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MARTINA EN TIERRA FIRME (HORIZONTE MARTINA 2)

Elísabet Benavent  

0


Fragmento

 

 

1

¿QUÉ ME PASA?

 

 

 

No sabía explicar qué era lo que me pasaba. Paradojas de la vida. Yo, tan cuadriculada, tan robotizada..., como si hubiera sufrido un jodido cortocircuito en el centro mismo de mi placa base. No sabía de dónde salía todo aquel desánimo y, por eso mismo, era incontrolable. Me repetía sin cesar que solo había sido una discusión, bueno..., una ida de olla incontrolable de una Martina irrefrenable y visceral salida de la nada. Mi primer encuentro con ella se había saldado con una... ¿ruptura? No me caía especialmente bien esa versión de mí misma gritona, llorica e irresponsable que abandonaba su puesto de trabajo porque «su novio» le había mentido. Siguiente paso: amordazar a esa Martina y solucionar el asunto. Chimpúm. ¿Y ya está? Uhmm..., no. No era tan sencillo. Y como dicen que uno debe preocuparse solamente de aquellos problemas que tienen solución y yo a aquello no se la encontraba, me convencía de que en realidad Pablo solo era un chico al que olvidaría. Había sido crónica de una muerte anunciada, una desilusión previsible que un día se iría. Pero... había algo más allí. Supongo que había cruzado una frontera de mí misma que no tenía vuelta atrás. Cuando descubres a qué sabe algo que habías mantenido lejos por miedo a que te gustase demasiado..., es imposible olvidar su sabor.

Además, algo crecía en el aire, haciéndolo más denso. Algo que me hacía no ser yo. Una Martina desconocida no nace de la nada para gritar, llorar, sollozar y golpear a Pablo porque no le ha contado que un día se casó con una chica preciosa con la que nunca terminó de romper. Algo había empujado a esa Martina a nacer. ¿Los nuevos sentimientos que despertaba Pablo? No. No habría dado un salto tan grande. ¿Estrés? No, estaba habituada a dominarlo. Era otra cosa. Algo que hacía totalmente inconcebible la idea de ir a El Mar, trabajar con normalidad y después pedirle a Pablo todas las explicaciones que necesitaba para ir rellenando los vacíos que aquel descubrimiento había dejado en nuestra historia. Joder..., cada vez que recordaba a Malena apoyada en el coche, hablándome de su relación con Pablo, me quería morir. Tan guapa. Tan segura de sí misma mientras hablaba. Con tanto vivido. Tan diferente a Martina Cara de Palo.

—Puedes creerme y no, Martina. Y no te digo que Pablo sea mala persona... pero lo arrasa todo a su paso y cuando se va, no queda nada. Y créeme..., siempre se va. Te lo dice su mujer. No eres la primera con la que cree encontrar el amor después de lo nuestro.

Fue como si alguien viniera a susurrarme al oído algo que yo siempre sospeché. A día de hoy creo que se juntaron muchas cosas: mi terror a darme a otra persona, mi pragmatismo en guerra con su romanticismo, el shock de saber que algo no funcionaba como debería en mi interior..., ese ALGO que me pesaba dentro y que se tornaba monstruoso por las noches, alimentándose de ansiedad hasta llenar el último recodo de mi ser.

A pesar de no haberlo experimentado antes, creí que lo que me pasaba era que la tristeza me vagaba por las venas; por eso me dormía a las nueve de la noche y no despertaba hasta los primeros claros de la mañana. Creí que estaba cansada de sentir, porque era algo casi nuevo que me tenía agotada. Siempre tenía sueño pero con mi recién estrenada debilidad emocional siempre soñaba con él, prefería dormir para poder creer durante un rato que había un mundo en el que no existía la decepción y en el que Martina no era tan cuadriculada ni Pablo se dejaba llevar por la pasión del momento para tomar sus decisiones. Un mundo en el que yo no me había puesto como una auténtica loca por algo que, quizá, hubiéramos podido aclarar con un diálogo civilizado. Decepción y vergüenza..., buena mezcla.

Me dolía todo, hasta el alma y la cabeza, de tanto repetirme que era una tontería encontrarme tan mal por un hombre al que casi ni conocía. Y cada mañana al despertar el cuerpo me decía, sencillamente, que no podía ni levantarse, que se resistía a ser adulto, responsable y consecuente. Yo solo quería acurrucarme y dormir. Ahora sé que lo que me pasaba era normal pero entonces pensaba que o había enloquecido o me estaba muriendo. Por el amor de Dios..., con lo práctica que fui siempre. La adolescencia se me vino encima a los treinta años.

Una mañana me levanté, desayuné, me mareé y vomité el café, la fruta y un montón de corazones a medio digerir. El amor se me indigestaba, por lo visto. Maldito Pablo. Estaba en todas partes, incluso dentro de mí misma. Y para mi más profunda decepción, aún no han comercializado nada similar a la sal de frutas emocional.

