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MORONGA

Horacio Castellanos Moya  

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Fragmento

 

Lo descubrí rondándome de nuevo. El día anterior había sido cerca de las cajas registradoras en el Walmart; ahora, en el centro del pueblo, a la salida de una taquería. El rostro se me hacía familiar, de la época de la guerra, pero no lograba ubicarlo.

Era un sábado al final de la tarde.

Las calles estaban desoladas; la resolana aún hería la vista.

Me metí a la vieja Subaru. Encendí el celular. Rudy respondió al otro lado: que todo estaba listo en Merlow City, que llegara cuanto antes, me estaban esperando para el empleo y había un par de casas donde podía alquilar habitaciones amuebladas.

Me dirigí al motel de mala muerte en el que había pernoctado en los últimos días. Pagué la cuenta.

En la madrugada, metí mi ropa y mis cachivaches en la vieja Subaru.

No había nadie de quien despedirme.

Maniobré por los suburbios. No traía cola a la vista. Salí a la autopista 30.

Atrás quedaba Mount Pleasent; más atrás, Dallas.

Me esperaban quince horas de viaje.

Disfrutaba conducir a esa hora, salir de la penumbra en la zona desértica, cuando aún había pocos furgones en la carretera. Enseguida vendrían el sol hiriente, el calor sofocante, el tráfico dominguero.

El amanecer me alcanzó antes de llegar a Texarkana, la frontera del estado.

Pero no me detuve a desayunar sino hasta dos horas más tarde, a un costado de la autopista, en las cercanías de Little Rock. Por el ventanal del restaurante podía observar mi auto, y quién entraba y salía del estacionamiento.

La mesera que me atendió era muy flaca, la cara consumida, los ojos azules un poco desorbitados; tenía tatuajes en el dorso de sus manos. El vaso con agua apestaba a yema de huevo; el café era rancio. No le dejé propina.

Salí de la autopista en Little Rock, como si ese fuese mi destino. Conduje un rato a la deriva; muchos sitios tenían el nombre «Clinton». Luego me metí a una callejuela en la ribera del río Arkansas y me estacioné. Permanecí en el auto, atento a los espejos retrovisores, con las manos en el volante.

Los resabios de una vieja emoción estaban ahí, removiéndose, inquietos. Comenzaría de nuevo, eso era la vida.

Un rato más tarde entraba a la autopista.

No hacía mucho que había cruzado el Misisipi, a la altura de Saint Louis, y subía por la autopista 55, cuando me detuve en un pequeño centro comercial al costado de la carretera. Me estacioné frente a un restaurante Chipotle; ordené unas enchiladas de pollo. Me traje el azafate con los platos a la terraza, para no perder de vista la Subaru. Comía distraído cuando recordé al tipo que me rondaba en Mount Pleasant: era un campesino de La Laguna a quien incorporamos como enfermero al campamento, un rostro sin nombre.

Los obesos de Saint Louis parecían más obesos que los de Texas.

¿Hacía cuánto tiempo no veía a Rudy? ¿Diez años? ¿Trece?

Sus coordenadas me las había dado el Viejo, el otro sobreviviente del pelotón, con quien mantuve contacto.

Rudy estaba casado con una mexicana. Tenían una parejita de niños. Él trabajaba como cocinero en un restaurante japonés; ella en una compañía de limpieza. Y habían residido en Merlow City durante siete años, los suficientes para armar una red de contactos. Es lo que me había contado.

También que ahora se llamaba Esteban. Lo que no importaba, porque Rudy tampoco era su nombre, sino el seudónimo que más le duró durante la guerra.

Ni él ni yo recuperaríamos jamás nuestros nombres originales. Nada tenían que ver ya con nosotros.

Caía el crepúsculo cuando encontré las primeras señales que anunciaban las entradas a Madison. Me fui de paso. Era principios de agosto: los días en el norte aún se alargaban hasta las nueve de la noche.

Merlow City estaba a unos 45 minutos, a medio camino entre Madison y Milwaukee.

Me estacioné frente al pequeño patio delantero de la casa de Rudy. Dejé pasar un par de minutos antes de marcar su número en el teléfono. El aire era húmedo, bochornoso.

Abrió la puerta y avanzó por el patio.

Supe que era él, pese a la gordura y las canas.

Salí del auto y caminé a su encuentro.

Nos abrazamos, primero con cierta desconfianza, luego con alegría.

—Acordate, soy Esteban, Esteban Ríos. No se te vaya a olvidar que me cagás —me dijo en corto, porque su mujer se acercaba tras de él.

Me la presentó.

—José Zeledón —le dije.

Se llamaba Lorena. Una trigueña, entrada en carnes, pero aún de buen ver. Parecía más vieja que Rudy, pero no tan vieja como yo.

