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MAS GENTE TOXICA

Bernardo Stamateas  

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Fragmento

Créditos

1.ª edición: diciembre 2014

© Bernardo Stamateas, 2014

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 21705-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-913-8

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Introducción. UNA PERSONALIDAD EQUILIBRADA

1. EL TRIANGULADOR

Recibe antes que nadie historias como ésta

2. EL «FRUSTRADOR»

3. EL NARCISISTA

4. EL PREPOTENTE

5. EL MIEDOSO

6. EL NEGATIVO

7. EL ANSIOSO

8. EL SÁDICO

9. EL OMNIPOTENTE

10. EL OBSESIVO

11. EL PELEÓN

12. EL MASOQUISTA

13. EL EVITADOR

14. EL PARANOICO

15. EL QUE ASFIXIA

16. EL HISTRIÓNICO

17. EL FELPUDO

BIBLIOGRAFÍA

DEL MISMO AUTOR

GENTE TÓXICA

Notas

Dedicatoria

A todas las personas nutritivas que día a día,

con sus palabras, sus acciones y su afecto

acarician y bendicen la vida de los demás.

Agradecimientos

Mi gratitud a Silvana, Verónica, Gabriela y Luz por su inestimable colaboración para hacer realidad este libro.

Introducción. UNA PERSONALIDAD EQUILIBRADA

Introducción

UNA PERSONALIDAD EQUILIBRADA

Todos los seres humanos tenemos rasgos tóxicos, áreas inmaduras. Todos venimos «con defectos de fábrica».

¿Cuál es la diferencia con el tóxico?

Ser tóxico es una forma de vivir, de pensar y de actuar; es una manera de funcionar. Además, mientras todos tratamos de eliminar los rasgos tóxicos que percibimos en nosotros mismos, el tóxico no los reconoce y vive culpando a los demás, robando su energía. Los tóxicos son adictos emocionales que para sentirse bien necesitan hacer sentir mal al otro. Son los que van en dirección contraria por la calle y dicen: «¡Qué mal conducen estos idiotas!»

¿Qué es una personalidad equilibrada?

Imaginemos que la personalidad es una pizza. Cada porción de esta pizza es una manera de reaccionar, de funcionar. Por ejemplo, una porción puede ser la desconfianza; otra, la indiferencia; otra, el histrionismo. Cada una de estas porciones enriquece nuestra personalidad.

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El miedo. ¿Es normal tener miedo? Sí. ¿Es bueno tener miedos? Es útil ante situaciones de peligro y frente a una amenaza. Se trata de una emoción primitiva del cerebro reptiliano que tarda 125 milésimas de segundo en reaccionar. En menos de lo que dura un parpadeo el cuerpo puede reaccionar de dos maneras: activa las piernas para huir o las manos para pelear. Este es el mecanismo del estrés: huir o luchar. Nuestra vida se desequilibra cuando continuamente vivimos con miedo, pensando que absolutamente todo es una amenaza.

El histrionismo. ¿Está bien ser histriónico? Sí, porque el histriónico llama la atención. Por ejemplo, un profesor tiene que ser histriónico, porque si no lo es, no capta la atención de los alumnos, que terminan durmiéndose en la clase. También es bueno tener una personalidad algo histriónica cuando jugamos con nuestros hijos, por ejemplo.

La indiferencia. ¿Está bien tener un rasgo psicopático como la indiferencia? Sí, porque si nos afecta todo lo que ocurre, nos enfermamos. La indiferencia es un mecanismo de defensa sano que todos poseemos y que sirve para protegernos. Por ejemplo: veo la televisión y tomo distancia de las noticias. ¿Por qué? Porque de no hacerlo me enfermo.

Las obsesiones. ¿Es normal ser algo obsesivo? Claro que hay que ser obsesivo. La obsesión nos centra en los detalles, y todos sabemos que en ciertas ocasiones es importante observar los detalles. Por ejemplo, para una persona que se encarga de hacer balances o informes contables es imprescindible tener en cuenta los detalles y ser obsesivo a fin de hacer correctamente su trabajo.

