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NAPALPí

Gabriela Exilart  

5


Fragmento

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Para Inés Maidana, mi hada del norte

PRIMERA PARTE

Nunca el viento me trajo el perfume de las flores. El viento siempre me anticipó tragedias. Los cuervos no volaban, estaban comiendo de los muertos.

CAPÍTULO 1

Buenos Aires, noviembre de 1922

Estaban durmiendo cuando sintió el olor. Al principio Carola creyó que soñaba, pero enseguida percibió algo extraño en el ambiente y despertó a Antonio.

Al abrir la puerta del dormitorio las llamas subían por las cortinas del comedor y el fuego se expandía por todo el lugar.

—¡Guido! —gritó mientras sufría la falta de oxígeno.

—Llévate al niño, yo buscaré las cosas importantes.

La muchacha corrió hasta el camastro donde Guido dormía, ajeno en su inocencia a la desgracia que se cernía a su alrededor. Lo tomó en brazos a la vez que intentaba despertarlo, pero no lo consiguió. Lo sacó de la habitación y, al querer cruzar el corredor que comunicaba con la cocina, una llamarada le rozó los pies.

—¡Antonio! —llamó, pero no había señales de él.

Lenguas de fuego trepaban por las paredes y las chispas saltaban hacia todas partes. Divisó los muebles como fantasmas que apenas se sostenían en pie y no supo qué hacer. Era imposible atravesar el comedor para llegar a la puerta del frente. Solo le quedaba la parte trasera, que aún no estaba del todo encendida.

—¡Antonio! —repitió sin obtener respuesta.

Envolvió al niño con una de las mantas y con otra se cubrió la cabeza. Armada de coraje se lanzó al pasillo, iba descalza y el calor le mordió los pies. Llegó a la cocina con las plantas ardiendo, pero no se detuvo. Tomó agua en un recipiente y la arrojó al suelo con la esperanza de enfriarlo un poco.

Guido despertó y empezó a llorar, Carola miró hacia atrás y todo era rojo. No había señales de Antonio, solo se oía el crepitar de las llamas y el olor a quemado cada vez más intenso. De repente un aroma diferente se expandió por todo el sitio era dulzón, extraño, de carne quemada.

La muchacha intuyó lo peor y lloró.

No podía volver al corazón de la casa, donde el fuego reinaba. Tomó el picaporte, estaba hirviendo. Retiró la mano en medio de un grito de dolor. Buscó algo con que cubrírsela y abrió.

La recibió una calurosa noche, la luna llena auguraba un hermoso amanecer. Desde el patio vio cómo toda la construcción se iba quemando. Centímetro a centímetro, las llamas la devoraban.

Corrió alejándose del lugar hacia un terreno baldío hasta sentirse a salvo. Incapaz de reaccionar permaneció allí hasta que el techo se derrumbó y las paredes lo siguieron sepultándolo todo.

La sirena de los bomberos se dejó oír y las voces de los vecinos que se habían agolpado al frente de la vivienda la trajeron de vuelta a la realidad. La encontraron sentada sobre el pasto apretando contra su cuerpo al niño de ocho años, que continuaba llorando y gimiendo la muerte.

Cuando fue capaz de volver al presente, Carola se hallaba en la comisaría. La habían cubierto con un abrigo pese a que era verano; temblaba como hoja al viento.

—¿Dónde está el niño? —fue lo primero que dijo.

—Él está bien —respondió el uniformado—. Lo están revisando.

Un hombre de mayor rango ingresó en la oficina y se sentó frente a la mujer.

—Señora, necesitamos que nos cuente qué pasó.

—¿Qué ocurrió con Antonio? ¿Lograron rescatarlo?

El comisario le dio la fatal noticia y la mujer se desmoronó.

Le ofrecieron un vaso con agua como si con eso aliviaran su pena y aguardaron un rato antes de seguir con el interrogatorio.

—Señora, necesitamos saber qué ocurrió.

