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MI AñO DE DESCANSO Y RELAJACIóN

Ottessa Moshfegh  

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Fragmento

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Cada vez que me despertaba, de día o de noche, me arrastraba por el luminoso vestíbulo de mármol de mi edificio y subía por la calle y doblaba la esquina donde había un colmado que no cerraba nunca. Me pedía dos cafés grandes con leche y seis de azúcar cada uno, me tomaba de un trago el primero en el ascensor de regreso a casa y luego a sorbos el segundo, despacio, mientras veía películas y comía galletitas saladas con formas de animales y tomaba trazodona y zolpidem y Nembutal hasta que volvía a dormirme. Así perdía la noción del tiempo. Pasaban los días. Las semanas. Unos cuantos meses. Cuando me acordaba, pedía comida al tailandés de enfrente o una ensalada de atún a la cafetería de la Primera Avenida. Me despertaba y me encontraba en el móvil mensajes de voz de peluquerías o spas confirmando citas que había reservado mientras estaba dormida. Llamaba siempre para cancelarlas, y odiaba hacerlo porque odiaba hablar con la gente.

Al principio, venían a recoger la ropa sucia y a dejarme ropa limpia una vez a la semana. Para mí era un consuelo escuchar el crujido de las bolsas de plástico rotas entrando por las ventanas del salón. Me gustaba sentir las bocanadas de olor a ropa limpia mientras me quedaba frita en el sofá. Pero, después de un tiempo, era demasiada molestia juntar toda la ropa sucia y meterla en la bolsa de la colada. Y el ruido de mi propia lavadora y secadora me afectaba mientras dormía. Así que empecé a tirar las bragas sucias. Las viejas, de todas formas, me recordaban a Trevor. Durante un tiempo, aparecía en el correo lencería de mal gusto de Victoria’s Secret, tangas de color fucsia o verde lima con volantitos y picardías y negligés, todas empaquetadas en bolsitas de plástico. Metía las bolsitas de plástico en el armario e iba sin bragas. Llegaba algún que otro paquete de Barneys o Saks con pijamas de hombre y otras cosas que no recordaba haber encargado, calcetines de cachemir, camisetas con diseños, vaqueros de marca.

Me duchaba una vez a la semana como mucho. Dejé de depilarme las cejas, dejé de decolorarme, de hacerme la cera, de cepillarme el pelo. Nada de hidratante ni de exfoliante. Nada de afeitarme las piernas. Rara vez salía del apartamento. Tenía las facturas domiciliadas. Había dejado pagado el impuesto anual de la propiedad del piso y de la antigua casa al norte del estado de mis padres muertos. El alquiler que los inquilinos de esa casa pagaban por transferencia aparecía una vez al mes en mi cuenta. Me llegaría el seguro de desempleo mientras siguiera llamando una vez por semana y pulsando «1» para «sí» cuando el robot me preguntase si me había esforzado de verdad en encontrar trabajo. Eso bastaba para los copagos de todas las recetas y lo que fuera que comprase en el colmado. Además, tenía inversiones. El asesor financiero de mi padre muerto controlaba todo eso y me mandaba informes trimestrales que yo nunca leía. También tenía un montón de dinero en mi cuenta de ahorros, bastante para vivir unos cuantos años mientras no hiciera nada estrafalario. Además de todo eso, mi límite de crédito en la Visa era alto. El dinero no me preocupaba.

Había empezado a «hibernar» lo mejor que pude a mitad de junio de 2000. Tenía veintiséis años. A través de un listón roto de la persiana vi cómo moría el verano y el otoño se volvía frío y gris. Se me atrofiaron los músculos. Las sábanas amarilleaban en la cama, aunque por lo general me dormía delante de la televisión en el sofá, que era uno muy caro, de Pottery Barn y de rayas azules y blancas y estaba hundido y lleno de manchas de café y sudor.

No hacía mucho en las horas de vigilia aparte de ver películas. No soportaba la televisión normal. Sobre todo al principio, la tele me provocaba demasiadas cosas y me obsesionaba con el mando a distancia, pulsaba botones, me burlaba de todo y me trastornaba. Era demasiado para mí. Las únicas noticias que podía leer eran los titulares sensacionalistas de los diarios locales en el colmado. Les echaba un vistazo mientras pagaba los cafés. Bush contra Gore para la presidencia. Alguien importante se moría, secuestraban a un niño, un senador robaba dinero, un atleta famoso le ponía los cuernos a su mujer embarazada. Pasaban cosas en la ciudad de Nueva York —siempre pasan—, pero ninguna me afectaba. Ese era el encanto del sueño, que me desconectaba de la realidad y la recordaba tan por casualidad como una película o un sueño. Me resultaba sencillo ignorar lo que no me incumbía. Los trabajadores del metro iban a la huelga. Un huracán iba y venía. Daba igual. Si nos hubiesen invadido los extraterrestres o un enjambre de langostas, lo habría notado, pero no me habría importado.

Cuando necesitaba más pastillas, me aventuraba hasta la farmacia que estaba a tres manzanas. Era siempre un trayecto penoso. Cuando caminaba por la Primera Avenida, todo me estremecía. Era como un bebé naciendo; el aire me hacía daño, la luz me hacía daño, el mundo parecía estridente y hostil en sus detalles. Me confiaba al alcohol solo los días de aquellas excursiones; un trago de vodka antes de salir y pasaba por delante de todos los bistrós y cafeterías y tiendas que solía frecuentar cuando aún pisaba la calle, fingiendo que vivía la vida. Si no, procuraba limitarme al radio de una manzana alrededor de mi casa.

Todos los hombres que trabajaban en el colmado eran egipcios jóvenes. Aparte de mi psiquiatra la doctora Tuttle, mi amiga Reva y los porteros del edificio, los egipcios eran las únicas personas a las que veía habitualmente. Eran bastante guapos, unos más que otros. Tenían la mandíbula cuadrada y la frente varonil, las cejas marcadas como orugas. Y todos parecían llevar pintada la raya del ojo. Debían de ser como media docena, hermanos o primos, suponía yo. Su estilo era de lo más disuasorio. Llevaban camisetas de fútbol y cadenas de oro con cruces y escuchaban Los 40 Principales. No tenían ningún sentido del humor. Cuando me acababa de mudar al barrio, habían tonteado conmigo hasta el hartazgo, pero en cuanto empecé a entrar arrastrando los pies a horas raras con legañas en los ojos y porquería en la comisura de los labios, dejaron de intentar ganarse mi cariño.

—Tienes algo aquí —me dijo una mañana el que estaba detrás del mostrador, señalándose la barbilla con los largos dedos morenos.

Hice solo un gesto con la mano. Luego descubrí que tenía la cara llena de costras de pasta de dientes.

Después de unos cuantos meses de aparecer desaliñada y medio dormida, los egipcios empezaron a llamarme «jefa» y a aceptar sin problema cincuenta centavos cuando pedía un cigarrillo suelto, lo que hacía bastantes veces. Podría haber ido a un montón de sitios a por café, pero me gustaba el colmado. Estaba cerca y el café siempre era malo y no tenía que toparme con nadie pidiendo un brioche o un latte sin espuma. Ningún niño con los mocos caídos ni niñeras suecas. Ningún profesional esterilizado ni nadie en una cita. El café del colmado era café para la clase trabajadora, café para porteros y repartidores y operarios y limpiadores. El ambiente estaba cargado de olor a productos de limpieza baratos y moho. Podía contar con que

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