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MAREA INCIERTA (DETECTIVE WILLIAM MONK 14)

Anne Perry  

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Fragmento

1

—El asesinato no es lo que importa —dijo Louvain con brusquedad, inclinándose sobre el escritorio hacia Monk. Ambos estaban de pie en el amplio despacho del primero, cuyas ventanas daban al Pool de Londres. Su bosque de mástiles oscilantes por la marea se veía recortado contra un cielo otoñal salpicado de jirones de nubes. Había clíperes y goletas procedentes de todas las naciones marítimas del mundo, gabarras fluviales, una embarcación de recreo surcando con garbo las aguas, remolcadores, transbordadores y botes auxiliares faenando—. ¡Quiero mi marfil! —masculló entre dientes—. No tengo tiempo de esperar a la policía.

Monk lo miraba fijamente tratando de encontrar una respuesta. Necesitaba ese caso, de lo contrario no se habría desplazado hasta las oficinas de la naviera Louvain Shipping Company dispuesto a emprender una investigación tan alejada de su ámbito habitual. Era un gran detective en la ciudad; lo había demostrado en infinidad de ocasiones tanto en el cuerpo de policía como, más tarde, en calidad de investigador privado. Conocía las mansiones de los ricos y los callejones de los pobres. Conocía a ladronzuelos e informantes, a traficantes de objetos robados, a propietarios de burdeles, a falsificadores y a muchos rufianes a sueldo de distinta calaña.

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Ahora bien, el río, «la calle más larga de Londres», con las mareas cambiantes, el constante tráfico de buques y hombres que hablaban diversos idiomas, constituía un territorio completamente ajeno a él. Una pregunta se repetía en su mente con la insistencia de un latido: ¿por qué Clement Louvain lo había llamado a él y no a alguien familiarizado con aquel entorno? La Policía Fluvial era más antigua que la Policía Municipal fundada por Peel; de hecho, existía desde 1798, hacía casi tres cuartos de siglo. Era harto probable que anduviera demasiado ocupada como para dedicar al marfil de Louvain la atención que éste deseaba, pero ¿era ésa la verdadera razón por la que recurría a Monk?

Louvain permanecía de pie al otro lado del enorme escritorio de caoba, aguardando su respuesta.

—El asesinato forma parte del robo —contestó Monk—. Si supiéramos quién mató a Hodge, sabríamos quién se llevó el marfil y, si supiéramos cuándo, quizás estaríamos mucho más cerca de encontrarlo.

Las facciones de Louvain se endurecieron. Era un hombre de cuarenta y pocos años, de tez curtida y caderas estrechas, aunque fuerte y musculoso como los marinos que contrataba para llevar sus buques hasta las costas de África oriental en busca de marfil, madera, especias y pieles. Su cabello, castaño, era abundante y le nacía en la frente; sus rasgos, resultaban más bien corrientes.

—Por la noche, en el río el tiempo no cuenta —replicó tajante—. Los mensajeros de los peristas y los desvalijadores nocturnos pululan arriba y abajo constantemente. Nadie soltará prenda sobre los demás, y mucho menos a la Policía Fluvial. Por eso necesito a mi propio hombre, uno con las aptitudes y destreza que me han dicho que posee usted. —Repasó con la mirada a Monk, un hombre con reputación de ser tan implacable como él, unos pocos centímetros más alto, más moreno, con los pómulos altos y un rostro delgado y rebosante de vitalidad—. Necesito recuperar ese marfil —repitió—. Está pendiente de entrega y ya ha sido pagado. No busque al asesino para encontrar al ladrón. Eso quizá dé buen resultado en tierra. En el río se busca al ladrón y eso te conduce hasta el asesino.

A Monk le habría gustado rehusar el caso. No le habría costado nada hacerlo; su mero desconocimiento del río le habría proporcionado motivos suficientes. Además, muchos hombres conocían a fondo el río y los muelles, y siempre había alguno dispuesto a llevar a cabo un encargo privado a cambio de una buena paga.

Sin embargo, no estaba en condiciones de esgrimir semejante argumento. Se enfrentaba al amargo hecho de tener que mostrarse servicial con Louvain y convencerlo, contra toda verdad, de que estaba perfectamente capacitado para encontrar el marfil y devolvérselo en menos tiempo y más discretamente que la Policía Fluvial.

