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NADA ES SUFICIENTE

Lydia Carreras  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Javier salió de la vieja casa del barrio Pichincha, donde ensayaba el coro Casals. Sus miembros tenían un descanso de diez minutos antes de encarar la segunda parte, que terminaría a las nueve, pero su tarea como afinador ya había terminado. Se subió el cierre de la campera de cuero, se calzó la mochila en la espalda y montó su Jawa 550, plata y borgoña, reluciente. Casi corriendo, salió también Juan Carlos, el director del coro.

—Javier, esperá. Otra vez, gracias. Hoy los instrumentos sonaron como nunca. Para mí, hermano, esto no tiene precio.

—Pará, no exageres. A mí me encanta esto, ojalá me hubiera podido dedicar por completo. Así que, en realidad, casi, casi, yo tendría que pagarte a vos.

—Y bueno, ya que insistís, no me vendrían mal unos pesos —cabeceó Juan Carlos—. Querido, en serio, si no nos afinabas hoy el órgano, la cantata del sábado peligraba; así te lo digo. Un laburo de meses, por la canaleta. Y el punto es que si todo sale bien, la Municipalidad puede llegar a darnos casa propia para el coro, o por lo menos, un crédito blando. Para nosotros es tocar el cielo, ¿entendés? Y el tarado que debería estar acá, el afinador oficial que sí recibe un sueldito todos los meses, en marzo decidió que necesitaba un cambio y, ¡oh!, está paseando por la India, experimentando sonidos con cuencos de cuarzo… ¡hay que joderse!

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—¡¿Con qué?! —Javier explotó en una carcajada.

—Tal como lo oíste —Juan Carlos se unió a la risa—. Dice que va a descubrir otras dimensiones de la música y para eso debe liberar su espíritu de toda presión terrenal. Textual, no te exagero. No le dije nada a los chicos, porque algunos hacen un sacrificio importante para venir a los ensayos y no quiero que se desanimen. Gracias, en serio.

A la primera patada, la moto respondió con la suavidad de una máquina bien cuidada.

—¿A qué hora es el sábado? —preguntó Javier.

—Es a las cinco, pero bueno, la verdad, no es necesario. Con lo de hoy estamos hechos.

—Vengo para hacer los últimos ajustes. Y te digo más, voy el domingo al auditorio: se desafinan los instrumentos de tanto moverlos.

—No puedo creer que tenga tanta suerte —actuó Juan Carlos, llevándose la mano a la frente e inclinando la cabeza.

—Pero no es gratis.

—Amigo, lo que sea.

—La rubia. Con el celular me alcanza.

—¿Cuál rubia? —el otro arrimó la cabeza, interesado.

—La contralto de la derecha. Ojazos celestes. Pelo largo…

—Ahhh, Daniela Britos. El tonto te dicen.

—No me digas que tiene novio.

—Novio me parece que no, pero vas a tener que ponerte en la cola.

—Vos fijate.

Javier bajó el visor del casco y arrancó. Juan Carlos se quedó mirando cómo se alejaba y pensó: «Gran tipo».

Esa noche, Daniela salió del ensayo a las nueve y media y caminó un par de cuadras junto a las compañeras que tomaban el colectivo en la misma esquina. Mientras andaban, comentaban la presencia del nuevo asistente de Juan Carlos.

—Veintidós, veintitrés.

—No —dijo otra que tenía hermanos mayores—, veinticinco.

—¡Qué espalda!, ¡y esa remera que le marca todo! —describió una, con risa descarada.

—¿Y cuando se tiraba el pelo para atrás? Ufff, me mató —suspiró otra.

—Tranquilas todas —interrumpió la más bajita—: está con vos, Daniela.

—¡Daaale! No es mi target y no me interesa. Ahí viene mi colectivo.

Daniela calculó que llegaría a tiempo para cenar con su mamá, ducharse y darle una leída al capítulo de Economía Política para el día siguiente. Acostarse tarde no era lo usual, pero los martes y jueves hacía la excepción, porque cantar la llenaba de energía. En Estados Unidos, donde había vivido desde los dos hasta los once, había integrado el coro de la escuela, que además de visitar hospitales y residencias de ancianos, participaba en competencias intercolegiales. A pesar de que cuando empezó tenía apenas nueve, aprendió rápido a cantar por fonética en cuatro idiomas, a apoyarse en la mirada del director y a sentirse cómoda frente al público. Por eso, apenas se acomodaron en la Argentina, su madre dedicó tiempo a elegir un buen coro. Hoy, con dieciséis años, y sabía que cantar era una de sus mayores pasiones.

Tenía lindos recuerdos de Estados Unidos. Había hecho buenas amigas y había disfrutado de la escuela. Pero cuando estaba por terminar la primaria, su papá recibió una propuesta para regresar al país. Daniela con el tiempo se enteró de que sus padres analizaron la alternativa por largos meses, porque aunque los dos se sentían tentados de volver, aceptar significaba que Jorge debería viajar mucho dentro y fuera del país.

