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NARCONOMICS

Tom Wright  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Cártel sociedad anónima

“Damas y caballeros, bienvenidos a Ciudad Juárez, donde la hora local es las 8 am.”

Una fresca mañana de noviembre en una pista de aterrizaje en el desierto mexicano, un pasajero del vuelo 2283 de Interjet está jugueteando nervioso con un pequeño paquete escondido en su calcetín, preguntándose si ha cometido un terrible error. Ciudad Juárez, una temeraria ciudad fronteriza de noches heladas y días de calor asfixiante, es la entrada principal de cocaína a Estados Unidos. Comprimida contra las vallas de metal de la frontera con Texas, exactamente a medio camino entre la costa del Pacífico y la del Golfo, es desde hace tiempo una guarida para los traficantes: un lugar donde se hacen fortunas ilícitas que se malgastan en veloces autos y ostentosas mansiones y, por lo general al poco tiempo, en espectaculares mausoleos. Pero el nervioso pasajero, quien ahora parpadea frente al sol de la mañana caminando hacia la terminal y registra a los soldados con pasamontañas camuflado que vigilan la salida, no es una mula de drogas. El pasajero soy yo.

En la terminal encuentro el baño más cercano, me encierro en un cubículo y saco el paquete: un aparato electrónico pequeño y negro, como del tamaño de un encendedor, con un solo botón y una luz led. Algunos días antes en la Ciudad de México, un asesor de seguridad local me lo dio, temiendo que el ingenuo joven británico frente a él hiciera el ridículo en su viaje a Ciudad Juárez. En esta mi primera visita, hace poco el lugar acaba de ganarse el título de “la ciudad más sanguinaria del mundo”, gracias al juego mortal de escondidas jugado por los sicarios de cárteles rivales en todo el centro colonial y en los barrios marginales de tabiques. Los periódicos locales y los reportajes de televisión estaban repletos de ejecuciones callejeras, fosas comunes y nuevas maneras creativas de desmembramientos. Los periodistas curiosos, sobre todo, tenían la costumbre de desaparecer en cajuelas de auto, momificados con cinta adhesiva. Ciudad Juárez no es un lugar para correr riesgos. Entonces, lo que tenía que hacer, me había explicado el asesor al darme el aparato, era apretar el botón al llegar, esperar a que se encendiera la luz led y mantener el aparato escondido en mi calcetín. Mientras la luz parpadeara, él podría rastrear mi ubicación —o al menos la ubicación de mi pierna derecha— si yo no llegaba a reportarme.

En el cubículo, saqué silenciosamente el dispositivo de rastreo, lo tomé en mis manos y apreté el botón. Esperé. La luz no prendía. Desconcertado, volví a apretarlo. Nada. Presioné el botón, lo aplasté, lo golpee: hice todo lo que pude para convencer al dispositivo para que encendiera, pero la luz se negó a parpadear. Finalmente volví a meter el inútil aparto en mi calcetín, recogí mis cosas y con cautela emprendí mi camino hacia las calles de Ciudad Juárez. El aparato no sirve y yo estoy solo.

* * *

Ésta es la historia de lo que sucedió cuando un no muy valiente reportero de negocios fue enviado a cubrir la industria más exótica y brutal sobre la faz de tierra. Llegué a México en 2010, justo cuando el país comenzaba a redoblar su guerra contra los narco-vaqueros quienes, con sus Kalashnikov chapadas en oro, habían reducido algunas partes del país a un estado casi anárquico. El número de personas asesinadas en México en 2010 estaba por llegar a más de 20 mil, o aproximadamente cinco veces la cifra registrada en toda Europa occidental.1 El año siguiente sería todavía más violento. Las noticias no mencionaban otra cosa: cada semana presentaban nuevas historias de policías corruptos, oficiales asesinados y masacre tras masacre de narcotraficantes, ya fuese por el ejército o entre ellos mismos. Ésta era la guerra contra el narco, y quedaba claro que el narco iba ganando.

Ya he escrito en algunas ocasiones sobre las drogas desde el punto de vista del consumidor, en Europa y en Estados Unidos. Ahora, en Latinoamérica, me enfrenté con el impresionante lado de la oferta de la industria de los narcóticos. Y entre más escribía sobre el narcotráfico, cada vez más entendía a qué se parece: a un negocio global altamente organizado. Sus productos son diseñados, fabricados, transportados, comercializados y vendidos a 250 millones de consumidores alrededor del mundo. Sus ingresos anuales son de alrededor de 300 mil millones de dólares; si esta industria fuese un país, sería la cuarta economía mundial.2 La gente que opera esta industria quizá tenga un encanto siniestro con sus monstruosos apodos (en México, a uno de ellos se le conocía como El comeniños). Pero cada vez que los conozco en persona, sus alardes y quejas suelen recordarme más bien a gerentes corporativos. El jefe de una sanguinaria banda en El Salvador, quien en su calurosa celda me presumía la cantidad de territorio controlado por sus compañeros, peroraba frases trilladas sobre una nueva tregua entre pandillas, que parecía provenir directamente de la boca de un director ejecutivo anunciando una fusión. Un corpulento agricultor boliviano de coca, el ingrediente puro de la cocaína, se entusiasmaba por sus jóvenes y saludables cultivos de droga con el orgullo y la experiencia de un horticultor comercial. Una y otra vez, los criminales más despiadados me describían los mismos problemas cotidianos que colman las vidas de otros empresarios: el manejo del personal, abrirse camino entre las regulaciones gubernamentales, encontrar proveedores confiables y lidiar con los competidores.

