Loading...

NAPALPí

Gabriela Exilart  

5


Fragmento

SÍGUENOS EN
Megustaleer

Facebook @Ebooks        

Twitter @megustaleerarg  

Instagram @megustaleerarg  

Penguin Random House

Para Inés Maidana, mi hada del norte

PRIMERA PARTE

Nunca el viento me trajo el perfume de las flores. El viento siempre me anticipó tragedias. Los cuervos no volaban, estaban comiendo de los muertos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

CAPÍTULO 1

Buenos Aires, noviembre de 1922

Estaban durmiendo cuando sintió el olor. Al principio Carola creyó que soñaba, pero enseguida percibió algo extraño en el ambiente y despertó a Antonio.

Al abrir la puerta del dormitorio las llamas subían por las cortinas del comedor y el fuego se expandía por todo el lugar.

—¡Guido! —gritó mientras sufría la falta de oxígeno.

—Llévate al niño, yo buscaré las cosas importantes.

La muchacha corrió hasta el camastro donde Guido dormía, ajeno en su inocencia a la desgracia que se cernía a su alrededor. Lo tomó en brazos a la vez que intentaba despertarlo, pero no lo consiguió. Lo sacó de la habitación y, al querer cruzar el corredor que comunicaba con la cocina, una llamarada le rozó los pies.

—¡Antonio! —llamó, pero no había señales de él.

Lenguas de fuego trepaban por las paredes y las chispas saltaban hacia todas partes. Divisó los muebles como fantasmas que apenas se sostenían en pie y no supo qué hacer. Era imposible atravesar el comedor para llegar a la puerta del frente. Solo le quedaba la parte trasera, que aún no estaba del todo encendida.

—¡Antonio! —repitió sin obtener respuesta.

Envolvió al niño con una de las mantas y con otra se cubrió la cabeza. Armada de coraje se lanzó al pasillo, iba descalza y el calor le mordió los pies. Llegó a la cocina con las plantas ardiendo, pero no se detuvo. Tomó agua en un recipiente y la arrojó al suelo con la esperanza de enfriarlo un poco.

Guido despertó y empezó a llorar, Carola miró hacia atrás y todo era rojo. No había señales de Antonio, solo se oía el crepitar de las llamas y el olor a quemado cada vez más intenso. De repente un aroma diferente se expandió por todo el sitio era dulzón, extraño, de carne quemada.

La muchacha intuyó lo peor y lloró.

No podía volver al corazón de la casa, donde el fuego reinaba. Tomó el picaporte, estaba hirviendo. Retiró la mano en medio de un grito de dolor. Buscó algo con que cubrírsela y abrió.

La recibió una calurosa noche, la luna llena auguraba un hermoso amanecer. Desde el patio vio cómo toda la construcción se iba quemando. Centímetro a centímetro, las llamas la devoraban.

Corrió alejándose del lugar hacia un terreno baldío hasta sentirse a salvo. Incapaz de reaccionar permaneció allí hasta que el techo se derrumbó y las paredes lo siguieron sepultándolo todo.

La sirena de los bomberos se dejó oír y las voces de los vecinos que se habían agolpado al frente de la vivienda la trajeron de vuelta a la realidad. La encontraron sentada sobre el pasto apretando contra su cuerpo al niño de ocho años, que continuaba llorando y gimiendo la muerte.

Cuando fue capaz de volver al presente, Carola se hallaba en la comisaría. La habían cubierto con un abrigo pese a que era verano; temblaba como hoja al viento.

—¿Dónde está el niño? —fue lo primero que dijo.

—Él está bien —respondió el uniformado—. Lo están revisando.

Un hombre de mayor rango ingresó en la oficina y se sentó frente a la mujer.

—Señora, necesitamos que nos cuente qué pasó.

—¿Qué ocurrió con Antonio? ¿Lograron rescatarlo?

El comisario le dio la fatal noticia y la mujer se desmoronó.

Le ofrecieron un vaso con agua como si con eso aliviaran su pena y aguardaron un rato antes de seguir con el interrogatorio.

—Señora, necesitamos saber qué ocurrió.

Como en trance, Carola relató lo sucedido, que no era mucho. Después le hicieron más y más preguntas que no fue capaz de responder. La pena por la muerte de Antonio era demasiado grande. No importaba nada más, ni siquiera el niño, que estaba en la salita contigua.

Las horas pasaron y el amanecer se convirtió en un bello día de verano. El aire aún olía a quemado pese a que la comisaría estaba alejada del fatídico domicilio, pero Carola seguiría oliendo a muerte por el resto de su vida.

—¿A dónde va a ir?

De repente la muchacha tomó conciencia de su orfandad: no tenía a nadie. Ni familia ni amigos. Sus viejas relaciones se habían perdido en el camino de su matrimonio. Y Antonio solo se rodeaba de compañeros de ocasión, sin vínculos consolidados. Estaba sola. Sola con el niño.

—No lo sé…

El comisario frunció el gesto.

—¿Nadie que pueda alojarla, al menos hasta que mejore su situación?

Carola cayó en la cuenta de que no había manera de mejorar la situación. Carecía de trabajo o ahorros; todo giraba alrededor de Antonio, quien en los últimos tiempos se había comportado de manera irresponsable. Muerto él tampoco habría ingresos de su salario.

—¿Señora? —repitió el policía.

Ella volvió a negar y el hombre pronunció las temidas palabras:

—Aquí no puede quedarse, señora, tendrá que buscar un lugar.

CAPÍTULO 2

Sábado 19 de julio de 1924. Reducción de Napalpí, Chaco

Me despertó el ruido del motor, un sonido poco habitual en el medio del monte. Abrí los ojos con pereza, todavía me aletargaba el efecto de las bebidas de la noche anterior. Nunca iba a acostumbrarme al jugo de la algarroba que los aborígenes llamaban “kapa”. Siempre que bebía, terminaba mareada.

