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MARLENE

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Portada

Dedicatoria

Epígrafe

Introducción

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Epílogo

Sobre la autora

Otros títulos de la autora

Créditos

Grupo Santillana Argentina

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A Miguel Ángel, amore della mia vita.

A vos, Tomasito, como te prometí, como es mi deseo.

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“Que el amor lo es todo, es todo lo que sabemos del amor.”

EMILY DICKINSON

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INTRODUCCIÓN

Cerca de la costa de Buenos Aires, enero de 1914.

Micaela alcanzó la barandilla de cubierta y se reclinó levemente, dispuesta a pasar unos minutos a solas. Contempló el paisaje: nada sorprendente, un río turbio y una costa que no lograba divisar por completo. Sin embargo, a medida que el barco avanzaba, y que todo se volvía más nítido, la ansiedad la poseía.

Hacía quince años que no pisaba suelo argentino y, aunque era su patria, sospechaba que no se sentiría como en casa. Habían pasado muchas cosas desde el día en que mamá Cheia la embarcó en ese paquebote rumbo a Suiza. Ahora era otra persona, muy distinta de aquella niña de ocho años.

A pesar de lo encaminada que parecía su vida, Micaela sabía que aún quedaban cuestiones por zanjar. Siempre desasosegada, sentía que algo le faltaba. Sonrió con sarcasmo. ¿Quién iba a imaginar que la divina Four suponía que algo le faltaba? Para el resto, ella era una mujer dichosa.

¿Por qué volvía a la Argentina? ¿Qué la traía de nuevo? No tenía la menor idea; una fuerza invisible la había hecho regresar; prácticamente, la había arrastrado hasta allí. Después de la muerte de Emma, no lo meditó mucho, compró el pasaje y viajó a Buenos Aires, y sus amigos pensaron que necesitaba alejarse un tiempo.

—¡Ah! Mademoiselle Urtiaga Four, aquí está —el capitán del barco interrumpió sus cavilaciones—. Hace rato que llevo buscándola.

—Salí a cubierta a tomar el fresco y a mirar el paisaje —explicó Micaela, sin mayor entusiasmo, cansada del cortejo del capitán.

—¿Hace mucho que no viene a Buenos Aires? —preguntó el hombre.

—Más de quince años. Mucho tiempo, ¿verdad?

—Ya lo creo. Lo único que puedo decirle es que no va a reconocerla. Buenos Aires es otra.

—Eso me han dicho. ¿Usted viene seguido?

—Una o dos veces por año. En cada viaje descubro algún cambio. El estilo colonial que la caracterizaba ya no existe. Ahora se parece más a una ciudad europea. Tiene grandes palacetes y avenidas anchas con lindas arboledas. El famoso cabildo sufrió mucho en esta metamorfosis urbana. Algunos se quejan, pero el gobierno no les hace caso. ¡Cómo será el cambio que hasta subterráneos tienen los porteños!

Micaela lo miró sorprendida. Alguien llamó al capitán, que se excusó arguyendo unos asuntos impostergables y la dejó sola. Micaela volvió la mirada a la costa. Se encontraban próximos a llegar. El corazón le latió con fuerza. A esa altura de los acontecimientos, ya tenía deseos locos por desembarcar. Se alegró al pensar en mamá Cheia y en Gastón María, las dos únicas personas que le importaban.

Otra vez se puso triste. Fijó la vista en el movimiento ondulante del río y volvió a sus recuerdos amargos. El peor de todos pertenecía a Buenos Aires.

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CAPÍTULO
I

Buenos Aires, mayo de 1899.

Ese sábado, los niños Urtiaga Four habían deseado ver a su madre todo el día. Gastón María se encaprichó y no hubo forma de que tomara la leche ni el aceite de hígado de bacalao. Micaela, más sumisa, se encerró en su dormitorio y no volvió a salir.

Eran pequeños y no entendían por qué su madre siempre estaba en cama, indispuesta, la mesa de noche abarrotada de frascos oscuros, médicos que iban y venían, el rostro desolado de su padre y, ahora, la novedad de unas jaquecas que no la dejaban vivir.

Ya eran casi las siete de la tarde. La nana Cheia pensó que era una hora prudente para que Micaela y Gastón María visitaran a la patroncita, y así se lo hizo saber. Los niños corrieron en dirección a la alcoba de su madre. La negra Cheia, no tan joven y excedida en peso, los seguía con dificultad.

