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MISERY

Stephen King  

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Fragmento

1

umro uunnooo

tu addmmra dooora

umro uunnooo

Aquellos sonidos, aun en la bruma.

2

Pero a ratos los sonidos —como el dolor— se desvanecían y solo quedaba la bruma. Recordaba la oscuridad: una negrura compacta, previa a la bruma. ¿Quería eso decir que estaba haciendo progresos?, ¿hágase la luz (aunque sea tirando a brumosa) y vio que la luz era buena, etcétera, etcétera? ¿Esos sonidos estaban cuando todo era negro? Él no tenía respuesta para ninguna de estas preguntas. ¿Cabía planteárselas siquiera? A eso tampoco sabía qué responder.

El dolor medraba por debajo de los sonidos. El dolor estaba al este del sol y al sur de sus orejas. Eso era lo único que sabía.

Durante un cierto período de tiempo que le pareció muy largo (y que debió de serlo, pues las dos únicas cosas que existían eran el dolor y la bruma tormentosa) esos sonidos fueron la única realidad exterior. Él no tenía ni idea de cómo se llamaba ni de dónde se encontraba, y le daba igual una cosa como la otra. Deseaba estar muerto, pero, en medio de la bruma saturada de dolor que invadía su cerebro como un nubarrón de verano, él no sabía que lo deseaba.

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Con el tiempo, empezó a percatarse de que había momentos de no dolor sujetos a una cierta periodicidad. Y por primera vez desde que emergiera de la negrura total que había precedido a la bruma, tuvo un pensamiento completamente al margen de lo que era su situación del momento: pensó en aquel pilote que sobresalía de la arena en Revere Beach. Sus padres lo llevaban a menudo a esa playa cuando era un chaval, y él siempre insistía en que extendieran la manta en un sitio desde el que se pudiera ver el pilote, que a él se le antojaba el colmillo de un monstruo sepultado. Le gustaba sentarse a mirar cómo el agua lo iba cubriendo. Luego, al cabo de unas horas, una vez consumidos los emparedados y la ensalada de patata, cuando en el enorme termo de su padre no quedaba ya una sola gota de Kool-Aid, y justo antes de que su madre dijese que era hora de recoger y volver a casa, la parte superior del pilote volvía a asomar entre las olas que iban llegando, al principio apenas un poquito y luego más y más. Al final, tirados los desperdicios al bidón con el letrero MANTENGA LIMPIA LA PLAYA y recogidos los juguetes de Paulie

(así es como me llamo, Paulie, soy Paulie y esta noche mi madre me pondrá aceite Johnson’s en las quemaduras, pensó en el interior del nubarrón donde ahora vivía)

y doblada la manta otra vez, el pilote había emergido ya casi por completo, sus renegridos costados recubiertos de limo y envueltos en espuma jabonosa. Era la marea, había intentado explicarle su padre, pero él siempre había sabido que era el pilote. La marea iba y venía, mientras que el pilote siempre estaba allí, solo que a veces no podías verlo. Sin pilote, no había marea.

Este recuerdo giraba y giraba en círculos, exasperante, como una mosca perezosa. Intentó atrapar su significado, pero durante un buen rato los sonidos se lo impidieron.

admmra dooora

leid todddddoooo

umro uunnooo

A veces, los sonidos paraban. A veces, era él quien se paraba.

Su primer recuerdo claro de este ahora, del presente exterior a la bruma tormentosa, era que se paraba, que de pronto no podía seguir respirando, y no pasaba nada, era una buena cosa, por no decir el paraíso; podía aguantar cierto grado de dolor, pero todo tenía un límite, y se alegró de que el partido estuviera acabando.

Y luego tenía una boca pegada a la suya, una boca que era indudablemente de mujer a pesar de sus labios duros y secos, y el soplo que expulsaba la boca femenina entraba en su propia boca, garganta abajo, hinchando levemente sus pulmones, y cuando los labios se apartaron pudo oler por primera vez a su carcelera, olerla en el aliento que ella había exhalado por la fuerza dentro de él igual que un hombre podía introducir una parte de su cuerpo a la fuerza en una mujer renuente, aquel repelente tufo a galletas de vainilla y helado de chocolate y salsa de barbacoa y caramelo de mantequilla de cacahuete.

Oyó una voz que gritaba: «¡Respira, maldita sea! ¡Respira, Paul!».

Los labios se le pegaron de nuevo. Sintió cómo el aire bajaba otra vez hasta su garganta. Era como esa húmeda ráfaga de viento que sigue al paso de un convoy en el túnel del metro, levantando papeles de periódico y envolturas de caramelo, y los labios estaban retraídos, y él pensó: Por el amor de Dios, no dejes salir ni una pizca de aire por la nariz, pero no pudo evitarlo y oh, aquella peste, aquel PESTAZO inaguantable.

—¡Respira, maldita sea! —chilló la voz invisible, y él pensó: Vale, haré lo que tú digas, pero, por favor, no vuelvas a hacer eso, deja ya de infectarme, y lo intentó, pero antes de ponerse realmente a ello, los labios femeninos estaban otra vez pegados a los suyos, resecos y tiesos como tiras de cuero curado a la sal, y ella lo violó de nuevo con todo su aire.

Esta vez, cuando apartó los labios, él no la dejó expulsar el aire, sino que empujó con todas sus fuerzas y exhaló una gigantesca ración de su propio aire interior. Lo sacó de un tirón, y aguardó a que su pecho —fuera de su campo visual— volviera a subir y a bajar tal como había hecho siempre por sí solo. No hubo suerte, de modo que boqueó otra vez a morir y un segundo después volvía a respirar lo más deprisa posible a fin de expulsar cuanto antes el olor y el sabor de aquella mujer.

El aire normal jamás le había sabido tan bien.

Empezó a sumirse de nuevo en la bruma, pero antes de que el mundo exterior se desvaneciera por completo, oyó que la mujer murmuraba: «¡Uf! ¡De poco ha ido!».

Con poco basta, pensó él, y se quedó dormido.

Soñó con el pilote, un sueño tan real que casi creyó que podía alargar la mano y pasar la palma por la curva de la agrietada y verdinegra madera.

Cuando volvió a su estado anterior de semiconsciencia, fue capaz de establecer la conexión entre el pilote y la situación en que se encontraba, como si flotara en la palma de su mano. El dolor no obedecía a la marea. Esa fue la moraleja del sueño que en realidad era un recuerdo. El dolor iba y venía solo aparentemente. El dolor era como aquel pilote, unas veces quedaba cubierto, otras veces a la intemperie, pero siempre estaba allí. Cuando el dolor no lo obligaba a atravesar la espesa grisura pétrea de su nube, él se sentía vagamente agradecido, pero ya no se dejaba engañar: el dolor estaba agazapado, a la espera. Y no había un pilote, sino dos; el dolor era esos pilotes, y aunque la mayor parte de su cerebro no tuvo conciencia de que lo sabía hasta mucho después, una parte de él ya sabía que los destrozados pilotes no eran sino sus propias piernas, asimismo destrozadas.