Los niños aún dormían en sus cueros. Lila ya no estaba. Supe enseguida que un avión nos sobrevolaba y decidí salir. Ni bien descorrí la cortina vi el cielo soleado pese a que estaba algo fresco. Debía ser temprano. Lila se hallaba de pie frente al toldo mirando el firmamento.

—Es el cuervo blanco —me dijo, señalando el aeroplano.

Sonreí. Cuervo blanco. Los qom todo lo relacionaban con la naturaleza. En eso empezaron los disparos: secos, cerrados, incomprensibles. Miré hacia arriba sin tener conciencia del peligro, y vi a un hombre con anteojos oscuros disparando su carabina desde la cabina del avión. Él también sonreía. A mi alrededor algunos aborígenes que continuaban los festejos de la víspera se asomaron al campo sin advertir el acecho de la policía agazapada. Empezaron a caer al ritmo feroz de la balacera.

Asustada ingresé en el toldo: había que sacar a los pequeños. Lila me siguió y con espanto sorteamos las balas que agujereaban el techo. Los niños no querían abandonar el sueño y tuvimos que zamarrearlos para hacerlos salir, sin saber que afuera sería peor. Desde el cielo “el cuervo blanco” lanzaba picotazos desesperados acabando con la vida. Nadie escapaba.

Alcé a Mario. Debía llevarlo con su padre, ¿dónde estaba? Sin pensar corrí con el niño hacia el monte y fue en ese momento cuando lo vi: Dante venía escapando en dirección a nosotros cuando una bala lo alcanzó. Cayó al suelo sin dejar de mirarnos, extendió la mano con sus últimas fuerzas y me indicó que me alejara. Fue un instante que viví como si fueran horas. Él debió advertir mi indecisión. No podía dejarlo ahí, herido de muerte. Con todas sus fuerzas Dante gritó “vete”.

Apreté al pequeño. Mis mejillas, húmedas de lágrimas y un sabor salobre en la boca. Lo miré por última vez: él seguía viéndonos, suplicándome que sacara a su hijo de aquella balacera. Obedecí y hui hacia el monte mientras familias enteras trataban de escapar de sus toldos arrastrando a niños y ancianos. Muchos quedaban en el camino regando la tierra con su sangre.

Gritos y más gritos. De los heridos y de los atacantes embravecidos ante tanta lujuria de muerte. Cuando desde al avión creyeron que no había peligro avanzó la tropa, que esperaba escondida en los límites del monte en forma de arco. Me tiré entre los matorrales. El pequeño gemía entre mis brazos, lo estaba apretando contra el suelo. La historia se repetía.

No era momento de avanzar: sería una muerte segura. Silencio le pedí en voz baja. Obedeció.

Mis ojos fueron testigos de la masacre que vino después. Pedro Maidana quiso repeler la agresión, pero un policía lo asesinó de un disparo sin darle tiempo a utilizar su arma. Las lágrimas me quemaban en los ojos al ver caer al líder de su pueblo. Mi cuerpo entero se convulsionó en sollozos, que tragó la tierra húmeda de sangre.

Como si esa muerte no fuera suficiente se ensañaron con su cadáver. Lo mutilaron arrancándole orejas, testículos y labio superior. El machete carmesí subía y bajaba con ferocidad.

No solo Pedro fue víctima de la vejación; ciegos de odio los soldados descuartizaban todo cuerpo caído sin distinguir entre hombres, mujeres, ancianos o niños. Se llevaban sus partes como trofeos. Cerré los ojos, no quería ver eso. Pensé en Dante y en su cuerpo mutilado… fue demasiado. Tuve que reprimir el vómito y esconder la cara contra la tierra que seguía temblando ante la matanza.

Gritos y aullidos de dolor y desesperación ascendían al aire en una sinfonía macabra.

Me abracé al niño y permanecimos inmóviles, camuflándonos con la naturaleza. Ni siquiera respirábamos: debíamos volvernos invisibles. Quería saber qué había ocurrido con Lila y sus hermanos, los había perdido de vista en la espantada; necesitaba saber de mi querida Rosalía, de Rosa, de su madre, de Melitona… Pero no osé levantar la cabeza.

Sentía pasos, voces, gritos, aullidos, golpes; mis sentidos todos a flor de piel. Me fui con la cabeza tiempo atrás, busqué en mi pasado algo lindo a que aferrarme. Eran escasos los momentos de felicidad en mi haber. Por algo estaba allí, en medio de ese monte hostil y de vida sacrificada.

El olor del viento me recordó el ayer. Era un olor demasiado presente, demasiado denso en mi memoria. Era el olor de una nueva muerte, nauseabundo, agridulce, obsceno. Era el olor de la carne humana quemada.

Aun sabiendo que corría riesgo alcé la vista y por entre los yuyos vi las llamas; los pocos sobrevivientes que permanecían en los toldos eran calcinados, el humo más blanco que lo habitual me lo confirmó.

Algunos salían como muñecos envueltos en fuego, desgarrando su dolor en el aire, para terminar desplomándose en la tierra. Era tan macabra la visión que me desvanecí.

Cuando desperté la carnicería había terminado. Solo me rodeaba el olor a muerte y el silencio.

El pequeño, que yacía debajo de mi cuerpo, no se movía. Temí haberlo ahogado. Me desplacé con sigilo, si había alguien cerca podía estar en peligro. El pequeñín estaba morado, tieso. Lo zarandeé al borde de la locura hasta que abrió los ojos, esos ojos negros y achinados donde aún anidaba la inocencia. Lo cubrí de besos y miré a mi alrededor.

En el suelo montuno habían florecido muertos, amontonados unos sobre los otros. Cuerpos mutilados, custodiados por caranchos y buitres acechando desde las ramas.

Me puse de pie con dificultad; en la huida me había lastimado con espinas y ramas. Avancé unos pasos, endeble y mareada; Mario, de mi mano.

Busqué el sendero que me sacara del monte y un cuadro dantesco se desplegó ante mis ojos: empalados, los cadáveres se erguían en la tierra roja; sutil advertencia para los sobrevivientes si es que los había. Me doblé en dos y vomité lo poco que tenía en el alma. Caí de rodillas, vencida. Quise morir.

