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MARFIL (ENFRENTADOS 1)

Mercedes Ron  

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Fragmento

1

MARFIL

Dos semanas después.

Miré la moneda de doscientos pesos colombianos que tenía entre los dedos. Mientras esperaba a que Liam llegase solo pude pensar en una cosa: esas dos caras formaban un todo y nunca llegarían a verse de frente. Parece una tontería, una moneda es una moneda, pero en aquel instante no pude evitar sentirme identificada con ella. ¿Tenía yo dos caras completamente opuestas que nunca llegarían a fundirse en una sola? A veces era complicado entenderme a mí misma. Si me viese desde fuera, en la mayoría de las situaciones de mi vida, estoy segura de que lo único que se me pasaría por la cabeza sería: ¿pero qué demonios haces?

Mi hermana Gabriella muchas veces afirmaba que haber pasado toda nuestra infancia y adolescencia metidas en un internado a siete mil kilómetros de distancia de nuestro hogar nos iba a dejar secuelas. Yo por suerte ya había dejado aquella etapa atrás, a ella por el contrario aún le quedaban dos años intensos de normas estrictas y días nublados. Le faltaban apenas unos meses para cumplir los dieciséis y sus únicas preocupaciones eran que nunca había besado a un chico y que si seguía rodeada de mujeres iba a terminar convirtiéndose en lesbiana. Solo pensar en la cara de mi padre al sopesar siquiera esa opción me sacaba una sonrisa.

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Secuelas..., podría estar hablando de ellas durante horas. La más importante aún conseguía despertarme por las noches con el corazón encogido y las lágrimas cayendo por mis mejillas como si tuviese cuatro años, no veinte. Era increíble cómo algunos recuerdos podían quedar grabados para siempre en tu memoria y luego otros podían desaparecer sin dejar ni rastro. Según Pixar —sí, los estudios de animación que hicieron la película Del revés (Inside Out)—, nuestro cerebro elimina aquellos recuerdos que no sirven para nada y retiene aquellos que considera más importantes. Y ahí es cuando yo me pregunto: ¿servía de algo recordar cómo mataron a mi madre delante de mí?

Está claro que, diga lo que diga Pixar, el cerebro hace lo que le da la gana.

Mientras divagaba sin sentido, fui consciente de que el grupo de tíos que había en la barra a mi derecha no me quitaba los ojos de encima. No lo dudé, levanté la cabeza y los miré sin apartar la vista. Mi intención había sido intimidarlos, o al menos que fueran menos descarados, pero dos de ellos se echaron a reír y el tercero, alto y de pelo castaño, me mantuvo la mirada sin titubear.

Odiaba ser la primera en apartar la mirada, me daba igual con quien fuese. Solo una persona en todo el planeta conseguía intimidarme lo suficiente como para hacerme agachar la cabeza y que dejara incluso de pestañear si hacía falta; y esa persona se encontraba demasiado lejos de donde yo estaba como para tener que recordarla siquiera.

Empezó entonces la batalla de miradas más épica de la historia. Bueno, tampoco fue para tanto, me gusta dramatizar, pero sí que fue de las intensas. Cuanto más lo miraba, más curiosidad sentía, y cuanto más me miraba él, más segura estaba de lo que empezaba a pasársele por la cabeza. ¿Podría hacer con él lo mismo que con el resto? Sería divertido...

—Eh, Mar —dijo una voz grave detrás de mí, aunque fue el tacto de su mano en mi espalda lo que me hizo pegar un salto y desviar la mirada.

¡Mierda! Acababa de perder.

Me giré para recibir a mi mejor amigo, y la frustración se evaporó nada más fijar mis ojos en los suyos. Liam Michaelson medía casi uno noventa, tenía el pelo negro como la noche, ojos celestes... Todo un donjuán. Y no, no era gay. Y sí, era mi mejor amigo. Cosas más raras se han visto.

—¿Llevas mucho esperando? —preguntó mirando por encima de mi cabeza a los tíos del final de la barra.

—Lo justo como para que te toque invitarme a una copa.

Técnicamente yo aún no podía beber alcohol y menos comprarlo, pero lo de los carnets falsos estaba ya tan normalizado que me parecía patético que esa ley aún siguiera vigente.

Liam me sonrió con dulzura y llamó a la camarera para que nos sirviera una copa.

