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MASCARADA A LA LUZ DE LA LUNA

Jude Deveraux  

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Fragmento

Créditos

Título original: Moonlight Masquerade

Traducción: Francisco Pérez Navarro

1.ª edición: febrero, 2015

© Jude Deveraux, 2013

© Ediciones B, S. A., 2015

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 3537-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-951-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

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Prólogo

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Prólogo

Prólogo

Edilean, Virginia

—¡Dimito! —anunció Heather—. No aguanto más el malhumor de ese hombre.

Estaba en la recepción del consultorio del doctor Reede Aldredge y hablaba con sus otras dos empleadas, Alice y Betsy.

Alice quería jubilarse y estaba desesperada porque Heather, joven, recién casada y recién llegada a Edilean, ocupara su puesto, pero esta tenía problemas para ajustarse a la afilada lengua del doctor Reede. Que Betsy y Alice recurrieran a un supuesto «afán perfeccionista» para disculparlo, no ayudaba.

—Nunca tiene una palabra amable para nadie —argumentaba tozudamente.

—Es su forma de ser. Pero normalmente tiene razón. Hoy mismo lo he saludado con un «Buenos días», y me ha respondido: «¿Cómo voy a saberlo si no he podido salir de la consulta?» Y ayer le dijo a la señora Casein que su único problema era que comía demasiados pastelitos de los que hace su marido.

Betsy y Alice la miraron fijamente sin responder. La primera rondaba los cincuenta años, vivía en Edilean desde los seis y se alegraba de no ser enfermera como Heather. Su trabajo se limitaba a sentarse todo el día frente a la pantalla del ordenador y atender el teléfono, lo que la mantenía casi toda la jornada laboral lejos del doctor Reede.

A Heather no le fue difícil deducir el tipo de mirada que las otras dos mujeres le dirigían.

—Lo sé, lo sé —aceptó—. Eso de los pasteles es verdad. Pero ¿no podría intentar ser un poco más diplomático? ¿Es que ni siquiera ha oído hablar de los buenos modales? La semana pasada Sylvia Garland salió llorando de la consulta. Fue todo, menos simpático.

Las dos mujeres repitieron la misma mirada.

—¡¿Qué pasa?! —preguntó Heather, exasperada.

Se había instalado en Edilean porque su marido trabajaba cerca de allí, y opinaba que una ciudad pequeña era un lugar estupendo para criar a sus futuros hijos. Además, le encantó conseguir un trabajo de enfermera tan cerca de su nueva casa. De eso hacía ya tres semanas, y ahora ya no estaba segura de querer conservar aquel empleo. Se había pasado toda la semana asegurando que iba a dimitir.

Betsy fue la primera en responderle.

—Todos en la ciudad saben que Sylvia Garland no sale con las otras chicas las noches de los martes... todos excepto su marido. Ella prefiere quedarse durmiendo, y el doctor Reede se lo dijo.

—¿Y eso es asunto suyo?

—Las enfermedades contagiosas lo son, supongo —le explicó Alice—. Además, el doctor Reede solía trabajar con gente que tenía problemas graves, como elefantiasis o lepra.

Heather conocía el trabajo desarrollado por el doctor Reede en todo el mundo, pero no le parecía una buena excusa.

—Si cree que las enfermedades de una ciudad pequeña no son dignas de su atención, ¿por qué no se marcha a otra parte?

Las otras dos mujeres volvieron a intercambiar miradas, y finalmente fue Alice la que se decidió a hablar.

—Ya ha intentando que alguno de sus colegas se haga cargo de la consulta.

—Pero, hoy en día, a los médicos solo les importa ganar mucho dinero —añadió Betsy—. Y tampoco quieren vivir en una ciudad pequeña como esta, atendiendo a pacientes que hablan demasiado y a turistas que se quejan de las picaduras de los mosquitos.

—Aunque disfrutó mucho del rescate del mes pasado —dijo Alice—, cuando tuvo que descender por aquel precipicio.

—¡Genial! —exclamó Heather—. ¿Se sentiría más feliz si todo el mundo se despeñara por una montaña?

Por un instante, tanto Alice como Betsy parecieron sopesar la idea. También estaban bastante hartas del sempiterno malhumor del doctor Reede. De hecho, aunque no lo admitiera, esa era la verdadera razón por la que Alice había optado por una jubilación anticipada.

