Loading...

PATRIMONIO

Philip Roth  

0


Fragmento

1

BUENO, ¿QUÉ TE PARECE?

Mi padre había perdido casi por completo la visión del ojo derecho cuando cumplió los ochenta y seis, pero, por lo demás, su estado de salud podía considerarse fenomenal para una persona de su edad, hasta que contrajo lo que un médico de Florida diagnosticó, equivocadamente, como parálisis de Bell, una infección vírica que, por lo común, paraliza, con carácter temporal, un lado de la cara.

La parálisis se le presentó sin previo aviso, al día siguiente de haber realizado el vuelo entre Nueva Jersey y West Palm Beach, donde iba a pasar los meses de invierno en un apartamento subarrendado que compartía con una contable de setenta años, Lilian Beloff —vecina suya del piso de arriba, en Elizabeth—, con quien había establecido relación sentimental un año después de la muerte de mi madre, acaecida en 1981. Se sentía tan estupendamente al llegar al aeropuerto, que decidió no llamar a un maletero (que, además, le habría costado la propina) y acarrear él mismo las maletas, desde la recogida de equipajes a la parada de taxis. Luego, a la mañana siguiente, en el espejo del cuarto de baño, vio que la mitad de su cara había dejado de pertenecerle. Lo que el día antes era su propio aspecto, ahora se había trocado en un rostro de nadie: hinchado y caído el párpado inferior del ojo malo, dejando al descubierto la textura interior; suelta y sin vida la mejilla del mismo lado, como si, por debajo, le hubiesen rebanado el hueso; y los labios en diagonal, perdida la rectitud en la traza.

Se colocó la mejilla derecha en el sitio que aún ocupaba la noche antes, sujetándola en tal posición, con la mano, hasta contar diez. Lo hizo varias veces, aquella mañana —y todos los días subsiguientes—, pero la mejilla volvía a caerse en cuanto la soltaba. Trató de convencerse de que todo era por una mala postura en la almohada, de que se le había arrugado la piel durante el sueño; pero lo que de verdad creía era que le había dado un ataque. Su padre se había quedado paralítico, a consecuencia de un ataque, a principios de los años cuarenta, y él, una vez alcanzada la vejez, me había dicho en repetidas ocasiones:

—No quiero morirme igual que él. No quiero quedarme ahí tirado. Es lo que más temo en este mundo.

Me contó que solía ir a ver a su padre al hospital, a primera hora de la mañana, camino de su oficina del centro de la ciudad, y luego otra vez, cuando iba de regreso a casa. Dos veces al día encendía cigarrillos y se los colocaba a su padre en los labios. A última hora de la tarde, se sentaba a su cabecera y le leía el periódico yiddish. Inmóvil y desamparado, sin más alivio que el tabaco, Sender Roth todavía duró casi un año; y, hasta que un segundo ataque acabó con él, a altas horas de una noche de 1942, mi padre siguió sentándose a su lado dos veces al día, mirándolo morir.

El médico que le diagnosticó la parálisis de Bell también le dijo que casi todo el daño facial, si no todo, desaparecería en poco tiempo. Prognosis que, en los días siguientes, y sólo en su sector del vasto inmueble de pisos propios en que residía, le confirmaron tres personas distintas, que habían padecido el mismo mal y se habían recuperado. Uno de ellos hubo de esperar

Recibe antes que nadie historias como ésta