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NUESTRO MODO DE VIDA

Rodolfo Fogwill  

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Fragmento

1. Sabor

Temprano esa mañana, al notar que todos los automóviles estacionados frente a su casa eran azules, Fernando pensó que tanta uniformidad era un buen augurio para el día que comenzaba. Después, en el supermercado, cuando vio al personal de la carnicería, la verdulería y la quesería vistiendo impecables guardapolvos blancos con el emblema de la empresa bordado sobre el bolsillo superior izquierdo, sin advertir que era lunes, y sin saber que cada lunes los empleados debían revistar ante sus superiores con ropa limpia para toda la semana, pensó que ese también era un buen augurio y ya no dudó que lo esperaba una jornada favorable.

“Es —se dijo mientras volvía a su casa— como si de repente hubiese llegado la primavera…”

Pero no necesitó comentar con su mujer el optimismo que ahora lo invadía: ella advirtió que su hombre llegaba convencido de estar comenzando un día bueno por su manera de entrar a la casa y por la inflexión que adoptó su voz mientras agradecía que ella se hiciera cargo de los paquetes de las compras.

En una mesa del living, cerca del balcón, estaba preparado el desayuno. La cafetera humeaba; había tostadas con manteca, casi derretida por el calor que aún conservaban las rebanadas rectangulares de pan caliente. La leche yacía en su jarra como esos lagos de superficie muy serena que prometen un agradable descanso. El frasco inglés de mermelada de ciruelas brillaba, limpio. Los cubiertos estaban en su lugar y la azucarera de peltre, como dispuesta a presidir una ceremonia de inusitada dulzura, relucía equidistante de los bordes de la mesa que Fernando y Rita, su mujer, ocupaban durante las comidas.

Desde la cocina, llegaba la voz de Rita:

—¿Querés mariscos?

—¿Mariscos? —preguntó él, asombrado. Jamás imaginó que su mujer le ofrecería mariscos para el desayuno.

—Sí… ¡Mariscos! —gritó ella, y sus palabras se mezclaron con ecos de cajones abriéndose y cerrándose cuando explicó—: ¡Tengo ganas de probar una de esas latas que trajimos de Chile…! ¿Te acordás?

—Sí… —respondió Fernando. Recordaba que había traído de sus vacaciones un bolso de viaje con latas de picorocos y centollas disimuladas entre las botas de esquí y las camperas de duvé, para protegerlas de la revisión aduanera.

—¿Querés o no querés…? —reclamaba ella.

—¿Vos querés? —dijo él, dudando todavía.

—Claro que quiero yo… —dijo ella. Era obvio: quería.

—Entonces yo también quiero… No se me había ocurrido, pero si abrís una lata te acompaño… ¡te ayudo a comerla!

Ella no respondió, pero Fernando pudo oír el ruido del abrelatas eléctrico probando que su mujer se había decidido y estaba abriendo una de esas latas que hacía más de cuatro meses guardaban en la alacena. Recordó la aventura de la aduana: el temor de Rita, el escozor que él mismo sintió en su abdomen mientras la mano del requisa aduanero ingresaba en el bolso y acariciaba las mangas de las camperas de duvé como si el hombre sospechase que allí guardaban latas de conserva, y el éxtasis: la misma mano, ahora amable, que aplicaba una etiqueta adhesiva mientras se oía el golpe seco del sello aprobatorio sobre los pasaportes y la orden de salida.

—Está bien… ¡Avancen hacia la salida! —había dicho el funcionario y los ojos de Fernando encontraron entonces la mirada de su mujer, ya dulce, ya aliviada, sin miedo.

Rita volvía a preguntar:

—¿Querés un jugo de naranja Purex?

—Qué… —gritó desde el living. Había comprendido, pero no era habitual que desayunasen con jugo de naranja.

—Un Purex de naranja, un jugo… Para tomar con los mariscos —explicaba ella.

—Sí, ¡gracias! —respondió Fernando. Era comprensible: los mariscos no conjugaban bien con el café con leche, su bebida habitual de los desayunos. Pensó que Rita había tenido una buena idea: comería los mariscos, bebería el jugo de naranja y después, con una tostada con manteca y dulce de ciruela bebería el café, oscuro, apenas cortado con una pequeña nube de leche. Sintió apetito y se sentó frente a la mesa; si su mujer demorase más con su preparación en la cocina, comería una tostada, probaría un sorbo de café y desplegaría el diario para informarse de las noticias más importantes de esa mañana. Se disponía a tomar una tostada cuando llegó ella trayendo su ba

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