CAPÍTULO 3

Buenos Aires, noviembre de 1922

Hacía una semana que la casa había quedado reducida a cenizas. Carola y Guido habían necesitado de la caridad ajena, y habían pernoctado aquí y allá sin más pertenencias que ropas prestadas y valijas de pena. Pero la situación era insostenible, tenía que hallar una solución.

Los trámites en el banco para percibir el último sueldo de Antonio seguían demorándose. Tenía que contratar a un abogado, pero carecía de dinero. Era un círculo del cual Carola no podía salir.

Dejó a Guido al cuidado de su anfitriona de turno, la esposa de uno de los oficiales de la comisaría donde había pasado los dos primeros días, y salió a buscar trabajo. Si lograba aunque más no fuera alguna casa para limpiar tal vez podría pagar una habitación. ¿Y el niño? ¿Quién daría trabajo a una mujer con un jovencito a cuestas?

Ya en la calle pasó por una vidriera y no se reconoció: había perdido varios kilos en esa semana aciaga y su cintura empezaba a perfilarse. En otro momento se hubiera sentido feliz, el sobrepeso había sido un gran problema para Carola. Pero no eran tiempos para ocuparse de la estética sino para salir adelante.

Con el corazón quebrado y el miedo ante la incertidumbre doblándole la espalda, recorrió negocios, hoteles y pensiones ofreciendo la fuerza de sus brazos para cualquier trabajo disponible. Pero al final del día no había logrado nada.

Después de caminar durante horas soportando zapatos prestados que no eran de su talla y le sacaban ampollas, decidió regresar. Sentía vergüenza aun cuando no fuera culpable de nada. No le gustaba vivir de la lástima ajena. Se recriminó el haber obedecido a Antonio abandonando sus proyectos, pero ya era tarde. No tenía nada, apenas conocimiento sin título.

Las llagas en los talones la obligaron a hacer un alto en su andar, se recostó contra la pared y se descalzó. El calor había menguado a esa hora, el sol se estaba ocultando y la gente volvía a sus casas, a sus afectos.

Cerró los ojos un instante y al abrirlos vio que no estaba sola. Un hombre trajeado de pie frente a ella la miraba amenazante.

Carola se alertó e irguió, pero el sujeto apoyó los brazos contra el muro, encerrándola.

—Tiene cinco días para pagarnos lo que nos debe —dijo con voz susurrada, muy cerca de su oído.

La muchacha se estremeció y alcanzó a responder:

—No sé de qué habla, debe estar confundido.

Una sonora carcajada se elevó en el aire antes de que sus dedos encerraran su garganta.

—No me tome el pelo, señora —masticó una a una sus palabras—. Antonio nos debía mucho y ahora es usted quien debe cancelar la deuda.

—¡Por favor! —gimió Carola. La estaba ahogando. El hombre aflojó la presión—. No sé de qué habla, se lo juro.

—¡No sabe de qué hablo! —El desconocido estaba furioso, se contenía para no golpearla—. Parece que el escarmiento no fue suficiente.

La muchacha abrió los ojos a más no poder, no comprendía lo que estaba oyendo, creía que todo era una confusión, pero el nombre de Antonio se interponía entre ellos.

—¿Qué quiere decir? —se animó a preguntar.

El sujeto pareció confundido, tal vez le creyera que ella no sabía nada.

—Antonio Mazzone nos debía una gran cantidad de dinero. ¿O acaso no conocía sus vicios?

Carola voló hacia atrás, a esas noches de frío invierno cuando él llegaba tarde, siempre de mal humor y sin explicaciones. A su mente acudió la visita de ese hombre el mes anterior, con ese extraño mensaje sobre un préstamo que ella había malinterpretado.

—Él… —abrió los ojos almendrados esperando una explicación.

—Él era un jugador, señora, y nosotros sus prestamistas. Fue una pena que no haya escuchado nuestras advertencias… —El desconocido volvió a reír con todas sus fuerzas y ella se estremeció—. Ahora es solo un puñado de cenizas.

—¡Oh! —Carola se cubrió los ojos y sollozó. Empezaba a entender, el incendio no había sido casual—. ¡Antonio había sido asesinado!

—La próxima será usted, señora, y ese niño al que cuida tanto.

—¡No! —gritó y él la abofeteó.

—¡Cállese! —Un cuchillo apareció de su manga y se apretó contra su costado—. ¿O quiere dejarlo huérfano ahora mismo?

Carola sintió que las piernas se le aflojaban y el hombre tuvo que sostenerla. La abrazó contra la pared y aprovechó para refregarse contra su cuerpo lleno.

—Mmm, nunca imaginé que las gorditas me excitaran —susurró sobre su cuello—. Tiene cinco días para conseguir el dinero. De lo contrario, olvídese del pequeño.

La soltó de repente y se perdió en el atardecer. La muchacha se arrodilló y lloró su desgracia. Empezaba a entender las actitudes de Antonio, en especial el miedo y sus palabras de perdón la noche misma del incendio.

Al cabo de un rato meditó que tenía que volver a la casa. Debía buscar ayuda, denunciar a ese sujeto.

Con los zapatos en la mano corrió con todas sus fuerzas las cuadras que le quedaban. Arribó a lo de sus anfitriones sudada y agitada y esbozó a borbotones lo poco que sabía.

El oficial intentó tranquilizarla y le hizo repetir la historia, pero llegado el momento de los datos no supo qué decir. No sabía quién era ese hombre ni dónde podían hallarlo.

—¿Está segura de que se referían a su Antonio? —inquirió preocupado.

—¡Claro que sí! Me dijo su apellido, y me dio a entender que el incendio fue intencional.

—Tranquilícese, mañana haremos la denuncia pertinente.

—Ahora descanse —aconsejó su esposa al verla en tal estado.

Tres días después había terminado con los trámites de la denuncia que caería en un cajón ante la falta de datos concretos.

