Loading...

ÁNGELES EN LAS TINIEBLAS (PRIMERA GUERRA MUNDIAL 3)

Anne Perry  

0


Fragmento

1

Joseph estaba tendido boca abajo sobre la fina capa de hielo que cubría el barro. A primeras horas de la noche una veintena de hombres había efectuado una incursión en las trincheras alemanas. Habían capturado a un par de prisioneros pero cuando regresaban fueron alcanzados por una lluvia de disparos. Llegaron al parapeto como pudieron, heridos, ensangrentados y sin Doughy Ward ni Tucky Nunn.

—Me parece que Doughy ha caído —había dicho Barshey Gee con abatimiento, los ojos hundidos en las cuencas bajo el breve resplandor de una bengala—. Pero Tucky aún estaba vivo.

No había elección. Cubiertos por la descarga de su propia artillería, tres de ellos salieron a buscarlo. El ruido de los morteros pesados resultaba ensordecedor y cuando éste cesaba Joseph oía el estrépito más rápido y seco de las ametralladoras. En cuanto se apagó la bengala asomó la cabeza otra vez para escrutar entre los cráteres, las alambradas rotas y los pocos tocones de árboles hechos pedazos que aún podían distinguirse.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Algo se movía en el barro. Joseph reanudó su avance reptando tan aprisa como podía. El hielo fino crujía bajo su peso pero él sólo oía el fragor de las armas. Tenía que llegar hasta Tucky sin caer en ninguno de los inmensos socavones llenos de agua. Varios hombres se habían ahogado en esos tétricos hoyos. La idea lo estremeció. Al menos no los habían gaseado aquella semana, de modo que en las hondonadas no había asfixiantes gases letales.

Lanzaron otra bengala y Joseph se quedó inmóvil. Por último, mientras se apagaba, volvió a avanzar rápidamente palpando el terreno para evitar los restos de obuses, los cadáveres en descomposición, las marañas de alambradas viejas y fusiles oxidados. Como siempre llevaba consigo material de primeros auxilios para curas de urgencia, pero quizás iba a necesitar algo más que aquello. Si lograra llevar a Tucky de vuelta a la trinchera, los médicos de verdad ya estarían allí para entonces.

Se hizo oscuro otra vez. Se incorporó y, manteniéndose agachado, echó a correr. Faltaban sólo unos metros hasta donde había visto un movimiento. Patinó y por poco cayó encima de él.

—¡Tucky!

—Hola, capellán.

La voz de Tucky sonó ronca en la oscuridad, terminando en una tos seca.

—Muy bien, ya te tengo —contestó Joseph alargando los brazos, y agarró la tela áspera del uniforme de Tucky notando el peso de su cuerpo—. ¿Dónde estás herido?

—¿Qué está haciendo aquí fuera?

En el tono de Tucky había una especie de humor desesperado que intentaba disimular el dolor. Se encendió otra bengala y su rostro de nariz respingona resultó visible unos instantes, así como la herida sangrante que tenía en el hombro izquierdo.

—Pasaba por aquí —respondió Joseph con voz un tanto temblorosa—. ¿Dónde más te han dado?

Si fuera sólo en el hombro, Tucky habría regresado por su propio pie. Joseph aguardó la respuesta con pavor.

—En la pierna, creo —contestó Tucky—. Si quiere que le diga la verdad, apenas siento nada. Maldito frío. Parece que no tengan verano por estos andurriales. ¿Se acuerda de los veranos en casa, capellán? Las chicas...

El resto de lo que dijo lo ahogó el estruendo de los cañones.

A Joseph le cayó el alma a los pies. A lo largo del último año había visto morir a demasiados muchachos conocidos de toda la vida, entre ellos a Bibby, el hermano mayor de Tucky.

—Voy a llevarte de vuelta —dijo a Tucky—. Cuando entres en calor seguramente te hará un daño de mil demonios. Venga. —Se agachó y medio levantó a Tucky cargándolo a hombros y tocándole la herida sin querer; el chico gritó—. Perdona —se disculpó Joseph.

