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ME LLAMAN ARTEMIO FURIA

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Cubierta Portada Índice Dedicatoria Epígrafe Prólogo. Memorias de una infancia robada. Sureste de Córdoba, junio de 1790 Primera parte. El presente. Irlanda, enero de 1820 I. Carta de Sudamérica II. La cena de compromiso III. Revelaciones en la madrugada Segunda parte. El pasado. Buenos Aires, enero de 1810 IV. Rafaela de las flores V. El señor Furia VI. Confesiones en una libreta VII. El registro de donaciones VIII. El descubrimiento IX. La muchacha de los ojos verdes X. La madre virgen XI. La libertad XII. Déjala ir XIII. Venus y Mercurio XIV. Periódicos ingleses XV. Una cáscara vacía XVI. Son éstos tiempos radicales XVII. Una jornada memorable XVIII. La venganza es un plato que se come frío XIX. Al pie del altar XX. Pichín-Ülleún XXI. El juramento XXII. Suspicacias y sentimientos XXIII. Misia Eduarda XXIV. El Emperador del Río de la Plata XXV. La Junta Grande XXVI. El refugio XXVII. Por la muerte de dos XXVIII. Los sueños no bastan XXIX. Flores en el camino Tercera parte. La esperanza. Buenos Aires, mayo de 1820 XXX. Océanos de tiempo XXXI. Córdoba de la Nueva Andalucía XXXII Catalina de la botica XXXIII. El poder del amor XXXIV Dark Boys Epílogo. Irlanda. Verano de 1826 Agradecimientos Sobre la autora Otros títulos de la autora Créditos Grupo Santillana

A mis Cuatro Fantásticos: la Virgen María, Santa Teresita de Lisieux, San Judas Tadeo y San Expedito. Gracias por estar, siempre.

A la memoria de Sebastián Eder, en cuyo honor nombré al protagonista de esta historia. Sebastián, me dicen que pasaste por este mundo dejando una estela de luz en tu camino. Aquí nadie te ha olvidado, por el contrario, no pasa un día en que tus padres y tus hermanos no te recuerden. Doy fe de eso.

A mi dulce Tomás, por supuesto.

Cuando vuelva a pasar a tu lado,

querré que sea tan cerca

que casi te roce,

que sea tan cerca

que sienta el perfume de tu piel dorada,

no el de fragancias enfrascadas,

el perfume de tu piel, el que quedara impregnado

si yo jugara en tu espalda

a los cien besos del amor.

Cuando vuelva a pasar a tu lado,

querré que ese instante

se detenga en el tiempo,

que ese instante

perdure en mi ser,

saberme cubierto de glorias eternas:

del susurro de tu voz, del roce de tus manos,

de tus besos empapados de brisas matutinas,

de tu ardiente sexo candoroso entre mis labios,

¡ah…, si yo pudiera eternizar el momento!,

lo haría con un encanto suave…

como los pétalos frágiles del jazmín,

como el vuelo rasante de la gaviota sobre el mar,

como la suavidad de tu piel, deslizándose en mis manos…

MARCELO DI MASI

MEMORIAS DE UNA INFANCIA ROBADA
A diecisiete leguas al sureste de la ciudad de Córdoba, en las cercanías del río Ctalamochita, 6 de junio de 1790.

El padre Ciriaco Aparicio se acuclilló junto a los tres cuerpos. Un hombre, una mujer y un niño. Los tres muertos a juzgar por los semblantes de labios azulados y la expresión inerte de sus facciones. Giró apenas la cabeza hacia la propiedad en ruinas, cuyas paredes despedían humo. Calculó que los cuerpos se hallaban a unas diez varas, y se preguntó cómo habrían terminado allí.

De nuevo centró la mirada en los cadáveres. No eran nativos; lo dedujo por el color de sus cabellos, de un rojo muy peculiar el de la mujer y de un rubio casi blanquecino el del hombre y el del niño. “De seguro”, caviló, “son sajones”.

Superada la primera impresión, notó que, en realidad, al niño casi no le veía el rostro dada su posición, abrazado al pecho del hombre, la cabeza calzada bajo su mentón y las piernas recogidas. Lo movió con delicadeza. Tenía la mejilla izquierda manchada con sangre seca, y le bastaron pocos segundos para descubrir que la sangre no pertenecía a la criatura sino que provenía del cuello del hombre, de un corte profundo en la garganta.

