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NO TEMAS AL DUELO

Julia Samuel  

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Fragmento

Introducción


Annie, la primera persona a quien atendí, vivía en lo más alto de una torre de departamentos detrás de Harrow Road, en Londres. Ella tenía casi setenta años y estaba destrozada por la muerte de su hija, Tracey, quien murió al chocar contra un camión de carga en la víspera de Navidad. El humo de su cigarro y el calor sofocante de su cuarto, producido por el calefactor eléctrico, mezclados con su intenso dolor siguen tan vivos en mi memoria hoy como lo fue hace veinticinco años. En ese entonces yo era voluntaria para un servicio local de terapias de duelo y sólo había recibido diez sesiones de capacitación por las tardes antes de encontrarme ahí, sentada frente a Annie. Me sentí incompetente y asustada al estar cara a cara con su pérdida; sin embargo, también sentía un hormigueo por la emoción, ya que sabía que había descubierto el trabajo que quería hacer por el resto de mi vida.

Annie me compartió una idea que ha demostrado ser cierta para los cientos de personas que he visto desde entonces: necesitamos respetar y entender el proceso de duelo y debemos de reconocerlo como necesario. No se trata de algo a lo que hay que vencer mediante una batalla, como sucede en el modelo médico de la recuperación. Como humanos, lo natural es que intentemos evitar el sufrimiento, pero, contrario a todos nuestros instintos, para sanar nuestro duelo tenemos que permitirnos sentir ese dolor; tenemos que encontrar formas para usarlo como apoyo, porque no podemos escapar de él. Annie clamaba contra el hecho de que su hija estaba muerta, bloqueaba la realidad con borracheras y peleas con sus familiares y amigos que intentaban ayudarle a superar la pérdida. Este dolor fue justamente lo que con el tiempo la obligó a buscar una manera para vivir con la verdad: su amada hija estaba muerta (y este dolor tomó su propio curso).

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La muerte es el último y gran tabú y su consecuencia, el duelo, es profundamente incomprendida. No tenemos ningún problema con hablar sobre sexo o los errores, o de exponer nuestras vulnerabilidades más íntimas, pero cuando se menciona la muerte nos quedamos callados. Es algo tan aterrador, incluso alienígena, para tantos de nosotros que no podemos encontrar las palabras para expresarlo. Este silencio conduce a una ignorancia que puede prevenirnos de reaccionar al duelo tanto de otros como al nuestro. Para nosotros es mejor cuando los dolientes no muestran su angustia y podemos decirles que son “increíbles” por ser “tan fuertes”. No obstante, a pesar del lenguaje que usemos para tratar de negar la muerte (eufemismos como dejar este mundo, pasar a mejor vida), la dura realidad es que como sociedad estamos mal preparados para lidiar con ella. La falta de control y la impotencia a las que debemos enfrentarnos van en contra de la creencia del siglo XX de que los avances médicos pueden componernos, o si no pueden, de que las dosis suficientes de determinación lo harán.

Miles de personas mueren diariamente, algunas son inesperadas y otras no; sólo en México mueren más de 600 000 personas al año. En promedio, cada muerte afecta al menos a cinco personas, lo que quiere decir que a millones de personas les afectará esa noticia. Por siempre recordarán dónde estaban cuando les dijeron que su padre, madre, hermano/a, amigo/a o hijo/a estaba muriendo o había muerto. Esto afectará todo aspecto de su mundo para el resto de su vida y, básicamente, cambiará la relación que tienen consigo mismas. La pericia con la que manejen su dolor eventualmente implicará a toda la familia y amigos que rodean a esas personas.

El dolor que sentimos es invisible, es una herida inmaterial enorme o pequeña, según cuánto amábamos a la persona que murió. Puede ser que estemos de luto por una muerte repentina o por una que anticipamos. En cualquier caso, el cielo que vemos es el mismo que miramos antes de esa muerte, pero cuando nos vemos en el espejo, observamos a una persona distinta. Vemos una fotografía nuestra y nos preguntamos a dónde se fue la inocencia de esa sonrisa. La muerte es la gran reveladora: saca y exhibe los defectos ocultos y secretos sumergidos; asimismo, nos revela lo cruciales que han sido los más allegados a nosotros. Sin embargo, los que nos rodean no necesariamente entienden la complejidad de lo que ha pasado o la profundidad de la herida que cargamos.

