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PANFLETO

María Moreno  

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Un cuaderno

Escribí estos artículos a lo largo de casi cuarenta años. Los saltos de registro, a veces abismales, se explican en parte por las licencias permitidas por los espacios en los que fueron publicados: Página/12, La Caja, Babel y Fin de Siglo. Aunque no son documentos —suelo escribir saqueando y modificando mis propios archivos—, los retoqué poco y nada a pesar del escándalo que me provoca hoy, por ejemplo, descubrir la soltura con que insistía en escribir “La Mujer”, aunque lo hiciera con menos intención esencialista que la de macular el lugar común psicoanalítico “La Mujer no existe”. A finales de los años ochenta y noventa yo me intoxicaba con las importaciones teóricas de las feministas de la nueva izquierda que releían en la estructura de la familia en el capitalismo la sevicia del trabajo invisible, de las estructuralistas de la diferencia que inventaban un Freud a su favor y de las marxistas contra el ascetismo rojo. No leía, volaba. Sin tiempo para dejar en suspenso el pensamiento a fin de ponerlo a prueba —las fechas de entrega eran una coartada—, al escribir, concluía. Es decir, escribía animada por lo que iba aprendiendo, relacionando o imaginando que inventaba, sola y exaltada. Porque no recuerdo que supiera quiénes me leían, a quiénes me dirigía. Era como si gozara de un regalo infinito: la posibilidad de dejar aquí y allá, escondidas en ciertos diarios y revistas, las hojas de unos cuadernos de aprendizaje dedicados a unas lectoras futuras. A veces, mientras los redactaba, terminaba pensando por un segundo que eran provocadores, zumbones, luego... me olvidaba. No importaba que nadie me contestara; en ocasiones me llegaban comentarios de Diana Bellessi, Mirta Rosenberg, pocas más. Con Laura Klein hicimos un único número de una revista llamada Mujeres en Movimiento, fruto de epifanías radiantes y un encuentro entre vehemencias políticas que aún continúa.

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En las siguientes décadas los espacios académicos dedicados a los estudios de género me permitieron imaginar diálogos posibles que, sin embargo, permanecieron tácitos, flujos de simpatía a distancia, encuentros en congresos de los que participaba sintiéndome sapo de otro pozo. Publicar hoy estos artículos significa romper el silencio de las críticas, a menudo benévolas, que me han ubicado como testimonio de la crónica latinoamericana o el giro autobiográfico en la literatura argentina omitiendo un interés que considero todavía el más constante a lo largo de mi vida. La precisión de las fechas de los más coyunturales puede explicarse como un subrayado de lo que le importó entre 2016 y 2018 a un feminismo renovado y proteico, nucleado alrededor de las consignas del Ni una menos, al que creo contestarle desde mi acotada experiencia y dentro de mi generación.

El bueno de Nicolás Rosa, y a modo de elogio, solía decirme “¡Pero María, vos no sos feminista!”.

