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MáS ALLá DE LA REALIDAD

Magdalena Trimarchi  

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Fragmento

I

“Último año. Último año”, me repito para mis adentros y trato de desempañar con la manga de mi buzo aunque sea un minúsculo espacio de vidrio.

Ahora sí puedo distinguir los árboles que pasan rápido.

Planeaba ir al instituto en bicicleta como suelo hacer, pero a causa de la lluvia mamá se ofreció a llevarme en auto. Como siempre digo, “la lluvia nos hace buenos a todos”.

Cuando era niña, y a veces hasta un poco más grande, no me dejaban faltar a clase a no ser que fuera mi cumpleaños, que estuviera muy enferma o que lloviera mucho. La última opción era casi absurda, pero nunca la discutí, me gustaba faltar los días de lluvia, quedarme en la cama tapada hasta las narices y leer alguna novela o simplemente cerrar los ojos y escuchar discos enteros hasta emocionarme.

—Alexandra, ¡¿puedes escucharme aunque sea una vez en tu vida?! —dice mamá, que me observa por el espejo retrovisor y agita su mano libre en el aire.

Bajo el volumen de mi reproductor de música pero no me saco los auriculares.

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Exagerada. Esa es la palabra que mejor le queda a mi mamá. Mis padres no son de los que quieren meterse en tu vida privada, es más, me dan mucho espacio, por suerte. Pero cuando se trata de un consejo de esos bien típicos de madre, ella siempre lo trae a colación. Y con más razón, el último primer día de instituto de mi vida.

Me sorprende que ya estemos a unas cinco cuadras y solo ahora quiera decirme algo. Falta poco para llegar, así que sonrío para mis adentros porque creo que no me dará ningún sermón. Eso espero.

—¿Puedes sacarte esos cosos de la cabeza mientras te hablo?

Parece molesta.

—Se llaman auriculares, mamá. Y te escucho perfectamente. No tengo la música encendida.

—Aun así, ¿puedes sacártelos? Por favor. Solo me tomará unos pocos segundos.

—¿Tanto te molesta? —le pregunto aún sin entenderla.

En realidad, nunca la entiendo. A veces simulo que lo hago pero solo para que no se ponga mal, y menos ahora que está con el tema de la menopausia.

Creo que solamente puedo fingir cuando se trata de ellos dos. Mi padrastro, George, mamá y yo nos mudamos a Beechmont, Louis­ville, Kentucky, cuando papá murió. Yo tenía unos cuatro años. Mamá decidió vivir en este mismísimo lugar tras conocer a George en uno de sus viajes al sur del país. Se casaron y los tres nos trasladamos a la ostentosa casa que ambos habían diseñado en las afueras de Beechmont. Supongo que debería llamarla hogar, pero me cuesta el alma fingir que me agrada todo lo que tengo que aceptar.

George es dueño de una gran empresa textil, así que el tema económico no fue ningún problema para mamá tras la muerte de mi otro padre, Thomas. De él, poseo pocos recuerdos. Me crié con George y él fue como mi verdadero padre. A veces llamo a mi padre por su nombre, por eso cada vez que le digo “papá”, a George parece agradarle mucho.

A decir verdad creo que tengo una relación más afianzada con él que con mamá. En la simplicidad parecemos entendernos y no nos enroscamos tanto como ella. Suelo actuar a mi manera, sin pensar las cosas dos veces, y eso parece no gustarles demasiado a algunos. En ese “algunos” entran tanto mamá como mis compañeros de instituto. Desconozco el motivo, pero me animo a decir que a casi nadie le gustan los impulsos. George siempre fue de las pocas personas que supo entenderme en esto.

Me aburre enormemente la rutina, nunca la sigo. Suelo pasar por alto algunas cosas o agregar otras, cambiarlas de lugar y probar cosas nuevas todo el tiempo.

—Siempre he aceptado como eres, y no es algo que me avergüence ni que desprecie, de ninguna manera. Es más, sabes que te quiero como a nadie en el mundo y debes saber que cuando te digo algo es porque te quiero y deseo lo mejor para tu vida.

¿Estaba hablando desde antes o recién comienza?

Sea como sea, a esa introducción apocalíptica le resta un conflicto apocalíptico. Ahí viene el “pero”, ya se acerca y…

—Pero…

Lo sabía.

