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MEMORIAS IMPURAS

Liliana Bodoc  

5


Fragmento

Escribí al pie de la primera página de un almanaque elaborado por el Cosmógrafo Mayor.

Entonces era un niño, y aquellos versos se compadecían de las momias que, desde el gran alzamiento de la ciudad, permanecían arrumbadas en los tambos. El peso de una presencia a mis espaldas me sobresaltó. Era mi abuelo que espiaba.

Escribí en las paredes rojizas de un granero, con palabras altisonantes, una loa en honor al desfile de carros alegóricos que los artesanos organizaban durante las fiestas de la cosecha. Desde un rincón, con la nariz cubierta de telarañas, mi abuelo observaba complacido.

Escribí acerca de la hipocresía de los mercaderes... Oculto bajo la mesa, mi abuelo puso su oído en el recorrido de la pluma y supo lo que decía el papel tan claramente como si hubiese puesto sus ojos.

Una mañana de frío en la letrina, donde me creí a salvo de toda vigilancia, cubrí mi muslo izquierdo con una copla trazada a carbón. En verdad, era un salmo de succión y soplido, semejante a los que cantaban las Madres del Son en ceremonias de restablecimiento. Entonces, mi abuelo raspó la tierra con los talones.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Una noche de verano soñé que escribía un relato deshonesto sobre la boda entre un anciano y una niña; la esposa era tan pequeña que aún tenía el vientre redondeado por el azúcar. Abrí los ojos y allí estaba mi abuelo, vestido con un tipo de camisón pardo que ya estaba en desuso.

Voy a morir muy pronto, dijo. Y agregó que no quería irse sin estar seguro de que alguien escribiría un relato minucioso y verdadero sobre las revoluciones que estremecieron al Virreynato.

Se refería mi abuelo al tiempo en que la Alianza del Calabacillo, organización tutelada por la Logia Bagual, enfrentó por vez primera a las fuerzas virreynales. Y aunque aquella guerra acabó con la derrota de los rebeldes, los cimientos del Virreynato quedaron corroídos para siempre.

Las tres razas del territorio, y sus cruzas, dieron revolucionarios. Los cue cués de color negro que no lograban olvidar su andar libres al otro lado del mar, los mitimaes cobrizos que añoraban los tiempos del Señorío, hasta los crudos de color blanco, y los hijos mezclados de todos ellos soñaron con la caída del Virreynato. En algún momento los rebeldes entendieron que debían rebasar el ancho de sus camisas y agruparse en una única fuerza de combate. Esa fue la Alianza del Calabacillo, gracias a la cual los meros deseos se transformaron en estrategias. Si mi abuelo estuviese al mando de esta pluma, escribiría que la Alianza del Calabacillo fue el primer zarpazo que el libre animal de la rebelión lanzó al cuello del Virreynato, jabalí sanguinario que usaba al mismo cielo para engordar.

Regreso ahora a mi infancia y a mi abuelo. Ya habrá tiempo, para bien y para mal, de digresiones y de andarse por las ramas.

La noche en que me anunció su muerte, el anciano se sentó al borde de mi cama y comenzó a enumerar con evidente placer los talentos y las pericias de mis seis hermanos. Todos útiles en el diario vivir. Ninguna de esas virtudes poseía yo. Pero sí la habilidad de escribir con fluidez y alguna elegancia. Hoy comprendo que el hombre le otorgaba al don de relatar un importante cometido, aun creyendo que las personas que lo poseían eran impresionables, con tendencia a la melancolía y cierta intención de extravagancia.

Por eso, sin ser yo su nieto predilecto, o quizá por eso mismo, me adjudicó la responsabilidad de hacerme cronista del Virreynato, cronista de sus insólitas revoluciones. Y, fiel a su costumbre, no me dejó espacio para el desacuerdo.

Aquella noche no logré dormir bien. En verdad, creo que jamás pude volver a hacerlo.

Mi abuelo no partió tan pronto como yo hubiese deseado. Para cuando murió, un numeroso grupo de entusiastas abrumó mi juventud hablando de glorias pasadas, recordando acontecimientos que, según afirmaban, aún vivían entre nosotros.

Muchos solo cacareaban adulaciones o condenas, según hablaran de su bando o del bando contrario. Pero hubo otros que, al narrar, sugerían imprecisiones y enigmas. Buenas personas que, en cierto modo, parecían darle más importancia a la belleza que a la verdad. A ellos les creí, punto por punto.

Aun cuando relatan hechos verdaderos, mis crónicas negociarán con la poesía para desahogar la horrible fetidez que suelta la verdad cuando se pone vieja.

El crimen de la leche, la traición entre los hermanos Atauchi y la violenta belleza de Anas Huayna pasaron a ser, por gracia del cuento, parte de mi memoria. Y, sin embargo, llevo ya la mitad de mi vida sin escribir ni una sola línea que deje asentado en el papel estos y otros acontecimientos, luces y sombras del Virreynato.

Podría excusarme diciendo que encontré, en mi largo andar, un mejor destino. Pero ¿puedo acaso ofrecer alguna prueba en apoyo de esta afirmación? No puedo ofrecer ninguna.

Mejor aceptar que, a veces, fui indolente. Y, otras veces, cobarde.

Como sea, no voy a demorar más tiempo la ejecución de esta tarea pues, sin buscarlo, llegué a un lugar propicio para hacer lo que debo. Se trata de un paraje baldío rodeado por grandes promontorios de vetas rojas.

Hay aquí una taberna construida a la antigua usanza: paredes y pisos de piedra, techos bajos, ventanas diminutas. El cielo está cerca. Y el viento, porque todo es roca, existe gracias a mi cabello y a mi blusón gastado.

Por lo demás, el tabernero es un hombre sin misterios. Y tanto su mujer como su hija son de una delgadez inconcebible. Nada hay entonces que pueda distraerme de mis obligaciones.

Dispongo hospedarme todo el invierno en esta casa sombría. Aunque sé que llegará la primavera y yo seguiré aquí, escribiendo, escribiendo.

Resplandor de estrellas, antigua sombra del calabacillo

Estoy ahora frente al papel. La luz del candelabro sugiere imprecisiones y enigmas. Tal vez por eso decido no ofrendarle esta historia a ningún héroe. Será igual que un jarro rebalsado de sidra: mitad ámbar, mitad mentira para que sea deseable.

Decido también que mi narración seguirá el trazo y la lógica del cometa que cruzó, en aquel tiempo, el cielo del Virreynato.

Sé que mi abuelo anda cerca, envuelto en su muerte. ¿Lamentará haberme elegido?

1

Fue una séptima noche del mes del estiércol cuando moría Crispino, virrey facultado, Pótestas y Señor de la colonia, renombrado, ante todo, por su afición a la lujuria. Noche séptima en que Junia, su viuda, echó a andar el terror. Y no importa lo que ella hubiera dicho, lo hizo por vengar la humillación de su vientre abandonado.

Crispino estaba terminando de morir. La ciudad de Álbora, capital del Virreynato, permanecía inquieta y a la espera. Nadie podía amar o comer mientras Crispino se alejaba, aunque de ambas cosas, amar y comer, él mismo había abusado durante su larga enfermedad. El vino, el cordero y el calor de Bérnaba, su amante de piel oscura, mantuvieron la sonrisa en su rostro cuando ya había perdido casi todos los dientes. Y lograron retener cierta humedad en la piel por los días en que su cuerpo empezaba en los huesos.

Pero sin importar cuántos placeres hubiese buscado Crispino para tolerar su agonía, aquella noche, en Álbora, nadie podía comer ni amar. Nadie podía dormir. Solo escuchar a los pregoneros que iban y venían, entre la cama final y el gran reloj de sol de la Plaza de Ranas, comparando la respiración del moribundo con una mariposa.

Desde hacía días la virreyna y Cayo Catarina, su consejero favorito, discutían en Rodal Crudo la redacción del edicto que dignificaría la muerte del virrey.

