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MAREA INCIERTA (DETECTIVE WILLIAM MONK 14)

Anne Perry  

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Fragmento

1

—El asesinato no es lo que importa —dijo Louvain con brusquedad, inclinándose sobre el escritorio hacia Monk. Ambos estaban de pie en el amplio despacho del primero, cuyas ventanas daban al Pool de Londres. Su bosque de mástiles oscilantes por la marea se veía recortado contra un cielo otoñal salpicado de jirones de nubes. Había clíperes y goletas procedentes de todas las naciones marítimas del mundo, gabarras fluviales, una embarcación de recreo surcando con garbo las aguas, remolcadores, transbordadores y botes auxiliares faenando—. ¡Quiero mi marfil! —masculló entre dientes—. No tengo tiempo de esperar a la policía.

Monk lo miraba fijamente tratando de encontrar una respuesta. Necesitaba ese caso, de lo contrario no se habría desplazado hasta las oficinas de la naviera Louvain Shipping Company dispuesto a emprender una investigación tan alejada de su ámbito habitual. Era un gran detective en la ciudad; lo había demostrado en infinidad de ocasiones tanto en el cuerpo de policía como, más tarde, en calidad de investigador privado. Conocía las mansiones de los ricos y los callejones de los pobres. Conocía a ladronzuelos e informantes, a traficantes de objetos robados, a propietarios de burdeles, a falsificadores y a muchos rufianes a sueldo de distinta calaña.

Ahora bien, el río, «la calle más larga de Londres», con las mareas cambiantes, el constante tráfico de buques y hombres que hablaban diversos idiomas, constituía un territorio completamente ajeno a él. Una pregunta se repetía en su mente con la insistencia de un latido: ¿por qué Clement Louvain lo había llamado a él y no a alguien familiarizado con aquel entorno? La Policía Fluvial era más antigua que la Policía Municipal fundada por Peel; de hecho, existía desde 1798, hacía casi tres cuartos de siglo. Era harto probable que anduviera demasiado ocupada como para dedicar al marfil de Louvain la atención que éste deseaba, pero ¿era ésa la verdadera razón por la que recurría a Monk?

Louvain permanecía de pie al otro lado del enorme escritorio de caoba, aguardando su respuesta.

—El asesinato forma parte del robo —contestó Monk—. Si supiéramos quién mató a Hodge, sabríamos quién se llevó el marfil y, si supiéramos cuándo, quizás estaríamos mucho más cerca de encontrarlo.

Las facciones de Louvain se endurecieron. Era un hombre de cuarenta y pocos años, de tez curtida y caderas estrechas, aunque fuerte y musculoso como los marinos que contrataba para llevar sus buques hasta las costas de África oriental en busca de marfil, madera, especias y pieles. Su cabello, castaño, era abundante y le nacía en la frente; sus rasgos, resultaban más bien corrientes.

—Por la noche, en el río el tiempo no cuenta —replicó tajante—. Los mensajeros de los peristas y los desvalijadores nocturnos pululan arriba y abajo constantemente. Nadie soltará prenda sobre los demás, y mucho menos a la Policía Fluvial. Por eso necesito a mi propio hombre, uno con las aptitudes y destreza que me han dicho que posee usted. —Repasó con la mirada a Monk, un hombre con reputación de ser tan implacable como él, unos pocos centímetros más alto, más moreno, con los pómulos altos y un rostro delgado y rebosante de vitalidad—. Necesito recuperar ese marfil —repitió—. Está pendiente de entrega y ya ha sido pagado. No busque al asesino para encontrar al ladrón. Eso quizá dé buen resultado en tierra. En el río se busca al ladrón y eso te conduce hasta el asesino.

A Monk le habría gustado rehusar el caso. No le habría costado nada hacerlo; su mero desconocimiento del río le habría proporcionado motivos suficientes. Además, muchos hombres conocían a fondo el río y los muelles, y siempre había alguno dispuesto a llevar a cabo un encargo privado a cambio de una buena paga.

Sin embargo, no estaba en condiciones de esgrimir semejante argumento. Se enfrentaba al amargo hecho de tener que mostrarse servicial con Louvain y convencerlo, contra toda verdad, de que estaba perfectamente capacitado para encontrar el marfil y devolvérselo en menos tiempo y más discretamente que la Policía Fluvial.

