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PEQUEñAS MENTIRAS

Liane Moriarty

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Fragmento

Índice

Pequeñas mentiras

Dedicatoria

Cita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Agradecimientos

Referencias

Sobre este libro

Sobre la autora

Créditos

A Margaret, con cariño

Tú me das, tú me das,

ahora me tendrás que besar.

(Cancioncilla infantil)

Colegio Público Pirriwee

¡Donde vivimos y aprendemos a orillas del mar!

¡El colegio Pirriwee es una ZONA SIN ACOSO!

No acosamos.

No aceptamos que nos acosen.

Nunca mantenemos en secreto el acoso.

Tenemos la valentía de denunciarlo si vemos que acosan a nuestros amigos.

¡Decimos NO al acoso!

CAPÍTULO 1

Ese estrépito no suena a concurso de preguntas en el colegio, sino a tumulto —dijo la señora Patty Ponder a Marie Antoinette.

La gata no respondió. Estaba adormilada en el sofá, y los concursos de preguntas y respuestas le parecían un rollo.

—No te interesa, ¿eh? ¡Que coman pasteles! ¿Es eso lo que estás pensando? Se atiborran de pasteles, ¿a que sí? Pasteles por todas partes. Dios mío. Aunque no creo que ninguna madre los pruebe. Son todas flacas y esbeltas. Igual que tú.

Marie Antoinette sonrió por el cumplido. Lo de «que coman pasteles» había pasado de moda hacía mucho, y recientemente había oído decir a un nieto de la señora Ponder que en realidad debía de ser «que coman brioches», y también que María Antonieta no lo había dicho jamás.

La señora Ponder tomó el mando a distancia y bajó el volumen de Dancing with the Stars. Lo había subido antes por el ruido de un chaparrón, pero ahora ya no era más que llovizna.

Le llegaba el griterío de la gente. Voces airadas rasgaban el aire silencioso y frío de la noche. A la señora Ponder le resultaba extrañamente doloroso oírlas, como si todo aquel furor se dirigiera contra ella. (La señora Ponder se había criado con una madre colérica).

—Dios mío. ¿Pues no están discutiendo por la capital de Guatemala? ¿Sabes cuál es? ¿No? Yo tampoco. Tendremos que googlear. No me hagas burla.

Marie Antoinette olisqueó el aire.

—Vamos a ver qué pasa —dijo la señora Ponder muy decidida.

Se estaba poniendo nerviosa y eso la llevaba a actuar resueltamente delante de la gata, como había hecho en otro tiempo delante de sus hijas cuando su marido no estaba en casa y se oían ruidos raros por la noche.

La señora Ponder se puso en pie apoyándose en el andador. Marie Antoinette deslizó con suavidad su escurridizo cuerpo entre las piernas de la señora Ponder (los procederes enérgicos no iban con ella), mientras su dueña empujaba el andador por el pasillo hacia la parte de atrás de la casa.

Su cuarto de costura daba directamente al patio del colegio Pirriwee.

«¿Estás loca, mamá? No puedes vivir pegada a un colegio de primaria», le había dicho su hija la primera vez que la señora Ponder habló de comprar la casa.

Pero a ella le encantaba oír el bullicioso murmullo de las voces de los niños a intervalos a lo largo del día y, como ya no conducía, le traía sin cuidado que la calle estuviera atascada de esos coches grandes como camiones que tiene todo el mundo hoy en día, con mujeres parapetadas tras grandes gafas de sol, apoyadas en el volante y transmitiendo a gritos informaciones terriblemente urgentes sobre el ballet de Harriette y la sesión de logopedia de Charlie.

Hoy en día las madres se toman muy en serio su cometido. Con esos rostros tensos. Esos ágiles traseros contoneándose por el colegio con la ropa ceñida del gimnasio. El balanceo de las coletas de caballo. La mirada clavada en el móvil que llevan en la palma de la mano como una brújula. A la señora Ponder le entraba la risa. Cariñosa, claro. Sus tres hijas, aunque eran mayores, eran exactamente iguales. Y todas muy guapas.

—¿Cómo estáis esta mañana? —decía siempre al paso de las madres si estaba en el porche con una taza de té o regando el jardín.

