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ME LLAMAN ARTEMIO FURIA

Florencia Bonelli

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Fragmento

MEMORIAS DE UNA INFANCIA ROBADA
A diecisiete leguas al sureste de la ciudad de Córdoba, en las cercanías del río Ctalamochita, 6 de junio de 1790.

El padre Ciriaco Aparicio se acuclilló junto a los tres cuerpos. Un hombre, una mujer y un niño. Los tres muertos a juzgar por los semblantes de labios azulados y la expresión inerte de sus facciones. Giró apenas la cabeza hacia la propiedad en ruinas, cuyas paredes despedían humo. Calculó que los cuerpos se hallaban a unas diez varas, y se preguntó cómo habrían terminado allí.

De nuevo centró la mirada en los cadáveres. No eran nativos; lo dedujo por el color de sus cabellos, de un rojo muy peculiar el de la mujer y de un rubio casi blanquecino el del hombre y el del niño. “De seguro”, caviló, “son sajones”.

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Superada la primera impresión, notó que, en realidad, al niño casi no le veía el rostro dada su posición, abrazado al pecho del hombre, la cabeza calzada bajo su mentón y las piernas recogidas. Lo movió con delicadeza. Tenía la mejilla izquierda manchada con sangre seca, y le bastaron pocos segundos para descubrir que la sangre no pertenecía a la criatura sino que provenía del cuello del hombre, de un corte profundo en la garganta.

—Lo degollaron —murmuró, todavía incrédulo.

El niño no presentaba heridas visibles. La mujer, sí. La habían acuchillado en el vientre. “Debió de ser una hermosa mujer”, pensó, y estiró la mano para acariciar la exuberancia de su cabello, de una tonalidad que él nunca había visto, cobriza con destellos de oro.

—Fueron los indios —decidió, y agitó la cabeza en señal de desaliento.

Él los conocía bien, sabía de sus tropelías y malones. De tanto en tanto, robaban el ganado e incendiaban las estancias. Aunque un pensamiento lo llevó a dudar: jamás habrían asesinado a una mujer tan hermosa; se la habrían llevado para amancebarla. Los pampas, los ranculches en particular, enloquecían a la vista de la carne blanca de las huincas, como llamaban a las cristianas. Esa mujer habría despertado la concupiscencia del cacique al mando del ataque.

Sumergido en dudas y en pesar, el padre Ciriaco se incorporó con las piernas doloridas y volvió a estudiar el paraje, de árboles bajos y pastos resecos debido a la estación del año. A cincuenta o sesenta yardas de la casa en ruinas, en dirección al río, había un potrero de palo a pique vacío, con la tranquera abierta. Se habían robado los animales; vacas, quizás, o caballos; mulas, tal vez; esa región de la intendencia de Córdoba del Tucumán, cuyas adyacencias al río ofrecían pasturas ideales para la invernada de estos animales, proveía a las minas de oro y plata del Perú y del Potosí de su principal bestia de carga. Una mula mansa costaba más que un caballo.

El sacerdote se dijo: “Debo dar cristiana sepultura a estos desdichados”, y, mientras analizaba cómo cavar tres fosas cuando no contaba siquiera con una laya, tuvo la impresión de escuchar un gemido. Se volvió de modo brusco, convencido de que el viento, que se le enredaba en las orejas, lo había engañado. El niño se movía sobre el pecho del hombre y emitía cortos quejidos, casi sin aliento.

—¡Criatura del cielo! —Se arrojó junto a él para tomarlo entre sus brazos, perturbado ante la idea de que lo habría enterrado vivo—. ¡Despierta, criatura! ¡Despierta! ¡Abre los ojos!

Se quitó el poncho de lana y lo envolvió; estaba helado. Lo mantuvo apretado para transmitirle calor y lo sacudió con movimientos bruscos, como si acunara a un bebé con impaciencia. El niño no había vuelto a quejarse ni a moverse. Ciriaco aguardaba con ansiedad una reacción. Corrió hasta donde pacía su burro y, a manotazos, sacó la bota de cuero con vino mistela. Quitó el tapón con los dientes y vertió unas gotas entre los labios del niño, que se agitó apenas y abrió los ojos.

—¡Bendito sea el Señor! —y, a pesar de lo trágico de la circunstancia, no pudo evitar admirar el celeste de esos ojos. “No, celestes no”, pensó. “Son como el cerúleo, como el cielo azul celeste de Buenos Aires.”

Ciriaco le dio más sorbos de mistela, que el pequeño aceptó por su sabor dulce. Necesitaba entrar en calor. Había comenzado a castañetear los dientes, y el cuerpo se le convulsionaba.

—Sulpicio, ¡échate! —le ordenó al burro—. Vamos, que te eches te digo.

Sulpicio se echó, y, al dar contra el suelo, las alforjas emitieron un sonido a utensilios de lata que entrechocan. Acomodó al niño cerca del vientre lanudo del burro y volvió a cubrirlo con el poncho.

—Regresaré en un momento. No te muevas de aquí.

Decidió hacer una fogata, seguro de que si el pequeño no se acercaba a una fuente de calor moriría de frío. Al regresar, soltó la leña y un improperio: el niño no se hallaba junto al burro. Miró en dirección a los cadáveres y allí lo vio; se había arrastrado, abandonando el poncho a mitad camino sobre la grama.

—Màthair! Athair! —lo escuchó sollozar, y se le anudó la garganta al percibir la amargura de esa voz dulce.

No comprendía en qué lengua se expresaba. Balbuceaba en su debilidad, y Ciriaco apenas distinguía los Màthair y Athair en los que el pequeño insistía con particular aflicción. Se arrodilló junto a él, con lágrimas en los ojos, y lo apartó de los cadáveres.

—Ya, pequeño, ya —intentó calmarlo con voz quebrada, mientras le sujetaba la cabeza y lo escuchaba llorar. “Éstos deben de haber sido sus padres”, dedujo—. Ya, pequeño, no llores. Tus padres se han ido, pero ahora me tienes a mí. Yo te cuidaré.

Horas más tarde, Ciriaco se enjugaba el sudor y contemplaba los montículos que formaban las dos tumbas. Había susurrado un corto responso y cubierto los cuerpos con apuro, antes de que el niño despertara. No había resultado fácil cavar con una azada de mango prácticamente consumido por el fuego; no obstante, agradecía al cielo el hallazgo entre las ruinas de la casa. Debió de haberse tratado de una gran propiedad, inusual en esos parajes dejados de la mano de Dios. En ese momento, en el que sus paredes comenzaban a enfriarse, presentaba un espectáculo sórdido, que ahondaba la soledad del entorno.

