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MARTROPíA

Juan Carlos Diez  

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Fragmento

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Penguin Random House

A la memoria de mis amigos

Carlos Fabián Schiffer, “Carlitos”,

y Miguel Guillermo Guerrero, “Chacho”.

Intro

Sospecho que las obras saben más de sus autores que ellos mismos. Así como los sueños siempre son más profundos que su tardía reflexión. El creador es un testigo perplejo que intuye la llegada de ciertas bandadas. Un solitario en la salina que modifica las sombras, los trazos de aquellos aleteos. Pocos conocen ese arte. Spinetta es uno de ellos.

Hace más de veinticinco años me acerqué a Luis Alberto intentando conocer a la persona que ideaba ese andamiaje flotante de melodías y textos. Quería comprender el origen de esa cosmogonía nutrida de composiciones poéticas. Vanos intentos, tal vez. El creador es una mirada. Y no tiene respuestas. Pero, tarde o temprano, llega a martropía, el estado de ensueño producido por la visión súbita de puentes amarillos. Y el vértigo que sobreviene al cruzarlos.

Compartí muchas horas con el Flaco. Y en estos últimos cinco años, cuando la idea del libro tomó forma, trajiné cuadernos atiborrados de preguntas, acumulé casetes y notas, y con el girar de las palabras, ansiosas o mesuradas, vertiginosas o calmas, según el ritmo conferido por sacapuntas o clavijeros, vi menguar decenas de lápices y consumirse pilas de pilas.

En más de una madrugada tuve el privilegio de escucharlo en la quietud de una cocina aromada de azafrán, de compartir como un regalo sus canciones, algunas, incluso, sin terminar. “Pero mirá adónde va esta melodía”, me comentó una vez, ocupado en descifrar el bosquejo que había delineado en una guitarra eléctrica desenchufada que sonaba a él.1

En aquellos momentos, sus dedos de uñas casi invisibles se tiznaban del rumor de cuerdas nuevas y de especias que se confundían en la mesada donde preparaba platos exóticos. A veces, los golpes de cuchillo se filtraban en el grabador junto a su voz de crispación o remanso, de prolongados silencios, de alegría o sarcasmo.

Las cenas, casi siempre preparadas por el Flaco, eran un recreo antes de seguir trabajando en el libro. Luis Alberto, siempre irónico, especialmente consigo mismo, sabía cómo hacerme reír. Por ejemplo, cantando a capella “Soy un buen beatle”, un tango de su autoría que interpretaba en ese estilo melodramático y absurdo, propio de muchos tangueros. También compartíamos algunas lecturas o escuchábamos música. Recuerdo haberle copiado, además de un disco de él mismo que no tenía, un CD que le gustó mucho. Era Cumbia Jazz Fusion, de Charles Mingus.

En algunas ocasiones lo vi trabajar en el estudio o con su grupo en los ensayos. Allí descubrí al músico preocupado por llevar adelante sus ideas con el entusiasmo de quien, lejos de recostarse en sus logros, prefiere cambiar de piel y adentrarse una vez más en la montaña hasta encontrar el cuarzo fulgurante de las nuevas creaciones.

En nuestros encuentros nocturnos, de largas horas de charla, el Flaco tenía siempre a mano su guitarra acústica, que tocaba distraídamente, hasta que una secuencia de acordes nos traía la brisa de un jardín sin tiempo.

Me llevó muchos años pedirle que cantara una canción. Interrumpir esa hoja de ruta trazada en forma aleatoria según su deseo inmediato. ¿Por qué hay paisajes sonoros, imágenes tan inertes como poderosas que quedan grabadas en nuestra memoria y nos transforman? Un día le pregunté si se acordaba de “Tanino”,2 un tema inédito que siempre recuerdo a pesar de haberlo escuchado sólo dos veces en vivo, hace muchos años.

“Esa no me la voy a olvidar nunca”, me contestó, antes de cantarla sentado al borde de la silla, como hacen los músicos cuando están ensimismados. “‘Tanino’ la escribí en la Navidad del 77, con Dante en la cuna. Recién nos habíamos separado con Invisible”.

No siempre recordaba sus propios temas con tanta precisión. Por momentos olvidaba fragmentos de las letras o algunos acordes, que resolvía enseguida. A veces comenzaba a tocar algún tema de los primeros discos y, sonriendo por mi cara de asombro, me confesaba que hacía unos días lo había “sacado todo”. Hablaba en serio, como si la canción la hubiera escrito otro.

Siempre le quitó solemnidad a su obra, a su trayectoria. “Es que yo no soy un fanático mío”, me decía. Sin embargo, ahí están sus huellas profundas, sus caminos serpenteantes recorriendo territorios tan cercanos como misteriosos; ritos de pasaje sostenidos por el apasionamiento y la creación de una forma propia de belleza que abarca no sólo letras y músicas, sino también la estética sonora con que se presentan.

A veces asocio sus creaciones con determinados cuadros impresionistas: bloques de color bien acentuados, visión poética, tensión y trazos delicados. ¿Servirán las coordenadas geodésicas para mensurar aquello que por sus características únicas resplandece como un “manzano en la nada”?3 ¿Presentirá la ciudad de carbonilla, de avenidas solitarias, la llegada de sus nuevas creaciones?

Sus canciones —no podría haber sido de otra manera— fueron la llave para abrir las ventanas de sus pensamientos, contradicciones y sentimientos expresados entre los claroscuros que toda obra verdadera conlleva.

“Hay días en que tengo el escepticismo de ver quién soy realmente”, me confesó con voz grave aquella madrugada, antes de entusiasmarse como un adolescente tocando nuevas melodías aún sin letras. R

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