Le obligaba la necesidad, el reciente aluvión de casos triviales mal pagados. No osaba contraer deudas y puesto que Hester dedicaba todo su tiempo a la casa de socorro de Portpool Lane, que era por entero de beneficencia, ella no podía aportar nada a la economía doméstica. Aunque un hombre no debería contar con que su esposa se mantuviera a sí misma. Ella pedía muy poco: ningún lujo, ningún capricho, sólo poder dedicarse al trabajo que amaba. Le molestaba Louvain porque tenía la facultad de causarle desasosiego, pero más que eso le inquietaba que Louvain se mostrara más preocupado por atrapar al ladrón que al asesino que había segado la vida de Hodge.

—Y si en efecto lo atrapamos pero entierran a Hodge —dijo Monk—, ¿qué prueba tendremos? Habremos ocultado el crimen en su beneficio.

Louvain torció el gesto.

—No puedo permitirme dar a conocer el robo. Eso me arruinaría. ¿Serviría de algo que firmase una declaración jurada explicando dónde, cómo y cuándo encontré el cuerpo exactamente, y que fue asesinado por el ladrón, adjuntando una declaración del empleado del depósito de cadáveres a propósito de sus heridas, corroborada por usted mismo? Lo pondré por escrito y lo firmaré, y usted puede guardar copia de los documentos.

—¿Cómo explicará esta ocultación a la policía? —preguntó Monk.

—Les entregaré al asesino. Con pruebas. ¿Qué más podrían querer?

—¿Y si no lo atrapo?

Louvain le miró con una sonrisa irónica, delicadamente torcida.

—Lo encontrará —dijo sin más.

Monk no se hallaba en posición de discutir. Moralmente le ponía enfermo, pero a efectos prácticos Louvain llevaba razón. Tenía que lograrlo, pues en caso contrario, con la posible pérdida de pistas durante el tiempo transcurrido, las oportunidades de la Policía Fluvial serían aún más remotas.

—Cuénteme todo lo que sepa —pidió.

Louvain por fin se sentó en el sillón acolchado de respaldo redondo, y le indicó que hiciera lo mismo. Clavó la mirada en Monk.

—El Maude Idris zarpó de Zanzíbar con un cargamento de ébano, especias y catorce colmillos de marfil de primera calidad rumbo a Londres por el cabo de Buena Esperanza. Es un buque de cuatro mástiles con una tripulación de nueve hombres: capitán, oficial de cubierta, contramaestre, cocinero, grumete y cuatro tripulantes competentes, uno por mástil. Lo habitual para su tonelaje. —Seguía observando a Monk—. Encontró buen tiempo casi toda la travesía y efectuó una escala de aprovisionamiento en la costa occidental de África. Llegó hace cinco días al golfo de Vizcaya, a Spithead anteayer, y remontó las últimas millas del río dando bordadas contra el viento. Echó el ancla justo al este del Pool ayer, veinte de octubre.

Monk le escuchaba aunque aquella información no le resultase útil a efectos prácticos. Estaba convencido de que Louvain lo sabía. No obstante, ambos siguieron adelante con la farsa.

—La tripulación recibió su paga al desembarcar, como de costumbre —prosiguió Louvain—. Llevaban fuera mucho tiempo, casi medio año entre la ida y la vuelta. Dejé al contramaestre y a tres marinos a bordo para que montaran guardia. Uno de ellos era el muerto, Hodge. —Un amago de mueca cruzó su semblante. Podría haber sido cualquier emoción: rabia, pena, incluso culpa.

—¿Sólo dejó cuatro tripulantes a bordo? —preguntó Monk.

Como si le leyera el pensamiento, Louvain frunció el entrecejo.

—Sé que el río es peligroso, sobre todo para un buque recién llegado —añadió—. Todos los barqueros sabrán que la carga sigue a bordo. En el río ningún secreto dura mucho aunque cualquier necio podría deducirlo. Nadie sube tan arriba si va de vacío. O cargas o descargas. Pensé que bastaría con cuatro hombres armados. Me equivoqué. —Su rostro era pura emoción, aunque resultaba indescifrable.

—¿Qué armas tenían? —preguntó Monk.

—Pistolas y alfanjes.

Monk frunció el entrecejo.

—Ésas son armas que se usan de cerca. ¿Es lo único que llevan a bordo?

Louvain enarcó las cejas de forma casi imperceptible.

