, para rescatar a una princesa finolis en el castillo de un monstruo, y se había metamorfoseado en erizo zumbador y en luchador callejero y en astro del rock, y había aguantado a pie firme, impertérrito, envuelto en una capa con capucha, mientras una figura demoníaca de cara rojinegra y cuernecillos gruesos brincaba en torno a él asestándole sablazos en la cabeza con una espada luminosa de doble haz. Como todos los niños que conocía, se había integrado en comunidades imaginarias del ciberespacio, electroclubes en los que adoptaba la identidad, por ejemplo, de un Pingüino Intergaláctico con el nombre de un miembro de los Beatles o, más adelante, un ser volador completamente inventado cuya estatura, color de pelo e incluso sexo podía elegir y cambiar a su antojo. Como todos los niños que conocía, Luka poseía un amplio surtido de cajas de realidad alternativa de bolsillo, y dedicaba gran parte de su tiempo libre a abandonar este mundo para acceder a los universos ricos, desafiantes, musicales y coloristas contenidos en dichas cajas, universos en los que la muerte era provisional (hasta que uno cometía demasiadas equivocaciones y pasaba a ser permanente) y una vida era algo que podía ganarse, o guardarse, o que le era milagrosamente concedida porque, en una de esas casualidades, había topado de cabeza contra el bloque indicado, o se había comido la seta indicada, o había atravesado la cascada mágica indicada, y uno podía almacenar tantas vidas como le permitieran su destreza y su fortuna. En la habitación de Luka, cerca de un pequeño televisor, se hallaba su propiedad más valiosa, la caja más mágica de todas, la que proporcionaba los viajes más intensos, más complejos, a otro-espacio y un tiempo-distinto, a la zona de las múltiples vidas y la muerte provisional: su nueva Muu. E igual que Luka en el patio del colegio se había transformado en el poderoso general Luka, vencedor ante el Ejército de su Alteza Imperial, comandante de las temidas FFAAL, las Fuerzas Aéreas de Luka, formadas por aviones de papel con bombas de polvos de picapica, igual que entonces Luka, cuando salía del mundo de las matemáticas y la química y entraba en la Zona de Muu, se sentía en casa, en casa de una manera totalmente distinta de cómo se sentía en casa en su casa, pero así y todo en casa; y se convertía, al menos dentro de su cabeza, en Super-Luka, Gran Maestro de los Juegos.

Una vez más fue su padre, Rashid Khalifa, quien fomentó esa actividad en Luka, y quien intentó, con una cómica falta de habilidad, acompañarlo en sus aventuras. Soraya, poco convencida, vio aquello con cierto desdén y, como mujer sensata que desconfiaba de la tecnología, temió que las diversas cajas mágicas emitiesen rayos y haces invisibles capaces de carcomer la cabeza a su amado hijo. Rashid quitaba importancia a tales inquietudes, lo que inquietaba a Soraya aún más.

–¡Pero qué rayos ni qué haces! –exclamó Rashid–. Al contrario, fíjate lo bien que desarrolla la coordinación ojo-mano, y además resuelve problemas, soluciona acertijos, supera obstáculos, vence sucesivos niveles de dificultad hasta adquirir aptitudes extraordinarias.

–Son aptitudes inútiles –replicó Soraya–. En el mundo real no hay niveles; hay solo complicaciones. Si en el juego comete un error por descuido, tiene otra oportunidad. Si en un examen de química comete un error por descuido, tiene un punto menos en la nota. La vida es más difícil que los videojuegos. Eso es lo que le conviene saber al niño, y también a ti, dicho sea de paso.

Rashid no se rindió.

–Mira cómo mueve las manos en los controles –dijo–. En esos mundos, ser zurdo no le representa un impedimento. Asombrosamente, es casi ambidiestro.

Soraya dejó escapar un resoplido de fastidio.

–¿Le has visto la letra? –dijo–. ¿Lo ayudarán a mejorarla sus erizos y sus fontaneros? ¿Le servirán para pasar los cursos esas «pesepés» y esas «uys»? ¡Y hay que ver qué nombres les ponen! Parecen zumbidos o gritos o qué sé yo.

Rashid empezó a desplegar una sonrisa apaciguadora.

–El término es «consolas» –aclaró, pero Soraya se dio media vuelta y, alzando la mano muy por encima de la cabeza en un gesto de desgaire, se marchó.

–A mí no me vengas con historias –dijo por encima del hombro, hablando con su voz más lapidaria–. Yo soy in-consola-ble.

No fue raro que a Rashid Khalifa se le diera fatal la Muu. Durante la mayor parte de su vida se había distinguido por la soltura de su lengua, pero sus manos, francamente, siempre habían sido un lastre. Eran armatostes desmañados, torpes, poco fiables. Sus dedos, como se decía, eran todos pulgares. En el transcurso de sus sesenta y dos años había dejado caer una infinidad de cosas, roto un sinfín más de cosas, manoseado todo aquello que no había conseguido dejar caer o romper, y emborronado todo lo que escribía. En conjunto, no podía decirse, pues, que fuera un manitas. Si Rashid intentaba clavar un clavo en la pared, invariablemente uno de sus dedos se ponía por medio, y con el dolor era siempre un tanto infantil. Así que cuando Rashid se ofrecía a echar una mano a Soraya, ella le pedía –con cierta maldad– que tuviera la bondad de meterse las manos en los bolsillos.

Pero Luka sabía de primera mano que en otro tiempo las manos de su padre a veces cobraban vida.

Así era. Cuando Luka tenía solo unos años, las manos de su padre adquirían vida propia, e incluso espíritu. Además, tenían nombre: eran Nadie (la mano derecha) y Absurdo (la izquierda), y casi siempre obedecían y se sometían a la voluntad de Rashid, por ejemplo haciendo un aspaviento cuando él deseaba poner hincapié en algo (ya que le gustaba mucho hablar), o llevando comida a su boca (porque le gustaba mucho comer). Incluso estaban dispuestas a limpiarle lo que él llamaba su «pompis», lo cual era ciertamente servicial por su parte. Ahora bien, como Luka no tardó en descubrir, poseían también una quisquillosa voluntad propia, sobre todo cuando él estaba a tiro. A veces, cuando la mano derecha empezaba a hacer cosquillas a Luka y él suplicaba «Para, por favor, para», su padre respondía «No soy yo. En realidad Nadie te hace cosquillas», y ...