Le dije a Amaia que estaba volviéndome loca. Se lo dije sentada en la cama, tratando de explicarle por qué no podía ir a trabajar, por qué no me levantaba, por qué ni siquiera quería hablar.

—Estoy tan loca que me estoy poniendo enferma —musité.

—Martina... —susurró ella acariciándome el pelo—, a todas nos han hecho daño. No dejes que se te venga encima. Pablo no es mal chico. Deja que te lo explique. Sé que no hay ninguna buena razón para mentir, pero quizá las que te dé él sirvan de algo.

—Nos precipitamos —le dije.

—Probablemente sí, pero ¿quién dice que no podáis volver a empezar con más calma?

—Las cosas que se rompen tan rápido nunca pueden arreglarse.

—Venga, Marti..., esto no es propio de ti. ¿No será que tienes síndrome premenstrual y se suma a la bajona?

Me quedé mirándola.

—¿Cuándo te toca la regla? —le pregunté.

—Me bajó anoche.

En un piso con tres mujeres suele pasar que los ciclos se acompasan, lo cual termina sumándose al caos. Todas a la vez con el síndrome premenstrual, llorando porque se han terminado las galletas.

—Sí. Debe ser eso —añadí.

Cuando se fue me convencí de que estaría a punto de bajarme la regla. Tanto dolor y sensibilidad debían responder a algo tan primario como un proceso hormonal. Y me encontraba mal, que conste. Me dolían los pechos, no me aguantaba ni yo y sentía como si mi cuerpo estuviera incubando una gripe.

Pasaron los días y yo seguí sin tener noticia alguna de mi menstruación. Retraso, unas leves náuseas que iban y volvían pero amenazaban con quedarse, cansancio... y la seguridad de que no hice las cosas como debí haberlas hecho para poder estar tranquila. Sin Pablo. Sin mí. Con algo que no reconocía. Esa era yo ahora.

 

 

2

LA AUSENCIA

 

 

 

Sentado en mi sofá. Jodido sofá, que seguía hundiéndose demasiado bajo mi peso, pero que ya no albergaba el de Martina. No había nada de ella allí más que su ausencia que, en lugar de ser un vacío, lo llenaba todo. Miré a Elvis que sentado sobre la mesa de centro me vigilaba. Le estaba prohibido subirse a los muebles pero, desde que Martina me mandó al infierno, se estaba haciendo fuerte en casa, aprovechándose de mi desidia. No entendía nada. Nada. La vida era, de pronto, mucho más extraña que de costumbre.

En el salón sonaba «N=1», de Miss Caffeina, a un volumen tan alto que casi era insoportable. Había perdido la cuenta de las veces que había escuchado aquella misma canción, pero no podía dejar de hacerlo porque me recordaba a nosotros, al punto en el que ahora nos encontrábamos. «Trama y solución de nuestra batalla de cabeza y corazón. Sigo peleando. Es lo que nos va a pasar. Vamos a perdernos. Vamos a desaprender todos los secretos. Vamos a esperar a que el tiempo haga su trabajo y olvidar». Intentaba concienciarme de que ella ya no estaba. Y, por más que me pesara, aquello era lo que nos pasaría. Ella se alejaría. Nos olvidaríamos. Y la vida volvería a ser una concatenación de intensidades y sensaciones sin un hilo conductor.

Como si se quejara por tener que escuchar una y otra vez la misma melodía, Elvis lanzó un maullido lastimero desde su posición, frente a mí. Dicen que los animales son intuitivos y empáticos con el ánimo de sus dueños. Era cuestión de tiempo que el pobre gato aprendiera a escribir poesía deprimente.

—No me mires así —le dije cuando la canción se terminó para volver a empezar tras unos segundos—. Tengo que escucharla. Si no te gusta, puedes irte a dormir al cesto de la ropa sucia. Aún estoy a tiempo de castrarte. Y verás qué risa.

Como si él tuviese la culpa de que yo fuera un gilipollas que nunca encontró el momento adecuado para confesar lo que más le pesaba. Había que ser idiota. No hay momento perfecto. Hay que tener dos cojones para ser consecuente, pero venía siendo costumbre que yo me diera cuenta de esas cosas a toro pasado.

Me decía constantemente que se iba a arreglar, que solo le había sentado mal enterarse por otra persona, pero que se le terminaría pasando. «Ha sido un malentendido. Ella entenderá que tuve miedo, que una ruptura no es siempre como a uno le gustaría». Me engañaba. Eso lo sabía hasta yo que, por si no ha quedado claro, era un gilipollas. Si algo había sacado en claro del momento en el que Martina explotó, fue que lo que más le había molestado era la incoherencia de mis palabras. Se sentía traicionada, no porque yo decidiera esconderle que a los veinticinco años me casé inconscientemente (que también), sino porque le dije que ella era la primera persona que me hacía pensar en un «para siempre». Porque tratando de romper definitivamente terminé durmiendo acurrucado junto a mi ex, mientras le daba plantón a ella y a su maldita fiesta. Porque dejé que la jodida Malena me convenciera para darle un «beso de despedida». Cuando me acordaba, me daba cabezazos contra todo lo que podía.