—Hay cuatro cañones en cubierta —contestó con cautela—, pero sólo se emplean contra piratas en alta mar. ¡No se puede disparar una cosa de esas en el río! —Un leve destello de diversión le cruzó el semblante—. ¡Sólo querían el marfil, no todo el puñetero barco!

—¿Hubo algún herido aparte de Hodge? —preguntó Monk disimulando su malestar. No era culpa de Louvain que se viera obligado a trabajar donde no hacía pie.

—No. Los ladrones del río saben cómo abarloarse y abordar un barco con sigilo. Hodge fue el único con quien se toparon, y lo mataron sin que nadie se percatara.

Monk intentó imaginarse la escena: la falta de espacio en las entrañas del barco, el vaivén provocado por la marea, los crujidos del casco. Y, de repente, la certidumbre de estar oyendo pasos, el miedo, la violencia y por último el dolor al ser golpeado.

—¿Quién le encontró? —le preguntó en voz baja—. ¿Y cuándo?

Louvain adoptó una expresión severa, con los labios apretados.

—El hombre que fue a relevarlo a las ocho: Newbolt, el contramaestre —explicó—. Él mismo me lo comunicó.

—¿Antes o después de descubrir que faltaba el marfil?

Louvain titubeó un instante y Monk se preguntó si se lo había imaginado.

—Después —admitió Louvain.

Si hubiese dicho «antes» Monk no le habría creído. El instinto de supervivencia habría hecho que aquel hombre quisiera saber a qué se enfrentaba antes de decirle nada a Louvain. Y salvo si era tonto de remate, lo primero que habría hecho sería cerciorarse de que el asesino no siguiera a bordo. Si hubiese podido echarle el guante y recuperar el marfil, habría tenido una historia muy distinta que contar. A no ser, claro está, que ya estuviera enterado del robo y fuera cómplice.

—¿Dónde estaba usted cuando recibió el aviso?

Louvain le miró impávido.

—Aquí. Eran casi las ocho y media.

—¿Cuánto tiempo llevaba aquí? —inquirió Monk.

—Desde las siete.

—¿Es posible que el contramaestre lo supiera? —Monk estudió con detenimiento el rostro de Louvain. Uno de los factores que le permitiría juzgar a los hombres que habían quedado a cargo del barco sería la confianza que Louvain depositara en ellos. Un hombre en su posición no podía permitirse perdonar el menor error, y menos ninguna clase de deslealtad.

—Sí —respondió Louvain, con una chispa de diversión en los ojos—. Cualquier marino habría contado con ello. Pero eso no significa lo que está pensando.

Monk reconoció, incómodo, que estaba dando palos de ciego en vez de captar las respuestas, como era habitual en él. No podía jugar a los acertijos con Louvain. O bien se mostraba más franco o bien más sutil.

—¿Los armadores suelen estar en sus oficinas a esas horas? —preguntó.

Louvain se relajó un poco.

—Sí. Vino aquí y me dijo que habían matado a Hodge y robado el marfil. Salí con él de inmediato. —Se interrumpió al ver que el investigador se levantaba.

—¿Podría volver sobre sus pasos y que yo le acompañe? —pidió Monk.

Louvain se puso de pie.

—Por supuesto —accedió.

No dijo nada más mientras lo condujo por la desgastada alfombra hasta la puerta maciza, que abrió y cerró a sus espaldas para luego guardar la llave en el bolsillo interior del chaleco. Cogió un abrigo de un perchero, echó un vistazo al atuendo de Monk como evaluando si era adecuado y decidió que sí lo era.

Monk estaba orgulloso de su ropa. Incluso en sus temporadas de mayor estrechez económica había vestido bien. Poseía una elegancia natural y el orgullo le dictaba que la factura del sastre tuviera preferencia ante la del carnicero. Aunque eso había sido así mientras estuvo soltero. Ahora quizá tendría que invertir ese orden, cosa que le pesaba lo suyo, pues lo veía como una especie de derrota. En cualquier caso, había caído en la cuenta de que un hombre como Louvain, dedicado al transporte marítimo, quizá tendría que atender asuntos en el río, y lo había tenido bien presente a la hora de vestirse. Calzaba botas recias de buenas suelas; el abrigo le permitía moverse con agilidad y cortaría el viento.

