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MARLENE

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Portada

Dedicatoria

Epígrafe

Introducción

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Epílogo

Sobre la autora

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Créditos

Grupo Santillana Argentina

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A Miguel Ángel, amore della mia vita.

A vos, Tomasito, como te prometí, como es mi deseo.

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“Que el amor lo es todo, es todo lo que sabemos del amor.”

EMILY DICKINSON

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INTRODUCCIÓN

Cerca de la costa de Buenos Aires, enero de 1914.

Micaela alcanzó la barandilla de cubierta y se reclinó levemente, dispuesta a pasar unos minutos a solas. Contempló el paisaje: nada sorprendente, un río turbio y una costa que no lograba divisar por completo. Sin embargo, a medida que el barco avanzaba, y que todo se volvía más nítido, la ansiedad la poseía.

Hacía quince años que no pisaba suelo argentino y, aunque era su patria, sospechaba que no se sentiría como en casa. Habían pasado muchas cosas desde el día en que mamá Cheia la embarcó en ese paquebote rumbo a Suiza. Ahora era otra persona, muy distinta de aquella niña de ocho años.

A pesar de lo encaminada que parecía su vida, Micaela sabía que aún quedaban cuestiones por zanjar. Siempre desasosegada, sentía que algo le faltaba. Sonrió con sarcasmo. ¿Quién iba a imaginar que la divina Four suponía que algo le faltaba? Para el resto, ella era una mujer dichosa.

¿Por qué volvía a la Argentina? ¿Qué la traía de nuevo? No tenía la menor idea; una fuerza invisible la había hecho regresar; prácticamente, la había arrastrado hasta allí. Después de la muerte de Emma, no lo meditó mucho, compró el pasaje y viajó a Buenos Aires, y sus amigos pensaron que necesitaba alejarse un tiempo.

—¡Ah! Mademoiselle Urtiaga Four, aquí está —el capitán del barco interrumpió sus cavilaciones—. Hace rato que llevo buscándola.

—Salí a cubierta a tomar el fresco y a mirar el paisaje —explicó Micaela, sin mayor entusiasmo, cansada del cortejo del capitán.

—¿Hace mucho que no viene a Buenos Aires? —preguntó el hombre.

—Más de quince años. Mucho tiempo, ¿verdad?

—Ya lo creo. Lo único que puedo decirle es que no va a reconocerla. Buenos Aires es otra.

—Eso me han dicho. ¿Usted viene seguido?

—Una o dos veces por año. En cada viaje descubro algún cambio. El estilo colonial que la caracterizaba ya no existe. Ahora se parece más a una ciudad europea. Tiene grandes palacetes y avenidas anchas con lindas arboledas. El famoso cabildo sufrió mucho en esta metamorfosis urbana. Algunos se quejan, pero el gobierno no les hace caso. ¡Cómo será el cambio que hasta subterráneos tienen los porteños!

Micaela lo miró sorprendida. Alguien llamó al capitán, que se excusó arguyendo unos asuntos impostergables y la dejó sola. Micaela volvió la mirada a la costa. Se encontraban próximos a llegar. El corazón le latió con fuerza. A esa altura de los acontecimientos, ya tenía deseos locos por desembarcar. Se alegró al pensar en mamá Cheia y en Gastón María, las dos únicas personas que le importaban.

Otra vez se puso triste. Fijó la vista en el movimiento ondulante del río y volvió a sus recuerdos amargos. El peor de todos pertenecía a Buenos Aires.

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CAPÍTULO
I

Buenos Aires, mayo de 1899.

Ese sábado, los niños Urtiaga Four habían deseado ver a su madre todo el día. Gastón María se encaprichó y no hubo forma de que tomara la leche ni el aceite de hígado de bacalao. Micaela, más sumisa, se encerró en su dormitorio y no volvió a salir.

Eran pequeños y no entendían por qué su madre siempre estaba en cama, indispuesta, la mesa de noche abarrotada de frascos oscuros, médicos que iban y venían, el rostro desolado de su padre y, ahora, la novedad de unas jaquecas que no la dejaban vivir.

Ya eran casi las siete de la tarde. La nana Cheia pensó que era una hora prudente para que Micaela y Gastón María visitaran a la patroncita, y así se lo hizo saber. Los niños corrieron en dirección a la alcoba de su madre. La negra Cheia, no tan joven y excedida en peso, los seguía con dificultad.

—¡Chicos, parecen un malón! ¡Por amor de Dios! ¡No entren así en la pieza de su madre que se le parte la cabeza!

Al llegar al dormitorio de la patrona Isabel, Cheia encontró la puerta entornada; los niños ya habían entrado. Miró y no vio a nadie. Se encaminó al tocador y, al trasponer la puerta, el cuadro con el que se topó la dejó estupefacta: la señora Isabel, inconsciente dentro de la tina, con las muñecas tajeadas y los niños contemplándola en silencio.