—¡Con mucho lío, señora Ponder! ¡Sin parar! —respondían siempre al pasar tirando del brazo de sus hijos. Eran agradables, cordiales e inevitablemente un poco condescendientes. ¡Ella tan mayor y ellas tan ocupadas!

Los padres, y cada vez iban siendo más los que llevaban a sus hijos al colegio, eran diferentes. No solían ir deprisa, pasaban por delante con calculada despreocupación. No era para tanto. Todo estaba bajo control. Ese era el mensaje. La señora Ponder también se reía cariñosamente de ellos.

Pero ahora parecía que los padres del colegio Pirriwee estaban alborotando. Se acercó a la ventana y retiró la cortina de encaje. El colegio acababa de pagarle una reja a raíz de que una pelota de críquet hubiera hecho añicos el cristal y casi hubiera dejado fuera de juego a Marie Antoinette. (Encima del frigorífico guardaba una tarjeta de disculpas dibujada y enviada por un grupo de chicos de tercer curso).

Al otro lado del patio había un edificio de arenisca de dos plantas, con salón de actos y una balconada con vistas al mar en la segunda. La señora Ponder había acudido en pocas ocasiones: una charla de un historiador local, un almuerzo ofrecido por los Amigos de la Biblioteca. Era un salón muy bonito. A veces celebraban allí las recepciones de boda los antiguos alumnos. Allí era donde estaba teniendo lugar el concurso de preguntas esa noche. Estaban recaudando dinero para pizarras interactivas, o como se llamara aquello. Por supuesto, habían invitado a la señora Ponder. Su proximidad al colegio le confería un curioso estatus honorífico, aunque nunca hubiera llevado allí a ningún hijo ni nieto. Había declinado la invitación. Creía que no tenía sentido participar en un acto del colegio sin tener hijos en él.

Los alumnos celebraban su asamblea semanal en el mismo salón. Los viernes por la mañana la señora Ponder se acomodaba en el cuarto de costura con una taza de té con leche bien cargado y una galleta de jengibre. Escuchar los cánticos de los niños procedentes del segundo piso del edificio siempre le hacía llorar. No creía en Dios más que cuando oía cantar a los niños.

Ahora no había cánticos.

La señora Ponder podía oír muchas palabras fuertes. No es que eso la escandalizara, ya que su hija mayor blasfemaba como un carretero, pero resultaba molesto y desconcertante oír a alguien repitiendo a voces como loco una palabrita en particular en un lugar normalmente lleno de risas y gritos infantiles.

—¿Estáis todos borrachos? —dijo.

La ventana, salpicada de gotas de lluvia, quedaba a la altura de las puertas de entrada al edificio. De pronto, la gente empezó a salir precipitadamente. Las luces de emergencia iluminaban la zona pavimentada de la entrada al colegio como un escenario listo para una representación. La neblina reforzaba la comparación.

Era un espectáculo extraño.

Los padres del colegio Pirriwee tenían una incomprensible afición a las fiestas de disfraces. No les bastaba con los concursos habituales de preguntas y respuestas. Se había enterado por la invitación de que alguna mente preclara había decidido que esa noche el concurso fuera sobre Audrey y Elvis, de modo que todas las mujeres debían ir vestidas de Audrey Hepburn y los hombres, de Elvis Presley. (Razón de más para declinar la invitación: la señora Ponder siempre había abominado de los disfraces). Por lo visto, la interpretación más popular de Audrey Hepburn era la de Desayuno con diamantes. Todas las mujeres llevaban vestidos negros largos, guantes blancos y gargantillas de perlas. En cambio, los hombres habían decidido rendir homenaje al Elvis de sus últimos años. Todos llevaban brillantes monos blancos, piedras preciosas relucientes y escotes muy bajos. Las mujeres estaban encantadoras. Los pobres hombres, ridículos del todo.

Mientras la señora Ponder estaba mirando, un Elvis dio un puñetazo en la mandíbula a otro. Este retrocedió tambaleante encima de una Audrey. Dos Elvis lo agarraron por detrás y lo apartaron de un empujón. Una Audrey ocultó la cara entre las manos y se dio media vuelta, como si no soportara la escena. Alguien gritó:

—¡Estaos quietos!