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

El mirón tiene quien le escriba

Por los años cuarenta un coleccionista de libros, tras cuya firma se ocultaba un vulgar degenerado, encargó a Henry Miller cuentos porno a cambio de cien dólares mensuales. La consigna era “suprimir la poesía”. Henry Miller, un hombre cuya consigna era beber frío y orinar caliente, solo parecía capaz de concebir una poesía donde las mujeres se rompieran la pelvis para que el médico les metiera un dedo de goma adentro hasta frotarles la hendidura de la epiglotis, que agitaran los labios de sus vaginas como un colibrí o fumaran con ellas un cigarrillo y fueran capaces de lanzar un chorro de orina que sonara como la caída de las cataratas del Niágara (un chorro verdaderamente fraterno). Todo un poeta del tres al hilo textual y eyacular; pero más interesado en la inversión a largo plazo de remozar totalmente la literatura norteamericana con su esperma realista que en plata contante y sonante, le pasó el trabajo a su amiga Anaïs Nin. Ella sabía que la retórica era simple: botitas de veintidós botones, correajes tumescentes, lencería negra, ausencia de sentimentalismo, y sobre todo grandes vergas hábiles para abrirse paso en jugosas vaginas bien dispuestas y múltiples. Lo hizo regular, con algunas caídas poéticas. Desde ese entonces Anaïs Nin, la escritora con vocación de servicio para satisfacer la erótica masculina, quedó ¿paradójicamente? consagrada como la escritora erótica femenina por excelencia. Sin embargo, ella, que convertía divertidamente en dólares su obediencia ciega al deseo macho, terminó enviando al coleccionista una carta de queja que decía entre otras cosas: “El sexo no prospera en medio de la monotonía. Sin sentimientos, sin invenciones, sin el estado de ánimo apropiado, no hay sorpresas en la cama. El sexo debe mezclarse con lágrimas, risas, palabras, promesas, escenas, celos, envidia, todas las variedades del miedo, viajes al extranjero, caras nuevas, novelas, relatos, sueños, fantasías, música, danza, opio, vino”. De este modo, Anaïs Nin hacía el primer borrador —al menos uno de los más conocidos del siglo XX— de un manual de instrucciones para el Ars Amandi y también, aunque nadie recogió el guante, para una hipótesis: cuando las mujeres muestran estos escrúpulos, ¿están diciendo con franqueza lo que necesitan o existe en la mayoría de ellas un goce pedagógico? Al escribirle a su coleccionista “El sexo pierde su poder y su magia cuando se hace explícito, mecánico, exagerado; cuando se convierte en una obsesión maquinal se vuelve aburrido. Usted nos ha enseñado mejor que nadie que yo conozca cuán equivocado resulta no mezclarlo con la emoción, el hambre, el deseo, la concupiscencia, las fantasías, los caprichos, los lazos personales y las relaciones más profundas que cambian su color, sabor, ritmos, intensidades”, ¿no estaba excitándolo con sustancias más poderosas que el relato de cuadros eróticos como son el desafío y la provocación?

Claro que si uno se atiene a la voluntad de la autora y a través de su grito de esclava liberta, Anaïs Nin no solo criticaba la pornografía sino, al parecer, la sexualidad masculina misma. Si bien no era la primera vez que las mujeres trataban de definir su diferencia, fue Nin una de las que más se empeñó en promover, en el terreno de la literatura, una mística de su propio sexo sexuado. Mística que, como todas las de liberación, arrastra en su mismo gesto de ruptura algunos aspectos no tan tirabombas.

“El ritmo de la mujer es más flexible, más fluido, más sutil”, dice la teórica Luce Irigaray. Y su goce estaría sellado en su propio cuerpo a través de esos labios inferiores que se besan entre sí sin que ni siquiera ella pueda evitarlo. ¿A quién estaba provocando? ¿A Jacques Lacan, que terminó por prescribir su excomunión de la École Freudienne de París?

“Aspectos intelectuales, imaginativos, románticos y emocionales. Eso es lo que confiere al sexo sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisíacos. Usted ha dejado que se marchite el mundo en sus sensaciones, está dejando que se seque, que se muera de inanición, que se desangre”, chanta la Nin a su coleccionista. Tretas del débil —las de Irigaray, las de Nin— que se arrogan un saber para revertir un dominio pero también una suerte de estetización del sexo, de apología de lo sublime (cuándo no iremos a parar las mujeres de ese lado), donde retorna la figura odiosa de la maestra normal dispuesta a sacar a Kaspar Hauser de su barbarie genital.

El colmo es cuando Nin dice “Solo el pálpito al unísono del sexo y el corazón puede producir éxtasis”. ¿Reverbero católico de la unión entre cuerpo y alma? Si dan ganas de decir: “Muy bien, señoras, basta de agujero-palito, de al pan, pan y al vino, vino. Empecemos con los grandes rodeos mareadores, las miradas de veinte minutos. Pero ¿qué tal una mancha de menstruo (de menstruo nomás, no de menstruo elevado al rango de vino pascual), un poco de buen olor a axilas, flatulencias?”.