Pero aún pasó bastante tiempo hasta que pudo por fin romper la costra de saliva que mantenía sus labios pegados y preguntar con voz ronca «¿Dónde estoy?» a la mujer que se hallaba sentada junto a su cama con un libro en las manos. El autor del libro, según pudo ver, era Paul Sheldon. No le sorprendió reconocerse en ese nombre.

—En Sidewinder, Colorado —dijo la mujer, cuando él por fin pudo hacer la pregunta—. Me llamo Annie Wilkes, y soy…

—Sí, lo sé —dijo él—. Mi admiradora número uno.

—Exacto. —Annie sonrió.

3

Oscuridad. Después el dolor y la bruma. Y luego la conciencia de que, por más que el dolor fuera constante, a ratos quedaba sepultado por un inquietante equilibrio que decidió calificar de alivio. El primer recuerdo verdadero: parar y ser devuelto a la vida por el pestilente aliento violador de la mujer.

Siguiente recuerdo verdadero: los dedos de ella metiéndole algo en la boca a intervalos regulares, algo como tabletas de Contac, solo que como no había agua se le quedaban en la boca y, al disolverse, dejaban un sabor increíblemente amargo que recordaba al de la aspirina. De buena gana habría escupido aquel amargor, pero supo que no le convenía hacerlo: era el sabor amargo lo que hacía que la pleamar cubriera el pilote

(no, los PILOTES, en plural sí vale hay DOS de acuerdo pero ahora calla eh calla shhhhh)

y por un momento pareciera que ya no estaba.

Todas estas cosas ocurrían a intervalos muy dilatados, pero luego, mientras el dolor propiamente dicho empezaba no a remitir, sino a erosionarse (como debió de erosionarse aquel pilote de Revere Beach, pensó, porque nada dura para siempre; aunque el niño que fue en otro tiempo habría puesto mala cara ante tamaña herejía), las cosas del exterior comenzaron a incidir cada vez más rápido hasta que el mundo objetivo —con su cargamento de recuerdos, experiencias y prejuicios— se hubo reinstaurado casi por completo. Él era Paul Sheldon y escribía novelas de dos clases: novelas buenas y best sellers. Se había casado y divorciado dos veces. Fumaba más de la cuenta (al menos, antes de todo esto, fuera lo que fuese «todo esto»). Algo grave le había ocurrido, pero aún estaba vivo. La nube gris oscuro empezó a difuminarse cada vez más rápido. Aún pasaría un rato antes de que entrara su admiradora número uno con la vieja Royal boquiabierta en un rictus de sonrisa y con aquella voz de pato, pero mucho antes de que eso ocurriera Paul comprendió que estaba en un aprieto, y de los gordos.

4

Esa parte clarividente de su cerebro la vio antes de que él supiera que la estaba viendo y, con toda probabilidad, debió de entenderla antes de saber que la estaba entendiendo: ¿por qué, si no, iba a asociarla con imágenes tan siniestras? Cada vez que ella entraba en la habitación, él pensaba en las estatuillas veneradas por tribus africanas supersticiosas en las novelas de H. Rider Haggard, y también en piedras y en el destino.

La imagen de Annie Wilkes como un ídolo africano salido de Ayesha o de Las minas del rey Salomón era a la vez ridícula y adecuada (esto último de un modo extraño). Era una mujer corpulenta que, quitando las protuberancias de sus senos, grandes pero no atractivos, debajo de la chaqueta de punto gris que siempre llevaba puesta, parecía carecer de curvas femeninas; no había asomo de redondez en sus caderas ni en sus nalgas y ni siquiera en las pantorrillas que asomaban de la interminable sucesión de faldas de lana que llevaba para andar por casa (se metía en su invisible dormitorio para ponerse unos vaqueros cuando tenía recados que hacer fuera). Su cuerpo era grande pero no generoso. Evocaba imágenes de coágulos y barricadas, antes que de acogedores orificios o incluso espacios abiertos, zonas de hiato.

Desprendía más que nada, a ojos de él, una sensación inquietante de solidez, como si careciera tal vez de vasos sanguíneos o incluso vísceras, como si fuera toda ella Annie Wilkes la compacta, de lado a lado y de pies a cabeza. Cada vez estaba más convencido de que sus ojos, que parecían tener vida propia, estuvieran en realidad pintados en la cara, que no se movían más que los ojos de un retrato cuando parecen seguirnos a medida que nos desplazamos por la sala donde está expuesto. Tenía la impresión de que si formaba una V con dos dedos de la mano e intentaba metérselos en la nariz, no irían más allá de treinta milímetros antes de toparse con un duro (si bien ligeramente flexible) obstáculo; que incluso el jersey gris y las sosas y anticuadas faldas y los vaqueros gastados con los que salía al exterior formaban parte de aquel fibroso cuerpo desprovisto de canales internos. Así pues, no es de extrañar que le pareciera ver a un ídolo de una férvida novela. Como los ídolos, daba una sola cosa: una sensación de desasosiego rayana en el terror. Como los ídolos, te quitaba todo lo demás.

No, un momento, eso no era del todo justo. Ella daba algo más. Le daba las píldoras que hacían que la marea cubriese los pilotes.

Esas píldoras eran la marea; Annie Wilkes era la presencia lunar que las atraía hacia su boca como pecios cabalgando una ola. Le llevaba dos cada seis horas, primero anunciando su presencia tan solo como un par de dedos que se asomaban a su boca (y él aprendió muy pronto a chupar aquellos dedos con avidez pese al sabor amargo), y después presentándose con su jersey y una de sus faldas (media docena, tendría), normalmente con un ejemplar de bolsillo de una de sus novelas bajo el brazo. Por la noche aparecía con un albornoz de color rosa, la cara reluciente de crema (a él no le habría costado nada identificar el ingrediente principal pese a no haber visto nunca el frasco de donde procedía; el olor a oveja de la lanolina era potente y hablaba por sí solo), sacándolo de su viciado y populoso sueño con las píldoras en la palma de la mano y la puñetera luna recostada en la ventana sobre uno de sus compactos hombros.

