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NUESTRA SEñORA DE LA SOLDAD

Marcela Serrano  

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Fragmento

Una loca. Era una loca. Que la mujer del vestido rojo bailando arriba de esa mesa era una loca, le dijeron.

Esa habría sido la primera referencia que obtuviera si aquellas palabras le hubieran ganado en peso a la imagen: una pantorrilla fuerte, musculosa y flexible de perfecto contorno bajo la malla calada de bailarina, miles de pequeños triángulos negros sobre el blanco de la piel como un diminuto tablero de ajedrez mirado en diagonal, diamantes perfectos relucientes entre el remolino. Todo lo demás, el ancho ruedo rojo volando por sobre las cabezas, la melena ensortijada desordenándose más y más a cada movimiento, las gotas de sudor sobre el labio, el cuerpo resuelto al compás de la música, los pies descalzos, la mirada en llamas de hombres recostados sobre un muro rosa brillante, empinando uno tras otro los vasos de tequila, el ambiente espeso de risas cómplices, humo de cigarrillos y mariguana, vahos de alcohol, repleto el local, irrespirable mientras un joven se esfuerza por avanzar para atender un pedido allá al fondo entre las sillas y mesas que se entrechocan, concentradísimo en no derramar una sola gota del líquido incoloro que porta en pequeños vasos cilíndricos, dedales de azul incierto. Todo lo demás inútil, pues nada de ello le atañe por haber quedado fijo, colgado del rectángulo que su vista arbitrariamente cerró: una pantorrilla fuerte y flexible de perfecto contorno bajo la malla calada de bailarina, miles de triángulos negros sobre el blanco de la piel.

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Ese encuadre lo saturó todo.

Al despedirse a la mañana siguiente, tuvo la osadía de preguntar a la falsa bailarina cuál era su fantasía.

—Tener una casa en algún lugar del mundo. Pintada de azul.

Bang bang. La pelota rebota. Los niños la atrapan. La niña queda mirando, queda mirando, queda mirando. La niña no atrapa nada, la niña solo mira.

Pues sí, supongo que me eligieron por ser mujer. Y porque México ha permanecido acuartelado en mi conciencia. Pero eso no significa que me sienta bien con el caso en las manos. Miento, no solo me siento bien sino incluso importante; reconozco que cuando El Jefe nos llamó y frente a los demás dijo que yo era la indicada, no pude disimular una oleada de orgullo. Por lo tanto, no es que me sienta mal, es sólo que esta situación me pone un poco nerviosa, como si todo esto me quedara grande.

—¿Y cómo lo vas a hacer? —me preguntaron mis compañeros a la salida de la reunión, entre envidiosos y espantados. Miré los cartapacios que cargaba en mis brazos, repletos como legajo de burócrata, y sólo atiné a dar un largo suspiro.

Aferrada a ellos como a una alhaja rara, tomé un taxi en la vereda sur de la calle Catedral. Me di ese lujo pensando que un caso nuevo siempre merece una cierta recompensa y sin ningún remordimiento postergué algunos asuntos pendientes a los que habría atendido de haberme ido en autobús; total, nadie perdería la vida por aplazar la tintorería o el supermercado. Contemplé el horrendo tráfico de la ciudad de Santiago, sintiéndome por completo ajena, excluyéndome con todo desparpajo de las incomprensibles corrientes que van y vienen sin detenerse entre sus habitantes, como víctimas de los vaivenes de un carrusel infernal. Era una tarde de enero y el calor parecía un murmullo. Vibrante y permanente. Sin embargo, nada de esto me afectaba. Yo volvía de tomar mis vacaciones, harta de descanso, de mar, de horas de sueño, de sal en el cuerpo y noches de lectura. Harta es un decir, la verdad es que nunca consigo hartarme del descanso; lo anterior sólo significa que me veía a mí misma como un dechado de energías y resuelta a resistir la penetración de la ciudad con su apuro e irritación. Tampoco iba a permitir que el calor me insultara.

Como de costumbre, la jaula del ascensor estaba atascada y me decidí a empinar el cuerpo por el hoyo negro de la escalera. Cuatro pisos. Me resigné a que un poco de ejercicio no me vendría mal.

Al entrar a la casa y tirar las carpetas en el sillón, pegué un grito desde la cocina como lo hacen mis hijos: «¡llegué!».

