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PACK CINCUENTA SOMBRAS

E.L. James  

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Fragmento

Diseño de portada e interior: Pablo Piola

Última Generación

Agustina Caride

1.ª edición: agosto, 2016

© 2016 by Agustina Caride

© Ediciones B Argentina S.A., 2016

para el sello Javier Vergara Editor

Av. Paseo Colón 221, piso 6

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

www.edicionesb.com.ar

ISBN DIGITAL: 978-987-627-655-9

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Para Mora

Contenido

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Créditos

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Generación Cero (Libro Dos)

1

Esa mañana habían enterrado a otro, ya era el segundo en el mes y el mes recién empezaba. El aire estaba quieto, no en calma sino estancado. Ni un eco, ni un sonido. Kintukewun caminaba bordeando el pie de la montaña en busca de maguey. Era tradición, después de despedir a un muerto, endulzar la vida de quienes lo habían acompañado. Pero ese invierno el frío no estaba dejando crecer los frutos. ¿Es el clima?, se preguntaba.

El río, silencioso, corría a su lado arrastrando el lamento de los sauces llorones. No era la muerte la que se estaba llevando a su gente, sino la vida. La muerte es justa, es digna, pensó sin miedo a enfrentarla. En cambio, la vida, acobardada, se había vuelto una condena en mano de ellos. No es el frío, dijo ahora, segura de que no era el clima la causa de que sus manos hubieran encontrado tan pocas semillas de maguey.

No muy lejos distinguió un animal muerto. Lo supo por el olor, por las moscas revoloteando y por las sombras que caminaban a su lado. Hoy será día de visitas, pensó. Podía sentir la presencia de esas almas sin edad, como otros sienten en los huesos la lluvia. Pero solo a una de esas almas Kintukewun miró a los ojos. Era Luciana que esperaba para conversar con ella. Llegó el momento, pensó.

2

El ruido seco de la puerta cerrándose despertó a León. Su padre, Deluchi, había salido marcando el primer movimiento matutino, ofreciéndole la hora exacta en que el día debía comenzar: ocho y media. Sin necesidad de correr las cortinas caminó directo hasta la silla de su escritorio, donde había quedado olvidado su buzo negro desde la noche anterior. Al ponérselo, la capucha quedó perfectamente ubicada sobre la cabeza tapándole la frente hasta los ojos. No era un don, el de coincidir a la perfección, como si estuviera ensayada la ubicación de los brazos en las mangas y la capucha en la cabeza. Pero a esa hora de la mañana, al bajar por las escaleras, parecía que realmente necesitaba darles sombra a los ojos antes de enfrentar la débil claridad del día.

Sobre la mesada de madera había dos tazas: la de Deluchi, con los restos del café todavía caliente, y la otra vacía, esperándolo a él. En la tostadora el pan ya estaba ubicado y aunque sabía que ahí estaría, de todas formas se asomó para comprobarlo. Buscó leche en la heladera sin preocuparse por estar descalzo a pesar del frío, sacó el queso fresco y el dulce de maguey que Kintukewun les había preparado con sus propias manos. El diario estaba oscuro en la mesa y una vez más León cabeceó, sin entender esa manía paterna de apagarlo. Deluchi se resistía a mantenerlo encendido a pesar de haberle explicado un millón de veces que no generaba un déficit en el consumo de electricidad.

—Este invierno nevó poco —solía repetirle el padre cuando dejaba encendida una lámpara—, hay que cuidar la energía. Los ríos están secos. No sé cómo se va a llenar el dique si no llueve…

—En esta primavera —terminaba León la frase, sin burla en su tono, más bien con cierto orgullo de conocer a la perfección los vocablos que surgían en el pensamiento de su padre. Lo amaba no por ser su única familia, sino por haber sabido suplantar las ausencias, haciendo a su vez de madre y de hermano mayor, lo cual lo convertía también en los amigos que nunca tuvo.

León movió un tronco en la chimenea para avivar el fuego y a la distancia, con un mismo control remoto, encendió la tostadora y prendió la cafetera. Una vez que tuvo las manos libres, pasó sutilmente el dedo índice sobre el vidrio de la mesa, abriendo así el diario. Como un acto reflejo, no por la luz sino porque leería El Clandestino, levantó la cabeza y miró por la ventana, asegurándose de que nadie estuviera cerca. Era ya una rutina, la de chequear aun sabiendo que estaba lejos de los controles. Al confirmar que se hallaba completamente solo en medio del bosque, tomó una de las sillas y se sentó. Le sucedía siempre, a medida que el dedo rozaba el cristal pasando las páginas, él se alejaba de su realidad. Las tostadas saltaban y el café se sobrecalentaba mientras el reflejo se proyectaba sobre sus pupilas a medida que avanzaba en las noticias: El Lex queda habilitado en las escuelas, los niños ya no deberán aprender sus nombres, con solo un gesto del pulgar las pantallas lo escribirán.

