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MARTINA CON VISTAS AL MAR

Elísabet Benavent  

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Fragmento

PRÓLOGO

2012

Era nuestro noveno aniversario. Fernando me había mandado un ramo de flores al trabajo con una nota en la que me pedía que reservara aquella noche para nosotros y nuestro regalo. Me imaginaba que se refería a una sesión pragmática de sexo o a algún conjunto de ropa interior envuelto en papel de seda como aperitivo, así que…, bueno, tampoco me emocioné demasiado. Sí, lo sé, soy una persona poco romántica. A decir verdad, tengo muchos más problemas de actitud aparte de ese.

Llegué a casa, puse el ramo en agua y me quedé mirándolo casi a oscuras en la cocina del piso que compartía con él. Me parecía una estupidez que se hubiera gastado cincuenta euros en un ramo de flores que a los dos días empezaría a morir y a dejar olor a funeral en toda la casa, pero él era de otra generación. Bueno, a lo mejor no tiene nada que ver con el año en que nació pero yo achacaba todas nuestras diferencias al hecho de que Fernando fuera doce años mayor que yo.

Sobre la cama de nuestro dormitorio Fernando había extendido un vestido que compré años antes para mi graduación en la escuela de cocina. Una de las buenas, decía mi madre a todo el que quisiera escucharla, como si en el fondo estuviera un poco decepcionada con mi elección profesional y quisiera demostrarle a todo el mundo, comenzando por ella misma, que era un trabajo rodeado de glamour. No sé cómo será en otros países, pero siempre he considerado que mi trabajo es un trabajo sin más; me gusta, sí, pero con el añadido de que salgo oliendo a comida. Ya lo he dicho, soy muy pragmática y algo cuadriculada, así que era normal que fuera mi pareja quien eligiera lo que iba a ponerme aquella noche. Para mí era casi como parte del regalo para que yo no tuviera que devanarme los sesos; entiendo de moda lo mismo que de biología: lo básico. El vestido era negro, con escote bardott y falda midi con vuelo. Todos estos términos los conozco porque Sandra, una de mis dos mejores amigas, me los dijo maravillada cuando les enseñé la prenda. Allí estaban ellas, emocionadas porque mi vestido de graduación era precioso, y yo aliviada por no tener que salir a buscar otro. No me gusta mucho ir de compras porque nunca sé si lo estoy haciendo bien o no. Amaia, mi otra mejor amiga, se ríe de mí mientras intenta convencerme de que ir de compras no es una asignatura que alguien vaya a aprobar o a suspender, que no hay examinadores escondidos entre los percheros de Zara, pero yo no lo tengo tan claro. Por eso cuando define mi estilo como «look aprobado» yo le digo que es una «zorra cruel».

Al asomarme al cuarto de baño atisbé a ver un post-it en el espejo. Sonreí al leerlo: «Hoy es un día especial y lo celebraremos en un lugar especial, donde confluyen todas tus grandes pasiones. Te espero abajo a las 20.45». No hizo falta ninguna pista más. Yo ya sabía adónde íbamos porque solo había un lugar en el mundo donde confluyeran todas mis grandes pasiones y ese sitio era El Mar. El Mar era el restaurante en el que todo buen cocinero quería trabajar; un proyecto imponente de cocina joven, creativa y sin ataduras que fue recibido por la crítica con entusiasmo. Había sido abierto en 2010 por Pablo Ruiz, su chef principal, y por su socio capitalista, un hombre con sobrada experiencia en el negocio de la hostelería. En sus dos años de andadura ya había sido merecedor de algunos de los premios gastronómicos más importantes de España, además de una mención especial en diversas publicaciones internacionales especializadas. Por aquel entonces yo aún estaba terminando mis estudios de repostería, que compaginaba con mi trabajo en la cocina de un hotel; cenar allí era el mejor regalo del mundo. Era como acudir a una masterclass para el paladar. Pero es que además era un detalle bastante caro y con lista de espera.

Sabía que Fernando había coincidido con Pablo Ruiz en algunas ocasiones y siempre hablaba maravillas de él, a pesar de que tenía fama de poseer un carácter bastante explosivo. Siempre pensé que los genios tenían personalidades complicadas. El Mozart de la cocina, me decía a mí misma cada vez que pensaba en él. Y pensaba en él con ADMIRACIÓN TOTAL porque era joven, talentoso, brillante y todo lo que yo quería ser algún día. Nunca fui demasiado fan de nada, excepto del trabajo de Pablo Ruiz. Y es curioso, me entusiasmaba su cocina, me sabía muchas de sus recetas de memoria, pero no le había visto más que en la foto de la contraportada de su primer libro. Una foto a la que no presté mucha atención.