—Debes saber que hay cosas tuyas, de tu personalidad, que dejo que las hagas aunque yo no esté ciento por ciento de acuerdo, como la manera en que te vistes, la manera en que manejas tus tiempos, tus ideas locas de que todo el mundo debería dejar el instituto y hacer arte, y bueno… quién sabe la cantidad de disparates más que tienes en tu mente.

Por “la manera en que manejas tus tiempos”, sé que se refiere a que prefiero dormir de día y hacer actividades de noche. Siempre disfruté más de los silencios y sucesos nocturnos que de los apuros y las pérdidas de tiempo diurnos. Y con respecto a lo del arte, es cierto. Creo que todos los seres humanos del mundo tienen imaginación y depende de cada uno el uso que le dé, a eso lo llamo “creatividad”. Algunos aceptan las reglas de la vida sin más, gente como mamá. Y otros vivimos y vemos la vida de otra manera. Nos cuestionamos las cosas, observamos los sucesos que pasan como películas en nuestra mente, escuchamos y sentimos más allá de la percepción.

Siempre me gustó la pintura, y me gustaría vivir pintando y no preocuparme por el dinero o las cosas que necesito para subsistir. Es algo a lo que deberé enfrentarme al terminar este año, esto de estar condenada a adaptarme al sistema, pero por ahora no quiero pensarlo. Por alguna razón no siento todavía ese futuro en mí.

—¿Entiendes lo que te digo? —me pregunta mamá casi a los gritos.

No me había dado cuenta de que ya estábamos en la esquina del instituto. Al parecer, estuvo hablando todo este tiempo y no escuché nada de lo que dijo. No le respondo y ella estaciona sin paciencia girando el volante hasta el tope. Trato de moverme para salir pero olvido que llevo puesto el cinturón de seguridad. Resoplo y me lo saco mientras mamá se da vuelta desde adelante, y quedamos ambas casi enfrentadas. Hay algo que la tensiona cada vez que está al volante, estoy segura de que tiene que ver con Thomas. Así como viajar en el asiento trasero no es una regla para mí pero siempre sucede igual.

Tiene el pelo más largo y lacio que el mío y lo luce siempre muy prolijo. En cambio, yo lo uso corto, me roza los hombros y siempre está bastante despeinado, con un corte un tanto desprolijo. Las pulseras que lleva puestas se mueven y hacen ruido al chocar entre sí, hasta cuando respira. Es casi imposible no notar su presencia. Esas pulseras son muy delatoras.

—Alexandra, quiero que este año sea especial para ti, quiero que sea único, que lo recuerdes el resto de tu vida. No dejes que las cosas malas entren en tu mente. Absorbe todas las cosas buenas, tantas como puedas. Llénate de experiencias como siempre lo has hecho hasta ahora, así cuando enfrentes el mundo y salgas de tu propio ambiente, con prudencia podrás lograr todo lo que te propones. Y sé que puedes. Confío en ti.

Se le escapa una lágrima y le tomo la mano entre las mías para tratar de tranquilizarla. Está exagerando de nuevo. Pero es una exageración agradable, por más que nuestros pensamientos difieran constantemente. Tengo miedo de perder algún día la fuerza para fingir y terminar en un loquero o, peor aún, transformarme en uno de ellos.

—¡Estás tan grande! ¡Mírate! —dice mamá, toda nostálgica, tomando mis manos con mucha fuerza.

Creo que ha sido suficiente amorío por hoy. La saludo y antes de bajar del auto me pongo los auriculares, subo la capucha de mi buzo y vuelvo a repetir para mis adentros: “Último año. Último año”, como algún tipo de ayuda psicológica.

—¡Suerte! —me grita después de bajar la ventanilla.

Le respondo con una media sonrisa, simulando cierta amabilidad mientras me alejo del auto.

Transformarme en uno de ellos… Muevo la cabeza en gesto de negación y avanzo.

Hace mucho frío. Es extraño pues estamos en verano, pero supongo que, si no tiene relación alguna con el calentamiento global, será porque después de tanto calor el cielo invariablemente explota. Al exceso le sigue siempre un estallido.

Me arrepiento de no haber traído más abrigo. La lluvia ya no cae con tanta fuerza pero empapa todo a su paso. Muchos luchan para cerrar sus paraguas en la puerta del instituto, otros se quejan mientras se sacuden algunas gotas de encima.

