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ORACIóN

María Moreno

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Fragmento

A

Graciela Camino

Silvia Catalá

Noemí Ciollaro

Lila Pastoriza

In memoriam

Ana Amado y Lilia Ferreyra:

“... esta noche toco yo”

En 2002 gané la Beca Guggenheim para escribir sobre la moral sexual en las organizaciones revolucionarias de los años setenta en la Argentina. No escribí ese libro: escribí este.

Las mujeres ostentaban una enorme liberalidad sexual, eran malas amas de casa, malas madres, malas esposas y particularmente crueles. En la relación de pareja eran dominantes y tendían a involucrarse con hombres menores que ellas para manipularlos. El prototipo construido correspondía perfectamente con la descripción que hizo un suboficial chileno, ex alumno de la Escuela de las Américas, como muchos militares argentinos: “... cuando una mujer era guerrillera, era muy peligrosa: en eso insistían mucho (los instructores de la Escuela), que las mujeres eran extremadamente peligrosas. Siempre eran apasionadas y prostitutas, y buscaban hombres”.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pilar Calveiro, Poder y desaparición.

Los campos de concentración en Argentina

Al poco tiempo del golpe de estado de 1976, en plena orgía del horror de los secuestros y las desapariciones, la represión capturó a sus tres hijas preadolescentes junto con su cuñada en una casa del Gran Buenos Aires. En la cabecera de la mesa del Buró Político Santucho presidía la sesión tal vez más difícil de su vida. [...] Ahí estaba el padre enfrentado al Comandante Santucho, en silencio, su mirada detenida en ese intermedio entre la profundidad y la fuga que yo creía captar. Nos miraba a todos sin parecer ver a nadie. Su rostro no decía nada. La tensión extrema entre el padre y el jefe y quizás como nunca uno percibía su estatura de Jefe, eso que lo hacía diferente. Y uno intentaba meterse en él, ayudarle, pero era inescrutable. Solo los cambios en los tonos del moreno de su cara ofrecían alguna señal de lo que pasaba dentro de su alma. ¿Tonos? No precisamente, tal vez más que el color fuera la tesitura de la piel. Emanaba ese imponderable del mármol esculpido por Rodin, como si la piel no pudiera ya contener más la energía del cuerpo y una inconmensurable tristeza no encontraba siquiera el consuelo de la catarata de lágrimas.

Y yo lo creía percibir en esa especie de punto intermedio entre la profundidad y la fuga de su mirada. Y hoy me doy cuenta, sin haberlo sabido en aquel entonces, que ese era el Santucho por el cual poníamos el cuerpo sin vacilar. Porque no era el todopoderoso sino el que podía actuar a pesar de todo.

Luis Mattini,
“Reencuentro con Mario Roberto Santucho”,

La Fogata, 19 de julio de 2001

BITÁCORA

Carta a Vicki
por Rodolfo Walsh

1º de octubre de 1976

Querida Vicki. La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión... cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y a Pablo: “Era mi hija”. Suspendí la reunión.

Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte, no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más.

No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía.

5 de octubre. Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida.

Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad.

Hoy en el tren un hombre decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él, pero también por mí.

13 de octubre. (Carta a Emiliano Costa, yerno de Rodolfo Walsh, en ese momento detenido).

Emiliano: Al morir Vicki, la niña quedó en manos del Ejército. Después se la dieron a tu padre. Vicki quería que estuviera con nosotros. Hoy eso no parece posible sin desatar un conflicto familiar cuyas proyecciones son difíciles de calcular. En consecuencia estamos proponiendo a tu padre un acuerdo que sin modificar esa situación de hecho, reconozca a los familiares de Vicki que son los que antes de su muerte tuvieron mayor trato con la niña —y por lo tanto se encariñaron más con ella— el derecho a verla y a retirarla dos días a la semana. Yo garantizo que ese acuerdo se cumpla. De este modo el padre podría ver a la niña regularmente, la memoria de la madre no le sería borrada y aquéllos que la quieren podrían seguir viéndola. Como por un lado temo que tu familia pueda oponer reparos, y por otro estimo que tu opinión es la que más puede pesar en la solución del problema, te escribo para pedirte que me apoyes en esta proposición. Por lo demás, te acompaño en tu dolor como sé que me acompañás en el mío. Te mando esta carta por dos vías. Una de ellas es tu padre, que está autorizado a leerla. Espero tu respuesta. Un abrazo. CAPITÁN

Carta a mis amigos
por Rodolfo Walsh

29 de diciembre de 1976

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con las fuerzas del Ejército. Sé que la mayoría de aquellos que la conocieron la lloraron. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles, pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.