Cayo Catarina, primo en segunda línea de Crispino por una rama menoscabada de la familia, había sido beneficiado en Rodal Crudo —gracias a la caridad del virrey— con un incierto cargo de asesor en ceremonias y genealogías, perito en la composición de fórmulas, misivas, edictos y documentos de legitimidad. Pero una vez instalado en la vasta ciudadela amurallada que resguardaba las arcas del poder, Cayo Catarina supo construir un nido en la soledad del regazo de la virreyna, humillada desde el día de su boda.

Según expreso pedido de Junia, el escrito del consejero procuraría disimular las indecencias de Crispino, las mismas que aún se olían en sus estertores: el cordero en salsa, el vino y la piel de Bérnaba. Cayo Catarina eligió un tono de alabanza adecuado a la severidad de las circunstancias pero, al mismo tiempo, amanerado y pueril, porque el consejero conocía de sobra la sensibilidad del vulgo que habitaba los callejones de cuartos. Gente que amaba a ese virrey extravagante, que amaba más bien el estado de impudicia y pereza que había instaurado en el Virreynato, más aún en la ciudad de Álbora, su capital. Gente que lo respetaba, además, por haber perdonado a los líderes rebeldes y a sus seguidores tras la derrota del Calabacillo.

Cayo Catarina no olvidaba la indolencia del virrey cuando debió ser implacable y ejemplar en la aplicación de castigos. Merced a su desidia, la rebelión conservaba sus escondrijos y sus jefes.

Según avanzaba la agonía y variaba el color en el rostro del moribundo, Cayo Catarina introducía ligeras modificaciones que después, en las calles de la ciudad, los pregoneros pasaban de uno a otro.

Sepan los habitantes de Álbora, y del Virreynato entero, que aún respira quien por siempre debiera respirar. Sepan los habitantes que su aliento es una mariposa y que su color avanza hacia el azufre. Por eso, continúe la ciudad en vigilia por Crispino, Virrey facultado, Pótestas de la colonia, Señor de heredades...

Por obra y gracia de la enfermedad de Crispino, su esposa se había enseñoreado de todos los espacios. Y aquel día, sexto del mes del estiércol, ocupaba el sillón del moribundo para recibir a las alcahuetas que traían noticias de la calle. Algunas le advirtieron que los pregoneros omitían el título completo del que se marchaba, “Virrey facultado, Pótestas de la colonia, Señor de heredades”, y solo decían Crispino, como si se tratara de un hombre vulgar. Junia no se sorprendió por eso. Al fin y al cabo, su esposo había alentado todos los incumplimientos, siempre apurado por acabar las ceremonias para ir a otra parte. Ahora agonizaba. Y según se quejaba y movía la cabeza como un ruego, parecía que incluso su agonía era una ceremonia tediosa de la cual procuraba escapar. Pero ahora la ceremonia estaba a cargo de Junia, y la virreyna no iba a permitir que acabara antes de tiempo.

—¿Solo eso van a decirme? —Junia increpó a las cinco mujeres que permanecían de pie delante de la virreyna—. Es una insignificancia contarme que los pregoneros no completan el apelativo del “Señor”. Cualquier habitante de Álbora podría decirme eso sin esperar paga, ¿no es así? —Junia insistió—. ¿No es así?

Las alcahuetas asintieron. Pero una de ellas fue más enfática.

—Habla, Cusi, que para eso recibes lo tuyo.

La mujer a la que Junia se dirigía, una joven rolliza y rosada, era una de las más apreciadas en su trabajo. Porque Cusi no alcahueteaba por glotonería o apremio de hablar, sino por oficio. Esa condición la libraba de las exageraciones en las que solían caer aquellas que hablaban por pasión. A diferencia de la mayoría de sus pares, Cusi callaba cuando no tenía nada para decir y, quién sabe, tal vez era capaz de guardar un secreto. Además, aunque recorría las calles desde la madrugada hasta entrada la noche, aunque bebía en el Barracón Antiguo y la visitaba más de un amante, la joven alcahueta mantenía despejado el pensamiento.

—Hay un pregonero que canta cerca del reloj de sol... Es fácil reconocerlo por su cara pecosa y el enorme tamaño de su cuerpo. No se rio a carcajadas como los otros cuando escuchó la orden que tú habías dado, tampoco se rascó entre las piernas. Pero dijo que su memoria estaba ocupada con mejores versos, con coplas del Calabacillo.

Aún persistían los rebeldes que Crispino había perdonado, gente del Calabacillo que todavía cantaba sus impudicias... Sin duda, Cusi tenía talento para reconocer el verdadero peligro.

—Pide a las costureras de Rodal Crudo suficiente paño para un vestido nuevo —Junia pensó que Cayo Catarina habría dicho que esos talentos debían alentarse, y entonces agregó—: ¡Pide también un par de suelas de cuero!

Cusi había nombrado al pregonero que cantaba cerca del reloj de sol. Y aquel hombre de rostro pecoso, según señas de la alcahueta, pasó a ser el tercer condenado de Junia. Los otros dos habían sido elegidos hacía mucho tiempo. Y, a diferencia del pregonero, eran de sangre mezclada: revuelto de crudo y cue cué. Dos niños que, a esa misma hora y sin imaginar su destino, bailaban alrededor de su madre para intentar que sonriera. Pero Bérnaba, la mujer de raza cue cué que el virrey aún amaba, sí era capaz de imaginar el destino de sus hijos. Esa noche moría el hombre que había entrado a su casucha de esclava durante diez años. Y Bérnaba sabía que a partir del último aire de Crispino, los hijos que engendraron, mitad crudo, mitad cue cué, serían los primeros enemigos de la virreyna.

Al fondo de los copiosos corrales de Rodal Crudo se levantaba una precaria construcción de barro donde encerraban a los animales enfermos. Allí estaban Bérnaba y sus hijos, descalzos sobre excrementos y plumas ensangrentadas porque las gallinas padecían un mal que comenzaba con granos en los ojos y terminaba con la deposición de un huevo de sangre.

Sentada en el piso del gallinero estaba Bérnaba, tan cue cué como el cuervo, tan cargada de baratijas. Sus hijos bailaban.

El mayor era delgado y serio, una caña de Bérnaba.

El menor, de cabello motoso y dorado, era gordo y bailarín; una rodaja de Crispino.

—Son apenas unos golpes de reloj lo que nos resta esperar —Cayo Catarina se dirigía a la ansiedad de Junia, que en las últimas horas lo convocaba incesantemente—. La sentencia de los hijos de la cue cué ya ha sido escrita. Supimos aguardar, mi bienquerida. ¿Cederemos ahora a la impaciencia?

Durante los años en que el virrey se dedicó a burlarse obscenamente de los consejos médicos, a desobedecerlos uno por uno, Junia y Cayo Catarina cerraban alianzas con los hacendados, los prestamistas, la Guardia Blanca y el Protomedicato. Acrecentaron las arcas paralelas, y aguardaron. Habían dictado una sentencia, y aguardaban.

Siempre, y mucho más en esa hora, Catarina debía moderar los impulsos de Junia, saturados de nervios de mujer.

Lo que más lo alarmaba de la virreyna era la motivación pueril de sus principios. Sus decisiones políticas nunca tendrían otro fundamento que el recuerdo de su padre subiéndola sobre los hombros para que pudiera observar la vasta tierra que les pertenecía. Todavía Junia podía sentir el contacto de las manos paternas que la sostenían a la altura del cielo, tomando con firmeza sus piernitas crudas y delgadas.

