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MEMORIAS IMPURAS

Liliana Bodoc  

5


Fragmento

Escribí al pie de la primera página de un almanaque elaborado por el Cosmógrafo Mayor.

Entonces era un niño, y aquellos versos se compadecían de las momias que, desde el gran alzamiento de la ciudad, permanecían arrumbadas en los tambos. El peso de una presencia a mis espaldas me sobresaltó. Era mi abuelo que espiaba.

Escribí en las paredes rojizas de un granero, con palabras altisonantes, una loa en honor al desfile de carros alegóricos que los artesanos organizaban durante las fiestas de la cosecha. Desde un rincón, con la nariz cubierta de telarañas, mi abuelo observaba complacido.

Escribí acerca de la hipocresía de los mercaderes... Oculto bajo la mesa, mi abuelo puso su oído en el recorrido de la pluma y supo lo que decía el papel tan claramente como si hubiese puesto sus ojos.

Una mañana de frío en la letrina, donde me creí a salvo de toda vigilancia, cubrí mi muslo izquierdo con una copla trazada a carbón. En verdad, era un salmo de succión y soplido, semejante a los que cantaban las Madres del Son en ceremonias de restablecimiento. Entonces, mi abuelo raspó la tierra con los talones.

Una noche de verano soñé que escribía un relato deshonesto sobre la boda entre un anciano y una niña; la esposa era tan pequeña que aún tenía el vientre redondeado por el azúcar. Abrí los ojos y allí estaba mi abuelo, vestido con un tipo de camisón pardo que ya estaba en desuso.

Voy a morir muy pronto, dijo. Y agregó que no quería irse sin estar seguro de que alguien escribiría un relato minucioso y verdadero sobre las revoluciones que estremecieron al Virreynato.

Se refería mi abuelo al tiempo en que la Alianza del Calabacillo, organización tutelada por la Logia Bagual, enfrentó por vez primera a las fuerzas virreynales. Y aunque aquella guerra acabó con la derrota de los rebeldes, los cimientos del Virreynato quedaron corroídos para siempre.

Las tres razas del territorio, y sus cruzas, dieron revolucionarios. Los cue cués de color negro que no lograban olvidar su andar libres al otro lado del mar, los mitimaes cobrizos que añoraban los tiempos del Señorío, hasta los crudos de color blanco, y los hijos mezclados de todos ellos soñaron con la caída del Virreynato. En algún momento los rebeldes entendieron que debían rebasar el ancho de sus camisas y agruparse en una única fuerza de combate. Esa fue la Alianza del Calabacillo, gracias a la cual los meros deseos se transformaron en estrategias. Si mi abuelo estuviese al mando de esta pluma, escribiría que la Alianza del Calabacillo fue el primer zarpazo que el libre animal de la rebelión lanzó al cuello del Virreynato, jabalí sanguinario que usaba al mismo cielo para engordar.

Regreso ahora a mi infancia y a mi abuelo. Ya habrá tiempo, para bien y para mal, de digresiones y de andarse por las ramas.

La noche en que me anunció su muerte, el anciano se sentó al borde de mi cama y comenzó a enumerar con evidente placer los talentos y las pericias de mis seis hermanos. Todos útiles en el diario vivir. Ninguna de esas virtudes poseía yo. Pero sí la habilidad de escribir con fluidez y alguna elegancia. Hoy comprendo que el hombre le otorgaba al don de relatar un importante cometido, aun creyendo que las personas que lo poseían eran impresionables, con tendencia a la melancolía y cierta intención de extravagancia.

Por eso, sin ser yo su nieto predilecto, o quizá por eso mismo, me adjudicó la responsabilidad de hacerme cronista del Virreynato, cronista de sus insólitas revoluciones. Y, fiel a su costumbre, no me dejó espacio para el desacuerdo.

Aquella noche no logré dormir bien. En verdad, creo que jamás pude volver a hacerlo.

Mi abuelo no partió tan pronto como yo hubiese deseado. Para cuando murió, un numeroso grupo de entusiastas abrumó mi juventud hablando de glorias pasadas, recordando acontecimientos que, según afirmaban, aún vivían entre nosotros.

