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PABLO O LA VIDA EN LAS PAMPAS

Eduarda Mansilla  

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Fragmento

NOTA PRELIMINAR

Eduarda Mansilla ya había dado a conocer un par de novelas en la Argentina cuando, mientras vivía en París acompañando a su marido diplomático, escribió en francés su Pablo ou la vie dans les pampas, que firmó como Eduarda M. de García. Como era frecuente en el siglo XIX, la historia salió primero en 1868 por entregas: en este caso, lo hizo dividida en tres partes, en la prestigiosa revista literaria ilustrada L’Artiste, dirigida por el influyente Arsène Houssaye. Enseguida, en 1869 y con mínimas variantes, salió en libro bajo el sello editorial de E. Lachaud, en un volumen de formato relativamente pequeño y de unas trescientas páginas. La novela fue bien recibida en el mundo literario francés, como lo pone en evidencia la carta del escritor Édouard Laboulaye fechada tras la publicación folletinesca, y también la elogiosa esquela redactada por el aclamadísimo Victor Hugo tras recibir el libro que le envía junto con una misiva la propia Eduarda: “Usted me ha mostrado un mundo desconocido”, declara entre otras cosas allí.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Casi inmediatamente, Lucio Victorio Mansilla, hermano de Eduarda, se hace cargo de difundirla en Buenos Aires y para eso lleva a cabo la traducción de la novela al castellano: Pablo o la vida en las pampas fue publicada entre el 28 de noviembre y el 30 de diciembre de 1870 en el folletín de La Tribuna, el diario de sus amigos, los hermanos Varela, en el que Lucio colaboraba con frecuencia y donde ese mismo año había dado a conocer su obra más importante, Una excursión a los indios ranqueles, pero también el diario donde la propia Eduarda había publicado sus dos novelas anteriores. Aunque son completamente diferentes, en los textos de los dos Mansilla, casi contemporáneos, se hacía ostensible la discusión de la ya aceptada oposición entre civilización y barbarie que en 1845 formuló, en su libro Facundo, Domingo F. Sarmiento, quien ahora se había convertido en presidente de la República Argentina y con quien Lucio mantenía una relación tensa.

En la primera entrega del número doble correspondiente al 28 y 29 de noviembre, La Tribuna incluía una nota anunciando la traducción de la obra, que a su vez estaba precedida por la transcripción de la carta de Laboulaye y también por una “Carta del traductor” que Lucio dirige a su “querida hermana”. En la traducción, Mansilla realizó una versión prácticamente literal de la novela, pero omitió el conjunto de notas de la autora que acompañaban el original y que, siguiendo una costumbre de cuño romántico todavía vigente por entonces, servían a modo de glosario para explicar, en este caso al público francés, ciertos términos de uso local que aparecían en bastardilla, como mate, payador, pago o ranqueles. A la vez, llamativamente, Lucio decidió agregar sus propios comentarios al pie: un puñado de notas del traductor que no hablan ni de las condiciones de la escritura ni de las dificultades al pasar la obra al castellano, como se hubiera esperado, sino que tienden a discutir ciertas observaciones de la autora sobre “la vida en las pampas”.

Pese a lo previsto por su rápida y diversa difusión en francés y en castellano en apenas dos años, Pablo o la vida en las pampas no llegó a publicarse en formato libro. De hecho, habría que esperar casi un siglo y medio para que la novela volviera a la circulación y todavía unos años más para que, superando las dificultades propias de un texto traducido y del soporte periodístico decimonónico en el que se lo conoció, se pudiera llegar finalmente a una versión definitiva que siguiera el texto completo de la traducción de Lucio Mansilla pero liberado de erratas, cotejado con la versión final en francés y actualizado.