El niño seguía dormido en la misma posición, al socaire del viento, protegido por el calor de Sulpicio y del fuego. Tomó el jarro y bebió un sorbo de yerbeado sin apartar la mirada de la criatura.

—¿Cómo te llamas? —susurró.

No había conseguido arrancarle una palabra. Después de calmarlo, trató de sonsacarle los detalles de la tragedia hasta caer en la cuenta de que apenas entendía el castellano. Se preguntó qué edad tendría, si contaría con familiares, si habría presenciado la masacre. Este pensamiento lo inquietaba. Él conocía a una niña que, después de ver morir a su padre a manos de unos maleantes, no recuperó el habla ni la sonrisa. “¿Qué debo hacer? Señor, ilumíname con tu Espíritu”, suplicó, apretando la cruz del rosario. Debía dar parte a las autoridades. Como el fuerte más cercano se encontraba a varios días de viaje y en una dirección distinta de la que él seguía, denunciaría el crimen en su camino de regreso a Buenos Aires, una vez que hubiese visitado las tolderías del cacique ranquel Calelián, donde se dedicaría a averiguar si los indios tenían que ver con el asalto.

Levantó la mirada. El niño lo observaba desde su improvisado lecho junto a Sulpicio. Le sonrió, sin arrancar ninguna emoción a ese rostro de lineamientos angelicales. Lo contemplaba con recelo, como si estuviera aquilatándolo.

—Yo me llamo Ciriaco. Y tú, ¿no me dirás tu nombre? —Ante el silencio, repitió la pregunta, silabeando. El mutismo continuó—. Ven —dijo—, quiero mostrarte algo. ¿Tienes fuerza para caminar? ¿Sí? Bien.

Caminaron las varas que los separaban de los montículos.

—Aquí yacen tus padres.

—Màthair. Athair —lo escuchó susurrar.

—Quiero que te despidas de ellos ya que al alba dejaremos este lugar. Debes desearles que estén en la gloria del Señor, rezarás por ello, y les prometerás que serás muy buen cristiano. ¿Quieres que te deje a solas?

Como respuesta, el niño le apretó la mano. Se empecinaba en mantener la vista en el suelo. Su cuerpo, rígido, se estremecía al intentar sofocar el llanto; las lágrimas caían y regaban la tumba de sus padres.

—Pater Noster, qui es in caelis —empezó a rezar Ciriaco—, sanctificétur nomen Tuum. Adveniat Regnum Tuum…

—Fiat volúntas tua —se le unió el niño—, sicut in caelo et in terra…

Lo dejó acabar el padrenuestro en latín, admirado de su pronunciación y de la seguridad con que lo recitaba. Así que había recibido educación y era cristiano, pensó. ¿Se trataría de un hereje, como la mayoría de los sajones, o de un católico? Rezó el avemaría, y el niño lo siguió; lo mismo ocurrió con el Gloria. Terminadas las oraciones, permanecieron callados, conmovidos y tristes. Lo golpeó la intensidad de la pena de esa criatura; resultaba tan evidente y tangible que lo alcanzaba, lo envolvía y lo sumía en una profunda depresión. “No es justo que padezca horror semejante”, se quejó, abrumado por otros pensamientos en los cuales Dios y su misericordia sonaban a conceptos vacíos.

Ciriaco se acuclilló frente al pequeño y lo tomó por los hombros para obligarlo a girarse y enfrentarlo. Se contemplaron, mientras las lágrimas les bañaban las mejillas, las tersas y rosadas del niño, las curtidas y barbudas del sacerdote. Ciriaco lo abrazó, aplastándolo contra su pecho, sintiendo cómo ese cuerpito se sacudía a causa del llanto. Lo separó de pronto y se arrancó el fular para secarle los ojos y sonarle la nariz.

—Toma —le dijo, mientras hurgaba en el bolsillo de la sotana.

Abrió el puño y le entregó las pertenencias de sus padres, dos anillos y un reloj de leontina.

—Mira, he puesto los anillos en un tiento para que puedas llevarlos al cuello, así no los pierdes. —Le pasó el cordón por la cabeza—. En cuanto al reloj, ¿quieres llevarlo contigo o prefieres que yo te lo guarde?

El niño estudió por un buen rato el reloj que le ocupaba la palma de la mano; no necesitaba levantar la tapa de oro para recordar la frase en su interior. To my beloved son Horatio. Lo aferró por la cadena y se lo devolvió al sacerdote. Regresaron donde Sulpicio, y, en tanto Ciriaco alimentaba el fuego, inquirió como al pasar:

—¿Tú arrastraste a tus padres fuera de la casa?

Con un ceño, le dio a entender que no comprendía. Reiteró la pregunta, usando otras palabras, silabeándolas.

—Sí —respondió el niño.

A pesar de la sorpresa —se trataba de la primera palabra en castellano que pronunciaba—, Ciriaco continuó con naturalidad:

—Eres muy fuerte. —El pequeño no mostró interés en la lisonja o no la comprendió—. ¿Cuál es tu lengua? ¿En qué idioma hablas?

—En el de Màthair.

—¿Màthair, tu madre? —El niño asintió—. ¿Y con tu padre? ¿Con él hablabas en el idioma de Màthair? —Negó con la cabeza—. Con él hablabas en castellano —dedujo, y obtuvo una nueva negativa.

—Athair enseña a mí español. Con Athair hablo como Athair.

Ciriaco improvisó una comida que sabía muy bien. El niño, sin embargo, apenas la probó.

—Mira lo que tengo —dijo el sacerdote, y le pasó un cuadrado de torta hecha con harina de patay—. Es para un amigo, pero de seguro a él no le molestará si te convido un poco. Vamos, dale un bocado. Es dulce como la miel.

Le gustó y, poco a poco, con mordidas pequeñas, fue comiendo la masa.

—¿Quiénes quemaron tu casa? ¿Lo sabes?

El gesto que transformó las delicadas facciones sirvió para que Ciriaco se convenciera de que había atestiguado lo ocurrido. “¿Qué horrores tendrás impresos en tu mente y en tu corazón?” No insistiría.

—Te improvisaré un lecho y dormirás junto a Sulpicio.

