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MORONGA

Horacio Castellanos Moya  

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Fragmento

 

Lo descubrí rondándome de nuevo. El día anterior había sido cerca de las cajas registradoras en el Walmart; ahora, en el centro del pueblo, a la salida de una taquería. El rostro se me hacía familiar, de la época de la guerra, pero no lograba ubicarlo.

Era un sábado al final de la tarde.

Las calles estaban desoladas; la resolana aún hería la vista.

Me metí a la vieja Subaru. Encendí el celular. Rudy respondió al otro lado: que todo estaba listo en Merlow City, que llegara cuanto antes, me estaban esperando para el empleo y había un par de casas donde podía alquilar habitaciones amuebladas.

Me dirigí al motel de mala muerte en el que había pernoctado en los últimos días. Pagué la cuenta.

En la madrugada, metí mi ropa y mis cachivaches en la vieja Subaru.

No había nadie de quien despedirme.

Maniobré por los suburbios. No traía cola a la vista. Salí a la autopista 30.

Atrás quedaba Mount Pleasent; más atrás, Dallas.

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Me esperaban quince horas de viaje.

Disfrutaba conducir a esa hora, salir de la penumbra en la zona desértica, cuando aún había pocos furgones en la carretera. Enseguida vendrían el sol hiriente, el calor sofocante, el tráfico dominguero.

El amanecer me alcanzó antes de llegar a Texarkana, la frontera del estado.

Pero no me detuve a desayunar sino hasta dos horas más tarde, a un costado de la autopista, en las cercanías de Little Rock. Por el ventanal del restaurante podía observar mi auto, y quién entraba y salía del estacionamiento.

La mesera que me atendió era muy flaca, la cara consumida, los ojos azules un poco desorbitados; tenía tatuajes en el dorso de sus manos. El vaso con agua apestaba a yema de huevo; el café era rancio. No le dejé propina.

Salí de la autopista en Little Rock, como si ese fuese mi destino. Conduje un rato a la deriva; muchos sitios tenían el nombre «Clinton». Luego me metí a una callejuela en la ribera del río Arkansas y me estacioné. Permanecí en el auto, atento a los espejos retrovisores, con las manos en el volante.

Los resabios de una vieja emoción estaban ahí, removiéndose, inquietos. Comenzaría de nuevo, eso era la vida.

Un rato más tarde entraba a la autopista.

No hacía mucho que había cruzado el Misisipi, a la altura de Saint Louis, y subía por la autopista 55, cuando me detuve en un pequeño centro comercial al costado de la carretera. Me estacioné frente a un restaurante Chipotle; ordené unas enchiladas de pollo. Me traje el azafate con los platos a la terraza, para no perder de vista la Subaru. Comía distraído cuando recordé al tipo que me rondaba en Mount Pleasant: era un campesino de La Laguna a quien incorporamos como enfermero al campamento, un rostro sin nombre.

Los obesos de Saint Louis parecían más obesos que los de Texas.

¿Hacía cuánto tiempo no veía a Rudy? ¿Diez años? ¿Trece?

Sus coordenadas me las había dado el Viejo, el otro sobreviviente del pelotón, con quien mantuve contacto.

Rudy estaba casado con una mexicana. Tenían una parejita de niños. Él trabajaba como cocinero en un restaurante japonés; ella en una compañía de limpieza. Y habían residido en Merlow City durante siete años, los suficientes para armar una red de contactos. Es lo que me había contado.

También que ahora se llamaba Esteban. Lo que no importaba, porque Rudy tampoco era su nombre, sino el seudónimo que más le duró durante la guerra.

Ni él ni yo recuperaríamos jamás nuestros nombres originales. Nada tenían que ver ya con nosotros.

Caía el crepúsculo cuando encontré las primeras señales que anunciaban las entradas a Madison. Me fui de paso. Era principios de agosto: los días en el norte aún se alargaban hasta las nueve de la noche.

Merlow City estaba a unos 45 minutos, a medio camino entre Madison y Milwaukee.

Me estacioné frente al pequeño patio delantero de la casa de Rudy. Dejé pasar un par de minutos antes de marcar su número en el teléfono. El aire era húmedo, bochornoso.

Abrió la puerta y avanzó por el patio.

Supe que era él, pese a la gordura y las canas.

Salí del auto y caminé a su encuentro.

Nos abrazamos, primero con cierta desconfianza, luego con alegría.

—Acordate, soy Esteban, Esteban Ríos. No se te vaya a olvidar que me cagás —me dijo en corto, porque su mujer se acercaba tras de él.

Me la presentó.

—José Zeledón —le dije.

Se llamaba Lorena. Una trigueña, entrada en carnes, pero aún de buen ver. Parecía más vieja que Rudy, pero no tan vieja como yo.

