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MIAMI

Hernán Iglesias Illa

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Fragmento

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A Dalmiro y Magdalena

EL MEJOR VENDEDOR DE KENDALL

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En Three Lakes, un barrio con lagos artificiales y cientos de casitas amarillas en fila, unos pocos automovilistas zumban hacia arriba y hacia abajo por la Avenida 137, en el extremo sudoeste de Miami. Las casitas son nuevas, construidas en los últimos cuatro o cinco años, pero muchas están vacías, reclamadas por los bancos o en venta, por propietarios que ya no las pueden pagar. En este borde final y desabrido de Miami —a una hora de la playa; a dos minutos de la selva—, el atardecer es húmedo y naranja, y flota en el aire una extraña sensación de frontera, de ciudad a medio terminar.

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De una de las esquinas emerge, como un enorme globo negro de plástico y vidrio, un concesionario Toyota. En el salón principal, los hijos de unas cien familias latinas saltan dentro de un castillo de plástico presurizado y hacen cola frente a un payaso que les regala figuras hechas con globos. A un costado, una pequeña multitud se ha arremolinado alrededor de una mesa alargada donde hay tres micrófonos con el logo amarillo y negro de Radio Caracol. Asomado sobre uno de los micrófonos, Claudio González explica a los padres de los niños y a sus oyentes por qué ha decidido suspender el concurso para elegir a los protagonistas del próximo comercial de Kendall Toyota, la red de concesionarios de la que es figura pública y director de marketing. «No se puede negar un deseo del corazón. Menos a un nene», dice González. Y subraya: «Porque todos somos iguales».

González, un argentino ex vendedor de autos que en 2005 se hizo cargo de la publicidad de Kendall Toyota, se ha convertido en una de las personas más famosas de Miami. Es prácticamente imposible mirar la televisión local durante más de media hora sin tropezarse con alguno de sus comerciales, en los que controla todo el proceso: piensa los avisos, los filma y, sobre todo, elige en qué programas ponerlos. Sus comerciales son de dos tipos: están los clásicos del género («¡Empiece a pagar dentro de 12 meses!», «¡Gran venta desafío espectacular!»), con música estridente y tomas aéreas desde helicópteros; y después están los otros, los raros, donde González da consejos de autoayuda («Todo lo que llega a tu vida es porque tú lo has atraído»), filma un especial para el Día de la Madre cuyos actores son su mujer Adriana y su hijo Michael, o simulan, con Michael, ser agentes secretos perseguidos por concesionarios rivales disfrazados de mafiosos.

Una de las cosas que más me sorprendieron de González la primera vez que vi sus comerciales, tirado en el sofá de un amigo en South Beach, es cómo pronuncia el nombre de la marca que le da de comer. No dice toiota, que es como la empresa normalmente expresa su nombre en castellano y en inglés. González dice toshota, con la sh argentina bien llena y jugosa, sin culpa ni disimulo. Hace unas semanas, sentados en un restaurante cubano de Sunny Isles, en el norte de Miami, le pregunté por qué decía toshota y no toiota, y se sorprendió. «Porque soy lo que soy», me contestó, un poco enojado. «Yo no voy a cambiar, yo soy así. Yo soy auténtico».

El problema en el que se ha metido Claudio esta tarde de viernes, a principios de 2009, en el concesionario de Toyota de Three Lakes (más conocido como «¡West Kendall Toshota!»), es por culpa de uno de sus comerciales imaginativos. González quería filmar un aviso donde un puñado de niños latinos de Miami («el futuro») le pidiera a sus padres («el presente») que trabajaran duro y fueran honestos como sus abuelos («el pasado»). González convocó a una audición para hoy, con la esperanza de recibir a 40 o 50 niños, y se encontró con 500, una cifra para la que no estaba preparado. Se ha pasado las últimas dos horas consolando a madres colombianas y a niñitas dominicanas, que hasta hace un rato creían estar a punto de dar el gran salto a la fama. Hablando en vivo sobre el micrófono de Radio Caracol, ha encontrado una solución. «No hay por qué elegir», dice, intentando contagiar su entusiasmo a la multitud decepcionada. «¡Vamos a hacer el comercial con todos los niños, con los 500! No se le puede decir que no a un niño. Somos todos iguales». Algunas madres, que han vestido a sus hijas como bailarinas y a sus hijos como vaqueros, no parecen del todo conformes.