El niño no deseaba dormir porque sabía que, si bajaba los párpados, las escenas aparecerían.

Al favor de la luz ámbar que despedía el fuego, el pequeño estudiaba el anillo que había pertenecido a su madre. El señor bueno —así lo llamaba porque no se acordaba de su nombre— descansaba cerca de él. Roncaba. “Como Athair.” Una sonrisa despuntó en sus comisuras al recordar cuánto se quejaba Màthair. Athair no volvería a roncar. El anillo que jugueteaba entre sus dedos se desdibujó hasta que las lágrimas se le escurrieron por las sienes.

—Màthair, ¿quién te dio ese anillo?

—Tu abuelo, hace muchos años. Le regaló uno a cada uno de sus hijos. Uno a tu tío Fidelis, otro a tu tío Jimmy y otro a mí. Sólo el mío era de oro; los de tus tíos eran de plata.

—Es extraño.

—Es el anillo de Claddagh, famoso en la Irlanda, el país donde nacimos tu Athair, tu hermana Edwina y yo. Son dos manos sosteniendo un corazón con corona. ¿Ves? —El niño asintió—. Es un anillo que se entrega en señal de amor y amistad. Yo lo uso de este modo, en la mano derecha y con el corazón hacia adentro porque mi corazón ya no me pertenece.

—¿No te pertenece, Màthair?

—No. Le pertenece a Athair. Mira, querido, fíjate aquí dentro. ¿Puedes ver lo que está grabado en la cara interna del anillo? Tu abuelo hizo grabar mi nombre ahí, lo mismo con los nombres de tus tíos.

El niño leyó pausadamente:

—E-me-rald.

—Sí, Emerald.

—Está en el idioma de Athair —se extrañó el niño.

—Es verdad. Estaba prohibido el gaélico cuando yo nací, todavía lo está. De lo contrario, me habrían llamado Smarag, que es esmeralda en gaélico.

—¿Por qué estaba prohibido, Màthair? —Emerald sacudió los hombros en un gesto de desconocimiento—. Pero tú hablas en eso, en gaélico, Màthair.

—Mis padres nos hablaban en gaélico, a tus tíos y a mí, para que nuestra lengua no muriera. Era muy arriesgado, debes saberlo. Los ingleses podrían habernos colgado por ello. —Rió, con complicidad—. A veces lo riesgoso resulta divertido.

El claddagh se deslizó por el tiento y chocó con el anillo de su padre. Jugueteó un rato, tensando el cordón y haciendo girar ambas piezas, hasta que tomó el sello de su padre y, pese a conocerlo de memoria, analizó el diseño.

—En heráldica, el color rojo se conoce como gules. ¿Ves, hijo? El gules y el oro son los colores del escudo de armas de mi familia.

—¿Qué es esto, Athair? —preguntó, señalando la silueta que dominaba el anillo.

—Un dragón. ¿Lo notas? Está lanzando una llamarada por la boca.

—Sí, lo noto. ¿Y qué sujeta con sus garras?

—El dragón es el confaloniero que lleva el pendón con el que se distingue al ejército de mi familia, el que formó parte de las huestes de Guillermo, el Conquistador, que invadió la Inglaterra en el año 1066. Guillermo venía de la Normandía, una región de la Francia. Por eso, nuestro apellido es francés. Aquí no podrás distinguirlo, está muy pequeño, pero en el pendón está escrito el moto de nuestra familia.

—¿Qué dice, Athair?

—Quis tu ipse sis memento.

El niño lo contempló con seriedad, la mirada fija en la del hombre.

—Recuerda quién eres —tradujo al inglés segundos más tarde.

—¡Bravo! Eres muy hábil para aprender otras lenguas.

Todavía sonriendo, orgulloso del cumplido de su padre, quiso saber:

—¿Para qué sirve el moto, Athair? ¿Por qué debo recordar quién soy?

—El moto, como lo indica su nombre, es lo que nos mantiene en movimiento, lo que nos señala hacia dónde vamos, lo que nos guía por el camino de la vida. Nuestro moto te enseña que debes recordar que eres un ser único y extraordinario, por cuyas venas corre una sangre milenaria. A lo largo de tu vida, Sebastian, deberás recordar quién eres para nunca sentir temor. Tú, hijo mío, por ser quien eres, realizarás cosas muy grandes y nobles.

En contra de su deseo, el niño se quedó dormido.

Lo despertaron unos gritos. Se incorporó en la cama y permaneció quieto; todavía reinaba la noche. Contuvo el resuello para distinguir de qué se trataba. No estaba acostumbrado a los gritos. Marchó descalzo y, a medida que abandonaba el sector de las habitaciones y se aproximaba a la sala principal, las voces altas y el llanto de su hermana Edwina cobraban nitidez. Escuchaba con precisión la voz de su padre, la de su madre y la de otras personas. Se asomó sin darse a conocer y quedó perplejo ante la escena. Su hermana luchaba por zafarse de las manos de un hombre alto, con uniforme militar, al que su padre, en ocasiones anteriores, había llamado don Martín; éste la mantenía sujeta por la cintura y pegada a su cuerpo. Otro hombre, más pequeño y delgado, con atuendo de citadino, se ocupaba de someter a su madre. Por último, Antenor Ávila, el mayordomo del campo, a cargo del cuidado de las mulas, apuntaba a su padre en la sien, que no parecía atemorizado, por el contrario, vociferaba y agitaba los brazos para remarcar su arenga en una actitud desmadrada que desconcertó al niño. La mueca distorsionada y fea de su rostro, él nunca la había visto.

El pánico como el frío, que ascendía por sus pies desnudos y le alcanzaba el estómago, lo mantenían petrificado tras la puerta. Se esforzó por entender de qué hablaban, sin éxito, por culpa de su pobre castellano. Cuando Antenor le hablaba despacio, él comprendía; en ese momento, todos lo hacían al unísono, a los gritos y aprisa.

Reconocía a esos señores, a don Martín y al otro; los había visto en dos ocasiones en que visitaron a su padre con mucha papeleta que desplegaban en la mesa de la sala. Después de esas reuniones, Màthair y Athair terminaban con mala cara, cara de preocupación. En cuanto al joven Antenor, se había vuelto malo; seguía apuntándole a su padre y le lanzaba vistazos con odio.

