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MáS ALLá DE LA REALIDAD

Magdalena Trimarchi  

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Fragmento

I

“Último año. Último año”, me repito para mis adentros y trato de desempañar con la manga de mi buzo aunque sea un minúsculo espacio de vidrio.

Ahora sí puedo distinguir los árboles que pasan rápido.

Planeaba ir al instituto en bicicleta como suelo hacer, pero a causa de la lluvia mamá se ofreció a llevarme en auto. Como siempre digo, “la lluvia nos hace buenos a todos”.

Cuando era niña, y a veces hasta un poco más grande, no me dejaban faltar a clase a no ser que fuera mi cumpleaños, que estuviera muy enferma o que lloviera mucho. La última opción era casi absurda, pero nunca la discutí, me gustaba faltar los días de lluvia, quedarme en la cama tapada hasta las narices y leer alguna novela o simplemente cerrar los ojos y escuchar discos enteros hasta emocionarme.

—Alexandra, ¡¿puedes escucharme aunque sea una vez en tu vida?! —dice mamá, que me observa por el espejo retrovisor y agita su mano libre en el aire.

Bajo el volumen de mi reproductor de música pero no me saco los auriculares.

Exagerada. Esa es la palabra que mejor le queda a mi mamá. Mis padres no son de los que quieren meterse en tu vida privada, es más, me dan mucho espacio, por suerte. Pero cuando se trata de un consejo de esos bien típicos de madre, ella siempre lo trae a colación. Y con más razón, el último primer día de instituto de mi vida.

Me sorprende que ya estemos a unas cinco cuadras y solo ahora quiera decirme algo. Falta poco para llegar, así que sonrío para mis adentros porque creo que no me dará ningún sermón. Eso espero.

—¿Puedes sacarte esos cosos de la cabeza mientras te hablo?

Parece molesta.

—Se llaman auriculares, mamá. Y te escucho perfectamente. No tengo la música encendida.

—Aun así, ¿puedes sacártelos? Por favor. Solo me tomará unos pocos segundos.

—¿Tanto te molesta? —le pregunto aún sin entenderla.

En realidad, nunca la entiendo. A veces simulo que lo hago pero solo para que no se ponga mal, y menos ahora que está con el tema de la menopausia.

Creo que solamente puedo fingir cuando se trata de ellos dos. Mi padrastro, George, mamá y yo nos mudamos a Beechmont, Louis­ville, Kentucky, cuando papá murió. Yo tenía unos cuatro años. Mamá decidió vivir en este mismísimo lugar tras conocer a George en uno de sus viajes al sur del país. Se casaron y los tres nos trasladamos a la ostentosa casa que ambos habían diseñado en las afueras de Beechmont. Supongo que debería llamarla hogar, pero me cuesta el alma fingir que me agrada todo lo que tengo que aceptar.

George es dueño de una gran empresa textil, así que el tema económico no fue ningún problema para mamá tras la muerte de mi otro padre, Thomas. De él, poseo pocos recuerdos. Me crié con George y él fue como mi verdadero padre. A veces llamo a mi padre por su nombre, por eso cada vez que le digo “papá”, a George parece agradarle mucho.

A decir verdad creo que tengo una relación más afianzada con él que con mamá. En la simplicidad parecemos entendernos y no nos enroscamos tanto como ella. Suelo actuar a mi manera, sin pensar las cosas dos veces, y eso parece no gustarles demasiado a algunos. En ese “algunos” entran tanto mamá como mis compañeros de instituto. Desconozco el motivo, pero me animo a decir que a casi nadie le gustan los impulsos. George siempre fue de las pocas personas que supo entenderme en esto.

Me aburre enormemente la rutina, nunca la sigo. Suelo pasar por alto algunas cosas o agregar otras, cambiarlas de lugar y probar cosas nuevas todo el tiempo.

—Siempre he aceptado como eres, y no es algo que me avergüence ni que desprecie, de ninguna manera. Es más, sabes que te quiero como a nadie en el mundo y debes saber que cuando te digo algo es porque te quiero y deseo lo mejor para tu vida.

¿Estaba hablando desde antes o recién comienza?

Sea como sea, a esa introducción apocalíptica le resta un conflicto apocalíptico. Ahí viene el “pero”, ya se acerca y…

—Pero…

Lo sabía.