¿Ves, hija mía, cómo son de rectos nuestros surcos? ¿Sientes el buen aroma de los frutos? Para que todo continúe así, recto y fragante, voy a contarte un cuento que no olvidarás. Entonces Junia, sentada sobre los hombros fuertes de su padre, se inclinaba hacia adelante y le colmaba la frente de besos breves y sonoros. Después apoyaba una mejilla en su cabeza y entornaba los ojos claros para escuchar. Y recordar mejor. Sabes, hija, que los cue cués tienen un largo rabo que esconden; se lo comen cada noche intentando parecerse a los crudos... Y bien, esta es la historia de un enorme y feo cue cué que masticaba el rabo de su hermano. El que se dejaba masticar estaba tirado sobre el vientre. Miraba el paisaje y bostezaba con una mueca extraña. De pronto, y casi al borde del sueño, se le ocurrió pensar que todo lo que veía, rebaños y caminos, los tambos y la Plaza de Ranas, los cocoteros y las hermosas chauchas de vainilla, podían algún día pertenecerles... Sin separarse de la cabeza amada, la niña torcía su boca pequeña en expresiones de asco o de horror mientras escuchaba el relato cadencioso de su padre. Entonces este cue cué se incorporó de pronto y le dijo a su hermano lo que pensaba. El cue cué que masticaba tragó el trozo de rabo y los ojos le brillaron de codicia. Pero enseguida arrugó la cara y preguntó cómo podrían hacer eso.

—¿En qué piensas? —Cayo Catarina interrumpió el recuerdo.

Junia sonrió con ternura:

—Pienso en los cuentos de mi padre.

Junia bajó la cabeza y frunció la boca como si fuera a lloriquear.

—¿No deseas ir a galopar? Te hará bien —Cayo Catarina levantó el rostro de Junia por el mentón.

—Tienes razón.

—Ve, entonces.

La virreyna eligió la más briosa de sus doce yeguas y salió cuando atardecía el sexto día del mes del estiércol. El cuerpo menudo de Junia lograba su mayor apostura montada sobre el lomo de un caballo. Jineteaba como el mejor de los hombres de la Guardia Blanca. Galopar era su modo de tomar posesión. Nunca como entonces sentía que aquella tierra de límites lejanos y difusos era su legítima heredad.

Los dominios del Virreynato podían medirse en atardeceres. Una hacienda de mérito se estimaba en tres atardeceres al galope, en seis al trote lento.

Junia montó su yegua y alzó el brazo. Subió el látigo, zumbó, fustigó el lomo para que el animal supiera quién era quién. Ascendió el látigo y golpeó el vientre que, por diez años, había transpirado con Crispino... Ascendió. Y descendió pensando que hasta preñada, le habían dicho, Crispino iba a buscarla a su casucha. Hasta recién parida, le contaron las alcahuetas. Subió el látigo y bajó con violencia. Cuánto se habrá reído como una manera de tener dientes, como un capricho para ser blanca... Subió alto el látigo, se metió en el cielo. De allí descendería con una enseñanza inspirada. ¡Ea, volvemos al camino!

2

Tres razas convivieron en las tierras virreynales: los crudos irradiaban su poderío desde el centro, aliados y protegidos por la Metrópoli. Los mitimaes sostenidos en la antigüedad de su historia y en la importancia de sus revelaciones. Y los cue cués.

Antiguas relaciones sobre los orígenes de la esclavitud en el Virreynato contaban que los cue cués habían llegado con los barcos desde una tierra incendiada donde los marinos los hallaron apiñados en la costa, extendiendo los brazos y clamando que los sacaran de allí. Tal vez por ese recuerdo de animales acorralados los cue cués se comportaban al principio de tan extraño modo que obligaba a castigarlos con mucha severidad. Sin embargo, los crudos no olvidaban, al escarmentarlos, que aunque los cue cués dejaran caer la cabeza sobre el pecho y se babearan, nunca debían darles la espalda.

Las mismas relaciones también daban cuenta de la mezcla entre razas. Sus autores se debatían entre la necesidad de relatar la verdad de los hechos y la consternación que esos hechos les provocaban:

No se puede negar que siempre existió cruza entre las tres razas que conviven en este Virreynato, porque donde se juntan hombre y mujer la desmesura se arremanga y se frota las manos.

Son estos los colores de las carnes raciales y, como verán, hablan por sí mismos.

El crudo tiene color de nata. El mitimae tiene color de mineral. El cue cué tiene el color del cuervo.

Luego, son estos los resultados de tales aberrantes mezclas:

Donde se junten crudo color de nata y cue cué como el cuervo, dará cambujo.

Donde se junten crudo y mitimae color mineral, dará cambujo.

Donde se junten mitimae y cue cué, dará cambujo; aunque esta junta de mineral y cuervo es la más escasa.

En épocas de grandes virreyes aquellas perturbaciones se ocultaban o se castigaban. Con Crispino, las piedras del orden se disolvieron. El rojo del amanecer y el rojo del atardecer parecieron la misma cosa, cuando uno es principio y otro es final.

Cusi caminaba por los tugurios de Rodal Crudo. Allí, a la sombra del poder, se hacinaban los esclavos y algunos cientos de cambujos libres que atendían trabajos artesanales y de oficio para la Casa Virreynal. Cerca estaban las porquerizas y los potreros, los talleres, los hornos... Un poco más lejos, detrás de los molinos, comenzaban las tierras de labranza.

Unas risas llamaron la atención de la alcahueta. Una cue cué y su hija, dos esclavas a las que Cusi conocía bien, se acercaban por un sendero.

—¿Por qué tanta risa? —les preguntó Cusi.

—Cumplo dieciséis años —respondió la joven—. Y me han dicho que debo ir donde los amos, han dicho que me esperan.

Cusi entendió de inmediato la razón de tanta fiesta: Crispino concedía la libertad a la tercera hija mujer de los esclavos de Rodal Crudo, si alcanzaba los dieciséis años.

El virrey creía que para tener buenos esclavos era necesario otorgarles una cuota de dicha. Y, quizá con el ánimo de no perder su propia y enorme felicidad, concedía algunas gracias de tanto en tanto. Por lo demás, cuando los hacendados le reprochaban el despropósito, Crispino decía: ¿Dónde podrían ir esas niñas? Aquí se quedarán, a trabajar contentas y libres para Rodal Crudo.

No obstante, Cusi pensó que era extraño que las convocaran a esas horas de la noche. En especial cuando Crispino agonizaba. Algo le alertó el estómago, el sitio de su cuerpo que intuía las desgracias.

—Me quedaré a esperarlas. Tengo un poco de vino. Brindaremos por la joven liberta.

—Gracias —dijo la madre—. Volveremos pronto —y tomó la cintura de su hija para llevarla más de prisa.

El consejero Cayo Catarina, un prestamista y un miembro del Protomedicato aguardaban en un granero. Madre e hija entraron sonrientes y esperaron.

—Acérquense —dijo Catarina.

El consejero alzó hasta sus rostros una lámpara de aceite.

—¿Vienes a buscar la libertad de tu hija?

—Vengo, sí señor.

—¿Y por qué crees que la merece?

—Porque es la tercera en ser mi hija, y ya ha cumplido sus dieciséis años.

—Qué más...

—También le cosí un vestido amarillo para que salga mañana a caminar por la ciudad.

Cayo Catarina dejó la lámpara y se puso de pie. Acercó a las mujeres su cara blanquecina. Su aliento no tenía olor, ni bueno ni malo.

—Tú sabes, cue cué, que la libertad es muy valiosa.

—Sí es valiosa, señor.

—¿Y qué te hace pensar que alcanza con ser la tercera parida y cumplir dieciséis años para obtenerla?

—Lo piensa esta cue cué porque nuestro virrey...

—El virrey —interrumpió Catarina— les concedió lo que no debía, y admitió lo que no puede admitirse para los asnos, para los deformes ni para los esclavos. El virrey les enseñó a ser perezosos y desagradecidos. Les enseñó a ser insolentes —Catarina les mostraba a las esclavas que el poder había cambiado de manos—. El virrey les permitió amontonar altares y suciedad. Los dejó criar a todo gusarapo que engendran y es como ahora vienes a figurarte que eres madre. Y, por lo mismo, mañana pretenderás que esta monita dance en los salones de los crudos —Catarina hizo una pausa—. Pero para que veas que el Virreynato tiene alma, le daremos a tu hija la posibilidad de ganar la libertad que reclama.

La madre no se atrevió a preguntar. Y la joven no acababa de comprender.

—¿Quieres conseguir tu libertad? —le preguntó el consejero.

—Sí, señor. La libertad.