—¿Y a qué se debe que me hayas tenido media hora aquí esperándote? —dije haciendo girar las aceitunas de mi martini.

Liam se llevó su cerveza a los labios y puso los ojos en blanco.

—No quieras saberlo.

—¿Virginia? O no, espera... ¿Rose?

—Tessi —dijo sin que yo pudiera evitar echarme a reír.

—¿Tessi? ¿La llamas así por alguna razón que desconozco o...?

—Ella quiere que la llame así. Qué mujer tan insoportable, joder.

Liam era un tío que, bueno... era un tío. Fin. Los tíos por regla general solo quieren pasar un buen rato y, también por norma general, las mujeres queremos eso y muchas cosas más, aunque yo no me incluya... Pero entendía que Virginia, Rose y... Tessi quisiesen algo más con mi mejor amigo. Era un partidazo... si le quitabas esa afición de tirarse a todo lo que se movía, claro.

Liam y yo nos conocimos durante mi primer año en la facultad. Por aquel entonces era una novata de la cabeza a los pies y no solo en lo que a la universidad se refiere, sino a la vida en general. Venía de haberme pasado ocho años estudiando fuera, rodeada de chicas y de monjas; solo me pasaba dos meses de verano en mi casa de Luisiana. Los dos estudiábamos economía en la Universidad de Columbia, aquí, en Nueva York. Él tenía tres años más que yo, lo que significaba que ya estaba cursando su último año.

Tuve que luchar contra mi padre para que me dejase mudarme a Nueva York por mi cuenta y, aunque aún me costaba creerlo, ya llevaba dos años viviendo sola. Puede decirse que me desmadré un poquito cuando me encontré con tanta libertad; tantos años reprimida no habían sido nada saludables y perdí un poco la cabeza, aunque me gustaba pensar que esa época había quedado atrás... más o menos.

Liam fue el primer chico que besé. Tenía dieciocho años recién cumplidos y con él descubrí de lo que era capaz cuando se trataba de conquistar a un hombre. Mi padre siempre me tuvo bastante escondida y me trataba como si fuese su pequeño tesoro al que nadie podía acceder, aunque Liam accedió... y en profundidad.

No llegamos a acostarnos, pero sí hicimos algunas cosas hasta que nos dimos cuenta de que en realidad encajábamos mejor como amigos. Por muy buena que yo estuviese para él, y por muy bueno que él estuviese para mí y para el mundo entero.

Después de Liam intenté llevar una relación más en serio con un chico llamado Regan, hasta que me enteré de que entre él y sus amigos se habían apostado diez mil dólares para ver quién era el primero en llevarme a la cama. Sí, sí, diez mil dólares. Patético. A partir de ese momento me convertí en una Marfil que nadie conocía hasta entonces, ni yo misma. Que lo que mi padre había estado repitiéndome sobre los chicos desde que tenía uso de razón hubiese terminado siendo verdad me cabreó mucho más de lo que os podéis imaginar. Tomé cartas en el asunto y desde entonces se hacía lo que yo decía: no había lugar para medias tintas.

—El tío de la barra viene hacia aquí —dijo Liam, media hora y tres martinis después—. ¿Me hago pasar por tu novio?

Me reí mientras me terminaba la bebida.

—Sería divertido, pero no —dije esperando a ver qué hacía.

Sentí a alguien a mi espalda, pero me hice un poco de rogar. Liam, en cambio, se giró para mirarlo.

—¿Quieres algo, amigo?

—En realidad venía para decirle una cosa rápida a tu amiga.

Me giré hacia él con una sonrisa divertida. Era bastante guapo, más aún de lo que esperaba ahora que lo tenía tan cerca.

Él pestañeó un par de veces cuando nos miramos cara a cara.

—Joder... eres incluso más hermosa de cerca.

Supe que Liam estaba poniendo los ojos en blanco otra vez sin ni siquiera tener que darme la vuelta para comprobarlo.

—¿Querías algo? —dije con tranquilidad. Los piropos no significaban nada para mí.

El chico titubeó un par de veces, pero se sacó una tarjeta del bolsillo de su camisa y me la tendió.

—Me encantaría invitarte a cenar —dijo ya un poco más calmado y firme ante su propuesta.

Miré la tarjeta.