Cuando se organiza una mesa redonda o un suplemento sobre literatura erótica, se convoca a mujeres. ¿Beneficios de una civilización que encuentra al macho regenerado o al menos reprimido? No. Allí hasta el más moderno vuelve a sostener la certeza de la semejanza entre literatura y vida. Se trata de que ellas (las mujeres) aprendan a poner en bellas figuras sus ficciones de alcoba, hechas a la medida del amo, y de poder leerlas como si se las espiara. Pero también de arrancarles un secreto, el instante en que por traducir a la tradición (viril), su sexo les juegue una mala pasada y traduzcan mal, es decir, traicionen, confesándose como si estuvieran a solas. Son estos deslizamientos los que provocaron que Anaïs Nin se hiciera totalmente cargo de su libro Delta de Venus, escrito bajo la varita libertina del coleccionista.

Mientras tanto las mujeres escriben sobre erotismo oscilando entre la tentación de excitar y el riesgo de ser arrancadas de sí mismas. Propongo que hablar de literatura femenina es hablar de erotismo y en eso vamos a calentar la máquina de escribir que, al no tener sexo, no traiciona.

El sexo en orden

El goce masculino tiene la forma de un buen cuento corto norteamericano con un principio, un medio y un final de punching ball. La expresión soez “hacer el alivio” evoca el rascarse o hacer pis: el goce femenino consistiría en la fluorescencia de todo el cuerpo y su expansión en el espacio y una continuidad entre el cuerpo y el sexo, el sexo y el cuerpo, sin localizaciones fijas, sin puntuaciones separadas (la versión es de Luce Irigaray). En la caricia no habría quién es quién, los bordes se atraviesan en una nebulosa táctil, la piel anestesiada por los besos ignora a su dueño... bah, es insoportable como leer completo desde el principio hasta el fin Paradiso de Lezama Lima (es mejor gozarlo por partes y salteado).

Una mujer no enajenada a la economía del hombre viviría su sexualidad como un continuum, no como un recorte cuyo guión se realice en una serie limitada de vicisitudes y en las que ella sea ofrecida como espectáculo a un mirón siempre ávido de privilegiar lo sólido sobre lo líquido, de reclamar ese haiku de éxtasis que le suele enviar el otro cuerpo como certificado de que ha sido un buen donador, de reducir su deseo acabando ramplonamente con él.

¡Sí! El falo necesitaba esta felpeada teórica que le han hecho las Luce Irigaray, anónimas e incansables histéricas y también algunos hombres como Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut (El nuevo desorden amoroso), que escriben sin revelar cómo lo hacen a dúo: “El cuerpo de la mujer es línea de fuga y no hendidura de la matriz, trozo de universo con infinitos poderes de alumbramiento, es esfera de fusión de la que surgen los planetas, los vientos, las trayectorias minúsculas o gigantescas, los cometas que parten el vientre y estallan en la cabeza o en las falanges de las manos, penachos de sensaciones difundidas continuamente a los cuatro hemisferios del cuerpo y que franquean, alteran, anulan el umbral, el pobre umbral masculino de lo genital”.

Digresión. La colonización de Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut por el estilo “femenino” exige un gesto de agradecimiento: que las maestras aprendan a su vez de alumnos tan aventajados. Cediendo a las objeciones de estos autores, a las corrientes teóricas que diferencian el falo del pene por considerar que esta diferenciación no responde más que a una sutileza escolástica, yo uso los dos términos al azar o, en el caso de sustituir pene por falo, solo a modo de subrayado demagógico para las damas o simplemente buffo.