Siguió a Louvain escaleras abajo y a través de la oficina, donde los administrativos se inclinaban sobre los libros o estaban encaramados en taburetes altos, pluma en mano. El olor a tinta y polvo flotaba en el aire, y una vaharada de humo acre le irritó la nariz al pasar cerca de la estufa justo cuando alguien la abrió para echar más carbón.

Fuera, en la calzada que conducía al muelle, el viento cortante procedente del río los alcanzó de lleno, echándoles el cabello hacia atrás y llenándoles la garganta con el sabor salobre de la marea. Llegaba cargado de olores a pescado y brea mezclados con otro más ácido y dominante procedente del lodo y las aguas residuales vertidas más allá de los embarcaderos.

El agua chapoteaba contra las estacas del muelle con un ritmo roto de vez en cuando por la estela de gabarras tan cargadas que se hundían hasta la regala. Avanzaban lentamente río arriba dirigiéndose al Puente de Londres. Los estridentes chillidos de las gaviotas traían a Monk ecos cargados de significado, fugaces recuerdos de su vida en Northumberland cuando era niño. Un accidente de carruaje sufrido siete años atrás, en 1856, le había despojado de la mayoría de esos fragmentos multicolores que constituyen el pasado y componen la imagen de quienes somos. Por deducción había reunido buena parte de las piezas y de vez en cuando una ventana se abría súbitamente para mostrarle todo el panorama durante un instante. El chillido de las gaviotas era una de esas ventanas.

Louvain pisaba con firmeza el adoquinado que bajaba hacia el embarcadero, a grandes zancadas y mirando en todo momento al frente. La dársena, con sus grandes almacenes, las grúas y los cabrestantes no representaban ninguna novedad para él. Estaba acostumbrado a ver a los peones y los barqueros, así como el constante ir y venir de embarcaciones menores.

Monk le siguió hasta el final del embarcadero, donde el agua oscura se arremolinaba y golpeaba, con la superficie salpicada de suciedad y desperdicios a la deriva. En la otra orilla había una franja de lodo por debajo de la línea de la marea y tres niños se adentraban en ella, hundidos casi hasta las rodillas, inclinados para buscar con manos hábiles cualquier cosa que pudieran encontrar. Un fragmento de recuerdo le dijo a Monk que seguramente sería carbón de las gabarras, caído por casualidad o deliberadamente arrojado de trozo en trozo para que lo recogieran los rapiñadores.

Louvain hizo señas con el brazo y gritó algo en dirección al agua. En cuestión de momentos un bote ligero de unos tres metros y medio de eslora se detuvo junto a la escalinata con un único hombre que empuñaba los remos. Su tez curtida presentaba el color de la madera vieja, la barba gris era poco más que una sombra y la gorra, calada hasta las orejas, ocultaba todo el pelo que conservase. Hizo un medio saludo y aguardó las órdenes de Louvain.

—Llévenos al Maude Idris —le dijo éste mientras subía con agilidad, procurando mantener el equilibrio ante la súbita inclinación del bote. No ofreció ninguna ayuda a Monk, que iba detrás de él, bien porque imaginaba que estaba acostumbrado a las barcas, bien porque le traía sin cuidado que pudiera hacer el ridículo.

Un instante de miedo se apoderó de Monk, y también de apuro por si lo hacía con torpeza. Se puso rígido, mas entonces el instinto le dijo que se equivocaba y saltó dejándose caer, flexionando las rodillas y adaptándose al balanceo con una gracia que sorprendió a los otros.

El barquero zigzagueó entre las gabarras con consumada habilidad, luego bordeó una goleta de tres mástiles con el velamen desplegado y el casco sucio y desconchado por los largos días de sol tropical y viento salado. Monk vio los racimos de percebes que colgaban bajo la línea de flotación. El río era tan turbio que apenas se veía nada a más de un palmo de profundidad.

Levantó la mirada al pasar bajo la sombra de un buque mucho mayor y se quedó sin aliento ante su majestuosa belleza. Tres formidables mástiles descollaban con vergas de veinticuatro y veintisiete metros recortadas en negro contra el gris de las nubes, con las velas recogidas y plegadas, la jarcia como las finas líneas de un grabado en el cielo. Aquella nave magnífica era uno de los grandes clíperes que navegaban por todo el mundo, casi seguro en la carrera de China a Londres, transportando té, seda y especias del Extremo Oriente. El primero en descargar cobraba precios astronómicos, el segundo tenía que conformarse con lo que le ofrecieran. La imaginación se le llenó de imágenes de vientos rugientes y mares procelosos, un mundo de cielos vastos, velas hinchadas, mástiles azotados en una desenfrenada danza de los elementos. Y también habría mares más serenos, atardeceres encendidos, aguas claras como el cristal abarrotadas de criaturas de mil formas distintas, así como días de calma chicha en los que el tiempo y el espacio se prolongaban hasta la eternidad.