He visto con regularidad que no es el dolor del duelo lo que lastima a personas como Annie, e incluso a familias enteras y hasta a generaciones, sino lo que hacen para evitar ese dolor. Lidiar con el dolor requiere de trabajo en distintos niveles, tanto físicos como psicológicos. No es posible hacer solos este trabajo. El amor de otros es fundamental para sobrevivir a la pérdida de ese amor. Con su apoyo, podemos esforzarnos para encontrar una forma para soportar el dolor y continuar sin la persona que murió (atreviéndonos a seguir adelante y a volver a confiar en la vida).

En mi profesión abundan las estrategias prácticas con buenas bases, así como opiniones psicológicas; ambas son esenciales para cualquiera que está de luto. Como terapeuta he sido testigo de cómo este conocimiento puede ayudar a los dolientes para que eviten generar consecuencias peores a través de un apoyo inapropiado; estudios de investigación demuestran que los duelos sin resolver son el motivo de 15% de las remisiones a psiquiatría. El miedo que rodea a la muerte y al duelo es causado en gran medida por una falta de conocimiento. El objetivo de este libro es abordar ese miedo y reemplazarlo por confianza. Quiero que las personas entiendan que el luto es un proceso que tiene que trabajarse (y la experiencia me ha enseñado que el luto es un trabajo muy demandante). No obstante, si hacemos el trabajo, éste puede trabajar para nosotros, al permitirnos sanar. El proceso natural del duelo puede apoyarse de tal manera que nos permita funcionar de modo efectivo en nuestra vida diaria, y espero que este libro llegue a desempeñar una función útil al proporcionar este apoyo.

Aquí encontrarás estudios de casos sobre el duelo basados en la experiencia de personas reales. A pesar de que fueron agrupados con base en la relación del individuo con la persona que murió (es decir, en la pérdida de una pareja, de un padre o madre, de un hermano/a o hijo/a), cada caso es único. Estas historias demuestran que debemos familiarizarnos con lo que sucede en nuestro interior; debemos aprender a reconocer nuestros sentimientos y motivaciones, y conocernos realmente. Esto es necesario si queremos ajustarnos a la nueva realidad generada por una pérdida. El duelo no nos pega en fases y etapas organizadas, tampoco se trata de algo que olvidamos y seguimos adelante; es un proceso individual regido por su propio ímpetu, y el trabajo involucra encontrar formas para enfrentar nuestros miedos y dolores, así como para ajustarnos a esta nueva versión de nosotros mismos, a este “nuevo yo”. El hecho de que muchas personas puedan, de alguna forma, encontrar la manera para soportar lo insoportable dice mucho sobre nuestra extraordinaria capacidad para crecer conforme trabajamos para reconstruir nuestra vida.

Aunque los estudios de casos en este libro se elaboraron con base en mi relación con cada individuo a través de terapias, el enfoque está, no obstante, en el duelo, más que en la terapia. Asimismo, demuestran que realmente escuchar a alguien es tan importante como hablar con él (el poder de una persona que es escuchada con toda la atención mientras cuenta su historia nunca debe subestimarse). La habilidad para escuchar bien no es de ninguna manera exclusiva de los terapeutas profesionales; es algo que todos podemos aprender a hacer y podría sorprendernos lo mucho que nos dicen nuestros amigos y lo atentos que podemos ser cuando nos tomamos el tiempo para escucharlos adecuadamente.

En mis sesiones con clientes, ellos exploran sus conjeturas previas sobre la vida y sus percepciones del mundo. Descubren palabras que describen lo que tal vez no se había expresado antes, la libertad de no tener que protegerme de sus dolores más profundos, de sus peores miedos o pensamientos. Le dan voz a sus preocupaciones, a sus angustias; se sienten más ligeros y suelen hacer conexiones nuevas con su interior. Exploran versiones diferentes de sí mismos que pueden estar batallando o esa vocecita que los criticaba ante cada acción. Tienen el espacio para encontrar qué pasa realmente debajo de sus armaduras; esas defensas que tal vez en el pasado los protegieron, pero que ahora están en su contra. Se revelan como más completos y pueden hacer las paces con partes de sí mismos que, por ejemplo, les recuerdan a sus papás (un comportamiento que han odiado o que descubrieron que imitan). Tener un lugar al que pueden traer los sentimientos retorcidos que les han hecho nudos silenciosamente —un lugar donde dichos sentimientos pueden desenredarse para después buscar fragmentos de la verdad— a veces puede aliviar el dolor causado por el duelo puro.