—Lo degollaron —murmuró, todavía incrédulo.

El niño no presentaba heridas visibles. La mujer, sí. La habían acuchillado en el vientre. “Debió de ser una hermosa mujer”, pensó, y estiró la mano para acariciar la exuberancia de su cabello, de una tonalidad que él nunca había visto, cobriza con destellos de oro.

—Fueron los indios —decidió, y agitó la cabeza en señal de desaliento.

Él los conocía bien, sabía de sus tropelías y malones. De tanto en tanto, robaban el ganado e incendiaban las estancias. Aunque un pensamiento lo llevó a dudar: jamás habrían asesinado a una mujer tan hermosa; se la habrían llevado para amancebarla. Los pampas, los ranculches en particular, enloquecían a la vista de la carne blanca de las huincas, como llamaban a las cristianas. Esa mujer habría despertado la concupiscencia del cacique al mando del ataque.

Sumergido en dudas y en pesar, el padre Ciriaco se incorporó con las piernas doloridas y volvió a estudiar el paraje, de árboles bajos y pastos resecos debido a la estación del año. A cincuenta o sesenta yardas de la casa en ruinas, en dirección al río, había un potrero de palo a pique vacío, con la tranquera abierta. Se habían robado los animales; vacas, quizás, o caballos; mulas, tal vez; esa región de la intendencia de Córdoba del Tucumán, cuyas adyacencias al río ofrecían pasturas ideales para la invernada de estos animales, proveía a las minas de oro y plata del Perú y del Potosí de su principal bestia de carga. Una mula mansa costaba más que un caballo.

El sacerdote se dijo: “Debo dar cristiana sepultura a estos desdichados”, y, mientras analizaba cómo cavar tres fosas cuando no contaba siquiera con una laya, tuvo la impresión de escuchar un gemido. Se volvió de modo brusco, convencido de que el viento, que se le enredaba en las orejas, lo había engañado. El niño se movía sobre el pecho del hombre y emitía cortos quejidos, casi sin aliento.

—¡Criatura del cielo! —Se arrojó junto a él para tomarlo entre sus brazos, perturbado ante la idea de que lo habría enterrado vivo—. ¡Despierta, criatura! ¡Despierta! ¡Abre los ojos!

Se quitó el poncho de lana y lo envolvió; estaba helado. Lo mantuvo apretado para transmitirle calor y lo sacudió con movimientos bruscos, como si acunara a un bebé con impaciencia. El niño no había vuelto a quejarse ni a moverse. Ciriaco aguardaba con ansiedad una reacción. Corrió hasta donde pacía su burro y, a manotazos, sacó la bota de cuero con vino mistela. Quitó el tapón con los dientes y vertió unas gotas entre los labios del niño, que se agitó apenas y abrió los ojos.

—¡Bendito sea el Señor! —y, a pesar de lo trágico de la circunstancia, no pudo evitar admirar el celeste de esos ojos. “No, celestes no”, pensó. “Son como el cerúleo, como el cielo azul celeste de Buenos Aires.”

Ciriaco le dio más sorbos de mistela, que el pequeño aceptó por su sabor dulce. Necesitaba entrar en calor. Había comenzado a castañetear los dientes, y el cuerpo se le convulsionaba.

—Sulpicio, ¡échate! —le ordenó al burro—. Vamos, que te eches te digo.

Sulpicio se echó, y, al dar contra el suelo, las alforjas emitieron un sonido a utensilios de lata que entrechocan. Acomodó al niño cerca del vientre lanudo del burro y volvió a cubrirlo con el poncho.

—Regresaré en un momento. No te muevas de aquí.

Decidió hacer una fogata, seguro de que si el pequeño no se acercaba a una fuente de calor moriría de frío. Al regresar, soltó la leña y un improperio: el niño no se hallaba junto al burro. Miró en dirección a los cadáveres y allí lo vio; se había arrastrado, abandonando el poncho a mitad camino sobre la grama.

—Màthair! Athair! —lo escuchó sollozar, y se le anudó la garganta al percibir la amargura de esa voz dulce.

