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MIENTRAS OTROS DUERMEN

Fernando Samalea

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Fragmento

Palabras preliminares

Suena el Bagua en la galería sur oeste. El viento tenue del mediodía despierta música en mí. Fernando conjuga melodías sazonadas con la captación en cada instante de su vida, como un mago, y las expande en cada compás que arriesga entre el supra e inframundo.

Su primer libro transmite una profunda gratitud por la vida y, como pocos, la cuenta desde su gestación, donde tenía signos chinos, solares y mayas de un hombre con gran capacidad para “escuchar las señales” que el universo le ofrecía para transformarlas en materia viva, orgánica y creativa.

Su vida conmueve por la vocación precoz, perseverancia, audacia para tocar puertas y aceptar ser parte de quienes lo convocaran en cada etapa de su versátil existencia, siendo una parte fundamental del todo. Su hipersensibilidad para integrar lo cercano, lejano, bizarro, extraño, lo convierte en un artista multifacético. Su curiosidad lo sumerge en experiencias, no se pierde nada, liba el néctar de la vida como un picaflor.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Los viajes lo moldean como una escultura, eólica, lunar y solar; es flexible, abierto, intenso; la cultura encontró un buen juglar para traducirla. Cuando nos reencontramos en el Tao hay alegría, ideas, viajes galácticos y promesas de llegar al Tibet serrano en su moto-nave.

A un conejo-gato-liebre y Tzikin 6 no hay que ponerle condicionamientos. Solo esperar que el viento lo traiga.

LUDOVICA SQUIRRU DARI

Sobre héroes y rumbas

Las palabras que siguen continúan una línea trazada desde el libro Qué es un Long Play y pretenden sostener una misma ruta verbal entre aquel volumen y el que el lector deshoja en este instante. Entre el 10 de julio de 1989 y el 10 septiembre de 2006, nunca volví a ver a Fernando Samalea. Hubo cruces epistolares que terminaron muy pronto y cada uno tomó su camino. Sin embargo, sabíamos que entre nosotros había una amistad tatuada con sangre. Lo vi por primera vez en Bogotá con Charly García y lo recuperé, en la misma ciudad, gracias a Gustavo Cerati, tras las presentaciones colombianas de Ahí vamos, promocionando el cuarto álbum en solitario del otrora guitarrista de Soda Stereo. Dieciséis años son una eternidad, forman parte esencial de la vida de un ser humano. Y si, como en el caso de Fernando o de cualquier figura del mundo del rock, se pasa sin dormir entre los diecinueve y los treinta y cinco años, es como si hubieses vivido medio siglo de ausencia. Yo he decidido que Sama, como le dicen sus amigos más estrechos, ha escrito estos dos tomos de memorias para contarme toda la vida que dejamos de vivir juntos. No es así, por supuesto. Pero estas páginas las leo y las releo, como si me las estuvieran susurrando al oído, en un estado de emoción que hacía muchísimo tiempo no sentía. De repente, es la misma sensación que tuve cuando descubrí los libros de aventuras de mi infancia, asuntos que se te quedan en la vida para siempre. No exagero si digo que con Samalea me ha pasado un poco lo mismo. Debe ser por esa descomunal envidia que le tengo, al saber que es músico de rock, bandoneonista, sibarita, lector, escritor, viajero y abstemio.

Qué es un Long Play, la primera parte de esta saga, pecaba por exceso. Durante varios meses recibí capítulo tras capítulo en mi correo, como si se tratara de una novela por entregas. A mí todo me gustaba y me parecía que cada uno de los episodios narrados debería formar parte del proyecto. Pero los editores siempre son cautos y, por desgracia, casi siempre tienen la razón. Así es que el Long Play terminó convirtiéndose en varios libros que no sabemos, a ciencia cierta, cuándo vayan a terminar. Por lo pronto, estamos abriendo las páginas del segundo volumen, que es como el Tattoo You de los Rolling Stones: una obra maestra hecha de los descartes de sus producciones pasadas. Y si en la primera parte hubo acciones de iniciación, mezcladas con evocaciones infantiles y familiares, la bildungsroman porteña desaparece para darle paso a la velocidad pura, la del segundo tiempo de sus hazañas. En Qué es un Long Play teníamos, por ejemplo, a Charly García inaugurando la gesta, convertido en arma de destrucción masiva. En este nuevo asalto, es Gustavo Adrián Cerati el que se encarga de dar el tono inicial de lo narrado, partiendo desde la ciudad de Medellín, descubriendo los excesos del nuevo milenio. Los recuerdos de Samalea no son cronológicos sino rítmicos: en la medida en que lo va pidiendo el cuerpo, vamos pasando del éxtasis al reposo, del frenesí a la contemplación. Así, regresamos al siglo pasado, el ya lejano siglo XX, y volvemos a García en su incendiario período Say No More. Pero, lo que más sorprende, es la vocación de obrero del sonido que ha mantenido Fernando a lo largo de su vida. Ha sido una estrella del rock, por supuesto. Pero no se ha dormido en los laureles de los excesos sino que pasa del Ringo al Tango sin mayores tropiezos. Samalea, a través de sus memorias, ha aprendido a rendirles culto a sus colegas pero, al mismo tiempo, se ha convertido en protagonista.