Su propio grito la sacó del trance, a ella y al pequeño Gastón María, que dio un alarido, se soltó de la mano de su hermana y salió corriendo.

Micaela, inalterable, miraba a su madre. El agua sanguinolenta chorreaba y casi le tocaba la punta de los zapatitos. Los ojos de la niña alternaban entre el rostro céreo de Isabel y una navaja en el piso. Absorta, no escuchaba los alaridos de Cheia, ni se daba cuenta de que Gastón María ya no le sostenía la mano, ni de que los sirvientes se agolpaban en la entrada. Se aproximó a la tina decidida a despertar a su madre.

—¡No, Micaela!

La niña sintió un tirón, alguien que la apartaba. Pataleó, gritó y sacudió los brazos como loca. Cheia la tomó por la cintura y la alejó de allí.

Micaela no recordaba a su madre sino en cama, con el rostro enfermizo y el gesto melancólico. Isabel, la hermosa actriz llena de vida, pertenecía a una leyenda que le fascinaba escuchar. Le habían contado que, sobre el escenario, su madre provocaba angustia con su llanto, risas desenfrenadas con sus ocurrencias, suspiros con su belleza. Después de verla, la gente no salía igual de los teatros, pues Isabel llegaba a las fibras más sensibles de las personas. Su público la amaba.

El joven Rafael Urtiaga Four la conoció en la cúspide de su carrera, cuando el Teatro Politeama vibraba cada noche con sus funciones. Rafael tuvo suerte con ella; un dandy de la sociedad porteña como él, con relaciones y vínculos por todas partes, siempre conseguía lo que deseaba. Y a ella la deseaba, y mucho. Un amigo los presentó una noche después del teatro.

Isabel lo atrapó en su huracán y lo hechizó con su hermosura. Rafael la amó desde el primer día. Ella también se le entregó, con el mismo ardor con que hacía todo; no, con mayor pasión aún: estaba loca por él.

Se casaron al poco tiempo y ninguno de los Urtiaga Four prestó su consentimiento; la boda resultó un escándalo familiar. “¡Una actriz!”, exclamaban, con la palabra “prostituta” en la cabeza.

El matrimonio pasó algunos años sin tener hijos, lo que encolerizaba a las damas de la familia, pero Isabel deseaba continuar en la actuación y un bebé resultaba un escollo. Rafael la comprendía, seguro de que el tiempo le despertaría las ansias de ser madre.

Rafael e Isabel eran esposos, amantes, amigos, compañeros, socios, una perfecta amalgama entre hombre y mujer. Cada uno vivía lo suyo, y, sin embargo, lo compartían todo. Ella proseguía con sus obras teatrales y él con la administración de las estancias. De todas formas, siempre existía un momento para ambos.

Hasta que Isabel quedó encinta. Su embarazo fue una tortura desde el primer momento. Náuseas, vómitos, desmayos. Sus tobillos y manos se hinchaban y la presión le subía a los cielos. En los últimos meses, la barriga era descomunal y los huesos le dolían tanto que parecían descoyuntarse. Subió de peso y perdió las formas de su silueta. Se le manchó la piel del rostro y su cabello rubio se tornó opaco.

Los mellizos Urtiaga Four nacieron el 6 de mayo de 1891, antes de lo previsto. Eran pequeñitos, pesaban muy poco. Los llamaron Micaela y Gastón María.

Después de un parto difícil, el médico y la comadrona creyeron conveniente mantenerla sedada. Pálida y sin fuerzas a causa de la pérdida de sangre, Isabel durmió varios días, narcotizada con un brebaje a base de opio.

Una enfermera, contratada especialmente, le sacaba la leche y se la daba a los niños. A poco, comenzó a ser escasa y los mellizos chillaban de hambre. La enfermera intentó con leche de burra, pero no les gustaba y la mayoría de las veces la vomitaban.

—A la señora se le secó el pecho, señor Rafael. Lo mejor va a ser que contrate a una nodriza —le aconsejó la mujer, preocupada por la salud de los recién nacidos.

—Sí, está bien —respondió Urtiaga Four, desganado—. Haga lo que le parezca, señorita.

Graciela o Chela, como la llamaban, una negra oriunda del Uruguay, perdió a su bebé de apenas una semana y deseó morir con él. El desconsuelo y la amargura la abrumaron. Un cura amigo, el padre Miguel, fue su sustento y estímulo. Le dijo que Dios había querido evitarle a Miguelito los sufrimientos de esta vida llevándoselo junto a Él, convirtiéndolo en un ángel.

Al día siguiente del entierro, el sacerdote llegó a la parroquia con un ejemplar de La Nación en la mano. Le leyó a Chela con bastante ánimo.

—“Ama de leche se necesita. Calle Paseo de Julio número 424.” ¿Qué te parece, Chela? Con toda esa leche que te desborda vas a poder alimentar a algún bebé que lo necesita.