Desde luego. ¿Qué pensarían vuestros preciosos hijos?

—¿Llamo a la policía? —se preguntó la señora Ponder en voz alta y en ese mismo momento oyó a lo lejos el aullido de una sirena, mientras en la balconada una mujer gritaba sin parar.

GABRIELLE: A ver, no fue solo cosa de las madres. No habría pasado nada sin los padres. Aunque supongo que sí empezaron ellas. Fuimos las jugadoras principales, por así decirlo. Las mamás. No soporto la palabra «mamá». Es espantosa. La prefiero acabada en i. Suena como a más delgada. Tengo problemas de imagen corporal, dicho sea de paso. Claro que quién no.

BONNIE: Fue todo un terrible malentendido. Hubo gente que se sintió herida en sus sentimientos y luego la situación acabó totalmente fuera de control. Suele pasar. Todo conflicto se remonta a que se han herido los sentimientos de alguien, ¿no cree? Divorcio. Guerras mundiales. Acciones legales. Bueno, quizá no todas las acciones legales. ¿Puedo ofrecerle una infusión de hierbas?

STU: Le voy a contar exactamente por qué ha sucedido. Las mujeres no dejan pasar las cosas. Y no es que los tíos no tengan parte de culpa. Pero si las chicas no hubieran sacado las cosas de quicio... y esto puede sonar sexista, pero no lo es, es la realidad, pregunte a cualquier hombre, no a esos tipos de la nueva era, esos artistas incomprendidos que se dan crema hidratante, me refiero a un hombre de verdad, pregunte a cualquier hombre y le dirá que las mujeres son atletas olímpicas del rencor. Debería ver cómo se pone mi mujer. Y eso que no es la peor.

SEÑORITA BARNES: Padres helicóptero. Antes de empezar en el colegio Pirriwee creía que era una exageración eso de que los padres estaban excesivamente encima de los hijos. Es decir, mi madre y mi padre me querían, claro que se interesaban por mí cuando era pequeña en los años noventa, pero no estaban obsesionados conmigo.

SEÑORA LIPMANN: Es una tragedia, y muy lamentable, estamos todos intentando pasar página. No hago más comentarios.

CAROL: La culpa la tiene el Club del Libro Erótico. Es mi opinión, claro.

JONATHAN: En el Club del Libro Erótico no hubo nada erótico, se lo puedo asegurar.

JACKIE: ¿Sabe una cosa? Yo esto lo veo como un tema feminista.

HARPER: ¿Quién ha dicho que era un tema feminista? Para nada. Le voy a contar qué lo provocó. El incidente del día de presentación de preescolar.

GRAEME: Creo que todo se reduce a una pelea entre madres amas de casa y madres profesionales. ¿Cómo lo llaman? Las Guerras de las Madres. Mi mujer no participó. No tiene tiempo para esas cosas.

THEA: A ustedes las periodistas les va el rollo de la niñera francesa. Hoy he oído por la radio que alguien hablaba de la «doncella francesa», cosa que desde luego Juliette no era. Renata tenía también asistenta. Qué suerte tienen algunas. Tengo cuatro hijos y nadie que me eche una mano. No tengo nada contra las madres que trabajan, claro, pero eso no quita que me pregunte por qué se han tomado la molestia de tener hijos.

MELISSA: ¿Sabe lo que creo que irritó y molestó a todo el mundo? Lo de los piojos. Oh, Dios, no me tire de la lengua con lo de los piojos.

SAMANTHA: ¿Qué piojos? ¿Qué tiene que ver eso? ¿Quién se lo ha dicho? Melissa, seguro. Esa pobre chica sufrió estrés postraumático cuando sus hijos los cogieron por segunda vez. Lo siento, no tiene gracia. No tiene ninguna gracia.

SARGENTO DETECTIVE ADRIAN QUINLAN: Se lo diré claramente. Esto no es un circo. Es una investigación por asesinato.

CAPÍTULO 2

Seis meses antes de la noche del concurso de preguntas

Cuarenta. Madeline Martha Mackenzie cumplía ese día cuarenta años.