Quizás por ello, nunca ha tenido el temor de quemar sus naves y comenzar todo de nuevo. Así, cuando España llamó a su puerta no tuvo el mayor problema en abandonar la seguridad latinoamericana, justo para caer en los brazos (o en las garras, según como se lo mire) del inmenso Joaquín Sabina, en el momento en el que comenzaba a gestar la obra maestra de su carrera, 19 días y 500 noches, gracias, entre otros, a la producción del hispano-argentino Alejo Stivel. Ya Samalea no solo era un baterista con todas las credenciales, sino que se había dedicado a estudiar lo que sería una proeza para cualquier joven acelerado: se dedicó a conocer a fondo los secretos del bandoneón. Así que, del piso de Sabina en Madrid, donde tampoco se dormía nunca (son preocupantes las horas de sueño que le faltan a Fernando), nacieron notas de fueye y tempos disciplinados de sus tambores para una gira que empezó en la península Ibérica y atravesó el océano, donde Samalea jugó, por primera vez, en la Argentina, como visitante.

En las nueve piezas que componen esta sinfonía de los juguetes musicales de Fernando, vamos de la Colombia en ácido de la introducción, pasando por García, Melingo o el under, para caer en el rapto de Sabina y sus amaneceres, tocando fondo como “mendigo VIP” en las carreteras europeas. En el camino, se cruza con cientos de nombres conocidos, por ejemplo con su amigo Andrés Calamaro, o encuentra una oportunidad de gira con Joan Manuel Serrat, para luego estrellarse frente al vacío y hundirse en un monólogo con el rebusque de siempre felices desenlaces. Sin proponérselo, el libro da cuenta de la situación de sus compatriotas en la Europa del nuevo milenio, cuando las incertidumbres y el desarraigo económico hacen de las suyas, para obligar a muchos de sus contemporáneos a abrirse paso, a como dé lugar, más allá de sus propias fronteras. Samalea batalló en Europa hasta su “Retorno al entorno”, con nuevas energías, nuevas invenciones y nuevos azares, no sin antes tener cruces creativos con el siempre presente Charly García y rememorando anécdotas del más profundo estertor pánico, como su saga con Alejandro Jodorowsky, de quien tendremos uno de los mejores pasajes en este libro que se estalla si no pasamos a manteles. El regreso a la Argentina “a empezar todo de nuevo”, al decir de su autor, se convierte en una nueva fiesta sin fin, donde Samalea consigue recuperar la amistad de Gustavo Cerati y, entre noches aquí y allá, vuelve a convertirse en la gran estrella que ya había sido con el García de los años ochenta. Sus entregas totales a los mejores músicos de los escenarios eléctricos de la Argentina se combinaron con sus propios proyectos en solitario, bandoneón al frente, del cual fueron saliendo, poco a poco, discretos y delicados álbumes con colaboradores de primera línea. Samalea no solo se convertiría en un cómplice a toda prueba, sino también en protagonista de una nueva escena en la que sus búsquedas se iban confundiendo creativamente con los encuentros.

El clímax de este volumen se presenta con la narración, desde los intestinos del sonido, de las experiencias de estudio y las giras frenéticas, con la última edad de oro de Cerati. A Samalea no se le escapa detalle ni instrumento por afinar. “Un lugar con parlantes” es un capítulo en que los amantes de los secretos del sonido siempre celebramos: las horas repetidas de las grabaciones, los diálogos calcados de la realidad, los tiempos muertos, los hallazgos inusitados. Con la gesta en el estudio de Gustavo se funden las experiencias desopilantes que Samalea recoge bajo el nombre de “Los canallas del amor”, título nobiliario con el que se autoproclamaron los cómplices del creador de Bocanada. Y remata con uno de sus subtítulos con los que condimenta cada capítulo: “Cómo no volverse loco con tantos viajes y tanto volumen, cómo no soñar despierto con tantas chances, cómo no compartir con las chicas nacidas en los ochenta...”.