—No pasa nada, capellán —dijo Tucky, jadeando y con náuseas por el mareo que le causaba el dolor—. Duele, pero no demasiado. Me pondré mejor enseguida.

Todos decían lo mismo, incluso cuando agonizaban. No estaba bien visto quejarse.

Encorvado, trastabillando bajo el peso de Tucky y procurando no erguirse para no ofrecer un blanco fácil al enemigo, Joseph avanzó a trompicones por el barro de regreso a la línea de trincheras. Dos veces resbaló y cayó al suelo, disculpándose de inmediato, consciente de estar golpeando y sacudiendo al herido, pero no podía evitarlo.

Vio el parapeto delante de él, a escasos diez metros. Estaba empapado de agua fangosa hasta la cintura. Su aliento se congelaba en el aire y tenía tanto frío que a duras penas sentía las piernas.

—Casi hemos llegado —dijo a Tucky, pero sus palabras se perdieron en otra descarga de obuses. Uno explotó cerca de él, a la izquierda, arrojándolo al suelo de bruces. Sintió un dolor horrible en el lado izquierdo; luego, nada.

Joseph abrió los ojos con un dolor de cabeza tan cruel que borraba la conciencia de que le dolía todo el lado izquierdo del cuerpo. Al parecer había otras personas a su alrededor. Oía voces. Tardó unos instantes en comprender que lo que estaba mirando era el techo del hospital de campaña. Le habían dado sin que se diera cuenta. ¿Qué habría sido de Tucky?

Intentó hablar pero no estuvo seguro de si en efecto emitía algún sonido o si las palabras sólo estaban en su cabeza. Nadie acudió. Le faltaban fuerzas para moverse. El dolor era escalofriante. Le consumía el cuerpo entero y casi le impedía respirar. ¿Qué le había sucedido? Había visto un sinfín de soldados heridos, brazos y piernas destrozados, torsos reventados por explosiones. Los había sostenido, hablado con ellos mientras agonizaban, tratando simplemente de estar a su lado para que no se sintieran solos. A veces eso era lo único que cabía hacer.

No podía empuñar armas, era capellán, pero la noche antes de que se declarara la guerra se había prometido a sí mismo que iría al frente con los hombres y aguantaría con ellos lo que ocurriera.

Su hermana Hannah estaba casada pero Matthew y Judith estuvieron con él en el hogar de su infancia en Selborne St. Giles contemplando el ocaso que oscurecía la campiña mientras hablaban del futuro en voz baja. Matthew permanecería en el Servicio Secreto de Inteligencia; Judith iría al frente a hacer lo que estuviera en su mano, seguramente conducir ambulancias; Joseph sería capellán. Pero se había jurado que nunca más permitiría que algo le importara tanto como para traumatizarse con su pérdida, tal como le había ocurrido con el fallecimiento de Eleanor y el bebé. Naturalmente, Hannah se quedaría en casa. Su marido, Archie, estaba en el mar, y tenía tres hijos a los que cuidar.

Había alguien inclinado sobre él, un hombre rubio con el semblante serio y cansado. Tenía sangre en las manos y la ropa.

—¿Capitán Reavley?

Joseph intentó contestar pero sólo consiguió emitir un graznido ronco.

—Me llamo Cavan —prosiguió el hombre—. Soy el médico titular. Su brazo izquierdo presenta una rotura muy mala. Lo alcanzó un trozo grande de metralla, a juzgar por su aspecto, y ha perdido mucha sangre por la herida de la pierna pero se pondrá bien. Conservará el brazo pero me temo que esto sea un billete a Inglaterra, sólo de ida.

Joseph sabía a qué se refería el médico: una herida lo bastante grave como para que lo mandaran a casa.

—¿Tucky? —consiguió susurrar por fin—. ¿Tucky Nunn?