Ya instalados en Rosario, compraron una casa de dos plantas, jardín y quincho. La propiedad estaba sobre la calle Riobamba y bien podría haber tenido la mitad de los metros cuadrados, porque los Britos eran tres,y amigos, después de tanta ausencia, casi no quedaban; pero Jorge y Ángeles estaban entusiasmados. La familia de él –solo tíos y primos– vivía en San Martín de los Andes. Cielo, hermana de Ángeles y madrina de Daniela, sí vivía en Rosario y resultó de tremenda ayuda en esa época de adaptación general.

Al principio, Daniela creyó que no podría acomodarse nunca a la Argentina y pasaba todas las horas que no estaba en el colegio recostada en su habitación con la mirada vacía, fija en cualquier tipo de pantalla, que de esas no faltaban.

Durante las clases se acostumbró a poner los ojos en un punto y dejarlos allí; se mantenía ausente, aunque la maestra se acercara y la llamara por su nombre. Ese no era su lugar y quería que todos se enteraran de que estaba en contra de su voluntad. Otra estrategia que al principio desconcertó a las maestras era fingir por momentos que no entendía el español y arrancaba con disculpas en inglés, la barbilla temblando y los ojos inundados de lágrimas. En mitad de cualquiera de los dos actings, Daniela solía hacer un guiño a algunos de los compañeros, lo que desataba una risotada. Pero después de un tiempo, la escuela pidió ayuda a la familia. Las cosas no andaban bien y la conducta en general del grado «se estaba resintiendo seriamente», dijeron. La madre se apresuró a explicar que su hija pasaba por un problema de adaptación y que estaba recibiendo contención de la familia. Solo un poco más de paciencia, por favor, rogó.

En casa, le dijo con claridad que no regresarían a Estados Unidos y que estaban haciendo lo posible para que ella estuviera contenta.

—Pero lo que nunca vamos a permitir… nunca, entendeme, es que les faltes el respeto a las maestras. Así que basta con el jueguito de que no entendés castellano. ¿Oíste?

Daniela se levantó ofendida.

—¡¿Oíste?!

—¡Sí!

Eso duró seis meses y fue tía Cielo quién la sacó de allí –de su cuarto y del desasosiego–, después de varias charlas y paseos. Para cuando cumplió los doce, Daniela ya no cambiaba este país por ningún otro lugar en el mundo.

Con Anne, su mejor amiga de Estados Unidos, se mantenía en contacto diario, se llamaban por teléfono todos los fines de semana, se hablaban por Skype y hasta se visitaron tres veces. Dos viajó Anne y una, Daniela. El matrimonio Hudson también mantenía el vínculo con los Britos, aunque con más distancia. Anne y Daniela llegaron a pelearse vía Skype, a considerarse ofendidas por un malentendido, a aburrirse de hablar y a sentirse molestas por opiniones diferentes. Pero cada conflicto, en lugar de alejarlas, las hizo más amigas todavía. Eso sí, siempre hablaban en inglés, porque Anne nunca consiguió componer una frase decente en español.

CAPÍTULO 2

Yo no tenía chance. Ninguna. Y la primera razón, o la única, era que estaba convencido de que así era y actuaba de acuerdo con eso. Con Daniela íbamos a la misma escuela – aunque no al mismo curso yo era un año mayor–, salíamos a la misma hora y tomábamos el colectivo juntos en la esquina, porque vivíamos a dos cuadras uno del otro; y a pesar de todas esas coincidencias, nunca pude superar la idea de que no tenía ninguna posibilidad de tener algo con ella. Con los años y los reveses de la vida aprendí a encarar proyectos con el cincuenta por ciento de las «coincidencias» a mi favor y la estadística me dice que no es una mala ecuación.

Volviendo al colectivo, el trayecto duraba entre diecisiete y veintiún minutos, dependiendo del clima y del tránsito. Recuerdo que agradecía al cielo los piquetes callejeros o la señalización que indicaba arreglos de cañerías de gas o agua porque nos obligaba a dar un par de rodeos y eso podía llevarme a un paraíso de veinticinco minutos al lado de ella.