Pasado un tiempo —una vez que a él le fue imposible ignorar la alarma, demasiado grande—, consiguió averiguar lo que ella le estaba administrando. Era Novril, un analgésico con una fuerte dosis de codeína. La razón de que ella tuviera que llevarle la cuña con tan poca frecuencia no era solo que su dieta consistiera totalmente en líquidos y gelatinas (al principio, cuando estaba en la nube, ella lo había alimentado por vía intravenosa), sino también que el Novril podía causar estreñimiento. Otro efecto secundario, este bastante más serio, era la depresión respiratoria en pacientes sensibles. Paul no era hipersensible, a pesar de que había fumado sin parar durante casi dieciocho años, pero su respiración había cesado por completo al menos una vez (quizá había habido otras, en la fase bruma, y no lo recordaba). Esa fue la vez en que ella le hizo el boca a boca. Pudo tratarse simplemente de una de esas cosas que pasan, pero él acabó pensando que quizá había estado a punto de palmarla por una sobredosis accidental. Ella no sabía lo que se traía entre manos tanto como creía. Y esa era solo una de las cosas que lo asustaban de Annie.

Descubrió tres cosas casi simultáneamente unos diez días después de haber salido del nubarrón. La primera, que Annie Wilkes tenía mucho Novril (de hecho, tenía montones de medicamentos de todas clases). La segunda, que estaba enganchado al Novril. Y la tercera, que Annie Wilkes estaba peligrosamente loca.

5

La oscuridad había antecedido al dolor y el nubarrón; empezó a recordar lo que había antecedido a la oscuridad mientras ella le explicaba lo que había pasado. Eso fue poco después de que él hiciera la pregunta tradicional cuando uno vuelve en sí y ella le respondiera que estaba en la pequeña localidad de Sidewinder (Colorado). Le dijo además que había leído sus ocho novelas al menos dos veces, y que sus más preferidas, la serie de Misery, las había leído cuatro, cinco y hasta seis veces. Qué pena que no las escribiera más deprisa, le dijo. Y dijo también que casi no podía creer que su paciente fuera Paul Sheldon en persona aun después de mirar el carnet de identidad que llevaba en la cartera.

—A propósito, ¿dónde está mi cartera? —preguntó él.

—La tengo bien guardada —dijo ella. De repente su sonrisa derivó a un gesto de severa vigilancia que a él no le gustó mucho; fue como descubrir una grieta profunda casi disimulada por flores estivales en mitad de un risueño y jocundo prado—. ¿Es que piensas que sería capaz de robarte algo?

—No, no, claro que no. Es que… —Es que en esa cartera está el resto de mi vida, pensó él. Mi vida fuera de este cuarto. Fuera del dolor. Fuera de la forma en que el tiempo parece alargarse como la tira de chicle rosa que el chaval se saca de la boca cuando está aburrido. Porque eso es lo que siento la última hora o así, antes de que lleguen las píldoras.

—¿Es que qué, Señor Caballero? —exigió saber ella, y Paul vio con alarma que la mirada vigilante se oscurecía cada vez más. La grieta iba ensanchándose, como si detrás de su frente estuviera produciéndose un terremoto. Le llegó el insistente gemir del viento en el exterior y tuvo una súbita imagen de ella cogiéndolo en brazos y echándoselo al hombro, donde él quedaba apoyado como un saco de arpillera sobre un muro de piedra, y sacándolo fuera para tirarlo sobre un montón de nieve. Moriría allí, congelado, pero antes de que llegara la muerte las piernas le harían chillar de dolor.

—Es que mi padre siempre me decía que no perdiera de vista la cartera —dijo, asombrado de la facilidad con que había mentido. Su padre había sido un maestro en pasar de su hijo salvo en lo absolutamente imprescindible, y, que Paul recordara, solo le había dado un consejo en toda su vida. El día en que Paul cumplió catorce años, su padre le regaló un condón Red Devil envuelto en papel de aluminio. «Guárdatelo en la cartera», dijo Roger Sheldon, «y si un día te excitas mucho mientras te estás dando el lote en el autocine, tómate unos segundos entre bastante cachondo para hacerlo y demasiado cachondo para que nada importe y ponte eso. Ya hay demasiados bastardos en el mundo, y no quiero que te metas en el ejército a los dieciséis años».

Paul continuó:

—Supongo que me dijo tantas veces lo de la cartera que se me ha quedado grabado para siempre. Si la he ofendido, lo siento de veras.

Ella se tranquilizó. Sonrió. La grieta se fue cerrando. De nuevo el alegre vaivén de flores estivales. Él pensó que si atravesaba con la mano aquella sonrisa no encontraría más que una oscuridad flexible.

—No me has ofendido. La cartera está en lugar seguro. Espera, tengo algo para ti.

Salió de la habitación y volvió con un bol de caldo humeante en el que flotaban hortalizas. No pudo comer mucho, pero sí más de lo que se creía capaz al principio, cosa que a ella pareció complacerla. Mientras se tomaba el caldo ella le contó lo que había pasado, y lo fue recordando todo a medida que se lo explicaba; supuso que era buena cosa saber cómo acaba uno con las piernas destrozadas, pero la manera en que cobró conciencia de ello lo desasosegó; fue como si se hubiera convertido en personaje de un relato o de una obra de teatro, un personaje cuya historia no se narra como tal historia, sino como algo que es fruto de la ficción.

Ella había ido a Sidewinder en su cuatro por cuatro a comprar forraje para el ganado y unos cuantos comestibles, aparte de para echar una ojeada a los libros de bolsillo en el Wilson’s Drug Center; eso era un miércoles de hacía casi dos semanas, y los libros de bolsillo nuevos siempre llegaban los martes.

—De hecho, estaba pensando en ti —dijo, metiéndole cucharadas de caldo en la boca y luego, muy profesional, limpiándole con una servilleta lo que le caía por la comisura de la boca—. Por eso me parece una coincidencia tan extraordinaria, ¿entiendes? Yo esperaba que hubiera salido por fin en bolsillo El hijo de Misery, pero no hubo suerte.

Se avecinaba un temporal, prosiguió ella, pero hasta el mediodía de aquel miércoles el parte meteorológico había asegurado que la borrasca se dirigiría hacia el sur, en dirección a Nuevo México y la sierra de Sangre de Cristo.

—Sí —recordó él—. Lo dijeron los del tiempo. Por eso me fui. —Intentó cambiar las piernas de posición, pero el resultado fue un chispazo de dolor que le hizo gemir.

—No hagas eso, Paul —dijo ella—. Como tus piernas se pongan a hablar, no habrá forma de hacer que se callen… y hasta dentro de dos horas no puedo darte más pastillas. De hecho, ya te estoy dando más de la cuenta.

¿Y por qué no estoy en un hospital? Esa era a todas luces la pregunta que se imponía hacer, pero él no estaba seguro de que ninguno de los dos quisiera oírla. Al menos, de momento.

—Cuando fui a la tienda, Tony Roberts me dijo que pisara el acelerador si quería estar de vuelta en casa antes de que descargara la tormenta, y yo le…

—¿A qué distancia estamos del pueblo? —preguntó él.