Me dispuse a preparar un café. Mejor un termo entero, pensé mientras vertía el agua, esto va para largo. Trasladé bandeja y papeles a mi dormitorio con la intención de encerrarme y al hacerlo, lamenté una vez más que el departamento tuviera únicamente tres habitaciones: o un escritorio para mí o los dos niños en la misma pieza; la decisión se tomó por sí sola. El resultado es que llevo muchos años trabajando sobre mi cama.

—¡Mamá! ¿Qué haces aquí a esta hora?

Era mi hijo Roberto en el pasillo, cada día más alto y desgarbado, con la cara somnolienta y la camisa fuera del pantalón.

—Tengo mucho trabajo y en la oficina hay demasiado ruido —respondí mientras lo besaba—. Lávate la cara, mi amor, sigue estudiando y hazte cargo del teléfono. No estoy para nadie.

—Tienes un caso nuevo, se te nota... ¿algo entretenido, por lo menos?

Esta vez fui yo la que no le respondió, como solía hacerlo él conmigo cada vez que se traía algo entre manos. Cerré la puerta de mi dormitorio y una vez acomodada entre los cojines de mi cama, con un aire obsesivo, casi febril, abrí el archivo, dispuesta a recorrerlo una y otra vez, a aprendérmelo de memoria si fuese necesario, como si la existencia de un ser humano pudiera asirse en unas páginas de consulta, aunque éstas contuvieran hasta el más mínimo detalle del recorrido de una vida. El archivo se titulaba en una forma más o menos evidente: C.L. Ávila.

C.L. Ávila.

Tomé su fotografía.

Resulta una mujer misteriosa.

Afirmar que es joven puede llevar a equívocos; desde mi edad aún me lo parece, pero si hago cuentas son cuarenta y tres sus años y mis hijos dirían que no es poco. Entonces, digamos que es una mujer de edad mediana con huellas de juventud en su expresión, de pelo y ojos castaños y un aspecto distraído pero resuelto. A pesar de los distintos planos en que concentra la mirada, la resolución en el inequívoco brillo de sus pupilas es evidente.

Me sorprende el modo en que la determinación adulta en sus ojos convive con una energía juvenil. Es un rostro limpio pero cansado. Un poco inaccesible, tal vez. Los pómulos sobresalen y se adivinan vigorosos tras la tez blanca, casi mate. Digan lo que digan mis hijos sobre la edad, su cuello es el de una persona joven: es allí donde ningún artificio opera, anulando máscaras o disimulos.

Los labios —bastante finos— están en reposo. Ni un asomo de sonrisa en ellos, enmarcados en los costados por dos líneas esculpidas con cincel que bajan desde la nariz, delatando la cantidad de risa, tanta risa la ha desbordado a través de los años. El pelo, castaño como ya dije, ensortijado y abundante, cae hasta los hombros en ondas naturales un poco desordenadas. No lleva aros ni anillos. Viste una prenda negra holgada, miro el escote redondo pero no alcanzo a distinguir si es un vestido o una blusa o una simple polera porque el retrato es de medio cuerpo. Caprichosamente, el lente cortó su figura por la mitad. El fondo rectangular de verde difuminado da la impresión de aire libre, de arbustos o de algún tipo de planta exuberante. Está sentada sobre un sillón blanco. Acercando la vista distingo la textura del fierro forjado como en las sillas de los buenos jardines. Su codo reposa blando sobre el brazo del sillón, entregado, más bien resignado, mientras su mano apoya el mentón, dándole una apariencia distante, perdida, inmersa en algún mundo propio vedado a los comunes mortales, negada toda invitación. Supongo que su otra mano descansa en la falda pues, como ya dije, el corte de la fotografía no me permite afirmarlo.

Da la impresión de estar un poco aburrida mientras mira a la cámara. No se entrevé indicio alguno de ansias de agradar. Ni un anuncio siquiera. Como si no estuviera ahí. Y en su expresión no se lee ni el bien ni el mal.

En el costado derecho del papel satinado —casi en el borde— alguien escribió con pasta azul: Octubre 1997. Presumo que ésta es la última fotografía que le tomaron.

La casa del rector Tomás Rojas se situaba en el barrio alto, a los pies de la cordillera de Los Andes. A las nueve en punto divisé a través de la reja negra de fierro su fachada georgiana y desistí de contar la cantidad de puertas y ventanas que daban al pasto verde y cepillado del jardín. Agradecí haberme vestido esa mañana con el severo traje sastre azul de lino.