—Mal, pero confío en que lo consiga —contestó Cavan—. Probablemente viajará a Inglaterra con usted. Ahora tenemos que hacer algo con este brazo. Le dolerá, pero haré cuanto pueda, y luego cambiaremos el vendaje de la herida de la pierna.

Joseph sabía vagamente que el médico no disponía de tiempo para decir más. Había demasiados hombres aguardando, quizá con heridas más graves que las suyas.

Cavan tuvo razón; le dolió. Durante lo que le pareció una eternidad, Joseph estuvo perdiendo y recobrando la conciencia. Todo pasaba del escarlata del dolor al negro infinitamente mejor del desvanecimiento.

Recordaba a medias haber sido trasladado, las voces a su alrededor, y luego unos breves instantes de lucidez cuando vio a Judith. Estaba inclinada sobre él, con el rostro pálido y muy serio, y se dio cuenta con sorpresa de lo asustada que estaba. Debía presentar muy mal aspecto. Intentó sonreír. Los ojos llorosos de su hermana no le permitieron dilucidar si evolucionaba bien. Al rato volvió a desvanecerse.

Se despertaba a cada tanto. A veces yacía mirando fijamente el techo con ganas de chillar por el daño que le traspasaba el cuerpo hasta que creía que no iba a aguantar, pero uno no hacía esas cosas. Otros hombres, con heridas peores, no lo hacían. A su alrededor había enfermeras, pasos, voces, manos que lo sostenían incorporado dándole a beber brebajes que le provocaban náuseas. La gente le hablaba con amabilidad; había la voz de una mujer, alentadora pero demasiado atareada para compadecerse de verdad.

Se sentía impotente, pero era una especie de alivio no ser responsable del dolor de nadie salvo del propio.

Tenía fiebre y temblaba, con el cuerpo bañado en sudor, cuando por fin lo subieron al tren. El traqueteo y las sacudidas del vagón resultaban espantosos, y deseaba gritar a la gente que decía lo afortunado que era por tener un «billete a Inglaterra», decir que hubiese preferido que lo dejaran en paz donde estaba. Aún corría el mes de marzo y el tiempo era imprevisible. ¿Y si los vientos zarandeaban mucho el barco durante la travesía del Canal? ¡Estaba demasiado enfermo para marearse! Ni siquiera podía darse la vuelta.

Llegado el momento apenas recordó nada, como tampoco del posterior viaje en tren. Cuando por fin despertó y recobró cierta claridad, se encontró tendido en una cama limpia de hospital. El sol entraba a raudales por las ventanas pintando cálidas manchas de luz en el suelo de madera. Estaba bien arropado. ¿Sábanas limpias? Notaba la suavidad de la tela en la barbilla. Y el olor del algodón. A lo lejos alguien hablaba con marcado acento de Cambridgeshire y Joseph se sorprendió sonriendo. Estaba en Inglaterra y era primavera.

Mantuvo los ojos abiertos por si acaso al cerrarlos todo fuese a desaparecer y se encontrara de nuevo hundido en el barro. Una mujer menuda, quizás en la cincuentena, se inclinó sobre él y le ayudó a tomar una taza de té. Estaba caliente y preparado con agua limpia, nada que ver con los posos rancios a los que se había acostumbrado. Llevaba un uniforme blanco almidonado. Dijo llamarse Gwen Neave. Joseph le miró las manos con las que le acercaba la taza a los labios. Manos morenas y muy fuertes, como las de quien pasaba tiempo a la intemperie.

Durante los dos o tres días y noches siguientes parecía estar allí cada vez que Joseph la necesitaba, adivinando siempre qué le aliviaría un poco: hacer de nuevo la cama, girar y ahuecar las almohadas, un vaso de agua fresca, una compresa fría en la frente. La enfermera Neave le cambiaba los vendajes de las enormes heridas en carne viva del brazo y la pierna sin más expresión en su rostro que la de apretar los labios cuando le constaba que le estaba haciendo daño. Hablaba del tiempo que hacía fuera, de cómo se alargaban los días, de los primeros narcisos amarillos en flor. En una ocasión le contó, muy sucintamente, que tenía dos hijos en la Marina Real pero no agregó nada más, no mencionó dónde estaban ni cómo temía por ellos con tantas vidas perdidas en el mar. Joseph admiró su coraje.