Del frenesí de un eterno adolescente que ya entra en la madurez sin darse cuenta, se pasa a estados de reposo creativo, como los narrados en la sección denominada “Tarjeta de embarque”, donde todo cabe, la experimentación, el riesgo, los amores sin aspavientos, la eterna noche, cómplice de madrugadas. El capítulo final hace referencia, cómo no, al concierto de Gustavo Cerati en Bogotá para promocionar Fuerza natural, su inesperado canto del cisne, la noche sin sospechas en mi país, donde los acompañé en una celebración que jamás anunció sus consecuencias. Pero no quiero adelantarme. El libro, por supuesto, al concluir, no termina. La carreta inacabable de la música sigue con Calle 13, con Fernando Kabusacki, con nuevas generaciones y nuevos compañeros de ruta.

Sabemos que se trata de la obra de un titán de la aventura, de un travieso celebrante de la vida y lo que sigue es un homenaje a sus compañeros de carretera, en un viaje sin tregua del cual esperamos muchas más vidas para que Fernando Samalea, el escritor y mejor amigo posible, se encargue de ponérnoslas a buen ritmo, para los que esperamos, como en un seriado, los acontecimientos siempre fascinantes de la novela de su existencia.

SANDRO ROMERO REY

1. La eterna primavera

El tiempo vuela: este capítulo ofrece sexo y drogas desde sus primeras líneas

Mal dormidos, con restos de la noche bogotana a cuestas, hubo que salir temprano hacia el aeropuerto. La vibrante Medellín esperaba por la música de Gustavo Cerati. El concierto se había anunciado para el 9 de septiembre de 2006 y Ahí vamos estaba en el sentir popular. No sorprendía que cada tramo de la gira fuese conmovedor.

Tras aterrizar, superar trámites aduaneros y esperar nuestras maletas por las cintas transportadoras, era común que saliésemos en tandas y no todos juntos. Ese día, en el Aeropuerto José María Córdova, el azar me dejó en compañía de Gustavo y el sonidista Adrián Taverna. Estábamos haciéndonos gestos de “qué sueño” en la puerta de salida, parados ante unos modernos ventanales curvos, cuando el manager Fernando Travi se acercó a decirnos “vayan yendo, muchachos”. Al instante, salimos al muelle externo y abordamos una camioneta blanca de asientos tapizados en beige claro. Había urgencia en llegar, ya que al líder lo esperaba una gran cantidad de periodistas en uno de los salones del Hotel Belfort Dann Carlton, en la Carrera 43, donde además seríamos alojados. Bastaron pocos metros de recorrido para entender que el chofer y el promotor local, un tal Juan Pablo, eran expertos si de ilícitos o juergas se tratase. “Tenemos cocaína, marihuana, éxtasis, anfetaminas, opio, ¡lo que quieran!”, nos dijeron tras las frases de bienvenida. Poca atención les prestamos, sentados los tres en el asiento trasero del vehículo.

—Gracias, de verdad, no queremos nada —repitió Gustavo por tercera vez ante su insistencia, mirándonos cómplice de reojo mientras se acomodaba los rulos.

—¿Pero cómo así?

—Hoy es el cumpleaños de él —dijo el líder, señalándolo a Adrián, intentando cambiar de tema.

—¿Y no se le miden a nada? Oigan, entonces, tengo lo que necesitan. De camino está la casa de unas amigas. Pasamos un momentico a saludarlas, ¿no? —insistió el promotor, clavándonos la vista por el espejo retrovisor.

Sin entender del todo la propuesta, asentimos con la cabeza, olvidando lo de la conferencia de prensa. Nos desviamos por una calle transversal hasta detenernos en un portón de hierro negro al estilo de Eyes Wide Shut de Kubrick, que se abrió automáticamente luego de que el hombre diese un código y fuésemos chequeados a través de cámaras de seguridad.