Rubio y bronceado, camiseta negra, saco gris-celeste arremangado y con hombreras, reloj plateado, González no ha tenido un buen día: volvió esta mañana de Buenos Aires y su gran proyecto del día ha fracasado. Quizá por eso, ha dedicado la primera media hora de Dos a full, su programa diario en Caracol, a un largo soliloquio sobre lo mal que nos tratamos los seres humanos. «Vivimos como autómatas», se lamenta, con los ojos fijos en el escritorio. Su tema del día son los que se quejan de Estados Unidos: «No hay que quejarse, hay que soñar, tener buena onda», dice. «Por eso vinimos a Miami, para cumplir nuestros sueños».

Cuando conocí a González, hace un par de meses en los estudios de Caracol en Coral Gables, me preguntó por qué quería escribir sobre él. Yo le respondí que me parecía que su evolución explicaba muy bien la Miami de los últimos años y que él solo, por sí mismo, encarnaba muchas de las tendencias que habían atravesado la ciudad desde mediados de los ’80. ¿Cómo cuáles?, me preguntó, desconfiando un poco de mí. Enumeré: le dije que su crecimiento había sido paralelo al de los medios en español de Miami; que su éxito, siendo argentino y pronunciando toshota como argentino, había coincidido con la ampliación de la Miami latina a los inmigrantes no cubanos; que había aprovechado la creciente obsesión de Miami por los autos (convertidos, en una ciudad donde nadie conoce a nadie y todo el mundo se pasa media vida al volante, en un símbolo de status fundamental); que Kendall Toyota creció justo cuando Kendall y el resto de los suburbios del southwest se convertían en meta del ascenso social de las familias latinoamericanas; y que la suya era otra historia de supervivencia, como las de otros miles de latinoamericanos de clase media o media-baja que en los últimos veinte años habían aterrizado en el aeropuerto de Miami con un puñado de dólares, una listita de teléfonos y muchas ganas de huir de gobiernos o jefes o ex maridos y empezar desde cero, en una ciudad que hace pocas preguntas sobre el pasado y es generosa para dar segundas oportunidades.

González levantó las cejas, un poco abrumado por mi perorata, pero no me hizo caso. Ignoró la avalancha de analogías y dijo: «Yo le tengo mucho respeto a cualquier persona que venga acá y sobreviva, porque esto no es fácil». Mientras bajábamos la escalera hacia el estacionamiento, agregó: «En este país hay que matarse trabajando, es lo único que importa. Este país es durísimo».

Claudio, el mejor vendedor de Kendall, nació y creció en un hogar de clase media de Martínez, un suburbio acomodado del norte de Buenos Aires, hijo de un padre militar con el que nunca se llevó bien. A los 15 años dejó su casa y el colegio secundario, que no terminaría nunca. Vivió un año en La Rioja, en el norte de Argentina, y después fue guía turístico en Cataratas del Iguazú y Río de Janeiro. De vuelta en Martínez, trabajó como conductor de ambulancias en el PAMI, el sistema de salud para jubilados de Argentina. («Me gustaba, ayudaba a la gente», dice.) Pasaba los veranos trabajando en bares de Villa Gesell, en la costa atlántica de Buenos Aires, y a fines de los ’70 participó en varios de los elencos que en aquellos años se pasaban las tardes bailando en vivo en la televisión argentina. Descubrió después que también tenía talento para una actividad menos glamorosa pero más redituable: vender autos. Empezó a trabajar en una histórica concesionaria Dodge muy cerca de Martínez, donde rápidamente se convirtió en número uno en ventas. Cuando pensó que vender autos se podía convertir en una buena carrera, su padre se enfermó, y González, para darle el gusto que le había negado toda su vida, se anotó en la escuela de oficiales de la Prefectura, la fuerza militar que controla las fronteras marítimas argentinas. Pero el padre no se murió y González se encontró en la insólita situación de estar a punto de graduarse como oficial militar sin tener ninguna pasión por los uniformes o las fronteras marítimas. En 1982, cuando estalló la Guerra de Malvinas y le llegaron rumores de que podían enviarlo al Atlántico Sur, González se subió a un avión en Ezeiza y se bajó en el Aeropuerto de Miami sin saber qué hacer con su vida. «Tenía 20 dólares en el bolsillo», dice.