—Para mayor privacidad la quise recibir aquí y no en mi oficina. No le molesta, ¿verdad? —me preguntó luego de haberme estrechado la mano fría con cierta ceremonia. Me hizo pasar a su despacho, ubicado en el primer piso, en una pieza llena de luz, de una calidez calculada. El ventanal, la madera noble y el cuero de los sillones se ajustaban a la más estricta convención.

Cuando ya hubo pedido los respectivos cafés a la misma empleada que me había abierto la puerta, se sentó frente a mí y cruzó las piernas. Su aspecto confiado cubría cualquier agitación interior, en caso de que la tuviera. Me dieron unas ganas enormes de prender un cigarrillo, pero me contuve, pensando que no deseaba causarle una mala impresión. Tampoco fui capaz de recostarme en el respaldo del mullido sofá. Permanecí en el mismo borde, con la espalda muy erguida y los pies religiosamente juntos.

—La policía se ha dado por vencida. No lo han planteado de ese modo, pero es lo que puedo deducir. Ya han pasado dos meses.

—Por eso recurrió a nosotros, supongo —le respondí.

—Supone bien. Algunos amigos me han hablado de ustedes y concluí que quizás podrían llegar más lejos. No sé... es una esperanza.

—Veamos... ¿por qué no partimos desde el principio? Le ruego que me excuse, señor, pero a pesar de que estamos al tanto de la situación, deberá repetir toda la historia una vez más...

—Me lo suponía —dijo con aire cansado.

Se pasó la mano por el mentón y acarició su barba gris, cuidadosamente recortada. Luego tomó los lentes. Decidió limpiarlos y, mientras lo hacía, concentrado, vi su mirada libre de obstáculos y reconocí en su expresión a un hombre que maneja la exacta medida de su importancia y que de alguna forma tácita y oblicua lo hace saber. No sé por qué me recordaba una estatua ecuestre.

Aquel breve silencio fue interrumpido por la empleada que traía el café —una señora gruesa envuelta en un respetable delantal negro— y mientras él decía «Gracias, Georgina», yo me anticipaba a la conversación que debería sostener con ella más tarde. Me fijé que el rector llenaba su taza con tres cucharadas de azúcar y me pareció un poco excesivo; el ruido que producía la cuchara plateada contra la porcelana amenazaba distraerme cuando por fin se decidió a hablar.

—La madrugada del miércoles 26 de noviembre del año que acaba de terminar...

—1997 —puntualicé.

—Ese día fui al aeropuerto a buscar a mi esposa que venía de Miami en American Airlines. El avión aterrizó a la hora programada pero ella no llegó. Me volví pensando que habría perdido el vuelo, pero en mi fuero interno, me sorprendió que no me avisara. Se supone que tenía que abordar el avión la noche anterior en Miami, por lo tanto habría contado con tiempo de sobra para llamarme. Bueno, eso lo pensé muy brevemente, la verdad es que no le di mayor importancia. Me fui a la Universidad, esperando tener noticias suyas. Pero no las tuve... —hizo una pausa que en otra persona podría haber sonado melodramática, pero él agregó con sobriedad—. Hasta el día de hoy.

—Ella fue a Miami para asistir a la Feria Internacional del Libro, ¿cierto? —ratifiqué por la necesaria rutina de chequear datos sabidos—. Efectivamente participó en la Feria, se alojó durante cinco noches en el Hotel Intercontinental en el Bayside de Miami, hasta el martes 25 por la noche cuando hizo el check-out como corresponde; se despidió de un par de escritores que estaban en el lobby y tomó un taxi estacionado en la puerta del hotel. El taxista ha confirmado que efectivamente la dejó en el aeropuerto. Fue la última persona que declara haberla visto, ¿voy bien?

—Sí. ¿Para qué me hace hablar si usted se sabe la historia de memoria? —en su voz y en su expresión se insinuaba un leve, levísimo sentido del humor.

Esbocé una mínima sonrisa y continué.

—Perdón, debo hacerlo. El trabajo de la policía chilena fue efectivo y se puso en contacto con la Interpol, se revisaron todos los vuelos de esa noche y de las siguientes, hasta hoy, presumo. Ella no tomó ninguno. Al menos, con su nombre. Tampoco apareció un cuerpo de mujer, vivo o muerto, con sus características en todo el Estado de Florida.