Heather se dejó caer en una silla plegable junto a la fotocopiadora.

—¿Es que no tiene vida personal? ¿Una novia o algo así? Es guapo... o lo sería, si no anduviera siempre con el ceño fruncido. ¿Es que no ha sonreído en toda su vida?

—Antes solía sonreír mucho —reconoció Betsy—. Cuando era pequeño le encantaba venir a visitar al padre de su primo Tristán, que era el médico titular. Reede era un niño adorable y muy seguro de sí mismo. Siempre supo que quería ser médico, pero...

—¿Qué? ¿Qué pasó? —urgió Heather.

—Laura lo dejó y se casó con el pastor baptista —respondió Alice.

—¿Dónde?

—¿Dónde qué? —se extrañó Alice.

—¿Dónde encontró esa tal Laura a un baptista tan interesante como para abandonar a un tío bueno como el doctor Reede? —preguntó Heather.

—¿Te parece que está bueno aunque no sonría nunca? —se interesó Alice.

—Si no lo conociera y me lo cruzara por la calle, pensaría que es atractivo. Pero en cuanto abriera la boca, saldría corriendo. Y no os desviéis del tema, ¿dónde encontró Laura a su pastor?

—Aquí mismo, en Edilean. Vive aquí desde que sus padres se instalaron en los años setenta.

—¡Un momento! —Heather la interrumpió—. ¿No estaréis hablando de Laura Billings, la esposa del pastor baptista de Edilean?

—La misma —admitió Alice.

—Pero si es...

—¿Es qué? —preguntó Alice.

—Un muermo —respondió Heather—. Tiene el aspecto de haber sido siempre la madre de alguien. No me la imagino como «El Gran Amor» de nadie.

—Pues lo fue. Reede y ella fueron inseparables desde séptimo u octavo, y durante toda su época de instituto. Después, él se fue a estudiar a la facultad de Medicina y ella hizo buenas migas con el pastor. —Betsy bajó el tono de voz—. Los rumores dicen que el doctor Reede se deprimió tanto que intentó suicidarse y todo, pero lo salvó la esposa del doctor Tris. Pasó antes de que se casara, cuando ella era todavía una adolescente.

—¡Uauh! —exclamó Heather—. «Drama en una pequeña ciudad.» ¿Estáis sugiriendo que el doctor Reede ha estado de malhumor desde que la señora Billings se lio con otro hombre?

—Más o menos... aunque nunca lo admitirá —reconoció Betsy—. Durante años fue un héroe para todo el mundo.

—Sí, lo sé, todos lo comentan —admitió Heather—. Estuvo en África, en Afganistán y en un montón de países de los que nunca he oído hablar, pero no es excusa para su comportamiento actual.

—Si quieres saber mi opinión —aventuró Alice—, ese chico intentó ir tan rápido que dejó atrás su propio pasado.

—Y ahora está atrapado aquí, en Edilean. —Betsy suspiró.

—Haciendo que todos sepan que no quisiera estarlo —añadió Heather.

—La verdad es que... —Betsy titubeó—, es que hace mucho bien aquí, pero no deja que la gente se entere.

—Ya lo sé —admitió Heather—. Es un buen médico. Eficiente, cuando menos.

—No, es más que eso —insistió Betsy—. Él... mira, deja que te explique algo que pasó hace un par de meses.

Betsy le contó que estaba sentada frente a su mesa, repasando facturas impagadas, cuando el doctor Reede salió de la sala de consulta. Hacía mucho tiempo que había aprendido a no abrir la boca mientras rondara por allí, ya que nunca se sabía cuándo tenía uno de sus «berrinches», como los llamaban Alice y ella. Sus respuestas a un saludo solían variar de un gruñido a un «¿Es que no tiene nada que hacer?».

Ese día, el doctor Reede se quedó de pie, frente a ella, hasta que apartó los ojos de la pantalla del monitor.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó dubitativamente.

—¿Cuándo tiene que volver a visitarse el señor Carlisle?

—Mañana, doctor —respondió ella, tras consultar los horarios.

Dado que el señor Carlisle era un hipocondríaco recalcitrante que buscaba más atención que medicinas, le preguntó si debía cambiar la cita. El doctor Reede dudó.

—¿Y las señoras Springer y Jeffrey?