Del auto sacamos la laptop y una mochila con ropa. Lo que pudiera llamar la atención de cualquier rata de paso.

Yo dormiría esa noche en el sofá donde la pareja de niños yacía viendo la tele. Me saludaron sin ponerme atención, embobados; otro compatriota del padre, otro gorrón, pensarían. Eran gringuitos de piel café.

Rudy trajo dos cervezas; Lorena dijo que me prepararía algo de cenar y se metió a la cocina.

Guardamos silencio, sentados a la mesa, reconociéndonos. Teníamos tan poco de que hablar que no fuera un pasado impronunciable ante su familia.

Me pareció que había un exceso de muebles en esa sala comedor.

Pero yo debía contarle una historia a Lorena, mientras comía los frijoles y las quesadillas que ella me había preparado: mis cuatro años en Houston, de empleo en empleo; luego Dallas, donde no salió lo prometido; unos días en Mount Pleasant. Y ahora acá.

Preguntó por mi familia. Alguien quedaría en El Salvador, pero yo había perdido todo contacto, le dije con la expresión de quien no quiere hablar del tema.

Enseguida, Rudy o Estébano, como lo llamaría en adelante, propuso que fuéramos a tomar la siguiente cerveza a un bar: el ruido de la tele, la presencia de los chicos…

Subimos a su camioneta Toyota Sienna. Era un modelo del año anterior, aún olía a nueva, no como mi vieja Subaru.

Fuimos un rato en silencio, sin ganas de hablar de la otra vida que habíamos compartido.

Las calles del pueblo estaban desoladas.

Merlow City era lo que se llamaba un «college town», me repitió. Toda la vida del pueblo giraba alrededor del college. Y estábamos al final de la primera semana de agosto: los estudiantes regresarían en pocos días.

El bar se llamaba Freddy’s. Era oscuro, apestaba a carne quemada y la bartender era una gorda enfurruñada. No había más de media docena de parroquianos.

Nos instalamos en un gabinete.

—Me va a costar acostumbrarme a decirte José, en vez de «mi teniente» —dijo.

Me encogí de hombros.

Puso una pequeña hoja sobre la mesa de madera: en ella estaban apuntados los nombres y los números telefónicos de los dos caseros que alquilaban habitaciones amuebladas. Temprano en la mañana podría llamarlos, decidir cuál me convenía e instalarme de inmediato. Y a eso de las dos y media de la tarde, cuando él tenía la pausa en el restaurante, me llevaría a la empresa de autobuses escolares. Ese era el empleo que me tenía asegurado.

Y habrá otras posibilidades, dijo.

Pedimos otra ronda a la gorda enfurruñada.

Hubo un momento en que Estébano recordó a los integrantes del pelotón, a los que sobrevivimos a la guerra, a los que murieron en la última aventura, cuando los gringos nos descubrieron en el altiplano, nos barrieron con fuego nutrido y fue el sálvese quien pueda.

—Quién iba a pensar que terminaríamos aquí —dijo.

Volteé hacia la barra: en los dos televisores, empotrados en lo alto, sobre las ringleras de botellas, transmitían un partido de basketball.

Estébano me preguntó si seguía los acontecimientos políticos en el país, si no me habían dado ganas de regresar ahora que los compas acababan de encaramarse a la Presidencia tras ganar las elecciones. Y dijo así, «compas», con cierto entusiasmo, como en los viejos tiempos. Hacía mucho tiempo que yo no pronunciaba esa palabra.

Lo observé en silencio.

—Viste que Tulio es el nuevo director de la policía; y que a Ronaldo lo pusieron a cargo de inteligencia… —comentó.

Un tipo que estaba en la barra se dirigió hacia la rocola.

Cuando regresamos a su casa, los niños ya se habían ido a la cama. Lorena me había dejado sábanas, almohada y una toalla sobre el sofá.

El calor era pegajoso. Estébano apagaba el aire acondicionado en las noches.

Me di una ducha. Coloqué la tobillera con la fusca bajo la almohada y me eché en el sofá, en calzoncillos, cubierto por la sábana, por consideración, que en tal bochorno me hubiera gustado tirarme desnudo en el piso.

Estaba exhausto, pero permanecí en vela un largo rato, acostumbrándome a los nuevos ruidos, al aire denso, al hedor a familia.

La mejor habitación, la más amplia y soleada, de cara a un pequeño parque, estaba en la casa de una vieja parecida a la Pantera Rosa, que no paraba de hacerme preguntas. Me decidí por la otra: era un poco más chica y menos luminosa, pero el casero no fue fisgón y mencionó a Estébano.

Tenía cama, mesita de noche, clóset, un sillón reclinable, una mesa con silla, una especie de librero y un par de cuadros con motivos florales colgados de las paredes; el wifi estaba incluido en la renta y el aparato de aire acondicionado era viejo.

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