Cusi aguardaba sentada al borde del sendero. Miraba las luces de la Casa Virreynal, muchas más, reunidas en un solo edificio, que las que se repartían en el resto de Rodal Crudo. Corría viento y pensó en regresar a su habitación en el callejón de cuartos. Esperaba para obtener noticias sobre aquella convocatoria a deshoras, pero ya ni siquiera sabía si quería saber. En cualquier caso, se enteraría al día siguiente.

El representante del Protomedicato se puso de pie. Tenía el cabello canoso y abundante, y las manos enguantadas. Se acercó a la joven cue cué y le habló con afectada serenidad.

—¿Puedes ver lo que pende al fondo del granero, junto al farol?

La joven asintió. Una moneda de oro pendía de uno de los troncos que sostenían la techumbre.

—Tienes que llegar a ella y tomarla. Si lo haces, serás libre.

Parecía muy fácil. La joven quiso comenzar.

—Aguarda, aguarda… Escuchaste lo que el consejero Catarina dijo sobre la libertad... Es algo muy valioso, y deberás esforzarte para obtenerla.

—Sí, señor. La libertad.

—Entonces, presta atención —el hombre rozó el rostro pálido de la joven cue cué—. Vas a quitarte los calzones y vas a agacharte.

—Nos vamos —dijo la madre—. Mi hija seguirá siendo esclava, así está bien, está muy bien...

Pero Cayo Catarina la detuvo.

—No se irán tan pronto... Tu pequeña cue cué aceptó pasar la prueba, y ahora deberá cumplir.

El hombre de cabello blanco esperó la señal de Catarina para continuar.

—Primero voy a untar aceite entre tus nalgas. Luego voy a colocarte un pequeño rabo, como el que tenían tus abuelos.

Mostró el rabo, y era un cabo de vela del largo de un dedo.

—No tengas miedo. Voy a colocarlo con suavidad y tú solamente deberás apretar fuerte para evitar que se escape.

La joven esclava tiritaba. Su madre se cubría el rostro con las manos.

—Luego encenderé el pabilo. Quiero decir, le pondré fuego a tu rabo, ¿comprendes?

El prestamista rió con pasión. Pero ni Catarina ni el médico lo acompañaron.

—Cuando encienda la vela vas a comenzar a caminar hacia la moneda. Pero... —el médico batió palmas como para indicar que venía lo importante— si lo haces muy rápido el rabo va a caer, y entonces regresarás a tus faenas de esclava. Pero si avanzas demasiado despacio la vela va a llegar al aceite y entonces tu carne va a incendiarse. En ese caso, seguirás siendo esclava y sufrirás feas quemaduras. Tienes que encontrar el modo de tomar la moneda sin que el rabo se caiga ni tu cuerpo se incendie... Supongo que tendrás que probar caminando al modo de los gansos. ¡Algo más!, usa una mano para sostener bien alta tu pollera, no sea que el fuego la alcance.

El prestamista fue quien más disfrutó de aquella caminata ridícula y desesperada. La cue cué, que sostenía un cabo de vela como rabo, avanzaba con pasos cortos y rápidos. Cortos para que el rabo no se cayera, rápidos para que su carne no se incendiara. La joven cue cué lloraba en silencio lágrimas de vestido amarillo, lágrimas motosas, lágrimas de otro continente.

El granero era demasiado grande. Y la moneda seguía estando lejos aunque ella extendiera su brazo libre. Cuando la llama alcanzara el aceite su espalda se encendería, y también su cabello largo y lindo.

Cuando Cusi las vio regresar, supo que su estómago no se había equivocado. Ya no reían. La madre sostenía a la joven, que apenas lograba caminar.

—Tardaron —dijo la alcahueta. Pero el dolor en los rostros cue cué la obligó a callar.

Luego Cusi escuchó el relato entrecortado de la madre. Y juzgó la gravedad de las quemaduras.

—Cúrala bien. Va a llenarse de pus.

Crispino estaba muriendo y todo iba a cambiar en el Virreynato. Cusi pensó que por fortuna su oficio de alcahueta le aseguraba el favor de los poderosos.

Salió de Rodal Crudo impregnado su recuerdo con el olor de la carne quemada. Un poco después, en la soledad de la ciudad nocturna, quiso imaginar cómo sería caminar con un cabo de vela entre las nalgas y comenzó a hacer piruetas con sus caderas. Lo hizo para reír, pero acabó acodada en una mesa del Barracón Antiguo. Silencio de vino, silencio de madrugada pegajosa. Silencio de una alcahueta que quería sobrevivir.

Un poco después, en la soledad de sus habitaciones, Cayo Catarina escribía. Allí pasaba la mayor parte del tiempo trabajando para el Virreynato y reflexionando sobre la esencia y la trama del auténtico poder. Llevaba registro de las mutaciones que la autoridad había sufrido a través del tiempo, elaboraba postulados que ponía a prueba. Y, como sabía equivocarse, aprendía sobre el asunto más que cualquier otro. A veces, decía que el rostro del poder sólo tenía perfil.

Catarina mojó la pluma, se inclinó sobre el papel y escribió.

Restaurar el poder sobre un pueblo que llegó a la impertinencia, a la vida ilusoria que les repartió la mano liviana de la autoridad, nos obliga a ser perfectos en la arbitrariedad y en la sorpresa. El verdadero poder jamás debe advertir. Igual que el sol debe estar allí, indiscutible, cuando la gente despierte. En ocasiones, para instaurarse o para sostenerse, el poder necesitará un cierto número de muertos absurdos o inocentes. A veces, azarosos. Quienes no comprenden las reales exigencias del mando llamarán inicuos a estos menesteres. En cambio, quienes somos capaces de comprender, sabemos que se trata de la inevitable dosis de arbitrariedad que impide la degradación del orden. Porque, apenas el vulgo conoce el sistema de leyes y castigos, encuentra la manera de hostilizar, exigir y oponerse. Una de las principales condiciones del poder es su carácter ignoto. Será como una construcción insensata en donde la gente se pierda: pasillos sin salida, ventanas tapiadas y pozos inesperados. ¡Cuidado con hacer del poder una casa que pueda visitarse sin riesgo, porque de ese modo el vulgo la tomará por asalto!

Cayo Catarina, Diario sobre el poder

3

Séptimo del estiércol y último.

Crispino caminaba hacia un horizonte sin espesor, hacia una lejanía dibujada sin dimensiones. A esas horas se entendía mejor con la niebla que con la carne pues iba a morir a medianoche en la Cámara Púrpura.

Su habitación preferida durante la estación húmeda, en penumbras, olía a madera de bálsamo.

El virrey estaba tomando su decisión de moribundo. Algo deseaba hacer antes de marcharse, algo que requería un esfuerzo inaudito. La garganta se le ensanchaba, las venas de las manos palidecían y le temblaban los párpados violáceos.

Cerca de allí, en su propia habitación, sentada en el piso con los pies descalzos apoyados sobre las lajas frías, la esposa de Crispino suspiró y echó hacia atrás la cabeza para apoyarla sobre un almohadón. Le hacía bien mirar el techo. Era un camino fácil y corto, recto y fragante, que la llevaba de regreso a un sitio amado.

Encerrada en su prisión de barro, también descalza, en cuclillas con la pollera blanca subida hasta los muslos, Bérnaba mecía el torso hacia atrás y hacia adelante. Y en ese movimiento, el escote cedía al peso de su pecho. Bérnaba tocaba la sonaja sagrada de las Madres del Son. Al ritmo de las semillas de calabaza, cantaba y sus hijos bailaban.

Voy por la sonaja a buscar respuesta,

Palabra de los muertitos.

Muertitos nuestros que ya no temen,

Ya no lloran...

La calabaza tenía incrustados dos ojos de espejos en los que se reflejaban los de Bérnaba, oscuros y espantados.

Sus niños cambujos bailaban. El pequeño pidió fruta que no había, el mayor le hizo un gesto de silencio. Y siguieron bailando. El pequeño pidió agua, que estaba sucia.

La sonaja, el canto y el baile se detuvieron a un tiempo. Alguien se acercaba ahuyentando con chistidos a los gansos del corral. Bérnaba se puso de pie y se pegó a la puerta.