—A un buen trecho —dijo ella sin comprometerse, y desvió la vista hacia la ventana. Se produjo un silencio incómodo. Paul se asustó al ver la expresión de ella, porque en aquel rostro no había nada; si acaso, la nada negra de una grieta en un prado alpino, una negrura donde no crecía flor alguna y donde la caída podía ser muy larga. Era el rostro de una mujer que por un momento se ha desprendido de toda postura vital, de los hitos de su vida, una mujer que ha olvidado no solo el recuerdo que estaba narrando, sino la propia memoria. Paul había visitado una vez un psiquiátrico años atrás, cuando recopilaba datos para escribir Misery, la primera de las cuatro novelas que habían sido su principal fuente de ingresos en los últimos ocho años, y allí había visto una expresión igual. O, mejor dicho, la misma no-expresión. Había una palabra que la definía, «catatonia», pero lo que le había asustado carecía de un término tan preciso; era, más bien, una vaga comparación: en aquel momento pensó que los pensamientos de ella se habían vuelto tal como él se la imaginaba físicamente: sólidos, fibrosos, sin canales internos, sin espacios de hiato.

Paulatinamente, aquel rostro cobró vida. Los pensamientos parecieron afluir de nuevo. Pero luego él se dio cuenta de que «afluir» no acababa de ser la palabra justa. No es que ella estuviera llenándose, como un estanque o una poza de marea; se estaba calentando, más bien.

Exacto… se está calentando, como un pequeño electrodoméstico. Una tostadora, o una almohadilla térmica.

—Yo le dije a Tony que la tormenta iba hacia el sur. —Al principio habló despacio, como aturdida, pero luego sus palabras fueron adquiriendo la cadencia y la viveza propias de una conversación normal. Él, sin embargo, estaba prevenido. Todo cuanto Annie Wilkes decía era un poco peculiar, un poco inusual. Escucharla era como escuchar una canción en una tonalidad diferente.

»Pero él dijo: “Pues ha cambiado de opinión”.

»Y yo: “¡Qué cagada! Será mejor que monte en mi caballo”.

»“Yo que usted me quedaría en el pueblo, señorita Wilkes”, me dijo Tony. “Por la radio están diciendo que va a caer la de Dios y nadie está preparado.”

»Pero yo tenía que volver a casa; no hay nadie más que les dé de comer a los animales. La familia más cercana son los Roydman y están a varios kilómetros. Además, yo no les caigo bien.

Le lanzó una mirada astuta al decir esto último, y en vista de que él no reaccionaba, golpeó el canto del bol con la cuchara de un modo perentorio.

—¿Has terminado?

—Sí, estoy lleno, gracias. El caldo estaba muy rico. ¿Tiene muchos animales?

Porque, estaba pensando ya Paul, en ese caso por fuerza has de tener quien te ayude. Un peón o algo. Aquí la palabra operativa era «ayuda». Sí, esa parecía ser ya la palabra operativa, y él había visto que no llevaba alianza de boda.

—Muchos, no. Media docena de gallinas ponedoras. Dos vacas. Y Misery.

Él pestañeó.

Ella se echó a reír.

—Te parecerá de mal gusto por mi parte ponerle a una cerda el nombre de la hermosa y valiente mujer que tú inventaste. En fin, pero así es como se llama, y no fue por faltarte al respeto. —Tras un momento de reflexión, añadió—: Es muy simpática. —Arrugó la nariz y por momentos se convirtió realmente en una cerda, incluidos los cuatro pelos que le crecían en la barbilla. Se puso a gruñir como los cerdos—: ¡Oinc! ¡Oinc! ¡Oi-oi-OINC!

Paul la miró con ojos como platos.

Ella no se dio cuenta; estaba otra vez ida, la mirada turbia y contemplativa. Sus ojos no reflejaban más que la lámpara de la mesita de noche, sendos pálpitos de luz en sus pupilas.

Finalmente tuvo un ligero sobresalto y dijo:

—Se puso a nevar cuando llevaba recorridos menos de diez kilómetros. Una nevada de las buenas, como suelen ser las de aquí. Seguí adelante a paso de tortuga, encendí los faros, y entonces vi tu coche volcado en la cuneta. —Lo miró con gesto de desaprobación—. Tú en cambio no llevabas los faros encendidos.

—Es que me pilló por sorpresa —dijo él, recordando en ese instante cómo le había pillado por sorpresa. Lo que no recordaba aún era que además estaba bastante borracho.

—Paré —dijo ella—. Si hubiera sido en una cuesta no lo habría hecho. Ya sé que no es de buen cristiano, pero había siete u ocho centímetros de nieve en la calzada, y ni siquiera con un cuatro por cuatro puedes estar seguro de que arrancarás una vez pierdes la inercia. Es más fácil decirse a uno mismo: «Bah, probablemente habrán podido salir y habrán hecho autostop», etcétera, etcétera. Pero era en lo alto de la tercera colina pasada la casa de los Roydman, y allí hay un trecho llano. Así que arrimé el coche a la cuneta, y nada más bajar oí unos gemidos. Eras tú, Paul.

Le dedicó una extraña sonrisa maternal.

En la mente de Paul Sheldon fraguó por primera vez este pensamiento: Aquí hay algo raro. Esta mujer no está bien.

6

Estuvo hablando unos veinte minutos más, sentada junto a la cama donde él yacía, en lo que aparentemente era un cuarto de huéspedes. Mientras el cuerpo de él asimilaba el caldo, reapareció el dolor en las piernas. Hizo un esfuerzo por concentrarse en lo que ella estaba diciendo, pero no lo consiguió del todo. Su mente se había bifurcado. Con una parte la escuchaba explicar cómo lo había sacado a él a rastras del Camaro del 74; esa era la parte en que las punzadas de dolor le recordaban a un par de viejos pilotes astillados empezando a asomar de la marea en retirada. Con la otra parte de su mente se veía a sí mismo en el hotel Boulderado terminando su nueva novela, cuya protagonista (gracias a Dios por los pequeños favores) no era Misery Chastain.

Eran muchas las razones por las que no escribía sobre Misery, pero una en concreto dominaba sobre las demás, acorazada e inquebrantable. Misery (gracias a Dios por los favores grandes) estaba por fin muerta. Ocurría cinco páginas antes del final de El hijo de Misery. Un hecho que no dejó ni un solo ojo seco, incluidos los del propio Paul, solo que en su caso había sido fruto de una risa histérica.

Al terminar el nuevo libro, una novela sobre un ladrón de coches en época actual, había recordado teclear la frase final de El hijo de Misery: «Y así, Ian y Geoffrey salieron juntos del camposanto de Little Dunthorpe, apoyándose mutuamente en su dolor y decididos a recuperar sus vidas respectivas». Mientras escribía esto, le había dado tal ataque de risa que se equivocó varias veces de tecla y hubo de repetirlo. Menos mal que la vieja IBM tenía cinta correctora. Después de escribir FIN se había puesto a dar brincos por la habitación —la misma habitación del hotel Boulderado— mientras gritaba a voz en cuello: ¡Por fin libre! ¡Por fin libre! ¡Dios Todopoderoso, vuelvo a ser libre! ¡La muy idiota ha estirado por fin la pata!