Sus clientes también tienen el mismo tipo de demandas que otros consumidores: buscan reseñas de los nuevos productos, con más frecuencia prefieren comprar en línea e, incluso, exigen cierto nivel de “responsabilidad social empresarial” de sus proveedores. Cuando logré entrar a la secreta “Web Oscura” de la Internet, donde las drogas y las armas se compran de forma anónima con Bitcoins, traté con un comerciante de pipas para metanfetaminas que fue tan atento como cualquier representante de Amazon. (De hecho, retiro lo dicho, fue mucho más servicial.) Entre más investigaba sobre la industria mundial de las drogas, más me preguntaba qué pasaría si hiciera un reportaje sobre ella como si fuera un negocio como cualquier otro. El resultado es este libro.

Una de las primeras cosas que me llamaron la atención cuando comencé a investigar sobre la industria de drogas ilegales a través de los ojos de un economista fue que muchas de las cifras ofrecidas por los oficiales a cargo de la lucha contra la misma suenan impresionantes, pero sencillamente no tienen sentido. Poco tiempo después de mi llegada a México, en Tijuana se prendió fuego a una hoguera gigantesca de narcóticos. Los soldados encendieron la leña y se mantuvieron alejados mientras 134 toneladas de mariguana se elevaban en un humo acre y denso. El alijo, que había sido descubierto escondido dentro de seis contenedores de carga en una bodega a las afueras de la ciudad, constituía la incautación de drogas más grande en la historia del país. La mercancía estaba lista para ser exportada, perfectamente empacada en 15 mil paquetes del tamaño de costales de arena y marcados con imágenes de animales, caritas sonrientes y caricaturas de Homero Simpson, que los traficantes usan para indicar a dónde deben mandar los productos. Una vez examinados, pesados y fotografiados, los paquetes fueron apilados, rociados con diésel y quemados. Una multitud miraba, mientras que soldados con ametralladoras cuidaban que nadie estuviera en la dirección del humo de la flama alucinógena. El general Alfonso Duarte Mujica, comandante del ejército mexicano en esa región, anunció con orgullo que el llameante alijo tenía un valor de 4 mil 200 millones de pesos, entonces equivalentes a alrededor de 340 millones de dólares. Incluso, algunos periódicos en Estados Unidos fueron más lejos, al reportar que el cargamento valía más bien como 500 millones de dólares, con base en el precio en el que las drogas podrían ser vendidas en Estados Unidos.

Si realizamos un buen análisis, tendremos que ambos estaban muy equivocados. El cálculo del general Duarte parece haberse basado en la suposición de que en México un gramo de mariguana puede comprarse por, más o menos, tres dólares. Si esto lo multiplicamos por 100 toneladas, nos da un valor total del alijo de 300 millones de dólares, aproximadamente. En Estados Unidos un gramo podría costar como cinco dólares, que es de donde proviene el cálculo de 500 millones. Suena bastante lógico, incluso siendo las cifras bastante aproximadas. Pero es ridículo. Consideremos otra exportación latinoamericana intensamente adictiva: la carne de res argentina. En un restaurant de Manhattan, un corte de 220 g puede costar 50 dólares, o 22 centavos por gramo. Siguiendo la lógica del general Duarte, esto implicaría que una vaca de media tonelada costaría más de 100 mil dólares.

Se tiene que matar a la vaca, descuartizarla, empacarla, enviarla, sazonarla, asarla y servirla antes de que valga 50 dólares el filete. Por esta razón, ningún analista de la industria de la carne de res calcularía el precio de una vaca viva paseando por la pampa argentina usando las cifras de un restaurante de Nueva York. Sin embargo, ésta es, efectivamente, la manera en que a veces se calcula el valor de la heroína incautada en Afganistán o la cocaína interceptada en Colombia. En la práctica, las drogas, como la carne de res, tienen que pasar por una larga cadena de valor agregado antes de alcanzar su precio final “de calle”. Un gramo de mariguana puede venderse en tres dólares en un club nocturno en México, o en cinco dólares en un dormitorio universitario en Estados Unidos. Pero escondida en una bodega en Tijuana vale mucho menos

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