Una rociada de agua fría lo devolvió al presente, al bullicioso y ajetreado río. Delante de ellos estaba fondeada una goleta de cuatro palos que se balanceaba ligeramente en la estela de una fila de gabarras. Era de profundo calado, apta para la navegación de altura con cargas pesadas, veloz con las velas desplegadas, fácil de gobernar y, desde aquella corta distancia, las troneras de proa se distinguían a simple vista. La clase de nave que no se dejaba dar alcance ni apresar con facilidad.

Sin embargo, en su puerto de origen se convertía en una presa fácil para dos o tres hombres que se deslizaran de noche por las aguas negras, treparan por los flancos hasta la cubierta y pillaran por sorpresa a un centinela distraído.

Ya estaban casi abarloados y Louvain se puso de pie manteniendo el equilibrio con un ligero balanceo del cuerpo.

—¡Ah del barco! ¡Maude Idris! ¡Louvain sube a bordo!

Un hombre se asomó a la barandilla y los observó desde arriba. Era ancho de espaldas, paticorto y corpulento.

—¡Adelante, señor Louvain! —gritó, y un momento después una escala de cuerda fue arrojada desde la cubierta y se desenroscó a lo largo del casco.

El barquero maniobró el bote hasta situarlo debajo de ella y Louvain cogió el último peldaño. Titubeó un instante, como preguntándose si Monk sería capaz de trepar detrás de él. Luego comenzó a subir sin volver la vista atrás, mano tras mano, poniendo de manifiesto su práctica, hasta llegar arriba para salvar la barandilla y caer de pie en cubierta, donde aguardó a Monk.

Éste recobró el equilibrio, sujetó la escala de cuerda con firmeza y levantó el pie tal como había hecho Louvain, alargó el brazo para alcanzar el tercer peldaño y se encaramó. Quedó suspendido por un peligroso momento sin mantener el equilibrio en el bote ni en la escala. El agua se arremolinaba debajo de él. La goleta se balanceó, columpiándolo hacia fuera primero y golpeándolo contra el casco después, magullándole los nudillos. Se dio impulso hacia arriba y asió el peldaño siguiente, y el otro, hasta que también saltó por encima de la barandilla y cayó de pie al lado de Louvain. Ninguno de los dos había pronunciado palabra.

Monk controló su resollante respiración no sin esfuerzo.

—¿Cómo cree que subieron a bordo si nadie les arrojó una escala? —preguntó.

—¿Los ladrones? —dijo Louvain—. Debió de haber más de uno, con un cómplice que permaneciera en el bote. —Volvió a echar una ojeada a la barandilla y al agua más allá. El sol ya estaba muy bajo y las sombras se alargaban, aunque en la declinante luz resultaban difíciles de distinguir—. Treparían con cuerdas. Se lanzan desde abajo con garfios que se agarran a la barandilla. Es bastante sencillo. —Una breve sonrisa socarrona le curvó los labios un instante—. Las escalas están hechas para los hombres de tierra firme.

Monk miró los anchos hombros de Louvain y la naturalidad con que mantenía el equilibrio y tuvo claro que, de estar resuelto a subir a bordo, la ausencia de una escala no le habría detenido.

—¿Cree que el garfio dejaría marcas en la madera? —preguntó.

Louvain tomó aire y luego lo soltó despacio al comprender por dónde iba Monk.

—¿Piensa que la tripulación estaba implicada?

—¿Lo estaba? ¿Conoce suficientemente a cada miembro como para estar seguro de que no?

Louvain meditó antes de emitir un juicio. Sus ojos brillaron cuando tomó una decisión.

—Sí —contestó. No agregó más matices ni argumentos, pues no estaba acostumbrado a dar explicaciones: su palabra bastaba.

Monk echó un vistazo a la cubierta baldeada. Aun siendo ancha y despejada, no dejaba de ser un espacio reducido si uno la imaginaba en la inmensidad del océano. Las escotillas estaban bajadas pero sin cerrar. La madera se veía recia y en buen estado aunque las señales del uso eran evidentes.