La señora Springer era una mujer de mediana edad muy agradable, que solía traerles galletas cada vez que acudía a la consulta; mientras que la señora Jeffrey tenía una hija de seis años y ahora estaba embarazada de gemelos.

—El miércoles —informó Betsy—. La señora Springer a las nueve de la mañana, y la señora Jeffrey a las tres de la tarde.

—Cambia todas las citas al viernes —ordenó el doctor Reede—. Carlisle a las diez, Springer a las diez y cuarto y Jeffrey a las diez y media.

—Pero... —empezó Betsy. Sabía que era imposible librarse del señor Carlisle en solo quince minutos, y la visita de la señora Springer era para realizar su revisión anual. Aquello provocaría un atasco, y serían Betsy y Alice quienes tendrían que disculparse ante las visitas posteriores.

—Hazlo —cortó el doctor Reede, antes de volver a la sala de consulta.

—¿Y qué pasó? —se interesó Heather.

—Que todos llegaron a la hora prevista y pasó lo que era predecible —explicó Alice, guiñando un ojo.

—¿Eso qué significa? —preguntó Heather.

—Significa que el señor Carlisle tardó cuarenta y cinco minutos en la consulta y durante ese tiempo...

—Las dos mujeres se ayudaron la una a la otra —terminó Betsy. Las dos habían trabajado tanto tiempo juntas que, muchas veces, una terminaba las frases de la otra—. La señora Springer dejó sus agujas de hacer punto a un lado y se puso a jugar con la hija de la señora Jeffrey.

—Y cuando la joven madre se quedó dormida en su sillón, la señora Springer nos pidió un cojín para que estuviera más cómoda —concluyó Alice.

—Cuando le tocó el turno a la señora Springer, dijo que no le importaba esperar y que podía cuidar a la pequeña mientras el doctor se encargaba de la señora Jeffrey.

—Y desde entonces son buenas amigas —remató Alice—. La señora Springer es la abuela honorífica de sus hijos.

Heather se recostó pensativa en su silla.

—¿Creéis que el doctor Reede lo hizo a propósito?

—Si fuese un incidente aislado, diría que no —confesó Betsy—, pero hubo más.

—¿Por ejemplo? —preguntó Heather.

—Cierta mañana, cuando llegué al trabajo, el doctor Reede estaba usando mi ordenador. Al terminar, sentí curiosidad por lo que estuviera haciendo, así que...

—Fisgoneó un poco —la interrumpió Alice.

—Sí, lo hice. Había estado navegando por Amazon y vi que había hecho un pedido, una novela de Barbara Pym.

—Nunca he oído hablar de ella —reconoció Heather.

—Es una escritora inglesa especializada en novelas románticas —explicó Alice.

—Mmm... Creía que le gustarían las historias de horror. Y cuanto más macabras, mejor —apuntó Heather.

—Bueno, yo sé que suele leerse el New England Journal of Medicine de cabo a rabo —intervino Betsy en defensa del doctor—. En aquel momento pensé que había descubierto uno de sus secretos mejor guardados.

—¡Ni siquiera me lo contó a mí! —exclamó Alice con un palpable tono de reproche en su voz.

Betsy reanudó su relato:

—El paquete llegó dos días después, y le pregunté si quería que lo abriera. Me contestó que no, que lo dejara en su despacho. Tres días más tarde, cuando el señor Tucker salió de la sala de consulta, llevaba el libro de Barbara Pym bajo el brazo. No me habría dado cuenta de no ser porque el doctor le había dado una nota y el pobre Tucker tenía dificultades para entender la letra, así que me pidió ayuda. —Betsy interrumpió aquí su relato.

—¿Qué decía la nota? —la apremió Heather.

—Bueno... el señor Tucker tiene ya setenta años y su familia vive lejos. Su hijo está en Inglaterra, o Suecia... o quizá sea Wyoming, no sé. —Miró a Alice pidiendo ayuda, pero esta se limitó a encogerse de hombros—. Bueno, no importa. El pobre hombre vivía solo y su estado físico se deterioraba rápidamente, cada semana se quejaba de algo distinto.

—Vale, vivía solo. ¿Y? —urgió Heather.

—En la nota que no podía leer estaba escrita la dirección del club de lectura que suele reunirse en el sótano de la iglesia baptista y la fecha de la próxima reunión. No me atreví a decirle al pobre hombre que era un club únicamente femenino.

