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MISCELANEA

Jorge Luis Borges  

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Fragmento

22 Miscelánea men. Uno de los propósitos de este libro es evidenciar que el sabor de su obra nada tiene en común, fuera de algunas coincidencias de tema o de lenguaje, con el de la obra de Hernández. Corresponden a épocas distintas del proceso argentino: Hilario Ascasubi nos muestra “los gauchos del Río de la Plata, cantando y combatiendo contra los tiranos de las Repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay”; Hernández, el caso personal de un paisano al que las vicisitudes llevan a la frontera y después al desierto. Cuanto más afín es la materia que tratan, tanto más visible es la oposición que separa a los dos. Hernández refiere:

Marcha el indio a trote largo, paso que rinde y que dura; viene en dirección sigura
y jamás a su capricho —

No se les escapa vicho
en la noche más escura.

Caminan entre tinieblas con un cerco bien formao;
lo estrechan con gran cuidao y agarran al aclarar ñanduces, gamas, venaos — cuanto han podido dentrar.

Su señal es un humito
que se eleva muy arriba — y no hay quien no lo aperciba con esa vista que tienen;
de todas partes se vienen
a engrosar la comitiva. —

Ansina se van juntando, hasta hacer esas reuniones que cain en las invasiones en número tan crecido —

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para formarla han salido de los última rincones.

Oigamos (y veamos) ahora la versión de Ascasubi:

Pero, al invadir la indiada
se siente, porque a la fija
del campo la sabandija
juye adelante asustada,
y envueltos en la manguiada vienen perros cimarrones, zorros, avestruces, liones, gamas, liebres y venaos,
y cruzan atribulaos
por entre las poblaciones.

Entonces los ovejeros coliando bravos torean
y también revolotean gritando los teruteros; pero, eso sí, los primeros que anuncian la novedá con toda siguridá
cuando los indios avanzan, son los chajases que lanzan volando: ¡chajá! ¡chajá!

Y atrás de esas madrigueras que los salvajes espantan campo afuera se levantan, como nubes, polvaderas preñadas todas enteras
de pampas desmelenaos que al trote largo apuraos, sobre sus potros tendidos cargan pegando alaridos,
y en media luna formaos.

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Ensayemos otro cotejo. Hernández enumera los rasgos esenciales de la mañana:

Y apenas la madrugada empezaba a coloriar
los pájaros a cantar
y las gallinas a apiarse, era cosa de largarse cada cual a trabajar.

Ascasubi casi con las mismas palabras sigue el lento proceso de la luz:

Venía clariando el cielo la luz de la madrugada y las gallinas al vuelo
se dejaban cair al suelo de encima de la ramada.

Tampoco falta lo brutal en su obra. Si la literatura argentina encierra una página que puede equipararse con El matadero de Esteban Echeverría, esa página es La refalosa de Ascasubi, si bien la primera tiene un poder alucinatorio que le falta a la otra, cuyo íntimo carácter es una suerte de inocente y chabacana ferocidad. El ámbito de la poesía de Ascasubi se define por la felicidad y el coraje y por la convicción de que una batalla puede ser también una fiesta. El poeta Detlev von Liliencron dijo que, aun en el cielo, querría alguna vez participar en una campaña; Ascasubi hubiera comprendido este sentimiento, que responde a los bélicos paraísos de las mitologías del norte. Oigamos este brindis a un militar del partido colorado:

Mi coronel Marcelino valeroso guerrillero, oriental pecho de acero y corazón diamantino:

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todo invasor asesino, todo traidor detestable,
y el rosín más indomable rinde su vida ominosa, donde se presenta Sosa, ¡y a los filos de su sable!

Brillo de baraja nueva o moneda nueva siguen teniendo al cabo de un siglo los versos de Ascasubi, no desgastados o empañados por la usura del tiempo. Sus defectos son los del improvisador, que está a merced de un dios misterioso y que puede pasar en cualquier momento de la encendida inspiración a la negligencia o a la trivialidad. Como todo poeta, Ascasubi tiene derecho a que lo juzguemos por sus versos mejores. Detrás del más ilustre y del más humilde está aquel gran amor a la patria que lo llevó a jugarse la vida, simple y alegremente, en esa pánica alborada de espadas y también de puñales.

Hilario Ascasubi: Paulino Lucero. Aniceto el Gallo. Santos Vega. Selección y prólogo de J. L. B. Buenos Aires, Eudeba, Serie del Siglo y Medio, 1960.

Adolfo Bioy Casares

LA INVENCIÓN DE MOREL

Stevenson, hacia 1882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y Gasset —La deshumanización del arte, 1925— trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en la página 96, que “es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior”, y en la 97, que esa invención “es prácticamente imposible”. En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela “psicológica” y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de 1925 y aun de 1940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy Casares) creen razonable disentir. Resumiré, aquí, los motivos de ese disentimiento.

El primero (cuyo aire de paradoja no quiero destacar ni atenuar) es el intrínseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, “psicológica”, propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia; personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad… Esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden. Por otra parte, la novela “psicológica” quiere ser también novela “realista”: prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o de toda lánguida

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vaguedad) un nuevo rasgo verosímil. Hay páginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin sa

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