Fernando esperaba en la puerta de casa con el coche en marcha y la radio puesta; sabía que no soy de las que llega tarde a los sitios. Cuando me senté a su lado y le sonreí, pareció que los meses raros en nuestra relación se esfumaban. Él también sonrió.

—Ya sabes dónde vamos, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y?

—No podrías haber elegido un regalo mejor.

Me incliné para besarle. En realidad, la acumulación de meses extraños nos sorprendía a los dos. Éramos una pareja muy bien avenida; nos entendíamos a la perfección. Habíamos tenido que pelear mucho para que la gente no nos mirara y juzgara, porque lo cierto es que Fernando y yo nos conocimos en el peor contexto posible para el comienzo de una relación: él fue mi profesor de Técnicas Culinarias I. Mi primer contacto con los estudios superiores fue con él explicándonos, sentado sobre la mesa del profesor, que la cocina no podía enseñarse si uno no la llevaba ya dentro. Y me enamoré de la pasión que él exteriorizaba y que yo, por mucho que también sintiera, no lograba mostrar. Nueve años después, allí estábamos. A veces nos daba la sensación de que nuestra relación había pasado a ser más de amistad que de pareja, pero luego nos metíamos en la cama y ardía Troya. Nos costó un tiempo darnos cuenta de que tampoco podíamos fiarnos de la calidad del sexo para medir la temperatura de nuestra relación.

Un aparcacoches se hizo cargo del Seat Ibiza de Fer al llegar al local y nos morimos de risa pensando en la cara que pondría el pobre chico cuando se le encendiera la radio y sonara el cedé de Peret con el que me martirizaba Fernando. Él me ofreció su mano y con un guiño me preguntó si estaba preparada. ¡Y tanto! Había nacido preparada para aprender de una experiencia como aquella. Y entramos. Entramos a lo que la mente y el alma de Pablo Ruiz entendía que era el mar.

Cuando a uno le hablan sobre un restaurante que se llama El Mar espera encontrar una ambientación marinera más o menos determinada (y manida): blanco y azul, barquitos, útiles de navegación… pero nada más lejos de la realidad en este caso. Nuestros pies caminaron sobre un suelo de amplios tablones de madera pulida, preciosa y clara. Una de las paredes era una suerte de mosaico realizado con enormes placas cerámicas de un precioso color verde mar delimitadas, unas con otras, por finas líneas metalizadas. Unos cortinajes blancos compuestos de pequeñas piezas de metal demarcaban la estancia y la podían dividir en salas independientes. El techo estaba cubierto a tramos por espejos en los que las imágenes ondeaban sobre su superficie sinuosa e irregular, como si flotaras en un mar imaginario, por encima de tu cabeza. La iluminación era cálida y suave y las mesas de madera clara, redondas, cubiertas con una vajilla del mismo color que el mosaico de la pared y las sillas. Había visto alguna fotografía, pero la impresión que producía no se parecía en absoluto a la que te embargaba cuando estabas en el centro de la estancia. Me quedé tan impresionada por lo que se respiraba allí dentro que Fer tuvo que tirar de mi brazo para recordarme que lo normal era sentarse, no esperar los platos de pie.

Cogí la servilleta de tela y la extendí sobre mi regazo; allí, bordado en color turquesa, una frase de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway: «Se mecía como si el océano estuviera haciendo el amor con alguna cosa». En la de Fernando había una diferente: «Y se dio cuenta de que nadie jamás está solo en el mar». ¿Puede una morir de amor platónico?

La única posibilidad de disfrutar la experiencia culinaria que ofrecía El Mar tenía lugar durante la cena. Tras su inauguración el restaurante abría sus puertas también a mediodía, pero, según las malas lenguas, la falta de clientela les llevó a reformular el concepto. No les fue nada mal. Contra todo pronóstico, colgaban desde hacía tiempo el cartel de lleno durante los once meses que estaba en funcionamiento al año. Había también una sola opción: su menú degustación, compuesto de veintidós platos y tres postres. Evidentemente las raciones eran escasas pero, decían, los sabores plenos. Yo estaba impaciente por analizar cada pase, cada presentación, por intentar reconocer todos los ingredientes… Igual que una niña con zapatos nuevos.

Pedimos vino blanco y Fernando decidió gastar una pequeña fortuna en una botella en concreto que haría más especial los sabores, según me dijo. Nos sirvieron agua fría. El salón estaba completamente lleno y todos esperábamos que empezara el baile.