Era ella quien le hacía compañía en los peores momentos, como cuando al despuntar el día sufría dolores atroces y se mordía los labios para no ponerse a gritar. Pensaba en el dolor de los demás hombres, seres humanos más jóvenes que él que apenas habían saboreado la vida y ya se la habían arrebatado; cuerpos rotos, desfigurados: todo aquello era demasiado. No le quedaban fuerzas para luchar, sólo quería huir a un lugar donde el dolor cesara.

—Irá mejorando —prometió la enfermera Neave con voz apenas audible para no molestar a los enfermos de las demás camas.

Joseph no contestó. Las palabras no significaban nada. El dolor, la inutilidad y la conciencia de la muerte eran lo único real.

—¿Acaso quiere rendirse? —le preguntó. Joseph vio la sonrisa en los ojos de la mujer—. A todos nos pasa, a veces —agregó—. Aunque pocos llegan a hacerlo en realidad. Y usted no puede, usted es el capellán. Eligió cargar con la cruz y de vez en cuando ayudar a otras personas a cargar con la suya. Si alguien le dijo que no sería una carga pesada, mentía.

Pero lo cierto era que nadie le había dicho eso. Otros habían sobrevivido a circunstancias peores. Tenía que resistir.

Otros temores, como el miedo a la invalidez, lo agobiaban durante las noches interminables en las que permanecía despierto mientras el resto del mundo dormía. Dependería de terceros, siempre estaría a cargo de alguien demasiado amable como para decirle que era una carga pero que acabaría detestándolo y teniendo que recordar que debía compadecerlo. Con frecuencia no conciliaba el sueño hasta el alba. Y luego la noche siguiente era casi igual de mala.

—¿Qué día es hoy? —preguntó una mañana cuando por fin amaneció.

—Doce de marzo —le contestó una joven enfermera—. De mil novecientos dieciséis —añadió sonriendo—. Por si lo había olvidado. Ya hace cinco días que llegó usted a Cambridge.

A la mañana siguiente la misma enfermera anunció alegremente que Joseph tenía visita. Retiró los restos del desayuno y arregló un poco a Joseph aun no siendo necesario y un momento después éste vio a Matthew aproximándose entre las camas de la sala. Estaba pálido y cansado. Su abundante pelo rubio no era lo bastante corto para el ejército y llevaba una chaqueta Harris de tweed encima de una camisa de algodón. Se detuvo junto a la cama.

—Tienes un aspecto espantoso —dijo sonriendo—, pero mejor que la última vez.

Joseph pestañeó.

—¿La última vez? La última vez que estuve en casa estaba bien.

—La última vez que vine a verte ni siquiera estabas consciente —replicó Matthew con aire compungido—. Me llevé un buen chasco. Ni siquiera pude gritarte por ser un estúpido. Es la clase de cosa que nuestra madre hubiese hecho. —Se le hizo un nudo en la garganta—. Decirte que estaba tan orgullosa de ti que iba a reventar y luego mandarte a la cama sin cenar por haberle dado un susto de muerte.

Llevaba razón. Si Alys Reavley todavía viviera eso era exactamente lo que hubiese hecho; y luego habría enviado a la señora Appleton arriba con un plato de budín en una bandeja como si lo hiciera a hurtadillas y Alys no estuviera enterada. En una sola frase Matthew había resumido todo lo que significaba estar en casa, así como la intolerable pérdida de sus padres, asesinados a finales de junio de hacía dos años, el mismo día del magnicidio del archiduque de Austria y la duquesa en Sarajevo. El sentimiento de pérdida volvió a invadir a Joseph con hiriente pesar y por un momento le dolió tanto la garganta que no pudo contestar.

Matthew tosió.