El largo y demorado recorrido de Pablo o la vida en las pampas ilumina varias cuestiones vinculadas con el funcionamiento de la literatura argentina: exhibe la dinámica de la publicación de novelas a partir de la segunda mitad del siglo XIX tanto como muestra sus contradicciones, contribuye a redefinir las relaciones entre la cultura argentina y la cultura francesa, pero, ante todo, descubre plenamente a Eduarda Mansilla. Con su pertenencia social y su vida diplomática, con su educación y su francés, con todos sus privilegios y sus restricciones, Eduarda construyó en su novela una posición narrativa infrecuentemente sólida. Lo hizo por medio de la configuración de personajes fuertes de hombres y mujeres y por medio del relato de una gran historia de amor, pero sobre todo lo hizo porque allí encontró el vehículo para la expresión de ideas personales acerca de la situación de su país, de la pampa y los gauchos, de la justicia y la ley, que en muchos casos iban en contra de la opinión corriente. Para eso, se erigió en intérprete privilegiada, en mediadora cultural entre la Argentina y Europa. En un mundo de hombres, Eduarda tuvo esa osadía.

ALEJANDRA LAERA*

* Alejandra Laera es profesora titular de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires e investigadora independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Es autora de El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres (2004) y Ficciones del dinero. Argentina 1890-2000 (2014).

PRÓLOGO

Un océano de luz

“Un océano de luz”, dice Eduarda Mansilla. Ése es el nombre que le ha elegido la posteridad, el de su nacimiento, y eso que había para elegir: ella había firmado sus textos como “Daniel”, como “Eduarda Mansilla de García” y, por fin, luego de su separación, como “Eduarda” a secas, quedándose con esta firma, tal vez —esto arriesga Graciela Batticuore en su Lectoras y autoras en la Argentina romántica, 1830-1870— porque se decide por su nombre de mujer.

“Un océano de luz”, dice al principio de su Pablo o la vida en las pampas y se manda de cabeza a contar una serie de peripecias que de luminosas tienen muy poco. Salvo, tal vez, el paisaje, ese “océano de luz” que nos deja casi a ciegas, que parece una promesa, un plan, algo que la tierra y el cielo de esta llanura, la nuestra, la que, de algún modo —probablemente un modo injusto para un país que terminó comprendiendo pampa, sí, pero también selvas y estepas y cordilleras y sierras y deltas y bosques y desiertos de los clásicos, los que tienen arena—, definió la imagen común del paisaje nacional. Hay, entonces, según Eduarda —hemos de respetar su decisión final a la hora de darse nombre—, en esa sinécdoque de la nación que terminó siendo la llanura, una promesa luminosa, ¿un destino? Un paraíso, tal vez, por lo menos si nos atenemos a la definición de Paraíso de Tomás de Aquino: “En la innovación del mundo, tendrán mayor claridad y luz los astros del cielo, y por reflejo también los cuerpos de la tierra (…). Entonces ya no habrá necesidad de animales ni de plantas”. Casi un paraíso la llanura, un paraíso en potencia el océano de luz: corrigiendo la ocurrencia de algunos hombres y mujeres, animalitos noctámbulos, vacas, caballos, pocos pájaros y algunas hierbas, ni árboles siquiera tendrá que abatir la ira de Dios acá en la pampa el último día, el del final de la historia, para instaurar su reino para sus elegidos, el reino del goce de la contemplación, el único deparado a los justos que han de resucitar enteros pero con algunas partes del cuerpo ociosas y aun así tan resurrectas como la cabeza o los ojos de ver la luz. El terreno viene casi listo para el banquete: tan celestial como cualquiera de los otros planetas que conocemos, poco más que una roca interminable bañada por el sol. Tal vez el plan —el de hacerle a la pampa esa cara final de luz sin plantas ni animales— se está realizando y son los sojeros, provistos de las espadas de Bayer Monsanto, los jinetes de la Segunda Venida. O del Apocalipsis, que parece que una cosa no sucede sin la otra. Esta hipótesis explicaría la asociación casi sin fisuras de antiderechos con gente de campo; lo suyo ha de ser una cruzada hacia el fin de los tiempos. Por lo pronto, parece que lo tienen todo al tiempo. Preferíamos no dárselos pero nadie parece estar en posición de impedirles la extracción sin límite. De eso, de la falta de límites de los propietarios de la tierra, podría tratarse una novela ensayo contemporánea y de algún modo se tratan todas las que nos narran. Pero de algún modo, un modo alguno, no uno franco y manifiesto.