Se preguntó qué debía hacer. Quería ayudar y no sabía cómo. Se limitaba a observar la escena, sintiéndose tonto y cobarde, cuando, en realidad, deseaba ser el héroe. La desesperación le pareció peor que el miedo. Se tapó la boca para sofocar un alarido cuando su padre le propinó un codazo en el estómago a Antenor y saltó sobre don Martín para arrebatarle a Edwina. Comenzaron a luchar de un modo feroz, a todo o nada, valía cualquier ardid, un puntapié, un mordisco, un arañazo, un tirón de pelo; se aborrecían y habían decidido destruirse, uno moriría; incluso el niño, que contemplaba casi con fascinación, tenía conciencia de lo definitivo de esa contienda.

Edwina se arrojó sobre la espalda de don Martín y le clavó las uñas en la cara. El hombre aulló y se arqueó para quitársela de encima. La muchacha cayó, y se escuchó un sonido seco y letal cuando su cabeza batió contra los ladrillos del piso. La madre vociferó en gaélico: “¡Está muerta! ¡Está muerta!”, imposibilitada de socorrerla dado que el hombre delgado aún la sujetaba. El padre se lanzó sobre la joven, gritando su nombre, llorando. Don Martín insultaba al tiempo que se pasaba un pañuelo por las heridas del rostro.

—Athair! —lo alertó el niño, demasiado tarde, pues no pudo detener el golpe que le propinó Antenor en la nuca y que lo tiró boca abajo.

—¡Lo finiquitaré yo a este inglés de mierda! —advirtió don Martín, y se posicionó de pie sobre el hombre, con las piernas separadas. Le levantó la cabeza por los cabellos de la coronilla, arqueándole la nuca hasta que sus ojos oscuros dieron con unos de intenso azul. El militar sonreía, aunque más que una sonrisa aquello parecía un mostrar de dientes. El niño advirtió que no había miedo en la mirada de su padre, sólo odio y orgullo. Don Martín desenvainó su cuchillo y le habló al oído.

—Tu hija, tus tierras, tus animales, ¡todo me pertenecerá! —Pasó el filo del arma por el cuello de su víctima, abriéndole una sajadura de oreja a oreja.

A partir del chisguete de sangre que saltó del cuello de su padre, el niño no vio ni escuchó nada, y quedó sumido en un espacio oscuro y denso, con sonidos amortiguados, como los que se producen bajo el agua. Separó las rodillas y contempló por varios segundos la orina que se encharcaba entre sus pies y los calzones que se le pegaban a las piernas. “Me hice encima”, pensó, y se echó a llorar. “Tengo casi diez años y me hice encima.”

Poco a poco, cobró conciencia de que su madre lanzaba alaridos y se sacudía entre los brazos de su captor. Se quedó mirándola, sorprendido ante la metamorfosis que había convertido a esa mujer dulce, de tono mesurado, en un ser desconocido y aberrante. Deseó que callara, que permaneciera quieta. Don Martín parecía desear lo mismo, ya que lo vio dirigirse hacia su madre para propinarle un cachetazo de revés y tomarla por el cuello. La soltó cuando un puntapié de la mujer lo alcanzó entre las piernas. Aulló e insultó, doblado sobre su vientre. Se incorporó al cabo, lentamente, con las mejillas encarnadas y la frente cubierta de sudor.

—Maldito hijo de perra —dijo su madre en gaélico, y la voz que empleó provocó un temblor al niño.

Don Martín se detuvo como hechizado ante el fuego de esa mirada. Esa lengua ignota debía de parecerle dura, primitiva, la de una bruja. Aun al niño atemorizó la imagen de esa mujer magnífica, con la cabellera rojiza, los brazos extendidos sobre la cabeza, mientras echaba una maldición al militar que lo conduciría a un final siniestro.

—Maldito seas —continuó la mujer, siempre en gaélico— y maldita sea tu descendencia, y la descendencia de tu descendencia, por los siglos…

Su madre no pudo concluir. Don Martín le hundió el cuchillo en el vientre hasta que su mano quedó perdida en los pliegues de su ropa, blancos un segundo atrás, que se cubrían velozmente de una tonalidad similar a la del vino. El niño observó cómo su madre se desmadejaba en los brazos del otro hombre y el rubor de sus pómulos se esfumaba para tornarse del color de la leche. Había muerto, lo supo con la contundencia de un golpe. Se quedó pensativo, abrumado por la idea del futuro, tan ensimismado que le tomó varios segundos darse cuenta de que lo fastidiaba un sonido persistente y agudo, unos gritos desgarradores, comprendió por fin. Captó un movimiento veloz por el rabillo del ojo y vio a su hermana Edwina ponerse de pie con la agilidad de un felino y echarse sobre las espaldas de don Martín, gritando de un modo antinatural, como si nunca pausara para tomar el aliento, tanto que por momentos perdía la voz.

—¡Edwina! —exclamó el niño varias veces, movido por la esperanza al ver a su hermana con vida. Esa esperanza, sin embargo, le provocó pánico; en la nueva apuesta, podía perder lo único que le quedaba, y, como él se juzgaba débil y poca cosa para arrostrar tanta fatalidad, comenzó a darse por vencido.

Don Martín, mientras forcejeaba para controlar a la muchacha, vociferó:

—¡Traigan a ese niño! ¡Que no se os escape! Él sabe quiénes somos y podría conducirnos a la horca.

Los vio voltear en su dirección, a Antenor y al otro hombre.

—¡Corre, Sebastian! ¡Corre por tu vida! —le ordenó Edwina en inglés.

Dio unos pasos hacia atrás, indeciso, sus ojos clavados en los de su hermana, contrario a abandonarla, agobiado por el terror y los malos presentimientos, hasta que una nueva orden de Edwina lo impulsó a correr. Sus perseguidores lo imitaron. Antenor pisó el charco de orina y terminó en el suelo. El otro se internó en la casa.

Sebastian la conocía de memoria y habría podido recorrerla con una venda en los ojos. Lo alcanzaban los lamentos del otro hombre cada vez que se golpeaba con un mueble o una pared. Reconoció el chasquido del eslabón contra el pedernal, y distinguió a poca distancia la silueta de su perseguidor al resplandor del fuego del yesquero. “Debo esconderme”, decidió, y le vino a la mente la historia del tero que Antenor le había contado. “El tero es un ave muy lista. Pone el huevo en un sitio y pega el grito en otro, bien alejado, pa’despistar a sus enemigos, que quieren arrebatárselo.”