—Tengo cuarenta años —dijo alzando la voz mientras conducía. Alargó la penúltima sílaba como en los efectos sonoros especiales—. Cuareeeenta.

Miró a su hija por el espejo retrovisor. Chloe sonrió e imitó a su madre.

—Tengo cinco años. Ciiiinco.

—¡Cuarenta! —exclamó Madeline como una cantante de ópera—. ¡Tra la la la!

—¡Cinco! —exclamó Chloe.

Madeline atacó una versión rap, llevando el ritmo con la mano sobre el volante.

—Tengo cuarenta años, sí, cuarenta.

—Ya basta, mamá —dijo Chloe tajante.

—Lo siento —se disculpó Madeline.

Estaba llevando a Chloe a la presentación de preescolar «¡Vamos a preparar el cole!». No es que a Chloe le hiciera falta presentación alguna antes de empezar las clases en enero. Ya conocía de sobra el colegio Pirriwee. Al dejarlo esa mañana allí, había estado pendiente de su hermano Fred, dos años mayor que ella, aunque a menudo parecía más pequeño:

—¡Fred, se te ha olvidado poner la bolsa con los libros en la cesta! Eso es. Ahí dentro. Buen chico.

Fred había dejado obedientemente la bolsa con los libros en la cesta correspondiente antes de salir disparado a hacerle una llave de cabeza a Jackson. Madeline había fingido no ver la llave. Seguro que Jackson se la merecía. Renata, la madre de Jackson, tampoco lo había visto porque estaba en animada conversación con Harper, ambas con gesto reconcentrado por el estrés de educar a sus hijos superdotados. Renata y Harper asistían al mismo grupo semanal de apoyo a padres de niños superdotados. Madeline se los imaginaba a todos sentados en círculo retorciéndose las manos mientras les asomaba a los ojos un destello de secreta satisfacción.

Mientras Chloe mangoneaba al resto de los niños de la presentación (su talento consistía en mangonear, algún día dirigiría una empresa), Madeline iba a tomar un café con un pastel con su amiga Celeste. Los dos hijos gemelos de Celeste también empezaban el colegio este año, de modo que estaban como locos con la presentación. (Su talento eran los gritos. Madeline tenía dolor de cabeza a los cinco minutos de estar con ellos). Iba a estar bien, porque Celeste siempre compraba regalos de cumpleaños exquisitos y muy caros. Después de eso Madeline iba a dejar a Chloe con su suegra y luego comería con unas amigas antes de regresar rápidamente al colegio para recoger a los niños. Lucía el sol. Ella llevaba sus fabulosos zapatos nuevos de tacón de Dolce & Gabbana (comprados online, treinta por ciento de descuento). Iba a ser un día muy, pero que muy bonito.

—¡Que empiece la Fiesta de Madeline! —había dicho esa mañana su marido Ed al llevarle el café a la cama. Madeline era famosa por su afición a los cumpleaños y celebraciones de todas clases. Pretextos para beber champán.

De todas formas. Cuarenta.

Pensó en su espléndida edad por estrenar mientras recorría la ruta habitual al colegio. Aún era capaz de sentir «cuarenta» de la manera en que lo sentía cuando tenía quince. Qué edad tan gris. Abandonada en la mitad de tu vida. Nada importaría gran cosa cuando tuvieras cuarenta. No tendrías verdaderos sentimientos cuando tuvieras cuarenta, porque estarías bien protegida por ser una espantosa cuarentona.

«Hallada muerta mujer de cuarenta años». Dios mío.

«Hallada muerta mujer de veinte años». ¡Tragedia! ¡Tristeza! ¡Encuentren al asesino!

Madeline se había visto obligada últimamente a efectuar un pequeño ajuste mental cuando oía en las noticias algo relacionado con mujeres muertas con cuarenta y tantos. ¡Cuidado, esa podría ser yo! ¡Qué triste! ¡La gente se pondría triste si me muriera! Incluso quedaría destrozada. Normal, en un mundo obsesionado por la edad. Tendré cuarenta, pero me aprecian.