Martina podía estar molesta por dos razones (en realidad podía estar cabreada hasta porque no le gustasen mis anillos, joder, me lo merecía). Una es que no me creyera, que el hecho de haber estado casado convirtiera en mentira todas mis promesas; la otra es que me considerara un auténtico descerebrado por haberme casado con una persona que no despertaba en mí la seguridad de quererla siempre. Es muy puto darse cuenta de que la opción que peor te deja es la correcta. Yo no mentí, pero sí fui un descerebrado. ¿Quién le aseguraba a ella que ya no lo era?

Malena y yo nos casamos a los veinticinco años en una ceremonia civil durante una escapada a México. Lo llevábamos todo pensado, pero no dijimos nada hasta la vuelta, cuando pasamos por casa de mis padres a que la conocieran.

—Esta es Malena, mi mujer.

Y mi madre amenazó con morirse allí mismo si no le decía que estaba de coña. Yo me eché a reír y ella, con un tic nervioso en un ojo, se disculpó con Malena y me pidió que fuera un momento a la cocina. Cuando llegamos, me dio una colleja y después otra. Y otra. Cuando conseguí alejarme lo suficiente, me llamó de todo.

—Eres un gilipollas —terminó diciendo.

—Ya lo celebraremos con vosotros, mamá. No es para tanto.

—¡Me la suda que os hayáis casado solos! Cada uno hace esto como le place y si le place. Lo que me molesta es que te conozco porque te he parido y sé que eres lo suficientemente imbécil como para hacerlo sin pensar en el futuro.

Y acertó. No dediqué ni un pensamiento maduro y profundo al futuro. Solo nos imaginaba en una casa llena de críos descalzos corriendo por todas partes, siendo felices. Y mirad si yo era gilipollas que me enteré de que Malena no quería tener hijos cuando llevábamos un año casados. Después se desdijo. Cuando todo empezó a desmoronarse, me suplicó que lo habláramos porque quizá un hijo solucionaría lo nuestro. Para aquel entonces yo ya había madurado lo suficiente como para saber ver que un bebé no arreglaría nada.

—No quiero traer niños desgraciados al mundo —le respondí cogiendo una manta del altillo para llevármela al sofá—. No quiero tener hijos con una persona a la que no entiendo y que a ratos ni conozco.

Cuatro años y medio llevábamos casados entonces. Cinco y medio juntos. Y yo no la conocía. Gracias a Dios a ninguno de los dos se le olvidó aquella conversación jamás. Ella nunca quiso atarnos por obligación mediante un crío. Y el tema se esfumó. Ella siguió tomándose la píldora puntualmente. Yo seguí usando condón de vez en cuando, cuando ella me avisaba de que estaba tomando antibiótico o cualquier otra cosa que pudiera menguar el efecto de sus pastillas. Fuimos muy responsables. Siempre. En todas las veces que lo hicimos, que eran puras reconciliaciones. Malena y yo nunca hicimos el amor porque sí. Era nuestra manera de arreglar las cosas. Follar como animales.

Me sonó un mensaje en el móvil, despertándome de tanto recuerdo agrio. Tenía el teléfono en la mano, pero ni me acordaba. El mensaje era de Fer y en él me aseguraba que Martina iría a trabajar aquella tarde. Yo no podía seguir cubriéndola en El Mar, justificando su ausencia frente al resto de la plantilla, diciendo que no se encontraba bien, recolocando más ayudantes en su partida y prometiéndole a Alfonso y Marcos que todo estaba bajo control. No había nadie que se lo creyera y Alfonso estaba molesto.

—Si tu vida personal empieza a afectar tan directamente a la cocina de este restaurante, dejaremos de tenerte respeto, Pablo. Tú decides.

Alfonso habló porque teníamos una relación personal y yo le importaba. Marcos, por ejemplo, opinaba lo mismo pero no tenía la misma confianza para plantar cara a una situación tan fuera de lo común. En cualquier otro caso, hubiera despedido sin miramientos a un cocinero que no se hubiera presentado en El Mar sin previo aviso y eso me torturaba. Intenté hacerme con Martina por todos los medios que me fue posible. Incluso conseguí el teléfono de Amaia, que aunque fue amable, me dijo que no podía ayudarme.

—No voy a convencerla de nada y si dice que no quiere hablar contigo, no lo hará. Al menos hasta que cambie de idea por sí misma. Pero te lo aseguro: no se encuentra bien. De verdad. Está hecha una mierda.