Pasó los cinco años siguientes viviendo en autos, playas y casas abandonadas, trabajando de lo que pudiera y ahorrando dinero que después usaba para comprar departamentos en Buenos Aires, el primero para sus abuelos y el segundo para una tía. (A mediados de los ’80, los inmuebles porteños estuvieron más baratos que casi nunca: por 20.000 dólares se podía comprar un departamento de dos dormitorios en un barrio razonable.) Durante meses durmió en un Mitsubishi viejo, en el estacionamiento de un Winn-Dixie, y comía unos ravioles en lata que calentaba apoyando en el caño de escape. «Después abría la lata con un destornillador y me comía los ravioles», dice González con una mueca. Pasó varias temporadas durmiendo en playas de Miami, Fort Lauderdale y Palm Beach. Dormía con la cabeza adentro de un bolso, para protegerse de los vientos de arena, que no lo dejaban respirar. También durmió en casas abandonadas de Palm Beach, normalmente con tres o cuatro tipos que no conocía.

Una tarde de julio de 1988, González bajaba por la I-95, la autopista que recorre el este de Estados Unidos desde Miami hasta la frontera con Canadá, en un auto alquilado que debía devolver ese mismo día. No tenía dónde dormir. Lo pasó una camioneta por el carril izquierdo y González, con el ojo entrenado para leer las placas de los concesionarios, vio que decía «Al Packer Ford». Llevó el auto alquilado hasta una estación de servicio y preguntó dónde quedaba Al Packer Ford. En Fort Lauderdale, le contestaron. «A mí me daba lo mismo ir al sur, al norte, cualquier lugar era lo mismo, si yo no conocía a nadie. No sabía a dónde ir», explica. Cuando llegó a Fort Lauderdale, una ciudad todavía blanca, anglosajona y angloparlante, González habló con el gerente de la concesionaria y pidió, en su inglés tosco y apedreado de entonces, que lo contrataran. Sus nuevos compañeros tomaron su incorporación como una especie de broma de su jefe, pero no sabían que González estaba desesperado, dispuesto a cualquier cosa. El mejor vendedor de la concesionaria era un tipo con veinte años de experiencia del que González sólo recuerda su primer nombre («Bob») y que vendía 30 autos por mes. González se dio dos meses de plazo para ganarle. Vivía en una furgoneta alquilada, se duchaba frente a un McDonald’s y todas las mañanas a las ocho, antes que nadie, entraba al salón de Al Packer Ford. Cuando le pregunté cuál era su talento para vender autos, por qué tenía tanto éxito, dio una explicación sencilla: «Me paraba al lado de la puerta desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Sábados, domingos, lunes, martes... Todos los días». El último día de agosto llegó a los 31 coches vendidos: Bob, según el recuerdo de González, había perdido el liderazgo. Claudio recibió una placa con su nombre y un premio en efectivo y decidió que, con 30 años cumplidos, su vida de asceta-linyera había terminado y que era hora de, por fin, participar del espíritu de Miami: se compró un Porsche usado.

A muchos de los argentinos que viven en Miami no les gusta la argentinidad que proyecta González en la televisión: lo consideran alguien poco refinado, delatado por los rulos perfectos de su melena rubia, la piel siempre bronceada y la intensidad de su sh en toshota. González dice que no le importa el reconocimiento de los otros argentinos, pero parece dolido. Un sábado a la noche nos encontramos en un bar de la Pequeña Habana, a donde habíamos ido a ver un concierto de Nito Mestre, y a la salida se quejó de que una mujer con acento argentino se había acercado a Michael y le había dicho al oído: «No me gusta Toyota. A mí me gusta Honda». Cuando le pregunté por los argentinos de Miami, lo primero que se le vino a la mente fue una pareja que hacía poco había ido a Kendall Toyota a comprar un carro —nunca dice auto o coche— y que, cuando les presentaron a Claudio González, negaron saber quién era. «Vivían hacía dos años en Miami, no hablaban en inglés y habían ido por sí mismos a Kendall Toyota. Y decían que no me conocían... Pffft».