El comunicado del Ejército que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era Oficial 2º de la organización Montoneros, responsable de la prensa sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron con ella.

La forma en que ingresó en Montoneros no la conozco en detalle. A la edad de 22 años, edad de su probable ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época empezó a trabajar en el diario La Opinión y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo en sí no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más.

Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. El último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba. Sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos; no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical, que era su responsabilidad. Nos veíamos una vez por semana; cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizás diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida.

Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral y la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro —la misma con la que se mató nuestro amigo Paco Urondo— con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie.

El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quien dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.

A las 7 del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el Secretario Político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto.

“El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía.”

He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella aunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego. “De pronto —dice el soldado— hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase; en realidad no me deja dormir. ‘Ustedes no nos matan —dijo—, nosotros elegimos morir’. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.”

Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.

En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones.

Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella.

Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.

HE VISTO LA ESCENA CON SUS OJOS: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Pero no la he visto, la he leído. Recitado como una oración. Por ella, la muchacha. La de mirada clara, cabello corto, la que salió en los diarios, decía la canción.

Recuerdo sus rasgos vietnamitas, como si la anatomía hubiera buscado sola encarnar un ideal, una causa, y la hubiera fotocopiado dándole un rostro que podía pasar por mestizo —era retinta, fuerte y larga, esa cabellera sacrificada—, pero que era también irlandés, aunque en esa genética se perdieran los ojos azules del padre. Esa mujer no es “Esa mujer”, un botín, un monumento escondido, un símbolo o una coartada. Pero no puedo dejar de recordarla, de pensar en su último gesto. Matarse. Hacerlo frente a un ejército. Ganarle de mano para no entregarse viva. En su gloria.

Yo no la conocía personalmente. Y, de haberla conocido, pienso ahora, ella me hubiera despreciado. La veía en alguna mesa del bar El Pulpito, en la esquina del diario donde trabajaba. No creo haber oído nunca su voz en medio de las otras —la de un periodista estrella que intercambiaba información a los gritos con un miembro de la SIDE, decidido a dar el nombre de no sé quién a cambio de que no se publique no sé qué; un cronista que adelantaba una primicia como quien ha sacado un as en una partida entre tahúres; dos redactores de diarios rivales que contaban chistes misóginos, negociando así sus cotidianas tensiones en torno a una nota de tapa—.

Siempre le había tenido miedo. Me la presentaron fugazmente en la penumbra de un teatro. No sonrió —ya no tenía tiempo para ningún protocolo, ningún besito burgués de saludo convencional—. Miró algo detrás de mí, no la retuve —podría haberlo hecho, había tanto en común, nombres de periodistas, redacciones, la obra representada, que no recuerdo, pero que ella ya había visto (estaba saliendo)—.

—Uno puede decir —dice Alejandro, el forense— “murió por causa del disparo de un arma de fuego que se hizo con el arma abocada”. Si el arma la abocó ella, el compañero que estaba al lado o un milico, no puedo decirlo.

—¿En el pecho?

—No, en el parietal.

—Pero los milicos estaban en las terrazas. No habrían llegado a la casa...

—Hay una versión de que ella y el compañero se abrazaron y se dispararon mutuamente. Y te diría que el arma no era militar.

—Eso avala la hipótesis del suicidio.

—Totalmente. Y cuando el arma está abocada, deja un anillo de pólvora. Frotás el cráneo con agua y cepillo y no sale. A ese anillo nadie lo borra.

Le decían, como a mí, “La Cabezona” —recuerdo que en esa época se usaban las capelinas, fui a comprarme una, la empleada iba vaciando el estante, solo la última me entraba, la empleada se reía—. Pero no era por eso que me identificaba. Yo quería ser periodista, pero no me atrevía a pensarlo. A los 23 años Vicki Walsh escribía en Primera Plana. Imposible emular ese prodigio. Busqué en su prosa precisa y fresca algo para criticar. No lo encontré. Eludí la mala fe de explicarme: “Claro, con ese padre...”.

