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MONA

Pola Oloixarac  

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Fragmento

1.

“Por favor traigan sed de viajero y hambre de delikatessen nórdicas”, así terminaba la carta de invitación que había llegado por correo a su buzón del campus. La Meeting debía comenzar el jueves, pero les habían pedido a los escritores internacionales que llegaran un día antes. El periódico más importante de Suecia organizaba una fiesta especial para ellos, junto con el grupo PEN local: era la presentación del Premio Basske-Wortz, el galardón literario más importante de Europa y uno de los más prestigiosos del mundo. El código del evento era smart sport, lo que para los hombres implicaba una chaqueta.

Con anteojos negros, Mona avanzaba lenta entre las multitudes del aeropuerto, balanceándose entre el café y el trazo pastoso de Valium en la lengua reseca. Un pedacito para cruzar Estados Unidos, otro para saltar el Atlántico. Un espécimen más para el tirón París-Estocolmo. En California era imposible conseguir Valium a menos de que fuera a buscarlo a Tijuana, por lo que su shrink se lo enviaba regularmente por correo desde Lima, Perú. El Valium solo la hacía un poco más lenta, lo que, creía ella, la volvía más elegante.

—¿Podemos hablar?

Llevaba un impermeable beige, leggings negras y zapatillas blancas. Era relativamente alta, el pelo lacio en un rodete desarmándose en hileras castañas hacia el costado. Nadie podría haberla tomado por una ejecutiva o una abogada, nada en su aspecto cultivaba esa clase de severidad y sin embargo, a pesar de la apariencia sobria, había algo en ella que no era del todo normal. La única marca visible de que se trataba de una escritora consistía, quizás, en su pésima vista. Sus anteojos negros iban bastante sucios, pero veía tan mal de cerca que no llegaba a notarlo. Se quitó los lentes y achinó los ojos: el vuelo estaba on time, faltaban diez minutos para abordar.

—¿Estás en tu casa?

Los mensajes sin responder se acumulaban en su teléfono, un moscardón atrapado en su bolsillo. Alguien que reparase en ella la hubiera visto mirar atrás varias veces, como si alguien estuviera siguiéndola.

—No te puedes ir así. Voy a tu casa.

Llamaron para abordar primero a los viajeros frecuentes, y en pocos minutos Mona tomó asiento en el avión. Le encantaba volar; a medida que la máquina se elevaba, sus pensamientos entraban en una planicie esponjosa de nubes, y le gustaba

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