—Por eso leen autores como Barbara Pym —añadió Alice innecesariamente.

—El señor Tucker llevó el libro al club y...

—No me lo digas —la interrumpió Heather—. Conoció a alguien.

Betsy sonrió.

—A la señora Henries. Tenía sesenta y ocho años, y hacía dos que se había quedado viuda. Sus dos hijos también viven lejos de aquí. El doctor Reede le dijo al señor Tucker que la señora Henries se había olvidado el libro en la consulta y que, por favor, si podía devolvérselo.

—¿Y era el libro que había pedido el doctor Reede a Amazon?

—El mismo. La semana pasada vi al señor Tucker y a la señora Henries sentados en la plaza Mayor, y ambos parecían muy felices... y el señor Tucker no ha vuelto a la consulta desde entonces. Todos sus achaques parecen haber desaparecido.

Heather se quedó pensativa unos segundos.

—El que haya hecho unas cuantas buenas obras no es excusa para su mal comportamiento con casi todos sus pacientes.

—¿Quieres decir que tendría que ser más agradable con las pacientes que acuden a la consulta con problemas imaginarios y siempre terminan invitando a salir al doctor Reede? —preguntó Alice.

—¿O con los hombres que viven de cerveza y alitas de pollo picantes, y que no comprenden por qué se sienten siempre tan agotados? —añadió Betsy.

—¿Y qué me dices de las visitas a domicilio? —insistió Alice—. El doctor Reede aún las hace. Si alguien está realmente enfermo, no le importa. Una vez asistió al parto de una mujer que se encontraba atrapada entre los restos de su coche tras un accidente. Se introdujo a través del destrozado parabrisas trasero, mientras los de Emergencias intentaban arrancar la puerta para sacarla. Se hizo un corte en la pierna lo bastante grave para necesitar varios puntos, pero no se lo dijo a nadie.

—No lo entiendo —dijo Heather, negando con la cabeza—. No dejo de oír hablar de ese tal doctor Tristán y de lo mucho que la gente lo quería. ¿Qué hubiera hecho él en situaciones como esas?

—Lo mismo, pero con una actitud muy distinta —respondió Betsy—. El doctor Tris también se hubiera metido por la luna trasera del coche siniestrado, pero no habría gritado que los de Emergencias no trabajaban lo bastante deprisa.

—Y mientras estuviera ayudando en el parto, habría bromeado y flirteado con la mujer hasta medio enamoriscarla —completó Alice.

—¿Y no habría procurado que la mujer que hacía calceta y la embarazada se hicieran amigas? —preguntó Heather sarcásticamente.

—Es posible, pero lo habría hecho en secreto —afirmó Betsy.

Heather cambió su mirada de una a otra.

—¿No dijo un filósofo algo sobre que las buenas obras es mejor hacerlas de forma anónima?

Alice y Betsy la contemplaron exhibiendo una sonrisa.

—Está bien, quizá no dimita —admitió Heather—. Quizá la próxima vez que sea grosero conmigo intente concentrarme en sus buenas obras. ¡Pero, maldita sea, no será fácil! Si tuviera una novia o algo así, puede que...

—¿Te crees que no lo hemos intentado ya? —la interrumpió Betsy rápidamente—. Le hemos presentado a todas las chicas guapas en cien kilómetros a la redonda. Cuéntale la fiesta que organizamos en tu casa —le pidió a Alice.

—Estuve cocinando tres días e invité a muchas personas. Entre ellas a ocho mujeres solteras, jóvenes y guapas. Betsy y yo confeccionamos la lista: altas, bajas, delgadas, rellenitas...

—Solteras, divorciadas con hijos, incluso una joven viuda —añadió Betsy.

—Betsy y yo nos aseguramos de que el doctor Reede hablara con todas y cada una de ellas, pero no se interesó por ninguna.

—¿Sabéis cómo es su vida sexual? —quiso saber Heather.

—Ni idea —contestó Betsy, envarada.

—Y naturalmente nunca se lo hemos preguntado —añadió Alice, visiblemente incómoda.

—A mí me parece que lo único que haría feliz a Reede Aldredge es marcharse de Edilean —concluyó Heather.

—Sí, esa es nuestra conclusión.

—Quizá podamos convencer a otro médico para que se haga cargo de la consulta —aventuró Heather.