Estos varones sí que se han tragado la píldora de la pedagogía femenina o, a fuerza de tener asistencia perfecta a la coral cátedra de femineidad, han terminado, como sus maestras, por fingir.

Pero esta afirmación de “otro modo de sentir” no deja de tener un simple valor político como en su momento la afirmación de una identidad gay, afroamericana o femenina; no está sujeta a pruebas de verdad: es una nueva novela sexual en donde, de la euforia fundadora, debería extirparse el eterno tufillo a esencias porque si no ¿qué queda de la zarpa de la historia? La sociedad antigua, por ejemplo, parecía indeciblemente progresista en relación con los pobres falócratas posteriores. Es cierto que creía, según las suposiciones de Galeno, que las mujeres eyaculaban durante su orgasmo y que esa eyaculación era esencial al privilegiadísimo acto de procrear. “Horrrrrible asimilación a la economía masculina”, mascullaría Luce Irigaray. Pero ¿para qué nos servía? Ocho teólogos de lustre afirmaban que la mujer que se negaba al orgasmo cometía un pecado mortal. Otros cuatro teólogos de lustre, que el marido estaba obligado a continuar el acoplamiento hasta que ella “segregara su semen”. Y he aquí lo increíble pero real: catorce teólogos de lustre decían que la mujer podía seguir prodigándose caricias a sí misma hasta lograr el orgasmo, una vez que el marido se hubo retirado al otro extremo del lecho dándole la espalda. ¿Sabían más del goce femenino esos maridos condenados a cumplir con el débito matrimonial que les imponía desde el párroco hasta el rey y que ni siquiera, en cambio, tenían la obligación de amar a sus esposas? ¿Estaban mejor lesbianizados que los de ahora, todo fuera por la procreación? ¿O eran simples perros escarbadores, practicantes a ultranza del agujero-palito?

En el primer caso, cabe que dentro de algunas décadas las mujeres, hastiadas de la sobada perpetua y el beso colombino, reclamemos aquella vieja genitalidad, una vez que el pene haya perdido su halo trágico, su angustia de púgil de la refregada.

Otra paradoja: este “otro modo de sentir” enunciado por Nin y teorizado por Irigaray se ha urdido para escupir sobre el falo. Pero el falo es un cliente apopléjico que se mea utilizando aquello con que antes pasaba a degüello muñecas grandes. Y hoy son los hombres los que quieren ser lesbianizados: al pasar de la cama (de algún hotel alojamiento) a la camilla (de una casa de masajes) están dando cuenta de todo lo que se les fue en salud. Se extienden como amadas para que los masajeen, los entalquen, los relajen, los alivien. Cuando la expulsión seminal va tan pareja con la del lumbago, cuando el sexo está tan peligrosamente cerca de la kiniesiología, es que ya nadie soporta lo que ha inventado.

Cada década chilla en paños menores “liberémonos de nuestros dogmas, matemos el pasado del placer”, como si dijera “fundemos nuevos hits de alcoba”. Los jóvenes que hoy recorren la ciudad vestidos de negro se han puesto luto por tantas muertes imaginarias. A cambio proponen que la nada es sexy, quieren el sexo de los ángeles.

Yo estoy vieja: prefiero la sexualidad de los nambiquara que fascinó a Lévi-Strauss en los tristes trópicos: una tribu en la que los niños pegan a sus padres, se yace desnudo luego de revolcarse por la arena hasta tener un tenue color ocre, hilando cuentas de nácar lechoso o de corteza de nuez de palma, mientras una voz relata: “Todo el mundo había muerto. Ya no quedaba nadie. Ningún hombre. Nada”. Un brazo reposa en el cuerpo del hijo, la cabeza en la panza de la prima cruzada. El fuego de la hoguera pasa por los ojos oblicuos. Los mocos se suenan con una ramita en forma de pinza. Los cabellos se separan en bandas geométricas para dejar las liendres a la luz. De pronto una pareja se levanta y se mete en los matorrales. Estallan los chistes, las imitaciones, las rimas obscenas. Se habla de sexo, siempre de sexo. Luchas en el polvo, pedos, escupidas, cuchicheos, risas locas, de vez en cuando el llanto de un niño pisoteado. Y a echar ramitas a la hoguera (no hay que dejar que se apague porque las noches son frías). Un mono se cuelga de una cabellera: así viajará mañana. El zumbido de las moscas, la música de una flauta. La sensualidad de una nación acostada donde los hombres y las mujeres hablan diferentes lenguas, pero eso no se escribe, no puede, no hace falta escribirlo.