El Instituto Secundario de Beechmont no es una escuela conocida por su gran tamaño ni mucho menos. Es una construcción de pocos pisos y pocos alumnos, por suerte. Odio los lugares sobrepoblados. La gente suele ponerme los nervios de punta y con frecuencia tengo ganas de irme muy lejos, muchas veces. Por ejemplo, ahora. Irme o mandarlos a ellos muy lejos… eso también.

La música comienza a sonar en mi reproductor, los cuerpos estudiantiles danzan frente a mis ojos, cruzan el pasillo de un lado a otro y entran en sus respectivas clases. Veo muchas personas pero no encuentro a nadie en particular. Muchos se abrazan como si no se hubieran visto por siglos, gritan demasiado. Algunos se reúnen en pequeños círculos, como si estuviesen en una danza frente a una fogata. Hay otros que, nerviosos, estrechan las manos con incomodidad al presentarse. Me parece tan ridículo el hecho de “hacer sociales”, como suelen llamarlo. Es un acto forzoso de compromiso con otra persona a compartir ciertos ritos, como el de pasarse los números de celulares, las cuentas de redes sociales y ese tipo de cosas, para al fin sentirse acompañados o menos solos durante un período de tiempo que suele ser bastante corto.

Claro que hay relaciones de amistad que sí perduran, pero en mi caso personal, nunca tuve amigos en el buen sentido de la palabra. Hubo personas con las que compartí ciertos ritos, como ir a ver una película, conversar e ir a tomar algo, pero casi siempre fueron hombres y todos pretendían otra cosa. Ninguno me gustaba tanto como para tener una relación que a su vez no fuera más que un anhelo constante cargado de ritos. Además, ¿cuál es el punto cuando todos los hombres a esta edad solo piensan en satisfacer sus necesidades sexuales? Y no digo que eso esté mal, es más, lo creo natural dentro de las necesidades humanas, después de todo somos animales, pero somos mucho más que solo un cuerpo. Apuesto a que, en su mayoría, los hombres de este instituto son más animales que humanos. Bah, no lo apuesto, lo afirmo.

Pensándolo bien, creo que tuve dos “amigas”, más bien compañeras mujeres, en toda mi vida: Hailey y Anna. Ambas relaciones duraron menos de un año. Me aburrían las cosas que a ellas las divertían, y a ellas no las divertía lo que a mí sí. Por ejemplo, preferían ir a una fiesta un viernes a la noche y yo, acostarme y mirar las estrellas en el jardín trasero de mi casa. Cuando les planteaba algo, lo que fuera, siempre discutíamos y terminábamos peleando. Y odio profundamente el drama femenino, lo desprecio con todas mis ganas, así que un día les dije que si no eran más simples lo nuestro no iba a funcionar; al fin y al cabo, mi orgullo se apresuraba demasiado al aceptar que un par de extrañas fueran llamadas “amigas”.

A partir de aquel día no hablo más con ellas. Desde que empezamos el secundario compartimos algunas clases, como las de literatura y de física, pero eso al parecer no cambia nuestros puntos de vista… si es que ellas tienen alguno.

Avanzo por el pasillo y freno al llegar a mi casillero. Lo abro después de unas cortas y típicas vacaciones de verano. El polvo hace que tenga ganas de estornudar pero me contengo. Guardo un par de libros para que mi mochila esté más liviana y aprovecho para sacar de ella el papel con las clases y los horarios anotados.

Doy un vistazo alrededor como acto reflejo, el pasillo ya está casi despoblado, veo un grupo de chicas y, entre ellas, distingo a Hailey. Está reunida a la manera fogata junto con los demás clones que se encuentran a su lado. Todas igualmente vestidas y casi con las mismas facciones. No sé cómo hacen, pero parece que la moda es “hacer sociales” con gente físicamente idéntica a uno. ¿O será parte de su ritual para pertenecer?

Noto que Hailey me observa y habla con las demás mientras cada una de ellas gira su cabeza para mirarme. ¿A todos les llama la atención la manera en que me visto? Quizá mi calzado de color lila pueda lucir algo extraño, pero ¿una falda a cuadros, medias negras y un buzo lila? ¿Qué tiene “fuera de lo común” eso? El pelo suelto, una mochila llena de pins, nada de otro planeta. Estoy un poco de­sabrigada y mojada, pero en fin…

Por más que el papel en mis manos sea mi principal objeto de atención, puedo sentir cómo me escanean de arriba abajo y de abajo arriba, procesando la información que conforma su idea de “Alexandra Goodman, la chica que viste de lila y no usa paraguas”. Debo admitir que estoy muy acostumbrada a ese tipo de escaneos. La gente suele observarme así a menudo.