El narcisismo. ¿Está bien ser narcisista? Sí; un poco sí, porque Narciso dice: «Yo puedo alcanzar mi meta»; «Lo voy a lograr»; «Creo en mí»; «Me va a ir bien». Todos necesitamos una buena dosis de esa autoconfianza.

Ahora bien, si todo es normal, ¿dónde está el problema?

Una personalidad sana mantiene los rasgos en equilibrio. El problema se plantea cuando uno de esos rasgos no crece o crece demasiado. Tomemos como ejemplo la obsesión. En este caso el individuo empieza a ver todo sobre un único rasgo que son los detalles. Cuando la persona observa la realidad desde una sola perspectiva, surge la personalidad desequilibrada. Si tenemos dos o más porciones de lo mismo, esa manera de reaccionar se vuelve nuestro «estilo predominante» y no nos permite funcionar de manera equilibrada. El término «tóxico» hace referencia a las conductas, a las emociones y la forma de proceder de uno mismo y de los demás hacia uno. Para contar con una estima sana, todos necesitamos tener una personalidad equilibrada. Ciertos rasgos de nuestra personalidad pueden ser recursos que nos sirven para determinado momento de la vida, pero es importante poder equilibrarlos.

Podemos verlo de manera gráfica:

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Narcisismo sano

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Personalidad narcisista

En el primer gráfico el narcisismo está en parámetros normales. La persona tiene confianza en sí misma, tiene autocrítica y puede reconocer que ella tiene valor y los demás también. En la segunda imagen vemos que el narcisismo ha embriagado, desequilibrado al sujeto. Esto suele sucederles a muchas personas después de ganar dinero u obtener un gran éxito en algún área de su vida. Se vuelven pagados de sí mismos, y tienen el síndrome del «ya lo sé»: piensan que lo saben todo y que son mejores que el resto de los mortales.

Siguiendo con la alegoría de la pizza, si los rasgos de la personalidad fueran porciones, debemos observar qué porción está creciendo en demasía. En algún momento de la vida a todos nos va creciendo algún rasgo al que nos acostumbramos y nos resulta más fácil utilizar, y es precisamente ahí donde tenemos que estar atentos.

Así pues, ¡adelante! ¡Y que disfrutes de la lectura!

1. EL TRIANGULADOR

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EL TRIANGULADOR

Nadie ama al mensajero que trae malas noticias.

SÓFOCLES

1. COMO EL JAMÓN DEL SÁNDWICH

Seguramente en el transcurso de tu vida te habrás encontrado con una persona que se puso en el medio de una relación para bien o para mal, aunque en la mayoría de los casos lo hace para «meter cizaña» entre la gente. Al mismo tiempo es la voz del mensaje de aquel que no se atreve a decir cordialmente lo que quiere expresar o lo que piensa de alguien. ¿Qué significa ser un triangulador? ¿Cómo funciona? ¿Cómo actúa? ¿A qué o a quiénes persigue? Comencemos comprendiendo un poco más a este personaje a través de esta metáfora:

El ariete era un arma de guerra utilizada en la Antigüedad para derribar torres, puertas o murallas fortificadas. Consistía en un tronco grande y pesado con cabeza de metal que varias personas cargaban e impulsaban con ímpetu con el objetivo de derribar un obstáculo. En la actualidad las fuerzas de seguridad utilizan arietes de metal para romper puertas, paredes, etc. El ariete simboliza la manipulación. En términos cotidianos sería como «llenarle la cabeza» a alguien a propósito de un tercero.

Muchas personas funcionan como un ariete, es decir, son usadas por los demás para golpear a otro. Esto puede ocurrir en el ámbito educativo, familiar, laboral e incluso entre amigos. Buscar arietes es una manera de comunicarse en la que un miembro de la familia, por ejemplo, no se comunica directamente con otro miembro de la familia, pero sí lo hace con una tercera persona para que intervenga en un asunto. Analicemos el procedimiento:

Tenemos a las personas A, B y C. A está enfadado con B pero no le dice nada, sino que llama a C y se queja de B. C va a hablar con B.