Entró en la habitación de sus padres, se encaminó hacia la contraventana y la abrió. Regresó en puntas de pie hacia la puerta junto a la cual se hallaba un pequeño baúl de cuero donde le gustaba esconderse; sabía cómo colocar las piernas y el torso para caber. Levantó la tapa y se cobijó dentro.

—¡Niño Sebastián! —Al llamado de Antenor, apretó los ojos y los puños, juntó el pecho y las rodillas, y contuvo el aliento—. ¡Niño Sebastián! —El capataz pronunciaba su nombre a la usanza de estas tierras; no lo había convencido de hacerlo como debía, acentuando la segunda sílaba y no la última. Sebástian.

—¡Por aquí! —exclamó Antenor, ya dentro del dormitorio—. Miren, la contraventana está abierta. Ha huido al campo.

—Es imperioso encontrarlo —declaró don Martín—. Antenor, ve tú detrás de ese malhadado niño y tráelo.

—No podemos dejarlo suelto —se escuchó la voz del otro, del citadino—. Te conoce, conoce tu nombre y ha visto todo.

“No debo llorar”, se instó Sebastian, medio ahogado por el esfuerzo de controlar la respiración de modo que no saliera como un ronquido lloroso. A través de un orificio en el cuero, Sebastian observaba a los hombres, de quienes sólo podía ver parte del torso y de las piernas, dado que se hallaban a escasa distancia. Discutían, y el motivo del altercado era Edwina. El más delgado y bajo, de una contextura que no competía con la de don Martín, demostraba valor al enfrentarlo con aquel gesto de enojo. Se aproximó al baúl, tanto que Sebastian vio los detalles del sello que le ocupaba una falange en el índice de la mano derecha. Sobre una base negra, se destacaban dos letras en oro, una P y una R, yuxtapuestas. No le pareció un diseño agradable, las letras resultaban demasiado simples, como trazadas con regla, y no poseían la gracia de un sello con firuletes y ringorrangos. Entonces, notó que le faltaba el pulgar, y la impresión casi lo delata. Una exclamación de don Martín, que puso fin al altercado, amortiguó su gemido.

—¡Basta! Volvamos a la sala. He decidido prender fuego a la propiedad. Se dirá que fueron los indios, y eso me proveerá de la excusa para caer sobre algunas tolderías.

—Si ese niño no aparece, estaremos en problemas.

—Aparecerá —vaticinó don Martín, y Sebastian se mordió la mano para evitar el castañeteo de sus dientes—. El pequeño Sebastián de Lacy aparecerá.

Permaneció en aquella posición, las piernas al pecho y los ojos apretados, oyendo las voces lejanas en la sala, los gritos e insultos de Edwina, la risotada de don Martín, las quejas del otro, hasta que un silencio ominoso lo alentó a saltar del baúl para inspirar aire fresco con la avidez de quien ha permanecido demasiado tiempo bajo el agua. Corrió hacia el exterior, ajeno al rocío helado o al viento gélido, y se detuvo al distinguir la figura de Antenor, oscura y conocida en el resplandor de la luna llena; se movía dentro del corral y, montado en su picazo, arreaba las mulas, las que su padre planeaba vender en el mercado de Sumalao el año próximo.

Don Martín vociferaba órdenes desde su montura, exigía a Antenor que se diera prisa, en tanto luchaba por sojuzgar los intentos de Edwina por arrojarse. El otro, también sobre un caballo, acercaba una tea al saledizo de paja y juncos de la galería que circundaba la casa. Sebastian contemplaba la escena con desapego y percibía los sonidos y los movimientos con aquella extraña calidad con la cual había contemplado y escuchado todo esa noche, con pesadez en las extremidades, con niebla en los ojos, con cansancio y desesperanza.

El tañido del cencerro de la mula madrina, que por fin cruzó la tranquera con la tropilla por detrás, se desvaneció en el rugido de la estampida. Sebastian se sobresaltó, los músculos le temblaron, la piel de las piernas se le erizó, de pronto se dio cuenta de que tenía frío, de que se robaban a su hermana y a las mulas y de que gruesas llamas lamían el techo de su casa. Las lágrimas le borroneaban la visión de los tres jinetes, y se quedó mirando hasta que la negrura del horizonte devoró el último vestigio del camisón blanco de Edwina.

Corrió hacia la casa y entró por la contraventana de la habitación de sus padres. El humo invadía las estancias, le quitaba el aliento, le lastimaba los ojos y la garganta, y, sin embargo, una fuerza desconocida lo impulsaba a salvar a sus padres del fuego. El ingenio le dictó que actuara como los bueyes, que creara un arnés, lo atara a los cuerpos y los arrastrara, uno a uno, fuera de la casa. Ubicó sobre su torso la cuerda con que se recogían las cortinas cada mañana y la pasó bajo las axilas de su madre primero, de su padre después, y los sacó hacia la galería. Repitió la operación para alejarlos de la propiedad en llamas. Al terminar, agobiado, mareado, descompuesto, se desmayó sobre los cadáveres. El tiempo que le tomó recobrar la conciencia bastó para que su casa se convirtiera en una hoguera gigante. El bramido de las llamas y el crujido de las paredes y del techo al desmoronarse lo asustaban, y se le ocurrió que del fuego nacería un monstruo que caminaría hasta él para destrozarlo. Se acomodó sobre su padre, cerrándose sobre sí mismo, apretando los ojos y cubriéndose las orejas.

—¡Athair! ¡Athair! —gemía en un susurro apenas audible.

—¡Athair! ¡Athair! —¡Despierta! ¡Despierta!

El niño levantó los párpados súbitamente, y Ciriaco distinguió el iris inyectado y el matiz vidrioso de las pupilas. Le puso la mano sobre la frente y se dio cuenta de que ardía.

—Soñabas con lo ocurrido a tus padres, ¿verdad? —Esperó una respuesta en vano, y no supo si callaba debido a su estado de delirio o porque se empecinaba en no hablar. “Tiene miedo”, pensó, mientras lo incorporaba para ayudarlo a beber agua.

Amanecía, de modo que Ciriaco se levantó para aprestar la marcha hacia el sur, hacia las tolderías del cacique Calelián. Durante el viaje, creyó que el niño seguiría la suerte de sus padres. La fiebre, que se había apoderado de su mente y de su cuerpo, lo estragaba y consumía. Pasaba la mayor parte de la jornada inconsciente sobre el lomo de Sulpicio; generalmente por la tarde, a la caída del sol, lo acometían accesos de furia en los que se sacudía y gritaba en otros idiomas. El sacerdote contaba con escasos conocimientos y recursos para bajar la temperatura y rezaba a San Rafael Arcángel, protector de los enfermos, para que lo ayudara a alcanzar las tolderías y poner al niño en manos de la joven machi Anuillán.