Del auto sacamos la laptop y una mochila con ropa. Lo que pudiera llamar la atención de cualquier rata de paso.

Yo dormiría esa noche en el sofá donde la pareja de niños yacía viendo la tele. Me saludaron sin ponerme atención, embobados; otro compatriota del padre, otro gorrón, pensarían. Eran gringuitos de piel café.

Rudy trajo dos cervezas; Lorena dijo que me prepararía algo de cenar y se metió a la cocina.

Guardamos silencio, sentados a la mesa, reconociéndonos. Teníamos tan poco de que hablar que no fuera un pasado impronunciable ante su familia.

Me pareció que había un exceso de muebles en esa sala comedor.

Pero yo debía contarle una historia a Lorena, mientras comía los frijoles y las quesadillas que ella me había preparado: mis cuatro años en Houston, de empleo en empleo; luego Dallas, donde no salió lo prometido; unos días en Mount Pleasant. Y ahora acá.

Preguntó por mi familia. Alguien quedaría en El Salvador, pero yo había perdido todo contacto, le dije con la expresión de quien no quiere hablar del tema.

Enseguida, Rudy o Estébano, como lo llamaría en adelante, propuso que fuéramos a tomar la siguiente cerveza a un bar: el ruido de la tele, la presencia de los chicos…

Subimos a su camioneta Toyota Sienna. Era un modelo del año anterior, aún olía a nueva, no como mi vieja Subaru.

Fuimos un rato en silencio, sin ganas de hablar de la otra vida que habíamos compartido.

Las calles del pueblo estaban desoladas.

Merlow City era lo que se llamaba un «college town», me repitió. Toda la vida del pueblo giraba alrededor del college. Y estábamos al final de la primera semana de agosto: los estudiantes regresarían en pocos días.

El bar se llamaba Freddy’s. Era oscuro, apestaba a carne quemada y la bartender era una gorda enfurruñada. No había más de media docena de parroquianos.

Nos instalamos en un gabinete.

—Me va a costar acostumbrarme a decirte José, en vez de «mi teniente» —dijo.

Me encogí de hombros.

Puso una pequeña hoja sobre la mesa de madera: en ella estaban apuntados los nombres y los números telefónicos de los dos caseros que alquilaban habitaciones amuebladas. Temprano en la mañana podría llamarlos, decidir cuál me convenía e instalarme de inmediato. Y a eso de las dos y media de la tarde, cuando él tenía la pausa en el restaurante, me llevaría a la empresa de autobuses escolares. Ese era el empleo que me tenía asegurado.

Y habrá otras posibilidades, dijo.

Pedimos otra ronda a la gorda enfurruñada.

Hubo un momento en que Estébano recordó a los integrantes del pelotón, a los que sobrevivimos a la guerra, a los que murieron en la última aventura, cuando los gringos nos descubrieron en el altiplano, nos barrieron con fuego nutrido y fue el sálvese quien pueda.

—Quién iba a pensar que terminaríamos aquí —dijo.

Volteé hacia la barra: en los dos televisores, empotrados en lo alto, sobre las ringleras de botellas, transmitían un partido de basketball.

Estébano me preguntó si seguía los acontecimientos políticos en el país, si no me habían dado ganas de regresar ahora que los compas acababan de encaramarse a la Presidencia tras ganar las elecciones. Y dijo así, «compas», con cierto entusiasmo, como en los viejos tiempos. Hacía mucho tiempo que yo no pronunciaba esa palabra.

Lo observé en silencio.

—Viste que Tulio es el nuevo director de la policía; y que a Ronaldo lo pusieron a cargo de inteligencia… —comentó.

Un tipo que estaba en la barra se dirigió hacia la rocola.

Cuando regresamos a su casa, los niños ya se habían ido a la cama. Lorena me había dejado sábanas, almohada y una toalla sobre el sofá.

El calor era pegajoso. Estébano apagaba el aire acondicionado en las noches.

Me di una ducha. Coloqué la tobillera con la fusca bajo la almohada y me eché en el sofá, en calzoncillos, cubierto por la sábana, por consideración, que en tal bochorno me hubiera gustado tirarme desnudo en el piso.

Estaba exhausto, pero permanecí en vela un largo rato, acostumbrándome a los nuevos ruidos, al aire denso, al hedor a familia.

La mejor habitación, la más amplia y soleada, de cara a un pequeño parque, estaba en la casa de una vieja parecida a la Pantera Rosa, que no paraba de hacerme preguntas. Me decidí por la otra: era un poco más chica y menos luminosa, pero el casero no fue fisgón y mencionó a Estébano.

Tenía cama, mesita de noche, clóset, un sillón reclinable, una mesa con silla, una especie de librero y un par de cuadros con motivos florales colgados de las paredes; el wifi estaba incluido en la renta y el aparato de aire acondicionado era viejo.