Carola seguía sin conseguir trabajo pese a que salía todos los días a ofrecerse. Pensó en ir al hospital, como antes, pero ¿qué podría hacer allí? Las antiguas casas donde solía limpiar ya estaban ocupadas y nada se le ocurría para salir adelante.

Los días de plazo estaban por culminar y la muchacha tenía miedo. Andaba por la calle siempre mirando a sus espaldas, temerosa de ser seguida y acorralada. Tenía suerte de que la esposa del oficial se hubiera encariñado con el niño ya que lo cuidaba como si fuera propio mientras ella salía en busca de soluciones, que no llegaban.

Cuando el tiempo estaba por expirar y Carola temía lo peor, el abogado que le habían facilitado le avisó que el dinero del banco estaba disponible para cobrar. No sabía cuánto era ni cuál era el monto de la deuda, pero al menos tenía la esperanza de poder saldarla y empezar de cero.

Como si supiera, el mismo hombre de la vez anterior la asaltó a plena luz del día cuando regresaba de percibir la suma. No era mucho lo que le habían dado.

—¿Tiene lo nuestro? —dijo sin preámbulos.

—Yo… —No debía titubear, se lo había repetido miles de veces—. Enséñeme dónde está documentada la deuda —exigió envalentonada, creyendo que su pedido desalentaría al chantajista.

Ante sus palabras el hombre enfureció y la tomó con fuerza del brazo arrastrándola hacia un portal.

—Aquí están los documentos. —Se abrió el saco y le enseñó un arma.

Sin más le arrancó la cartera y buscó en ella. No había demasiado y el sujeto enfureció.

—Esto no alcanza ni para pagar mis honorarios. —Masticó cada una de sus palabras.

—No tengo más… —Carola empezó a sollozar—, por favor, no nos haga daño.

—Haremos una cosa. —Se separó un poco de ella dándole aire, no deseaba que nuevamente se le diluyera entre los brazos—. Tiene un mes para conseguir el resto, ¿entiende? Un mes. De lo contrario… Ya sabe cuál será el final.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

El hombre dijo la cifra y Carola sintió que perdía el sentido.

CAPÍTULO 4

Napalpí, junio de 1884

La columna de soldados avanzaba anticipando la victoria. El monte era mudo testigo de la carnicería que se avecinaba, la muerte se olía en el aire. El objetivo era claro: abrir camino para unir las localidades de Resistencia y Rivadavia, Chaco y Salta. Y para ello había que someter a sus habitantes: los indios.

Los aborígenes ya eran dominados por los patrones que los conchababan para los obrajes por un salario imaginario, jamás les pagaban en moneda sino que les entregaban escasos alimentos y de baja calidad.

El pueblo pasaba hambre y ultraje, hombres y mujeres se convertían en esclavos del señor blanco.

Desde abril de 1883 la ocupación del territorio chaqueño por parte de las tropas crecía segundo a segundo, las columnas atravesaban el impenetrable encontrándose en distintos parajes donde establecían sus tiendas y depositaban sus víveres para abrir el camino hacia Salta.

A retaguardia de la línea del río Bermejo una toldería de indios significaba un inconveniente. El cacique más destacado y respetado, Huaneraxaic, también conocido como Salarnec por los blancos, tenía varios capitanejos que dependían de él en la región, uno de ellos, el cacique Copaicalo.

Copaicalo era un hombre fuerte que había compartido varias batallas junto a Huaneraxaic. Atrás habían quedado sus días de dedicación al cultivo de la tierra, la caza y la pesca.

Vivía junto a su familia, conformada por su esposa y su numerosa descendencia, entre quienes se destacaban su hijo mayor, Nalataxa, llamado así porque había nacido en el instante en que un trueno rajaba la tierra, y su hija menor, llamada L’aite, porque era la niña de sus ojos.

L’aite tenía trece años cuando las tropas arrasaron con el campamento. El hombre blanco aplastó todo lo que se interponía en su camino sin tener en consideración que había ancianos y también niños entre quienes luchaban por sobrevivir.

Sables y disparos quebraron la paz del monte y regaron el suelo de sangre india. Copaicalo luchó hasta el final sirviendo de escudo para proteger a su familia, pero nada pudo hacer. Antes de exhalar el último suspiro vio a su esposa atravesada por la hoja afilada de la espada y a su querido Nalataxa desfallecer ante un disparo. Al caer su cuerpo, pudo ver que L’aite corría hacia los árboles escapando de esa carnicería.

Lo que no vio fueron otros ojos que la seguían con la mirada y que al instante daban paso a la acción.

Manuel, montado en su caballo negro, hundió las espuelas hasta hacer sangrar al animal. Nada le importaba más que capturar a esa jovencita, que ya insinuaba formas de mujer. La persiguió hasta el límite del monte dejando atrás la matanza y los gritos. El silencio lo envolvió y bajó del caballo. Enfundó su sable, no quería asustarla. Caminó despacio intentando acallar sus pasos, pero las hojas secas lo delataban. Sabía que ella estaba ahí, oculta; podía sentir sus ojos escrutándolo, podía oler su miedo. Lo excitaba. Alejó el pensamiento, era una niña, sin embargo, estaba allí porque la quería para él.

La llamó, trató de darle a su voz un tono de tranquilidad, aunque sabía que era inútil: ella había presenciado la masacre de su gente a manos de los soldados, ¿cómo podría confiar en él?

—No te haré daño —mintió, porque aun cuando no estuviera en sus planes lastimarla sabía que la arrancaría de su lugar, de su mundo de libertad y naturaleza—. Ven —insistió sin reparar que ella no conocía su idioma.

Avanzó unos pasos. Se fue guiando por el olor del terror, por su instinto de cazador, hasta que la encontró hecha un ovillo escondida debajo de unas ramas. Se agachó hasta su altura y descubrió un rostro de una belleza singular. No le causó asco su piel atezada ni sus ojos achinados, por el contrario, la agitación se hizo sentir. Era preciosa, con ese cabello negro largo acariciando su espalda semidesnuda y esa boca de labios finos pero prometedores que se abrían para exhalar su miedo.