Llegados a los aduares del cacique Calelián, no resultó fácil que admitieran al pequeño de cabellos como barbas de choclo y ojos del color del cielo, que se enfurecía en su delirio y maldecía en lenguas extrañas. Enseguida se convocó a un parlamento donde el cacique, junto con sus capitanejos y lanceros, aguardaron el veredicto de las pucalcúes o brujas. Ciriaco experimentó un gran alivio la mañana del cuarto día cuando Calelián le comunicó el oráculo. Las pitonisas aseguraban que Pichín-Antü, o Pequeño-Sol —así lo llamaban dado el color de sus cabellos—, se convertiría en un anay (amigo) de los ranqueles y que llegaría el tiempo en que lo llamarían peñi (hermano). Ciriaco se encaminó hacia el toldo de Anuillán para darle la buena noticia; la machi arriesgaba su pellejo al cuidar al niño sin conocer el veredicto de las pucalcúes.

La encontró en el primer compartimiento, asistida por sus dos hijas. Lavaba el cuerpo del enfermo y le cantaba en voz baja; el pequeño la seguía con ojos mansos y respiración estable. El hijo menor de Anuillán, Calvú Manque (Cóndor Azul), le preguntó en ranquel a su madre, cuando ésta terminó de cantar:

—Madrecita, ¿vivirá Pichín-Antü o se irá al Mapú-Cahuelo? —Hablaba del País de los Caballos, el paraíso de los ranqueles.

—Vivirá, Calvú. Te aseguro que vivirá.

—¿Permites que sea mi peñi?

—Si él lo desea, así será.

La sonrisa de Calvú Manque iluminó su rostro cuando unos dientes blancos y desparejos contrastaron con la piel oscura. Ciriaco también sonrió y agitó la cabeza.

—Mari-mari —saludó en voz baja.

—Pase, padre Ciriaco —lo invitó Anuillán.

—Gracias, hija. Sólo quiero que sepas que las pucalcúes han dicho que el niño puede quedarse.

Aunque la mujer apenas asintió, como restando importancia al anuncio, Ciriaco percibió su alivio. Dirigió su atención al enfermo. Como cada día, se hincó de rodillas junto al catre y le sonrió en tanto buscaba signos de mejoría en su semblante.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó por enésima vez, y, de acuerdo con lo que esperaba, no obtuvo respuesta; hacía días que sospechaba que el niño ocultaba su identidad a propósito, por miedo—. Pues bien, yo te pondré un nombre. —Aunque lo había decidido esa mañana, se rascó el mentón y elevó el rostro, fingiendo meditar—. Ya lo sé. Te llamaré Artemio.

Entrevió el primer signo de interés cuando las cejas rubias del niño se alzaron.

—¿Y sabes por qué te llamaré Artemio? —El niño sacudió apenas la cabeza—. Porque el día en que te hallé era 6 de junio, día de San Artemio mártir. Y como Artemio significa íntegro, intacto, me parece muy a propósito puesto que yo te hallé a ti íntegro e intacto. —Se inclinó y lo besó en la frente, embargado por una ternura y una emoción que nunca había experimentado por nadie.

Medio turbado, se despidió de Anuillán y dejó caer el cuero de la entrada. Caminó hacia el único rancho de la toldería. Vio de lejos a su ocupante, un hombre que no llegaba a los treinta años, de cabellos oscuros y abundantes, y cuyos rasgos, aunque endurecidos por el sol y la aspereza del desierto, asemejaban a los del sacerdote. Días atrás, apenas llegado a las tolderías y luego de poner en manos de la curandera a Artemio, había ido al encuentro de ese hombre, su adorado hermano, Belisario Aparicio.

—Ave María purísima —había dicho, a la usanza de los habitantes de esas regiones.

—Sin pecado concebida. —El hombre arrojó el cigarrito a medio acabar, soltó lo que ocupaba sus manos y se puso de pie. Se abrazaron y se palmearon la espalda.

Iniciaron una conversación tranquila, con silencios que Ciriaco aprovechaba para admirar la destreza de su hermano en el tallado del hueso. A veces lo teñía con aqua regis, lo que le confería un color púrpura muy atractivo.

—Me dijeron que llegaste con un niño.

—Lo encontré encima de los cadáveres de sus padres. Los habían asesinado e incendiado su propiedad.

Belisario detuvo el movimiento del raspador sobre el hueso y lo reinició al cabo.

—Aquí te traje tu única debilidad. —Ciriaco sonrió y le extendió el paquete que contenía la torta de patay.

—Se agradece. Ponla ahí. —Le indicó con la cabeza un tocón que servía de mesa.

Diez días más tarde, Artemio salió por primera vez del toldo de Anuillán. Calvú Manque lo llevaba del brazo para evitar que cayera a causa del mareo. Alcanzaron el rancho de Belisario a pasos cortos.

—¡Mari-mari, don Beli!

Belisario inclinó la cabeza en señal de saludo y, cuando la giró en dirección al niño de Ciriaco —así lo llamaba en sus pensamientos—, el gesto se le congeló, y él, que mayormente no reparaba en nada ni en nadie, quedó subyugado por la inusual y fiera hermosura de ese hombrecito, en especial, por la determinación con que lo estudiaban sus ojos turquesa.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó, en modo pausado, para que lo entendiera.

—Me llaman Artemio.

Esa noche, mientras la familia de Anuillán dormía, Artemio permanecía despierto en su catre. Le gustaba su nombre nuevo, sobre todo le gustaba el significado y que se lo hubiese dado el señor bueno, al que Calvú Manque llamaba padre Ciriaco o padrecito. “Artemio”, repitió en su mente hasta que una frase en latín lo interrumpió. Quis tu ipse sis memento. Y a continuación evocó las palabras de su padre: Nuestro moto te enseña que debes recordar que eres un ser único y extraordinario, por cuyas venas corre una sangre milenaria. A lo largo de tu vida, Sebastian, deberás recordar quién eres para nunca sentir temor.

—Yo sé quién soy, Athair —susurró, para no despertar a su amigo Calvú Manque—. Nunca lo he de olvidar. Ahora debo llamarme Artemio.