Su falta de popularidad entre los argentinos se compensa con su enorme éxito en el resto de la Miami latina, donde es un personaje extremadamente popular y bien considerado. Muchos de estos inmigrantes, que llegan a Estados Unidos y se encuentran con que tener auto es mucho más fácil (y necesario) que en sus países de origen, ven en González a una especie de hada madrina. Su éxito ha sido realmente notable: Kendall Toyota es la concesionaria de cualquier marca que más autos vende en todo Estados Unidos y en 2007 fue la primera en la historia en vender más de 12.000 vehículos en un año. En 2008, cuando el comediante más famoso de la televisión estatal cubana, Carlos Otero, dejó la isla y llegó a Miami para trabajar en la televisión local, uno de sus rituales de bienvenida fue recibir de parte de González, gratis y frente a los flashes de toda la ciudad, las llaves de un Toyota Camry cero kilómetro.

Tantas horas en la tele han hecho famoso a González, pero lo que lo ha hecho poderoso en Miami ha sido su capacidad para elegir dónde colocar los avisos. En Estados Unidos, los concesionarios son los principales anunciantes de las televisiones locales. En la década de optimismo y crédito fácil anterior a la crisis financiera, cuando hasta los oficinistas más grises cumplieron su sueño de tener una Ferrari, Kendall Toyota y sus competidores pusieron millones de dólares en los canales. En 2007, para su cumpleaños número cincuenta, González hizo una fiesta que confirmó su status en el establishment televisivo de la Miami latina. Paparazzi revolotearon en la puerta del restaurante y los canales de televisión enviaron cronistas para entrevistar a las celebridades invitadas. «Fue muy lindo, pero el día que me vaya de Toyota me gustaría saber si viene alguien», me dijo, con un suspiro, una de las veces que nos encontramos.

Claudio González es uno de esos argentinos que cada tanto empieza sus frases con un «yo siempre digo» y después adjunta un aforismo ingenioso de sabiduría popular. La tarde en que comimos en Sunny Isles tiró varios: «Yo siempre digo que para tener un millón de dólares en este país primero hay que tener dos, porque el primero te lo sacan»; «Yo siempre digo que acá somos todos iguales: cuando termina el partido, el peón y el rey van a la misma caja»; «Yo siempre digo que la suerte no existe: cuando uno pone amor y empeño, consigue lo que quiere». González no cree haber tenido suerte, pero sí cree que hay algún tipo de misterio cósmico en su relación con el mundo. Una noche, en los ’80, cuando vivía en la playa, le escribió una carta a Dios pidiéndole que lo ayudara, así él podría ayudar a otras personas. «Por suerte se me dio», dice, con toda naturalidad. Una vez, cuando era joven, hizo todo lo posible para subirse a un ómnibus que iba completo de Santiago de Chile a Buenos Aires, pero no lo dejaron. El ómnibus cayó de un camino de montaña en Mendoza, y murieron todos sus ocupantes. «En todos mis momentos de peligro», explica, «alguien me agarró de los pelos y me puso en otro lado». Unos días antes de conocernos, González había ido a visitar a su madre y por primera vez en veinte años se había tomado el tren suburbano de Martínez a Buenos Aires. Un hombre mayor subió al vagón, dijo algo así como «en esta vida, lo único importante es el amor» y se puso a tocar un acordeón. González interpretó el momento como algo mágico que debía ser recompensado: cuando el hombre pasó su gorra, le dejó cien pesos. González dice que el hombre le agradeció con lágrimas en los ojos y que él le respondió: «No tiene nada que agradecerme. Usted trabajó para esto. Se lo merece».