—Debes saber que hay cosas tuyas, de tu personalidad, que dejo que las hagas aunque yo no esté ciento por ciento de acuerdo, como la manera en que te vistes, la manera en que manejas tus tiempos, tus ideas locas de que todo el mundo debería dejar el instituto y hacer arte, y bueno… quién sabe la cantidad de disparates más que tienes en tu mente.

Por “la manera en que manejas tus tiempos”, sé que se refiere a que prefiero dormir de día y hacer actividades de noche. Siempre disfruté más de los silencios y sucesos nocturnos que de los apuros y las pérdidas de tiempo diurnos. Y con respecto a lo del arte, es cierto. Creo que todos los seres humanos del mundo tienen imaginación y depende de cada uno el uso que le dé, a eso lo llamo “creatividad”. Algunos aceptan las reglas de la vida sin más, gente como mamá. Y otros vivimos y vemos la vida de otra manera. Nos cuestionamos las cosas, observamos los sucesos que pasan como películas en nuestra mente, escuchamos y sentimos más allá de la percepción.

Siempre me gustó la pintura, y me gustaría vivir pintando y no preocuparme por el dinero o las cosas que necesito para subsistir. Es algo a lo que deberé enfrentarme al terminar este año, esto de estar condenada a adaptarme al sistema, pero por ahora no quiero pensarlo. Por alguna razón no siento todavía ese futuro en mí.

—¿Entiendes lo que te digo? —me pregunta mamá casi a los gritos.

No me había dado cuenta de que ya estábamos en la esquina del instituto. Al parecer, estuvo hablando todo este tiempo y no escuché nada de lo que dijo. No le respondo y ella estaciona sin paciencia girando el volante hasta el tope. Trato de moverme para salir pero olvido que llevo puesto el cinturón de seguridad. Resoplo y me lo saco mientras mamá se da vuelta desde adelante, y quedamos ambas casi enfrentadas. Hay algo que la tensiona cada vez que está al volante, estoy segura de que tiene que ver con Thomas. Así como viajar en el asiento trasero no es una regla para mí pero siempre sucede igual.

Tiene el pelo más largo y lacio que el mío y lo luce siempre muy prolijo. En cambio, yo lo uso corto, me roza los hombros y siempre está bastante despeinado, con un corte un tanto desprolijo. Las pulseras que lleva puestas se mueven y hacen ruido al chocar entre sí, hasta cuando respira. Es casi imposible no notar su presencia. Esas pulseras son muy delatoras.

—Alexandra, quiero que este año sea especial para ti, quiero que sea único, que lo recuerdes el resto de tu vida. No dejes que las cosas malas entren en tu mente. Absorbe todas las cosas buenas, tantas como puedas. Llénate de experiencias como siempre lo has hecho hasta ahora, así cuando enfrentes el mundo y salgas de tu propio ambiente, con prudencia podrás lograr todo lo que te propones. Y sé que puedes. Confío en ti.

Se le escapa una lágrima y le tomo la mano entre las mías para tratar de tranquilizarla. Está exagerando de nuevo. Pero es una exageración agradable, por más que nuestros pensamientos difieran constantemente. Tengo miedo de perder algún día la fuerza para fingir y terminar en un loquero o, peor aún, transformarme en uno de ellos.

—¡Estás tan grande! ¡Mírate! —dice mamá, toda nostálgica, tomando mis manos con mucha fuerza.

Creo que ha sido suficiente amorío por hoy. La saludo y antes de bajar del auto me pongo los auriculares, subo la capucha de mi buzo y vuelvo a repetir para mis adentros: “Último año. Último año”, como algún tipo de ayuda psicológica.

—¡Suerte! —me grita después de bajar la ventanilla.

Le respondo con una media sonrisa, simulando cierta amabilidad mientras me alejo del auto.

Transformarme en uno de ellos… Muevo la cabeza en gesto de negación y avanzo.

Hace mucho frío. Es extraño pues estamos en verano, pero supongo que, si no tiene relación alguna con el calentamiento global, será porque después de tanto calor el cielo invariablemente explota. Al exceso le sigue siempre un estallido.

Me arrepiento de no haber traído más abrigo. La lluvia ya no cae con tanta fuerza pero empapa todo a su paso. Muchos luchan para cerrar sus paraguas en la puerta del instituto, otros se quejan mientras se sacuden algunas gotas de encima.

El Instituto Secundario de Beechmont no es una escuela conocida por su gran tamaño ni mucho menos. Es una construcción de pocos pisos y poc

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