Como en trance, Carola relató lo sucedido, que no era mucho. Después le hicieron más y más preguntas que no fue capaz de responder. La pena por la muerte de Antonio era demasiado grande. No importaba nada más, ni siquiera el niño, que estaba en la salita contigua.

Las horas pasaron y el amanecer se convirtió en un bello día de verano. El aire aún olía a quemado pese a que la comisaría estaba alejada del fatídico domicilio, pero Carola seguiría oliendo a muerte por el resto de su vida.

—¿A dónde va a ir?

De repente la muchacha tomó conciencia de su orfandad: no tenía a nadie. Ni familia ni amigos. Sus viejas relaciones se habían perdido en el camino de su matrimonio. Y Antonio solo se rodeaba de compañeros de ocasión, sin vínculos consolidados. Estaba sola. Sola con el niño.

—No lo sé…

El comisario frunció el gesto.

—¿Nadie que pueda alojarla, al menos hasta que mejore su situación?

Carola cayó en la cuenta de que no había manera de mejorar la situación. Carecía de trabajo o ahorros; todo giraba alrededor de Antonio, quien en los últimos tiempos se había comportado de manera irresponsable. Muerto él tampoco habría ingresos de su salario.

—¿Señora? —repitió el policía.

Ella volvió a negar y el hombre pronunció las temidas palabras:

—Aquí no puede quedarse, señora, tendrá que buscar un lugar.

CAPÍTULO 2

Sábado 19 de julio de 1924. Reducción de Napalpí, Chaco

Me despertó el ruido del motor, un sonido poco habitual en el medio del monte. Abrí los ojos con pereza, todavía me aletargaba el efecto de las bebidas de la noche anterior. Nunca iba a acostumbrarme al jugo de la algarroba que los aborígenes llamaban “kapa”. Siempre que bebía, terminaba mareada.

Los niños aún dormían en sus cueros. Lila ya no estaba. Supe enseguida que un avión nos sobrevolaba y decidí salir. Ni bien descorrí la cortina vi el cielo soleado pese a que estaba algo fresco. Debía ser temprano. Lila se hallaba de pie frente al toldo mirando el firmamento.

—Es el cuervo blanco —me dijo, señalando el aeroplano.

Sonreí. Cuervo blanco. Los qom todo lo relacionaban con la naturaleza. En eso empezaron los disparos: secos, cerrados, incomprensibles. Miré hacia arriba sin tener conciencia del peligro, y vi a un hombre con anteojos oscuros disparando su carabina desde la cabina del avión. Él también sonreía. A mi alrededor algunos aborígenes que continuaban los festejos de la víspera se asomaron al campo sin advertir el acecho de la policía agazapada. Empezaron a caer al ritmo feroz de la balacera.

Asustada ingresé en el toldo: había que sacar a los pequeños. Lila me siguió y con espanto sorteamos las balas que agujereaban el techo. Los niños no querían abandonar el sueño y tuvimos que zamarrearlos para hacerlos salir, sin saber que afuera sería peor. Desde el cielo “el cuervo blanco” lanzaba picotazos desesperados acabando con la vida. Nadie escapaba.

Alcé a Mario. Debía llevarlo con su padre, ¿dónde estaba? Sin pensar corrí con el niño hacia el monte y fue en ese momento cuando lo vi: Dante venía escapando en dirección a nosotros cuando una bala lo alcanzó. Cayó al suelo sin dejar de mirarnos, extendió la mano con sus últimas fuerzas y me indicó que me alejara. Fue un instante que viví como si fueran horas. Él debió advertir mi indecisión. No podía dejarlo ahí, herido de muerte. Con todas sus fuerzas Dante gritó “vete”.

Apreté al pequeño. Mis mejillas, húmedas de lágrimas y un sabor salobre en la boca. Lo miré por última vez: él seguía viéndonos, suplicándome que sacara a su hijo de aquella balacera. Obedecí y hui hacia el monte mientras familias enteras trataban de escapar de sus toldos arrastrando a niños y ancianos. Muchos quedaban en el camino regando la tierra con su sangre.