Mientras escuchaba estas historias, y lo veía mover las manos en el aire, no podía evitar sentir hacia González algunas de las mismas contradicciones que habían dominado desde hacía meses mi relación con Miami. González me parecía un personaje divertido y entrañable pero poco parecido a mí, que se vestía como un representante de futbolistas y que creía que había manos mágicas que lo protegían en los momentos de peligro. Al mismo tiempo, sin embargo, me resultaban conmovedoras, como las de Miami, la seriedad y la frescura con las que enfrentaba al mundo cada día, el orgullo estoico de sentirse el único constructor de su destino y su ambición —a veces cursi, pero siempre genuina— por intentar mejorar las vidas de otras personas. Sentado en aquel restaurante semivacío, de frente a una playa de estacionamiento y a un centro comercial indistinguible de otros miles de centros comerciales de la ciudad, me di cuenta de que les envidiaba, a González y a Miami, la ingenuidad y la falta de cinismo con las que vivían sus vidas y se definían frente a los demás. Como con González, yo me había acercado a Miami creyéndome culturalmente más sofisticado. Y, como con González, no sabía si servía para algo o si era algo de lo que valiera la pena fanfarronear o sentirse orgulloso.

* * *

Vine a Miami por primera vez en diciembre de 2003. Tenía 30 años y una cantidad razonable de viajes acumulada. Había vivido tres años en Madrid y había manejado desde Boston hasta Buenos Aires en un Jeep Cherokee con tres amigos. Un verano había llevado mi Fiat 147 Spazio desde Buenos Aires hasta Cuzco y, el siguiente, lo había arrastrado hasta Río de Janeiro. Toda mi vida había dicho que me gustaba viajar y eso había hecho cada vez que el mercado laboral periodístico me había permitido juntar una cifra razonable de dólares. En diciembre de 1993, un par de semanas después de cumplir 20 años, me subí a un avión de Líneas Aéreas Paraguayas que paró en Asunción, Recife y Dakar y finalmente me dejó en Madrid, el destino de mis sueños de bohemia mochilera.

Me gustaba viajar, pero también me gustaba volver de Europa o de Machu-Picchu y decir, en reuniones sociales donde necesitaba diferenciarme de los otros machos, que, en efecto, era un viajero y venía de hacer Uyuni, Iquique y San Pedro de Atacama. Me gustaba insinuar, con una falta de humildad escandalosa, que yo era quien se atrevía a romper con el rebaño y la erosión implacable de la vida cotidiana. Suspenderme en otro tiempo: como si no estuviera viviendo, sólo viajando.

Por eso, durante todos aquellos años, nunca había tenido interés por venir a Miami, la ciudad que para mí personificaba todos los errores y los problemas de no saber viajar. Miami no sólo era una ciudad de turistas, de pasajeros bovinos adiestrados para subirse a rampas, tumbarse en playas y blandir tarjetas de crédito, sino que además era lo opuesto de la idea del viaje como un camino: Miami era un agujero negro, que engullía humanos sin nervio ni alegría y los fundía en su puré blando y soso de hoteles y centros comerciales.

Miami me parecía un escenario, la negación del mundo: viajar a Miami era admitir la derrota de que a uno ya no le interesaba la vida real y prefería una versión peor, más simple y menos dolorosa, donde poder abochornarse en un sopor que enjuagara las lágrimas de afuera para no tener que mostrar las de adentro. No podía creer que gente razonable fuera y volviera de ahí con una sonrisa despreocupada, como si no se hubieran contaminado, como si desde aquella semana en la playa o en un crucero no hubieran empezado a ser personas menos interesantes.

En la Buenos Aires de principios de los ’90, cuando la sobrevaluación del peso permitió viajar a una generación entera de universitarios inquietos, el único viaje moralmente posible, después de los polvos de Machu-Picchu y la Patagonia, era Europa. Si uno era apenas un poco bohemio o apenas un poco progresista, no había debate posible: Barajas, un billete de Eurail Pass y, en el sentido de las agujas del reloj, Barcelona, París, Londres, Amsterdam, quizá Brujas, Praga, Viena, Florencia y Roma. Miami estaba completamente fuera del radar. A Miami iban los políticos corruptos, los economistas neoliberales, los actores de televisión, las esposas de los futbolistas, las modelos, los turistas, los que no leían libros, los anticastristas: los que votaban a Menem. A Madrid íbamos los viajeros, los que queríamos «conocer otras culturas», los que leíamos libros, los que sentíamos simpatía por la Revolución Cubana, los melancólicos: los antimenemistas. Viajar a Europa no era sólo una gran forma de pasar el verano sino que también era un extraordinario mensaje para enviar de vuelta en casa, una posición política.

A fines de 2003, yo ...