Camino a paso ligero, al pasar a su lado las voces se hacen más y más fuertes, pero no logro distinguir ninguna palabra. La música siempre es de gran ayuda. Vuelvo a consultar mis horarios en el papel y me doy cuenta de que estoy llegando muy tarde en mi último primer día de clases. Me detengo al costado de una de las tantas puertas celestes para poder leer bien mientras me saco los auriculares.

—Disculpa…

Me sorprende una voz masculina con un tono bastante grave mientras me tocan educadamente el hombro. Es una voz muy calma. Podría ser tanto un profesor como un alumno. Si se trata de un alumno, apuesto a que no es de los que gritaban demasiado. Justo en el momento menos indicado, cuando ya estoy llegando veinte minutos tarde, alguien viene a pedirme ayuda. Genial. Definitivamente quiero mandarlo a él muy lejos.

Me doy vuelta casi de mala gana y de pronto quedo a unos pocos centímetros de esta persona que me observa directamente en los ojos.

—Perdón, no es mi intención molestarte. Solo ando medio perdido, ya sabes… soy nuevo aquí —me dice en tono de disculpa, pero aun así sonríe con aire relajado, como si el tiempo no nos apurara lo suficiente. Su acento… Claramente es extranjero. ¿Británico, quizá?

Lo observo. Es un poco más alto que yo, apenas unos centímetros. Está vestido con un abrigo largo y azul y sobre las solapas cae una bufanda a cuadros. Buena elección para un día frío como este. Tiene el pelo alborotado y un tanto afectado por la lluvia pero, a pesar de eso, parece peinado para dar esa impresión relajada que acompaña con una sonrisa perfecta como pocas. Algunas gotas permanecen en su abrigo. Registro todo esto en apenas dos segundos. De pronto me doy cuenta de que yo misma le estoy haciendo un escaneo a otra persona. Trago saliva.

—No pasa nada. ¿Qué quieres exactamente? —le pregunto y me doy cuenta de que mi voz suena un tanto estúpida, no solo por el tono sino por la manera en que hablo. ¿Por qué hablo como una estúpida?

Me observa sin sacar su mirada de mis ojos y ríe por lo bajo. Mierda. ¿He dicho algo estúpido además de hablar como una estúpida? Su tono educado contrasta definitivamente con su manera de actuar. ¿Por qué diablos se ríe? O quizá se ríe de mi acento. Bah, no creo ser la primera estadounidense con la que habla. Doy un vistazo a mi alrededor y vuelvo a enfrentar esta conversación tan poco común.

—¿Entonces…? —le pregunto, ya casi decidida a irme inmediatamente de allí.

—Disculpa, es que… —dice tratando de disimular su sonrisa, aunque no lo logra— me causó gracia el modo en que lo preguntaste. ¿Qué quiero? Muchas cosas, pero ¿qué quiero exactamente? Ufff…

Su manera de decir esas palabras hace que algo se encienda dentro de mí. Sí, definitivamente es británico. Ese maldito acento y el movimiento de sus manos son algo maravilloso, una coreografía perfectamente organizada. Me tranquilizo al saber que no se trata de mi forma de hablar.

—Mira, la verdad es que estoy llegando unos treinta minutos tarde, y si fuese cualquier día sinceramente no me molestaría, pero es el último primer día de clases, así que… ¿qué quieres… exactamente en estas… circunstancias? —le pregunto, procesando cada palabra para que no dé lugar a otras interpretaciones.

Lo miro con poca paciencia mientras sus ojos me atraviesan tratando de descifrar lo que dije, como si le hubiera dicho algo muy difícil de entender. Su mirada parece estar haciendo un escaneo, peor que eso, una fuerza penetrante que en este preciso momento me está poniendo un tanto incómoda.

—Último primer día… —repite con los ojos entrecerrados—. Eso sí que es nuevo. ¿Así que este también es tu último año? —me pregunta, y apoya su espalda contra un casillero.

