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ORáCULOS

Fabiana Daversa  

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Fragmento

| INTRODUCCIÓN

Adivinar (divinare) significa ejercer la divinidad. Divinus en latín quiere decir “hombre dios”, una expresión comprendida en la Antigüedad, que hoy se presta a confusión.

¿Qué es un hombre dios? ¿Un apóstata que se hace pasar por el Creador? ¿Un actor que simula en sus arrebatos tener las llaves del cielo y la tierra? No es una cosa ni la otra.

La sibila quemó sus libros cuando el emperador Tarquino rehusó darles su justo valor.

El alquimista Nicolás Flamel, tras buscar la piedra filosofal durante toda su vida y hallar la fórmula exacta que transformaba la materia ordinaria en oro, fundó en París hospitales y orfelinatos. Luego desapareció con su esposa sin dejar herederos ni vestigios. El cabalista Abraham descubrió los secretos guardados en la combinación de las letras hebreas, capaces de revelar el futuro de la humanidad; sin embargo, aunque sus discípulos dediquen sus vidas a la comprensión de dicha obra, las claves son tan complejas que pocos logran interpretarlas.

¿Y por qué esos hombres que tocaron el velo sagrado han permanecido ocultos de la vista de los curiosos? Según Éliphas Lévi, renombrado ocultista del siglo XIX, para tener éxito en la “gran obra” es preciso ser divinus. Eso implica renunciar a la gloria, la fama y la fortuna. Lejos de lo que nos sugiere el término, saberse instrumento de las fuerzas superiores debería otorgar discernimiento, pero sobre todo humildad y discreción. Lo opuesto a sentirse Dios.

Raimundo Lulio enseñaba a los soberanos y era pobre. Alliette, el tarotista más renombrado del siglo XVIII, era peluquero y Jakob Böhme, exponente de la filosofía hermética, eximio zapatero.

Hombres y mujeres místicos, visionarios de todas las épocas, utilizaron métodos adivinatorios para interpretar la vida y revelaron a algunos lo que estaba oculto. En la actualidad sus voces duermen un sueño leve. El hombre divinus es el hombre orákulos, sería bueno despertarlo.

 

capítulo I | EGIPTO

SOY HERMES, EL TRISMEGISTO

Todo lo que sale de mi boca es verdadero, sin mentira, cierto y veraz.

El Nilo ha sido mi padre y la tierra de Asuán, mi madre. Algunos me dicen Toth, otros Mercurio, pero eso es lo que menos importa.

Cuando Seth traicionó a Isis, al asesinar a Osiris, y arrojó el cuerpo trozado en catorce partes al gran río, fui yo el que ayudó a encontrarlas. Solo ubicamos trece fragmentos. Fui testigo cuando mi padre le ofreció un junco a la diosa, en sustitución al falo perdido.

Lo embalsamamos al esposo con gracia y pesar. Lo untamos con especias y aceite de nardo para que ambos pudieran unirse y dar nacimiento a Horus.

Aunque parezca lo contrario, no estoy orgulloso de mi saber. Vale tanto el consejo del que mucho vivió como el de un sacerdote. La verdad vale más que todo el oro de Nubia y una palabra certera es tan difícil de encontrar como el feldespato verde en la piedra.

En el santuario de Amón escribí las lamentaciones de Hipur. Sé que el prudente prospera, el moderado es alabado, es abierta la tienda del silencioso, amplia la sede del contento. No es de confiar el que habla demasiado.

Un vaso de agua calma la sed, un bocado de hierba fortalece el corazón, una sola buena cosa reemplaza un banquete, cualquier pequeñez sustituye mucho.

Es vil aquel cuyo vientre es ávido. El tiempo pasa y él se olvida de honrar el templo de su cuerpo.

En Tebas poniente vive la reina Hatshepsut. Es bella como la Luna y grácil como una gacela. A ella le enseñé a interpretar las velas y conjurar los espíritus maléficos. La cera roja, del color del Sol naciente, descubre los secretos del amor y la guerra. La verde, color del dios cocodrilo Sobek, revela los estados de salud y la azul, color del infinito y de Amón, el que permanece en todas las cosas, muestra las señales del cielo y de los acuerdos entre los hombres y los dioses. La cera negra, color de Anubis, dios de la necrópolis, conserva las momias y las tradiciones. El refinamiento del negro embellece a las mujeres y el interior de los recintos. Las velas negras se reservan para los funerales y en los banquetes del faraón.

No olvidaré los campos verdes del margen oeste, la barcaza real al deslizarse sobre el Nilo y el vuelo del ibis sobre nuestras cabezas, que auguraba larga vida a las enseñanzas de Ra.

Volqué cera en un recipiente de barro con agua fría. De inmediato se formó la figura del embrión humano. Le dije a la reina que estaba embarazada.

Hatshepsut vivía rodeada de abejas. Hay una canción que dice que esos animales son el semen de Ra, enviados por el dios Sol para fertilizar la tierra, alimentarnos con su dulzura y curar nuestras enfermedades. Será por eso por lo que el tocado del faraón oro y negro imita al de la abeja…

En esa tarde luminosa le expliqué algunos de los cien nombres de Osiris, varios desconocidos por su propia madre. La reina me preguntó por qué se ocultan del vulgo la esencia y la totalidad de las cosas. Mirando jugar a una familia de hipopótamos a lo lejos, recuerdo haberle dicho que a los niños no se les confía la llave del reino. Les daríamos un gran pesar.

La faraona quiso saber cómo se construyeron las pirámides de Gizeh. Solo pude explicarle que las mastabas no son un si

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