El Mar era una maquinaria precisa. Los platos salían a la vez para todas las mesas. Conté cincuenta comensales aquella noche, en veinte mesas diferentes, atendidos por cuatro jefes de sala y una horda bien organizada y silenciosa de lo que nosotros llamamos runners: los chicos que trasladan los platos desde la mesa bajo las lámparas de pase a la sala, donde los camareros se encargan de servirlos. Nadie debía esperar. Nadie devolvía nada a la cocina. El punto de cocción era perfecto. Los sabores. Las texturas. Los colores. El punto de sal. El emplatado. La espera entre plato y plato. No había absolutamente nada que pudiera ser juzgado con un adjetivo por debajo de «perfecto». Pablo Ruiz hacía pura magia.

—Te estás enamorando —se mofó Fer al verme suspirar con un ravioli invertido en la boca.

—Es un genio —respondí convencida.

—Y guapo.

—Eso dicen.

—¿Eso dicen? —se burló—. ¿Es que nunca te has quedado embobada mirando la foto de su libro?

—No le he prestado la suficiente atención. —Sonreí.

Y si no se la presté fue porque mi admiración profesional me cegaba y, además, la fotografía que había en el libro de Pablo Ruiz no hacía justicia a la realidad, hecho que adiviné cuando, después de que los camareros retiraran los platos de postre vacíos y tomaran nota de los cafés, el chef salió a saludar. Y aquello sí que no me lo esperaba. Las puertas de doble hoja se abrieron y Pablo apareció andando a grandes zancadas pero despacio; tenía las piernas muy largas, no podía ser de otra manera. Lo primero que me llamó la atención fue su pelo, rebelde, ondulado y desordenado, más largo de lo que yo imaginaba, que se movía con libertad entre sus dedos cuando lo apartaba de su cara, como si fuese un jovencito grunge. Lo segundo, la manera en la que la chaquetilla de chef se ajustaba a su cuerpo, combinada con unos vaqueros estrechos y rotos en una rodilla. Joder. Pablo Ruiz no solo era un genio: ¡estaba bueno! Hasta me ruboricé y farfullé un exabrupto de admiración cuando esquivó con gracia una silla y bromeó con la señorita que había estado a punto de arrollarlo. Era una criatura extraña. Era… casi felino en sus movimientos. Elegancia, rebeldía, juventud y sexualidad juntas, agitadas pero no revueltas. Mmm… era muy sexi.

Fer estaba hablándome, pero me percaté de que lo estaba haciendo cuando él ya se había dado cuenta de que no le prestaba ninguna atención.

—Lo siento —le dije.

—No pasa nada. —Sonrió—. Os pasa a todas. Tiene un magnetismo especial.

Joder, sí. Era verdad. Tan masculino, joven, grácil, firme, con tanta luz propia… Pablo se enderezó cuando se despidió de una mesa y al levantar la mirada chocó con la mía. No sé explicar la inquietante sensación de ser observada, entre tanta gente, por sus ojos. Como agua muy fría recorriéndome la espalda bajo la ropa. Una bofetada de hielo. Un puño estrujándome el estómago. Por primera vez en mucho tiempo me puse nerviosa.

Pablo localizó a Fer y le saludó con un gesto. «Ahora te veo», vocalizó, dando a entender que dejaría nuestra mesa para el final para no andar con prisas. Siguió su baile, mesa por mesa, saludando, dando las gracias por compartir con él y con sus platos aquella noche, preguntando si todo había estado bien, contando a quien le preguntaba el porqué de ciertas técnicas o la elección del nombre de sus creaciones. Y hasta la sesentona que estaba sentada con su marido en la mesa de al lado lo siguió con la mirada y la boca abierta cuando se despidió de ellos y se dirigió hacia nosotros.

—Vaya noche —suspiró dejándose caer sin ceremonia en una silla junto a nuestra mesa—. ¿Qué tal va, viejo?

Perdón. ¿Esos ojos eran legales? Nunca había visto un iris como el suyo, de un verde más claro que el mar en pleno verano. No sé cómo la barbilla no me tocó el suelo. Me quedé sin palabras…, solo pude musitar un «hola» y bajar los ojos hacia la mesa, sin importarme si parecía una maleducada. Me sentí impresionada por muchos motivos: el primero, que era ofensivamente joven para ser quien era, pero es que, además, aparentaba su edad. En aquel momento creo que tendría unos veintiocho años y ya se adivinaba que aún no había alcanzado toda su plenitud. En unos años nos tendríamos que poner gafas de sol para poder mirarlo pero no por ser poseedor de una belleza apabullante, que conste. Fer tenía razón, Pablo Ruiz era increíblemente magnético, y diré más: cuando hablaba, tus ojos solo podían mirar sus labios. Tenía algo. Algo… desbordante.