Había otras dos habitaciones en esa segunda planta. El casero dijo que los inquilinos eran gente trabajadora y limpia. Ya los conocería. Compartiríamos cocina y baño.

La primera planta estaba desconectada de la segunda: a aquella se entraba por el porche que daba a la calle y era una sola unidad ocupada por una pareja; los del segundo piso subíamos por unas escaleras laterales.

El casero sólo quiso saber en lo que yo trabajaría en el pueblo. Traía un formato de contrato listo. Firmamos por seis meses. Le pagué un mes de depósito y la primera renta. Recibió el cheque sin suspicacia.

Entonces masculló unas frases en español, pero la única que le entendí fue «bienvenido». Dijo que su mujer era de origen mexicano.

Una vez que terminé de subir mi ropa y cachivaches, me eché un rato en la cama: estaba arreglada con sábanas y edredón, pero el colchón se hundía al costado de la mesa de noche; más tarde le daría vuelta para ver si del otro lado tenía más firmeza.

Me senté en el sillón reclinable. Por la ventana pude ver la parte superior de la casa contigua y mucho cielo despejado.

Desempaqué mi ropa; instalé la laptop.

Revisé de nuevo el baño, la cocina y la salida de emergencia (una escalera metálica en caracol ubicada detrás de la cocina). Luego bajé al sótano donde estaban la lavadora y la secadora que funcionaban con monedas de veinticinco centavos.

La casa estaba en la avenida McKenzie, a alrededor de un kilómetro del centro del pueblo.

Decidí caminar, aunque el bochorno crecía a medida que pasaba la mañana.

Todos los pueblos a los que esta gente llama «ciudad» se parecen: inmóviles, con sus calles desoladas. Pero Estébano me había explicado que el centro de Merlow City eran los mismos edificios de la universidad, entre restaurantes, bares y tiendas, y por eso durante la época de clases había bastante vida en las calles; ahora, no.

Comí un sándwich y enseguida me metí a la biblioteca pública, a protegerme del calorón con el aire acondicionado. Me entretuve revisando videos y hojeando revistas hasta que dieron las dos y media, hora a la que debía encontrarme con Estébano.

El restaurante Nakanomo estaba a dos calles. Era caro, para profesores y administrativos bien pagados, me lo había advertido aquel. Esperé un par de minutos resguardado del sol bajo el alero de la entrada.

Luego fuimos en su Toyota a la empresa de autobuses escolares. Estaba sobre la autopista 6, lejos de casa. Cuando comenzara a trabajar, tendría que ir diariamente en mi auto.

El supervisor se llamaba Jim; tenía la nariz roja del borracho, como un personaje de tira cómica. Con Estébano se llamaban «amigo». Me saludó en español, campechano; dijo que había estado en Nicaragua para la revolución sandinista, y que había seguido visitando el país cada dos años, aunque ahora no le interesaba la política sino las mujeres. Apuntó los datos de mi TPS migratorio que me autorizaba a trabajar en el país, tomó mi licencia, revisó los certificados de autorización del estado de Texas y comprobó en la computadora su autenticidad; luego hizo preguntas sobre mi experiencia y me entregó un cuestionario que debía llenar. Cuando terminé, salimos en el autobús para el examen práctico.

A partir del lunes entrante, trabajaría cuatro horas diarias, dos temprano en la mañana y dos a media tarde, a quince dólares la hora. El viernes me tendría listo el itinerario.

—Para comenzar no está mal: trescientos dólares a la semana —comentó Estébano mientras me conducía a casa y me señalaba el Walmart donde horas después vendría a hacer mi compra; él debía regresar al restaurante. Y dijo que pronto me saldrían otros chances.

Al final de la tarde, me senté frente a la laptop: debía poner mi nueva dirección postal en los sitios del banco, de inmigración, del seguro de la Subaru, de la compañía del teléfono.

Esta gente lo sabe todo de uno, aunque no sepa quién es uno.

Salí a la cocina a prepararme un sándwich. Había perdido la noción del tiempo de tan enchufado que estaba en Breaking Bad; había visto tres capítulos al hilo. Eran casi las nueve de la noche.

Me encontré a uno de los inquilinos. Se llamaba Reza; era iraní, joven, espigado, con gafas, coleta, barba rala y trato amable. Calentaba un pedazo de pizza en el microondas.

Saqué del refrigerador el jamón, el queso y los demás ingredientes; también una lata de Coca-Cola.

La cocina era un espacio rectangular, estrecho; había una pequeña mesa de madera, pegada a la pared, con tres sillas.

Me senté.

Reza se mantuvo de pie, apoyado en el lavatrastos; parecía un poco ansioso.

Preguntó lo de siempre.