Manuel extendió la mano para tocarla y ella dio un salto hacia atrás, parecía un animal salvaje y eso lo estimuló todavía más. Se midieron con la mirada y ella supo que llevaba las de perder; ese hombre alto y musculoso, además de ganarle en experiencia, iba armado. L’aite supo que debía ser inteligente y no dar batalla, al menos no allí. Con odio anidando en su corazón ante la matanza de su familia bajó la cabeza y se dejó conducir hacia el caballo.

El uniformado se contenía para no tomarla allí mismo, sobre el suelo cubierto de hojas secas, quería disfrutarla y para ello primero debía bañarla, no sabía con qué peste se podía encontrar en ese cuerpo salvaje.

Su rango le permitió hacerse de la jovencita sin dar demasiadas explicaciones. Tuvo que atarla porque, al ver lo que había quedado de su campamento, la muchacha entró en un estado de histeria tal que no hubo otra forma de llevarla.

Amarrada a un árbol L’aite fue testigo del robo de ganado, ovejas, utensilios, enseres y útiles de telar. Como ella, una decena de mujeres habían sido tomadas prisioneras y se las habían repartido entre los soldados. Se preguntaba qué pasaba por la mente de esos hombres blancos que arrasaban con su comunidad sin tener ningún tipo de sentimiento humano por las familias y los niños.

Al final de esa batalla los invasores se las quedaron con más de doscientas cabezas de vacunos y alrededor de cuatrocientas cabras y ovejas. Y Manuel Olivera se quedó con la joven L’aite.

CAPÍTULO 5

Buenos Aires, 1920

Como todas las mañanas, Carola se levantó temprano para ir al Hospital Británico, donde estudiaba la carrera de enfermería pese a la oposición de su madre, quien pretendía que trabajase en algo menos “sacrificado”, como solía repetir.

—Terminarás enfermándote de tanto andar entre enfermos —era su eterna cantinela.

Me terminarás enfermando tú con tanta ponzoña, pensaba la joven.

Se miró al espejo y como de costumbre no le gustó su imagen. Era de baja estatura, lo cual evidenciaba aún más su cuerpo relleno. Por mucho que la moda indicase que la mujer debía tener carne en ciertos lugares, ella la tenía en exceso: era gorda.

Giró para verse de atrás y pensó que tendría que vestir un suéter más largo para tapar un poco sus nalgas prominentes. Pese a las fajas que se ponía debajo de la blusa, la cintura brillaba por su ausencia. No había nada que hacer, tendría que aceptar su cuerpo, mas le costaba demasiado.

Solo el rostro la complacía, armonioso y de rasgos delicados. Peinó con horquillas el largo cabello rubio que le sobrepasaba los hombros e hizo un mohín frente al espejo.

Miró el reloj y se dio prisa, el hospital quedaba lejos y no quería llegar tarde. Amaba la profesión que había elegido, no había sido una afrenta a su madre sino una verdadera vocación por ayudar al prójimo.

Había caído en sus manos tiempo atrás información sobre Florence Nightingale, una británica pionera en el concepto de enfermería moderna, y se había visto seducida por su quehacer. Al enterarse de que el Consejo de Administración del Hospital Británico había decidido contratar a enfermeras egresadas del Hospital St. Thomas de Londres, donde Florence brindaba sus aportes, para que implementaran el modelo “Nightingale”, se empeñó en emprender la carrera, que ya llevaba un tiempo en Buenos Aires.

Carola cursaba el segundo año y estaba satisfecha por todo lo aprendido. Las prácticas la dejaban extenuada, pero nada le quitaba la felicidad que implicaba poder ayudar a los enfermos, muchas veces, abandonados por sus familias.

En el hospital era feliz, se sentía querida y valorada. Llegar a su casa era un martirio, su madre, una mujer quejosa y resentida, la torturaba con reclamos infundados.

—¿Cuándo empezarás a ganar un salario? ¡Así no hay casa que aguante!

—Te dejé anoche unos billetes en tu mesa de luz —respondía la joven con voz de hartazgo.

Estaba cansada de soportarla. Muchas veces intentaba ponerse en su lugar de mujer abandonada, pero enseguida entendía por qué su padre se había ido cuando ella era apenas una niña de siete años para nunca regresar; le habían perdido el rastro y con el tiempo ella había dejado de preguntar por él.

Su madre no se conformaba nunca con nada y pasaba todo el día escuchando la radio o fisgoneando en la vereda mientras ella se deshacía las manos en cloro limpiando casas ajenas.

Carola fantaseaba con irse lejos, no verla, no escucharla. Le mandaría dinero todos los meses para que pudiera subsistir, pero con ella en la otra punta del mundo. Sí, eso haría. Pero carecía de los medios necesarios, apenas le alcanzaba para llenar la olla y pagar el transporte hasta el hospital. Por fortuna el curso era gratuito, llegaban jóvenes de todo el país para sumarse al aprendizaje.

Algún día podré irme.

No soñaba, como otras tantas de su edad, con conseguir un marido y casarse. No se sentía bonita como para que alguien la pidiera en matrimonio y su madre le había repetido tantas veces que había nacido estrellada y que su destino estaba marcado por la mala suerte que había terminado por creérselo. Tampoco nadie la había deslumbrado y su vida transitaba entre el hospital, las casas que limpiaba y la propia.

—¡Carola! —El grito la alcanzó en la puerta. Dudó entre escapar o ver qué le ocurría, anticipando que sería una nimiedad, como siempre—. ¡Carola! —Esta vez la voz le llegó vacilante, diferente, como si un dolor la atravesara.

Corrió hasta el cuarto y abrió la puerta. El cuadro que se desplegaba ante sus ojos era desalentador: un vómito oscuro y maloliente se esparcía sobre el suelo mientras que Ernesta se contorsionaba en el lecho.

En dos pasos se le aproximó y la tocó, volaba de fiebre.