Los rayos de sol refractaban en los vidrios de las ventanillas, mientras nos invadía un sentimiento de curiosidad. Avanzamos a marcha lenta por un sendero de lajas, cruzando el parque de lo que parecía una finca de grandes proporciones. A lo lejos, observamos varias siluetas con guardapolvos blancos. Era todo tan misterioso que nos mantuvimos en silencio, con las manos apoyadas sobre los muslos, como alumnos que disimulan su mala conducta. El vehículo giró hacia la derecha en dirección a una cabaña octogonal de madera pulcramente lustrada. La rodeaba una arboleda digna de la imaginación de Disney. Cuando el motor se detuvo, nos invitaron a descender e ingresamos a un café-bar bastante pequeño. Vimos cinco mesas y una barra de tragos en su interior.

—Hombre, Gustavo, ¿qué querés?, ¿qué quieren tomar, hermanitos? —dijo nuestro dudoso anfitrión.

Pedimos tres inocentes Coca-Colas. De repente, como materializada por un ilusionista, apareció una mujer de cabello rubio peinado hacia atrás y elegantes gafas de carey. Vestía de manera formal: camisa a rayas verticales, azules y blancas, pantalón de pana oscuro y zapatos de tacos. Podía advertirse su corpiño en punta debajo de la prenda, así como un diminuto reloj dorado en su muñeca. Tenía el aplomo de una guía del Museo del Louvre.

—Buen día, caballeros. Mi nombre es Paula Sansón.

—Buenos días, ¿qué tal?… encantados —contestamos.

Su voz de locutora provocó miradas intermitentes entre nosotros, mientras nos extendía la mano a cada uno. Con oficio, expuso un speech de bienvenida a su “Mansión de visitas”. Entretenidos, la escuchamos explayarse durante un par de minutos sobre exclusivos servicios de masajes “eróticos”, de “estimulación oral” y de “relación”.

—Con una, dos o más niñas. No ponemos límites en cuanto a las preferencias del cliente —agregó con expresión solemne.

—Ajá —dijo Taverna, acomodándose su larga cabellera, ataviado con muñequeras metálicas, bandana y piercings como en una portada de la revista Tatoo.

Sorbiendo gaseosas con pajitas, continuamos escuchándola asombrados. ¿Cómo había ocurrido todo esto tan inaudito? ¿No estábamos yendo hacia el hotel a una conferencia de prensa?

La tal Sansón aclaró que podría ofrecernos el servicio de inmediato en ese mismo inmueble, o bien luego en nuestras habitaciones, enviando a sus señoritas con “absoluta discreción y en ropa deportiva”, para evitar suspicacias y comentarios de parte del personal hotelero. “Desde ya, pueden escoger entre las diferentes modelos de nuestro plantel”, agregó, abriendo ambas manos, como quien está seguro de brindar una oferta imposible de rechazar.

Cierta impaciencia comenzó a colmar la atmósfera. No sabíamos dónde estábamos y era obvio que a Gustavo lo estarían aguardando desde hacía rato. Seguros de no transformarnos en clientes de tan prestigiosa institución, le agradecimos educadamente, haciendo amagues de pararnos e irnos.

—¿Y no quisieran ver a las niñas, por las dudas? —preguntó la madama, escrutándonos y bajando el mentón.

—¡¡¡Sííí!!! —gritamos los tres a coro.

Se cerraron las cortinas. Una bola de espejitos comenzó a girar en el techo y se encendieron reflectores rojos, verdes y azules al ritmo de la canción “Night Fever” de Bee Gees. Abriéndose de repente un telón plateado, ingresó a la sala una negra escultural, vistiendo solo un guardapolvo blanco y tacos altos. “Hola, mi nombre es Solange”, dijo con gracia. Mostrando dientes perfectos, hizo un gesto pícaro con la lengua, para girar sobre sí misma, desabrocharse lentamente el delantal y dejar a la vista sus dotes por breves segundos. Se retiró dando pasos de baile, no sin antes aclarar que “estaría dispuesta para todo lo que deseásemos”.

Como evidentemente era rutina, otras chicas fueron brindando su coreografía al estilo de las modelos de pasarela, avanzando y clavándonos los ojos. Inoportuno, sonó el celular de Gus. Era Nando, el manager, muy preocupado por nuestra tardanza y paradero. Cuanto menos, temían un secuestro o tragedia.

—Llegamos hace mucho acá y ni noticias de ustedes. ¡El periodismo ya colmó el salón y todos preguntan por vos! ¿Dónde están? ¿Seguís con Taverna y Sama? —escuchamos claramente a través del teléfono pegado a su oreja.