Las “Reflexiones” al final de cada sección contienen mis comentarios generales sobre cómo abordar este tipo de pérdida, así como datos prácticos y orientación sobre los temas que surgieron en las historias. Proporcionarles a los lectores las estadísticas relacionadas con los grandes números de personas en duelo desvanecerá las impresiones negativas y equivocadas que los individuos pueden tener sobre su luto y que podría estar saboteándolos. De igual manera, puede ser útil leer las secciones del libro que no son relevantes de manera directa con tu experiencia para conocer los procesos universales por los que pasamos cuando una persona muere (y hasta para sorprendernos al ver mucho de nosotros mismos en alguien que está de luto por una muerte completamente distinta).

Debido a que nuestra actitud ante el duelo es parte de nuestra cultura, incluí un breve resumen sobre cómo han cambiado en el Reino Unido esas actitudes desde la época victoriana; sin duda hay prácticas del pasado que no debemos ni pensar en adoptar en la actualidad. El capítulo sobre la amistad incluye mis puntos de vista condensados sobre su importancia y no podría enfatizar lo suficiente acerca de lo crítico que es el rol de los amigos en la recuperación de un doliente, a pesar de que tengan tanto el potencial de estorbar como el de ayudar. La última sección nos dice cómo podemos ayudarnos a través de la imagen de los Pilares de la fuerza.

Deseo que este libro sea un recurso para consultar continuamente. Quiero que las personas comprendan su duelo o el duelo de las personas a quienes quieren. Espero que sea usado por amigos y familiares para asegurarles a los dolientes que la vida puede reconstruirse y que la confianza puede desarrollarse. Es posible que ya no seamos inocentes optimistas y quizá siempre habrá momentos en los que sintamos el dolor de la pérdida, pero eventualmente sentiremos que la comprensión más profunda de nosotros mismos que habremos ganado nos ha hecho crecer.

Entender el duelo


¿Qué es el duelo?

El duelo es la reacción emocional ante una pérdida, en este caso, ante la muerte. El luto es el proceso por el que debemos pasar para así ajustarnos a este mundo en el que la persona falleció. Como ilustra este libro, el duelo es un proceso interno sumamente personal, contradictorio, caótico e impredecible. Si vamos a navegarlo, debemos encontrar una manera para entender y vivir con su paradoja central: tenemos que encontrar una forma para vivir con una realidad que quisiéramos que no fuera cierta.

El duelo nos obliga a encarar a nuestra mortalidad, la cual hemos negado durante toda nuestra vida, frecuentemente a través del establecimiento del orden (ya que si tenemos orden, tenemos previsibilidad y, sobre todo, control). La muerte destruye el control; la muerte es cruel por el poder supremo que tiene sobre nosotros y ésta es la razón por la que nos es tan complicado aceptarla.

Para hacer un duelo, debemos encontrar la manera de superar el dolor de esa pérdida, no de luchar en contra suya o de bloquearlo, y para eso necesitamos apoyo (el amor y apoyo de nuestros familiares y amigos) y entender lo que conlleva el proceso.

El proceso del duelo

Todos siempre hablan sobre el proceso del duelo, el cual es la actividad que se está realizando tanto bajo la superficie como sobre ésta. La imagen que se suele usar al ilustrarla es la de un iceberg: lo que podemos ver sobre la superficie (nuestras palabras, apariencia, expresiones) es sólo un tercio de la totalidad. Este proceso que se esconde por debajo consiste en una lucha entre el dolor causado por la pérdida y nuestro instinto por sobrevivir. El proceso se encuentra en el movimiento (ese ir y venir) entre la pérdida y la restauración. La tristeza, las lágrimas, el deseo y la preocupación por la persona que murió se alternan con las tareas de nuestro día a día: operar, tener esperanzas en el futuro y tomarse un descanso del duelo. Con el paso del tiempo nos ajustamos cada vez más a la realidad de la muerte, y conforme lo hacemos, estamos cada vez más disponibles sentimentalmente para poder ocuparnos de lleno en nuestra vida actual. Este proceso, el cual es tan consciente como inconsciente, es intenso al inicio, pero luego se torna menos complicado, conforme aprendemos a manejar nuestro duelo de mejor manera.