1988

Las lágrimas de Eros

Los años sesenta fueron unos ladrones de historia, creídos de que representaban la cúspide de la retórica de la chanchada elevada al rango de doctrina revolucionaria, la primera hoguera para la cama matrimonial como garante de que cada óvulo encuentre su espermatozoide vencedor —claro que ellos no creían en la propiedad privada—. Porque la revolución sexual no ocurrió ni cuando las feministas quemaban corpiños en la plaza pública ni cuando las paredes gritaban “prohibido prohibir”, sino cuando el marqués de Sade escribía Los 120 días de Sodoma encerrado en la mazmorra de la Bastilla, mientras la guillotina cortaba a cero cabezas monárquicas ante un populacho menos revolucionario que voyeur. Cuando las camas con baldaquino traqueteaban al ritmo de un tren expreso —aunque faltara un siglo para que este se inventara— bajo el peso de diversas y eruditas chanchadas, que incluían a dos condesas dándose besos de la frente a la punta del pie y bajo la mirada del amante escondido tras un cortinado escarlata. ¡A los viejos y buenos tiempos! Según el sociólogo Edward Shorter, jamás nacieron tantos bastardos ni giró tanto el torno de los conventos para dejar expósitos a la buena de Dios. Se puso de moda el casamiento por amor contra la fija de los escudos nobiliarios y los avatares de la propiedad privada. Un Eros artesanal utilizaba pesarios hechos con vísceras animales (¡cuántos le debieron la vida a estas prácticas!) o una mezcla de vino blanco y trébol molido ideada por Aristóteles. Eso en la Europa, gran espejo atávico de nuestras pampas, donde las vísceras seguían a disposición de los asadores y recién en el siglo XIX se registraron documentos de bodas contra mamá y papá. Mariquita Sánchez, mucho más revolucionaria que Camila O’Gorman —esa burguesa cuya aspiración en última instancia había sido casarse en los Estados Unidos y que no se privaba de ser absuelta de sus pecados en la propia casa—, recurrió al virrey para eludir a un vejanco pariente que le estaba destinado y casarse con el alférez Thompson, evitando así lo que le ocurrió a Remedios de Escalada quien, ofrecida al Padre de la Patria, fue víctima de un estupro legal.