A juzgar por las fotografías en las que posaba con expresión adusta contra un fondo de paisaje provinciano —las autoridades de la revista le confiaban coberturas fuera de la ciudad—, era bonita.

Hacia fines del 77, en los corrillos de periodistas replegados en una prensa censurada, ya conmovida por la figura del asesinato y la desaparición —cada año encadenaba más rápidamente un nombre al siguiente: Pedro Barraza, Jorge Money, Ernesto Fossati, Luis Guagnini...—, se rumoreaba que Vicki Walsh se había suicidado durante un enfrentamiento. En La Opinión, la noticia de la aniquilación de un grupo de militantes montoneros en una casa de la calle Corro había salido en primera plana y merecido una doble página en su interior, pero no se hablaba de suicidio. Esa clase de partes tenían el aire de naturalizarse hasta la ausencia de todo gesto de rebelión —la paranoia se descargaba a puertas cerradas— y se pasaban en sordina, pero se trataba de la atonía del terror.

Luego, apagón, anestesia, hiato. Cuando leí por primera vez Carta a Vicki (en realidad, no es una carta, después del nombre hay un punto y no dos, pero elegí llamarla como la llaman todos) y Carta a mis amigos, me sobrecogí. En las dos, una crónica de minuciosidad implacable, un réquiem con detalles horarios en el que se agitaban imágenes cristianas, datos periodísticos y apólogos militantes para la construcción de una heroína que había elegido que su muerte le perteneciera. Supongo que sucedió algo así como un retorno de lo reprimido —no viene al caso corregir la vulgata—. Entonces yo era secretaria de redacción del diario Tiempo Argentino: decir que con la llegada de la democracia mi estilo había logrado un precio razonable en el mercado del destape es más cierto que suponer que había emergido de las tinieblas de la censura a través de mi participación en alguna forma de resistencia.

Carta a Vicki y Carta a mis amigos me enviaron a otras páginas donde la experiencia vivida mezclaba el informe clandestino con la pedagogía de la catástrofe, el testimonio con la ficción, ese género que la épica revolucionaria proscribió sin abandonar jamás.

Quise escribir. Pensé que, si no lo hacía, no podría ya escribir otra cosa. Tardé, desistí, volví a intentarlo. Dudé. Hasta que la prórroga que me había dado venció: ya tengo edad para morir. Entonces, a los apurones, terminé lo que me había impuesto como una deuda. Las idas y vueltas se notan en los saltos de registro, las voces que se suceden —a veces querellantes, imperiosas, otras de una desolada lucidez—, el estilo, temeroso para el dato político recién adquirido, y el miedo a un error sobre lo más obvio allí donde la gravedad exige una cautela respetuosa y los escrúpulos del neófito. Quise poner a mi favor las tipografías, obligarlas a comprometerse: elegí dejar las palabras del enemigo en cursivas diferenciadas; los testimonios de los sobrevivientes, completos, en un capítulo entero; las citas, casi siempre destinadas al relato oral; las notas, en igual cuerpo que el texto principal y como parte de él. Que la repetición, la densidad, el avance penoso fueran para la lectura, como lo fue para la escritura, una de las maneras de la oración.