Alice extrajo una voluminosa carpeta de uno de los archivadores.

—Estas son las cartas que enviamos.

—Y las respuestas —añadió Betsy.

Mientras Heather ojeaba unas y otras, fijándose especialmente en las negativas, dijo:

—Tiene que haber una solución. Necesito este trabajo. El sueldo es bueno, y además está el seguro dental y todas las demás ventajas. Solo tengo que descubrir lo que necesita y proporcionárselo.

—Ánimo, inténtalo —la aplaudió Betsy.

—Aceptamos toda clase de sugerencias —añadió Alice.

—Te ayudaremos en lo que sea —sentenció Betsy.

Y las tres asintieron. No lo sabían, pero habían forjado una alianza. Se habían unido en un mismo objetivo: descubrir lo que necesitaba el doctor Reede Aldredge y proporcionárselo.

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Sophie intentaba controlar su rabia, pero no le resultaba fácil. Podía sentirla alzándose en su interior como una oleada de bilis surgida directamente de su estómago. Conducía su viejo coche y se encontraba a unos treinta kilómetros de Edilean, Virginia. El paisaje era precioso, con árboles flanqueando la carretera mientras la luz del atardecer jugaba con sus hojas. Su compañera de cuarto en la universidad, Kim Aldredge, le había hablado de Edilean. Ambas, junto a su tercera compañera de cuarto, Jecca, se habían reído mucho del retrato que les hacía Kim de la pequeña ciudad, un cruce entre el paraíso y... bueno, y el paraíso.

—Todos sus habitantes se conocen —exclamaba Kim, entusiasmada.

Fue Jecca la que le pidió que le explicara mejor ese concepto, y Kim les habló de las siete familias fundadoras, que llegaron a América en el siglo XVIII y fundaron la ciudad.

—¿Y todas siguen viviendo allí? —preguntó Jecca con incredulidad.

—La mayoría de nosotros descendemos de esas siete familias y estamos emparentados unos con otros. Y sí, seguimos viviendo allí —respondió Kim, con una cierta prevención que no se le escapó a Jecca.

También les explicó que en Edilean no solo vivían componentes de las siete familias, sino que también había «otros» a los que llamaban «recién llegados». Aunque se hubieran instalado en el siglo XIX y llevaran más de cien años allí, seguían siendo «recién llegados».

Cuando las discusiones se centraban en las ventajas —o desventajas— de vivir en una pequeña ciudad, Sophie procuraba mantenerse al margen. Disimulaba su silencio llenándose la boca de comida y diciendo que en ese momento no podía hablar, o recordaba de repente que tenía que hacer algo urgente, lo que fuera, con tal de marcharse y no participar en una discusión sobre la madurez y el establecerse lejos del hogar paterno. La verdad es que Sophie se sentía avergonzada ante sus dos compañeras. ¡Kim y Jecca habían tenido una infancia tan normal...! Oh, siempre se quejaban de alguno de sus padres o de sus hermanos, pero habían crecido en un ambiente protegido y lleno de amor. Sophie, no. Su madre había saltado constantemente de un hombre a otro. Y, además, viviendo siempre en una pequeña ciudad tejana dominada por la compañía Treeborne Foods y anclada en la pobreza.

Sophie no estaba segura de cómo había empezado a mentir, pero la primera vez que le preguntaron de dónde era, dio el nombre de otra ciudad tejana famosa por sus clubes de campo y sus campos de golf. La conocía tanta gente que el tema quedaba zanjado, y ella nunca se tomaba la molestia de corregir su mentira.

Jecca y Kim nunca se dieron cuenta porque siempre habían vivido sin problemas ni apenas preocupaciones, algo que Sophie siempre había intentado imaginarse, pero que nunca conseguía. Tenía la impresión de que su vida siempre había sido una huida permanente de muchas cosas o una búsqueda de algo.

Echó un vistazo al enorme sobre que dejara en el asiento del pasajero de su coche, donde destacaba el logotipo de la compañía Treeborne como si fuera un anuncio de neón que se encendiera y se apagase.

El agudo sonido de un claxon la devolvió a la realidad. Su distracción había hecho que el coche se desviara hacia la izquierda e invadiera el carril de los que venían en dirección contraria.