La nueva novela se titulaba Automóviles veloces, y no hubo risas cuando la dio por terminada. Se quedó allí sentado delante de la máquina de escribir, pensando: Con esta, amigo mío, puede que hayas ganado el próximo American Book Award. Y después había cogido el teléfono…

—… un pequeño cardenal en la sien derecha, pero no tenía mal aspecto. Lo malo eran las piernas… Enseguida me di cuenta, y eso que se estaba haciendo de noche, de que tus piernas no…

… para llamar al servicio de habitaciones y pedir una botella de Dom Pérignon. Recordaba que estuvo esperando a que se la subieran mientras deambulaba por la habitación en la que había terminado todos sus libros desde 1974; recordaba haberle dado al botones una propina de cincuenta dólares y preguntado si había oído el parte meteorológico, y la sonrisa a un tiempo nerviosa y complacida del muchacho cuando le dijo que la tormenta que se acercaba a ellos seguramente se desviaría hacia el sur, camino de Nuevo México; recordaba el tacto frío de la botella, el discreto sonido del corcho al destaparla; recordaba el sabor seco y acerbo con un punto ácido de la primera copa, y haber abierto luego su bolsa de viaje y mirado el billete de vuelta a Nueva York en avión; recordaba haber decidido, obedeciendo a un impulso…

—… ¡de que tenía que llevarte a casa cuanto antes! No me fue nada fácil subirte a la camioneta, pero soy una mujer robusta (como puede que hayas notado) y llevaba un montón de mantas en la trasera. Te metí dentro, bien arropado, y ya entonces, con la poca luz que había, ¡me pareció que me sonabas de algo! Pensé que quizá…

… sacar el viejo Camaro del garaje e ir hacia el oeste en vez de tomar el avión. ¿Qué demonios pintaba él en Nueva York, a ver? La casa unifamiliar, vacía, insulsa, poco acogedora; lo más seguro era que hubieran entrado a robar. ¡Al carajo!, pensó, echando otro trago de champán. ¡Vete al oeste, jovencito, al oeste! Era una idea tan loca que hasta tenía sentido. No coger más que algo de ropa y el…

—… la bolsa que encontré. También la metí en la camioneta, pero no vi nada más y me entró miedo de que te murieras por el camino, así que le metí caña a mi vieja Bessie y…

… manuscrito de Automóviles veloces y poner rumbo a Las Vegas o Reno o quizá incluso Los Ángeles. Recordaba que al principio la idea le pareció un poco estúpida, un viaje que habría podido hacer el joven de veinticuatro años que era cuando publicó su primera novela, pero no un viaje para un hombre que hacía ya dos años que había cumplido cuarenta. Varias copas de champán después, la idea ya no le pareció estúpida en absoluto. De hecho, la encontraba casi noble. Una especie de Gran Odisea a Alguna Parte, un modo de refamiliarizarse con la realidad tras un tiempo en el territorio ficticio de la novela. Por eso…

—… ¡estabas frito! Yo pensé que te morías allí mismo… ¡Fijo, vaya! Entonces te saqué la cartera del bolsillo de atrás, miré la foto en el carnet de conducir, vi el nombre, Paul Sheldon, y pensé: «Bueno, será una coincidencia», pero la foto del carnet también se parecía a ti, y entonces me asusté tanto que tuve que sentarme. Al principio pensé que me iba a desmayar. Al cabo de un rato empecé a pensar que quizá la foto también era coincidencia (esas fotos de carnet son muy impersonales, ¿no?), pero luego vi el carnet del Gremio de Escritores, y otro del PEN, y supe que tú eras…

… cuando empezó a nevar la cosa se complicó, pero mucho antes de eso había estado en el bar del hotel y le había dado a George veinte pavos de propina para que le consiguiera una segunda botella de Dom, de la que había ido bebiendo mientras circulaba por la I-70 camino de las Rocosas bajo un cielo color gris plomo. Pasado el túnel Eisenhower se había desviado de la autopista porque las carreteras estaban desiertas y secas, la tormenta se dirigía hacia el sur, qué caray, y además el maldito túnel lo alteraba un poco. Había puesto una vieja cinta de Bo Diddley en el radiocasete debajo del salpicadero y no había encendido la radio hasta que el Camaro empezó a patinar de mala manera y él se dio cuenta de que aquello no eran cuatro copos de nada, sino una ventisca en toda regla. O sea que la tormenta, al final, quizá no pasara de largo camino del sur; la tormenta quizá se le estaba echando encima y él se encontraba en el peor sitio posible,

(igual que ahora)

pero como llevaba tanto alcohol encima creyó que podría pasar en coche sin problemas. Y en vez de parar en Cana y buscar un sitio donde refugiarse, había seguido conduciendo. Recordaba que la tarde se convirtió en una lente cromada de un gris desvaído. Recordaba que el efecto del champán se le fue pasando. Recordaba el momento en que se inclinó hacia delante para coger el paquete de cigarrillos que había dejado en el salpicadero, y que ahí fue cuando empezó el último derrape y que intentó sortearlo, pero la cosa fue a peor; recordaba un fuerte golpe sordo y cómo el mundo se puso cabeza abajo. Entonces…

—… ¡gritaste! Y cuando te oí gritar, supe que vivirías. Los moribundos raramente gritan. No tienen la energía necesaria, me consta. Entonces decidí que te haría vivir. Cogí unas pastillas para el dolor y te las hice tragar. Te quedaste dormido al cabo de un rato. Cuando despertaste y te pusiste a gritar otra vez, te di más medicación. Tuviste fiebre un rato, pero eso también lo solucioné. Te di Keflex. Estuviste a punto de palmar una o dos veces, pero lo peor ya pasó. Te lo prometo. —Se puso de pie—. Y ahora lo que toca es descansar, Paul. Tienes que recuperar las fuerzas.

—Me duelen las piernas.

—No me cabe duda. Dentro de una hora podrás tomar un analgésico.

—No. Ahora, por favor. —Le avergonzaba suplicar, pero no pudo evitarlo. La marea se había retirado y los pilotes estaban a la vista, astillados e irregularmente reales, algo imposible de eludir pero también de afrontar.

—Dentro de una hora. —Con firmeza. Y fue hacia la puerta con la cuchara y el bol en una mano.

—¡Espere!

Ella se volvió, y en su mirada había seriedad y afecto. Una expresión que a él le disgustó. Mucho.

—¿Dos semanas hace que me sacó usted del coche?