Esa mañana, Chela y el cura Miguel comparecieron ante la Inspección de Nodrizas y solicitaron el certificado que la acreditara como apta para la lactancia. Gracias a la intervención del clérigo, los trámites se aceleraron, y, en pocos días, Chela contó con su habilitación para amamantar hijos ajenos.

Sin perder tiempo, se apersonó en la calle Paseo de Julio número 424. Se encontró con una casona vieja, estilo virreinal, muy grande e importante. Le abrió una doméstica y le indicó que aguardara en el vestíbulo. A poco, una enfermera de punta en blanco le pidió que pasara a una salita contigua, donde la entrevistó. Le contó que había recibido a muchas nodrizas, pero que ninguna la había complacido; o no le agradaba la presencia, o no tenían la papeleta en orden, o no traían referencias.

—Yo tengo todo, señorita —aseguró Chela—. La papeleta en orden y las referencias.

Le alcanzó dos sobres, uno con el certificado de la Inspección de Nodrizas y otro con una carta de recomendación del cura Miguel. La enfermera quedó impresionada, en especial con la esquela suscripta por el párroco. Además, le gustó el aspecto de la mujer.

—Está bien. Podés empezar a trabajar hoy mismo, si querés.

Chela, feliz en medio de su amargura, supo que las cosas le irían bien allí.

—Los Urtiaga Four son de las familias más adineradas y respetadas de Buenos Aires —comentó la enfermera—. Vas a tener que comportarte en consecuencia —agregó, con severidad.

—¿Cómo se llama el niño al que voy a atender?

—Los niños, querrás decir. Son dos. Son mellizos.

Chela no disimuló su sorpresa y por un momento se arrepintió de haber aceptado el trabajo.

—Micaela y Gastón María, así se llaman —continuó la enfermera, sin inmutarse.

Los niños Urtiaga Four balbucearon la palabra mamá antes del año para llamar a su nodriza, quien se avergonzaba mucho, en especial cuando lo hacían frente al señor Rafael. Les enseñó que la llamaran “mamá Chela”, a lo que los mellizos respondieron con “mamá Cheia” y el mote le duró la vida entera.

Micaela y Gastón María llenaron el vacío que dejó su bebé y pronto se sintió feliz junto a ellos. Su leche era muy buena, y los niños repuntaron en peso al poco tiempo. Además, percibieron su calidez de madre y se le pegaron como garrapatas. Sólo querían a su nana, y hacían berrinches cuando los parientes y amigos de la familia los alzaban o tocaban. Enseguida, Rafael llamaba a Graciela y el llanto cesaba. A nadie parecía importarle la preponderancia que la negra tenía sobre los niños. Todos continuaban preocupados por la madre.

Isabel seguía mal. Físicamente se repuso al tiempo, gracias a la medicación, al descanso y a una dieta estricta. Anímicamente, en cambio, decaía más y más, y ningún médico sabía explicarle a Rafael el motivo.

—Suele suceder que, después de parir, las mujeres se sienten tristes. Pero no debe preocuparse, señor Urtiaga Four, con el tiempo se supera.

Y, aunque el tiempo pasaba, Isabel continuaba igual: tirada en la cama, con la mirada perdida en el cielo raso, o sentada frente al espejo por horas, sin moverse. En ocasiones, sentía deseos de ver a los niños y los mandaba traer. Cheia se apresuraba, los ponía bonitos y los perfumaba con agua de Colonia. Los acercaba a la cabecera de la cama y se los colocaba sobre el regazo. Isabel los besaba un rato, los miraba y acariciaba. Luego, le pedía a Cheia que se los llevara. Nuevamente, perdía la vista en el cielo raso y retornaba a ese letargo mórbido que exasperaba a Urtiaga Four.

Después, persiguieron a cuanto médico famoso había en Europa y Estados Unidos. Los vieron a todos, hasta uno que se hacía llamar psicólogo. No lograron nada, por el contrario, las largas temporadas lejos de Buenos Aires la empeoraron.

Los niños ya tenían ocho años y la madre seguía enferma, triste, sumida en una profunda depresión. Isabel inundaba la casona del Paseo de Julio con su amargura. Todos los que allí vivían tenían miradas apesadumbradas. Las cosas se hacían en silencio, lentamente. Los niños no podían corretear, tampoco jugar. Ellos no entendían nada. Querían estar con su madre y no se lo permitían. Con el tiempo, se fueron acostumbrando; tenían a mamá Cheia que los mimaba. De todas formas, Micaela y Gastón María amaban a Isabel, su nodriza les había enseñado a hacerlo. Por eso, corrieron felices la tarde de aquel sábado de mayo cuando Cheia les dijo que podían visitarla en su alcoba. Pero Isabel ya estaba muerta.

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CAPÍTULO
II

Apesar de que no hacía frío en cubierta, Micaela se estremeció. El suicidio de su madre, recuerdo que se instaba a mantener lejos de su conciencia, había significado demasiado en su vida, no sólo por aquella imagen sórdida y cruel de Isabel en la tina, sino por las consecuencias que había traído aparejadas.