—En realidad esta vez te habría hecho bajar otra vez a tomar tarta con nata —dijo con voz ronca. Sacó un objeto del bolsillo de su chaqueta. Era un estuche como los que suelen emplearse para regalar los relojes de calidad. Lo abrió y lo sostuvo en alto. Contenía una cruz de plata con una cinta blanca y morada.

»La Cruz al Mérito Militar —dijo como si Joseph no la reconociera—. Kitchener te la habría entregado en persona, es bueno para levantar la moral, sobre todo en los hospitales, pero está bastante ocupado en estos momentos de modo que ha dejado que la trajera yo. —Era la más alta condecoración que se otorgaba a un oficial por constantes actos de valor a lo largo de un periodo de tiempo—. Tengo la mención —prosiguió Matthew. Ahora sonreía con los ojos brillantes de orgullo. Sacó un sobre, lo abrió y lo dejó sobre la mesa al lado de Joseph. Luego puso la cruz encima sin sacarla del estuche—. Por todos los hombres que rescataste y trajiste de vuelta de la tierra de nadie. —Encogió un poco los hombros—. Nombra a Eldon Prentice —añadió en voz baja—. Y también hay una Cruz al Mérito Militar para Sam Wetherall. —Bajó aún más la voz—. Lo siento, Joe.

Joseph quería contestar pero no conseguía decir palabra. Recordaba la muerte de Prentice como si hubiese acaecido un mes atrás, no un año. Aún podía revivir el amargo sabor de la ira, la de todos, no sólo la suya. La noche que Charlie Gee resultó herido habría matado a Prentice con sus propias manos. Y nunca había dejado de extrañar a Sam. Nunca había contado a Matthew la verdad sobre lo ocurrido.

—Gracias —dijo simplemente. No fue preciso añadir nada más; se entendían sin necesidad de hablar. Matthew le restó importancia con un gesto.

—Me han dicho que Tucky Nunn se recupera bastante bien. Pasará una temporada en casa pero se pondrá mejor. Al final resultó que no estaba tan malherido como tú.

Joseph asintió con la cabeza.

—Doughy Ward falleció —dijo en voz baja—. Tendré que ir a ver a su familia, cuando pueda. Ahora sólo tendrán a las cinco chicas. Al viejo le va a costar encajarlo. No habrá nadie para hacerse cargo de la panadería.

—Quizá lo haga Mary —sugirió Matthew—. Siempre ha sido tan buena como su padre haciendo pasteles, y más imaginativa. Susie podría llevar las cuentas. —Suspiró—. Me consta que esto no es lo más importante. ¿Cómo están todos los demás? ¿La gente que conozco?

Joseph sonrió atribulado.

—Como siempre, o al menos intentándolo. Whoopy Teversham sigue siendo un payaso; parece que tenga la cara de caucho.

Matthew puso los ojos en blanco.

—La última vez que vine los Nunn y los Teversham todavía no se hablaban.

—Cully Teversham y Snowy Nunn son como hermanos en las trincheras —dijo Joseph con un súbito dolor de garganta. Los recordó sentados muy juntos toda la noche en el frío glacial contándose historias cada vez más atrevidas para mantener alto el ánimo. Dos hombres habían muerto congelados a menos de un kilómetro aquella misma noche. Encontraron sus cuerpos cuando les llevaron el rancho de las trincheras de abastecimiento a la mañana siguiente.

Matthew no dijo nada.

—Gracias por los discos. —Cambió bruscamente de tema—. Sobre todo el de Caruso. ¿Realmente ha sido un superventas?

—Por supuesto —dijo Matthew con indignación impostada —. Igual que Al Jolson cantando «¿Adónde fue Robinson Crusoe con Viernes el sábado por la noche?».