En aquel barco se trabajaba; se veían huellas de manos en los marcos de las escotillas, de pies en los accesos a los tambuchos. Nada era nuevo, excepto un tramo de obenque del palo trinquete que subía hacia el resto de jarcia para perderse en la maraña de lo alto; su color claro lo delataba.

En la escotilla de popa, que estaba abierta, apareció una mano y luego un corpachón que subió a cubierta. Medía más de metro noventa, tenía la cabeza cubierta de pelo corto entre gris y castaño y llevaba barba incipiente. Era un rostro tosco pero avispado y estaba muy claro que su propietario no efectuaba un solo movimiento sin antes pensarlo. Ahora caminaba despacio hacia Louvain y se detuvo a cierta distancia, a la espera de sus órdenes.

—Éste es Newbolt, el contramaestre —dijo Louvain—. Le dirá todo lo que sepa sobre el robo.

Monk se relajó, deliberadamente. Contempló a Newbolt con detenimiento: la enorme fuerza física del hombre, las manos encallecidas, la ropa desgastada; pantalones azul marino informes pero lo bastante gruesos como para protegerlo del frío o del azote de un cabo suelto. Llevaba un chaquetón y por el cuello asomaba un suéter de lana basta con elaborados bordados. Monk recordó que llevar aquellas prendas era una costumbre marinera; los distintos bordados identificaban a un hombre por familia y clan, incluso si su cadáver llevaba días o semanas en la mar.

—¿Aquí había tres de ustedes, además del fallecido? —le preguntó Monk.

—Sí. —No se movió, ni siquiera para asentir con la cabeza. Mantenía la vista clavada en Monk, fija, inteligente, indescifrable.

—¿Y fue usted quien encontró al hombre asesinado?

—Sí —repitió Newbolt.

—¿Y dónde encontró el cuerpo?

La cabeza de Newbolt se ladeó levemente, en un gesto mínimo de aquiescencia.

—Al pie de la escalera que baja a la bodega por la escotilla de popa.

—¿Qué se supone que estaba haciendo ahí? —preguntó Monk.

—No sé. Igual oyó algo —contestó Newbolt con mal disimulada insolencia.

—Entonces ¿por qué no dio la alarma? ¿Cómo lo habría hecho?

Newbolt inspiró profundamente. Algo cambió en su rostro. De pronto miraba a Monk con otros ojos, con mayor precaución.

—Gritando —contestó—. No se puede disparar un arma aquí. Podría herir a otro.

—Podría haber disparado al aire —sugirió Monk.

—Bueno, pues si lo hizo nadie lo oyó. Supongo que se le acercaron con sigilo. Tal vez uno de ellos hiciera un ruido y cuando Hodge se volvió para mirar, otro le diera un porrazo en la cabeza. En cuanto a lo de encontrarlo a los pies de la escalera de la bodega, lo habrán arrojado allí. Si lo hubiesen dejado tendido en cubierta alguien podría haberlo visto y adivinar que algo iba mal. Los ladrones no son idiotas. No todos, al menos.

Aquello tenía bastante sentido. Era lo que el propio Monk hubiese hecho y también lo que habría respondido de haber sido él el interrogado.

—Gracias —dijo. Se volvió hacia Louvain—. ¿Puedo ver el lugar donde lo encontraron?

Louvain cogió el farol que le tendió Newbolt y se encaminó hacia la escotilla de popa. Monk fue tras él.

Louvain se volvió con un solo movimiento y comenzó a descender los peldaños desapareciendo en las densas sombras del interior, que el farol sólo disipaba en el espacio más inmediato.

Monk le siguió con menos garbo, tanteando el camino peldaño a peldaño. Debajo de él veía las tablas del suelo, algunos mamparos y, más allá de las oscuras fauces abiertas de la bodega, los perfiles más densos de la carga emergían a medida que sus ojos se habituaban a la penumbra. Sólo acertó a ver montones de madera bien trincados. Se figuró la destrucción que causarían si se soltaran con mar gruesa. En condiciones climáticas duras podrían llegar a agujerear el casco y la nave se hundiría en cuestión de minutos. A través de las envolturas de hule y lona, percibía los extraños aromas de las especias, aunque éstos no eran lo bastante intensos como para tapar el olor a moho del aire encerrado y la acritud que rezumaba la sentina. No recordaba nada parecido. Sus paseos en barca habían sido siempre sobre cubierta, expuesto al viento y el mar. Conocía las aguas costeras, mas no el océano y mucho menos África, que era de donde había zarpado aquel cargamento.