Su padre, abatido y sin fuerzas, decidió separarlos de su lado; Micaela no podía perdonarle la actitud esquiva de aquellos días, la forma en que evitaba mirarla, como si le produjera daño.

Rafael despidió a la institutriz francesa, mademoiselle Duplais, envió a Gastón María a estudiar a Córdoba, al Monserrat, un colegio de renombre, y a ella, a un internado en Vevey, Suiza.

Aún tenía fresca en su memoria la escena en el puerto de Buenos Aires quince años atrás. Sólo mamá Cheia y don Pascual, el cochero, que parecía muy triste, fueron a despedirla. Gastón María había partido rumbo a Córdoba la semana anterior y su padre trabajaba en una de las estancias. Ni sus tías, ni sus tíos se presentaron en el puerto, y a Micaela no le importó, pues no sentía apego por ellos. Un matrimonio amigo de la familia aceptó acompañarla hasta su destino final. Allí la dejarían y continuarían con su viaje de placer.

Cheia intentó mantener la calma, pero le resultó imposible, y comenzó a llorar como una Magdalena cuando se hizo inminente la partida. Micaela también lloró y se aferró a su cuello. Le confesó que no deseaba irse y le preguntó si no podía acompañarla a Europa. Las palabras ahogadas de la niña terminaron por destrozar a la mujer y le costó mucho reponerse.

Los Martínez Paz, el matrimonio que la acompañaría, la esperaban impacientes en cubierta. Minutos después, le indicaron que ya era hora de partir y Micaela subió la escalerilla. Mamá Cheia y Pascual permanecieron en el muelle, saludándola, hasta que el barco zarpó.

Alguien de la tripulación les indicó sus camarotes. Una sirvienta de la señora Martínez Paz acompañó a la niña y la acomodó en su compartimiento. Antes de salir, le indicó que cualquier cosa que necesitara le pidiera a ella y que no molestara a madame.

Micaela se quedó sola en el camarote, sentada en el borde de la litera. Aunque el lugar era lujoso y cómodo, se sintió mal. Tenía deseos de salir corriendo, arrojarse al río y nadar hasta la costa. Pero no sabía nadar.

Se recostó y fijó la vista en el techo. Comenzó a canturrear una canción en francés que le había enseñado la institutriz Duplais.

Frère Jacques, frère Jacques, dormez-vous? Dormezvous? Sonnez les matines! Sonnez les matines! Din, dan, don… Din, dan, don.

Cantar era una de las cosas que más le gustaban. Al rato, se quedó dormida y soñó cosas muy feas.

El internado para señoritas se hallaba en las afueras de Vevey, una ciudad a orillas del lago Léman, a pocos kilómetros de Ginebra. El edificio, una construcción imponente erigida a fines del Renacimiento, se levantaba de espaldas al gran lago Léman, en medio de un cuidado parque, y las líneas de su arquitectura descollaban en el paisaje de montaña y agua que lo enmarcaba.

Antes de trasponer la inmensa puerta, la niña levantó la vista y leyó unas palabras en francés grabadas sobre los sillares: Congregación de las Hermanas de la Caridad.

Por dentro, el colegio no resultó menos soberbio, de techos altos, recubiertos de madera ornamentada, y paredes de piedra caliza con óleos alusivos a pasajes bíblicos. Tras el vestíbulo, se abría una recepción enorme, decorada con austeridad. Al final, divisó una escalera de mármol con baranda de hierro negro, y pensó que le tomaría años subir tantos peldaños.

Algunos de los mejores días de su vida pasaron en ese internado. La belleza del paisaje suizo, la familiaridad de la construcción que en un principio la apabulló, la ternura de la madre superiora y el cariño de las otras monjas constituían buenos recuerdos, aun cuando el amor de soeur Emma, mejor dicho, de Marlene, como prefería que la llamara, le habría sido suficiente para ser feliz. Gracias a ella, nada resultó demasiado duro de sobrellevar, ni los veranos lejos de Buenos Aires, ni la ausencia de mamá Cheia o de Gastón María. ¡Qué inequívoca sensación de plenitud sintió el día que la conoció! Su sonrisa franca, su mirada chispeante, su gesto sincero.

Marlene Montfeliú era una joven muy hermosa de veintitrés años. De la ciudad de Tarragona, su familia pertenecía a la selecta casta de nobles de la Cataluña. Los Montfeliú eran conservadores y guardaban las formas y costumbres de varias generaciones atrás. La riqueza de la familia provenía, fundamentalmente, del comercio marítimo. Por años habían manejado la flota de barcos más importante de la Cataluña y su poderío llegaba a las altas esferas del gobierno.