La paradoja del duelo

La paradoja del duelo consiste en que el encontrar una manera para vivir con el dolor es lo que nos permitirá sanar. Enfrentarse al duelo no involucra una teoría de inmersión; en cambio, debemos afrontar el duelo conforme se nos presenta (a menudo se siente como una tormenta que nos golpea) y tomarnos un descanso de éste a partir de distracciones, ocupaciones y de hacer las cosas que nos hacen sentir cómodos y que nos tranquilizan. Cada vez que alternamos entre estos polos nos ajustamos a la realidad que no queremos encarar: la persona que amamos está muerta.

La esencia del duelo es que estamos obligados, a través de la muerte, a confrontar una realidad que rechazamos por naturaleza. Normalmente usamos comportamientos habituales para protegernos del dolor que causa este conflicto irremediable, pero éstos pueden trabajar a favor o en contra nuestra.

El dolor es el agente de cambio. Este concepto es algo difícil de entender. No obstante, sabemos que si todo va de acuerdo al plan y estamos satisfechos, no existe un ímpetu que cambie las cosas. Por otro lado, si sufrimos a causa de sentimientos constantes de incomodidad, aburrimiento, enojo, ansiedad o miedo en nuestra vida diaria, usualmente esta situación nos conduce a cuestionarnos para así encontrar el problema: ¿Acaso es un problema en nuestra relación o en el trabajo? ¿Qué es lo que debo cambiar para que me pueda volver a sentir satisfecho o incluso feliz? Cuando alguien muere el cambio se nos impone; el dolor que sentimos se agudiza y nos obliga a adaptarnos a mundos internos y externos diferentes.

A menudo, los comportamientos que usamos para evitar el dolor son los que más nos lastiman. Los comportamientos que desarrollamos en nuestra vida temprana para protegernos del dolor emocional son nuestra forma automática para lidiar con las dificultades. Para algunos, estos comportamientos predeterminados funcionan bien, mientras que para otras personas no son de gran ayuda. Hablar con un amigo cuando algo nos molesta o preocupa es un comportamiento positivo; adormecer nuestro dolor con alcohol es un comportamiento negativo. Nuestra tarea consiste en diferenciarlos y en aprender simultáneamente comportamientos nuevos que apoyen nuestra capacidad para soportar y expresar el dolor.

Sentimos como si el fallecido siguiera vivo, a pesar de que sabemos que en realidad está muerto. Visualizamos su cuerpo como si estuviera vivo: nos preguntamos si se sienten solos, si tienen frío o miedo; hablamos con ellos en nuestra mente y les pedimos que nos guíen en las grandes o pequeñas decisiones de nuestra vida. Los buscamos por las calles, nos conectamos con ellos al escuchar la música que les gustaba o al oler su ropa. El muerto sigue presente dentro de nosotros, pero al mismo tiempo no está presente físicamente. Podríamos sentir como si se tratara de una relación en curso, sabiendo que ésta no se desarrollará nunca más. Cuando no reconocemos esto o hasta cuando lo negamos, nuestra mente puede distorsionarse o desequilibrarse. Sin embargo, cuando comprendemos la situación, nuestro sentimiento abrumador se transforma en uno de alivio.

Debemos aprender a vivir con una alternancia entre el “dejar ir” y el “aferrarse”. Los rituales como el funeral o visitar una tumba le dan forma al dejar ir, el reconocer que la persona murió y que ya no está presente físicamente. Entonces, las personas asumen que deben olvidar por completo a su ser querido y, posteriormente, se sienten culpables por haberlo abandonado; pero la relación entre ellos sí continúa, sólo que de una forma radicalmente diferente.

La muerte se roba el futuro que anticipábamos y que deseábamos, pero no se llevará la relación que tuvimos. La conexión con los muertos se mantiene internamente a través de nuestros recuerdos, los cuales son probablemente el regalo más preciado que poseeremos; los recuerdos se vuelven parte de nosotros, se vuelven nuestros testigos y guías conforme seguimos con nuestra vida.