CAPÍTULO I
Carta de Sudamérica

Silencio, pronunciado por el rasgueo de una pluma. ¿Qué bien hay en vivir sin ti?, escribió la mano grande y tosca, con cicatrices blanquecinas, aunque de uñas bien cuidadas.

Un leño se desmoronó en la estufa. El hombre levantó el rostro y observó el chisporroteo hasta que la mirada de su único ojo se tornó ausente, sin pestañeo, inmóvil en el fuego. Leyó lo escrito. ¿Qué bien hay en vivir sin ti? Esa mañana se había despertado al alba, como acostumbraba, y quizá por el estado desapacible del clima, su animó decayó con el pasar de las horas y lo condujo por un sendero de memorias de las que se empeñaba en huir y que siempre lo acechaban, golpeándolo cuando su vida empezaba a lucir encaminada.

Calvú Manque abrió la puerta del despacho sin anunciarse.

—Artemio, aquí estás.

Resultaba infructuoso pedirle a un hombre criado en tolderías y ranchos, donde el límite entre el interior y el exterior lo fijaba un cuero o un pedazo de estameña, que llamara antes de irrumpir en las habitaciones. También resultaba infructuoso pedirle que usara su nombre, Sebastian, y no Artemio, como lo había hecho por treinta años. Un gesto comunicó la pregunta: “¿Qué quieres?”.

—Elisabetta y yo iremos al lago. Dugan —se refería al jefe de jardineros— dis que se ha congelao. ¿Nos acompañas?

—Vayan ustedes. Tengo algunas diligencias que atender.

—Esas dos cartas que has recibío mientras desayunábamos te han mantenío aquí tuita la mañana —comentó Calvú Manque, con la insolencia que nadie habría empleado para dirigirse al nieto del conde de Grossvenor.

—¿Por qué no preguntas lo que deseas saber y me dejas en paz, Calvú?

—’Ta bien, te preguntaré. ¿Quiénes te han escrito?

—El conde de Stoneville y don Juan Martín.

Calvú Manque arqueó las cejas ante la novedad.

—¿Don Juan Martín de Pueyrredón? —Artemio asintió—. ¿Qué dice?

—Me asegura que no logrará mantenerse por mucho tiempo como director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En su opinión, el empuje de los caudillos provinciales terminará con su gestión. Me pide que viaje a Buenos Aires.

Calvú Manque lo miró con fijeza, conociendo el impacto de un pedido de esa índole. Meditó antes de expresar:

—De siguro anda queriendo que le organices la campaña en Buenos Aires, pa’que no caiga en manos enemigas.

—Ha pasado demasiado tiempo, Calvú. Ya no cuento con ese poder.

—Entuavía cuentas con él, Artemio —objetó el indio—. Pero —admitió—, no sería güeno que vayas al Río de la Plata. Podrían meterte en la chirona.

—Don Juan Martín asegura que ya se ha encargado de eso. Mi causa está cerrada.

—¡Ah, qué güena noticia!

—Dice que las declaraciones del padre Ciriaco y de Cristiana Romano resultaron concluyentes. Todo ha terminado.

—¿Y el conde de Stoneville? —se interesó Manque—. ¿Qué hay con él?

—Me informa que ha contratado la tripulación para mi barco. Todo está pronto en Liverpool para la botadura.

—¿Has decidío qué gracia le vas a poner a tu barco?

—Smarag —dijo, y le explicó que significaba Esmeralda en gaélico, y Calvú Manque no precisó que le aclarase que Esmeralda había sido el nombre de su madre.

—Elisabetta se pondrá triste. Creo que pensaba que mentarías a tu barco por su gracia —le explicó, sin mirarlo, con la vista en el animal que dormitaba junto al fuego, sobre una alfombra de Aubusson—. ¡Quinto! —lo llamó.

El felino se despertó y, sin levantar la cabeza, miró con lánguido desinterés.

—Vamos, Quinto, ven conmigo. Iremos al lago. Te gustará. —El animal cerró los ojos y ronroneó—. ¡Te has convertío en un puma huraño y antipático! ¡Como tu dueño! —se quejó Calvú Manque antes de desaparecer tras la puerta.

La sala se sumió de nuevo en el mutismo, apenas alterado por el crepitar de los leños, que pronunciaba el carácter letárgico del ambiente. Artemio se acuclilló junto al animal y le masajeó el cuello con ambas manos. Su adorado Quinto, su entrañable y viejo amigo. No le gustaba pensar que había vivido suficientemente y que, en términos de un puma, era anciano. Sin detener las caricias, rememoró la mañana de principios de 1806, cuando lo encontró a orillas del río Quinto, en las pampas, junto al cuerpo destrozado de su madre, probablemente víctima de un jaguar. Al igual que él, Quinto había sobrevivido a sus padres y salvado el pellejo de milagro. “No lograrás domesticarlo”, le advirtió Calvú Manque en aquella ocasión. “No es mi intención”, aseguró Artemio. Lo protegería hasta que el animal se valiera por sí solo, como el padre Ciriaco había hecho con él.

Alcanzada la juventud, Quinto aparecía y desaparecía a su antojo, y en ocasiones llegaba con una oreja colgando o el lomo en jirones. Artemio lo curaba con las artes que empleaba para atender las heridas del ganado, mientras ironizaba: “¿Has estao peliando por una hembra? ¡A fe que no valen la pena, amigo!”.

Las manos de Artemio se detuvieron de modo súbito, y Quinto levantó la cabeza. Gruñó hasta que su amo le prestó atención. Se miraron con fijeza, y Artemio advirtió que los ojos oscuros y somnolientos del felino mutaban hasta adoptar un brillo amarillento y vivaz, y le dio por pensar que el animal sabía en quién pensaba, quizás hasta compartiese el recuerdo de la misma escena, la que había tenido lugar en un rancho de La Larga, tanto tiempo atrás. Se puso de pie y sacudió la cabeza. No recordaría, cerraría la mente al pasado, él contaba con la templanza para lograrlo.