A pesar de ese entorno, Marlene era una muchacha simple, con ideas propias que contrastaban con las de sus padres. De carácter impetuoso y atrevido, tenía una personalidad avasallante y una inteligencia prodigiosa. En pocos años se recibió de profesora de música en el Conservatorio de Tarragona. Su familia, sin éxito, había insistido en que se dedicara a conseguir marido en lugar de destinar tanto tiempo a estudiar. La madre se consolaba al pensar que, después de todo, una mujer amante de la música demostraba una sensibilidad que cualquier hombre sensato sabría apreciar.

Marlene llevaba una vida tranquila y feliz. Tenía varios alumnos a los que les enseñaba canto, solfeo y piano. Pasaba el día ocupada en sus lecciones y nunca se cansaba. Por el momento, su familia había desistido de la idea del matrimonio. Esa pausa le daba un respiro, ya que no deseaba casarse con otro que no fuera Jaime, el hijo de un empleado de su padre. Se conocían desde niños, y al llegar a la pubertad, el amor había nacido entre ellos.

Su tranquilidad y felicidad terminaron la tarde en que su hermano mayor la encontró en el granero haciendo el amor con Jaime. En pocas horas, su vida placentera se convirtió en un infierno. El padre la abofeteó y la trató de ramera. Su madre no volvió a hablarle y lloró durante horas en su habitación. Sus hermanos le endilgaban sermones en cada oportunidad y sus hermanas la esquivaban.

La sentencia paterna llegó y fue terminante. O se metía de monja y desaparecía de sus vidas, o acusarían a Jaime de violación y lo harían ahorcar. Consciente del poder de su familia entre las autoridades, Marlene no dudó que su padre llevaría a cabo la amenaza.

En poco más de un mes, se encontró en la isla de Cerdeña como novicia de una congregación de monjas francesas, Las Hermanas de la Caridad, y con un nuevo nombre, soeur Emma, por resultar el suyo demasiado mundano y frívolo a criterio de la superiora.

Tiempo después de ordenarse, la madre superiora le anunció su traslado a un internado en Vevey, Suiza, donde se desempeñaría como profesora de música. La verdad era que la superiora se sentía aliviada al sacarse de encima a Emma, una joven díscola, de ideas sacrílegas, que siempre alborotaba con sus ocurrencias.

Muchos la habían tomado por una criatura inocua, anodina. Siempre callada y taciturna, su figura tampoco ayudaba. Flacucha y esmirriada, el semblante pálido le otorgaba un aspecto enfermizo. ¿Quién iba a pensar que podía cantar como lo hacía? Micaela rió de sí al recordarse tan poquita cosa.

No había clase que disfrutara más que la de música, no sólo por su apego natural a la asignatura, sino por la admiración que le despertaba la profesora. Marlene la atraía irremisiblemente; le gustaba cómo sonreía, cómo movía las manos, la mueca que hacía cuando escuchaba. No olvidaría mientras viviera la sorpresa que se llevó la noche en que la monja se presentó en su dormitorio con las manos llenas de bombones.

—¡Soeur Emma! —acertó a decir, al reconocerla sin el hábito y con ropa de cama.

—¡Shhh! No hagas ruido o van a descubrirme —le ordenó—. ¡Cómo te tardaste en abrir, Micaela! Si alguna de las hermanas me encuentra en el pasillo y en camisón, me envían a un convento de clausura. —Se tiró sobre la cama y apoyó la cabeza en la pared—. ¡Uy! Corrí mucho hasta aquí.

Micaela la miraba como a un fantasma; permanecía de pie cerca de la monja y no atinaba a decir o hacer nada. Ni en cien años habría imaginado que una de las hermanas se aparecería en medio de la noche, en esa facha y se tiraría sobre su cama como si se tratara de una pupila. Emma sonrió al ver la cara de desconcierto de la niña.

—Tiene el pelo corto —dijo Micaela, sin pensar.

—A todas nos cortan el pelo cuando nos ordenamos. Para qué queremos largas cabelleras si el hábito lo cubre todo, ¿no? Ven, siéntate aquí, a mi lado. Vine para charlar contigo.

La monja había comenzado a hablar en castellano y arrastraba las zetas. Desenvolvió una barrita de chocolate y la partió.

—¿Quieres compartir la mitad conmigo? ¿Sabes? Se la robé a soeur Catherine de la cocina. Vamos, toma.

Micaela se llevó el chocolate a la boca como una autómata. Al principio, sólo habló soeur Emma y Micaela se limitó a asentir o a negar. Momentos después, la niña se sintió más cómoda y contó algunas cosas sobre ella.

—¿Te gustaría estar en el coro? —dijo Emma, de repente.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Pero si el coro es para las más grandes.

—Ya sé, pero a mí me contó un pajarito que cantas como un ángel.

—¿Un pajarito? ¿Qué pajarito?

—Un pajarito amigo mío. Bueno, anda, dime, ¿te gustaría ser integrante del coro, sí o no?

—¡Sí! ¡Claro que sí!

—¡Perfecto! —exclamó la monja—. Desde mañana te presentas en los ensayos con las demás niñas.