—Ahí.

Louvain bajó el farol hasta que la luz brilló en el bao más próximo a la escalera que moría en el suelo de la bodega. Había claridad suficiente para ver los rastros de sangre.

Monk cogió el farol de manos de Louvain y se agachó para examinarlos más de cerca. Eran manchas, no los charcos aún húmedos que habría esperado encontrar si un hombre muerto por una herida en la cabeza hubiese sido asesinado en aquel lugar o trasladado allí momentos después de recibir el golpe.

Levantó la vista.

—¿Qué llevaba en la cabeza? —preguntó.

La luz iluminaba el rostro de Louvain desde abajo dándole un extraño e inquietante aspecto, como de máscara, que acentuó su sorpresa ante la pregunta.

—Un gorro, me parece —contestó.

—¿Qué clase de gorro?

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con quién le mató o dónde está mi marfil? —Su voz sonaba tensa, pero aún no denotaba enfado.

—Si a un hombre le asestan un golpe en la cabeza tan fuerte como para matarlo, normalmente hay mucha sangre —explicó Monk, poniéndose de pie para mirarlo en igualdad de condiciones.

La comprensión brilló en los ojos de Louvain.

—Un gorro de lana —contestó—. Hace mucho frío en cubierta por la noche. El aire del río te cala los huesos. —Inspiró sonoramente—. Pero creo que tiene razón, lo más probable es que lo mataran ahí arriba. —Alzó ligeramente un hombro y miró escaleras arriba hacia el cuadrado de cielo enmarcado por la escotilla—. Tal como ha dicho Newbolt, lo arrojarían aquí abajo para evitar el riesgo de que alguien le viera desde un bote y diera la alarma. —Asintió con la cabeza, un ademán contenido pero que transmitía toda su aprobación a la hipótesis.

Monk se volvió de nuevo hacia la bodega, alzando el farol para ver con mayor claridad.

—¿Cómo se descarga la madera? —preguntó—. ¿Hay una escotilla principal de mayor tamaño?

—Sí, pero no tuvo nada que ver con esto. Está bien atrancada.

—¿Podría ser ése el motivo por el que sólo se llevaron el marfil? ¿Porque era fácil subirlo por esta escalera y sacarlo a cubierta por esta escotilla?

—Es posible. Pero con las especias pasa lo mismo —señaló Louvain.

—¿Cuánto pesa un colmillo?

—Depende, treinta y cinco o cuarenta kilos. Un solo hombre podría acarrearlos, de uno en uno. ¿Piensa en un ladrón de ocasión?

—En un oportunista —repuso Monk—. ¿Por qué? ¿Qué se le ha ocurrido?

Louvain midió sus palabras al contestar.

—Hay muchos robos en el río, de toda clase, desde auténtica piratería hasta los rapiñadores de las orillas, y la gente sabe cuándo entra un barco que tiene que permanecer fondeado hasta que le asignen un muelle donde descargar. Pueden pasar semanas, si tienes mala suerte o no conoces a quien hay que conocer.

Monk se sorprendió.

—¿Semanas? ¿No se echan a perder ciertas mercancías?

Louvain sonrió con ironía.

—Desde luego que sí —respondió—. El transporte marítimo no es un negocio fácil, señor Monk. Es mucho lo que está en juego; se puede ganar una fortuna o perderla. Los errores no se perdonan, y nadie pide ni espera clemencia. Es como el mar. Sólo un loco lucha contra él. Aprendes sus reglas y, si quieres sobrevivir, te atienes a ellas.

Monk le creyó. Necesitaba saber más acerca de los delitos que se cometían en el río, pero no podía permitirse manifestar su ignorancia. Detestaba verse obligado a cortejar un trabajo y a servirse de equívocos sobre su capacidad para llevarlo a cabo.

—¿Cualquiera puede suponer que permanecerá anclado aquí varios días antes de descargar? —preguntó.

—Sí. Ésa es la única excusa que puedo esgrimir ante mis clientes. Dispone de diez días para encontrar mi marfil y recobrarlo, tanto si atrapa al ladrón como si no. Ya demostraremos su culpabilidad después.

Monk enarcó las cejas.

—Pero Hodge era uno de sus hombres...