Esta persona debe ser de las que “hacen sociales” con todo el mundo. ¿Esta será una forma de hacer sociales? No. Ni siquiera sé su nombre.

Mi expresión debe ser de importunidad, ya que enseguida sale de su posición relajada y se acomoda la mochila.

—Perdona, es verdad que llegas tarde. No te molesto más, le pregunto a otra persona —me dice en tono de disculpa. Con ese acento parece más arrepentido de lo que seguro está.

—No te preocupes, todo está… bien. De verdad —le digo e intento en lo posible mostrarme amigable—. Debo… irme. Pero espero que encuentres lo que estás buscando.

Me alejo de costado y trato de observarlo mientras camino por el pasillo.

—¡Yo también! —me responde después de una corta pausa. Me saluda con la mano y empieza a caminar hacia el lado opuesto. Lo espío sobre mis hombros. Camina tranquilo, silbando por el pasillo. Espero al menos dos segundos más y abro una de las puertas azules.

Al entrar noto que casi todos los bancos están ocupados, salvo algunos dispersos en el frente de la clase. Los alumnos giran sus cabezas cuando escuchan el sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí. El pizarrón está escrito con algoritmos y ecuaciones. ¿Es necesario empezar el primer día con estas cosas inútiles? Si pudiera no cursar materias exactas, lo haría. Odio los números tanto como “hacer sociales”… a veces incluso más.

Trato de situarme en el banco vacío más lejano, aunque eso signifique la tercera fila al medio. El profesor Willies, que estaba anotando cosas en el pizarrón, ahora deja de hacerlo para observarme con enojo detrás de esos gruesos cristales. Camino con mucha vergüenza hasta mi banco.

—Señorita Goodman, veo que comenzamos con las imprudencias ya desde el primer día.

Debo admitir que no mantengo buena relación con nadie de este instituto, salvo con la profesora Thompson, de Literatura, con el profesor Verni, de Arte, y con Sam, el encargado de mantenimiento. Ellos tres son los únicos a los que podría decirse que “extrañaré” al terminar este año. A los demás, como el profesor Willies o el profesor Sullivan de Matemáticas, no los extrañaré ni siquiera un poco, eso lo aseguro.

Willies siempre se queja de que escribo mis entregas y mis exámenes con color. No me gusta escribir con lapicera oscura o lápiz negro, me gusta tener mis cuadernos llenos de color y dibujos al margen. Una vez me amenazó con hablar con mis padres si no “entregaba los exámenes como es debido”. Seguramente pensó que “hablar con mis padres” era algo que me daría miedo, pero claro que no me molesta en absoluto. Además, mis padres están acostumbrados a venir a hablar con los profesores o con la directora, y no me preocupa que lo hagan. Muchos profesores me han amenazado con “hablar con mis padres”, bajarme las notas finales o dejarme después de hora a causa de ser “irrespetuosa” o “maleducada”.

Me escapo del aula desde que tengo memoria, al principio solo eran ausencias momentáneas de las clases más aburridas. Me escondía en el baño o en el cuarto de mantenimiento, así me hice amiga de Sam. Me descubrieron varias veces, pero al parecer le caigo bien al director, que siempre trata de defenderme. Saco buenas notas y no pueden echarme del instituto con la excusa de “no agradarles mi personalidad”, y el director sabe que le convengo para el estatus de la institución. Seleccionarme para las olimpíadas de idiomas y para las concursos literarios nacionales parece importarle más que hacer justicia. No me interesa recibir su ayuda, pero es gracioso ver la frustración de los profesores cuando no me reprimen “como deberían”. En el fondo, sé que las típicas amenazas de Willies o Sullivan son porque mi presencia simplemente les molesta.

—No tengo nada que discutirle al respecto, profesor Willies —respondo mientras saco mi cuaderno de la mochila.

Por su mirada, noto que mi comentario, así como todo lo que yo haga, le molestó. Si le respondía “Lo siento, profesor Willies”, también iba a molestarlo, y me hubiera respondido: “No digas lo siento si no lo sientes”, y yo le hubiera dicho: “Tiene razón… no lo siento”, y ahí habría empezado otra de las tantas discusiones. Si le dices la verdad a la gente, se enoja porque lo dices, y si le mientes, se enoja porque lo haces. La gente suele ser ilógica. Por eso es mejor evitar relaciones vacías que se sostienen en estúpidos estereotipos.