—¡Bérnaba! —llamó una voz de mujer sin tiempo ni voluntad de ser piadosa—. Tu Crispino morirá esta noche.

La que hablaba era Cusi. Bérnaba, que la conocía como alcahueta de Junia, no abrió la boca.

Pero la cue cué no sabía que Cusi la alcahueta, que no se apiadaba más que de su propia pobreza, tenía dos corazones para los niños. Eran su debilidad, el único asunto por el cual era capaz de resignar sus propios intereses. Los cachorros fueron, a lo largo de su vida, la principal causa de sus transformaciones.

—Tu virrey se muere, y bien sabes lo que eso significará para tus hijos... —Cusi imaginó a los niños aferrados a las largas polleras de su madre—. Tú sabes, Bérnaba.

La cue cué metió sus dedos largos en la cabellera motosa y dorada de su hijo pequeño.

—Escucha —continuó Cusi—. Vi crecer a tus hijos en las callejuelas de Rodal Crudo. Los crucé casi a diario camino a los tambos y ellos me sonrieron sin acusarme ni pretender favores.

—Entonces, diles a mis hermanas del son.

Cusi pateó la tierra con furia:

—¿Tus hermanas del son...? Quise hablar con algunas de ellas. Demasiado ancianas y enfermas. Otras son demasiado jóvenes y están ocupadas en conseguir monedas.

—Pero algo debieron decirte.

—¡Ah, por cierto! Me largaron una retahíla de palabras desconocidas. Como si presumieran de lo mucho que tienen entre manos. ¿Y sabes qué creo, Bérnaba? Creo que tienen insignificancias. Algo parecido a los excrementos de este corral.

Las gallinas enfermas se habían arremolinado en torno a Bérnaba y sus hijos.

—Piénsalo... Las Madres del Son no podrán hacer otra cosa que reunirse esta noche a danzar, a comer y a beber en nombre de tus hijos. Cuando despierten de la comilona todo estará hecho.

Cusi escuchó que Bérnaba y sus hijos se alejaban de la puerta.

—¡Vuelve, Bérnaba! Haz al menos el favor de escucharme... Por estar aquí tuve que soportar las manos y el olor del porquerizo de turno.

Al cabo de un momento, Bérnaba regresó.

—¿Y qué puedo hacer yo en este encierro? —dijo.

—Los maestros baguales son los únicos que pueden ayudarte. Pero han desaparecido de la ciudad. Voy a menudo al Barracón Antiguo donde era fácil hallar a Zopahua bebiendo vino. Fui una y otra vez, y ya no aparece por allí. Son bien conocidas sus mañas de topo. Un ¡zas! basta y sobra para que el maestrillo y su cuerda desaparezcan frente a las narices de cualquiera. Tal vez tú sepas dónde hallarlo. ¿Dónde, Bérnaba? ¡Dímelo! Zopahua no va a abandonarte.

Zope Zopahua... El recuerdo de aquel maestro, mezcla de crudo y mitimae, de cabellos ralos, lacios y largos, ablandó los rasgos del rostro de Bérnaba.

—No sé dónde esta. Y si dices que Zopahua es bagual, eso no lo sabía yo.

Cusi no era tan buena como para arriesgar su pellejo por una cue cué mentirosa.

—Me marcho, Bérnaba. Y ya nadie vendrá hasta que lleguen a buscarlos. No voy a suplicarte, cue cué. Es por tu bien y no por el mío.

Bérnaba caminó hacia la sonaja. La levantó y se miró en sus ojos de espejo. El sonido de las semillas llegó a los oídos adiestrados de la alcahueta.

—¿Esperas el consejo de tus muertitos? —Cusi habló con desprecio—. Mañana lo serán tus hijos y podrás preguntarles a ellos.

Bérnaba miró a sus niños. Era cierto lo que Cusi decía. El maestro Zopahua no los abandonaría.

—No sé dónde está Zope Zopahua —respondió la cue cué, y en su voz quedó claro que no seguiría hablando.

—Entonces puedes morirte estaqueada. Es, al fin, como dice Junia: no hay diferencia entre ustedes y los monos.

—¡Aguarda! —pidió Bérnaba.

Cusi se volvió esperanzada.

—Consígueme un pedernal y algo de yesca.

Cusi no podía aceptar que aquella mujer, con sus hijos condenados a muerte, le estuviese pidiendo chucherías para sus ceremonias. Y se fue, espantando gansos con rabia, como si fueran cue cués.

Era tremenda la noche en los corrales de Rodal Crudo. A través del único respiradero de la casucha de barro, un poco más tarde, alguien arrojó un paquete envuelto en una tela oscura. Los niños corrieron a levantarlo y se lo llevaron a su madre, que casi sonreía: la alcahueta le enviaba lo que le había pedido.

Bérnaba repartió entre sus hijos el trozo de pan que había preservado de la ración de la mañana. Los besó y les pidió que guardaran silencio. Se sentó en el suelo de cara a la única pared libre de jaulas y conejeras.

Las gallinas de ojos tumefactos callaban, como los niños. Apenas cloqueaba alguna y aleteaba otra, pero todas atendían a los suaves movimientos de la cue cué que se mecía con los ojos entrecerrados como si quisiera escarnecer al destino mostrándole que no tenía mando ni presencia en el sitio donde una mujer elige no llorar.

Más tarde encendió una porción de yesca dentro de una escudilla. Y con su mano derecha envuelta en trapos la alzó hasta la altura del rostro. Luego, entre la llama y la pared, interpuso su mano izquierda. La sombra de la mano se recortó siguiendo las sinuosidades del muro. Bérnaba cantó:

Si es de ustedes quererlo, muertitos,

Mi mano izquierda se separa de mí.

Vuela en lo espeso y en lo ligero,

Pájara de cinco picos.

Pocas estrellas visitaban la noche del Virreynato. Llamaron a la puerta de Junia para pedirle que acudiera de inmediato a la Cámara Púrpura. La aguardaban Cayo Catarina y el médico que había acompañado la enfermedad de Crispino. La virreyna entró con el cabello desaliñado y sin alhajas. El médico se le acercó con los brazos extendidos.

—No te distraigas, Junia —dijo—. Se irá sin dar señales.

Una vez más, Crispino se preparaba para contradecirlo. Para eso reunía las misteriosas secreciones del alma y las hilachas del cuerpo. Debía apresurarse porque la muerte ya había empezado a sonreír. Era el momento de realizar lo que no iba a poder intentar dos veces.

Desde una esquina de la vasta habitación lo observaba Junia, la pequeña esposa que había jugado la indispensable contraparte del juego. Cerca de la cama el médico movía la cabeza al ritmo de su orgullo, asistía el sabihondo al puntual cumplimiento de sus pronósticos. Cayo Catarina se preservaba de los contagios de la agonía pegado a los vapores del bálsamo. Frente a ellos, el Pótestas iba a realizar su postrera impudicia.

El moribundo emitió un leve quejido que concitó la atención de todos. Enseguida se dio un atracón, como le gustaba; pero ahora de su último aire.

La Cámara Púrpura estaba inmóvil, tan inmóvil como Bérnaba y su mano de sombra.

El Reloj de Ranas anunció que la hora había llegado al fondo de la noche. Crispino, Señor y Pótestas, el que según el primer médico de la corte se apagaría sin dar señales, abrió desmesuradamente los ojos y tendió la mano... Aquel último gesto fue su proeza.

En la casucha de los corrales la mano de sombra se cerró en un puño que respiraba. Se separa de mí, vuelo en lo espeso, murmuró la cue cué. Y el puño de sombra tomó grosor de ave. Las alas se despegaron del muro y batieron para arrancar el cuerpo. Cuando el ave estuvo entera y libre revoloteó y se golpeó contra los palos que sostenían el techo buscando una salida.

Junia, que empezaba a entender, desanudó sus dedos crudos. Y dio un paso con la mano afinada hacia la de Crispino, tendida y moribunda, que esperaba.