Ella retomó la expresión ambigua, y también de enfado. Con el tiempo él comprendería que aquella mujer no calibraba bien el tiempo.

—Algo así —dijo.

—Estuve inconsciente.

—Buena parte del tiempo.

—¿Y qué comía?

—Gota a gota —respondió ella tras mirarlo unos instantes.

—¿Gota a gota?

Ella creyó equivocadamente que su sorpresa se debía a ignorancia.

—Te alimenté por vía intravenosa. Con unos tubitos. Por eso tienes marcas en los brazos. —Le dirigió una mirada cansina y escrutadora—. Me debes la vida, Paul. Espero que no se te olvide. Espero que lo tengas siempre presente.

Y, dicho esto, salió.

7

Pasó la hora. De un modo u otro, al final la hora pasó por fin.

Estaba tendido en la cama, sudando y tiritando a la vez. De la otra habitación le llegaron primero los sones de Hawkeye and Hot Lips y a continuación los discjockeys de WKRP, aquella loca y extravagante emisora de radio de Cincinnati. Se oyó la voz de un locutor que ensalzaba los cuchillos Ginsu y luego daba un número 800, informando a todos los espectadores de Colorado que hubieran estado babeando por un buen juego de cuchillos Ginsu que la oferta era válida hasta agotar existencias.

La existencia de Paul Sheldon estaba también a punto de agotarse.

Ella reapareció no bien el reloj de la otra habitación hubo dado las ocho, con dos cápsulas y un vaso de agua.

Paul se acodó ansioso en cuanto ella se sentó en la cama.

—Hace dos días conseguí por fin tu último libro —dijo Annie. El hielo tintineó en el vaso. Fue un sonido enloquecedor—. El hijo de Misery. Me encanta… Es tan bueno como los otros. ¡Mejor aún! ¡El mejor!

—Gracias —acertó a decir él, notando como su frente se perlaba de sudor—. Por favor… las piernas… me duelen muchísimo…

—Estaba segura de que se casaría con Ian —dijo ella con una sonrisa soñadora—, y yo creo que Ian y Geoffrey volverán a ser amigos, con el tiempo. ¿Es así, Paul? —Pero añadió de inmediato—: ¡No, no me lo digas! Quiero descubrirlo yo sola. Lo voy a hacer durar. Cada nuevo libro se hace esperar tanto…

El dolor era insoportable y le creaba como un aro metálico en torno a la ingle. Se había tocado allí y le pareció que tenía la pelvis intacta, pero al mismo tiempo torcida y rara. De rodillas para abajo, nada parecía estar intacto. Prefería no mirar. Bastante pena tenía con ver los bultos que se perfilaban bajo la sábana.

—Por favor, señorita Wilkes. Me duele…

—Tutéame. Todos mis amigos me llaman Annie.

Le pasó el vaso. Estaba frío y rebosaba humedad. Las cápsulas se las guardó. Las cápsulas en la palma de su mano eran la marea. Ella era la luna y había provocado la marea que cubriría los pilotes. Se las acercó a la boca, que él abrió de inmediato… y entonces apartó la mano.

—Me he tomado la libertad de mirar en tu bolsa. No te importa, ¿verdad?

—No, no, claro. La medicina…

Las gotas de sudor eran calientes ahora y frías un momento después. ¿Iba a ponerse a gritar? Pensó que estaba a punto de hacerlo.

—He visto que dentro hay un manuscrito —dijo ella. Inclinó ligeramente la mano derecha, en la que tenía las cápsulas. Las cápsulas cayeron en su mano izquierda. Él las siguió con la mirada—. Se titula Automóviles veloces. O sea que no es una novela de Misery, eso está claro. —Lo miró con leve gesto de desaprobación, si bien, igual que un rato antes, teñido de afecto. Una mirada maternal—. ¡En el siglo diecinueve no había coches, ni rápidos ni lentos! —Soltó una risita ahogada—. Y también me he tomado la libertad de echarle una ojeada… No te importa, ¿verdad?

—Por favor —gimió él—. No, pero por favor…

Ella inclinó la mano izquierda. Las cápsulas rodaron por la palma, titubearon un instante y cayeron de nuevo en la palma de la mano derecha con un diminuto clic.

—¿Y si leo el manuscrito? ¿No te importa que lo lea?

—No. —Sus huesos estaban destrozados, las piernas sometidas a un sinfín de añicos de cristal—. No… —Esbozó lo que confiaba fuera una sonrisa—. Claro que no.

—Porque jamás se me ocurriría hacer algo semejante sin tu permiso —dijo ella muy seria—. Te respeto demasiado para eso. Bueno, en realidad, Paul, te quiero. —Se puso colorada de manera tan repentina como alarmante. Una de las cápsulas cayó sobre el cubrecama. Paul hizo ademán de cogerla, pero ella fue más rápida. Él gimió, sin que ella llegara a apercibirse; recuperada la cápsula, volvió la cabeza hacia la ventana, ausente la mirada—. Tu cerebro —dijo—. Tu creatividad. Me refería a eso nada más.

Desesperado, porque fue lo único que se le ocurrió, él dijo:

—Lo sé. Eres mi admiradora número uno.

Esta vez no solo entró en calor; se encendió.

—¡Exacto! —dijo—. Eso es, sí. Y no te importaría que lo lea con ese espíritu, ¿verdad? Quiero decir con espíritu de… de amor y admiración. Aunque tus otros libros no me gusten tanto como los de Misery…

—Descuida —dijo él, y cerró los ojos. No, haz pajaritas de papel con las páginas del manuscrito si te da la gana, pero… por favor… me estoy muriendo, esto es una tortura…

—Eres bueno, Paul —dijo ella, afable—. Sabía que lo serías. Leyendo tus libros, estaba segura de eso. Alguien capaz de pensar en Misery Chastain, primero pensar en ella y luego insuflarle vida, no podía ser otra cosa.

De pronto sus dedos estaban en la boca de él, una intimidad chocante, sucios pero bienvenidos. Él chupó las cápsulas y las engulló antes incluso de llevarse torpemente a los labios el vaso de agua.

—Igual que un bebé —dijo ella, aunque él no pudo verla porque seguía con los ojos cerrados y notó el sabor acre de unas lágrimas—. Un bebé bueno. Hay tantas cosas que quiero preguntarte, tantas cosas que quiero saber…

Los muelles de la cama crujieron al levantarse ella.

—Vamos a ser muy felices, los dos —dijo, y aun sintiendo que un chispazo de terror le traspasaba el corazón, Paul continuó con los ojos cerrados.

8

Se quedó adormilado. Llegó la marea y se quedó adormilado. La televisión, en el otro cuarto, estuvo encendida un rato más y luego se apagó. El reloj daba las horas e intentó llevar la cuenta de los toques, pero entre una y otra se perdía.