Mientras daba un volantazo para recuperar su carril, vio una desviación pavimentada de grava que desaparecía entre los árboles y la tomó. Rodó por ella unos metros, los suficientes como para que el vehículo quedara oculto para cualquiera que circulase por la carretera y frenó hasta detenerse. Apagó el motor y, por un momento, apoyó la cabeza en el volante, mientras en su mente se agolpaban imágenes de los últimos cinco años.

La muerte de su madre lo cambió todo. Tuvo que rechazar el trabajo que le ofrecieron tras obtener su licenciatura en la universidad, ya que aceptarlo habría significado tener que abandonar su pequeña ciudad natal. Dado que no podía llevarse a su hermana con ella, Sophie declinó amablemente la oferta. ¡Oh, qué noble se sintió ese día! Llamó al hombre maduro que le había pedido que trabajara con él:

—Sé que no te ofrezco gran cosa, pero es un principio —le había dicho él—. Tienes ambición y talento, Sophie, llegarás muy lejos.

Cuando ella le devolvió la llamada, se sentía una santa: se estaba sacrificando por los demás, renunciando a aquello que más ansiaba para ayudar a su dulce, inocente y vulnerable hermana pequeña de doce años. El hombre intentó que cambiara de opinión.

—Eres demasiado joven para hacer eso, Sophie. ¿No puede quedarse tu hermana con otra persona? ¿Una tía, un abuelo, alguien de confianza?

—No tenemos más familia. Además, hay circunstancias extraordinarias. Lisa necesita...

—¿Y qué necesitas tú? —casi había gritado el hombre.

No consiguió disuadirla de dedicar cinco años de su vida a proteger a su hermana. Protegerla, cuidarla y mostrarle cómo es el mundo real. Pero, en algún momento de esos cinco años, Sophie empezó a desear cosas para sí misma, cosas como amor y familia. Al final no había conseguido ni una cosa ni otra.

Sophie salió del coche y echó un vistazo a su alrededor. Podía entrever la autopista a través de los árboles y no había mucho tráfico, solo unas cuantas furgonetas, algunas de ellas transportando pequeñas barcas. Se apoyó en el coche, cerró los ojos y alzó la cara hacia el sol. El ambiente era cálido, pero ya podía sentirse el otoño en el aire. Mucha gente estaría rastrillando hojas para amontonarlas antes de prenderles fuego y empezando a almacenar troncos con los que alimentar las chimeneas. Quizá pensarían ya en Acción de Gracias y en los dulces que repartirían a los niños en la fiesta de Halloween.

¿Pasaría Carter las vacaciones con su prometida? ¿Qué le compraría como regalo de Navidad? ¿Un perfecto brazalete cubierto de pequeños diamantes para su perfecta muñeca de sangre azul? ¿Irían a esquiar?

Sophie volvió a sentir rabia en todo su ser. Carter tenía sus razones, pero... Sophie se tapó la boca con la mano ante la irresistible ansia de gritar. Él le había dicho: «Quiero que sepas que eres el tipo de chica que un hombre...»

¡No! Nunca se permitiría recordar las cosas que le había dicho aquella última noche. Pero lo que más le dolía, más todavía que las propias palabras, era la forma en que lo había dicho. Incluso le sorprendió que ella no supiera lo que iba a ocurrir. Su rostro —que Sophie encontraba adorable— transmitía inocencia, convencido de no ser culpable de nada. Según él, todo era culpa de Sophie por no haberlo comprendido desde el principio.

—Creí que lo sabías —dijo, asombrado—. Lo nuestro era un rollo de verano. Se han escrito cientos de libros sobre los rollos de verano, y este no tiene por qué ser diferente. Lo bueno es que, algún día, miraremos atrás y lo recordaremos con cariño.

Sus palabras parecían tan sinceras, que Sophie empezó a dudar de sí misma. ¿Lo supo pero no quiso admitirlo? Fuera como fuese, se sintió hundida, destrozada. Creía amar realmente a Carter, y que él sentía lo mismo por ella. El chico lograba que se sintiera bien consigo misma: escuchaba las quejas acerca de sus trabajos y lo a menudo que se sentía perdida; después la besaba hasta que ella dejaba de hablar.