Junia dio otro paso y aún faltaban, porque la Cámara Púrpura era vasta como quiso Crispino, como un banquete. Desde los corrales de Rodal Crudo un ave cruzaba la noche para llegar a tiempo, y el tiempo era el instante sin transcurso que separa la vida de la muerte.

Crispino duraba en su gesto.

Los dedos lacios de Junia se acercaban, pero también el ave. El tiempo se iba y en aquella pugna se corría el riesgo de que se hiciera tarde para todos. Cesó de cantar el Reloj de Ranas. Y el ave de sombra cruzó una de las ventanas de la Cámara Púrpura. Las velas se agitaron, se deshizo la línea serena y ondulante que ascendía desde el hornillo donde ardía el bálsamo.

Junia quiso atrapar a su enemiga con manotazos torpes, sin advertir que en ese error repetido malgastaba su último plazo. El médico de la corte era un gesto de estúpido asombro. En cuanto a Catarina, no es posible saber porque a él le resultaba natural controlar sus expresiones.

El ave se posó sobre la mano de Crispino, la mano del moribundo la rodeó con visible alivio.

Se fue el Pótestas como lo había soñado, una verga dichosa bajo la mortaja y pegado a su mujer lustrosa. Riendo de los que allí quedaban, tristemente vivos, por largos y sangrientos años.

4

Zope Zopahua, maestro de la Logia Bagual, hablaba con la cuerda que había rescatado horas después del ahorcamiento de Tóvar.

Tóvar, primer poeta de la libertad, trató a los versos como armas: los cargó, los apuntó y los descargó contra sus enemigos. Tóvar trató las armas como a mujeres. Durmió junto a ellas y las acarició para que se amoldaran a su mano. El poeta rebelde fue tomado prisionero durante la guerra de Isla Mansión. Y ahorcado en la Plaza de Ranas. Murió creyendo en la victoria. Sin imaginar que, poco después, un virrey complaciente amansaría con dádivas las ansias de libertad y, a diferencia de sus antecesores, intuiría la necesidad de otorgar algo para conservarlo todo.

—Ni tú ni yo tenemos opciones —decía Zope Zopahua—. ¿Qué podrías hacer después de haber sostenido a Tóvar por el cuello? ¿Aceptarías que una mujer te usara para colgar su ropa blanca del lado del viento? ¿Soportarías verte envuelta a un fardo, de esos que cargan en el puerto, y ser enviada a la Metrópoli? ¡Piénsalo! Quizás allí tomes otro barco y sigas así, de mar en mar, conociendo el mundo que, según cuentan, tiene extraños pueblos. Pero ocurre que mantuviste en el aire el cuerpo de Tóvar; y eso te deja sin alternativas. En cuanto a mí... Tengo cuarenta años que parecen ochenta. Sesenta de los cuales soñé y conspiré por la libertad; veinte de los cuales peleé en la guerra de Isla Mansión contra los virreynales. Saca el número: cuarenta y ochenta y sesenta y veinte... Doscientos años, el mismo sueño y la misma batalla. ¿Qué puedo hacer ahora? ¿Esconderme y buscar consuelo junto a una mujer que cocine para mi estómago? Si lo hago, será para comer en cada plato de guiso mi propio corazón. Y después defecar mis sueños.

La cuerda se estremeció porque estaba húmeda y empezaba a correr viento.

—Ya ves... La liviandad de Crispino logró aquietarnos. Ahora ha muerto y cedió su lugar a otros, menos complacientes. Junia y los virreynales obrarán de acuerdo con su locura, que es grande, y con su codicia, que es mayor. El poder de los crudos sobre las otras razas volverá a ser implacable y la autoridad de los hacendados perderá la apariencia de caridad que Crispino le había otorgado. ¡Fatal apariencia! Eso son ellos. Y esto somos nosotros. Nos adormeció el arrullo de Crispino, su canción de virrey gordo y somnoliento, sus coplas amables. Ahora nos despiertan los cascos de la Guardia Blanca que viene a buscarnos. Pero, ¡qué bien si al fin nos despertamos! Aunque sea tarde. Porque tarde es lo único posible. Recuerda que mañana partiremos a Isla Mansión. Parece que casi todos estaremos allí. Por mi parte, voy dispuesto a ceder mucho más de lo que los otros maestros imaginan. Apenas si insistiré en las ventajas de aprovechar el paso del cometa para reaparecer con fuerza ante el pueblo del Virreynato. Ahora voy a dormir. Tengo sueño. No te enrosques a mi cuello mientras descanso si no quieres que, como castigo, te anude a ti misma. Luego te quejarás de dolor de cintura...

5

Cuando advertí que la hija del tabernero miraba con marcado asombro, redoblé el énfasis de mi caminata circular. Mejor que me creyera un desquiciado... De esa manera dejaría de importunarme con asuntos domésticos tales como mostrarme lo bien que ha almidonado mi ropa.

Claro que mi propósito no era asustar a la delgada joven, sino entender la potencia simbólica del círculo, entrando en la vorágine de su eternidad.

La Logia Bagual, inspirada en otras más antiguas y ultramarinas, basaba en el círculo su organización y sus modos de pensar. Yo, apenas caminaba en círculos tomando un árbol como centro, mientras la hija del tabernero me veía pasar y secaba sus manos en un delantal blanco.

Supongo que la presencia profana de aquella mujer fue la que inutilizó mi movimiento especulativo porque, después de varias vueltas al árbol, comencé a sentir náuseas de mí mismo. Y tras balbucear una excusa regresé a la habitación, seguro de que la comprensión sensorial no era mi fuerte.

La Logia Bagual se organizaba en círculos. Cada círculo regido por un maestro, cada maestro con siete discípulos a su cargo, cada discípulo como mentor de siete vinculados. Así, cada círculo aceptaba un total de cincuenta y siete miembros.

Muy lejos estaba la Logia Bagual de completar aquella constelación. En tiempos de la muerte de Crispino, diezmados por la derrota del Calabacillo, eran apenas tres los círculos que permanecían vivos.

El Círculo del Centro, con un maestro crudo y letrado conocido como Colibrí. Un hombre al que le gustaba decir que para conocer era necesario ser más complejo que aquello que se deseaba conocer.

El Círculo de los Despenados... Cambujos, callejeros, iletrados del maestro Zopahua. Gente capaz de remendar con magia los agujeros de la revolución.

El Círculo de los Tambores, en el que cabían los esclavos prófugos y un príncipe de enorme tamaño que los conducía con severidad.

Me detengo a pensar... ¿Qué fantasmagoría me habrá llevado a creer que caminar en círculos iba a revelarme alguna verdad?

Luego iré a la cocina para decirle a la joven hija del tabernero que lo hacía para calentar las piernas sin necesidad de alejarme.

Tres maestros se reunieron en Isla Mansión. Y, como siempre que eso sucedía, el recuerdo de Tóvar estuvo con ellos. Recordar al poeta que había dado fundamento a los rebeldes significaba, muchas veces, decir sus versos con puntualidad y en voz alta.

—Habiendo recibido la palabra y el don de inventarlas, acrecentarlas. Habiendo adquirido el lenguaje y el huevo del que nace el lenguaje... —Zope Zopahua se ensimismaba en los versos de Tóvar, mientras, con su cuerda, simulaba una serpiente junto a la hoguera.

—Habiendo adquirido el lenguaje —dijo Colibrí, sin pretender sumarse ni continuar al otro—, tiene que ver el hombre su obligación de cantar bellamente.

—Recibió la palabra para eso —decía Zopahua—. Y recibió las manos.

—Habiendo recibido las manos... —Largo Yanga miraba el fuego.

—Con sus cinco dedos completos, enhiestos —Colibrí se rascaba, en la nuca, una culpa vieja—, tiene que ver el hombre su obligación de transformar.

—Recibió las manos para eso.

—Y recibió la frente.

Los tres hombres, de muy diversa índole, aspecto y vestimenta, esperaban el cocido de trigo y carne que estaban preparando las mujeres del cofre.