Gota a gota. Tubitos. Por eso tienes marcas en los brazos.

Se incorporó sobre un codo, tanteó en busca de la lámpara y finalmente consiguió encenderla. Se miró los brazos; en los pliegues del codo vio sombras superpuestas de tonos violeta y ocre, un pequeño agujero lleno de sangre negra en el centro de cada moretón.

Se recostó y miró al techo, escuchando el murmullo del viento. Estaba cerca del punto más alto de la Divisoria Continental y era pleno invierno; estaba con una mujer a la que le faltaba un tornillo, una mujer que le había administrado un gota a gota mientras él se hallaba inconsciente, una mujer que parecía disponer de inagotables existencias de medicamentos, una mujer que no había dicho a nadie que él estaba allí.

Eran cosas importantes, todas ellas, pero empezaba a darse cuenta de que había algo más importante aún: la marea volvía a bajar. Empezó a desear que sonara el despertador en el piso de arriba. Eso no ocurriría hasta dentro de mucho rato, pero ahora le tocaba ponerse a esperar a que fuera la hora.

Ella estaba loca, pero él la necesitaba.

Estoy metido en un buen lío, pensó, y contempló el techo sin verlo realmente mientras gotitas de sudor iban formándose de nuevo en su frente.

9

A la mañana siguiente ella le llevó más caldo y le dijo que había leído cuarenta páginas de lo que llamó su «libro-manuscrito». Le dijo también que no le parecía tan bueno como los otros.

—Se pierde el hilo. La cosa va saltando adelante y atrás en el tiempo.

—Es una técnica —dijo él. Estaba a medio camino entre el dolor y el no dolor, lo cual le permitió concentrarse un poco más en lo que ella decía—. Simplemente eso. El tema… el tema es el que dicta la forma. —Supuso vagamente que ella podía sentir interés, y hasta fascinación, por los trucos del oficio. Bien sabía Dios que habían fascinado a los alumnos de talleres de escritura donde había dado alguna clase cuando era más joven—. El chico se siente confuso, ¿entiendes?, y por eso…

—¡Sí! Está muy confuso, lo cual lo hace menos interesante. No quiero decir carente de interés (estoy convencida de que tú no crearías un personaje que no fuera interesante), pero sí menos interesante. ¡Y las palabrotas! ¡Sale un taco a cada momento! Le falta… —Se quedó ensimismada, pensando, mientras le daba cucharadas de caldo automáticamente, limpiándole la boca cuando a él le resbalaban gotas por las comisuras de la boca, pero casi sin mirar, como un mecanógrafo experto tampoco mira las teclas de la máquina de escribir; eso lo llevó a convencerse, sin el menor esfuerzo, de que la mujer había sido enfermera. Médico, no, eso no; un médico no sabe cuándo le va a caer una gota al paciente, ni prever el rumbo de cada una con tanta precisión.

Si el hombre del tiempo que predijo lo que pasaría con el temporal hubiera sido la mitad de bueno que Annie Wilkes en su oficio, yo ahora no estaría así de jodido, pensó.

—¡No tiene ninguna nobleza! —exclamó ella de pronto, dando un salto, y casi derramó el caldo de carne y cebada sobre la cara de Paul, blanca y vuelta hacia arriba.

—Sí —dijo él, paciente—. Entiendo tu punto de vista, Annie. Es verdad que Tony Bonasaro no tiene nobleza alguna. Es un chico de los bajos fondos que intenta salir de un entorno difícil, entiendes, y ese lenguaje… todo el mundo emplea palabras así en…

—¡No es verdad! —dijo ella, lanzándole una mirada adusta—. ¿Qué crees que hago yo cuando voy al colmado del pueblo? ¡Tú qué crees que digo? ¿«Oye, Tony, dame un paquete de ese jodido pienso para cerdos y un paquete de ese puto maíz para vacas y un poco de ese maldito potingue para la sarna de las orejas»? ¿Y qué crees que me contesta él? ¿«Cagando leches, Annie»?

Lo miró, su rostro ahora como un cielo a punto de desatar tornados. Él se recostó, temeroso. El bol empezó a inclinarse en la mano de ella; una gota, después otra más, cayeron sobre el cubrecama.

—Y luego voy al banco y le digo a la señora Bollinger: «Aquí tiene este puñetero talón, y ya me está dando los cincuenta condenados dólares, pero cagando leches», ¿no? ¿Tú crees que cuando me hicieron subir al estrado allá en Den…?

Un reguero de caldo de carne de color turbio cayó en el cubracama. Ella lo vio, luego lo miró a él, y su cara se descompuso.

—¡¿Ves?! ¡Mira lo que me has hecho hacer!

—Lo siento.

—¡Faltaría más! —le gritó ella, y arrojó el bol a un rincón. El bol se hizo pedazos, la pared salpicada de líquido. Él boqueó de puro miedo.

Ella entonces desconectó. Estuvo sentada sin moverse durante cosa de medio minuto, tiempo durante el cual el corazón de Paul Sheldon no dio la impresión de latir.

La mujer pareció volver en sí, y de pronto soltó una risita nerviosa.

—Es que tengo tan mal genio… —dijo.

—Lo siento —dijo él, y su voz sonó como un graznido.

—Qué menos. —Su cara se aflojó de nuevo; miró hacia la pared con aire melancólico, y él creyó que volvería a quedarse catatónica. No fue así; exhaló un suspiro y luego levantó su mole de la cama—. En las novelas de Misery no tienes necesidad de usar ese lenguaje, porque en aquella época no se usaba. Algunas palabrotas no se habían inventado siquiera. Supongo que tiempos brutales requieren palabras brutales, pero aquella época era mejor. Deberías ceñirte a Misery, Paul. Te lo digo con toda sinceridad, como tu fan número uno.

Fue hacia la puerta y antes de salir se volvió y dijo:

—Dejaré el libro-manuscrito en la bolsa y terminaré El hijo de Misery. Quizá cuando acabe de leerlo me animo a seguir con el otro.

—Si te disgusta, no tienes por qué hacerlo —dijo él, e intentó sonreír—. Prefiero que no te enfades conmigo. En cierto modo dependo de ti, ya sabes.

Ella no le devolvió la sonrisa.

—Pues sí —dijo—. Así es, ¿verdad, Paul?

Salió.

10

La marea se retiró. Aparecieron de nuevo los pilotes. Se puso a esperar a que el reloj diera la hora. Dos toques. Sonaron los toques. Permaneció recostado sobre los almohadones, atento a la puerta. Entró ella. Llevaba puesto un delantal encima del jersey y una de sus faldas habituales, y en una mano un cubo de fregar.

—Supongo que quieres tu pajolera medicina —dijo.