Luego dijo que era ingeniero en informática, se había graduado en Merlow College y ahora trabajaba ahí. No daba clases, sino que estaba dedicado al área de servicios tecnológicos: el mantenimiento y desarrollo de servidores, redes y programas.

Había salido de Teherán siete años atrás. Había regresado un par de ocasiones de visita mientras era estudiante, pero ahora estaba arreglando su situación migratoria como residente y prefería esperar a que todo estuviese resuelto.

Me pregunté qué hacía alguien con su salario rentando una pequeña habitación amueblada en vez de un apartamento.

Antes de acostarme, apagué la laptop y me senté en el sillón. La casa de enfrente estaba a oscuras y en el cielo podía distinguir algunos titileos. Me quité la talonera con la fusca y las dejé en mi regazo. Tenía una caja de municiones escondida entre la ropa. La cerradura de la habitación era floja, vulnerable, propia de pueblos en los que un pequeño robo era un acontecimiento. Debía encontrar un sitio seguro donde embutir los cartuchos y también lo otro. Le saque el cargador a la fusca; era una 38 corta, de las viejitas. Hacía bastante que no blanqueaba, desde que salí de Dallas. En los pueblos pequeños todo se sabe.

Me puse de pie. Le di vuelta al colchón y, en efecto, estaba más firme de ese lado; reacomodé las sábanas y me metí bajo ellas. Todo lo que sonaba era el aire acondicionado. Y un zumbido que poco a poco se fue apagando en mi mente.

A la mañana siguiente, cuando salía del baño me encontré a la otra inquilina de la segunda planta. No dijo «buenos días»; apenas hizo un leve movimiento de cabeza y siguió su camino hacia la cocina. Tenía el cabello corto, en forma de casco; la cabeza de pajarito y una expresión de cierto retardo. Después sabría su nombre, Julia, y que en efecto algo le faltaba en la mollera.

En los días siguientes me dediqué a conocer el pueblo, sus callejuelas en el centro y en los suburbios, los bares, el mall con sus tiendas. Parecía haber bastantes latinos, sobre todo mexicanos. La primera noche le había preguntado a Estébano por los salvadoreños; dijo que unos pocos estaban desperdigados en las afueras, pero que la mayoría se concentraba en Madison, Milwaukee y, por supuesto, Chicago. Él los evitaba; guardaba un perfil bajo. Nadie sabía de sus andanzas en la guerra ni de la aventura que vino después. Si alguien le preguntaba sobre aquellos años, respondía que se había mantenido al margen, nada más.

Un par de madrugadas hubo retozos y gemidos en la habitación de Reza. Estaba contigua a la mía. Me puse los audífonos. En esa vieja casa, de todas formas, los ruidos se filtraban por las paredes: los pasos en la escalera y en el pasillo, las voces que subían de la primera planta.

A la mañana del sábado, estaba preparándome unos huevos, cuando el iraní vino a la cocina. Le pregunté, con un guiño, si él también necesitaba proteínas.

Me dijo que lo disculpara si me habían despertado las noches anteriores, su novia era mesera en un bar y salía de trabajar hasta muy tarde.

Por él me enteré de la pareja de lesbianas que vivía en la primera planta. Yo había visto a una de ellas: una flaquita, tatuada, con piercing en la nariz y en las cejas, siempre vestida de negro. Se llamaba Nikki y trabajaba en la principal tienda de tatuaje y piercing del pueblo, me informó Reza; la otra, con la que aún no me encontraba, se llamaba Stacey y era empleada del Walmart.

Recién salido de la cama, despeinado, sin su camisa de cuello ni las gafas, el iraní me pareció mucho más joven (no llegaba ni a los treinta; también muy perspicaz, quizá demasiado).

De vuelta en mi habitación, cambié los passwords de mis cuentas.

El empleo de conductor de autobús escolar ordenó mis rutinas. A las siete en punto llegaba al estacionamiento de las unidades; me encontraba con los otros conductores y el tipo de mantenimiento.

Una maestra subía en la primera parada: mulata, joven y guapa, se vestía con esmero, siempre con pantalones oscuros, blusa blanca y saco sastre, pese al calor. Se llamaba Estella. Sentada en el primer asiento, justo detrás de mí, saludaba a cada chico por su nombre y le hacía una pregunta: si había dormido bien o qué había desayunado o si había tenido un sueño bonito o qué sándwich traía en la lonchera. Eran chicos de primaria que recién habían sido sacados de la cama, algunos no terminaban de despertar. Muy pronto descubrí que no había espontaneidad en las preguntas de Estella, sino que habían sido ensayadas como parte de su empleo.

A media tarde, cuando hacía la ruta en sentido contrario, los chicos venían desatados, en el griterío y el desparpajo. Estella debía emplearse a fondo. Conversaba conmigo nada más lo necesario, amable pero distante todo el tiempo, y así se despedía, la última.