Muchos solo cacareaban adulaciones o condenas, según hablaran de su bando o del bando contrario. Pero hubo otros que, al narrar, sugerían imprecisiones y enigmas. Buenas personas que, en cierto modo, parecían darle más importancia a la belleza que a la verdad. A ellos les creí, punto por punto.

Aun cuando relatan hechos verdaderos, mis crónicas negociarán con la poesía para desahogar la horrible fetidez que suelta la verdad cuando se pone vieja.

El crimen de la leche, la traición entre los hermanos Atauchi y la violenta belleza de Anas Huayna pasaron a ser, por gracia del cuento, parte de mi memoria. Y, sin embargo, llevo ya la mitad de mi vida sin escribir ni una sola línea que deje asentado en el papel estos y otros acontecimientos, luces y sombras del Virreynato.

Podría excusarme diciendo que encontré, en mi largo andar, un mejor destino. Pero ¿puedo acaso ofrecer alguna prueba en apoyo de esta afirmación? No puedo ofrecer ninguna.

Mejor aceptar que, a veces, fui indolente. Y, otras veces, cobarde.

Como sea, no voy a demorar más tiempo la ejecución de esta tarea pues, sin buscarlo, llegué a un lugar propicio para hacer lo que debo. Se trata de un paraje baldío rodeado por grandes promontorios de vetas rojas.

Hay aquí una taberna construida a la antigua usanza: paredes y pisos de piedra, techos bajos, ventanas diminutas. El cielo está cerca. Y el viento, porque todo es roca, existe gracias a mi cabello y a mi blusón gastado.

Por lo demás, el tabernero es un hombre sin misterios. Y tanto su mujer como su hija son de una delgadez inconcebible. Nada hay entonces que pueda distraerme de mis obligaciones.

Dispongo hospedarme todo el invierno en esta casa sombría. Aunque sé que llegará la primavera y yo seguiré aquí, escribiendo, escribiendo.

Resplandor de estrellas, antigua sombra del calabacillo

Estoy ahora frente al papel. La luz del candelabro sugiere imprecisiones y enigmas. Tal vez por eso decido no ofrendarle esta historia a ningún héroe. Será igual que un jarro rebalsado de sidra: mitad ámbar, mitad mentira para que sea deseable.

Decido también que mi narración seguirá el trazo y la lógica del cometa que cruzó, en aquel tiempo, el cielo del Virreynato.

Sé que mi abuelo anda cerca, envuelto en su muerte. ¿Lamentará haberme elegido?

1

Fue una séptima noche del mes del estiércol cuando moría Crispino, virrey facultado, Pótestas y Señor de la colonia, renombrado, ante todo, por su afición a la lujuria. Noche séptima en que Junia, su viuda, echó a andar el terror. Y no importa lo que ella hubiera dicho, lo hizo por vengar la humillación de su vientre abandonado.

Crispino estaba terminando de morir. La ciudad de Álbora, capital del Virreynato, permanecía inquieta y a la espera. Nadie podía amar o comer mientras Crispino se alejaba, aunque de ambas cosas, amar y comer, él mismo había abusado durante su larga enfermedad. El vino, el cordero y el calor de Bérnaba, su amante de piel oscura, mantuvieron la sonrisa en su rostro cuando ya había perdido casi todos los dientes. Y lograron retener cierta humedad en la piel por los días en que su cuerpo empezaba en los huesos.

Pero sin importar cuántos placeres hubiese buscado Crispino para tolerar su agonía, aquella noche, en Álbora, nadie podía comer ni amar. Nadie podía dormir. Solo escuchar a los pregoneros que iban y venían, entre la cama final y el gran reloj de sol de la Plaza de Ranas, comparando la respiración del moribundo con una mariposa.

Desde hacía días la virreyna y Cayo Catarina, su consejero favorito, discutían en Rodal Crudo la redacción del edicto que dignificaría la muerte del virrey.

