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MALOS SENTIMIENTOS

Inés Fernández Moreno  

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Fragmento

Huevos

Viernes

El departamento nuevo es una miniatura, esas proezas que hacen los europeos para ponerte a vivir en quince metros cuadrados. Pablo tiene que moverse como si estuviera en un velero, con cuidado de no chocar la cabeza contra la arcada que da a la cocinita, cerrar la puerta del baño sin caerse sentado en el inodoro, no chocar los codos contra las paredes cuando se despereza, esas cosas. Y además, subir con optimismo tres pisos por escalera que no llega a ser caracol pero que trae unos escalones como indecisos, propicios al traspié. Sin embargo, es su primer departamento para él solo en Barcelona después de tres años de compartir piso con otros músicos argentinos. Había sido divertido al principio, pero ya no. Había que bancarse la neura, los vicios o la mugre de los otros (Uli directamente olía mal). Y si él protestaba, lo mandaban a pasar la aspiradora: “andá, burguesito”, lo gastaban, “se ve que fuiste al Liceo Francés”. Así que había que ponerle el pecho a lo que fuera. Pero también se querían, compartían la vaga conciencia de que, después de todo, esos llegarían a ser sus años dorados. Todavía los recuerda, a Petrina y al Uli, asomados a su cuarto, boquiabiertos, cuando Helen, la canadiense que había vivido con él unos días, le dobló la ropa con ese arte de origami que dominan algunas mujeres: plegando las mangas a los costados y después doblando la prenda en dos para conseguir un cuadrado perfecto. En minutos había transformado una montaña de ropa arremolinada en dos pilas regulares sobre el estante. Miraban como si nunca nadie lo hubiera hecho por ellos. Claro, él era el que había vivido en casa con mucama, por más que la debacle del 2001 hubiera terminado con todo: mucamas, colegios privados y la esperanza de estudiar música en una universidad americana.

Así que ahora, al fin, aunque sea en esa cucha, él está solo. Helen se había vuelto a Canadá ya hace casi un año y su ropa había vuelto al remolino original. Ella estaba en la edad en que pensaba en casarse, en tener un hijo, ¿qué futuro tenía con un músico argentino que chapoteaba en Barcelona para sobrevivir? Ella había dicho eso, “tener un futuro”, y a él se le había revuelto el estómago. ¿Qué era tener un futuro? Todos lo tenían. Tener un futuro era tener plata, así de asquerosamente claro. Él apenas sobrevivía, de lo que estaba bastante orgulloso y, para tener veintiséis años, había logrado unas cuantas cosas: terminar la universidad, dar clases de piano aquí y allá, tocar en algunos clubes prestigiosos de jazz, componer cada tanto para él y para su cliente algunos temas que no estaban nada mal. Y hacía pocos meses había cambiado su vieja Mac por la Mac Pro: un fierro, con la velocidad y los programas pesados que necesitaba para trabajar. McGyver la había bautizado, como el héroe de su infancia, porque estaba llena de ideas, de astucias, de recursos.

Pablo se asoma por la ventanita enrejada que da a la terraza vecina. Con la cabeza inclinada, tiene su pedacito de cielo. Y la otra cosa buena de la cucha es que está en el barrio gótico, en la Calle de la Rosa, mucho ruido toda la noche, pero es el corazón de Barcelona. Y vivir en Barcelona, tío, es la hostia, como dicen ellos. Tiene el punto justo entre ciudad europea, Nueva York y Buenos Aires. ¿O acaso no había conocido y hasta llegado a tocar con tipos como Christian McBride o Roy Hargrove?

Se pone a freír dos huevos en una sartén. Sabe que después el olor de la fritanga tarda en irse, pero bueno, así son las cosas. Está dejando los huevos con sumo cuidado sobre el plato —es una destreza, un orgullo, que no se le hayan roto las yemas— cuando le suena el móvil. Es Fabi, un amigo argentino que estudió en el conservatorio de Ámsterdam y despué

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