Louvain le dirigió una mirada gélida.

—Lo que yo haga con mis hombres no es asunto de su incumbencia, Monk —dijo—, y le aconsejo que nunca lo olvide. Le pagaré lo debido, o incluso más, y espero que el trabajo se haga a mi manera. Si atrapa al asesino de Hodge, tanto mejor, pero lo que a mí me preocupa es alimentar a los vivos, no vengar a los muertos. Es libre de presentar sus pruebas a la Policía Fluvial. Colgarán a quien sea el responsable. Supongo que es lo que usted desea...

Monk estuvo a punto de soltar una réplica mordaz pero se mordió la lengua, optando por mostrarse de acuerdo.

—¿Dónde está el cuerpo de Hodge ahora? —preguntó.

—En el depósito de cadáveres. Me he encargado de los preparativos para el entierro. Murió estando a mi servicio. —Apretó los labios como si ese hecho lo apenara, aunque su expresión también reflejaba ira.

Para Monk fue el primer signo reconfortante que vio en Louvain. Dejó de temer que el asesino de Hodge fuera a librarse de rendir cuentas por sus actos de un modo u otro. Quizás a manos de la justicia del río, de modo que la carga que pesaba sobre Monk para asegurarse de que prendía al hombre que correspondía era aún mayor, aunque tal vez debería haber contado con ello. Estaba tratando con hombres del mar, donde los juicios tenían que ser certeros a la primera puesto que no había clemencia ni apelación.

—Debo verle —dijo Monk, más como orden que como sugerencia. Louvain no respetaría a un hombre a quien pudiera dominar, y Monk no podía permitirse un desdén que no iba a soportar.

Sin mediar palabra, Louvain cogió el farol y comenzó a subir hacia cubierta. Monk lo siguió. El viento había arreciado con la marea entrante como un cuchillo afilado. El cielo plomizo adelantaba el ocaso y un olor a lluvia flotaba en el aire. La estela de una fila de gabarras puso en tensión la cadena del ancla e hizo que el bote se bamboleara; el barquero lo estabilizó con los remos.

Newbolt seguía en cubierta, con los brazos cruzados sobre su pecho fornido, balanceándose para mantener el equilibrio.

—Gracias —dijo Monk a Louvain. Miró a Newbolt—. ¿Hubo algún cambio de guardia durante la noche? —le preguntó.

—Sí. Yo hice la de ocho a doce. Atkinson estuvo de medianoche a las cuatro, Hodge de las cuatro a las ocho. Luego yo otra vez.

—¿Y nadie subió a cubierta antes de las ocho de la mañana, cuando usted encontró a Hodge? —Monk dejó traslucir su sorpresa, y también cierto desdén, como si considerase incompetente a Newbolt.

—¡Claro que estuvieron en cubierta! —gruñó Newbolt—. Sólo que nadie bajó a la bodega y por eso no encontraron el cuerpo de Hodge. —Sus ojos eran desapasionados y grises, tal como los de un hombre injustamente acusado o que está mintiendo.

Monk sonrió, enseñando un poco los dientes.

—¿A qué hora? —inquirió.

—Justo después de las seis —respondió Newbolt, aunque su rostro delató su comprensión—. Sí... los ladrones vinieron después de las cuatro y antes de las seis, y eso es dejar poco margen.

—¿Por qué no pudieron venir entre medianoche y las cuatro? ¿No habría elegido esas horas... si usted fuese el ladrón?

Newbolt se puso tenso.

—¿Qué está diciendo, señor? ¡Concrete!

Monk no pestañeó ni apartó la mirada un ápice.

—Que o bien hemos entendido mal los hechos, o bien tenemos un ladrón de lo más peculiar que decide, o se ve obligado, a llevar a cabo sus robos en el río en el último par de horas antes del amanecer en lugar de hacerlo en plena guardia nocturna. ¿No está de acuerdo con esto?

—Sí... —admitió Newbolt a regañadientes—. Puede que lo intentara en otros barcos y que la guardia estuviese más alerta, o que no tuvieran nada que le interesase o que pudiera transportar con facilidad. Nosotros fuimos su última oportunidad de la noche.

—Tal vez —convino Monk—. Aunque también es posible que eligiera el turno de Hodge por alguna razón...

Newbolt le entendió de inmediato.

—¿Insinúa que Hodge estaba metido en esto? Se equivoca, señor. Hodge ...