La derrota que años antes había sufrido la Alianza del Calabacillo no había hecho más que ahondar las diferencias y enrarecer la distancia entre ellos. Los Círculos de la Logia endurecieron su pensamiento. Y sus maestros, que no lograban hallar el modo de reencontrarse en el origen común que Tóvar había cantado, caminaron dándose las espaldas. Durante el largo y somnoliento gobierno de Crispino, la Logia Bagual se alejó de aquella intrepidez que la llevó a la guerrear contra el que entonces llamaron “el irrazonable gobierno virreynal, decrépito en la luz del pensamiento, obediente ante la Metrópoli, ruin y brutal con el pueblo entero, infame para todas las razas que deseen ser grandes en la fraternidad”.

El solo hecho de transcribir esta impetuosa proclama me deja cansado. Voy a abandonar mi silla para mirar el mundo real por la ventana de la taberna. La hija del tabernero pelea con un ganso. Al fin, vence. Somos, sin duda, excelentes cazadores de corral.

La enfermedad de Crispino determinó los primeros reencuentros entre maestros baguales. Luego, la muerte del virrey y las oscuras consecuencias que acarrearía los apuraron a buscar nuevos acuerdos.

Colibrí, Largo Yanga y Zope Zopahua, un hacendado crudo, un esclavo prófugo con estirpe de príncipe y un cambujo que de tanto en tanto se dedicaba al arreo, habían luchado juntos en la Guerra del Calabacillo. Se conocían el modo de llorar, se habían cargado a las espaldas. Y esa noche luminosa y caldeada en Isla Mansión, cuando los insectos cruzaban delante de la luna y un instante después caían muertos en los tazones de barro, buscaban un nuevo entendimiento.

Y, aun deseándolo, les resultaba difícil dar el primer paso. ¿Cuál de ellos iniciaba el camino del reencuentro? Ninguno quería parecer débil o apresurado.

—No será simple lograr que los vinculados al Círculo del Centro admitan la utilidad de una profecía —dijo Colibrí.

—Recuérdale a la gente de tu Círculo —respondió Zope Zopahua— que las profecías no son sino pacientes construcciones. Diles, Colibrí, que piensen en una acumulación de ansias, una suma de voluntades dispuestas a que algo ocurra. Y entonces eso ocurre; se vuelve tan real como esta serpiente que nos visita.

Zope Zopahua, maestro del Círculo de los Despenados, movió la cuerda que tenía asida por un extremo y la hizo reptar sobre la tierra. Colibrí aguzó sus pequeños ojos verdes.

—Te burlas de ti mismo.

—Una profecía es una gran burla —un estornudo cortó la explicación de Zopahua, que se levantó en busca de agua sosteniéndose las hilachas que colgaban de su nariz. Regresó liviano, como si el estornudo le hubiese quitado animales de adentro.

Acuclillado junto al fuego, Largo Yanga lo miraba acercarse. El primogénito de un poderoso príncipe, allá en su tierra cue cué, no padecía los estragos que mostraban la mayoría de los prófugos en la isla. Su corpulencia y la cresta de cabello que cruzaba su cabeza desde la frente hasta la nuca y dividía su cráneo en mitades lo acercaban al rango de su sangre. Además de ser jefe del cofre más antiguo y fuerte de la isla, Largo Yanga era maestro del Círculo de los Tambores.

Los demás cofres de la isla no pasaban de ser unas pocas chozas de barro ocultas en la maleza donde los esclavos que huían del continente procuraban sobrevivir. En el cofre de Yanga, los hombres y las mujeres hacían mucho más que ocultarse para salvar la vida.

—Como una fiesta —Zope Zopahua regresó a sentarse en una piedra lisa y cóncava—. Todos sabemos que habrá fiesta un determinado día y en aquel lugar. Lo sabemos con anticipación, y nos preparamos para asistir y encantarnos y estar alegres. La fiesta no se explica de otro modo que por las ansias sumadas de muchos que creen en ella.

—¿Dices, entonces, que, si todos creemos que pasará un cometa y miramos al cielo al mismo tiempo, el cometa pasará? —preguntó Colibrí con ingenuidad fingida.

—El cometa pasará de cualquier modo, aunque estemos distraídos mirándonos las uñas de los pies. Digo que las profecías, igual que las fiestas, necesitan de un elemento desmesurado para cumplirse. No es en lo habitual donde suceden. ¡Fuera! —se interrumpió Zope Zopahua espantando mosquitos.

Largo Yanga le arrojó una rama ardiente. Zopahua agitó con fuerza la antorcha que desprendió un vaho de humo espeso y verdoso.

—Aun aceptando lo que dices —continuó Colibrí— y confiando en la precisión de los Augures mitimaes..., sabes que las ansias acumuladas y las voluntades dispuestas no son suficientes para derrocar al orden virreynal y reemplazarlo por un mando que perdure. El arrobamiento del pueblo durará muy poco. Luego regresarán a sus vidas y seremos nosotros quienes tendremos que sostener el mundo.

Zope Zopahua retomó su serpiente.

—Somos pocos en el Círculo del Centro —admitió Colibrí.

—También somos pocos los Despenados —respondió Zopahua—. ¿Y qué sucede aquí, maestro Yanga?

—Todavía no llega el tambor a mi boca —Largo Yanga se excusaba de hablar por el momento.

El humo y sus aromas verdes mantenían a los mosquitos lejos de los hombres. Colibrí se animó de pronto:

—Tenemos gente desperdigada que deberemos recuperar. ¿Recuerdan a Sayri Rumiñavi?, ¿recuerdan cómo atronaba su voz? Sabemos que ha vuelto a la ciudad con un teatrillo ambulante.

—Ya ves, lo trajo el cometa —dijo Zopahua—. También nosotros tenemos gente por recuperar. Quili Perdiz me ayuda mucho en eso.

Zope Zopahua nombró a la mujer más fuerte de la Logia Bagual, discípula dilecta del Círculo de los Despenados. El maestro Zopahua nombró a la mujer que lo había distanciado de Colibrí más aún que las ideas.

En el silencio que siguió a ese comentario se escuchó el batir de un tambor que parecía estar en la otra orilla del mar o dentro del cuerpo de Largo Yanga. La voz del jefe cue cué era sorda a veces y a veces estridente, semejando el acoplamiento de los tambores rituales.

—Tú, Colibrí, como el crudo que llevas entero, descrees de los anuncios de las estrellas y lo dices al decir que ellas están arriba y nosotros abajo. Y tú, Zope Zopahua, que llevas adentro la mitad de un crudo, dices que una estrella errante es acumulación, burla y fiesta.

Colibrí y Zopahua sabían que aquella argumentación iba a concluir de un modo incomprensible para ellos.

—Nosotros, cue cués de este cofre, hijos de padres que hablaban otra lengua, vemos que el dolor llega cuando se abandona el rito y se olvida el poder del sueño.

Zope Zopahua enrolló su cuerda. No iba a preguntar ni a pedir aclaraciones porque sabía que era inútil e injusto. Había peleado durante años junto a Largo Yanga; con eso le bastaba para saber que enfrentaban al mismo enemigo. Colibrí, en cambio, requirió explicaciones. El jefe cue cué retomó la palabra:

—Primero sueñan los niños, que lo hacen a través del estómago. Luego sueñan los hombres jóvenes a través de los pies y las manos; luego sueñan los ancianos, que lo hacen a través de la frente. De los tres sueños, sueño del que siente, sueño del que obra, sueño del que sabe, nace el mundo.

Las mujeres extendieron a la entrada de la choza una alfombra de piel. Sobre ella dispusieron vasijas de arcilla con dos asas en forma de aro. Colibrí aguardó un momento antes de insistir:

—Sin Crispino, el Virreynato no tardará en cruzar a Isla Mansión. Querrán a Largo Yanga...

—Querrán sobre todo —intervino Zopahua— destruir el único cofre donde los esclavos prófugos viven y cantan, recuperan sus lenguas y tallan la madera a su modo. Mientras los cofres sean sepulturas anticipadas, pocos esclavos estarán dispuestos al riesgo de una huida. Pero otra cosa sucedería si todos los cofres fuesen como este tuyo, hermano Yanga.