—¡Madre, qué tienes! —dijo por decir, la mujer desfallecía.

Con presteza limpió la viscosidad que se le había escondido en los pliegues del cuello y fue en busca de paños fríos para bajar la temperatura. Al cabo de una hora estaba mejor, pero su ánimo acariciaba el piso. Ese día Carola no fue al hospital, ni los dos subsiguientes. El médico que la revisó no acertó diagnóstico alguno, tal vez algo que había comido en mal estado.

Ernesta ya no tenía fiebre, pero se negaba a abandonar la cama. Se sentía débil, tanto que ni siquiera reprochaba nada.

—Debo ir a trabajar mamá, ya casi no tengo dinero.

—Vete, vete, estaré bien —consintió.

—¿Segura estarás bien? Puedo llamar a doña Marga para que te cuide.

—No, no, esa vieja me da mala espina —Carola sonrió, esa era su madre.

—Vendré en pocas horas.

Se despidió con un beso en la mejilla y una sonrisa. Pese a que a veces no la soportaba, la quería. Como fuese, Ernesta se había hecho cargo de ella, limpiando también mugres ajenas, y nada le había faltado dentro de sus posibilidades. Era tiempo de que ella le devolviera favores y atenciones. Sintió remordimiento por los malos pensamientos y se dijo que al regresar le haría compañía luego de la cena y hasta que se durmiera.

Pero sus planes se vieron afectados. Tres horas después, al abrir la puerta, el olor de la muerte ocupaba la casa.

Tiró al suelo las bolsas con la compra y corrió hacia el dormitorio. Ernesta estaba tiesa, los ojos abiertos y un último suspiro en la boca.

Carola cayó de rodillas a su lado y se abrazó a su cuerpo ya frío. Lloró desconsolada y presa de culpa: no debería haberse marchado. Todavía había arroz para comer, podría haber aguardado un día más. Podría haber llamado nuevamente al médico al ver que no se levantaba de la cama, podría…

CAPÍTULO 6

Resistencia, Chaco, 1911

Dante se plantó frente a su padre, el coronel Manuel Olivera.

—¿A quién se le ocurre creer que los tobas y los mocovíes, que nacieron en libertad y así vivieron durante años, iban a someterse gratuitamente a la más despiadada esclavitud? —esgrimió con firmeza—. La creación de las reducciones es solo eso, encerrarlos para que sean útiles en el sistema productivo.

El coronel lo miró fijo y apretó las mandíbulas. No deseaba seguir peleando con su único hijo, ese muchacho de dieciocho años de pensamientos firmes pero imprudentes.

Desde hacía años se venía avanzando sobre los aborígenes de manera letal y sangrienta. En 1884 el ministro de Guerra y Marina del presidente Roca, el general Benjamín Victorica, había dirigido una campaña militar que tenía como objetivo llevar la frontera con los indígenas del Chaco hasta el río Bermejo, estableciendo una línea de fortines que llegaría hasta Salta.

El movimiento pacificador ya estaba en marcha, había que someter a los indios costase las vidas que costase, y el coronel Olivera era parte de esa maquinaria feroz que entre los años 1907 y 1911 había masacrado a los principales caciques. No había en el Chaco aborigen que no tuviera entre sus familiares víctimas de la persecución.

Su hijo Dante no era partidario de dicha metodología. Él estaba convencido de que tanto los tobas como los mocovíes y demás tribus que poblaban los montes podían integrarse a la sociedad siempre que se respetasen sus costumbres y jerarquías.

—No voy a discutir eso contigo —la voz del coronel resonó en la estancia—. Ya conoces mi posición al respecto.

Salió con elegancia —tal era su costumbre—, dejando al muchacho con sensación de impotencia. Huérfano de madre, dado que había muerto al nacer, Dante se había criado entre sirvientes, en las cocinas y en los patios. Pero no por ello había permanecido ajeno a las hazañas de su padre, quien siempre se vanagloriaba frente a sus compañeros de armas de las batallas libradas contra los salvajes.

Aun cuando le revolvía el estómago oír dichas anécdotas, de niño solía escabullirse y se escondía detrás de puertas entreabiertas.

Lo que más enorgullecía a su padre era el combate de Napalpí, de mayo de 1883.

—Tuve el honor de partir en la columna del gobernador federal coronel Francisco Bosch. Salimos de madrugada un 16 de abril con dos regimientos, uno de infantería con trescientos veinte efectivos y uno de comisión científica al mando de Jorge Luis Fontana, que iba a explorar los ríos Bermejo y Pilcomayo.

—Allí estaba el humanista Enrique Lynch Arribálzaga, ¿cierto? —inquirió el invitado de turno que debía padecer nuevamente el relato de viejas historias.

—Así es, mi querido amigo. —Pero el coronel ansiaba contar sus glorias de batalla—. Luego de un primer encuentro pacífico con uno de los caciques, tuvimos que enfrentarnos al cacique Dialrochií, quien respondía al famoso Juanalraí. Allí perdimos un subteniente y un soldado.

Su interlocutor lo observaba con intriga mientras Dante, oculto detrás de unas cortinas, se debatía entre sentimientos encontrados.

—Después localizamos el grueso de las tribus, iban arreando ganado para una de sus ridículas fiestas que duran varios días. —Se refería a los festejos de Qa’apaxa en ocasión de la celebración por la cosecha de algarroba madura—. Una semana duraron los enfrentamientos, pero logramos vencerlos. ¡Esos roñosos no contaban con armas de fuego! —Se vanagloriaba para desconsuelo del pequeño.

—Imagino la carnicería —dijo su visita.

—Por mucho grito de guerra que dieron los salvajes pudimos ultimarlos. Lo que sí debo reconocer es la bravura de su líder. El cacique qom Juanalraí, montado en su plateado y armado con su lanza arengaba a sus paisanos a luchar sin temor ante el fuego cruzado. Les tirábamos y ellos se rearmaban alentados por su jefe, quien recorría las filas de un extremo al otro de la batalla.

