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NO TEMAS AL DUELO

Julia Samuel  

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Fragmento

Introducción


Annie, la primera persona a quien atendí, vivía en lo más alto de una torre de departamentos detrás de Harrow Road, en Londres. Ella tenía casi setenta años y estaba destrozada por la muerte de su hija, Tracey, quien murió al chocar contra un camión de carga en la víspera de Navidad. El humo de su cigarro y el calor sofocante de su cuarto, producido por el calefactor eléctrico, mezclados con su intenso dolor siguen tan vivos en mi memoria hoy como lo fue hace veinticinco años. En ese entonces yo era voluntaria para un servicio local de terapias de duelo y sólo había recibido diez sesiones de capacitación por las tardes antes de encontrarme ahí, sentada frente a Annie. Me sentí incompetente y asustada al estar cara a cara con su pérdida; sin embargo, también sentía un hormigueo por la emoción, ya que sabía que había descubierto el trabajo que quería hacer por el resto de mi vida.

Annie me compartió una idea que ha demostrado ser cierta para los cientos de personas que he visto desde entonces: necesitamos respetar y entender el proceso de duelo y debemos de reconocerlo como necesario. No se trata de algo a lo que hay que vencer mediante una batalla, como sucede en el modelo médico de la recuperación. Como humanos, lo natural es que intentemos evitar el sufrimiento, pero, contrario a todos nuestros instintos, para sanar nuestro duelo tenemos que permitirnos sentir ese dolor; tenemos que encontrar formas para usarlo como apoyo, porque no podemos escapar de él. Annie clamaba contra el hecho de que su hija estaba muerta, bloqueaba la realidad con borracheras y peleas con sus familiares y amigos que intentaban ayudarle a superar la pérdida. Este dolor fue justamente lo que con el tiempo la obligó a buscar una manera para vivir con la verdad: su amada hija estaba muerta (y este dolor tomó su propio curso).

La muerte es el último y gran tabú y su consecuencia, el duelo, es profundamente incomprendida. No tenemos ningún problema con hablar sobre sexo o los errores, o de exponer nuestras vulnerabilidades más íntimas, pero cuando se menciona la muerte nos quedamos callados. Es algo tan aterrador, incluso alienígena, para tantos de nosotros que no podemos encontrar las palabras para expresarlo. Este silencio conduce a una ignorancia que puede prevenirnos de reaccionar al duelo tanto de otros como al nuestro. Para nosotros es mejor cuando los dolientes no muestran su angustia y podemos decirles que son “increíbles” por ser “tan fuertes”. No obstante, a pesar del lenguaje que usemos para tratar de negar la muerte (eufemismos como dejar este mundo, pasar a mejor vida), la dura realidad es que como sociedad estamos mal preparados para lidiar con ella. La falta de control y la impotencia a las que debemos enfrentarnos van en contra de la creencia del siglo XX de que los avances médicos pueden componernos, o si no pueden, de que las dosis suficientes de determinación lo harán.

Miles de personas mueren diariamente, algunas son inesperadas y otras no; sólo en México mueren más de 600 000 personas al año. En promedio, cada muerte afecta al menos a cinco personas, lo que quiere decir que a millones de personas les afectará esa noticia. Por siempre recordarán dónde estaban cuando les dijeron que su padre, madre, hermano/a, amigo/a o hijo/a estaba muriendo o había muerto. Esto afectará todo aspecto de su mundo para el resto de su vida y, básicamente, cambiará la relación que tienen consigo mismas. La pericia con la que manejen su dolor eventualmente implicará a toda la familia y amigos que rodean a esas personas.

El dolor que sentimos es invisible, es una herida inmaterial enorme o pequeña, según cuánto amábamos a la persona que murió. Puede ser que estemos de luto por una muerte repentina o por una que anticipamos. En cualquier caso, el cielo que vemos es el mismo que miramos antes de esa muerte, pero cuando nos vemos en el espejo, observamos a una persona distinta. Vemos una fotografía nuestra y nos preguntamos a dónde se fue la inocencia de esa sonrisa. La muerte es la gran reveladora: saca y exhibe los defectos ocultos y secretos sumergidos; asimismo, nos revela lo cruciales que han sido los más allegados a nosotros. Sin embargo, los que nos rodean no necesariamente entienden la complejidad de lo que ha pasado o la profundidad de la herida que cargamos.

He visto con regularidad que no es el dolor del duelo lo que lastima a personas como Annie, e incluso a familias enteras y hasta a generaciones, sino lo que hacen para evitar ese dolor. Lidiar con el dolor requiere de trabajo en distintos niveles, tanto físicos como psicológicos. No es posible hacer solos este trabajo. El amor de otros es fundamental para sobrevivir a la pérdida de ese amor. Con su apoyo, podemos esforzarnos para encontrar una forma para soportar el dolor y continuar sin la persona que murió (atreviéndonos a seguir adelante y a volver a confiar en la vida).

En mi profesión abundan las estrategias prácticas con buenas bases, así como opiniones psicológicas; ambas son esenciales para cualquiera que está de luto. Como terapeuta he sido testigo de cómo este conocimiento puede ayudar a los dolientes para que eviten generar consecuencias peores a través de un apoyo inapropiado; estudios de investigación demuestran que los duelos sin resolver son el motivo de 15% de las remisiones a psiquiatría. El miedo que rodea a la muerte y al duelo es causado en gran medida por una falta de conocimiento. El objetivo de este libro es abordar ese miedo y reemplazarlo por confianza. Quiero que las personas entiendan que el luto es un proceso que tiene que trabajarse (y la experiencia me ha enseñado que el luto es un trabajo muy demandante). No obstante, si hacemos el trabajo, éste puede trabajar para nosotros, al permitirnos sanar. El proceso natural del duelo puede apoyarse de tal manera que nos permita funcionar de modo efectivo en nuestra vida diaria, y espero que este libro llegue a desempeñar una función útil al proporcionar este apoyo.

Aquí encontrarás estudios de casos sobre el duelo basados en la experiencia de personas reales. A pesar de que fueron agrupados con base en la relación del individuo con la persona que murió (es decir, en la pérdida de una pareja, de un padre o madre, de un hermano/a o hijo/a), cada caso es único. Estas historias demuestran que debemos familiarizarnos con lo que sucede en nuestro interior; debemos aprender a reconocer nuestros sentimientos y motivaciones, y conocernos realmente. Esto es necesario si queremos ajustarnos a la nueva realidad generada por una pérdida. El duelo no nos pega en fases y etapas organizadas, tampoco se trata de algo que olvidamos y seguimos adelante; es un proceso individual regido por su propio ímpetu, y el trabajo involucra encontrar formas para enfrentar nuestros miedos y dolores, así como para ajustarnos a esta nueva versión de nosotros mismos, a este “nuevo yo”. El hecho de que muchas personas puedan, de alguna forma, encontrar la manera para soportar lo insoportable dice mucho sobre nuestra extraordinaria capacidad para crecer conforme trabajamos para reconstruir nuestra vida.

Aunque los estudios de casos en este libro se elaboraron con base en mi relación con cada individuo a través de terapias, el enfoque está, no obstante, en el duelo, más que en la terapia. Asimismo, demuestran que realmente escuchar a alguien es tan importante como hablar con él (el poder de una persona que es escuchada con toda la atención mientras cuenta su historia nunca debe subestimarse). La habilidad para escuchar bien no es de ninguna manera exclusiva de los terapeutas profesionales; es algo que todos podemos aprender a

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