El profesor Willies me observa nervioso mientras se acomoda los anteojos y se sube el pantalón… como si subirlo más fuese posible.

La clase transcurre como cualquier otra y el día, también. La lluvia mantuvo el protagonismo, y al terminar la jornada estudiantil, decido volver caminando.

Antes de salir del instituto, noto que busco algo con la mirada. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se trata de ese misterioso chico del pelo desarreglado. Al no encontrarlo me decepciono un poco. No sé por qué, pues de haberlo visto no hubiera cambiado nada. No me habría acercado a él ni él a mí.

Antes de abandonar definitivamente el edificio me pongo la capucha de mi buzo y vuelvo a dar una mirada-escaneo panorámico, pero solo veo a los del equipo de fútbol que se encuentran con sus respectivas novias y a algunos estudiantes que charlan en grupo. Las copas de los árboles que rodean los laterales del instituto se tambalean un poco para los costados.

Salgo del techo de la entrada y me resigno mirando hacia arriba, dejando que algunas gotas me empapen la cara. El impacto frío que estas generan en mi piel me hace estremecer y me arraigo de esa sensación para volver a casa.

II

Bostezo y estiro todas las extremidades hasta que duelen. Un dolor sumamente agradable. ¿Qué día es? ¿Viernes? ¿Sábado? Martes, si ayer fue lunes… Pero ¿qué hora es? Observo el reloj de mi mesa de luz: las ocho. Mierda. Me quedé dormida.

Maldigo en voz alta y me visto en menos de un minuto sin pensar en lo que me estoy poniendo. Mientras desayuno jugo de naranja directo del envase y agarro algunas galletas de la alacena, me doy cuenta de que llevo puesta una remera de encaje blanca y una falda. Ojalá no haga frío porque ya no tengo tiempo para cambiarme.

Tomo el abrigo y subo a mi bicicleta. Pedaleo lo más rápido posible, procesando el hecho de que no llegaré a horario a una de las clases que más me gusta, Literatura. Creo que no fue una buena idea quedarme leyendo poesía hasta las cinco de la mañana. Claro, no estoy cansada porque dormí muchas horas, pero me molesta, es más, me frustra llegar tarde a las actividades que realmente no me quiero perder.

Me apuro en dejar la bicicleta atada en la entrada del instituto y corro muy rápido hasta la clase. Los pasillos están más vacíos que ayer y escucho voces de distintos profesores. Llego de memoria al aula de Literatura y no me molesto en mostrarme presentable. Apenas entro, veo a la profesora Thompson, que se pasea por el frente del salón con un libro y hace grandes movimientos con las manos, como siempre. Esta vez no me preocupo en pasar inadvertida y me quedo casi al fondo haciéndole gestos de perdón a la profesora. Ella me mira con felicidad, como si hubiera pensado que no asistiría a su clase, pero a su vez trata de mostrarse algo enojada por mi falta de puntualidad.

—Lo siento, lo siento, lo siento, realmente lo siento profesora Thompson. No fue mi intención llegar tarde —digo frustrada, sin sacarme aún la mochila de encima, y avanzo un poco hasta quedar en la mitad del aula.

—Otra vez… —dice Bobby, uno de esos alumnos que juegan al fútbol en el equipo del instituto, con quien comparto las mismas materias desde que tengo memoria y, a pesar de eso, nunca he cruzado palabra alguna.

Observo a mi alrededor y veo a un par de alumnos que se ríen. Puede ser considerado gracioso si notaron mi tardanza de ayer… ¿Serán las mismas personas?

La profesora Thompson luce particularmente impaciente. No es capaz de retar a nadie, ni de matar una mosca, pero sé que algo hará para castigarme.

—Vaya, vaya, señorita Goodman. Qué alegría verla de nuevo. —Me gusta pensar que solo sea alegría. Empiezo a buscar con la mirada algún banco vacío. —Pero… —dice la profesora Thompson mientras cierra el libro que tiene en sus manos y toma asiento detrás de su escritorio. “Pero”… siempre hay un “pero”… —Estábamos adentrándonos en el maravilloso mundo de la poesía, la rima y el sentimiento, antes de que usted interrumpiera la clase, por supuesto. Voy a pedirle que nos recite a todos alguna poesía… de memoria. Tómelo como un ejercicio y no como un castigo —me dice y me guiña el ojo disimuladamente.