Le obligaba la necesidad, el reciente aluvión de casos triviales mal pagados. No osaba contraer deudas y puesto que Hester dedicaba todo su tiempo a la casa de socorro de Portpool Lane, que era por entero de beneficencia, ella no podía aportar nada a la economía doméstica. Aunque un hombre no debería contar con que su esposa se mantuviera a sí misma. Ella pedía muy poco: ningún lujo, ningún capricho, sólo poder dedicarse al trabajo que amaba. Le molestaba Louvain porque tenía la facultad de causarle desasosiego, pero más que eso le inquietaba que Louvain se mostrara más preocupado por atrapar al ladrón que al asesino que había segado la vida de Hodge.

—Y si en efecto lo atrapamos pero entierran a Hodge —dijo Monk—, ¿qué prueba tendremos? Habremos ocultado el crimen en su beneficio.

Louvain torció el gesto.

—No puedo permitirme dar a conocer el robo. Eso me arruinaría. ¿Serviría de algo que firmase una declaración jurada explicando dónde, cómo y cuándo encontré el cuerpo exactamente, y que fue asesinado por el ladrón, adjuntando una declaración del empleado del depósito de cadáveres a propósito de sus heridas, corroborada por usted mismo? Lo pondré por escrito y lo firmaré, y usted puede guardar copia de los documentos.

—¿Cómo explicará esta ocultación a la policía? —preguntó Monk.

—Les entregaré al asesino. Con pruebas. ¿Qué más podrían querer?

—¿Y si no lo atrapo?

Louvain le miró con una sonrisa irónica, delicadamente torcida.

—Lo encontrará —dijo sin más.

Monk no se hallaba en posición de discutir. Moralmente le ponía enfermo, pero a efectos prácticos Louvain llevaba razón. Tenía que lograrlo, pues en caso contrario, con la posible pérdida de pistas durante el tiempo transcurrido, las oportunidades de la Policía Fluvial serían aún más remotas.

—Cuénteme todo lo que sepa —pidió.

Louvain por fin se sentó en el sillón acolchado de respaldo redondo, y le indicó que hiciera lo mismo. Clavó la mirada en Monk.

—El Maude Idris zarpó de Zanzíbar con un cargamento de ébano, especias y catorce colmillos de marfil de primera calidad rumbo a Londres por el cabo de Buena Esperanza. Es un buque de cuatro mástiles con una tripulación de nueve hombres: capitán, oficial de cubierta, contramaestre, cocinero, grumete y cuatro tripulantes competentes, uno por mástil. Lo habitual para su tonelaje. —Seguía observando a Monk—. Encontró buen tiempo casi toda la travesía y efectuó una escala de aprovisionamiento en la costa occidental de África. Llegó hace cinco días al golfo de Vizcaya, a Spithead anteayer, y remontó las últimas millas del río dando bordadas contra el viento. Echó el ancla justo al este del Pool ayer, veinte de octubre.

Monk le escuchaba aunque aquella información no le resultase útil a efectos prácticos. Estaba convencido de que Louvain lo sabía. No obstante, ambos siguieron adelante con la farsa.

—La tripulación recibió su paga al desembarcar, como de costumbre —prosiguió Louvain—. Llevaban fuera mucho tiempo, casi medio año entre la ida y la vuelta. Dejé al contramaestre y a tres marinos a bordo para que montaran guardia. Uno de ellos era el muerto, Hodge. —Un amago de mueca cruzó su semblante. Podría haber sido cualquier emoción: rabia, pena, incluso culpa.

—¿Sólo dejó cuatro tripulantes a bordo? —preguntó Monk.

Como si le leyera el pensamiento, Louvain frunció el entrecejo.

—Sé que el río es peligroso, sobre todo para un buque recién llegado —añadió—. Todos los barqueros sabrán que la carga sigue a bordo. En el río ningún secreto dura mucho aunque cualquier necio podría deducirlo. Nadie sube tan arriba si va de vacío. O cargas o descargas. Pensé que bastaría con cuatro hombres armados. Me equivoqué. —Su rostro era pura emoción, aunque resultaba indescifrable.

—¿Qué armas tenían? —preguntó Monk.

—Pistolas y alfanjes.

Monk frunció el entrecejo.

—Ésas son armas que se usan de cerca. ¿Es lo único que llevan a bordo?

Louvain enarcó las cejas de forma casi imperceptible.

—Hay cuatro cañones en cubierta —contestó con cautela—, pero sólo se emplean contra piratas en alta mar. ¡No se puede disparar una cosa de esas en el r

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