Los ojitos verdes del niño se abrían de admiración imaginando a ese indio valiente apoyando a sus hombres.

—¿Lograron abatirlo?

—Doy fe de ello —respondió con orgullo el coronel Olivera—. Lo vimos caer sobre el cuello de su caballo y huir hacia el monte. —El pequeño se entristeció al saber a su héroe vencido—. Después nos largaron los animales y no pudimos avanzar para seguirlo. Es la estrategia de los salvajes.

—¡Quién hubiera dicho que poseían tácticas militares!

A pesar de que habían pasado muchos años de ese combate el coronel seguía recordándolo, convirtiéndolo en parte de su repertorio de anécdotas. Y Dante, a pesar de haber escuchado muchas veces esa vieja historia, todavía se emocionaba. A los dieciocho años se enfrentaba a su padre y le recriminaba a la cara sus acciones, creyendo inútilmente que podría hacerlo cambiar de parecer, intentando despertar en él sentimientos que nunca albergaría.

La muerte prematura de su esposa había agriado más el carácter irascible del coronel Olivera y lo había refugiado en la violencia de las batallas. El indio era su objetivo y no cejaría hasta acabar con el último de la raza.

No contaba con que su único hijo le haría frente y lo llevaría al límite de sus lealtades. Porque Dante no aguantaría mucho más aquella situación que creía injusta, una idea iba tomando forma en su mente. Estaba dispuesto a dejar atrás su cómoda vida en la ciudad para internarse en el monte y ver qué había detrás de tantos relatos sobre los aborígenes.

Enrique Lynch Arribálzaga había pretendido en 1907 fundar en Resistencia una “Sociedad Protectora de Indios”, cuyo objetivo era atraer para amparar y civilizar a los indígenas de la República Argentina.

La reciente noticia de que el proyecto de la reducción había sido aprobado por el Ministerio de Agricultura había removido los planes de Dante, a quien no le gustaba el término empleado porque le daba idea de imposición de una cultura sobre otra, de opresión.

Pero no dejaba de reconocer que la posición de Arribálzaga era más piadosa para los indígenas que la de los militares.

El joven advertía que con el advenimiento del capitalismo y la posesión de las tierras era necesaria la mano de obra barata y qué mejor que la de los salvajes. No era tan inocente como para no advertir la maniobra que había detrás de todo aquello.

Tenía que tomar una decisión. Su vida corría por carriles paralelos a los intereses de su padre. Había algo más allá de las paredes, en el monte, que lo llamaba con los gritos de la tierra.

CAPÍTULO 7

Chaco, otoño de 1923

Después de un largo e incómodo viaje tanto por caminos como por río, Eva llegó a Resistencia, una de las divisiones departamentales del Territorio Nacional del Chaco. Llevaba una carta de la secretaria del Asilo de Niñas de Coronel Suárez, quien le había dicho que tierra adentro podría ser útil en una colonia de aborígenes que el Gobierno intentaba civilizar. No tenía demasiadas opciones y había decidido que ese era un buen destino.

El Ferrocarril Central Norte hizo escala en Resistencia y ella aprovechó para estirar las piernas un rato, aún le quedaba una estación hasta llegar a su destino. Estaba agotada.

Cuando el tren emprendió de nuevo su marcha cerró los ojos e intentó dormir un rato. Pero la ansiedad le jugó una mala pasada y no consiguió dejarse ir. ¿Cómo sería vivir entre los indios? ¿Serían tan bravos como opinaba el común de la gente? Por un instante la duda se instaló en su mente y la apartó como a las moscas que debería enfrentar en la reducción.

No podía ser tan tremendo, después de todo eran seres humanos. Estaba convencida de que lograría integrarse y ser útil. Sin darse cuenta llegó, el chirrido del tren al detenerse la hizo reaccionar y miró a su alrededor; la estación no era lo que había esperado, pero acudió a su coraje para seguir adelante.

No supo por dónde empezar. ¿Por qué había aceptado ese destino? Conocía la respuesta. Recogió su maleta y algunos bártulos y avanzó dispuesta a hallar a alguien que la guiara hasta la colonia.

Había mosquitos por doquier, la humedad se había apoderado del lugar y su pañuelo había quedado negro de tanto pasárselo por el cuello y la frente para limpiar el sudor.

Sabía que en la reducción había blancos ocupándose de la salud de la población, un puesto de enfermería a cargo de un boticario y una escuela, al menos alguien con quien intercambiar pareceres.

De pie en medio de la calle no supo qué hacer. Un uniformado la divisó y se dirigió hacia ella.

—Temo que se bajó en la estación equivocada —dijo quitándose la gorra—. ¿O acaso está perdida, señorita? —Eva agradeció en silencio la presencia del sujeto.

—Yo… voy a la reducción de Napalpí.

El hombre sonrió de costado y alzó una ceja con intriga.

—¿Y qué va a hacer una mujer tan bonita como usted entre los salvajes? —Eva no sonrió ante el falso cumplido, no era una mujer bonita y lo sabía.

—Me esperan —mintió sin dar mayores detalles.

El militar pareció creerle.

—Si me aguarda usted un rato puedo alcanzarla.

—Se lo agradezco.

—Me llamo Juan Silvio Aranjuez. —El hombre extendió la mano y Eva la tomó mas no dijo su nombre.

Dos horas después el hombre detenía el carro ante una tranquera.

—Aquí está la administración —informó.

Frente a sí Eva veía un largo camino bordeado de algunos árboles y varios arbustos. Al fondo había una construcción imponente con un enorme techo que culminaba en forma de cúpula, le dio la sensación de ser el campanario de una iglesia.

—Gracias, señor Aranjuez, por traerme hasta aquí. —Extendió la mano en señal de despedida.

—Faltaba más —respondió el hombre. Le daba apuro dejarla allí abandonada a su suerte. No había logrado mayores datos de ella, había permanecido callada y observadora del entorno durante todo el viaje—. ¿Quiere que la presente con el administrador? —ofreció.