Me relajaba conducir el autobús: la velocidad lenta, el itinerario y los procedimientos precisos, el respeto y hasta miedo de los demás autos. Ya lo había disfrutado cuando tuve el mismo trabajo en Houston. Con una diferencia: entonces se trataba de una escuela secundaria y algunas adolescentes, con las hormonas insolentes, buscaban provocarme.

Cuando el viernes terminé la jornada y mi primera semana de trabajo, luego de guardar el autobús en el estacionamiento, Jim, el supervisor de la nariz encarnada, vino a decirme que había una queja en mi contra: Estella me acusaba de haber rebasado el límite de velocidad en tres ocasiones. Nada grave, pero que pusiera un poco más de atención, dijo Jim con un guiño.

Me quedé en ascuas. No hacía ni veinte minutos que ella había bajado del autobús, frente a su casa, y se había despedido con amabilidad, moviendo con suavidad su frondoso culo mulato, solapado con esmero en sus pantalones holgados. Recordé un comentario del Viejo en Dallas: «La amabilidad de esta gente es curiosa: te meten el dedo en el culo y esperan que les des las gracias, que les aplaudás con comedimiento y que les digás que son muy buenas personas, que por favor te metan otro dedo».

Al final de esa tarde, cuando me estacioné en la entrada de la cochera, había una rubia sentada en los escalones que de la acera conducían al porche. Vestía shorts y camiseta; era gruesa, piernuda, de cabello largo y ojos de lechuza. Fumaba con ansiedad. Supuse que era Stacey, la otra inquilina de la primera planta. Abrí la cajuela y saqué las bolsas con la compra. Supe que me estaba midiendo con la mirada. Respondió con sequedad a mi saludo, amarga.

El pueblo comenzó a llenarse de estudiantes universitarios: rubias y rubios en shorts, camiseta y sandalias, algunos aún adolescentes, rebosantes de hormonas, de vitalidad; y también chinos, en manadas. Por doquier hubo anuncios ofreciendo empleo en bares y restaurantes, principalmente para meseros. Ni me molesté: nadie contrataría a un latino a punto de alcanzar la cincuentena cuando podía tener a una jovencísima rubia y espléndida.

A veces, en mis ratos libres, me iba a la calle peatonal, el corazón del pueblo, a sentarme a una banca, a dejar que mi mente retozara al descampado, lejos de las series de televisión, los crucigramas, las noticias, las búsquedas obsesivas en el internet.

Estébano y un colega hondureño, que trabajaba como pinche de cocina en el mismo restaurante, iban con frecuencia a tomar cerveza y jugar billar a un sitio llamado The Lion’s Mouth. De lunes a jueves, ellos salían de trabajar alrededor de las diez de la noche; los fines de semana, una hora más tarde. Estébano me llamaba para invitarme. En varias ocasiones me les sumé.

El hondureño se llamaba Lui, sin la s, como si fuera chino: era escuálido, de expresión zamarra y, según Estébano, estaba ilegal en el país. En algún momento me dijo que procedía de San Pedro Sula, que esa ciudad estaba infectada por las maras, en especial la Salvatrucha, que uno se los encontraba por todos lados.

Yo bebía una cerveza y jugaba hasta tres mesas; pero me largaba a medianoche, como la Cenicienta. No me gustaba desvelarme, menos cuando tenía que conducir el autobús al día siguiente; y tampoco quería relajarme, que se me viera con frecuencia en el mismo sitio y con la misma gente.

En una de esas ocasiones, Estébano me dijo que había la posibilidad de trabajar por horas en un taxi. La empresa se llamaba Tulio’s Cabs. Que no era nada fijo, me advirtió, sino horas sueltas, cuando alguno de los conductores de planta estuviera indispuesto. Me dio un nombre y un número de teléfono, que dijera que hablaba de parte de Esteban Ríos, dijo, engreído, como si las dos cervezas le estuvieran haciendo efecto.

No recuerdo con precisión cuándo comenzó a sucederme. Cerraba la laptop y me tiraba en la cama, exhausto, embotado, como si hubiese consumido todas mis energías. Perdía el sentido del tiempo. Yacía hecho un guiñapo, sin saber si tendría fuerzas para ponerme de pie y seguir adelante, hasta que por fin volvía en mí.

Era una noche fresca, subí a la Subaru y conduje sin rumbo por los suburbios, confiado en mi sentido del espacio, en mi brújula interna. Me relajaba el aire que entraba por la ventanilla, la calma de las calles desiertas. Al rato descubrí que me encontraba en el vecindario de Estella.

Regresé a casa. El porche estaba iluminado: las lesbianas fumaban; Reza y su novia conversaban con otra pareja. Me invitaron a tomar una cerveza con ellos.