Me resulta gracioso todavía hoy, cuando pasaron tantos años, acordarme de que el colectivero me hacía el aguante porque, no sé cómo, se había dado cuenta de lo enganchado que estaba con ella. De lejos, el tipo veía si Daniela estaba o no en la esquina. Cuando ella se demoraba charlando (a propósito, creo yo), aflojaba la marcha desde mitad de cuadra, como para darle tiempo a llegar. Eran segundos de incertidumbre para mí que, de reojo, iba calculando los metros que faltaban y la charla que no se cortaba nunca. A veces, las amigas le avisaban que se le iba el colectivo –si lo perdía debería esperar otros veinte minutos– y otras veces le avisaba yo, con un gesto breve que debía verse casual dentro de lo posible, para no exponerme a las cargadas. Es cierto que también podía quedarme dando vueltas hasta que ella se decidiera, pero la costumbre era ir hasta la esquina con un grupo de compañeros y allí charlar un rato. Un par se fumaban un cigarrillo, arreglábamos para la tarde y después cada uno tomaba su colectivo. Cuando Daniela se demoraba mucho y yo no tenía más remedio que subir solo, el conductor, sin mirarme, se encogía un poco de hombros. ¿Y cómo se había dado cuenta el hombre? Bueno, supongo que yo era transparente en esa época, que él era un tipo grande, con mucho pavimento, y sentiría por mí alguna simpatía. O lástima, quién sabe. Una vez, para darle a Daniela un par de segundos más, a punto de subir, fingí tropezar con una baldosa. El plan original era dejar caer una agenda, pero erré el cálculo, se me cayeron varias carpetas y una se desarmó. Había un charco junto al cordón, claro, y algunas cosas se mojaron. Ella me vio, se acercó corriendo y me ayudó a levantar todo. El chofer esperó a que subiéramos con paciencia imperturbable y sin dejar de mirar al frente, las manos sobre el volante. Es probable que ese día entendiera que no solo me gustaba, sino que yo tenía adoración por esa chica. La verdad era que hacía dos años que estaba enamorado de ella. Guardé mucho tiempo aquellas hojas manchadas de barro.

CAPÍTULO 3

Javier consiguió el celular de Daniela porque Juan Carlos dejó la ficha sobre el piano, sin darse cuenta. Podría haberla llamado ese mismo día, pero prefirió ir despacio. Daniela no respondía a los mismos estímulos que las demás chicas. No sonreía tanto, no se ponía colorada si él la miraba, no tenía esos gestos instintivos y constantes de arreglarse el pelo detrás de la oreja o tirar del borde del sweater, era bastante contestadora y cuando terminaba el ensayo se iba enseguida. Así que había allí una mezcla turbadora de inocencia y determinación que lo confundía y lo entusiasmaba. Con toda seguridad, esa chica no se subiría a su moto a la primera invitación y, si la llamaba por teléfono, iba a preguntar de dónde había sacado el número. Mientras tanto, ofreció sus servicios hasta que regresara de su peregrinación por la India el afinador titular. Juan Carlos, agradecido por su buena suerte, observaba con simpatía el prudente cortejo.

El último martes de un mayo otoñal, a las nueve de la noche, a Javier la oportunidad le fue servida en bandeja de plata. Y en forma de lluvia torrencial.

Cuando salió a la calle, quedaba solo Daniela.

—Yo me voy a tomar un taxi. ¿Vos para dónde vas? —ofreció Javier.

—¿Y la moto? —preguntó ella, mientras pensaba la respuesta.

—Vine sin moto hoy, porque me imaginé esto.

En ese momento salió Juan Carlos.

—¡Qué lluvia, por favor! Justo ahora. ¿La alcanzás, Javier? Vive a cinco cuadras de 27 de Febrero.

—Sí, sobre Riobamba —aclaró ella, más segura con la presencia del director.

Pidieron dos radiotaxis, con esa lluvia iba a ser difícil conseguir un auto libre en la calle. Uno de los coches sería para Juan Carlos, que vivía en Alberdi, y otro para Javier y Daniela.

No hablaron mucho, porque el trayecto era corto y ella estaba más bien tensa, un poco mojada y ni hablar de incómoda. Además, su mamá la llamó para preguntarle dónde estaba y si volvía con alguien. Pero corto y todo, sirvió. Abrió una puerta, dejó una sencilla conversación pendiente, un intercambio de sonrisas y un «muchas gracias, nos vemos el jueves». Javier se felicitó por la paciencia. Se demoró tres ensayos más para invitarla a tomar un café.

Y aún así, Daniela lo miró sorprendida. O simuló, porque pocas veces las mujeres no advierten cuando un varón busca el momento para el abordaje. Es un juego milenario pero sencillo, hecho de reglas no escritas, fáciles de modificar sobre la marcha y en el que todas las improvisaciones son válidas. El lenguaje es universal y no necesita de palabras porque gestos, miradas, suspiros, aromas, roces, silencios, todo es útil y, bien usado, le permite a cada jugador derribar fortalezas en un instante.

—Acá nomás, a la vuelta, después te acompaño al colectivo —ofreció él—. Hay un bar muy lindo.

—Bueno, tengo un ratito —aceptó ella—. Esperá que aviso.

El bar era más que lindo, pero ya estaba bajo los efectos de un jueves por la noche. Mucha gente, mucho ruido, mucha risa.

—Vení, vamos a media cuadra por avenida Francia, al pub de unos amigos; es más tranquilo, acá no vamos a poder charlar —dijo Javier y la agarró de la mano para salir.

Los recibió un ambiente tibio, de buena acústica y música suave. Se sentaron junto a la ventana de cara a la avenida. «No te apartes de mí», cantado por Vicentico y Valeria Bertuccelli, creó el clima para una charla suel ...