HARRY WILSON – ARQUITECTO

Seguramente no tenía ni idea de que tenía veinte años. Eso me pasaba por ir de copas en Wall Street.

—Lo pensaré —respondí.

Harry me sonrió y vi que tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda. Le devolví la sonrisa y se despidió con un gesto de la mano. Ni siquiera me había preguntado mi nombre...

Me guardé la tarjeta en el bolso y me volví hacia mi amigo, que me miraba entre divertido y molesto.

—A veces me horroriza que te parezcas tanto a mí.

Negué con la cabeza, divertida.

—Sabes perfectamente que no nos acercamos ni queriendo.

Liam negó con la cabeza nuevamente.

—El hombre que termine follándote será un tío afortunado.

Lo miré censurándolo con la mirada.

—Calla o descubrirás mi tapadera.

—Eres como una mantis religiosa. Lo sabes, ¿no?

—Yo no me como a nadie, simplemente cojo lo que quiero y se acabó.

—¿Y no te importa que vayan diciendo por ahí que te han follado sin descanso?

Sí, me molestaba.

—Si tienen que mentir para sentirse más hombres, pues que mientan. Si alguien quiere saber la verdad, que venga y me pregunte.

Liam soltó una carcajada.

—A veces creo que no tienes ni puta idea de dónde te estás metiendo. Llegará alguien que te vuelva loca y, cuando eso pase, te tragarás todas esas ideas feministas que tanto te gustan.

—No tiene nada que ver con el feminismo. Los hombres han usado a las mujeres desde el principio de los tiempos; cogen de ellas lo que quieren y se marchan. ¿Qué tiene de malo que yo haga lo mismo? No quiero que disfruten con mi cuerpo, solo quiero disfrutar yo.

Liam me miró como si fuese una ingenua.

—Cualquier hombre de la tierra disfrutaría solo con mirarte, Marfil. Aunque solo les dejes que te toquen, para ellos es como si hubiesen ganado la lotería, créeme.

Me quedé callada unos instantes.

—Con la única persona que estaría dispuesta a hacerlo sería contigo, pero porque somos amigos.

Liam se atragantó con la cerveza.

—Cuando sueltas cosas como esa es cuando me doy cuenta de que todavía sigues siendo una cría. Anda, vamos, te llevo a casa.

No mentía cuando decía que al único hombre al que estaría dispuesta a ofrecerle mi cuerpo era Liam. De todo el planeta, como él decía, era el único en quien confiaba lo suficiente. Me lo había planteado muchas veces, porque, aunque en lo relativo a todo lo que viene antes del sexo me manejaba bastante bien, temía llegar hasta el final. Mi padre me había inculcado desde que tenía uso de razón que la virtud de una mujer lo era todo; las monjas en el internado no se habían reprimido en detallar lo que nos pasaría si cedíamos a la lujuria... La virginidad parecía algo que volvía loca a la gente de mi entorno y, aunque en el fondo de mi alma quería revelarme y, a mi manera, lo hacía, era incapaz de dar ese paso todavía.

Liam me llevó a mi piso en su Audi color gris. Se lo había comprado hacía poco y los asientos aún olían a coche nuevo. Al contrario que la mayoría de los estudiantes, yo no vivía en el campus de la facultad. Mi padre me permitió mudarme a Nueva York e ir a la universidad siempre y cuando fuese él quien me procurara un lugar donde vivir.

Mi apartamento, que no compartía con nadie, estaba situado en una de las zonas más caras de la ciudad, a quince minutos de la facultad, en lo que todo el mundo conocía como el Upper East Side. Puede sonar presuntuoso, pero vivir en uno de los mejores edificios de Nueva York no podía importarme menos. Toda mi vida había estado rodeada de lujos y, aunque muchos pensasen que era idiota por querer estudiar cuando estaba claro que mi padre iba a dejarme una fortuna, siempre tuve claro que intentaría abrirme camino por mí misma.

Se me daban muy bien los números, así que estudiar economía siempre fue el plan B, aunque durante prácticamente toda mi adolescencia le rogué a mi padre ingresar en la escuela de ballet de Nueva York. Su respuesta siempre fue un no rotundo y, aunque no sirvió de nada, esa fue la única vez que decidí plantarle cara en serio. Después del resultado me juré no volver a pasar por lo mismo. Aún temblaba al recordar su reacción. De todos modos, seguía bailando en casa. Si para algo me servía tener un piso para mí sola era para poder bailar todo lo que me diera la gana.