DE LA VOZ DE LA SANGRE
A LA SANGRE DERRAMADA

Poner la hija

Quizás debido a los publicitarios ojos verdes de “Tania” en Sierra Maestra y a la sospecha de que en cada Venus de facultad porteña había un cuadro capaz de manejar con soltura una Halcón, en los años setenta se había hecho de la guerrillera una figura mítica (en realidad, cuando se decía guerrillera se estaba hablando de militantes políticas con diverso grado de compromiso en la lucha armada). Daniel Viglietti le cantaba con cierta zoncera cuando aún el personaje, fuertemente cargado de erotismo aunque, en la imaginación popular, inseparable de la idea de riesgo, no había sido asociado a una dimensión trágica sino a las sagas de doncellas guerreras de los romances viejos: “la muchacha de mirada clara/ cabello corto/ la que salió en los diarios/ no sé su nombre [...]/ pero la nombro: primavera./ Estudiante que faltaba a clase/ yo la recuerdo/ la que dijo la radio/ dijo su sombra [...]/ pero la veo: compañera [...]”. Podía ser Vicki Walsh por el largo del cabello, por haber salido en los diarios, ser la que dijo la radio, la que ha dejado una sombra, la compañera. Pero nada más alejado de esos versos acompañados por una módica guitarra que el retrato que Rodolfo Walsh hace de su hija Vicki, luego de su muerte durante un enfrentamiento: tiene una precisión abrumadora, como si intentara más el ademán científico que el impacto de la retórica para dar cuenta de una verdad en detalles. Lo fija a través de dos textos: uno, Carta a Vicki, escrito cuando ya la corresponsal estaba muerta, y otro, Carta a mis amigos, escrito para sus compañeros de militancia, que él traduce a “amigos” tal vez en el sentido político-militar de que hay amigos y enemigos. Carta a Vicki forma parte de los papeles secuestrados por el grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) que allanó su casa de San Vicente. Una sobreviviente, Lila Pastoriza, pudo verla durante su cautiverio y arrancó esas páginas, que luego entregó a la viuda del escritor, Lilia Ferreyra. Consta de tres partes donde se consigna el día en que fueron escritas, registro que marca las sucesivas distancias cronológicas del acontecimiento trágico. En esas pausas puede sospecharse el espacio ganado por el dolor y donde la herramienta familiar —la escritura— parece volverse impotente pero continua. Carta a Vicki, leída en pendant con Carta a mis amigos, se convierte, a pesar de haber quedado oculta dentro de papeles privados, en una carta abierta, al igual que las más excelsas piezas del género como Yo, el intelectual, donde Drieu La Rochelle explica su próximo suicidio ante los miembros de la Resistencia francesa que habrían de juzgarlo y en la que el ademán retórico equivale a decir “me mato para adelantarme a vuestros planes mientras me burlo sustrayéndome a vuestras injurias en mi dignidad y desprecio final”, y Viva la muerte, de Fernando Arrabal, que incrimina al caudillo Francisco Franco por una novela familiar desfigurada en miniatura política de una España sojuzgada.

Carta a mis amigos, que se difundió entre los exiliados tres meses después de la muerte de Vicki, tiene el tono de un adelantarse a los hechos; en este caso, los de la interpretación, y hasta puede decirse que es una orden de interpretación. El texto construye en su ascetismo un padre personaje que se recupera y se asume como autor y lo hace sin anotar las pausas ni el horario que escanden Carta a Vicki pero que, en aquello que parece haber escrito de un tirón, deja la huella de ese sobreponerse como un triunfo más sobre su enemigo —Walsh imaginaba la máquina de escribir como un arma—. Escribe, como siempre, para desbaratar los planes de silenciarlo, pero también con la necesidad perentoria —ahora tristemente fuera de la demanda de una hora de cierre como lo haría para una revista o un diario— por inscribir a la hija en un quién es quién de un sino radicalmente distinto al original que hace el catálogo de los privilegiados: “Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. El último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba. Sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos; no pudo detenerse a llorarlos [...]”. Hay que leer en voz alta esta letanía biográfica, la enumeración que intenta una síntesis de imágenes capaz de descomponer en muchos otros el verbo “militar”, verbo taimado que define la acción ante un enemigo, que en su forma sustantiva es la misma palabra (militar): “pobreza extrema en cuyo nombre combatía”, “sentido del deber”, “relegar toda gratificación”, “no se quejaba”. Es el modo de decir que la vida que Vicki se había quitado ya no le pertenecía y que ahora que ella era una compañera muerta, no había tiempo para detenerse a llorarla. A escribir o a morir.

Edipo, Antígona, Ismene releídos

Al utilizar la expresión “muchachos”, Walsh desea no establecer diferencias genéricas en un momento en que la igualdad se obtiene fatalmente ante la tortura o la muerte, aunque no haya sido efectiva en el seno de las organizaciones armadas. Pero hay algo más en la elección del sustantivo: Walsh habría deseado hijos varones, pero consentía en que las mujeres podrían ser iguales en tareas de varones.

Patricia Walsh, en una entrevista realizada por la revista La Maga en marzo de 1995, recuerda su infancia y la de su hermana Vicki en una isla del Tigre, una casa llamada Loreley, y luego otra, llamada Liberación. En el recuerdo, los juegos propuestos por el padre no solo las prueban iguales a varones sino iguales entre sí: mirar el cielo desde el muelle y registrar las constelaciones; pescar y cazar en un simulacro de pobreza y comienzos del mundo; y, una más osada, probar la credibilidad de la telepatía al pensar en una palabra que él adivinaría merced a una concentración instruida por la lectura de rec ...