¿Qué bien hay en vivir sin ti? La frase lo atravesó como un rayo. Cruzó la estancia y se detuvo frente al enorme ventanal que dominaba el parque de Grossvenor Manor. Elisabetta, del brazo de Calvú Manque, se dirigía al lago. Miró el cielo, de un gris plomizo, y ratificó que el día estaba afectándole el humor. Y también la carta de don Juan Martín. “Volver al Río de la Plata.” Analizó su propia imagen reflejada en el cristal de la ventana, y se dijo que estaba viejo, en septiembre cumpliría los cuarenta. Pasó los dedos por el parche negro que le ocultaba la cuenca vacía del ojo izquierdo y acarició la pequeña cicatriz en la sien que marcaba la salida de la bala que lo había dejado tuerto. Tenía canas, aunque se disimulaban entre sus cabellos rubios. Ligeras arrugas le circundaban los ojos, y su párpado derecho, aún más pesado, le celaba la mirada. Descubrió que se habían acentuado las líneas que nacían junto a la nariz y morían en las comisuras. Me gustan sus comisuras, señor Furia. Son marcadas, muy varoniles. Me gusta besarlas justo en el pliegue.

Apretó el puño contra los labios y contuvo el respiro, esperando a que esa voz se desvaneciera, como quien espera a que un dolor disminuya. En lo profundo de su garganta, comenzaba a percibir el perfume de un cuello, de una oreja, ese aroma a rosas, naranjas y bergamotas, sutil, femenino, que le acicateaba las fosas nasales para diluirse un segundo después. “El aroma de una persona está ligado a su ausencia”, había expresado Elisabetta en una ocasión.

Acabaría con esa tortura, sabía adónde conducía, a la desesperanza, a la desazón, a la locura. Volteó con un giro brusco, y su mirada se congeló en el cuadro que había mandado colgar a un costado del ingreso con el fin de contemplarlo desde su escritorio, y por el cual había desembolsado una fortuna —más de treinta mil libras— cuatro años atrás cuando se lo disputó al duque de Buckingham y Normandía en el salón de Sotheby’s, en Londres, causando estupor a la sociedad inglesa. Bathsheba in her bath (Betsabé en su baño), así se titulaba, una obra del manierista holandés Cornelisz van Haarlem, que lo cautivó apenas posó sus ojos en él. Como se conjeturó que Sebastian de Lacy, ese personaje excéntrico, cubierto de misterio, que el viejo Horatio de Lacy, décimo conde de Grossvenor, insistía en presentar como su nieto, era experto en arte, muchos se habrían desilusionado al saber que, en realidad, lo había comprado por impulso y que no tenía idea de quién era el tal van Haarlem.

Se detuvo a un paso de la pintura. Su ojo derecho se movía de un extremo al otro, mientras estudiaba por enésima vez los detalles y recreaba en su mente la escena que había motivado la compra. “Créola, pásame la piedra pómez.” “Niña, ¿quiere que le jabone la espalda?” “Sí, por favor. Utiliza el jabón de benjuí que preparamos ayer. Huele tan bien. ¡Qué bueno es estar aquí, Créola! Nademos hasta la mitad de la laguna. Nadar siempre te ha gustado.” “Luce muy contenta hoy, mi niña.” “Lo estoy, Créola.” “¿Furia tiene algo que ver con esta dicha?” Desnudas, ambas muchachas, la blanca y la negra, se pusieron de pie y caminaron, la larga cabellera de la blanca cubriéndole las espaldas, hasta que el agua ocultó sus siluetas.

En el exterior, la voz de Winthorp, el mayordomo, que se dirigía a la señora Bayle, el ama de llaves, lo sacudió de su abstracción. Acababa de soñar despierto y, sin caer en la cuenta, había terminado por posar la punta de los dedos sobre el lienzo, sobre Betsabé; ahora percibía la rugosidad que formaban las pinceladas de óleo. “Haré quitar este cuadro”, decidió.

Alcanzó el escritorio a paso precipitado y ocupó la butaca dispuesto a contestar las cartas. Un frío, que nacía en su interior, en el centro de su cuerpo, y que se expandía por sus extremidades, superó la calidez de la habitación. Sufrió un estremecimiento. Su mano tembló y soltó la pluma con impaciencia, esparciendo gotas de tinta sobre el papel. Apoyó los codos sobre el escritorio y se tomó la cabeza.

—Dios —susurró, más colérico que triste.

Su mente y su corazón se hallaban en un solitario confinamiento que lo amparaba de los interrogantes —de otros y de él—, que lo protegía de la sinceridad, que lo salvaguardaba de admitir que había muerto nueve años atrás en el Río de la Plata, porque si bien departía con amigos y familiares, atendía sus negocios, comía y bebía, tenía sexo, aun reía, todo lo desempeñaba con un alma muerta, fría e inerte. Esa capacidad, la de vivir sin vida, la había desarrollado desde pequeño para consolidarla en su época de gaucho errante. Ella se presentó un día y desbarató la fortaleza con la que él contaba, la de vivir sin sentir. Incluso barrió con sus odios y rencores, o lo que es lo mismo, lo despojó de la energía y de la furia que habitaban en él. Ella había sido su sol, su faro, su vida, y le quitó todo para esfumarse de la manera súbita en que había aparecido frente a él. Su espíritu buscaba liberación, su corazón buscaba saciar el hambre. Anhelaba romper la fría coraza y vencer el confinamiento. Quería vivir, pese a todo, quería vivir, como ella le había enseñado, aunque para eso debía deshacerse de ella. De ella. Hacía años que no pronunciaba su nombre, ni siquiera con el pensamiento. No podía.

¿Qué bien hay en vivir sin ti?, volvió a leer, y se preguntó por qué lo habría escrito. Produjo un ruido raro con la garganta, de disgusto, de condena por ese signo de debilidad que su naturaleza no admitía. Se puso de pie, y el asiento cayó detrás de él. Quinto levantó la cabeza de orejas puntiagudas y lo siguió con la mirada en tanto Artemio hacía un bollo con el papel y lo arrojaba al cesto. Levantó la butaca y se acomodó en ella. Mojó la péñola en el tintero y encabezó la misiva. Grossvenor Manor, Irlanda. 5 de enero de 1820. Estimado don Juan Martín, escribió.

Calvú Manque estudió de soslayo a su compañera. “Simplemente perfeta”, concluyó, mientras apreciaba la piel de sus mejillas, que brillaban con el destello suave y untuoso de una perla, lo que destacaba el color de sus labios delgados. Pocas veces había apreciado facciones tan delicadas y regulares, y una figura tan esbelta. La pequeña mano enguantada, que descansaba sobre su antebrazo, le transmitía calidez, mientras la otra cargaba a la pequeña Berna, la perrita sin raza que había encontrado de cachorra en esa ciudad suiza. Cam ...