Me despedí de Liam con un beso en la mejilla y le prometí vernos algún día antes del fin de semana.

Al entrar en mi edificio, saludé a Norman, el conserje, y crucé el recibidor hasta llegar al ascensor. Vivir sola en Nueva York podía resultar peligroso, sobre todo siendo mujer, pero en aquella zona la gente era muy tranquila; la mayoría eran familias con hijos cuyos progenitores trabajaban en Wall Street ganando cantidades obscenas de dinero. Mi padre era uno de ellos.

Había decorado mi apartamento de una manera bastante sencilla, siempre que no tuviésemos en cuenta los cojines de color rosa chillón. Mi lema era: «cuanto menos tengas, menos tendrás que ordenar» y lo seguía a rajatabla. El piso no era muy grande: tenía dos habitaciones, dos cuartos de baño y un salón con cocina americana. Al final de un largo pasillo se encontraba la zona del servicio y, como no tenía, había aprovechado para montar allí mi pequeño estudio de baile, donde prácticamente pasaba todo el rato que estaba en casa. Había mandado que colocaran una barra para poder bailar y grandes espejos que me devolvían la mirada siempre que procuraba relajarme al compás de la música.

En una de las paredes del salón, mi mejor amiga, Tamara, había empezado a pintar un mural precioso, lleno de dibujos sin relación alguna pero que podía contemplar sin descanso. En él se aglomeraban frases de libros, imágenes nuestras, letras de canciones, flores preciosas y sobre todo muchos muchos ojos, de todos los tamaños, con todo tipo de expresiones... A Tami le encantaban las miradas de las personas y a mí me alucinaba su capacidad para plasmarlas casi a la perfección en cualquier superficie plana, siempre que tuviese a mano algo que pintase. Una vez me dibujó un minion en una servilleta del Starbucks utilizando solo la pajita y la espuma de mi Frappuccino.

Dejé mi bolso sobre la encimera de la cocina y fui directa a la nevera. Se me daba fatal cocinar, era totalmente nula. Recuerdo que una vez intenté prepararme un pastel de carne siguiendo la receta de la madre de mi hermana y, de lo poco acostumbrada que estaba a cocinar, me olvidé de que lo había metido en el horno y casi incendio la cocina.

Prefería pedir algo a domicilio.

Como tenía un examen de microeconomía la semana próxima, decidí sentarme a estudiar. Puse música clásica de fondo y dejé que las horas pasaran casi sin darme cuenta. Cuando abrí los ojos comprendí que me había quedado profundamente dormida y además en una postura nada práctica. Me incorporé como pude en el sofá, deseando que alguien me levantara como si fuese una niña y me llevase hasta la cama.

No tuve tanta suerte.

Dejé el libro sobre la mesita y me arrastré hasta el dormitorio. Cuando ya estuve acurrucada bajo mi edredón blanco, aquella sensación de soledad volvió a embargarme. No era miedosa..., bueno, un poco. Siempre había convivido con gente a mi alrededor, en casa siempre estaban los criados; Lupita, el ama de llaves, cuidaba de mí como si fuese mi madre. También estaban Louis, Peter o incluso Logan cuando mi padre estaba en casa. En el internado había compartido habitación con cuatro chicas, incluyendo a Tami, y casi nunca estábamos solas... Aquel piso a veces se convertía en el centro de todos mis miedos. ¿Nunca os ha pasado que vuestra mente empieza a divagar y el más mínimo ruido se convierte en una película de terror en vuestra cabeza? Odiaba esos días...

Cerré los ojos mientras me cubría con las mantas y empecé a contar en silencio; uno, dos, tres, dieciocho, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, doscientos seis...

En algún momento entre el doscientos seis y el quinientos cuarenta y tres por fin conseguí dormirme.

El viernes llegó casi sin darme cuenta. Me invitaron a una fiesta en una discoteca de la ciudad, pero decliné la oferta. No porque no me gustase salir, todo lo contrario, pero aquella noche prefería quedarme en casa bailando o viendo una película. Después de pasarme más de dos horas y media junto a la barra haciendo pliés, me puse una camiseta blanca ancha encima del maillot y me quedé mirando la tarjeta del tal Harry con incertidumbre.