Noticia vieja, le dice a Aiwiñ, que apenas movía la cola. A partir de las próximas elecciones de marzo, se podrá votar desde las casas.

La cara de León enrojeció de bronca y de frustración por la impotencia de estar encerrado en aquella casa. El presente es un laberinto, hijo, le decía Deluchi, ya vamos a encontrar la salida. ¿Quién se iba a animar a no votarlos? Untó las tostadas húmedas por el calor de la máquina, bebió el café frío y quemado, pero al llegar al lado B del diario un título lo obligó a abrir los ojos. Con la mirada recorrió las frases sin llegar a leerlas enteras, fue hilvanando y calculando las estadísticas que aparecían en la pantalla. Fue inevitable pensar en su hermano y también inevitable que el hecho de haberlo recordado lo motivara a salir. Sus movimientos fueron precisos, rápidos, furtivos: tenía que poner en jaque al sistema.

Desde que sus oídos tenían memoria él había escuchado lo mismo saliendo de la boca del padre: “Hay que esperar la fragilidad”. Y ahí estaba, titilando en los restos de información. Tiró el pantalón del pijama sobre la cama deshecha y mientras se ponía un jean, pensó por dónde empezar. Revolvió sobre el escritorio hasta encontrar una hoja y, con una birome, escribió sobre ella una nota de aliento. Antes de escribir dudó un segundo en las palabras que no tenía claras, solo sabía que serían pocas. Bajó las escaleras, todavía con la capucha sobre la cabeza, pero ahora llevaba una campera de corderoy encima del buzo. Sobre la mesa del comedor dejó la hoja escrita al lado del diario. La noticia seguía resplandeciendo sobre el vidrio, iluminando tímidamente las migas esparcidas sobre la mesa.

3

Cuando Deluchi abrió la puerta no entró solo a la casa, todavía lo acompañaban el frío y el olor a los cueros que había estado limpiando en el establo. Estaba un poco cansado, aquella mañana le habían entregado diez liebres y un gato montés y desde que había vuelto del pueblo, con los animales a cuestas, se había encerrado a trabajar. Al girar en busca de un repasador descubrió el diario titilando. Sin sorprenderse, León nunca lo apagaba, apoyó el trapo sobre la mesada y se acercó al vidrio. Entonces sí vio el papel escrito por su hijo y al levantarlo leyó la frase que había estado temiendo hacía años: La encontré.

Miró por la ventana y descubrió que faltaba la bicicleta. Su hijo nunca salía solo sin avisar, sabía que un outsa no podía hacerlo, mucho menos sin un backeador cubriéndole las espaldas. El sueño de Aiwiñ sobre la alfombra del living no lo preocupó. La perra ya estaba vieja, hacía más de un año que había dejado de ser la sombra de León.

—¿Adónde se fue? —la pregunta la hizo al aire con la intención de que su difunta esposa pudiera escucharlo y responderle, pero el silencio, una vez más, lo obligó a tenerla solo en el recuerdo.

—¿Por qué lo hicimos? —le dijo ahora, más convencido que nunca del error. Luciana, embarazada de León y a punto de dar a luz, lo había mirado orgullosa por la decisión que habían tomado. No lexearían a otro hijo.

—Es peligroso si no lo hacemos —había respondido él una, dos, tres veces sabiendo que se dejaría convencer por su mujer.

—¿Y quién me garantiza que esta vez no será peligroso ponérselo? —Luciana tenía la razón, él tenía la duda.

—¿Dónde vas a parir? —insistía Deluchi de vez en cuando. No quería perderlos, ni a ella ni al bebé. No otra vez.

—En el asentamiento —Luciana quería a ese hijo más que a nada en el mundo, lo que no quería era traerlo a ese mundo—. Soy la que pone el cuerpo, tengo derecho a decidir dónde quiero ponerlo. Yo a otro hospital no entro.

—¿En el asentamiento? —no es que Deluchi desconfiara de la tribu, pero sí temía por la precariedad en la que vivían sus habitantes—. Hace dos años que no hay peligro en la instalación.

—No es el lex el problema. Y lo sabés.

Sí, lo sabía. Lo que el lex representaba era lo que Luciana no podía aceptar. Ni él tampoco. Cada vez que le tomó las manos o le acarició el vientre, lo hizo sin poder mirarla a los ojos. No era miedo, mucho menos cobardía, sino impotencia, la misma que sentía ahora al no saber dónde estaba León.

Hacía años que su hijo buscaba en las páginas ocultas de El Clandestino una noticia que lo ayudara a encontrar la redacción del diario. Existían secciones a las que solo un outsa podía acceder. En eso consistía la clandestinidad, en ciertas secciones prohibidas al sistema y habilitadas para un pulgar sin lex. Por ahí entraba León y buscaba, anotaba datos, convencido de que existían códices ocultos, mensajes subliminares para aquellos que pudieran acceder a esa información. Pero hasta el momento no había descubierto nada, salvo que el diario se escribía bajo tierra, imaginaba una especie de búnker, pero desconocía no solo la ubicación, sino los medios que utilizaban para generarse la energía desde abajo. Deluchi salía cada día sabiendo que después del desayuno su hijo se tomaba la mañana, sentado frente a la mesa encendida, recorriendo lo que llamaba “las huellas”.

