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MONTEAGUDO

Pacho O'Donnell  

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Fragmento

Índice

Portada

Introducción

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

Anexo documental

Bibliografía

Biografía

Otros títulos del autor

Créditos

Grupo Santillana

—Por favor, Bernardo, cuídate. Bien sabes que son muchos los que te odian y muchos los que desean tu muerte —le había dicho ella, afligida, esa tarde.

Es noche estrellada en Lima y una suave brisa bambolea ramas y faroles. Un hombre sale de la Casa de Gobierno. Se dirige con paso vivo hacia donde lo espera su amante, Juana Salguero, o quizás hacia su destino.

Es esbelto, de porte atlético, casi alto, de perfil clásico, tez algo oscura y mirada incendiada. Su éxito con las mujeres es fama extendida por toda América. Tanto como su talante de político y escritor.

Tal vez vaya pensando en Juana, tal vez siga urdiendo nuevos argumentos para acelerar la convocatoria en Panamá a todas las naciones independientes de la América hispana donde se discutiría la conformación de una Confederación continental política, económica y militar.

Viste elegantemente, como siempre: chaqueta de terciopelo, prendedor de zafiro y diamantes sobre su corbatín de seda, zapatos charolados, capa negra que baila airosamente con cada uno de sus pasos por la calle de Belén. La unidad americana ha sido su gran desvelo desde que se inició en la política. Trabajó, pensó, discutió y escribió toda su vida en apoyo de ese proyecto, y ahora, gracias a su insistencia y el impulso de Bolívar, pese a la oposición y los recelos de algunos gobiernos, la reunión parece posible. Va pensando en Juana, ¿o en Panamá?

De pronto, hasta entonces invisibles por la oscuridad que no horada la luz de gas, surgen dos sombras que se le echan encima. Uno de los salteadores, de inocultable aspecto indígena, lo sujeta por los brazos mientras el otro, un negro inmenso de labios gruesos y ojos amarillentos, aprieta su mano izquierda sobre la boca de Monteagudo mientras le asesta con la otra una terrible puñalada que le parte el corazón.

—Vaya por las que has hecho —se escuchó.

Los asesinos huyen apresuradamente, furtivos sobre el empedrado brillante de humedad nocturna. Monteagudo, que pocas semanas antes había cumplido treinta y cinco años, se derrumba lentamente, deslizándose por la pared que chirría rasguñada por el acero del puñal que le sobresale por la espalda. Extrañamente silencioso, sin gritos de dolor ni de auxilio, se desangra inconteniblemente hasta la muerte. Es el 28 de enero de 1825.

I

Bernardo Monteagudo nació en Tucumán en 1789. Su padre, el capitán de milicias Miguel Monteagudo, y su madre, Catalina Cáceres, tuvieron once hijos, pero Bernardo fue el único que sobrevivió.

Alguna confusión produjo entre los historiadores de Monteagudo el testamento de la segunda esposa de su padre, Manuela María Aznada, donde declara que Bernardo había sido hijo único de su matrimonio con Miguel. Sin embargo los dos testamentos de Miguel, fechados en 1819 y 1825, señalan que Bernardo fue fruto de su primer matrimonio, en tanto que con su segunda esposa “no tuvieron ni procrearon hijos algunos”.

Miguel Monteagudo había nacido en Cuenca, España, y fue uno de los tantos peninsulares que decidió probar suerte en América. Allí, incorporado a la milicia, formó parte de la expedición del virrey Cevallos para reconquistar la Colonia del Sacramento. Sin mayor fortuna, y en busca de ella, se desplazó a Tucumán, donde nació Bernardo. Su periplo continuó en Jujuy, donde desempeñó un modesto cargo de alcalde.

Catalina Cáceres era esposa y madre dedicada, de origen humilde, con alguna pincelada aymara en su piel que, de todas maneras, parecía no justificar la cabellera renegrida y los ojos encendidos como carbón de su hijo Bernardo. Aquellos rasgos de Bernardo suscitaron murmuraciones que sugerían que el único hijo vivo del matrimonio había sido obra de algún cholo con espermatozoides más aguerridos que los de Miguel.

El apodo de “mulato” persiguió a Bernardo Monteagudo durante toda su vida. Lo leería o escucharía cada vez que cualquiera pretendiera denigrarlo. Su enconado enemigo Juan Martín de Pueyrredón esgrimiría ese argumento racista para cuestionar la representatividad de Bernardo en la Asamblea del Año XIII, provocando una airada y dolida réplica: “Tiempo ha que sufría en el silencio de mi corazón la infamia con que usted se propuso cubrir mi nombre […] alegando por pretexto anécdotas ridículas en orden a la calidad de mis padres y aun suponiendo haber vi

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