—Así es —retomó Colibrí—. La situación ha cambiado, y el tiempo es poco. La Logia necesita acordar acciones y conocer sus fuerzas con toda precisión.

Las mujeres sirvieron el cocido de carne.

—Comamos ahora —pidió Largo Yanga—, o nuestros tazones se llenarán de escarabajos.

Escribo con Zope Zopahua a un lado y Colibrí al otro; tironeando los dos de un pobre cometa lo mismo que tironean de mi pluma. Del lado de Zopahua ayuda la índole mágica de mi abuelo, del lado de Colibrí ayuda mi decepción. En cuanto a Largo Yanga, creo que era el único que creía en la señal de la estrella errante así como creía en el poder de los sueños. Quizá porque era de una tierra donde las causas de los acontecimientos eran otras. Podría ser que en su tierra la causa de la lluvia fueran las cosechas, la causa de las cosechas fuera el paso del tiempo y la causa del tiempo fuera la memoria.

Creo que este es momento de hacer una retrospección en mi crónica y dejar asentado cómo se hizo pública la noticia del paso del cometa.

La salud de Crispino ya estaba severamente quebrantada cuando Rodal Crudo recibió la visita de una delegación real de los mitimaes. La noticia que portaban levantó el buen color del virrey a tal punto que, por un tiempo, los miembros del Protomedicato creyeron que el mal había cedido. No alcanzó el cometa para tanto, pero sí para afianzarle a Crispino su natural deseo de vivir. Y aunque no logró ver el paso del cometa, vivió desde entonces con la esperanza de partir a lomos de la estrella errante, saludando con una mano a su pueblo y a su Bérnaba.

Los mitimaes llegaron a Rodal Crudo haciendo alarde de una fastuosidad un poco ingenua, un poco lúgubre, porque era reflejo de las riquezas que les quedaban y no de las muchas que habían perdido, y de cuyo recuerdo y costumbres no querían desasirse.

Tan grande era la importancia de la noticia que Topa Atauchi, emperador de los mitimaes, y Titu Atauchi, su único hermano, llegaron acompañando a los Augures.

Todos en la ciudad recordaban los festejos que Crispino había ordenado para celebrar el anuncio de que un cometa cruzaría el cielo del Virreynato. Los Augures mitimaes calculaban que, según los ciclos celestes, se acercaba el tiempo del gran suceso.

Era reconocido el alto conocimiento de los Augures sobre los fenómenos celestes. Los crudos que habitaban en aquel continente no pretendían igualarlos en esa materia. Mucho menos los cue cués, que habían olvidado hasta sus propias lenguas. Por eso nadie pudo ni quiso desmerecer el anuncio, que fue tomado por cierto, y celebrado.

6

Zopahua y Colibrí regresaban al continente en un bote de buen tamaño.

Cuatro hombres cue cués remaban en silencio, luego de haberse negado reiteradas veces a cederle lugar a Zopahua que, decepcionado, decidió seguir bebiendo.

—Me tranquiliza que no te hayan permitido remar —dijo Colibrí—. Con tu borrachera llegaríamos a las costas del infierno.

Un rato después, como si hubiese demorado en comprender, el maestro Despenado comenzó a reír.

—¿Y ahora qué? —preguntó Colibrí.

Zope Zopahua dio un trago antes de responder.

—Sigues furioso por lo de Quili Perdiz —y agregó—: Morirás furioso.

—¡Bah...! —Colibrí tampoco se atrevió a negarlo—. ¿Sabes cuántos años han pasado desde aquella traición?

—Traición no hubo. Y, en cuanto a los años, no me lo digas a mí, díselo a tu orgullo.

Era altamente probable que aquellos cuatro remeros cue cués hubieran escuchado antes esa historia, porque Zopahua y Colibrí se revolvían en viejos barros cada vez que la ocasión lo permitía. Y eso solía ocurrir cuando regresaban de Isla Mansión, con Zopahua bebido.

—El robo de esa mujer es lo único que nunca podré perdonarte —dijo Colibrí—. Era mi pequeña prima, lúcida en sus reflexiones. La que prometía ser maestra del Círculo del Centro.

—Veamos... —Zopahua se divertía mucho más que Colibrí—. Quili Perdiz sigue siendo las dos primeras cosas que mencionaste: aún es tu prima y su lucidez no está en discusión. En cuanto a la tercera, debes entender que las personas no se comportan como promesas.

—Ella sí, de no ser porque su ingenuidad la llevó a enredarse con los Despenados.

—¿Ingenuidad?

—Solamente un ingenuo cree que donde hay más pobreza hay mayor verdad. ¡Y tú, Zopahua, la convenciste de eso!

—Nadie convence a esa mujer sino su propia razón —Zopahua volvió a reír—. Es que mi querida Quili Perdiz no es una mujer de haciendas, puntillas y esclavos.

Quizá las sombras del mar habían escuchado también aquella conversación. Pero de todos modos se agrupaban en torno al bote.

—Además no puedes quejarte —continuó Zopahua—. Tienes otro a quien criar para tu sucesión, y me dicen que lo haces muy bien.

Colibrí era casi un anciano sin mujer ni hijos. La educación de su sobrino, más las visitas regulares a la Casa Patrona para visitar a Quili Perdiz, eran sus únicas relaciones familiares.

—Si te refieres a mi sobrino, desearía que lo llamaras por su nombre.

—Cuevas, ¿no es así?

—Así es, Cuevas.

—Cuéntame de él —pidió Zopahua—, porque apenas lo conozco.

—Cuevas está dejando de ser un niño, y no deja de sorprendernos con su inteligencia. El Círculo del Centro lo ve crecer en pensamiento. Ya es capaz de discutir de igual a igual con cualquiera de nosotros.

—Vaya —dijo Zopahua—. Otra promesa.

La costa del continente estaba cerca. Los remeros empezaron a susurrar una canción cue cué que los protegía.

—A propósito de niños baguales —continuó Colibrí—, el hijo de Quili Perdiz tendrá casi la edad de nuestro Cuevas.

—Algo así —respondió Zopahua—. Y se llama Mizquiel.

Colibrí resolvió que ya era tiempo de hablar seriamente.

—¿No crees que es necesario que Cuevas y Mizquiel se reúnan y se hermanen? Casi no se han visto en estos años y son los que van a permanecer.

El maestro cambujo se enderezó tanto como le fue posible.

—¿No recuerdas...?

—¿No recuerdo qué cosa? —Colibrí estaba molesto porque Zopahua no tomaba el guante de la solemnidad—. ¿A qué te refieres?

—Lo intentamos hace algunos años. Eran pequeños los dos, siete años, quizás ocho, y se pelearon como cachorros salvajes.

—Algo recuerdo, ahora que lo mencionas.

—Nunca vi dos niños pelearse con furia tan verdadera —recordó Zopahua—. Costó separarlos, y luego seguían mirándose con fuego. Quili Perdiz estaba pálida sosteniendo a Mizquiel. Tú estabas rojo y decías grandes verdades.

—Lo dijiste. Eran pequeños. No volverá a suceder.

Los remeros buscaban algún recodo seguro de la orilla donde dejar a los viajeros.

—¿Dónde irás ahora? —preguntó Colibrí.

—Dormiré en la playa.

7

Amaneció sin Crispino y con llovizna. Los funerales públicos iban a durar varios días. Lo que había sido silencio en la ciudad insomne se transformó, apenas conoció el pueblo del Virreynato la muerte del virrey, en esa algarabía nerviosa con que los simples procuran conjurar la muerte. En los callejones de cuartos las mujeres habían caído en llantos convulsos. Algunas perdieron la conciencia. Y una de ellas corrió por las callejuelas estrechas jurando haber visto a Crispino, sonriéndole, junto al pozo de agua.

Catarina reflexionaba sobre el asunto, acodado en un balcón de madera cuya única suntuosidad era la firmeza.

—Tristes locas —murmuró. Pero enseguida buscó afinar su pensamiento—. Al fin, mujeres sin vigor para contener los sentimientos. Escandalosas y emocionales como todos los mal alimentados.

En otro momento Cayo Catarina se habría detenido a refl ...