—¿Por qué te hice caso? —seguía preguntándole a Luciana, ahora mirándola en una foto-movimiento. Más de una vez había dudado, había querido viajar a la Central para lexearlo, incluso había llegado a averiguar los riesgos y las ventajas que implicaban ponerse un dispositivo falso. Pudo haberle dado una vida inventada, crearle un pasado, pero León se había negado. Había heredado la convicción de la madre.

—Se va a ir —Luciana sonreía a la cámara, se arreglaba el pelo y se preparaba para la foto. Y otra vez y otra vez la misma imagen foto-movimiento sobre un estante de la biblioteca del living.

Deluchi, sentado en el sillón, frente a ella, supo que el día había llegado.

4

Por primera vez León avanzó sin miedo de hallarse solo en el pueblo. Durante quince años atravesó esas calles sin animarse a transitarlas, eligiendo las laterales, evitando las asfaltadas ya que el cruce con la gente, si bien no le estaba prohibido, era riesgoso. Ahora en cambio, con la sonrisa que todavía parecía una mueca, se dejó ver ante las cámaras de seguridad que circulaban entre los postes solares. Se sentía invisible.

Pero no invencible, le había advertido Kintukewun. Tené cuidado, le había dicho la vieja, podía ser que las helicámaras todavía no estuvieran habilitadas. Cuando llegó a la plaza se detuvo a pensar frente a la vieja calesita oxidada. León nunca la había visto funcionar y en todo el pueblo quedaban muy pocas personas que guardaran el recuerdo de sus giros.

—Otra muerte que le debemos a este futuro —le había dicho Deluchi cuando, de muy chiquito, él le había preguntado qué hacían esos caballos de madera sostenidos por unos barrotes.

—¿Y por qué no la arreglan? —los pequeños ojos de León trataron de distinguir las figuras que esos colores gastados algún día habían pintado un cielo con pájaros y un césped floreado.

—Porque ya nada funciona si no se adapta al nuevo sistema. Y eso es caro, muy caro. Cuesta menos hacer cosas nuevas que acomodar las viejas.

—Algún día la voy a arreglar —le había prometido al padre.

Apoyado contra el lomo de un caballo desteñido, León observó el recorrido de una helicámara. Cuando un hombre pasó debajo de ella comprobó que un láser verde cortaba el aire, señal de que lo había registrado. Igualmente se mantuvo inmóvil durante una hora, hasta comprobar que lo mismo sucedía con cada uno de los que pasaban frente al lente. Hasta no estar seguro no abandonó la calesita. Entonces hundió las manos en los bolsillos de la campera, caminó reteniendo el aliento y con la cabeza hacia el cielo, mantuvo fijo los ojos en la máquina. Efectivamente la luz del láser, con él, no se encendió.

Suficiente por hoy, pensó recordando también las palabras de la anciana: no te expongas más de lo necesario. Acomodó una tira de la mochila que se le había caído desde el hombro y cuando estaba por llegar al poste en donde había dejado su bicicleta, se detuvo. En la esquina, los centrales conversaban a solo unos pasos. Pasar frente a ellos no despertaría sospechas, lo había hecho varias veces, pero sacar el candado con llave, y sin usar el pulgar, lo pondría en evidencia. Fue entonces cuando hizo el gesto ya ensayado de haberse olvidado algo y giró sobre sus pies creyendo poder evitarlos; en ese instante escuchó el silbido. Se detuvo en seco y esperó. Cada vez que había caminado por el pueblo, las pocas veces, había temido escuchar ese sonido agudo y acusador. Las botas sonaron sobre las baldosas, los pasos se acercaron a su espalda mientras él, evitando transpirar, probaba la sonrisa que pondría en cuanto le dieran permiso de darse vuelta.

—Hacia acá —fue la orden que León obedeció. Contó los pasos que lo separaban de la dupla, nada más para pensar en otra cosa que no fuera el pulgar transpirando.

—¿Nos evitabas? —dijo el más bajo de los dos, sacudiendo el dedo índice con un gesto burlón. Cuando sonreía, dos hoyuelos danzaban a los costados del labio inferior y sin saber por qué, León se detuvo a observarlos. Tal vez porque en ese gesto, las facciones del central perdían rigor y eliminaban el miedo.

—No. Es que olvidé los guantes en casa. Volvía a buscarlos.

—Dedo —dijo ahora el más alto, aunque no fue la altura lo que intimidó a León, sino el tono que había puesto al hablar. Era la primera vez que tenía a los agentes tan cerca.