Micaela casi no durmió esa noche por pensar en el día siguiente. Se despertó antes del amanecer y se asomó a la ventana. Todavía el otoño salvaba al paisaje del manto blanco con que lo cubría el invierno, y aún podían escucharse los trinos de algunos pájaros. Se preguntó cuál de todos le habría contado a soeur Emma que a ella le gustaba cantar.

El ingreso en el coro precipitó la vida de Micaela, y Marlene, persuadida de que haría de ella la mejor cantante del mundo, no veía escollos en su afán por lograrlo.

—Lo que me propone no tiene asidero, soeur Emma —dijo la madre superiora.

—¿Cómo que no tiene asidero? —preguntó, con insolencia, y la superiora le lanzó un vistazo de advertencia—. Disculpe, madre —retomó—. Usted misma puede comprobar lo que Micaela ha conseguido en este último tiempo. Su canto es cada vez mejor. ¡Es exquisito!

La superiora perdió la mirada, se ensimismó en sus cavilaciones y dejó de escuchar a soeur Emma. Conocía de memoria las cualidades de Micaela, no necesitaba que se las recordara. Después de cinco años, la niña había logrado refinar y pulir la voz. Su fama se había extendido más allá de Vevey, y no era raro que la convocaran para participar en algún acontecimiento musical. Tiempo atrás, el obispo le había pedido que Micaela integrara el coro de la catedral, y ella había aceptado gustosa. De tanto en tanto, las damas más destacadas de Vevey la reclamaban para alguna tertulia de beneficencia. En esas ocasiones, solía darle autorización a regañadientes, aunque tenía que reconocer que, a pesar de su creciente actividad musical, Micaela no había descuidado el resto de sus estudios; es más, en muchas asignaturas había mejorado. Se la veía radiante.

Pero lo que le proponía Emma, enviarla a estudiar canto lírico al conservatorio de París, resultaba demasiado. A juicio de la superiora, esa idea sobrepasaba los límites.

—¿Qué cree que le voy a decir al padre? —preguntó la monja, al retornar de sus pensamientos—. Mire, señor Urtiaga Four, he decidido enviar a su hija a estudiar canto lírico a París. ¡Por favor, soeur Emma! Ese hombre se va a negar, desde ahora se lo digo.

—Con el mayor de los respetos, madre. Primero, es fundamental que Micaela estudie en el mejor lugar si queremos que su voz se supere. Usted sabe tanto como yo que puede llegar a ser una soprano de las mejores si recibe el entrenamiento y la preparación apropiados. Segundo, el señor Urtiaga Four no se preocupa por su hija. ¿Qué más le da si está en Vevey o en París? No la ha visto en años. Sólo ha venido a visitarla en tres oportunidades. ¡Tres! —repitió un poco colérica, e indicó el número con los dedos—. Y sólo se ha quedado una o dos horas, de las cuales la mitad se lo pasó hablando con usted. Madre, realmente no creo que la excusa del padre de Micaela sea buena.

—¿De qué excusa me habla?

—Usted está poniendo excusas porque no quiere que la niña deje el colegio. Usted está muy encariñada con ella y no desea separarla de su lado.

—Sí, estoy muy encariñada con Micaela, no voy a negarlo. Pero ése no es el motivo por el que no quiero que vaya a París. Ella es muy niña aún, apenas tiene trece años, es vulnerable a muchos peligros. Y si de peligros hablamos, París los tiene todos.

—Entiendo y comparto lo que usted dice. Por eso pienso que lo mejor será que Micaela viva en el convento que la congregación tiene en París. Sé que es muy grande, habrá lugar. Estarán encantadas de recibirla. ¡Imagínese, madre! Si Micaela llegara a ser una gran soprano, el prestigio del internado sería infinito. Después de todo, ella encontró su vocación aquí.

—¡No trate de convencerme con ese argumento! —exclamó la monja, ofendida—. Sabe bien que el prestigio del colegio me importa y mucho, pero primero está el bienestar de las niñas. Y en su bienestar estoy pensando ahora.

A Emma le tomó un rato convencer a la superiora. Al día siguiente, prepararon la correspondencia necesaria: a Rafael Urtiaga Four, a la madre superiora del convento donde se alojaría y al conservatorio para solicitar su admisión. La cuestión se resolvió en menos de dos meses. La superiora del convento de París se mostró complacida en recibir a Micaela, a quien llamó “la niña prodigio de Vevey”. El conservatorio, por su parte, explicó que, antes de admitirla, Micaela debía someterse a una serie de exámenes, teóricos y prácticos. La madre superiora miró a Emma en este punto de la carta y la joven le respondió que Micaela saldría airosa de cualquier prueba. La última en llegar fue la carta del señor Urtiaga Four, quien, de acuerdo con el presagio de Emma, no mostró demasiada preocupación ni entusiasmo por el traslado de su hija, y, confiado en que continuaría bajo la tutela de las Hermanas de la Caridad, prestó su consentimiento.