Podía llamarlo y preguntarle si le apetecía venir a cenar. Me ahorraría tener que salir a comprar algo o volver a pedir pizza al local de la esquina. Pero entonces recordé que ni siquiera me había preguntado mi nombre. ¿Qué iba a hacer?, ¿llamarlo y decir: «Hola soy la chica del bar»?

Ni de coña.

Fuera todavía era de día, así que me calcé mis zapatillas de deporte preferidas, me puse unos leggins, una camiseta de manga corta y me propuse salir a correr. Normalmente corría una hora todos los días, aunque no lo hacía por la mañana porque odiaba madrugar. Además, me gustaba ver la puesta de sol que se reflejaba en la laguna Reservoir de Central Park.

Me despedí de Norman con una sonrisa y salí al cálido día de abril. Central Park siempre era un hervidero de gente, sobre todo de familias que aprovechaban para llevar a los niños al parque, sacar a los perros y dar de comer a los patos. Cuando el sol empezó a bajar por el horizonte, la zona fue despejándose y quedamos los muchos que salíamos a hacer deporte. Conocía a unos cuantos, nos saludábamos con un gesto siempre que nos cruzábamos por allí. Solo una vez tonteé con uno y me juré no volver a hacerlo. Era horrible tener que cambiar mi ruta de running para no tener que cruzarme con ligues pasados.

Decidí regresar a casa andando. El día había dejado lugar a una noche preciosa, nada fría, y las luces de los rascacielos se reflejaban en el agua que había a mi derecha. Amaba esa ciudad. Muchos podían decir que era una locura, que la gente no paraba y que el aire estaba contaminado. Yo había vivido toda mi vida rodeada de campo y estar allí, en cambio, me hacía sentir como si formase parte de algo único y especial.

Me detuve en una de las muchas fuentes que había esparcidas por el parque para beber un poco de agua. Aquella vez me había alejado más de lo normal y estaba muerta de sed. Me incliné sobre la fuente, me recogí la larga cola de caballo en una mano para no mojarme el pelo y entonces sucedió.

No me dio tiempo ni a soltar un grito.

Una mano me aferró por la cintura tirando de mí hacia atrás y la otra me cubrió la boca con un paño humedecido que olía de una forma increíblemente desagradable. Intenté resistirme con todas mis fuerzas, el pánico se adueñó de mi cuerpo y de mi cabeza. Por mucho que hubiese intentado hacer, lo que fuera que contenía el paño húmedo actuó deprisa. Empezaron a pesarme los ojos, mis articulaciones dejaron de tener fuerza. Sentí cómo caía hacia atrás, desmadejada sobre el pecho de alguien alto y musculado.

—Métela en la furgoneta.

Eso fue lo último que escuché antes de perder el conocimiento.

2

MARFIL

Abrí los ojos en una habitación de hospital. No había nadie a mi alrededor, solo los pitidos de las máquinas me hacían compañía. Al bajar la vista a mi cuerpo, vi que llevaba una bata de color verde, una vía intravenosa en la mano izquierda y una venda que me cubría la palma derecha.

Mis latidos se aceleraron, pero al no estar conectada a ningún aparato que los registrara, solo yo fui consciente del martilleo incesante de mi corazón.

¿Qué había ocurrido?

Entonces alguien abrió la puerta y una enfermera se acercó hasta mi cama.

—Señorita Cortés... ¿Cómo se encuentra?

Pestañeé varias veces, aturdida.

—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? —Fui a bajarme de la cama, no sé adónde pretendía ir, pero mi instinto parecía querer obligarme a salir corriendo, huir, ponerme a salvo...

¿A salvo de quién?

—Tranquila, estás a salvo...

Noté que mis ojos se humedecían y mi mente volvía a traerme las imágenes de mis últimos recuerdos. Yo corriendo, deteniéndome a beber agua, alguien cubriéndome la boca, oscuridad y luego...

Antes de que pudiera despegar los labios para preguntar qué había pasado, la puerta de mi habitación se abrió y, para alivio mío, mi padre entró y corrió hasta llegar a mi lado.

—Marfil... —dijo estrechándome contra sus brazos.