A pesar de estar cerca de los cuarenta y cinco, tiene algunas actitudes juveniles, seguramente solo por el hecho de que es una apasionada por la literatura. Conociéndola, no se me ocurre otro motivo.

Así que de eso se trata. Ahora agradezco al universo por haberme quedado hasta tarde leyendo poesía. Lo más extraño fue que todo empezó cuando consultaba los datos biográficos de William Shakespeare en Internet, y eso me llevó a leer sus poemas, de ahí a una página de poesía y bueno… de ahí a leer poesías de autores latinos y europeos.

Sé que la profesora sabe cuánto amo la poesía, así que debo admitir que me gusta este castigo.

—¿Una cualquiera? —le pregunto mientras relajo mi cuerpo, hasta entonces tenso.

—Sí. La que usted quiera.

Miro las paredes amarillas del aula y concentro mis pensamientos en los conocimientos que absorbí la noche anterior. ¿Bécquer? ¿Baudelaire? ¿Hemingway? ¿O debería ser García Márquez?

No. Ya sé.

Me detengo un segundo pensando en aquel poema tan… tan todo. No creo que exista otra forma de describirlo, debo admitir que está entre mis preferidos.

La clase aguarda en silencio mi respuesta.

Tomo una pequeña bocanada de aire y observo un punto amarillo inmerso en aquella pared del frente del aula sin moverme de mi lugar.

—Quiero que sepas

una cosa.

Tú sabes cómo es esto:

si miro

la luna de cristal, la rama roja

del lento otoño en mi ventana,

si toco

junto al fuego

la impalpable ceniza

o el arrugado cuerpo de la leña,

todo me lleva a ti,

como si todo lo que existe,

aromas, luz, metales,

fueran pequeños barcos que navegan

hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,

si poco a poco dejas de quererme

dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto

me olvidas

no me busques,

que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco

el viento de banderas

que pasa por mi vida

y te decides

a dejarme a la orilla

del corazón en que tengo raíces,

piensa

que en ese día,

a esa hora

levantaré los brazos

y saldrán mis raíces

a buscar otra tierra.

Pero

si cada día,

cada hora

sientes que a mí estás destinada

con dulzura implacable.

Si cada día sube

una flor a tus labios a buscarme,

ay amor mío, ay mía,

en mí todo ese fuego se repite,

en mí nada se apaga ni se olvida,

mi amor se nutre de tu amor, amada,

y mientras vivas estará en tus brazos

sin salir de los míos.

De pronto me doy cuenta de que todo el tiempo, mientras recitaba la poesía y la imaginaba a través de esa pared amarilla, sintiéndola con fervor, los demás alumnos y la profesora Thompson me estaban escuchando. Y con demasiado asombro, al parecer, porque al volver en mí advierto que todos me miran boquiabiertos.

La profesora comienza a aplaudirme exageradamente, y los alumnos la imitan pero con mucha menos euforia. Qué vergüenza. ¿Por qué aplauden? Ni que la hubiera inventado, solo la recité.

—Neruda. Excelente opción, señorita Goodman —me dice con una gran sonrisa en el rostro mientras busco con la mirada algún lugar donde sentarme—. ¿Ven? Aprendan de su compañera. Eso es amor a la literatura, arte de entendimiento que todos ustedes deberían amar.

Mierda. Nada vacío al fondo. A menos que… un poco más adelante… el asiento del lado izquierdo en la cuarta fila, desocupado.

Mientras camino hacia allí, Thompson me apura para continuar con la clase. Me siento y descargo todo sobre el banco. Hoy también hace frío pero no tanto como ayer, me saco el abrigo y, al dar media vuelta para dejarlo sobre el respaldo, veo que el alumno sentado a mi lado es nada más y nada menos que el chico del pelo despeinado. Ya no lleva puesto un abrigo azul ni una bufanda a cuadros, ahora tiene una camisa de jean debajo de un buzo rojo y está un poco más peinado que ayer, pero aun así pienso que su look debe ser despeinado a propósito.

Lo miro disimuladamente. Trata de esconder su sonrisa con la mano derecha y toma apuntes con la izquierda. Me sonrojo un poco al pensar que quizá se ríe de la manera en que recité el poema. Quizá fue demasiado nerd de mi parte y eso no le gustó. Genial. Bien hecho, Alexandra.