Tal vez queramos volver a ser felices y reconozcamos que es lo correcto y justo, pero nos sentiremos culpables porque, por alguna razón, parece que eso está mal y que no es correcto. Suele existir un conflicto entre nuestra cabeza y el corazón; nuestra cabeza sabe que fue, digamos, un accidente terrible, pero nuestro corazón siente que hicimos algo equivocado. Estas dos partes pueden tener una batalla campal, dejándonos débiles y exhaustos. Los dos polos opuestos necesitan encontrar un lugar donde puedan convivir. Entender que necesitamos mantener ambos conceptos puede ser liberador.

La sociedad aprueba que el doliente sea valiente y que siga adelante, pero no aprueba que se aleje o que no pueda sobrellevarlo. Paradójicamente, el duelo que debe generar preocupaciones es el que se logra a través de atajos, como automedicarse para lidiar con el dolor. Como sociedad, necesitamos aprender a apoyar un duelo saludable y ayudar a la gente a entender que cada quien tiene su ritmo.

Nuestra cultura está sumida en la creencia de que podemos arreglarlo casi todo y mejorarlo, y, si no podemos, de que nos es posible tirar lo que tenemos a la basura y empezar de nuevo. El duelo es la antítesis de esta creencia: no puede evitarse y necesita de resistencia; asimismo, nos obliga a aceptar que hay algunas cosas en este mundo que sencillamente no podemos arreglar.


CUANDO MUERE
UNA PAREJA


El amor altera el tenor constante de nuestros modos, complica nuestros planes y derrota el clientelismo político. Es venerado y deplorado, ansiado y temido. Tomamos grandes riesgos cuando nos embarcamos en relaciones amorosas y riesgos mayores si las renegamos. De una manera o de otra tenemos que encontrar una forma para vivir con amor.

–COLIN MURRAY PARKES

Caitlin


Cuando Caitlin tocó a mi puerta me dio curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Cuál era su historia? Antes de poder verla, escuché una voz cálida y animada con un ligero acento irlandés que platicaba en las escaleras; cuando cruzó mi puerta, vi a una pelirroja alta con cabello largo y ondulado, una mujer sonriente con ojos azules. Estaba por llegar a los cincuenta y caminó deliberadamente con pasos largos hacia mí, luego se detuvo para acomodar un tapete que pateó accidentalmente.

Como Caitlin hablaba rápido (se expresaba con claridad y era graciosa) me tomó algo de tiempo poder ver la fragilidad detrás de su armadura. Su historia era complicada: David, su esposo desde hacía diez años (y estaban juntos desde hacía casi veinte), acababa de ser diagnosticado con cáncer terminal en el hígado. En su última cita en el hospital, ella les insistió a los médicos si podían darle alguna opinión sobre su expectativa de vida, a lo que le respondieron que tenía entre nueve y dieciocho meses. David decidió sólo saber lo indispensable, pero Caitlin necesitaba conocer más en privado; su parte fuerte y guerrera le dijo: voy a subirme a este tren y necesito saber con qué voy a lidiar. Sin embargo, lloró cuando me relató esto. Su relación era complicada y se vio afectada por su adicción al alcohol, pero ella todavía lo amaba.

Su mayor preocupación eran sus dos pequeños hijos: Kitty (de nueve años) y Joby (de seis). Ella todavía no les había dicho que su padre se estaba muriendo. Lo que más sentía era miedo, grandes cantidades de miedo: miedo a lo desconocido, miedo a la sobrevivencia, miedo a si ella/ellos podrían salir adelante, miedo por cuestiones de dinero, miedo por sus hijos y, obviamente, miedo a la muerte de David. Caitlin estaba completamente confundida. Naturalmente, sentía que debía proteger a sus hijos, ya que eran muy chicos; ella ya había empezado a contarles mentiras piadosas para ocultar los problemas con el alcohol de David. Le preocupaba que David se cayera muerto de la nada y que no tuviera el tiempo necesario para prepararlos para eso. Le pregunté qué pensaba ella que sus hijos sabían. Me respondió que nada. Le dije que eso era poco probable, ya que los niños son inteligentes; ellos presienten inmediatamente que algo no está bien, incluso si no saben qué con exactitud. De hecho, luego mencionó que le habían dicho: “Papá parece papá, pero más chico”.

Discutimos si David se involucraría en las conversaciones y ella dijo con claridad que no. Acordamos que ella debía empezar por preguntarles a sus hijos lo que sabían sobre la enfermedad de su padre. Le dije que con el tiempo ellos necesitaban saber la verdad (tal vez no todo de una vez, sino en pequeñas dosis). Sus respuestas a las preguntas de sus hijos debían de ser literales y fácticas; cuando los niños no saben algo lo inventan, y sus inventos pueden ser más aterradores que la verdad. Si se les decía la verdad, confiarían en ella y la confianza sería el cimiento del apoyo que necesitarían durante ese proceso asombrosamente difícil y aterrador.