No comprendía en qué lengua se expresaba. Balbuceaba en su debilidad, y Ciriaco apenas distinguía los Màthair y Athair en los que el pequeño insistía con particular aflicción. Se arrodilló junto a él, con lágrimas en los ojos, y lo apartó de los cadáveres.

—Ya, pequeño, ya —intentó calmarlo con voz quebrada, mientras le sujetaba la cabeza y lo escuchaba llorar. “Éstos deben de haber sido sus padres”, dedujo—. Ya, pequeño, no llores. Tus padres se han ido, pero ahora me tienes a mí. Yo te cuidaré.

Horas más tarde, Ciriaco se enjugaba el sudor y contemplaba los montículos que formaban las dos tumbas. Había susurrado un corto responso y cubierto los cuerpos con apuro, antes de que el niño despertara. No había resultado fácil cavar con una azada de mango prácticamente consumido por el fuego; no obstante, agradecía al cielo el hallazgo entre las ruinas de la casa. Debió de haberse tratado de una gran propiedad, inusual en esos parajes dejados de la mano de Dios. En ese momento, en el que sus paredes comenzaban a enfriarse, presentaba un espectáculo sórdido, que ahondaba la soledad del entorno.

El niño seguía dormido en la misma posición, al socaire del viento, protegido por el calor de Sulpicio y del fuego. Tomó el jarro y bebió un sorbo de yerbeado sin apartar la mirada de la criatura.

—¿Cómo te llamas? —susurró.

No había conseguido arrancarle una palabra. Después de calmarlo, trató de sonsacarle los detalles de la tragedia hasta caer en la cuenta de que apenas entendía el castellano. Se preguntó qué edad tendría, si contaría con familiares, si habría presenciado la masacre. Este pensamiento lo inquietaba. Él conocía a una niña que, después de ver morir a su padre a manos de unos maleantes, no recuperó el habla ni la sonrisa. “¿Qué debo hacer? Señor, ilumíname con tu Espíritu”, suplicó, apretando la cruz del rosario. Debía dar parte a las autoridades. Como el fuerte más cercano se encontraba a varios días de viaje y en una dirección distinta de la que él seguía, denunciaría el crimen en su camino de regreso a Buenos Aires, una vez que hubiese visitado las tolderías del cacique ranquel Calelián, donde se dedicaría a averiguar si los indios tenían que ver con el asalto.

Levantó la mirada. El niño lo observaba desde su improvisado lecho junto a Sulpicio. Le sonrió, sin arrancar ninguna emoción a ese rostro de lineamientos angelicales. Lo contemplaba con recelo, como si estuviera aquilatándolo.

—Yo me llamo Ciriaco. Y tú, ¿no me dirás tu nombre? —Ante el silencio, repitió la pregunta, silabeando. El mutismo continuó—. Ven —dijo—, quiero mostrarte algo. ¿Tienes fuerza para caminar? ¿Sí? Bien.

Caminaron las varas que los separaban de los montículos.

—Aquí yacen tus padres.

—Màthair. Athair —lo escuchó susurrar.

—Quiero que te despidas de ellos ya que al alba dejaremos este lugar. Debes desearles que estén en la gloria del Señor, rezarás por ello, y les prometerás que serás muy buen cristiano. ¿Quieres que te deje a solas?

Como respuesta, el niño le apretó la mano. Se empecinaba en mantener la vista en el suelo. Su cuerpo, rígido, se estremecía al intentar sofocar el llanto; las lágrimas caían y regaban la tumba de sus padres.

—Pater Noster, qui es in caelis —empezó a rezar Ciriaco—, sanctificétur nomen Tuum. Adveniat Regnum Tuum…

—Fiat volúntas tua —se le unió el niño—, sicut in caelo et in terra…

Lo dejó acabar el padrenuestro en latín, admirado de su pronunciación y de la seguridad con que lo recitaba. Así que había recibido educación y era cristiano, pensó. ¿Se trataría de un hereje, como la mayoría de los sajones, o de un católico? Rezó el avemaría, y el niño lo siguió; lo mismo ocurrió con el Gloria. Terminadas las oraciones, permanecieron callados, conmovidos y tristes. Lo golpeó la intensidad de la pena de esa criatura; resultaba tan evidente y tangible que lo alcanzaba, lo envolvía y lo

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