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NAHIR

Mauro Szeta   Mauro Fulco  

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Fragmento

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A Titi y Matu, por toda la eternidad.

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A Lu, como siempre desde siempre.

MAURO FULCO

A Clari, por su paciencia y tolerancia.

Gracias a los compañeros por aguantar
mi vorágine y adrenalina descomedida.

MAURO SZETA

INTRODUCCIÓN
Los fantasmas de una noche fatal

Una parejita adolescente se dirige con rumbo incierto por las calles de una ciudad inmóvil a bordo de un ciclomotor un tanto desvencijado. Pasean, o al menos eso es lo que piensa uno de ellos dos. El otro se mastica los nervios. Cocina en su mente los detalles más macabros de su plan. El hombre está a cargo del volante, la mujer lo abraza. Es el abrazo más mortífero que dará jamás.

Es de madrugada, y el calor de fin de año agobia. La brisa del río apenas les permite respirar. Los cascos se pegotean a las sienes. Hace instantes nada más se abandonaban al éxtasis en la cama de ella. Como tantas otras veces, pasión en medio de la noche. Jóvenes y bellos, Nahir Galarza y Fernando Pastorizzo se entregaban el uno al otro. Se devoraban. Y después peleaban. Era una mecánica conocida en esa pareja. Amor, sexo, decepción y pelea.

Momentos más tarde viajan sobre dos ruedas. Confiado y satisfecho él. Ella, tal vez algo ausente. Por fuera, calma, pero su mente es un hervidero. La arquitectura de su obra pergeñada en la más absoluta tiniebla llega a su fin. Se lo pasa rumiando una y otra vez la forma en que concretará su anhelo, una acción que modificará la vida de ambos para siempre. Después de esta noche, nada será igual.

Ante la insistencia de ella, él se desvía. Lo hace salir de la avenida hacia un callejón de tierra. A cincuenta metros, la casa de su abuela. Él —por supuesto— accede. Aquella zona no pertenece a su cotidianidad, pero tampoco le resulta desconocida. Al fin y al cabo es parte del entramado urbano de Gualeguaychú, a menos de quince cuadras del río y a apenas cincuenta metros de una de las arterias principales.

De pronto, el estallido. Pudo haber sido un petardo navideño. Pero no. La quemazón y el ardor comenzaron a subirle por el cuerpo. Ella, su novia, la mujer con la que había compartido cuatro años de tortuosa relación, lo mira con ojos vacíos.

Caen de la moto, y él queda debajo de la carrocería, con una pierna aprisionada y un disparo en la espalda. Ella sigue mirándolo, no le quita los ojos de encima, como si quisiera absorberle el alma con la mirada. Acerca su cara a la de él. Lo inspecciona. Desde abajo, él puede respirar la adrenalina de ella. Se impregna de su olor.

Tanta fue la sorpresa de Pastorizzo que no atinó siquiera a levantar la mano para defenderse, ni tuvo tiempo para el acto reflejo de estirar el brazo. Hasta los perros apaleados se preparan para recibir un impacto. Pero ella no le dio tiempo.

Él intentó tapar el hueco que le provocó el balazo, detener la hemorragia, saber qué pasaba. Con la mano manchada de sangre podía sentir cómo la vida se le escurría. Sabía que estaba por morir. Y ella no dejaba de mirarlo. Cada vez más cerca. Cara a cara.

El plan no podía fallar. No había lugar para errores ni cavilaciones. Si él sobrevivía, ella estaría en serios problemas. Primero ante su papá, ese recio policía de presencia todopoderosa en su vida; luego, ante la ley. Por ese motivo decidió que un disparo no era suficiente. Y lo remató.

Ella, que había aprendido a manipular armas a los 14 años, alejó su brazo a cincuenta centímetros y volvió a apretar el gatillo. Esta vez fue la definitiva. Fernando, su novio, murió en ese mismo momento sin entender qué fue lo que pasó, sin comprender por qué aquella mujer con la que acababa de amarse lo ejecutaba a sangre fría una calurosa madrugada de diciembre.

La chica, que tenía todo calculado, se agachó al lado del cadáver, un cuerpo que aún permanecía tibio. Recogió una de las vainas y percibió un ruido inesperado seguido de una luz sorpresiva. No era hora ni lugar para que nadie transitara por aquella callejuela. Tragó saliva y deseó que fuera un gato o el reflejo de una estrella fugaz. Pero no era nada de eso.

Cuando corroboró que se acercaba un Fiat Uno, sintió que todo se derrumbaba. Maldijo para sus entrañas y apuró su huida. No estaba previsto que ese maldito remise llevara a una pasajera a aquel apartado lugar. Por un instante se le cruzó que debía ultimarlos a todos. No podía dejar testigos. No debía dejarlos. Matarlos era una opción.

Descartó la idea del asesinato a mansalva y decidió huir antes de lo previsto, aunque eso significara un error fatal. Al irse tan rápido olvidó una de las vainas al lado del cuerpo, lo que podía llevar a que rastrearan el arma y dieran con la verdadera culpable. Con ella. Es cierto, a veces los partidos se ganan o se pierden por los detalles.

El chofer vio a un pibe debajo de una moto y se bajó a ayudar. El alcohol y el manejo nunca se llevan bien. Por eso pensó que se trataba de algún borrachín que volvía a corroborar esa máxima. Y su memoria no lo traicionó: recordó haber visto a dos personas allí. Reflexionó —no sin cierta bronca— que los jóvenes de hoy habían perdido todos los códigos: nadie abandona a un compañero de correrías porque se cayó de la moto. Al menos en su juventud era así.

A pesar de la escasa visibilidad comprobó que el tema era más grave: al pibe tirado sobre el pasto le brotaba sangre por la boca y una lágrima roja le caía del ojo. Lenta, se desprendía como sin querer, como arrebatada. Decidió llamar a emergencias y dar cuenta de la situación. Hasta el momento, un accidente grave.

Mientras esto ocurría, ella volvía a su casa. Cabeza gacha, paso acelerado, respiración agitada. Acababa de matar a su novio; acababa de matar —también— su vida tal como era hasta ese momento. A partir de ahora, una existencia nueva: era una asesina.

Al llegar al hogar, geografía conocida. La Costanera, el río, los boliches, paisajes repetidos. Se cruza con el vecino de enfrente, ese con el que también tuvo un romance. Como el chico está con su novia, los dos juegan a hacerse los desentendidos.

La ven ingresar con una plácida sonrisa en la cara. Está como más ligera, como si lo que acababa de hacer conllevara un peso intolerable para su diminuta humanidad. Y ya estaba finiquitado.

Pasa por la cocina y deposita el arma en su lugar habitual, arriba de la heladera. Aquella pistola está allí para tenerla a mano. Su padre teme un atentado en su contra y, en ese caso, quiere tener la chance de contraatacar con velocidad. Pero nada de esto ocurre, ni una agresión ni un ataque. Lo que sí sucede mientras él duerme es que su hija mayor le roba el arma y la utiliza para asesinar a su novio.

La joven se lava las manos con frenesí. Quiere borrar cualquier vestigio de pólvora. Acaba de matar; se dirige a su habitación y se acuesta en la cama. Es la calma después de la tempestad.

Su cerebro necesita frenar. Pero no puede. Rememora en flashes todo lo acontecido. El placer sexual, el viaje en moto, el viento en la cara, el gatillo, la respiración entrecortada de él, la sangre espesa que le brota del pecho y de la boca, ese maldito ...