Gritos y más gritos. De los heridos y de los atacantes embravecidos ante tanta lujuria de muerte. Cuando desde al avión creyeron que no había peligro avanzó la tropa, que esperaba escondida en los límites del monte en forma de arco. Me tiré entre los matorrales. El pequeño gemía entre mis brazos, lo estaba apretando contra el suelo. La historia se repetía.

No era momento de avanzar: sería una muerte segura. Silencio le pedí en voz baja. Obedeció.

Mis ojos fueron testigos de la masacre que vino después. Pedro Maidana quiso repeler la agresión, pero un policía lo asesinó de un disparo sin darle tiempo a utilizar su arma. Las lágrimas me quemaban en los ojos al ver caer al líder de su pueblo. Mi cuerpo entero se convulsionó en sollozos, que tragó la tierra húmeda de sangre.

Como si esa muerte no fuera suficiente se ensañaron con su cadáver. Lo mutilaron arrancándole orejas, testículos y labio superior. El machete carmesí subía y bajaba con ferocidad.

No solo Pedro fue víctima de la vejación; ciegos de odio los soldados descuartizaban todo cuerpo caído sin distinguir entre hombres, mujeres, ancianos o niños. Se llevaban sus partes como trofeos. Cerré los ojos, no quería ver eso. Pensé en Dante y en su cuerpo mutilado… fue demasiado. Tuve que reprimir el vómito y esconder la cara contra la tierra que seguía temblando ante la matanza.

Gritos y aullidos de dolor y desesperación ascendían al aire en una sinfonía macabra.

Me abracé al niño y permanecimos inmóviles, camuflándonos con la naturaleza. Ni siquiera respirábamos: debíamos volvernos invisibles. Quería saber qué había ocurrido con Lila y sus hermanos, los había perdido de vista en la espantada; necesitaba saber de mi querida Rosalía, de Rosa, de su madre, de Melitona… Pero no osé levantar la cabeza.

Sentía pasos, voces, gritos, aullidos, golpes; mis sentidos todos a flor de piel. Me fui con la cabeza tiempo atrás, busqué en mi pasado algo lindo a que aferrarme. Eran escasos los momentos de felicidad en mi haber. Por algo estaba allí, en medio de ese monte hostil y de vida sacrificada.

El olor del viento me recordó el ayer. Era un olor demasiado presente, demasiado denso en mi memoria. Era el olor de una nueva muerte, nauseabundo, agridulce, obsceno. Era el olor de la carne humana quemada.

Aun sabiendo que corría riesgo alcé la vista y por entre los yuyos vi las llamas; los pocos sobrevivientes que permanecían en los toldos eran calcinados, el humo más blanco que lo habitual me lo confirmó.

Algunos salían como muñecos envueltos en fuego, desgarrando su dolor en el aire, para terminar desplomándose en la tierra. Era tan macabra la visión que me desvanecí.

Cuando desperté la carnicería había terminado. Solo me rodeaba el olor a muerte y el silencio.

El pequeño, que yacía debajo de mi cuerpo, no se movía. Temí haberlo ahogado. Me desplacé con sigilo, si había alguien cerca podía estar en peligro. El pequeñín estaba morado, tieso. Lo zarandeé al borde de la locura hasta que abrió los ojos, esos ojos negros y achinados donde aún anidaba la inocencia. Lo cubrí de besos y miré a mi alrededor.

En el suelo montuno habían florecido muertos, amontonados unos sobre los otros. Cuerpos mutilados, custodiados por caranchos y buitres acechando desde las ramas.

Me puse de pie con dificultad; en la huida me había lastimado con espinas y ramas. Avancé unos pasos, endeble y mareada; Mario, de mi mano.

Busqué el sendero que me sacara del monte y un cuadro dantesco se desplegó ante mis ojos: e

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