Había tardado casi un año tras su licenciatura en darse cuenta de que hacer un paréntesis en su vida para ayudar a su hermana era más fácil decirlo que hacerlo. De ser una risueña estudiante universitaria se había convertido en una pluriempleada, siempre de un lado para otro, siempre ofreciendo una sonrisa a los clientes, a los jefes, a sus compañeros de trabajo, y siempre corriendo de un trabajo a otro: camarera, recepcionista, secretaria a tiempo parcial, vendedora a domicilio. Hizo de todo. Nadie le ofrecía un trabajo fijo porque sabían que, en cuanto Lisa terminara sus estudios, Sophie se marcharía. Y siempre estaba agotada. Lisa hubiera podido ayudarla en casa con la limpieza o la cocina, pero siempre tenía unos deberes u otros. Y, encima, estaba su padrastro, Arnie, un borracho, siempre cerca, siempre al acecho, siempre vigilante como si estuviera ansioso por escapar de los vigilantes ojos de Sophie. Ella hubiera querido llevarse a Lisa lejos de aquella pequeña ciudad, pero Arnie tenía la guardia y custodia de su hermana pequeña, así que estaba obligada a quedarse.

En cuanto Sophie volvió de la universidad, Arnie adujo que se había lesionado la espalda y dejó su trabajo de transportista para la Treeborne Foods, lo que significó que el peso de la responsabilidad financiera de la casa recayó sobre las espaldas de Sophie. Ella recurrió a un abogado para conseguir la custodia legal de su hermana, pero este le advirtió que aquello podría convertirse en una batalla legal cuyos costes no podía permitirse. Arnie no tenía antecedentes penales y argumentaba que volvería a trabajar en cuanto su espalda se curase. Además, estaba el hecho de que había obtenido la guardia y custodia gracias al testamento de su madre, y el matrimonio fue legal. Sophie solo podía esperar a que Lisa alcanzase la mayoría de edad.

Con todo esto, la vida de Sophie desde su salida de la universidad consistió en un estrés infinito hasta que Carter entró en ella. Durante algunos años su vida se había centrado en Lisa, pero en un momento dado esta consiguió un trabajo a tiempo parcial, lo que le restó presión. Por primera vez en años tenía algo de tiempo para sí misma, y fue entonces cuando conoció a Carter. Él hizo que comprendiera que sí, que quería dedicarse a algo que tuviera que ver con la creatividad, pero que también quería fundar una familia. Primero, la familia; segundo, el arte.

Se alejó un poco del coche y estudió la zona boscosa que la rodeaba. Le gustaba pensar que había dejado atrás todo aquello. Hacía dos días que había acompañado a Lisa hasta la universidad estatal, sintiéndose contenta de tener suficiente dinero en el banco para cubrir todo su primer año de estudios. Intercambiaron abrazos, adioses y montones de lágrimas y Lisa no dejó de darle las gracias en ningún momento. Sophie quería a su hermana y sabía que la echaría mucho de menos, pero no podía evitar la sensación de que por fin era libre para recuperar su vida. Una vida centrada en Carter Treeborne, el hombre que amaba.

Mientras conducía 350 kilómetros de vuelta a la casa de su padrastro, sentía un júbilo exultante mayor del que sintiera en toda su vida. Volvería a su arte, lo que había estudiado en la universidad, y Carter y ella pasarían la vida juntos. Al principio, que él fuera un Treeborne provocaría algunos problemas, pero ella sabría solucionarlos. Había coincidido algunas veces con el padre de Carter, y siempre había escuchado con atención todo lo que ella decía. Parecía un hombre muy agradable, nada intimidatorio como solía decir toda la ciudad. Pero, claro, toda la ciudad trabajaba en la enorme fábrica Treeborne, y era lógico que se sintieran intimidados por él.

Sophie no podía evitar compararlo con su alcohólico y perezoso padrastro, el hombre del que tenía que proteger a Lisa. La noche en que regresó tras dejar a su hermana en la universidad, en cuanto entró en la casa —la que su madre había comprado y cuya hipoteca pagaba ella desde que su madre murió— lo primero que le dijo fue qué pensaba preparar de cena. Con una sonrisa, Sophie le contestó que podía cenar todo lo que fuera capaz de preparar él mismo.

Diez minutos después estaba en casa de Carter. Tras hacer el amor, él la informó de que la próxima primavera iba a casarse con otra mujer, que lo suyo con Sophie solo había sido un rollo de verano.