Y a pesar de conocerla solo desde hacía un mes y medio, supe que tenía razón. Pero seguí mandando mensajes a Martina, llamándola y dejando recados en su contestador, pidiéndole que me llamara porque teníamos que hablar del restaurante.

—Hablaremos de lo nuestro cuando estés preparada, pero necesito que entres en razón y entiendas que no venir a trabajar no es ninguna solución. Y si miras dentro de ti misma, te darás cuenta de que no va contigo. Esta no eres tú.

Ese fue el último mensaje que dejé antes de llamar a Fernando y explicarle la situación.

—Te lo dije —me respondió con resquemor—. Te pedí que lo hicieras bien, que se lo contaras. Tenía que haberlo hecho yo.

—No. Tenía que haberlo hecho yo, pero quise hacerlo bien y, mira por dónde, se me adelantaron —contesté molesto—. Pero no te llamo para eso. Necesito que la hagas entrar en razón y que vuelva a trabajar.

—¿No ha ido?

—No. Lleva días sin hacerlo. Y ya no sé qué hacer porque si no vuelve tendré que despedirla.

—Eso no es digno de ella —contestó con un hilo de voz.

Y no, no lo era. Me sobrevolaba la idea de que algo más debía pasarle. ¿Y si había algo que no me había contado? Porque seguía sin encontrarle sentido al descontrol con el que hizo frente a la noticia de mi matrimonio.

Pero allí estaba. Nos veríamos aquella misma tarde y lo único que me planteaba era si podría estar en la misma habitación que ella sin besarla y suplicarle que me dejara explicarme. Si no reptaría por el suelo en lugar de ponerme firme, como sabía que debía hacer, y marcar una diferencia entre nuestros «yo» personales y la vida profesional. Sabía que debía amonestarla, restar de su sueldo el equivalente de todos los días que no acudió a la cocina porque me preocupaba que tratando de ser un buen chico, se me olvidara ser un buen jefe. No con ella, que conste, sino con los demás. Aquellas diferencias minarían mi cocina si no las paraba. Me levanté del sofá, cogí las llaves del coche y acaricié a Elvis.

—Baja de ahí —le ordené.

Pero el gato me miró de soslayo y se acomodó encima de la mesa. Así era mi vida. No me hacía caso ni yo, ¿cómo iba a conseguir que me lo hicieran los demás?

Aquel día, entre una cosa y otra, se me olvidó hasta comer. Pasé el resto de la mañana sentado en el despacho de un abogado especializado en divorcios amigo de mi familia, que examinó al milímetro todos los papeles que me había hecho mandarle y que apuntó unas cincuenta veces que había sido un acierto casarnos con separación de bienes.

—La casa es tuya. El coche es tuyo. El negocio es tuyo.

—Yo la casa ya no la quiero —le respondí.

—Perdóname, Pablo, pero como te conozco de toda la vida voy a permitirme el lujo de hablarte con franqueza: no te dejes llevar por melancolías. Lo vuestro no funcionó, pero esas cosas pasan porque las dos partes no encajan. ¿Vas a regalarle una casa de la que sigues pagando la hipoteca? Si no la quieres, véndela o dale la opción de comprarla. Lleva más de un año viviendo allí gratis mientras tú te haces cargo de los gastos.

—Los gastos los paga ella. Yo solo me hago cargo de la hipoteca.

—¿Te parece poco?

No. No me parecía poco. Algunos pensarán que tener un restaurante como El Mar me estaba llevando a la cresta de la ola y que andaba montado a galope en el dólar, pero no es cierto. Era un negocio rentable, no voy a mentir. El susto que nos llevamos al ver que el servicio de comidas no funcionaba sirvió para devanarse lo suficiente los sesos como para darle la vuelta al concepto y convertirlo en un restaurante de éxito. Pero de ahí a que me sobrara la pasta, un mundo. Yo tenía parte del negocio y mi socio otra parte. Eso quería decir que los beneficios se repartían entre los dos..., beneficios, no ingresos, porque había que pagar al personal, los productos, los gastos derivados, seguros... y menos mal que el edificio era de Antonio, mi socio. Un socio que me dejaba manejar a mi ritmo el restaurante día a día, pero junto con el que tomaba las grandes decisiones. Lo normal, vamos.

—Ya lo veremos —sentencié—. Dame un par de días para pensar qué quiero hacer con la casa.

—Piénsalo y dímelo cuando puedas. Tenemos que tenerlo claro antes de sentarnos con tu mujer.

—Exmujer.

—No. Aún es tu mujer.

«Y tú un soplapollas», pensé. Y le miré como ese emoticono del WhatsApp que siempre me ha parecido que lanza una mirada desde las entrañas del infierno. Cuando salí me dolía la cabeza a morir y estaba

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