Ambos rieron y Joseph le habló sobre otros hombres del pueblo, aunque sólo le refirió las bromas, las rivalidades, las pequeñas fiestas para escuchar conciertos y las cartas de casa. No dijo nada sobre las espantosas heridas: Plugger Arnold muriendo de gangrena o el apuesto Arthur Butterfield con su pelo ondulado ahogado en el cráter de una bomba en tierra de nadie. Tampoco contó nada sobre el gas ni sobre cuántos hombres habían quedado atrapados en las alambradas permaneciendo colgados allí toda la noche, acribillados a balazos, sin que nadie pudiera hacer nada por ellos.

Habló de amistad, de la clase de confianza que permitía compartirlo todo, lo bueno y lo malo, del miedo que te dejaba inerme y de una compasión que no conocía límites. Como tantas veces antes, vio asomar un sentimiento de culpa en el rostro de Matthew, quien, siendo un joven saludable, ocupaba su puesto en suelo patrio mientras casi todos los demás hombres que conocía estaban en el frente o en el mar. Poca gente comprendía la importancia del trabajo de Matthew. Sin una buena información reunida deprisa y correctamente interpretada se perderían miles de vidas adicionales. Y al final no le aguardaba la gloria; de hecho, rara vez llegaba a reconocerse dicha labor.

Joseph simplemente agradecía que su hermano estuviera a salvo. No pasaba las noches en vela muerto de frío y miedo por él ni repasaba las listas de bajas con el corazón en un puño. Sabía que Matthew era el responsable de la información relativa a Estados Unidos y que evaluaba la probabilidad de que los estadounidenses se unieran a los aliados abandonando su política de neutralidad. Suponía que sus obligaciones conllevarían la decodificación e interpretación de cartas, telegramas y otros mensajes cifrados.

—¿Cómo está Hannah? —preguntó en voz alta.

Matthew sonrió.

—Está bien. Confío en que la dejen venir a verte esta tarde o mañana. Tampoco es que hubiera gran cosa que ver, hasta ahora. Has estado inconsciente la mayor parte del tiempo.

La preocupación volvió a apoderarse de sus ojos.

—Hay otros que están mucho peor —dijo Joseph haciendo honor a la verdad—. Yo tengo un dolor de cabeza horrible, pero nada que no vaya a curarse.

Los ojos de Matthew se posaron en el brazo de Joseph, que presentaba un abultado vendaje, y luego en la ropa de cama cuidadosamente dispuesta para que no pesara sobre la herida de la pierna.

—Pasarás una buena temporada en casa —observó Matthew con la voz ahogada. Ambos sabían que Joseph había tenido mucha suerte de no perder el brazo. Si el doctor Cavan hubiese sido menos diestro, quizá lo habría perdido.

—¿Hay más novedades? —preguntó Joseph. Lo dijo como si no tuviera importancia pero aun así hubo un leve cambio en su tono de voz que Matthew percibió de inmediato. Sabía muy bien qué significaba aquella pregunta: ¿estaba más cerca de averiguar la identidad del Pacificador? Así es cómo llamaban al hombre que había orquestado el complot que descubriera su padre, pagando por ello con su propia vida y la de su madre.

Joseph fue quien averiguó, para su gran consternación, quién había sido el autor material del fatal accidente de coche. Él y Matthew habían encontrado el tratado, todavía sin firmar por el rey, el día antes de que el Reino Unido declarase la guerra. Pero el hombre cuya pasión e intelecto movía los hilos seguía eludiéndolos. La compulsión de los hermanos por dar con él era en parte fruto de su sed de venganza por las muertes de John y Alys Reavley. Otras personas a quienes apreciaban también habían fallecido, utilizadas, aplastadas y tiradas a la basura por el Pacificador en pos de su causa. Además era preciso que lo detuvieran antes de que hiciera realidad la devastadora ruina que había planificado.

Matthew se metió las manos en los bolsillos encogiendo levemente los hombros.