Cayo Catarina, primo en segunda línea de Crispino por una rama menoscabada de la familia, había sido beneficiado en Rodal Crudo —gracias a la caridad del virrey— con un incierto cargo de asesor en ceremonias y genealogías, perito en la composición de fórmulas, misivas, edictos y documentos de legitimidad. Pero una vez instalado en la vasta ciudadela amurallada que resguardaba las arcas del poder, Cayo Catarina supo construir un nido en la soledad del regazo de la virreyna, humillada desde el día de su boda.

Según expreso pedido de Junia, el escrito del consejero procuraría disimular las indecencias de Crispino, las mismas que aún se olían en sus estertores: el cordero en salsa, el vino y la piel de Bérnaba. Cayo Catarina eligió un tono de alabanza adecuado a la severidad de las circunstancias pero, al mismo tiempo, amanerado y pueril, porque el consejero conocía de sobra la sensibilidad del vulgo que habitaba los callejones de cuartos. Gente que amaba a ese virrey extravagante, que amaba más bien el estado de impudicia y pereza que había instaurado en el Virreynato, más aún en la ciudad de Álbora, su capital. Gente que lo respetaba, además, por haber perdonado a los líderes rebeldes y a sus seguidores tras la derrota del Calabacillo.

Cayo Catarina no olvidaba la indolencia del virrey cuando debió ser implacable y ejemplar en la aplicación de castigos. Merced a su desidia, la rebelión conservaba sus escondrijos y sus jefes.

Según avanzaba la agonía y variaba el color en el rostro del moribundo, Cayo Catarina introducía ligeras modificaciones que después, en las calles de la ciudad, los pregoneros pasaban de uno a otro.

Sepan los habitantes de Álbora, y del Virreynato entero, que aún respira quien por siempre debiera respirar. Sepan los habitantes que su aliento es una mariposa y que su color avanza hacia el azufre. Por eso, continúe la ciudad en vigilia por Crispino, Virrey facultado, Pótestas de la colonia, Señor de heredades...

Por obra y gracia de la enfermedad de Crispino, su esposa se había enseñoreado de todos los espacios. Y aquel día, sexto del mes del estiércol, ocupaba el sillón del moribundo para recibir a las alcahuetas que traían noticias de la calle. Algunas le advirtieron que los pregoneros omitían el título completo del que se marchaba, “Virrey facultado, Pótestas de la colonia, Señor de heredades”, y solo decían Crispino, como si se tratara de un hombre vulgar. Junia no se sorprendió por eso. Al fin y al cabo, su esposo había alentado todos los incumplimientos, siempre apurado por acabar las ceremonias para ir a otra parte. Ahora agonizaba. Y según se quejaba y movía la cabeza como un ruego, parecía que incluso su agonía era una ceremonia tediosa de la cual procuraba escapar. Pero ahora la ceremonia estaba a cargo de Junia, y la virreyna no iba a permitir que acabara antes de tiempo.

—¿Solo eso van a decirme? —Junia increpó a las cinco mujeres que permanecían de pie delante de la virreyna—. Es una insignificancia contarme que los pregoneros no completan el apelativo del “Señor”. Cualquier habitante de Álbora podría decirme eso sin esperar paga, ¿no es así? —Junia insistió—. ¿No es así?

Las alcahuetas asintieron. Pero una de ellas fue más enfática.

—Habla, Cusi, que para eso recibes lo tuyo.

La mujer a la que Junia se dirigía, una joven rolliza y rosada, era una de las más apreciadas en su trabajo. Porque Cusi no alcahueteaba por glotonería o apremio de hablar, sino por oficio. Esa condición la libraba de las exageraciones en las que solían caer aquellas que hablaban por pasión. A diferencia de la mayoría de sus pares, Cusi callaba cuando no tenía nada para decir y, quién sabe, tal vez era capaz de guardar un secreto. Además, aunque recorría las calles desde la madrugada hasta entrada la noche, aunque bebía en el Barracón Antiguo y la visitaba más de un amante, la joven alcahueta mantenía despejado el pensamiento.

—Hay un pregonero que canta cerca del reloj de sol... Es fácil reconocerlo por su cara pecosa y el enorme tamaño de su cuerpo. No se rio a carcajadas como los otros cuando escuchó la orden que tú habías dado, tampoco se rascó entre las piernas. Pero dijo que su memoria estaba ocupada con mejores versos, con coplas del Calabacillo.