—Y deben entregarlo en fecha, sin excepciones, ¿oyeron? Para la semana que viene quiero un trabajo por escrito contando los disparadores y las bibliografías que utilizaron para realizarlo. Tienen todo el año para la entrega final. Si no lo hacen, no tendrán aprobado el año de Literatura y, por ende, no podrán graduarse. Lo siento, pero son las reglas del instituto. Se los aviso con tiempo para que después no tengan excusas y para que empiecen a juntarse en equipo desde ahora —dice la profesora Thompson con un tono bastante amenazador para tratarse de ella.

¿De qué mierda está hablando? “Sin excepciones”, “no podrán graduarse”, “¡¿juntarse en equipo?!”… ¡¿Por qué?! Es tanto más fácil hacer todo sola. ¿Equipo de cuántos?, ¿tres?, ¿cinco?, ¿siete? Estoy empezando a desesperarme…

—Disculpe, profesora, sé que no estoy en posición alguna de hacerle preguntas, pero ¿equipo de cuántos estamos hablando? —digo e interrumpo lo que sea que esté diciendo.

—Tiene razón, Goodman. No está en posición alguna de hacerme preguntas. Cualquier duda que tenga, pregúntesela a su compañero de banco. El señor McOwen será nuevo en el país, pero llegó puntual. Y por favor, no vuelva a interrumpir la clase.

Perfecto. Ahora parece que a la profesora Thompson también le llegó la menopausia.

Estoy a punto de discutir con ella cuando la mano de McOwen —por lo visto así se apellida— me toma el brazo derecho lentamente, con mucho cuidado, como con miedo a sobresaltarme. El impacto que produce su cálida piel sobre la mía, fría, me hace estremecer hasta la médula. Una sensación extraña recorre mi cuerpo como si nunca nadie me hubiera tocado el brazo antes. Cierro los puños para tratar de contener esa sensación, no puedo dejarla notar por mucho que me guste. No enfrente de él.

Giro mi cabeza hacia la derecha para verle la cara.

La luz blanca que proviene de los tubos que cuelgan del techo ilumina su semblante de una forma angelical y, por primera vez, puedo observar con detenimiento sus facciones.

McOwen me mira con esa sonrisa pícara, al parecer característica de él, y me hace un gesto de “shhh” con el dedo posado en su boca. ¿Acaso no sabe hacer más que sonreír y peinarse con estilo despeinado y que eso luzca increíble a pesar de pasarse diez minutos enteros cada mañana para lograr ese efecto?

Lo estoy observando demasiado. La profesora Thompson sigue hablando y anotando cosas en el pizarrón.

Ahora miro al frente e intento respirar de nuevo.

“Vamos, Alexandra. Relájate. Inhala, exhala…”.

Listo. Ahora sí.

Giro otra vez hacia él y noto que me observa con la cabeza apoyada sobre su brazo derecho. Sonriendo. Mierda. ¿Cuánto tiempo estuvo así, mirándome? Seguro fueron menos de treinta segundos… ¿o más?

—Te noto un poco nerviosa. ¿Qué quieres exactamente? —me dice McOwen con su acento británico y perfecto, en voz baja, casi en susurros. Siento su cálido aliento sobre mi cara y trato de pensar con claridad, sin que se me entrecrucen y nublen los pensamientos.

Está jugando conmigo.

—¿En serio? ¿Traer un tema viejo a colación te parece la mejor manera de empezar una conversación? Puf… tan cliché —le respondo en voz baja siguiéndole el juego. Trato de esconder mi sonrisa y poso la mirada en mi cuaderno mientras copio lo que está escrito en el pizarrón.

McOwen me observa levantando las cejas pero sin dejar de sonreír, como si no esperara esa respuesta. Seguro está acostumbrado a otro trato por parte de las mujeres interesadas en su elocuente apariencia. Claro que, si pensó que eso sucedería conmigo, se equivocó completamente. Hace un gesto con las manos tratando de reprimir su sonrisa y apoya su espalda mientras se cruza de brazos.

Tomo un poco de aire para seguir hablando e interrumpo lo que él pretendía decir.

—Es como cuando le preguntas a alguien: “¿Cuál es tu color favorito?”. Primero, es una pregunt ...