Eva dudó, pero finalmente aceptó.

El soldado la guio hasta la construcción y llamó a la oficina de Leopoldo Brignole, sucesor del anterior administrador, quien había renunciado tras un grave brote de paludismo debido a las paupérrimas condiciones en que había caído la colonia.

Abrió la puerta uno de los capataces, quien se sorprendió al ver al uniformado con una blanca desconocida.

—La señorita acaba de llegar —explicó el soldado—, quiere conocer al administrador.

El capataz la estudió de arriba abajo antes de presentarse:

—Manuel Valdez, a su servicio.

La muchacha se adelantó y respondió al saludo.

—Me llamo Eva y vengo desde lejos.

—¡Eso se nota a la legua! —dijo Valdez—. Pero pase, no se quede ahí al rayo del sol. Leopoldo la recibirá en un momento.

Con una inclinación de cabeza se despidió del soldado e ingresó a la oficina que distaba mucho de serlo. Papeles y carpetas se disputaban el sitio con tazas sucias y colillas de cigarrillos. Un catre debajo de la ventana evidenciaba que alguien había dormido allí hacía poco porque el capataz se apresuró a acomodar las mantas.

—Tome asiento —ofreció—. Querrá beber algo…

—Agua si es posible. —Se le había resecado la boca y la garganta.

—De momento solo puedo ofrecerle té, hasta la yerba se nos acabó.

—Estará bien —aunque no era lo que deseaba no podía pretender demasiado. Había llegado de buenas a primeras buscando una salida en esa región alejada del mundo conocido.

—Sin que parezca entrometido, ¿qué la trae por acá? No es un sitio al que vengan muchas damas.

—Vengo a trabajar —expresó con la mayor seguridad posible.

Su respuesta sorprendió al hombre, quien no lo ocultó.

—Vaya… eso sí que es una sorpresa.

La puerta se abrió intempestivamente y un sujeto alto y fornido ocupó todo el espacio. Al divisar a la imprevista visita se quitó el sombrero y suavizó su gesto.

—Buenos días —interrogó con la mirada a su capataz, quien se puso de pie e informó:

—La señorita es Eva…

La aludida también se levantó y extendió su mano.

—Eva Solanas.

Brignole la estudió con descaro. No era bonita, de baja estatura, sin demasiada carne en los sitios adecuados y un corte de pelo a lo varón que la hacía parecer un muchachito. Sin embargo sus gestos y modales eran los de una mujer educada.

—Señorita Solanas, soy Leopoldo Brignole, administrador de la reducción.

Se estrecharon las manos y con un gesto indicó al capataz que los dejara solos.

—Disculpe el desorden, no acostumbramos a recibir más visitas que la de los salvajes.

A Eva le molestó el término con que se refería a los aborígenes, pero ocultó su fastidio.

—Me gustaría saber qué hace por estos lados una mujer de ciudad.

—Vengo a trabajar —respondió resuelta aunque por dentro temblaba de dudas—. Me dijeron que aquí hacen falta maestros, enfermeros, gente que pueda ayudar a civilizar a los indios. —Sabía que la palabra “civilizar” le gustaría al administrador—. Traigo una carta de…

El hombre la interrumpió:

—Como usted sabrá, no hay dinero para pagarle…

—Eso no es problema, solo necesitaré cama y comida —cortó Eva.

—Si se arrepiente siempre puede venir a buscar ayuda para salir de este agujero —ofreció, pero la mujer permaneció imperturbable—. Al principio los resultados fueron alentadores —empezó el administrador—, hubo una gran producción algodonera y los indios trabajaron en la cosecha. Pero a partir de 1914 la crisis financiera provocada por la Gran Guerra repercutió en Napalpí. —Orgulloso de lucirse con su erudición ante una dama blanca encendió un cigarrillo antes de proseguir—. Tuvimos que tomar medidas extremas, y aquí estamos, abandonados a nuestra suerte.

—Le repito, no vine aquí buscando dinero, solo a colaborar a cambio de cama y comida.

—Me sorprende, señorita Solanas… —La escrutó con sus grandes ojos verdes—. No es habitual tanta generosidad. —Había sorna en sus palabras, señal que desconfiaba.

—Hice una promesa —volvió a mentir con la esperanza de no ser descubierta.

—Le explicaré cómo funcionan las cosas aquí. No solo viven salvajes, también tenemos algunos blancos que se casaron con indias, un maestro, un boticario y hasta viene un sacerdote católico de vez en cuando, además del cuerpo policial, por supuesto.

Eva asintió.

—En la zona hay colonos que tienen su vivienda; algunos confraternizan con los indios, otros se mantienen alerta.

La muchacha no dio muestras de miedo ante sus palabras. Desconfiaba más de los uniformados que de los aborígenes.

—¿Está segura de querer quedarse?

—Estoy segura.

—Y dígame… ¿qué es lo que sabe hacer?

Eva vaciló, fue apenas un instante que pasó inadvertido para el administrador.

—Lo que haga falta —replicó—. Puedo ayudar en la escuela, o en la enfermería.

Leopoldo se puso de pie.

—Si usted insiste… —Avanzó hacia la puerta y la abrió—. La llevaré con el maestro, tal vez pueda hacerle un lugar en la escuela.

—Gracias.

CAPÍTULO 8

Resistencia, diciembre de 1884

Las batallas alejaban con frecuencia a Manuel Olivera de su casa y L’aite respiraba aliviada. Hacía ya seis meses que había sido tomada prisionera y si bien no había sufrido malos tratos temía a ese hombre que la miraba taladrándola, podía sentir el deseo latente en sus ojos.

L’aite había sido destinada al servicio, junto con otras dos mujeres que atendían al capitán. Relegada a la cocina, la jovencita aprendía nuevos platos y se maravillaba con las distintas formas de cocinar que tenían los blancos. Macca, la empleada más vieja, era de origen africano y servía en la familia Olivera desde que tenía uso de razón. La otra era Mechita, una mulata de unos veinte años que había entrado recientement ...