Hay veces en la vida en que las emociones anulan la capacidad de pensar, de razonar. Carter se aprovechó del estado aturdido de Sophie para alargarle su ropa y pedirle que se vistiera. Antes de que Sophie pudiera reaccionar, se encontró en la puerta delantera de la casa. Carter le dio un casto beso en la frente y le cerró la puerta en sus mismas narices.

Ella se quedó allí, inmóvil, diez minutos, quizás una hora, no lo sabía. No podía conseguir centrar sus ojos ni su mente. En algún momento decidió que Carter le estaba gastando una broma, una especie de Día de los Inocentes anticipado.

Abrió la puerta de la enorme mansión y entró. El enorme vestíbulo, con su doble y curvada escalera al fondo, se alzaba ante ella silencioso, incluso amenazante.

Tranquila, lentamente, pero con el corazón en la garganta, subió la alfombrada escalera. Seguro que había malinterpretado las palabras de Carter. Se detuvo frente a su dormitorio y miró por la puerta abierta. Él estaba sentado en la cama, de espaldas a ella, hablando por teléfono. El tono de su voz, cálido y seductor, era el mismo que ella oyera tantas y tantas veces. Pero, esta vez, la destinataria de sus palabras era una tal Traci.

Sophie solo reaccionó al oír una voz procedente del piso inferior. Se dio cuenta de que había entrado a hurtadillas en la mansión, hogar de la familia más rica de la ciudad, y que la persona que estaba subiendo las escaleras era el señor Treeborne en persona.

Sophie solo tuvo tiempo de ocultarse tras la puerta abierta del dormitorio de Carter, rezando para no ser descubierta.

El señor Treeborne se detuvo en el umbral, y su profunda y poderosa voz —la que sus miles de empleados en Treeborne Foods conocían demasiado bien— resonó en el cuarto.

—¿Te has librado de esa palurda?

—Sí, papá, ya lo he hecho —contestó Carter. Y Sophie no detectó un solo átomo de remordimiento en su voz.

—¡Bien! —aprobó el señor Treeborne—. Es una preciosidad, pero no me gustaría que me relacionasen con su familia. Tenemos una reputación que mantener, nosotros...

—Ya lo sé, ya lo sé —cortó Carter, aburrido—. Me lo has estado diciendo desde el día en que nací. Estoy hablando con Traci, ¿te importa?

—Que salude a su padre de mi parte —añadió el señor Treeborne, antes de dirigirse a las escaleras.

Sophie casi se desmayó cuando Carter cerró la puerta de su dormitorio, exponiéndola ante cualquiera que estuviera en las escaleras o en el vestíbulo. Su primera reacción fue salir corriendo de la casa lo más rápidamente posible, y ya iba a dar el primer paso cuando se detuvo. De repente, supo lo que tenía que hacer. Dio media vuelta y cruzó confiadamente el corredor, dejando atrás el dormitorio de Carter, en dirección al despacho de su padre. La puerta estaba abierta; el cuarto, vacío, y allí estaba, sobre la enorme mesa de roble. El libro de cocina. Dos horas antes, Carter lo había sacado de la caja fuerte del despacho.

El libro de recetas de los Treeborne era legendario en la ciudad y aparecía en todos los anuncios de la compañía.

Se decía que toda la línea de alimentos congelados estaba basada en las recetas familiares secretas de la abuela del señor Treeborne. Un estilizado retrato de la anciana adornaba todos los paquetes. Su rostro y el logotipo de los Treeborne eran familiares a todos los norteamericanos.

Cuando Sophie llegó esa noche a casa de los Treeborne, habló tanto y con tanto entusiasmo de sus planes de futuro —y todos ellos incluían a Carter, naturalmente—, que no se mostró muy receptiva ante sus artes amatorias. Él se sintió frustrado al cabo de unos minutos, en especial porque sabía que aquella iba a ser su última noche juntos.

Al final, intentando atraer su atención, dijo que iba a enseñarle el libro.

Ella supo exactamente de qué estaba hablando, y la idea de que fuera a enseñárselo la sumió en un sorprendido silencio. Toda la ciudad sabía que solo los que llevaban el apellido Treeborne —por nacimiento o por matrimonio— habían visto aquel libro de recetas. ¡Y Carter iba a enseñárselo a ella!

La idea de que le concediera tal honor borró de su mente todo lo demás. Carter la cogió de la mano y la condujo hasta el despacho de su padre forrado en madera, descolgó un cuadro dejando al ...