Enterré la cabeza en su pecho y aspiré el aroma que desprendía su piel y su perfume. El Eau Sauvage de Dior se mezclaba con el humo del tabaco que seguramente había estado fumando sin descanso.

—Menos mal que has despertado —dijo mi padre acariciándome el cabello.

Viviendo siempre tan lejos, mi relación con él nunca había sido muy estrecha, pero nunca me había alegrado tanto de que me estrechara entre sus brazos como entonces.

Cuando me hube tranquilizado me explicaron lo que había ocurrido.

—Te secuestraron, Marfil —dijo mi padre con los labios apretados.

Me habían encontrado inconsciente en una de las puertas exteriores de aquel hospital en Nueva Orleans, a una hora y media de mi casa en Baton Rouge; por suerte, llevaba encima la cartera, lo que permitió a los médicos identificarme y comunicarse con mi padre.

—No dejaron nada, ni una nota; tampoco pidieron un rescate. Me enteré de que algo iba mal cuando llamé el lunes para hablar contigo y me saltó el buzón de voz unas cinco veces.

¡Lunes!

Dios mío, había estado secuestrada casi tres días.

—Cuando comprobé que no estabas en el apartamento y que nadie te había visto regresar desde que saliste a correr el viernes por la tarde, supe que algo terrible tenía que haber ocurrido.

Negué con la cabeza, sin entender absolutamente nada.

—La policía quiere hablar contigo. Hay dos agentes afuera. Estaban esperando a que despertaras.

Mi padre salió de la habitación y regresó acompañado de ambos agentes. Me incorporé, nerviosa, cuando empezaron a hacerme preguntas.

Mi padre no me quitaba los ojos de encima, nunca lo había visto tan nervioso y serio en mi vida.

—No recuerdo nada... —dije notando que la boca empezaba a secárseme y que me sudaban las manos—. Solo recuerdo el momento en que me abordaron...

—¿No recuerda haber estado consciente en ningún momento? —me preguntó uno de los agentes. Negué con la cabeza intentando exprimirme el cerebro, pero nada, no recordaba nada—. Cualquier cosa que pueda decirnos será de gran ayuda, señorita Cortés.

Miré a mi padre nerviosa y luego a la enfermera.

—Lo siento... —dije con voz temblorosa.

Mi padre dio un paso al frente, mirándome fijamente a los ojos.

—¿Hay alguna posibilidad de que te hicieran algo...?

Me empezó a temblar el labio y me lo mordí intentando controlar el terror que embargaba mi cuerpo. No quería pensar en eso, era horrible saber que no había tenido control sobre lo que ocurría a mi alrededor, que había estado en manos de lo que podían haber sido asesinos o violadores... Podría haber pasado cualquier cosa...

—Contesta.

Levanté la vista de la cama y miré a mi padre asustada.

—No recuerdo nada... —repetí, odiando no saber lo que podían haberme hecho.

—Quiero que le hagan un estudio completo, ahora mismo.

Los policías miraron a mi padre y luego a mí. Parecían incómodos, como si el hecho de que pudiesen haberme violado les espantara tanto como a mí.

—Le dejo la tarjeta aquí mismo, cualquier cosa que recuerde, por insignificante que sea, no dude en llamar y notificarlo a la comisaría.

Asentí sin hablar por miedo a que me temblase la voz.

Cuando se marcharon, la enfermera me pidió que la acompañara. Al parecer iba a tomarse muy en serio las peticiones de mi padre. Una parte de mí estaba tranquila porque si me hubiesen violado, yo sentiría algo, por nimio que fuese, y ese no era el caso.

Cuando me pidieron que me sentara en una camilla de ginecología y colocase las piernas en los cabestrillos, tuve que contenerme para no gritar deseando escapar de aquella pesadilla.

La doctora que me examinó fue muy amable y me trató con mucho tacto.

—Ya habíamos comprobado si había restos de semen o sangre cuando te hallaron inconsciente, pero no encontramos nada. En tu caso no existía ningún tipo de signo que pudiese indicar que hubiese habido agresión sexual, pero tu padre nos ha exigido que volviésemos a comprobarlo... —me explicó mientras me examinaba.

Entendía que mi padre quisiese asegurarse, yo también necesitaba saber que no me había ocurrido nada de lo que se me pasaba por la cabeza en aquellos instantes.

—Sigues siendo virgen —me aclaró y, por c ...