—Ya está todo listo —expresó Emma, entusiasmada—. ¡Qué bueno, madre! ¡Todo salió bien!

La monja se limitó a asentir.

—Creo que París será un gran cambio para mí, ¿no le parece? —continuó Emma.

—¿Para usted?

“¡Ay, Dios bendito! ¿Con qué me saldrá esta muchacha ahora?”, se preguntó la superiora, aunque lo intuía.

—No creerá que Micaela viajará a París sin mí, ¿verdad? Ni en un millón de años la dejo sola, madre. Ella me necesita.

No discutiría con soeur Emma, perseverante, convincente y terca como era. Los días siguientes se encargó de tramitar su traslado al convento de París y de conseguir una nueva profesora de música para el internado.

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CAPÍTULO
III

Soeur Emma y Micaela llegaron a París en junio de 1905 y nada volvió a ser como antes. En el conservatorio de la rue de Ponthieu, conoció al profesor Alessandro Moreschi que, fascinado con su voz, decidió convertirla en su discípula exclusiva. A pesar de la corta edad de Micaela, monsieur Thiers, el director del establecimiento, no prestó ninguna objeción, convencido por la magnificencia de su canto.

En un principio, a Micaela le daba aprensión que Moreschi fuera evirado.

—¿Evirado? —repitió.

—¿No sabes lo que es un evirado? —se asombró Lily Pons, una de las alumnas del conservatorio—. Un castrado —insistió, con un término más común—. ¡Micaela, un castrado! ¡Un hombre sin testículos! ¿No sabes que hay hombres a los que les cortan los testículos? ¿Sabes qué son los testículos, no? Esas bolsas que a los hombres les cuelgan entre las piernas.

—Sé lo que son los testículos —aseguró Micaela en un susurro, aunque, en realidad, no entendía de qué le hablaba su amiga, pero le daba vergüenza su propia ignorancia cuando Lily parecía tan experta.

—Moreschi es el último de los sopranistas —manifestó Lily, con solemnidad.

—¿Sopranista? ¿Qué es eso?

—Justamente, a algunos hombres les cortan los testículos para convertirlos en sopranistas. Los sopranistas cantan con una voz más aguda que la de mujer. Pero hace tiempo fueron prohibidos. El maestro Moreschi es el último de su especie.

“El último de su especie”, repitió Micaela en su mente. Se le erizó la piel y le dio asco.

Lily la puso al tanto de otras cuestiones interesantes. Muchos años atrás, se predestinaba a los niños para el canto lírico mutilándolos a temprana edad. Se los educaba en un régimen estricto, enseñándoles todo acerca de la música y del canto. Muchos llegaron a convertirse en estrellas de la ópera, admirados por reyes y pueblos enteros, como el famoso Carlo Broschi, un sopranista del siglo XVIII conocido como Farinelli, que podía sostener la nota más aguda alrededor de un minuto. Luego vino el tiempo de la prohibición. Los sopranistas, perseguidos y excluidos de los teatros, se refugiaron en las basílicas, y limitaron su canto a los lieder, al Angelus y a otras melodías religiosas. Al cabo de unos años, quedaron en el pasado. Humillados y olvidados, la mayoría murió en la pobreza.

Alessandro Moreschi era el último sopranista. Angelo di Roma lo llamaban en Italia.

—¿Tienes idea de cómo llegó a este conservatorio? —preguntó Micaela.

—Cuando yo empecé a estudiar aquí, Moreschi ya daba clases. Dicen que Thiers lo escuchó cantar en la Capilla Sixtina, en Roma. Se enamoró de su voz y le propuso dar clases aquí. Así fue, según me contaron.

Las dos permanecieron calladas un rato. Lily devoró el almuerzo con avidez, Micaela, en cambio, se mantuvo taciturna, con la imagen de su nuevo maestro en la cabeza.

—Todas están que trinan con este asunto de que tú eres la alumna exclusiva del maestro Moreschi —retomó Lily—. Se mueren de la envidia.

—No entiendo —replicó Micaela—. Yo preferiría las clases de madame Caro, como tú, y no tener que pasar el día entero con ese hombre. Es muy serio y antipático.

—¡Estás loca, Micaela! Cualquiera de nosotras daría lo que no tiene por conseguir aunque fuese una hora por semana con Moreschi. ¿No te das cuenta de que es uno de los mejores profesores de canto que hay? ¡Y tú lo tendrás el día entero, sólo para ti!

Si bien el ritmo de trabajo al que la sometía el Angelo di Roma la agotaba, Micaela se complacía con los frutos del sacrificio. Había aprendido muchísimo en los últimos meses; sus conocimientos teóricos eran más ricos y su voz había mejorado ostensiblemente.