—Sí, sí, por favor. —Intentó sonreír para congraciarse con ella y volvió a experimentar la misma vergüenza: se sentía grotesco, apenas si se reconocía.

—La tengo, pero antes he de limpiar ese rincón. El que tú has ensuciado. Tendrás que esperar a que termine.

Él permaneció en la cama haciendo formas como ramas partidas con las piernas, bajo la colcha, y con el sudor frío bajándole por la cara en lentos riachuelos. Vio cómo ella iba hasta el rincón, dejaba el cubo en el suelo, recogía los fragmentos de bol, salía con ellos de la habitación, volvía momentos después, se arrodillaba junto al cubo, metía la mano dentro, sacaba un trapo jabonoso, lo escurría y empezaba a limpiar las manchas de caldo de la pared. Él se quedó mirando y al final le entró tiritona y eso hizo que el dolor se agravara, pero no podía evitarlo. En un momento dado ella volvió la cabeza, viendo que tiritaba y que las sábanas estaban empapadas de sudor, le dedicó una sonrisa de astuta complicidad que a él le hizo desear matarla allí mismo.

—Está seco, el caldo —dijo ella, volviendo la cabeza hacia el rincón y las manchas—. Me temo que esto va a llevar un ratito, Paul.

Frotó. La mancha fue desapareciendo poco a poco, pero ella seguía mojando el trapo, estrujándolo, frotando, y vuelta a empezar. Estaba de espaldas y él no podía verle la cara, pero la idea —la certeza— de que hubiera desconectado y pudiera seguir frotando la pared durante horas lo puso enfermo.

Por fin —un momento antes de que el reloj sonara una vez, señalando las dos y media—, se levantó y tiró el trapo al cubo, cogió el cubo y salió sin decir palabra. Él escuchó el crujir de las tablas del suelo bajo el peso contundente de ella, y la oyó verter el agua del cubo y luego, increíble, el sonido del grifo llenándolo otra vez. Se le escaparon sollozos. La marea jamás se había retirado hasta tan lejos; no veía otra cosa que marismas en proceso de secarse y aquellos astillados pilotes y las eternas sombras maltrechas que arrojaban.

Al volver, ella se detuvo un momento en el umbral, observando la cara de él, bañada en sudor, con aquella misma mezcla de seriedad y amor maternal. Luego, desvió la vista hacia el rincón, donde no quedaba ya rastro de salpicaduras.

—Ahora tengo que enjuagar —dijo—, o el jabón dejará una marca. Debo hacerlo a conciencia; debo hacerlo todo bien. Que viva sola no es ninguna excusa para hacer una birria de faena. Mi madre tenía un lema, Paul, y yo siempre me he ceñido a él: «Sé sucia una vez, y no volverás a ser limpia nunca más», solía decir.

—Por favor —rezongó él—. Por favor, el dolor me va a matar.

—No te mueres, ya te lo digo yo.

—Gritaré —dijo él, llorando ya sin contenerse. El llanto aumentó el dolor en las piernas, el dolor en su corazón—. No voy a poder aguantarme.

—Vale, pues grita. Pero recuerda que eso lo ensuciaste tú, no yo. La culpa es tuya y de nadie más.

Sin saber cómo, él consiguió aguantarse de gritar. La vio atareada con el trapo: mojar, estrujar, enjuagar; mojar, estrujar, enjuagar. Por fin, cuando el reloj que él suponía estaba en el salón empezó a dar las tres, ella se levantó y cogió el cubo.

Ahora va a salir. Va a salir y oiré cómo tira el agua sucia por el desagüe, y puede que no vuelva hasta dentro de varias horas porque quizá no me ha castigado aún lo suficiente.

Pero, en lugar de marcharse, se acercó hasta la cama, metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó no dos cápsulas, sino tres.

—Toma —dijo con ternura.

Él se las metió en la boca y, al levantar la vista, se encontró con que ella estaba alzando el cubo de plástico amarillo en dirección a él, de modo que cubrió su campo visual como una luna en descenso. Un agua grisácea asomaba por el borde, derramándose ya sobre la colcha.

—Trágatelas con un poco de esto —dijo ella, el tono de voz tierno aún.

Él se la quedó mirando con ojos como platos.

—Venga —dijo ella—. Sé que puedes tragártelas sin líquido, pero créeme si te digo que soy muy capaz de hacer que las saques enseguida. Vamos, al fin y al cabo es agua de aclarar. No te va a hacer ningún daño.

Se inclinó como un monolito, el cubo ligeramente ladeado. Él alcanzó a ver el trapo moviéndose lentamente como un ahogado en las tenebrosas profundidades, encima del mismo un cuajarón de espuma. Gruñendo por dentro pero sin vacilar un instante, bebió del cubo y tragó las cápsulas; el sabor que le quedó en la boca fue como cuando su madre le hacía cepillarse los dientes con jabón.

Notó que el vientre le daba un brinco y emitió un sonido denso.

—Yo que tú no las vomitaría, Paul. No habrá más hasta las nueve de la noche. —Se lo quedó mirando un momento, con ojos inexpresivos e imparciales. De repente, su cara se iluminó con una sonrisa—. No me harás enfadar otra vez, ¿verdad?

—No —susurró él. ¿Poner de mal humor a la luna que provocaba la marea? ¡Menuda idea! ¡Qué idea tan mala!

—Te quiero —dijo ella, y le dio un beso en la mejilla. Salió de la habitación sin volver la vista atrás, llevando el cubo tal como una rolliza mujer de campo llevaría un balde de leche recién ordeñada, ligeramente separado del cuerpo y sin pensar en nada más, para no derramar ni una gota.

Él se recostó de nuevo, notando en la boca y la garganta un sabor a arenilla y yeso. Un sabor a caldo.

No voy a vomitar… no voy a vomitar… no voy a vomitar.

Al rato, la urgencia de este pensamiento empezó a menguar y se dio cuenta de que estaba a punto de dormirse. Había conseguido aguantar el tiempo suficiente para que el medicamento empezara a hacer su efecto. Había ganado.

Esta vez.

11

Soñó que un pájaro lo estaba devorando. No era un sueño agradable. Entonces oía un estampido y pensaba: ¡Sí, señor, muy bien hecho! ¡Pégale un tiro! ¡Mata al condenado bicho!

Ahí fue cuando despertó y se dio cuenta de que solo era Annie Wilkes, que había cerrado la puerta de atrás. Había salido a hacer sus tareas. Oyó el crujir atenuado de sus pasos sobre la nieve. La vio pasar frente a su ventana; llevaba una parka con la capucha puesta. El aliento le humeaba y luego se deshacía sobre su cara al avanzar. No miró hacia dentro, concentrada, supuso él, en lo que tenía que hacer en el establo. Dar de comer a los animales, limpiar las casillas, tal vez echar algún maleficio (no le habría extrañado). El cielo se es ...