El iraní celebraba su cumpleaños. Le pregunté cuántos cumplía. Hubo incomodidad en la expresión de ellas, que tal pregunta no se hacía. Pero Reza también venía de otra parte del planeta, donde esas convenciones eran tontería. Me dijo que veintiocho años y me entregó una lata de cerveza.

Me presentó a la otra pareja: un puertorriqueño y su mujer. Él parecía español, se llamaba Denis, también era informático y trabajaba en la misma oficina del iraní; ella era rusa, rubia, despampanante, como sacada de un video porno. El hijo de ambos estaba en la segunda planta, en la habitación de Reza, viendo la tele.

Conversamos un rato en español. Denis procedía de Nueva York, del Bronx; viajaban cada quince días a Chicago, la única manera de no desesperarse en ese pequeño pueblo, dijo Denis. Yo les relaté mi vieja mentira, y luego la historia de Houston y Dallas.

Sorprendí a Nikki, la chica tatuada, observándome con cierto interés. Su pareja, en ese momento, conversaba con Reza.

Luego de la segunda cerveza, cuando comenzaban a llegar más invitados, me despedí y subí a mi habitación.

Visité las oficinas de Tulio’s Cabs. Entregué mi información personal, mi horario en la compañía de autobuses y expliqué que por ello no podía trabajar horarios nocturnos de domingo a jueves. El encargado, que dijo conocer a Jim, me explicó que era precisamente en esos turnos de diez de la noche a seis de la mañana cuando casi siempre necesitaban un conductor sustituto, pero que de todas formas si salía algo me llamarían. Me enteré de que los horarios más codiciados eran las noches de viernes y sábado, en especial cuando el equipo de futbol americano del college jugaba de local. El pueblo entonces enloquecía: los chicos se emborrachaban desde el viernes en la tarde y mucha gente procedente de los pueblos cercanos asistía entusiasta a la juerga. Cuando miraba a esas chicas semidesnudas exudando hormonas por las calles, me preguntaba lo que hubiera sido mi vida si yo hubiese tenido veinticinco años menos.

Mientras conducía el autobús me comportaba con Estella como si nada hubiese sucedido; me controlaba para no mirarla a través del espejo retrovisor. No perdía su aplomo, su cortesía hueca. En los ratos muertos, mientras los conductores esperábamos a los chicos frente a la escuela, averigüé que su marido era empleado de una empresa de seguros; no tenían hijos, pero sí un perro; que los demás maestros la consideraban una «trepadora», quería convertirse en supervisora a toda costa; que también se había quejado de la forma de conducir de quienes me habían precedido.

Jim era originario del pueblo y parecía conocer a todos sus habitantes y sus truculencias. Una tarde, cuando le quise sonsacar información sobre Estella, me preguntó con socarronería si me estaba enamorando de ella, que en tal caso debía matricularme en el gimnasio al que ella asistía cada tarde luego de que yo la dejaba frente a su casa. Supuse que a esa altura del día ya tendría un par de cervezas adentro.

Comencé a frecuentar el O’Neill, el bar en el que trabajaba la novia de Reza. Se llamaba Lindsey; era una chaparrita rubia y eléctrica, que se empolvaba barbaridades el rostro para cubrirse las manchas de eczema, y quien siempre me saludaba con simpatía, como si hubiésemos sido viejos amigos, aunque yo tuviese la edad de su padre.

Unas dos veces por semana, a la hora de cena, me sentaba a la barra, pedía una hamburguesa o unas alitas de pollo, una cerveza y me entretenía mirando las pantallas, en las que por lo general transmitían un partido de béisbol.

El barman se llamaba Tom. Era bajista de un grupo de rock; cortés, pero de pocas palabras.

Reza aparecía sin horario fijo, a veces entraba por salir, otras se sentaba a mi lado a tomar una cerveza o llegaba con algún colega de oficina. Era su forma de hacerse presente, de controlar a Lindsey.

Yo tomaba dos cervezas y me largaba antes de que el bar comenzara con su efervescencia nocturna.

Una de esas tardes, cuando el inminente otoño comenzaba a refrescar los días y yo había cumplido más de un mes en el pueblo, acodados en el bar, Reza me comentó que había la posibilidad de un empleo en su oficina, si estaba interesado en ello. Me tomó por sorpresa: yo no era un experto en computación, y los empleos de intendencia y mantenimiento en el college, hasta donde yo entendía, los controlaban empresas subcontratadas. Me explicó que él no tenía los detalles, lo único que sabía era que necesitaban a alguien que hablara, y sobre todo leyera, español, y que Denis, su amigo puertorriqueño a quien yo había conocido en la celebración de su cumpleaños, le había preguntado si yo tendría el perfil, si yo estaría interesado. Inquirí si se trataba de algo permanente. Repitió que él no tenía la información, pero que hasta donde entendía se trataba de unas pocas horas diarias. Que hablara con Denis, me dijo, y me deslizó sobre la barra una tarjeta de presentación con el nombre y los datos de éste.