Por la mañana, luego de calentar las cuerdas vocales, Micaela empleaba la primera hora para entonar melodías difíciles y maleables. Más tarde, practicaba las escalas cromáticas y diatónicas, que le costaron al principio, pero llegó a dominarlas a la perfección. Luego, dedicaban otra hora al estudio del solfeo. Moreschi le enseñaba latín y literatura, en especial poesía. Durante un buen rato, Micaela declamaba versos muy difíciles. Semanalmente, la obligaba a leer algún clásico, generalmente a Shakespeare, y, en ocasiones, debía aprender de memoria algún pasaje y representarlo frente a su maestro.

Antes del mediodía, se dedicaban a los ejercicios de vocalización. El maestro conocía técnicas distintas de las de Emma, más difíciles y complicadas. La ubicaba frente a un espejo, de pie firme, con las manos cruzadas por detrás. En esa posición, debía entonar con soltura, sin tensarse, de manera natural. Moreschi la reprendía con severidad si demostraba el menor esfuerzo mientras cantaba: la frente, los párpados, las mejillas y el cuerpo no podían revelar contracción alguna.

—Cantas con los pulmones, con la laringe y las cuerdas vocales, no con los ojos o la frente. El cuerpo debe permanecer relajado, en una posición de descanso. Debes sentir que el sonido fluye desde tu interior. El resto, inalterable.

A medida que Micaela progresaba, las ejercitaciones se complicaban. En la misma postura que usaba para vocalizar, Moreschi le enseñaba técnicas respiratorias. La obligaba a retener el aliento un par de segundos, y luego a soltarlo lentamente. Le indicaba que la espiración debía ser tranquila, profunda y silenciosa. Para complicar la práctica, Moreschi encendía una vela mientras Micaela exhalaba. La vela no debía apagarse, la llama apenas si podía temblar. Le enseñó que los seres humanos, en forma natural, respiran unas veinte veces por minuto. Micaela debía reducir las inspiraciones a cuatro o a cinco en el mismo lapso para lograr elasticidad torácica. Al principio, se fatigó e incluso se mareó. Al cabo de un tiempo, consiguió limitar el número de veces a tres por minuto.

El ejercicio de media respiración o di tempo rubato, uno de los más complejos, consistía en abreviar el tiempo de inspiración y alargar el de espiración. Micaela tomaba aire en un segundo, llenaba las cavidades, y lo soltaba durante quince o veinte, en forma lenta, regular y silenciosa. Durante las primeras ejercitaciones, al inspirar tan rápidamente, la joven producía un ruido asmático espantoso que su maestro censuraba con varios golpes de bastón sobre el piso. También le costaba espirar en forma regular, el aire se le escapaba vertiginosamente de los pulmones y la llama de la vela se apagaba en un santiamén. Debió practicar mucho el tempo rubato antes de dominarlo con precisión.

Al mediodía, se encontraba con Lily en el refectorio. Era un momento grato para ambas; conversaban y se distendían de sus obligaciones. Lily siempre tenía algún chisme para contar.

Moreschi solía visitarla durante el almuerzo para controlar que comiera lo que él mismo le había indicado a la cocinera. Cuidaba mucho el menú, que debía ser rico en proteínas, vitaminas e hidratos de carbono. Los platos eran variados y abundantes, lo que desagradaba a Micaela.

Por la tarde, las primeras horas se destinaban a los conocimientos teóricos. Moreschi le enseñaba desde historia de la música y los instrumentos de la orquesta hasta el funcionamiento del aparato respiratorio, los fenómenos de vibración del sonido, de las cuerdas vocales y del timbre de la voz. Durante otra hora, la obligaba a componer algún salmo, motete o canzonetta. Podía inventar la melodía que deseara, y Moreschi siempre lucía complacido con los resultados. La última parte de la jornada la destinaban al estudio del piano.

Al llegar el final del día, Micaela apenas si podía estar en pie.

Alessandro Moreschi significó un gran cambio en su vida. Al principio, le temía. De presencia avasallante, mirada seria y gesto de pocos amigos, le provocaba ganas de salir corriendo del estudio. Con el tiempo, el sopranista se ganó su confianza. Lo admiraba por sus conocimientos musicales y le tomó cariño por la pasión que le demostraba cuando le decía que haría de ella la mejor soprano que el mundo había conocido.

Moreschi siempre fue duro y exigente, a veces la hacía llorar. Por momentos sentía que lo odiaba, en especial cuando golpeaba el suelo con el bastón, furioso porque no vocalizaba correctamente o porque falseaba alguna nota. Aunque también solía ser agradable. En ocasiones, después de una jornada dura de trabajo, le contaba anécdotas de su juventud, cuando los teatros de Europa lo tenían por protagonista de las óperas más aclamadas.

Cada año, al llegar la primavera, ejercitaban al aire libre. Muy temprano, se dirigían a algún parque y ensayaban las escalas y vocalizaciones en plena naturaleza. Eran lindos momentos, con la brisa fresca de la mañana y el aroma de la tierra húmeda.

Micaela se lle ...