La Argentina o la vida en las pampas

Volvamos a Pablo o la vida en las pampas que arranca así, explicando, porque lo que hace es explicar, traducir, casi constantemente, el escenario en el que se van a desarrollar los sucesos. Sucesos que también ilustran, explican, un tema: la Argentina, ese “la vida en las pampas” que anuncia el título. Enfáticamente, digo, porque la autora, a la hora de describir el territorio nacional, inserta este páramo de luz en el paradigma de lo inmenso de un modo insistente, casi como una base rítmica a fuerza de golpear y volver a golpear y volver a golpear para dar cuenta de algo que no deja de ser, de un modo u otro, una forma de lo mismo, una forma del desierto. Lexicalmente lo hace. En las primeras dos páginas de la novela. Y en todo el resto, pero, por razones evidentes, prefiero dar cuenta del principio. Acá, algunas de las palabras que lo describen:

amplia - abierta - inmenso - gigantesca - austral - silencio -

absoluto - enormes - desnudez - soledad - inmensidad -

desierta - silenciosa - vasta - inmensa - ilimitado - gigantes

Una vastísima extensión al sur del planeta, entonces, casi desierta y muy luminosa, signada por la soledad y el silencio correspondientes.

El “océano de luz”, a diferencia del otro océano, el de agua, va a estar escandido: habrá caminos, grandes propiedades y propiedades pequeñas. Habrá pueblos. Habrá la gran ciudad, más iluminada aún que su propio campo, pero de una luz distinta, la de la civilización que llega a su puerto y a sus clases letradas —porque de esto no le caben dudas a nadie: las luces llegan; local, si se le puede llamar local, la única luminaria es la de los rayos del sol—. Habrá un pequeñísimo propietario, Pablo, y su madre, Micaela, parte de una familia entregada a la causa unitaria como quien se entrega a una causa trascendente de esas que hacen de la propia vida, del propio cuerpo, una cuestión soslayable, sacrificable, prescindible. Y Dolores, la heredera de una gran propiedad, su padre el Federal y su sierva, la negra Rosa, federales los tres. Y están los indios, a los que ya no se les reconoce territorio propio ni otras virtudes que las de la barbarie más absoluta. Estas escansiones, estas pertenencias partidarias, estas diferencias de clase, etnia y género van a tramarse en una trenza, una más difícil de cortar que los miembros humanos, una más resistente que el cuello que une a la cabeza con el cuerpo, para dar a la luz pampeana su tragedia propia.

La autora, porque acá el narrador se construye como la figura autoral explícitamente —“la autora de estas páginas se propone exponer más adelante los por qué y los porqué de este prolongado malentendido histórico, que amenaza con transmitirse a las futuras generaciones sin que nadie tenga el coraje de arrojar el guante”—, habla de las tensiones, que llegan a la violencia más cruda, entre unitarios y federales. Entonces la novela tiene un sentido dialógico, la autora les muestra este otro mundo a los del centro del mundo, hay un “allí”, está en Francia cuando escribe esta novela y la escribe en francés, un “nosotros”, los argentinos, y unos “otros”, los franceses en particular, los europeos en general. Eduarda se para ahí, en ese puente que, tal vez, es el mismo que fue invitada a tender cuando muy nena, a los siete, dicen, su tío Juan Manuel de Rosas recibe al embajador francés que viene a negociar los términos del cese del bloqueo que su país e Inglaterra le perpetraron a nuestros ríos y puertos en demanda de libertad. Libertad de comerciar ellos, claro, según sus conveniencias. Pero acá la cuestión no es ésa, sino la nena intérprete, la nena llamada a intermediar entre dos hombres adultos y poderosos, entre dos gobiernos nacionales. Ese ser puente, ese actuar entre hombres fuertes, ese saberse parte de la historia argentina, ese erigirse en intérprete de lo nacional para explicárselo a los otros, es el mismo gesto de Pablo o la vida en las pampas. Pero no es el único gesto: Eduarda habla para afuera, sin lugar a dudas, lo dice explícitamente. Lo que no dice con la misma claridad meridiana pero no deja de ser claro es que también habla para adentro: telegrama para el presidente Domingo Faustino Sarmiento, autor de un libro tan formidable como Facundo y de exhortaciones criminales como la que le escribió a Mitre en una carta del 20 de septiembre de 1861: “No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de humanos”.