—En ninguna parte del país —acotó—. La policía norteamericana ha cooperado en todo lo que ha podido.

—Bueno, es lo mínimo... desapareció en su territorio, después de todo, y ella no es cualquier hija de vecina. —(Mientras él asentía, me mordí el labio pensando que de estar escuchándome, El Jefe me diría: abstente de dar opiniones, cíñete a los hechos, sólo a los hechos).

—No olvide que tiene nacionalidad norteamericana, por su padre —agregó—. La mitad de su sangre es gringa.

—Sí, por cierto. Dígame, señor Rojas —le pregunté sin ambigüedades, mirándolo directamente a los ojos—, ¿cuál es su corazonada, si es que tiene alguna?

—Que está viva.

Silencio mortal. Lo quebré con algo casi pedestre.

—Retiró todo el dinero de la cuenta de su banco de Nueva York durante los cinco días de su permanencia en Estados Unidos. ¿Qué le sugiere eso?

—Nada. No tiene importancia —respondió con una mirada con la que me despachaba—. Ella no estaba contenta con el servicio del banco y antes de partir me comentó que pensaba abrir una cuenta en otro.

—Cosa que aparentemente no hizo, lo cual sí tiene importancia. En el momento de su desaparición cargaba con una buena suma de dinero.

—Efectivamente.

De nuevo el silencio. Por supuesto, yo fui la responsable de interrumpirlo. Antecedentes me sobraban, lo que yo buscaba era una sensación.

—Entonces, ¿por qué cree que está viva?

—No soy un hombre sentimental, señora Alvallay. Seguiré creyéndolo mientras no se me demuestre lo contrario. Para ser concreto, mientras no aparezca su cadáver.

Bien, me dije, he aquí al menos un virtual deudo que no sacraliza ciertas palabras. Volví a embestir.

—¿Y tiene usted alguna intuición sobre qué le puede haber ocurrido?

—Por lo general, trato de no guiarme por intuiciones. A pesar de eso, a veces... bueno, se lo confieso: a veces se me viene a la mente la guerrilla.

—¡¿La guerrilla?!

—Presiento que la han secuestrado.

—Ahora que no está don Tomás, ¿podemos hablar en confianza?

—Esa es la idea, Georgina. Todo lo que usted me cuente puede ser útil para saber qué pasó.

Estamos sentadas en el escritorio de C.L. Ávila, el único lugar de la casa que parece pertenecerle. No logro asociar esta mansión con la imagen de la escritora. Me siento cómoda entre los cojines hindúes y las alfombras baratas. El sillón donde se ha instalado Georgina —ahora es ella la que se sienta en el borde— es de cuero viejo y gastado. Un incienso a medio usar reposa apagado sobre una pequeña bandeja de madera entre varios candelabros, todos de diseños especiales y anchas bases cuyas velas ya han sido prendidas a juzgar por la cera que las abraza. Los objetos están vivos, más allá de posar como simples ornamentos. Un enorme árbol de la vida mexicano color arcilla es la decoración central de la habitación. Me detengo en la figura del diablo, que burlón espera a la serpiente, enroscada contra el tronco cual amante ardorosa; Caín y Abel luchan por quitarle el protagonismo a Adán y Eva que se deslizan a través del follaje seguidos por una calavera que ríe a sus espaldas. Reprimo las evocaciones de ese país que conozco tan bien, no es el momento de reconstruir imágenes del México colorista cuya religión es la muerte.

—La verdad, aunque no suene muy bien decirlo, es que nunca he considerado a la señora Carmen mi patrona.

—¿Por qué?

—Porque para ser patrona hay que saber mandar, hay que desear hacerse respetar. Y a ella la casa no le importaba nada. Siempre metida en esta pieza... Viera usted el olor en la mañana cuando yo abría las ventanas. ¡Quién sabe cuántos cigarrillos se fumaría!

—¿Cuándo comenzó usted a trabajar aquí?

—Mucho antes de que ella llegara. Yo estoy con don Tomás desde que estaba casado con la señora Alicia. Entonces sí que esto era una casa. La pobre señora Alicia... Si usted supiera cómo ha sufrido la pobrecita... De la noche a la mañana don Tomás la abandona. Así no más...

—¿Por qué no se fue a trabajar con ella cuando se separa ...