En una sesión posterior, Caitlin me contó cómo les dio la noticia sobre la muerte inminente de David a sus hijos. Les explicó que “su papá está muy enfermo y los doctores suelen ayudar a las personas para que se sientan mejor, pero su papá está muy muy enfermo y ahora los doctores no lo pueden ayudar”. Primero no lloraron, pero cuando les preguntó qué les preocupaba al respecto, Caitlin se puso a llorar, y luego todos empezaron a llorar. Ella les demostró que estaba bien llorar y que era bueno hacerlo juntos.

Los niños hicieron muchas preguntas. ¿Su papá iba a morir? ¿Ellos iban a morir? Caitlin fue honesta y cuidadosa con ellos. Les dijo que “su papá se va a morir cuando su cuerpo deje de funcionar; no sabemos exactamente cuándo pase eso, pero siempre les voy a decir la verdad”. Después continuaron con su rutina normal de té, baño, y cuentos, todo con abrazos extra, lo que los dejó tranquilos. Fue una conversación desgarradora, una de las muchas que tendrían a lo largo de las siguientes semanas, pero a pesar de haber sido tan difícil, Caitlin lo manejó con gran valentía.

Estaba segura de que podría construir una relación con Caitlin. Ella era como un motor en aceleración y necesitaba poder confiar lo suficiente en alguien como para desacelerar y sentirse segura. “Segura” fue una palabra clave que se repetía en varias de nuestras sesiones. Caitlin necesitaba a una persona fiable y consecuente que la escuchara con detenimiento y que no se abrumara con su historia, alguien que pudiera darle las herramientas necesarias para estructurar y para posteriormente manejar sus miedos muy reales. Ella amaba a su esposo, pero lo odiaba al mismo tiempo por todo lo que les había hecho pasar (me describió su alcoholismo como “gotear veneno sobre nuestra familia”), asimismo sentía que su muerte les causaría un daño irreversible.

Caitlin siempre cargaba con su ansiedad sumida en un torbellino de inquietud. Entraba abruptamente a mi consultorio y hablaba sorprendentemente rápido, como si cuanto más deprisa hablara más pudiera evitar el dolor, como alguien saltando entre brasas ardientes. Ella conocía pocos métodos para tranquilizarse cuando le daba ansiedad, lo que sólo intensificaba la angustia causada por su duelo. En varias ocasiones habló sobre su madre, a quien visitaba con frecuencia y amaba profundamente. Sin embargo, no tomó mucho tiempo para darme cuenta de que la crianza que obtuvo de su madre fue errática; como David, su madre era alcohólica, lo que inevitablemente quería decir que Caitlin no podía confiar en ella. Caitlin me narró algunas experiencias que le sucedieron como a los diez años: su mamá solía llegar tarde por ella a la escuela y Caitlin se veía obligada a esconderse detrás de la parada del camión, llena de vergüenza y abrumada por un sentimiento de soledad que jamás la dejaría.

Estos episodios demostraron la raíz de su sentimiento de abandono y cómo se formaron los ojos a través de los cuales veía el mundo, así como por qué su primer pensamiento ante cualquier situación estresante era “me quedaré sola”. La vergüenza y el miedo eran palabras que se repetían constantemente en nuestras sesiones. No obstante, ella amaba a su madre y oscilaba entre sentir por ella un amor profundo y cálido y un odio terrible. Mi interpretación de estas emociones (con la que no estuvo de acuerdo) fue que Caitlin tenía el pensamiento mágico de un niño, ya que esperaba que su afecto pudiera controlar las borracheras de su madre. Ella pensaba que si era buena, su mamá también sería buena, y que si su mamá estaba borracha era porque Caitlin era mala. Naturalmente, Caitlin se inventó a la larga una idea fija de su propia maldad.