—No he averiguado nada útil —contestó—. He seguido todas las pistas que teníamos pero al final no conducían a ninguna parte. —Apretó una pizca los labios y por un instante sus ojos reflejaron fracaso—. Lo siento. No sé dónde más investigar. He estado muy ocupado intentando evitar actos de sabotaje en el transporte de municiones a través del Atlántico. Estamos desesperados por conseguir suministros. Los alemanes están avanzando por el Somme. Tenemos más de un millón de bajas entre heridos y muertos. Los submarinos nos hunden barcos prácticamente cada semana. Si seguimos así un año más empezaremos a padecer hambrunas de verdad, no sólo escasez sino auténtica inanición. ¡Dios! ¡Si consiguiéramos que Estados Unidos se pusiera de nuestra parte tendríamos hombres, armas, comida! —Calló súbitamente y el semblante se le ensombreció—. Pero Wilson sigue titubeando como una solterona a quien piden que...

Joseph sonrió.

Matthew se encogió de hombros.

—Me figuro que tiene que hacerlo —dijo con resignación—. Si los hace intervenir demasiado deprisa podría perder las elecciones en otoño y ¿de qué nos serviría eso?

—Es verdad —convino Joseph—. Quizá mientras esté en casa tenga tiempo de pensar un poco en el Pacificador. Tal vez haya otras personas en las que no hemos pensado. —Tenía en mente a su antiguo director en St. John’s y le sobresaltó constatar cuánto le dolía esa idea. El Pacificador tenía que ser alguien a quien conocían, lo cual constituía la traición suprema. Resultaba difícil que su voz no dejara traslucir el odio que le inspiraba. Matthew quizá lo tomara por dolor—. ¿Qué más está ocurriendo en Londres? —preguntó en voz alta—. ¿Algún espectáculo nuevo que merezca ser visto? ¿Y el cine? ¿Y Charlie Chaplin? ¿Ha hecho algo más?

Matthew se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.

—Hay algunas cosas buenas de la Keystone. Fatty and Mabel Adrift, con Roscoe Arbuckle y Mabel Normand, y un perro fantástico que se llama Luke. O He Did and He Didn’t, o Love and Lobsters, si te gusta más. Todas las películas tienen títulos alternativos.

Y pasó a hacerle un resumen de lo más relevante.

Joseph aún se reía cuando apareció Gwen Neave con sábanas limpias dobladas en el brazo y un rollo de venda en la otra mano. Dedicó una sonrisa a Matthew pero su autoridad fue innegable cuando le dijo que había llegado la hora de marcharse.

Matthew obró en consecuencia y se despidió de Joseph sin más dilación, como si se vieran a diario. Acto seguido se dirigió a la salida caminando muy erguido con un vestigio de sus gallardos andares de antaño.

—Mi hermano —dijo Joseph henchido de orgullo. De repente lo invadió una grata sensación de bienestar, como si el dolor hubiese remitido aunque en realidad era igual de malo.

Gwen Neave dejó las sábanas a un lado.

—Me ha dicho que venía desde Londres —comentó sin mirarlo a los ojos—. Primero cambiaremos estos apósitos y luego le haré la cama.

A Joseph le resultaba simpática y el desafecto que percibió en su voz le hirió. Le preocupaba lo que opinara de Matthew. Quería decirle lo importante que era el trabajo de Matthew para que no creyera que era uno de esos que eludían el servicio militar, la clase de joven a quien las chicas daban plumas blancas en las esquinas, la marca de los cobardes. No cabía concebir un insulto más humillante.[1]

La enfermera Neave le sostuvo con el brazo y le puso una almohada adicional en la espalda para alcanzar la herida abierta en carne viva donde las puntas del hueso le habían desgarrado el brazo.

—Trabaja en Londres —dijo Joseph jadeando por las punzadas de dolor que lo traspasaban. Se negó a mirar la herida. Quería contarle más cosas acerca de Matthew.

Gwen Neave no manifestaba el menor interés. Ella sólo se ocupaba de los heridos, de los combatientes. Trabajaba todo el día y con frecuencia buena parte de la noche. Ningún requerimiento de sus cuidados o su paciencia resultaba excesivo; estrechar una mano o escuchar en silencio nunca era trivial.

—No está autorizado a contarnos lo que hace —prosiguió Joseph—. Es secreto. No todo el mundo puede llevar uniforme...

