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MáRMARA

Inés Fernández Moreno  

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Fragmento

Portada I. En la periferia Confesiones en un ascensor Hombre en la taberna Filtro de amor No es que Pepe no apriete Truhanes En la periferia Pensamiento lateral Encerrada afuera Perversiones Gato virtual Cubanitos con dulce de leche Carne de exportación* II. Mármara Mármara Ser otro Biografía Otros títulos de la autora Créditos Grupo Santillana

I. En la periferia

Confesiones en un ascensor

Entró al ascensor justo cuando las puertas empezaban a cerrarse.

“Bienvenidos a la cabina”, dijo una voz femenina salida vaya a saber de dónde. A falta de alternativas más incitantes, pensó Clara, aquí tenemos el viaje en ascensor ascendido a vuelo internacional.

El tipo que estaba adentro le hizo un gesto de simpatía.

—Es la primera vez que voy a una oficina en un piso tan alto —dijo ella, mientras buscaba en la botonera el número 32. Tan alto como Groenlandia, pensó, para seguir con la pretensión del gran viaje.

—Ni lo va a notar —respondió él—. Estos ascensores son una flecha.

Error, pensó Clara, moviendo apenas la cabeza. Debería haber dicho que eran “un avión”. Pero no, “flecha” dijo, lo que sonaba bastante más primitivo.

Clara lo estudió con esas miradas cortas y sesgadas con que se mira a la gente en un ascensor. Primitivo no parecía, más bien empresario, o abogado, o funcionario. Con el pelo gris muy corto y un buen perfume. Traje también impecable, sólo que a la altura de la rodilla tenía un hilo negro, un hilo rematado en una pelusa como una araña. Tuvo el impulso de quitársela, pero no iba a tocar a un desconocido; podía decírselo en todo caso, pero tampoco. Que se quedara con su hilo y su pelusa. Una pequeña venganza, aunque el tipo qué culpa tenía de que ella se hubiera quedado sin trabajo y de que ésta fuera la primera entrevista que conseguía después de meses y meses de páramo.

La luz de los ascensores suele ser cruel. Así que optó por ignorar el espejo y miró más arriba, hacia el techo, con la cara tensa y concentrada: que fuera evidente que sus pensamientos estaban muy lejos de allí, tan lejos como para abolir aquellos segundos de intimidad forzada. ¿Acaso un ascensor es un lugar para...?

Un sacudón detuvo su pensamiento y el ascenso fulminante de la máquina. Se le hizo un vacío en los oídos, las luces titilaron y bajaron de intensidad hasta dejarlos casi en penumbras. De inmediato se oyó la voz femenina, tan animosa para dar la bienvenida como las malas nuevas: “Cabina en emergencia, aguarde instrucciones, por favor”.

—Ah, qué alegría —dijo él—, se cortó la luz.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó ella, tratando de dominar el sobresalto de su corazón.

—No se preocupe, en estos edificios todo está previsto. Deben tener su propio g

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