La triangulación es el acto de contarle a un tercero un mensaje que este debe entregarle a la persona involucrada. Por ejemplo:

Carlos (A) le dice a Estela (B) que Paula (C) lo maltrató. A se lo dice a B para que B se lo diga a C. A usa a B como ariete sin que este se dé cuenta de la maniobra. Ahora tenemos más conflictos que antes: por un lado, A no solucionó su problema con C, y ahora se suma el conflicto de B con C. Todos pierden, porque la situación no se resolvió y, además, ahora hay nuevos enemigos en escena.

Veamos este otro ejemplo:

El empleado A le dice a B que el jefe lo presiona demasiado. B lo vive como una gran injusticia, y al ver la pasividad de A interviene reivindicando los derechos laborales. El jefe no entiende a qué se refiere B, por lo que va a hablar con A y este asegura: «Jefe, ¡yo nunca dije eso!», dejando en mal lugar a B, que quedó envuelto en una batalla en la que no tendría que haberse metido.

El chisme funciona con el principio del ariete, por eso, no creas a Fulanito cuando viene a contarte que Menganito está hablando mal de ti. ¡No creas todo lo que te dicen! El chisme proviene de un tóxico.

Un chisme es como una avispa, si no puedes matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella.

George Bernard Shaw

La manera de evitar la triangulación consiste, en primer lugar, en hablar con la persona con la que tenemos el conflicto, sea cercana o no, y, en segundo lugar, en no decirle nunca a un tercero algo sobre otro. En caso de que hablemos y no resolvamos el problema, necesitaremos buscar ayuda de la persona apropiada.

Entre los miembros de una pareja que se ha separado, es común que los hijos sean utilizados como ariete: «Dile a tu madre que yo digo que...»

La versión más moderna es el «Se busca ariete». En este caso, la persona expone en Facebook o Twitter su malestar para ver quiénes «comentan» o a quiénes «les gusta» su publicación, tomando así partido activo por «el sufriente». Quienes lo hacen, al ponerse del lado de A y experimentar malestar hacia B quedan triangulados. Son una especie de «ariete pasivo», dado que atacan a B escribiendo en las redes sociales.

¿Qué tipos de personas intervienen en una triangulación?

El que no se atreve a afrontar el problema y busca un ariete, esto es, un intermediario. Esta persona necesita un ariete para que vaya a «pegarle» a un tercero. Está buscando ayuda, pero la pide mal. La manera sana de hacerlo es decir: «Tengo un problema. Por favor, échame una mano y habla con él/ella.» Es decir, explicitar que necesita un mediador para que este salga a buscar una solución sin que se produzca ningún tipo de agresión. El que quiere manipular. Aquí la persona busca un efecto directo: se pone en el papel de víctima o utiliza el rol de cuidador: «Ten cuidado con Fulanito que es difícil.» De esta manera, lo que hace es generar dudas. El objetivo es influir sobre el otro.

En ambos casos, el objetivo no es resolver el problema sino golpear, dañar al otro mediante un ariete.

2. MODUS OPERANDI DEL TRIANGULADOR

Los triángulos están destinados al fracaso, porque no ofrecen soluciones, sino que ocultan el verdadero problema. Lo resuelven mediante «puertas derribadas», es decir, mediante el uso de la agresividad. La técnica por excelencia para ponerse en el rol de ariete es ponerse en el lugar de víctima. ¿Por qué? Porque la gente «compra» esa actitud.

La victimización puede adoptar alguna de estas tres formas:

Víctima de sí mismo. Es el caso de las personas que dicen: «No soy capaz», «No sé si podré», «Siempre me va mal». Víctima del otro. En este caso, los argumentos son: «Tú me haces explotar»; «Tú me hiciste daño»; «Mi familia me llevó al sufrimiento». Víctima del mundo. Sus dichos habituales son: «Yo quiero, pero no me dejan»; «El mundo no me ayuda»; «Si el mundo cambiara, yo lo haría».

Lo cierto es que ponerse en el papel de víctima es una actitud de manipulación pasiva hacia otros. Analicemos algunas de sus facetas en detalle:

Culparse por todo

Por ejemplo, la persona dice: «Mis padres se separaron y yo siento que fue por mi culpa.» Al ponerse en el rol de víctima logra que los demás le digan: «¡Pobrecito! ¡No eres el culpable!» Usa el dolor para causar lástima.

Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella.

Facundo Cabral

Las personas que se culpan por todo buscan un castigo para redimirse, pero no cambian su actitud. Los sistemas punitivos están dirigidos a pagar la culpa con sufrimiento, pero no producen una actitud diferente. No se trata de ser culpable. Solo siendo responsables podemos crecer. La responsabilidad es la que nos permite corregir. El castigo nos causa dolor, pero no resolvemos la situación ni modificamos las conductas.

El autorreproche es una conducta infantil que no conduce a nada. Me digo a mí mismo: «¡Qué mal estuve!», pero no cambio. La responsabilidad, sin embargo, también me lleva a pensar: «¡Qué mal estuve!», y a continuación, lo asumo y corrijo mi conducta en el futuro.

Culpar a otro

El lema de estas personas es: «Todos mis problemas vienen de fuera, ¡yo no puedo hacer nada!» Tienen un lenguaje pasivo: «El vaso se rompió» (no lo rompí yo), «la camisa se perdió» (no la perdí yo). Son victimistas, es decir, culpan al otro de su conducta, diciendo, por ejemplo: «Me vas a matar de un disgusto.» O van de compras, nunca compran nada para ellas mismas, y proclaman: «Me privé de todo para darte lo que querías.» Estas personas no asumen su responsabilidad.

Una vez, una joven me contó: «Mis padres me repitieron durante años que por haberme tenido, ellos no habían podido estudiar.» Estos padres culparon a su hija de su incapacidad para estudiar. La persona que acepta este tipo de justificaciones inevitablemente se queda en la posición de víctima, atascada en ese rol, imposibilitada de mirar hacia el futuro.

Otra persona me contó: «Invité a mi padre a mi cumpleaños y en la fiesta tomó vino. Yo no sabía que no podía beber alcohol porque sufría de hipertensión, pero él lo hizo y murió. Eso me hizo sentir terriblemente culpable. Incluso mis propios familiares también me lo hicieron sentir.» El caso es que ella no tenía obligación de saber que su padre no podía tomar alcohol. ¡El que debería haberlo tenido en cuenta era su padre, no ella!

Ponerse en el centro del escenario

Estas personas ocupan el centro del escenario porque desean que todos reparen en su malestar. «Ah... ¡mi problema es mucho más grande que el tuyo!», aseguran. Por ejemplo, la hija le confiesa a su madre que se va a separar de su marido y la mujer le responde: «¡No me hagas esto! ¡Me vas a matar del disgusto!» O el típico caso de la persona que acompaña a un amigo a un velatorio de un ser querido y llora más que el amigo.

El rol de víctima es una posición cómoda que indica que no hay aprendizaje ni cambio de conducta. Al adoptar el papel de víctima la persona busca la «disculpa» del otro, que alguien le diga: «Quédate tranquilo, no fue culpa tuya.» El papel de víctima lo exime de asumir responsabilidades.

Sin embargo, hay dolores que debemos aceptar porque forman parte de nuestra historia. Pero tenemos que vivir «dolores limpios», sin culpa, porque justamente cuando nos sentimos culpables nos ponemos en el rol de víctima. Para cambiar el dolor de víctima y quitarnos la culpa es necesario aceptar que tenemos ese dolor y luego reflexionar: «Muy bien, tengo este dolor, ¿qué hago a partir de ahora?»

Proyectar la actitud propia en otro

Las personas que proyectan su actitud en otros dicen, por ejemplo: «En este lugar a ti no te reconocen»; «¡Qué vida más dura has tenido!»; «¿Quién va a querer casarse contigo?»; o «¡Pobrecito, qué carita de cansado!». En realidad son ellos los que no son reconocidos, nadie los quiere como pareja o están agotados.

Te reprochan: «¡Fue por ti que yo perdí la oportunidad de viajar por el mundo!»; «No volví a tener pareja por cuidarte»; «¡Me sacrifiqué toda la vida para que pudieras comprar eso que tanto querías!».

Si te dijeron cosas por el estilo, ponerte en posición de víctima da fuerzas a quien te manipula. Victimizarte es sentirte impotente. Cuanto más te hagas la víctima, más poder le estarás dando a quien te last ...