Pero antes o después, siempre se retozó, penetró, chupó, lamió, enroscó, mordió y cualquier verbo previsto por los catálogos libertinos. Solo que, en el siglo XX, Eros quedó tan escrito como una pared parisina durante mayo de 1968. Desde aquellas damas victorianas que asistían a conferencias, tenían jaquecas y clítoris clandestinos y confesaban en Berggasse 19 (chez Sigmund Freud) que les gustaba 1°) papá, 2°) la mucama, 3°) el señor K y 4°) la señora K, todo fue como una bola de nieve: invertidos con monóculo y frac golondrina, manuales para casadas que permiten hacer el amor con la menstruación si el marido viene por ejemplo de pelear contra los bóers, boogie-woogie hasta hacer fracasar el desodorante íntimo, orgías con hojas de ruta y botiquín afrodisíaco, gay poder a más no poder, coitos con debate y trofeo final, desnudos pastorales bajo una lluvia de flashes disparados en medio de la humareda beatífica del hachís, pezones atravesados por medallas de la Segunda Guerra haciendo juego con escrotos acribillados con platería maorí, femineidad de siliconas y masculinidad anabólica, match estético-moral entre pornografía y erotismo. ¡Ah, los viejos y buenos tiempos! Desgraciadamente, también confesiones laicas en consultorios y prensa independiente, protocolos progresistas donde desear es desear hacer justicia —“¡Vos solo pensás en vos!”—, escolástica entre la vagina y el clítoris, conversión del macho de tango en obrero especializado de la satisfacción conyugal, vademécum de artefactos electrónicos que permiten acabar juntos o fingirlo a dos de cualquier sexo que viven, uno en Buenos Aires y otro en Estambul. Pero siempre aplicando las tablas de la ley: ¡Gozar! Un mandamiento laico cuya violación no necesita ningún agente que administre la penitencia: desoírlo significa convertirse en un paria social, un desgraciado a quien Eros, que no usa pañales, en lugar de atravesarlo con sus flechas le ha meado el lecho de los retozos. ¡Ah, los viejos y buenos tiempos en que obedecíamos pero lo ignorábamos!

El poeta Fernando Noy rebautiza con el título de Bataille, Las lágrimas de Eros, al sexo dividido entre el crepúsculo de los psicoanalistas y la aurora de los sexólogos y convertido en leitmotiv de la medicina clínica. El látex del preservativo sustituye con la imagen del buzo Chapaleo la sesentista de dos jóvenes trincando en un prado de forraje neohippie. Sin embargo, Eros no llora, sino de desencanto. Y tal vez tenga razón el otro poeta, Néstor Perlongher, cuando sugiere que el sida no es la causa de este sexo tristón que hace que la blancura de las sábanas se deba más al susto que a la tintura textil, sino la caída en picada que precede a todo éxtasis ideológico. Literales y esperanzados, calientes y comedidos, habíamos confundido el tan mentado deseo con el deseo sexual, pensando que este no tenía límites, que no estaba ordenado como las piezas de ajedrez en su tablero de Pierrot —y miren si no estaba ordenado que a menudo solo gozamos de la misma escena: lamer ropa de cama de bebé o pañuelos a cuadros blancos y negros como los pacientes del Dr. Krafft-Ebing, guardar los restos del partenaire en el freezer como Jeffrey Dahmer, el descuartizador de Milwaukee, o practicar la modesta mulier super virum prohibida por los teólogos del siglo XVI—. Libertarios pour la galerie, pretendíamos, píldora mediante y en boca de mujer, que ningún dato de la realidad —ese campamento de boy scouts stanilistas—, verbigracia una panoplia de goma, viniera a irrumpir en nuestras detalladísimas puestas en escena. Las deseosas, en el fondo románticas puritanas disfrazadas de kamikazes de alcoba, recibíamos con sahumerios afrodisíacos, batas de seda china, lencería prostibularia, velones aromáticos, champagne o vino madera pero ¡ay si el partenaire foráneo al catálogo libertario amagaba con sacar del bolsillo una cajita con el adminículo que el kitsch nacional había bautizado como velo rosado, desenmascarando así precozmente los fines de ese teatro preliminar donde la convención era no hacer la menor mención de ¡dónde íbamos a ir a parar! “Se dio” o “No se dio”, evaluábamos según cediéramos o no cediéramos, pretendiendo que se trataba de dejarse llevar activamente pasivas por los torrentes de una libido sin dique. (El manual de supervivencia feminista indicaba que, en cambio, los hombres siempre querían: eran pura carga descarga, escroto inflamado y ojos que no ven sino el blanco vibrante de la raja.) No éramos promiscuas, nos reservábamos el corazón para la edad de la discreción a la que no deseábamos llegar vivas o lo entregábamos al primer psicópata como cualquier colonizada del vecino. Y ciertos varones de izquierda accedieron al harén urbano, pero no de mujeres liberadas, sino de analizadas princ ...