Aún persistían los rebeldes que Crispino había perdonado, gente del Calabacillo que todavía cantaba sus impudicias... Sin duda, Cusi tenía talento para reconocer el verdadero peligro.

—Pide a las costureras de Rodal Crudo suficiente paño para un vestido nuevo —Junia pensó que Cayo Catarina habría dicho que esos talentos debían alentarse, y entonces agregó—: ¡Pide también un par de suelas de cuero!

Cusi había nombrado al pregonero que cantaba cerca del reloj de sol. Y aquel hombre de rostro pecoso, según señas de la alcahueta, pasó a ser el tercer condenado de Junia. Los otros dos habían sido elegidos hacía mucho tiempo. Y, a diferencia del pregonero, eran de sangre mezclada: revuelto de crudo y cue cué. Dos niños que, a esa misma hora y sin imaginar su destino, bailaban alrededor de su madre para intentar que sonriera. Pero Bérnaba, la mujer de raza cue cué que el virrey aún amaba, sí era capaz de imaginar el destino de sus hijos. Esa noche moría el hombre que había entrado a su casucha de esclava durante diez años. Y Bérnaba sabía que a partir del último aire de Crispino, los hijos que engendraron, mitad crudo, mitad cue cué, serían los primeros enemigos de la virreyna.

Al fondo de los copiosos corrales de Rodal Crudo se levantaba una precaria construcción de barro donde encerraban a los animales enfermos. Allí estaban Bérnaba y sus hijos, descalzos sobre excrementos y plumas ensangrentadas porque las gallinas padecían un mal que comenzaba con granos en los ojos y terminaba con la deposición de un huevo de sangre.

Sentada en el piso del gallinero estaba Bérnaba, tan cue cué como el cuervo, tan cargada de baratijas. Sus hijos bailaban.

El mayor era delgado y serio, una caña de Bérnaba.

El menor, de cabello motoso y dorado, era gordo y bailarín; una rodaja de Crispino.

—Son apenas unos golpes de reloj lo que nos resta esperar —Cayo Catarina se dirigía a la ansiedad de Junia, que en las últimas horas lo convocaba incesantemente—. La sentencia de los hijos de la cue cué ya ha sido escrita. Supimos aguardar, mi bienquerida. ¿Cederemos ahora a la impaciencia?

Durante los años en que el virrey se dedicó a burlarse obscenamente de los consejos médicos, a desobedecerlos uno por uno, Junia y Cayo Catarina cerraban alianzas con los hacendados, los prestamistas, la Guardia Blanca y el Protomedicato. Acrecentaron las arcas paralelas, y aguardaron. Habían dictado una sentencia, y aguardaban.

Siempre, y mucho más en esa hora, Catarina debía moderar los impulsos de Junia, saturados de nervios de mujer.

Lo que más lo alarmaba de la virreyna era la motivación pueril de sus principios. Sus decisiones políticas nunca tendrían otro fundamento que el recuerdo de su padre subiéndola sobre los hombros para que pudiera observar la vasta tierra que les pertenecía. Todavía Junia podía sentir el contacto de las manos paternas que la sostenían a la altura del cielo, tomando con firmeza sus piernitas crudas y delgadas.

¿Ves, hija mía, cómo son de rectos nuestros surcos? ¿Sientes el buen aroma de los frutos? Para que todo continúe así, recto y fragante, voy a contarte un cuento que no olvidarás. Entonces Junia, sentada sobre los hombros fuertes de su padre, se inclinaba hacia adelante y le colmaba la frente de besos breves y sonoros. Después apoyaba una mejilla en su cabeza y entornaba los ojos claros para escuchar. Y recordar mejor. Sabes, hija, que los cue cués tienen un largo rabo que esconden; se lo comen cada noche intentando parecerse a los crudos... Y bien, esta es la historia de un enorme y feo cue cué que masticaba el rabo de su hermano. El que se dejaba masticar estaba tirado sobre el vientre. M

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