Estimado Señor Presidente

Lo que no contestó Mitre lo contestó, antes que José Hernández en su El gaucho Martín Fierro, Eduarda. En un francés sin errores, uno que maneja desde niña por su educación privilegiada —de la que el presidente Sarmiento había carecido—, uno que aprendió en las entrañas de la máquina, mal que nos pesa y nos pesa, más poderosa de la Argentina, la estancia y la riqueza del extractivismo agropecuario. Esa máquina que Sarmiento pudo ver y vio pero eligió olvidar para volcarse, romántico antes que materialista, del mismo modo que su retadora Eduarda, a las determinaciones del paisaje y el clima. Carlos Gamerro, en su Facundo o Martín Fierro. Los libros que inventaron la Argentina, describe esta visión maldita que Sarmiento tuvo y prefirió dejar de lado:

El momento en que Sarmiento logra una mayor inteligibilidad sobre Rosas es, también, aquel que pone entre paréntesis su maniqueo esquema de oposiciones (civilización/barbarie, Europa/América, ciudad/campo) y, en un momento casi marxista, vislumbra que lo que está sucediendo es que se ha tomado muy deliberadamente un modo de producción determinado (el de la gran estancia pampeana) como modelo para el funcionamiento del Estado:

“Las fiestas de las parroquias son una imitación de la hierra del ganado, a que acuden todos los vecinos: la cinta colorada que clava a cada hombre, mujer o niño, es la marca con que el propietario reconoce su ganado; el degüello de cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la costumbre de degollar las reses que tiene todo hombre de campaña; la prisión sucesiva de centenares, es el rodeo con que se dociliza al ganado, encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la Mazorca, las matanzas ordenadas, son otros tantos medios de domar a la ciudad, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se conoce”.

Interpreta, Gamerro, que el horror de Sarmiento podría deberse justamente a haber vislumbrado que Rosas no era un tirano a la manera de los tiranos antiguos, una rémora del pasado bárbaro, sino uno de modernidad radical, un tirano del futuro: un precursor de los nazis que estudiaron el sistema industrial de los mataderos de cerdos en los Estados Unidos para aplicarlo en los campos de exterminio. ¿No radica ahí la especificidad del horror de la Shoá, en haber sido ejecutada con métodos industriales, en haber sido la última, la más enorme desmentida a la luz de la razón? Porque si no, visto desde estas tierras donde se exterminó a cientos de pueblos, la pregunta llega tarde: no se trataría ya de cómo escribir después de Auschwitz sino de cómo, antes, mucho antes, se pudo seguir escribiendo durante y después —en el caso de que ese después del genocidio haya terminado de llegar para los pueblos originarios— de la conquista de América.

En esto no estarían de acuerdo ni nuestra Eduarda ni su enemigo Sarmiento: para los dos autores los indios son no sólo exterminables sino necesariamente objeto de exterminio.

Lo que ninguno de los dos pudo plantearse es lo que estaba antes de los dos genocidios: la matriz extractivista. Y el haber convertido el planeta en un campo de exterminio y horror para los animales. Pero me estoy yendo —¿me estoy yendo?— de tema.

Si lo que Sarmiento vio sin querer verlo no lo vio Eduarda, la matriz agropecuaria-industrial para los estados genocidas modernos, si no llegó a ver la pesadilla ¿última? del sueño de la razón, en cambio vio los límites de las luces como Sarmiento no pudo verlos. Si la barbarie era propia del rosismo, si el rosismo fue la barbarie, y por ende fueron propios del rosismo los crímenes más atroces perpetrados desde el Estado, eso habría tenido un límite con el cambio de régimen. Sarmiento lo creía: “Los pueblos obran siempre por reacciones; al estado de inquietud y alarma en que Rosas los ha tenido durante quince años, ha de sucederse la calma necesariamente, por lo mismo que tantos y tan horribles crímenes se han cometido, el pueblo y el Gobierno huirán de cometer uno solo”.