Una tragedia devastadora la golpeó justo en esa zona de quiebre a los diecisiete años de edad. A su amado padre, quien había sido un hombre amoroso y exitoso, le dio una enfermedad mental y se ahorcó en un bosque cercano al hogar familiar. Su muerte llegó después de un breve episodio de depresión inmensurablemente profunda. Caitlin me dijo que desde su muerte se sentía “como si trajera una botella de cianuro” dentro del estómago. Me contó que su padre era un “gran hombre” a quien ella amaba. Mientras me lo contaba, sentí cómo se me nublaba la mente; era demasiada información para asimilar. Le dije eso y empezó a llorar. Algo en el hecho de que yo reconociera lo duro que fue toda esta situación le permitía reconocer a ella que en realidad sí era así. Ella mantenía desde hacía décadas y todavía de manera muy vívida el duro golpe emocional que le causó la muerte de su padre; el tiempo durante el que pudimos vernos le permitió tocar ese tema, pero sólo de poco a poco. A pesar de que este duelo estaba sumergido, que en mi opinión parecía que la había afectado a niveles muy profundos, fue inevitablemente evocado debido a la pérdida que estaba por venir; ya no era el momento para lidiar con esas heridas. Éstas la desestabilizarían y necesitaría todos los recursos a su alcance para que funcionaran a su favor ante la muerte de David y sus innumerables implicaciones.

Caitlin era la hija menor de una gran familia irlandesa de profesionistas y tenía muchos amigos cercanos, íntimos y buenos. Pero no era igual con los hombres. Ella buscaba a los hombres para recibir validación y para hacerla sentir digna de recibir amor; ella pensaba que tenía que hacer todo lo posible para gustarles y priorizaba sus necesidades y, en ese proceso, ignoraba las suyas, lo que la hacía sentir vacía y usada. En este punto de su vida, su obsesión con los hombres se presentaba en la figura de Tim. Caitlin me dijo que amaba a David (él era bueno con ella, la había elegido de entre las demás y era el padre de sus hijos), pero su alcoholismo le había robado el respeto que sentía por él. La adicción fracturó la frágil confianza que había entre ellos y el deseo de Caitlin por David se había esfumado.

Tim era un personaje de fantasía que era completamente inadecuado para Caitlin, cosa que ella sabía gracias a su inteligencia y sensibilidad. Tim trabajaba en mercadotecnia y era un encanto; acababa de divorciarse de su segunda esposa y tenía todo un alboroto económico y emocional, ya que tenía que pagar por tres hijos en dos casas diferentes y por su propio departamento. Caitlin sabía que él era incapaz de darle lo que necesitaba, pero no importaba cuánto lo “supiera”, ya que eso no influenciaba su comportamiento. “Soy como un misil que rastrea el calor y que constantemente espera saber algo de él, que planea cuándo podré volverlo a ver y que ensaya una y otra vez en la cabeza las cosas que le voy a decir para hacerlo quererme.” Su fantasía era que él se diera cuenta de que estaba “perdidamente enamorado” de ella e hiciera apasionadas declaraciones de amor. En la cabeza de Caitlin solían surgir dos diálogos: el de “te amo”, en el que él le declaraba su amor y ella le decía “lárgate”. Sin embargo, la realidad era dura. Cuando sí se veían, él era impredecible: a veces era cariñoso y seductor, la atraía sexualmente, y en otras ocasiones era muy desdeñoso. Ella se ponía ansiosa y necesitada, causándole una sed por recibir un mensaje nuevo de Tim, así que revisaba su celular cada que podía y no lograba concentrarse hasta que recibía su mensaje. Cuando sí le llegaba un mensaje, ella lo leía y volvía a leer; cual médico forense, intentaba extraer significados que raramente las palabras exactas transmitían. Decepcionada, quedaba sedienta por otro mensaje. Este patrón (en el que ella lo rechaza con la esperanza de que él vaya detrás de ella) es común en las relaciones; una persona grita “lárgate” cuando lo que quiere decir en realidad es “lucha por mí, acércate, demuestra que me quieres”. Asimismo, éste se encuentra comúnmente entre los padres y sus hijos.

Influenciada por su creencia y crianza católica, Caitlin quería tener una versión de sí de la cual estuviera orgullosa; pero esto iba acompañado de su necesidad de ser deseada. Para Caitlin, Tim era un imán que la atraía hacia él con una fuerza insuperable. Tim sacaba a relucir aspectos de ella de cuando era joven, de cuando ansiaba desesperadamente recibir la atención de su madre; la inconsistencia de Tim era un reflejo de la de su madre y su sensación d ...