—Está todo bien, no te puedo explicar qué pasa, pero no es nada grave. En un rato vamos para allá…

—¿¿¿Pero dónde estás??? —insistió Travi.

—Ahora no te puedo decir dónde estoy —aclaró en tono calmo, haciendo un hueco con la mano sobre el auricular para apaciguar su voz, antes de cortar la llamada y resoplar un “uf”.

Mientras tanto la octava “niña”, llamada Denise, mostraba su desnudez y se desajustaba los botones, balanceándose sensualmente hasta desaparecer por el foro.

Paula Sansón reapareció en escena desde un costado, entregándonos a cada uno la tarjeta de membretes plateados con los datos del lugar. “Solo tienen que llamar y decir el nombre de la jovencita que hayan escogido. Se la enviaremos cuando sea de su agrado. Habrá absoluta reserva”, dijo, dando por finalizado el show.

Subimos otra vez a la camioneta, con las tarjetas en mano. Ni siquiera atinamos a guardarlas en los bolsillos. Nuestros partenaires colombianos sonreían con caras de “¿vieron a donde los trajimos?”, buscando aprobación. En un derroche de tenacidad, ofrecieron más drogas a la venta durante el resto del recorrido.

Al llegar al hotel de ladrillos a la vista y arcadas grises de la zona de El Poblado, Cerati se colocó unas gafas negras de alta gama, caminó a paso vivo por el hall, rodeado de organizadores, fans, curiosos y agentes de seguridad, se sentó detrás del escritorio que habían montado en un salón de la derecha y quedó a disposición de las preguntas. Adrián me hizo señas para que ingresásemos a la sala. Parados uno al lado del otro, refugiados contra una columna marrón clara, nos divertimos escuchando sus declaraciones formales sobre el disco y el tour. Nadie podía sospechar lo ocurrido desde la llegada al aeropuerto.

Pero el empresario local evidenció que no iba a darse por vencido. Antes de que anocheciera, regresó al Belfort Dann acompañado de cinco señoritas de poco más de veinte años, cuyo aspecto hacía sospechar a simple vista a qué tipo de oficio se dedicaban. “Hombre, Fernando, ellas no son de la agencia de la Sansón, sino que trabajan por su cuenta”, aclaró al cruzarme en el vestíbulo. Las agraciadas, de rigurosos noventa-sesenta-noventa y curvas delineadas, ocuparon una mesa al costado de la piscina, bajo una sombrilla clara. Bebiendo margaritas y rones, se la pasaron conversando y emitiendo risitas, esperando con paciencia a los supuestos clientes argentinos. Intenté explicarle al émulo de Hugh Hefner que sería difícil que consiguiesen algún candidato en nuestra comitiva. Férreo, contestó que ellas permanecerían allí de todas maneras, por las dudas de que se presentasen otras ofertas. Estaba claro que él era del tipo de hombre que prefieren mujeres sumisas y obedientes.

Esa misma noche fuimos invitados a una cena. Al bajar al lobby, con signos de haber tomado duchas, observamos que las damiselas continuaban bajo las sombrillas como esfinges sagradas, respetando las órdenes del tal Juan Pablo.

—Che, disculpá, si tienen otra posibilidad, vayan tranquilas porque acá no creo que encuentren demasiado —le dije a una de ellas, que caminaba por el vestíbulo hacia el toilette como una pantera de colección.

—Pero, papito, no te preocupés por nosotras. ¿Cómo te llamás? Yo soy Johanna, la Paisa —sentenció con simpático acento.

¡Johanna, la Paisa! El nombre quedó rebotando en mi mente mientras tragaba bocados de bandejas, tamales y arroz con coco junto a mis compañeros. Desde ese restaurante fuimos a echarle un vistazo a un club nocturno de El Poblado, luego a otro más y regresamos al hotel casi a la hora del desayuno, ingresando por una puerta trasera.

Al despertar después del mediodía y bajar nuevamente a la recepción, sorprendido, volví a encontrar a Johanna. “Hola, papi”, me dijo con voz insinuante. La observé mejor: tendría unos veintitrés o veinticuatro años, curvas pronunciadas y pechos inmensos. Indiscretamente, se podía observar la parte superior de ambos pezones. Como ayer, llevaba el cabello castaño atado y tirante hacia atr ...