Se calló bruscamente, temeroso de estar hablando más de la cuenta. El dolor físico le estaba mareando. Ella le sonrió brevemente comprendiendo lo que trataba de hacer.

—Es evidente que lo aprecia mucho —dijo la enfermera—. Igual que el otro caballero, según parece. Se llevó un buen disgusto al saber que no podría verle debido a su estado.

Joseph se quedó perplejo.

—¿Otro caballero?

—¿No se lo han dicho? —preguntó la enfermera Neave con los ojos muy abiertos—. Lo siento. Tuvimos una urgencia aquella noche. Un caso grave. Me figuro que se olvidaron. No lo harían adrede. Fue..., fue muy penoso —dijo en tono sombrío. Joseph se abstuvo de preguntar qué había ocurrido. Resultaba demasiado fácil adivinarlo.

—¿Quién era? —preguntó en cambio—. El hombre que vino a verme.

—El señor Shanley Corcoran —contestó ella—. Le aseguramos que estaba evolucionando bien.

Joseph sonrió y su tensión disminuyó un poco. Corcoran había sido el mejor amigo de su padre y todos los amigos lo habían querido desde que tenía memoria. No era de extrañar que Corcoran hubiese ido a verle por más atareado que estuviera en el Claustro de Ciencias. Aquello en lo que estuviera trabajando tendría que esperar al menos una hora o dos si uno de los suyos estaba enfermo.

Gwen Neave volvió a tender a Joseph con tanto cuidado como pudo.

—Veo que su hermano le ha traído la medalla. Eso está muy bien, capitán, pero que muy bien. Su hermana estará orgullosa de usted.

En Londres un joven caminaba con brío por Marchmont Street, cruzó por detrás de un taxi y subió a la acera del otro lado de la calle. Había venido desde Cambridge para aquel encuentro tal como venía haciéndolo a intervalos irregulares a lo largo del último año y no le hacía ninguna gracia.

Comprometido con elevados ideales, muy seguro del fin por el que luchaba y creyendo saber cuál sería el coste personal, había obtenido un puesto en el Claustro de Ciencias de Cambridgeshire. Ahora todo era mucho más complicado. Habían entrado en juego personas y emociones que no había previsto.

No iba a contar nada de eso al Pacificador pues aunque sin duda lo comprendería a la perfección con su intelecto, sería incapaz de sentirlo con su corazón. Tenía una sola creencia, una única pasión, y todo en él estaba volcado en ese afán. No permitiría que nadie ni nada se interpusiera en su camino.

Aun así, aquella reunión conllevaría un cierto grado de engaño, al menos por omisión, cosa que incomodaba bastante al joven. Sus planes habían sufrido modificaciones sobre las que no podía decir nada en absoluto. Hacerlo resultaría sumamente peligroso.

Avanzaba dando grandes zancadas sin disfrutar lo más mínimo del sol.

Por la tarde Hannah fue autorizada a ir al hospital. Joseph abrió los ojos y se la encontró a los pies de la cama. Por un instante no vio más que su rostro de suaves líneas, los ojos tan parecidos a los de su madre y el abundante pelo castaño claro. Fue como si Alys estuviera allí de pie. Entonces el dolor de su cuerpo regresó y con él el recuerdo. Su madre estaba muerta.

—¿Joseph? —preguntó Hannah vacilante. Le daba miedo que estuviera demasiado enfermo para que lo molestaran, quizá todavía en peligro. El rostro se le iluminó aliviado al verlo sonreír y se aproximó a él—. ¿Cómo estás? ¿Necesitas que te traiga algo?

Sostenía un gran ramo de narcisos del jardín como si llevara el sol en brazos. Joseph alcanzaba a percibir el aroma por encima del olor a ácido fénico, a sangre, a ropa blanca recién lavada y del calor de los cuerpos.

—Son maravillosos —dijo, y carraspeó para aclararse la voz—. Gracias.

Hannah dejó los ...