A la mañana siguiente, luego de dejar el autobús, llamé a Denis. Me dijo que pasara por su oficina a eso de las once. El edificio de Servicios Tecnológicos estaba ubicado contiguo al de la biblioteca del college. En el lobby, frente al mostrador, había una media docena de alumnos, con sus computadoras en mano, a la espera de ser atendidos por los expertos.

Le dije a la chica que no, no había credencial para escanear, yo no era estudiante ni empleado universitario, pero tenía una cita con el señor Denis Colomé, si era tan amable de anunciarme.

Minutos más tarde este vino a mi encuentro. Cruzamos entre un apretujamiento de cubículos y subimos a la segunda planta.

La oficina de Denis era pequeña, impersonal, hasta espartana, con vista a la explanada de la biblioteca.

Fue directo al grano: necesitaba hacerme unas preguntas esenciales sobre mi persona y mi situación en Estados Unidos antes de darme información sobre el posible empleo. ¿Estaba yo dispuesto a ello?

—Adelante —le dije, reclinándome en la silla.

Tenía el cabello cortado al ras y unas gafas redondas; el polo ajustado dejaba ver su musculatura recia, de alguien con rutinas diarias en el gimnasio.

Abrió una libreta, empuñó un lapicero y tomaría apuntes a lo largo del interrogatorio.

—Lo vamos a hacer en inglés, porque necesito saber tu manejo del idioma.

Expresé que estaba de acuerdo con un movimiento de cabeza.

—¿Desde hace cuánto resides en Estados Unidos?

—Desde mediados del año 2000. Nueve años.

—¿Tu situación migratoria?

—Tengo un TPS.

—¿Qué es eso?

—Un status de protección temporal que nos dieron a los salvadoreños que estábamos ilegales cuando los terremotos de 2001.

Dijo que nunca había escuchado sobre ello.

—Estamos autorizados a trabajar, y con un permiso especial a salir y volver a entrar al país, pero hay que renovar el TPS cada año.

—Quiere decir que entraste ilegalmente…

—Así es.

—¿Por dónde?

—Mexicalli.

Su estilo era aprendido, entrenado, en la policía o en el ejército, aunque no perdiera el tono cortés, como si nada más fuese un informático jefe de personal.

—¿Tienes familia en Estados Unidos?

—No.

—¿Y en caso de emergencia?

—Mi compadre trabaja en el restaurante Nakanomo —le dije—. Se llama Esteban Ríos.

—¿En qué ciudades del país has vivido?

—Estuve unos meses en Los Ángeles. Luego me fui a Houston… —Entonces le dije—: Tengo un currículum con empleos y fechas detalladas.

—¿Por qué te viniste: perseguido político, problemas económicos?

—La situación es muy mala allá. No hay empleo ni gobierno. Las maras son las que mandan.

Sí, Denis había visto noticias sobre los grupos criminales llamados maras, la Salvatrucha y la Dieciocho. Una peste, dijo.

—¿Participaste en la guerra? —preguntó con afectado entusiasmo.

—No —dije.

—¿Alguna relación con la guerrilla o con el ejército?

—No —y agregué que toda esa información estaba en mi expediente del TPS en el Servicio de Inmigración y Naturalización.

Preguntó sobre mis estudios.

Tres años de ingeniera eléctrica en El Salvador, pero luego de que cerraran la universidad por la guerra civil, los había abandonado. Sin embargo, unos años atrás, en Houston, había recibido cursos básicos de computación en un community college, le dije.

Me explicó que lo principal para el empleo era la capacidad de discernir, no el conocimiento técnico de la computación, y que yo le parecía un hombre con experiencia y olfato. También se requería mucha discreción. Si yo tomaba el empleo, debía firmar un contrato de confidencialidad con el college, por el cual me comprometía a no divulgar de ninguna forma ni la naturaleza ni la materia de mi trabajo.

Enarqué las cejas.

¿Seguía interesado?

Asentí.

El empleo era con la sección tecnológica que daba apoyo a la policía universitaria y necesitaban una persona de habla hispana que tuviera suficientes criterios para comprender, clasificar y calibrar información, relativa a casos de docentes, alumnos y administrativos que se comunicaban en español. Mi labor consistiría en revisar exclusivamente su correspondencia universitaria.

—¿Y eso es legal? —pregunté.

Claro. Se trataba de una posición con todas las de la ley, dijo. El college es subsidiado por el gobierno del Estado; los profesores, instructores y administrativos son empleados del gobierno estatal, por lo tanto sujetos a rendir cuentas. La policía universitaria estaba legalmente autorizada a vigilar y garantizar que se cumplieran las leyes del college y del Estado.