Nos preguntó si habíamos disfrutado de la experiencia y después Fernando y él se pusieron al día brevemente. Fue una charla cortés, educada y distendida en la que no participé por miedo a tartamudear o a que se me cayera la baba por la comisura de los labios. Seguía sus preguntas y contestaciones como lo haría una fanática que se queda paralizada delante de su ídolo. Cuando entendí que no tenía sentido desviar la mirada y perder la oportunidad de estudiar la pasión con la que Pablo hablaba, lo descubrí mirándome con su labio inferior atrapado entre sus dientes.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Muy bien. —Quise sonreír, pero no sé si lo conseguí.

—Ya veo —respondió. Una voz áspera, algo rota y masculina, que sonaba sensual y a la vez dulce le acompañaba. Narcótico. Genial. Una jodida fuerza de la naturaleza…, eso me pareció Pablo Ruiz. Fue como conocer la pasión por la cocina en sí misma, hecha carne. Pablo cogió aire, se irguió y palmeando el hombro de Fer se levantó—. Siento no poder quedarme a tomar café con vosotros, aunque de todas maneras imagino que os apetecerá disfrutar de esta noche solos. La cena corre a cuenta de la casa. No todos los días se cumplen nueve años juntos. Felicidades.

No perdí detalle hasta que traspasó el umbral del salón y se marchó de nuevo hacia su cocina. Su andar, ese gesto con el que se apartaba el pelo de la cara, lo ceñidos que eran los vaqueros que lucía y la mirada que me lanzó justo antes de desaparecer de mi vista. Si hubiera tenido quince años me hubiera enamorado irremediablemente de él, pero no los tenía y estaba allí sentada con mi pareja. Que nadie crea que se convirtió en mi amor platónico, pero de alguna manera fue como una experiencia extrasensorial. Pensé que jamás volvería a cruzar una palabra con él y me sentía afortunada por haberlo conocido. Pablo se convirtió para mí en un jodido mito con el que, sí, fantaseé a menudo, pero no como creo que estáis pensando.

De vuelta a casa, Fernando estuvo burlándose de mí porque decía que me había faltado desmayarme como una fan histérica, pero estaba muy concentrada en el verdadero sentimiento que me despertaba Pablo Ruiz: una mezcla de admiración y envidia. Una oleada de calor, de pasión concentrada en el estómago, pero no carnal, sino visceral: eso me llevaba a casa. Quería ser como él, quería aprender con él. Quería…, QUERÍA.

—Es un genio —musité.

—Sí, lo es. En todos los sentidos, además. Si tienes suerte y te esfuerzas, un día podrías trabajar con él.

Claro. Y desfilar en Cibeles. No me lo tomé en serio. Ni siquiera me lo planteé, porque lo que pasa cuando nos hacemos mayores es que ese ímpetu que guía nuestros pasos se hace más débil y nos dejamos convencer por la vida de que es demasiado difícil como para intentarlo. Ya era demasiado mayor, me dije. Querría gente mucho más joven, que naciera en la cocina a su lado. No, no fue mi meta porque no la creí posible, aunque me esforcé. Por mí. Por no decepcionarme.

Cuando al día siguiente volví a enfundarme el uniforme de la cocina del hotel en el que trabajaba sentí una profunda decepción. Rancio abolengo. Tarta tatín y el té de las cinco. La creatividad quedaba fuera de mi trabajo, aunque allí me sentía cómoda. El protocolo y la rutina me parecían tranquilizadores; las cosas se hacían como se hacían y no había más vuelta de hoja. Pero tenía la impresión de ser demasiado joven como para acomodarme y cuando soñaba despierta siempre terminaba en la cocina de Pablo Ruiz, aprendiendo del que muchos decían que creaba magia en sus platos. Para mí, él era la personificación de lo que se podía hacer con nuestra profesión, sin plantearme nada más. Pablo Ruiz era… la pasión.

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LA VIDA

Siempre fui una niña maniática. Nunca comí con las manos, nunca me ensucié la cara, nunca me dormí sobre un plato, me pinté la cara o hice algún desastre similar. Siempre fui… pulcra. Tuve una infancia feliz, una adolescencia nada problemática y una juventud muy plena. Pero es cierto que siempre fui… seria. Muy contenida, a decir verdad. En mi casa todos lo somos. Se respira cariño y respeto, pero no nos volvemos locos dando besos y abrazos cuando nos vemos. Ni siquiera nos vemos mucho. Mis padres son de los que entienden que, llegada una edad, es normal que los polluelos vuelen lejos del nido. No nos van los mimos.

Puedo parecer una persona fría. Sé que a la gente le cuesta sentir simpatía por mí, porque suelo dar una imagen errónea de impermeabilidad, como si todo me resbalara, como si no necesitara a nadie y las emociones humanas me resultaran excesivas. Eso es porque he sido criada en la contención. Soy una chica contenida, lo que no significa que no sienta. Pero es cierto, me cuesta horrores expresar mis emociones profundas; no llevo bien la sorpresa y el coqueteo para mí es un tormento. Es

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