—¡Chicos, parecen un malón! ¡Por amor de Dios! ¡No entren así en la pieza de su madre que se le parte la cabeza!

Al llegar al dormitorio de la patrona Isabel, Cheia encontró la puerta entornada; los niños ya habían entrado. Miró y no vio a nadie. Se encaminó al tocador y, al trasponer la puerta, el cuadro con el que se topó la dejó estupefacta: la señora Isabel, inconsciente dentro de la tina, con las muñecas tajeadas y los niños contemplándola en silencio.

Su propio grito la sacó del trance, a ella y al pequeño Gastón María, que dio un alarido, se soltó de la mano de su hermana y salió corriendo.

Micaela, inalterable, miraba a su madre. El agua sanguinolenta chorreaba y casi le tocaba la punta de los zapatitos. Los ojos de la niña alternaban entre el rostro céreo de Isabel y una navaja en el piso. Absorta, no escuchaba los alaridos de Cheia, ni se daba cuenta de que Gastón María ya no le sostenía la mano, ni de que los sirvientes se agolpaban en la entrada. Se aproximó a la tina decidida a despertar a su madre.

—¡No, Micaela!

La niña sintió un tirón, alguien que la apartaba. Pataleó, gritó y sacudió los brazos como loca. Cheia la tomó por la cintura y la alejó de allí.

Micaela no recordaba a su madre sino en cama, con el rostro enfermizo y el gesto melancólico. Isabel, la hermosa actriz llena de vida, pertenecía a una leyenda que le fascinaba escuchar. Le habían contado que, sobre el escenario, su madre provocaba angustia con su llanto, risas desenfrenadas con sus ocurrencias, suspiros con su belleza. Después de verla, la gente no salía igual de los teatros, pues Isabel llegaba a las fibras más sensibles de las personas. Su público la amaba.

El joven Rafael Urtiaga Four la conoció en la cúspide de su carrera, cuando el Teatro Politeama vibraba cada noche con sus funciones. Rafael tuvo suerte con ella; un dandy de la sociedad porteña como él, con relaciones y vínculos por todas partes, siempre conseguía lo que deseaba. Y a ella la deseaba, y mucho. Un amigo los presentó una noche después del teatro.

Isabel lo atrapó en su huracán y lo hechizó con su hermosura. Rafael la amó desde el primer día. Ella también se le entregó, con el mismo ardor con que hacía todo; no, con mayor pasión aún: estaba loca por él.

Se casaron al poco tiempo y ninguno de los Urtiaga Four prestó su consentimiento; la boda resultó un escándalo familiar. “¡Una actriz!”, exclamaban, con la palabra “prostituta” en la cabeza.

El matrimonio pasó algunos años sin tener hijos, lo que encolerizaba a las damas de la familia, pero Isabel deseaba continuar en la actuación y un bebé resultaba un escollo. Rafael la comprendía, seguro de que el tiempo le despertaría las ansias de ser madre.

Rafael e Isabel eran esposos, amantes, amigos, compañeros, socios, una perfecta amalgama entre hombre y mujer. Cada uno vivía lo suyo, y, sin embargo, lo compartían todo. Ella proseguía con sus obras teatrales y él con la administración de las estancias. De todas formas, siempre existía un momento para ambos.

Hasta que Isabel quedó encinta. Su embarazo fue una tortura desde el primer momento. Náuseas, vómitos, desmayos. Sus tobillos y manos se hinchaban y la presión le subía a los cielos. En los últimos meses, la barriga era descomunal y los huesos le dolían tanto que parecían descoyuntarse. Subió de peso y perdió las formas de su silueta. Se le manchó la piel del rostro y su cabello rubio se tornó opaco.

Los mellizos Urtiaga Four nacieron el 6 de mayo de 1891, antes de lo previsto. Eran pequeñitos, pesaban muy poco. Los llamaron Micaela y Gastón María.

Después de un parto difícil, el médico y la comadrona creyeron conveniente mantenerla sedada. Pálida y sin fuerzas a causa de la pérdida de sangre, Isabel durmió varios días, narcotizada con un brebaje a base de opio.

Una enfermera, contratada especialmente, le sacaba la leche y se la daba a los niños. A poco, comenzó a ser escasa y los mellizos chillaban de hambre. La enfermera intentó con leche de burra, pero no les gustaba y la mayoría de las veces la vomitaban.

—A la señora se

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