Me entregó un formulario de solicitud para que lo llenara y me pidió que le enviara copia del currículum y del TPS.

Dijo que se trataba tan sólo de dos horas diarias, bien pagadas, eso sí, y que lo bueno era que yo podía escoger mi horario, siempre y cuando fuera en horas de oficina, y lo mantuviera de manera permanente por aquello de las consultas y preguntas urgentes.

Se comunicaría conmigo en un par de días para avisarme si ya había sido aprobado. Y de ser así, comenzaría la primera semana de noviembre.

Esa tarde, en el estacionamiento de los autobuses, Jim me dijo que por la noche celebrarían el cumpleaños de un colega conductor, Jerry, en el Freddy’s, el mismo bar al que Estébano me había llevado mi primer día en Merlow City. Que llegara temprano, porque era noche de jueves, y había que trabajar al día siguiente.

El bar estaba bastante lleno, muchos estudiantes entre la clientela, aunque también parroquianos. El hedor a carne quemada era peor. En la rocola sonaba una canción de mi época; Creedence Clearwater Revival era el grupo. Jim estaba en la barra con Jerry y otros dos conductores. Miraban un partido de basquetbol universitario en los televisores y hablaban de deportes. Me costaba seguir su conversación.

Ahora, tras la barra, en vez de la gorda enfurruñada de la vez anterior, dos jóvenes rubias no se daban abasto atendiendo a la clientela. Una de ellas, la que me sirvió la cerveza, se parecía mucho a una artista de cine de la que no logré recordar el nombre.

Jim casi siempre me hablaba en español, con su acento nicaragüense. Esa noche estaba desatado: me dijo que en diciembre cumpliría cincuenta años, que se iría a Nicaragua a celebrarlos, que ahí podría conseguir una muchacha guapa que quisiera estar con un gringo viejo como él; ya estaba harto de usar la mano, dijo, con un gesto rápido y chistoso. El sexo era su obsesión, o la falta de sexo.

—¿Qué vas a hacer cuando cumplás cincuenta? —me preguntó.

Hice el gesto de quien se rasura.

—No me gustan las canas en los cojones —le dije.

Se echó una carcajada.

—¡Ni a mí! —exclamó, aún con gozo, y enseguida les tradujo a los colegas conductores, a quienes poco les importaba quedar fuera de nuestra plática mientras el partido de basquetbol continuara.

Pronto se las arreglaron, sin embargo, para volver a discutir sobre deportes.

Nuevos grupos de jóvenes entraron al bar. La barra estaba repleta, el aire denso y pronto me sentí ajeno al jolgorio.

Terminé mi cerveza y dije «Hasta mañana».

Las noches habían enfriado; pronto llegaría el invierno.

La conversación con Denis y la posibilidad de conseguir ese empleo revoloteaban en mi cabeza, tensionaban mis nervios.

The Lion’s Mouth me quedaba en la ruta. A través de los ventanales observé que estaba casi vacío. Era muy temprano para que Estébano y el hondureño hubieran llegado. De todas formas entré. Me tomaría una cerveza en silencio.

Me senté a la barra.

El barman era un chaparro engreído, de rizos rubios, que vestía una falda escocesa, calcetas gruesas, y una camiseta ceñida a su torso y sus bíceps de físico culturista.

Hacia el fondo del salón, descubrí a Nikki, la vecina tatuada, quien permanecía embrocada sobre la mesa de billar a punto de ejecutar una jugada. Pensé que estaba con su pareja, Stacey. Volteé en un par de ocasiones, con ánimo de saludar, pero no se dio por aludida, como si yo no existiese.

Cuando le conté que mis vecinas de la primera planta eran una pareja de lesbianas, Estébano me había explicado que Merlow City era una ciudad de lesbianas: decían que durante muchos años hubo tres conventos católicos en el pueblo, pero que cuando vino la onda de la liberación sexual, allá por los años setenta, los habían cerrado y muchas de las exmonjas se habían establecido en parejas. En efecto, en las calles no se miraban homosexuales masculinos tomados de la mano, sólo lesbianas, jóvenes o mayores, con niños adoptados o encargados.

Miré de nuevo hacia el fondo: Stacey no estaba; Nikki estaba jugando sola.

Entonces me acerqué a la mesa. Hasta que no la saludé no se dio por enterada de mi presencia. Le pregunté si quería jugar una partida conmigo. Me dijo que si yo era un experto prefería seguir jugando sola.

Vestía, como siempre, jeans y camiseta negra, botas estilo militar; el mechón de cabello tornasolado. Era flaca, bien proporcionada, como modelo. Le calculaba veintisiete años, cuando mucho.

Le dije que no, yo no era un experto, con seguridad ella jugaba mejor que yo.

Dijo que entonces sí.

Fui a la barra a cambiar un billete por monedas para pagar la mesa.

...