Hipócrita, le grita Eduarda desde su Pablo, mentiroso, criminal. Y le señala lo que Sarmiento no podría reconocer nunca: su propia barbarie. Y la de los suyos, los letrados civilizados, que no serán los personajes más favorecidos en la novela. Habrá, incluso, un periodista de guerra —no uno que va a la guerra sino uno que toma su trabajo facciosamente en la prensa, sigo la definición de Julio Blank en la entrevista que le hizo Fernando Rosso en laizquierdadiario.com— que usará, en función de sus intereses políticos, una tragedia, la de Pablo, la de su madre Micaela, sin preocuparse en absoluto por las víctimas. Incluso acusándolas cuando cambie de bando o de diario. O de las dos cosas, que a veces es lo mismo. De esta clase de periodismo de guerra Sarmiento sabía un montón. Cabe lamentar, entre otras muchas cosas, que ninguno de sus colegas del siglo XXI tuviera ni por aproximación una prosa como la de él.

Pero eso lo dejamos para después. Ahora volvamos a los gauchos: carne de cañón desde las guerras de independencia, carne de cañón para las guerras civiles, carne de cañón para la guerra contra el Paraguay, un destino argentino. El de los gauchos. Ese sino será el que se le trate de imponer a Pablo. O a la vida en las pampas. Se le trató de imponer. Y se le impuso. Y eso sí lo vio Eduarda quizá sin saber hasta dónde, hasta cuándo estaba viendo. Hasta hoy mismo viste, Eduarda.

Como estamos viendo, en este océano de luz la luz ilumina poco. O demasiado, que es lo mismo que nada.

Cabe subrayar que la que se le para de manos a Sarmiento es una mujer. Rica por herencia y por matrimonio, sí. Pero mujer.

Ni ley ni madre

A Pablo se lo llevan pese a la “papeleta”: el papel que, ajustándose a la ley que regía por entonces, exceptuaba del servicio militar a los “únicos sostenes de familia”, los varones hijos de madre viuda y sin hermanos, por ejemplo. El oficial que lo secuestra rompe el certificado sin siquiera leerlo. No hay ley ni madre, podría haberle dicho, cuando necesitamos carne de cañón para la guerra. En esta primera desgracia se van a anudar y desatar todas las demás. Pablo se va porque se tiene que ir bajo pena de persecución y muerte: la leva era una marcha hacia la muerte posible para evitar la vida clandestina segura y, sí, también, la muerte posible. No tenía mucha libertad para elegir el gaucho. Se va, lo arrancan, literal, de los brazos de su amada. Los dos son jóvenes, están enamorados como cachorros, ágrafa ella y casi ágrafo él pero de corazón bueno y generoso: si hay personajes luminosos en esta novela son estos dos, nuestros Julieta y Romeo pampeanos.

Y acá aparecen, como casi no aparecen en la literatura del XIX en nuestro país, las mujeres: la madre, Micaela, que, si se quiere leer así, en la busca de su hijo secuestrado por el Estado, prefigura a una madre de Plaza de Mayo. Pero a una para siempre sola, que nunca se encuentra con otras, que cuenta con la poca ayuda que pueden brindarle sus vecinas. Micaela sale en pos de lo que cree sucederá: busca justicia para su hijo, cree que los unitarios, que son los suyos, aquellos a los que ya ha ofrendado las vidas de sus otros dos hijos, entonces en el poder, respetarían la ley y le devolverían a Pablo. La espera de la mujer será larga y cruel. Va a conseguir, por fin, la entrevista con el Gobernador. Y el papel, las palabras, la constancia de la ley; el Gobernador va a reconocer que el chico tiene derecho a volver a su casa. Pero, ay, Micaela.

Y las otras mujeres: la vecina que, pese a ser federal ella misma, se va a apiadar y le va a dar amparo. La negra Rosa, el único personaje parlanchín, que quiere a su niña como si fuera su hija, fue su nodriza y llevan toda la vida juntas. La misma niña, rica pero casi sin educación, tan poca que ni siquiera conocía que yacer con su amado podía ser mal visto. O pecado. O las dos cosas.

Gauchos malos

En el centro de la vida del gaucho hay una herida traumática: la del encuentro con el Estado que, ya lo dijimos, no les reconoce ley ni madre ni derecho a nada. El periplo de Pablo le deparará el encuentro con un Gaucho Malo, el Anacleto. “A mi entender —dice la autora—, es uno de los productos más significativos de esa naturaleza grandiosa y salvaje de las pampas. Es la expresió ...