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OBSERVADA

KNIGHT, RENEE Knight  

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Fragmento

1

Primavera de 2013

Catherine se prepara para otra arcada, pero ya no puede salir nada más. Se aferra al frío esmalte y levanta la cabeza para mirarse al espejo. La cara que le devuelve la mirada no es la que tenía cuando se acostó. Es una cara que ya conoce y que no esperaba volver a ver. Se observa bajo esa nueva luz, intensa, y humedece una toalla pequeña con la que se limpia la boca y luego presiona los párpados, como si así pudiera apagar el miedo que reflejan sus ojos.

—¿Te encuentras bien?

La voz de su marido la sobresalta. Tenía la esperanza de que no se despertara. De que la dejase en paz.

—Ya estoy mejor —miente, y apaga la luz.

A continuación, vuelve a mentir:

—Habrá sido la cena que pedimos anoche. —Se vuelve hacia él, una sombra en la luz de esa hora crepuscular. Susurra—: Acuéstate. No es nada.

Él está más dormido que despierto, pero aun así se acerca y le pone una mano en el hombro.

—¿Estás segura?

—Segurísima —contesta.

De lo único de lo que está segura es de que necesita estar sola.

—Robert. De verdad. Enseguida voy.

Él tarda unos instantes en quitarle los dedos del brazo, pero finalmente hace lo que le pide. Antes de volver al dormitorio, Catherine espera hasta cerciorarse de que se ha dormido.

Lo ve en el suelo, abierto boca abajo, donde lo dejó. El libro en el que había confiado. Los primeros capítulos la conquistaron para que se abandonara, para que se sintiese a gusto con la insinuación de las emociones comedidas que tenía por delante, un anzuelo para que siguiera leyendo, pero sin darle pistas de lo que se avecinaba. La sedujo para que continuara, para que se adentrara más y más en sus páginas, hasta que se dio cuenta de que le había tendido una trampa. A partir de entonces, las palabras le rebotaron por el cerebro y se estrellaron contra su pecho, una tras otra. Era como si una hilera de gente se hubiera tirado a la vía del tren y ella, la conductora impotente, hubiese sido incapaz de evitar la colisión mortal. Demasiado tarde para frenar. No había posibilidad de dar marcha atrás. Sin poder evitarlo, Catherine se había topado consigo misma escondida entre las páginas del libro.

«Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas...» La nota inicial está tachada con una línea roja bien trazada. Al abrir el libro, no se fijó en el aviso. El «pare­cido» con ella no puede ser casualidad. Catherine es uno de los personajes principales, uno de los protagonistas. Aunque hayan cambiado los nombres, los detalles son inconfundibles, incluida la descripción de lo que llevaba puesto aquella tarde. Un episodio de su vida que ha mantenido oculto. Un secreto que no ha contado a nadie, ni siquiera a su marido y a su hijo, las dos personas que creen conocerla mejor que los demás. Es imposible que alguien se haya inventado lo que acaba de leer. Sin embargo, ahí está, en negro sobre blanco, para que lo vea quien quiera. Creía que aquel asunto se había terminado. Que estaba enterrado. Pero ha reaparecido. En su dormitorio. En su cabeza.

Trata de apartarlo pensando en lo que hicieron anoche. La satisfacción de ponerse cómodos en su nuevo hogar: el vino y la cena, acurrucarse en el sofá, adormilarse delante del televisor y luego meterse en la cama los dos, Robert y ella. Una felicidad tranquila que le parecía inquebrantable, Sin embargo, ahora le parece demasiado tranquila para serenarla. No puede dormir, así que se levanta y se va al piso de abajo.

Todavía tienen dos pisos, aunque no es como antes. Ahora viven en un dúplex, no en una casa de verdad. Se mudaron hace tres semanas. Dos dormitorios en lugar de cuatro. Dos dormitorios se ajustan más a las necesidades de Catherine y Robert. Uno para ellos. Otro para los invitados. Y además abajo hay un solo espacio. No hay puertas. Ahora que Nicholas se ha ido, no les hace falta cerrar puertas. Enciende la luz de la cocina, saca un vaso del armario y lo llena. Sin acercarse al grifo. Agua fresca a voluntad gracias a la nevera nueva. Más que una nevera parece un armario. El miedo le cubre las palmas de las manos de sudor. Tiene calor, casi fiebre, y agradece la frescura de los suelos de piedra caliza recién instalados. El agua la alivia un poco. Se la bebe de un trago mientras mira los ventanales que cubren la parte trasera del dúplex, de esa casa nueva y extraña. Fuera está todo negro. No hay nada que ver. Aún no ha tenido tiempo de poner cortinas. Se siente expuesta. Observada. La ven, pero ella no ve a nadie.

2

Dos años antes

La verdad es que me sentí mal por lo que pasó, muy mal. Al fin y al cabo, no era más que un crío: tenía siete años. Y yo estaba, supongo, in loco parentis, aunque sabía perfectísi­mamente que ninguno de los padres me habría queri­do in loco de nada. Por entonces ya estaba en las últimas: Stephen Brigstocke, el profesor más odiado del colegio. Estoy convencido de que los niños lo pensaban, y también los padres, aunque no todos: espero que algunos me recordaran de antes, de cuando había tenido en clase a sus hijos mayores. En fin, el caso es que, cuando Justin me pidió que fuera a su despacho, no me sorprendí. Lo veía venir. Incluso tardó algo más de lo que esperaba; cosas de los colegios privados. Son su propio feudo. Los padres tienen la impresión de que mandan porque pagan, pero se equivocan, claro. Lo mío es un buen ejemplo: ni siquiera me entrevistaron antes de darme el trabajo. Justin y yo habíamos ido juntos a Cambridge; él sabía que yo necesitaba dinero, y yo que él necesitaba un jefe para el Departamento de Lengua. Resulta que los colegios privados pagan mejor que los públicos, que era donde yo había adquirido años de experiencia docente. Pobre Justin, debió de costarle mucho relevarme. Tuvo que resultarle violento, ya saben. Porque fue un relevo, no un despido. Se portó bien y se lo agradezco. No podía permitirme renunciar a la pensión y ya casi me tocaba jubilarme, así que se limitó a acelerar el proceso. En realidad, los dos estábamos cerca de la jubilación, pero la despedida de Justin fue muy distinta de la mía. Por lo visto, a algunos alumnos incluso se les escapó una lagrimita. No ocurrió lo mismo e

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