Claro que, probablemente, era completamente natural entristecerse más por la muerte de alguien de veinte años que de cuarenta. El de cuarenta había disfrutado de veinte años más de vida. Por eso, si hubiera algún pistolero suelto, Madeline se sentiría en la obligación de interponer sus cuarenta años vividos ante alguien de veinte años. Aceptaría un balazo en aras de la juventud. Era lo mínimo.

Bueno, actuaría de este modo si tuviera la certeza de que se trataba de una buena persona. No alguien insoportable, como la chica que conducía el pequeño Mitsubishi azul delante de Madeline. Ni se molestaba en disimular que estaba utilizando el móvil mientras conducía, probablemente enviando mensajes o actualizando el muro de Facebook.

¡Fíjate! ¡Esta chica ni siquiera habría advertido la presencia del pistolero suelto! ¡Habría seguido mirando absorta el móvil mientras Madeline sacrificaba su vida por ella! Era irritante.

En el pequeño coche con la flamante placa de conductor novel pegada en la ventanilla trasera parecían viajar cuatro personas. Atrás tres, como mínimo, por el bamboleo de las cabezas y los gestos de las manos. ¿Era eso un pie agitándose? Era una tragedia en ciernes. Todos necesitaban concentrarse. Precisamente la semana pasada Madeline se había tomado un café sobre la marcha después de la clase de Shock-Wave mientras leía un artículo del periódico acerca de la cantidad de jóvenes que se estaban matando por enviar mensajes mientras conducían. «En camino. Ya llego». Eran sus últimas y estúpidas palabras, a menudo mal escritas. Madeline había llorado al ver la fotografía de la desolada madre de una adolescente mostrando absurdamente el móvil de su hija a la cámara como advertencia a los lectores.

—Qué idiotas son —dijo en voz alta mientras el otro coche invadía peligrosamente el carril contiguo.

—¿Quién es idiota? —preguntó Chloe desde el asiento trasero.

—La chica del coche que va delante, que va conduciendo y usando el móvil al mismo tiempo.

—Como cuando tienes que llamar a papá porque llegamos tarde —dijo Chloe.

—¡Solo lo he hecho una vez! —protestó Madeline—. ¡Además tuve cuidado y fui rápida! ¡Y tengo cuarenta años!

—Hoy —puntualizó Chloe—. Hoy cumples cuarenta años.

—¡Sí! Además, fue una llamada corta, ¡no envié un mensaje! Para enviar mensajes tienes que apartar los ojos de la carretera. Enviar mensajes es ilegal y peligroso, de manera que tienes que prometerme que cuando puedas conducir no lo harás jamás.

Le tembló la voz solo de pensar en Chloe adolescente al volante de un coche.

—Pero dejan hacer llamadas rápidas —insistió Chloe.

—¡No! ¡Eso también es ilegal!

—O sea, que te saltaste la ley —dijo Chloe con satisfacción—. Igual que un atracador.

Chloe estaba en ese momento enamorada de la idea de los atracadores. Seguro que acabaría saliendo con malotes. Malotes en moto.

—¡Júntate con chicos buenos, Chloe! —replicó Madeline al momento—. Como papá. Los chicos malos no te llevan el café a la cama. Te lo puedo asegurar.

—¿Qué murmuras, mujer? —dijo Chloe con un suspiro.

Había tomado esa frase de su padre e imitaba a la perfección su tono de hastío. Habían cometido el error de reírse la primera vez que ella lo había dicho, de manera que se aficionó a hacerlo y la decía bastante a menudo, en el momento adecuado, de tal forma que sus padres no pudieran contener la risa.

Esa vez Madeline se las apañó para no reír. Chloe acababa de franquear la sutil línea divisoria ente lo adorable y lo odioso. Probablemente Madeline también.

Frenó tras el pequeño Mitsubishi azul ante un semáforo en rojo. La joven conductora persistía en mirar el teléfono móvil. Madeline se puso a tocar el claxon. Vio que la conductora miraba por el espejo retrovisor, mientras los demás ocupantes volvían la cabeza para mirar.

—¡Deja el teléfono! —gritó. Imitó con el dedo sobre la palma de la mano el gesto de enviar mensajes—. ¡Es ilegal! ¡Es peligroso!

La chica le hizo un corte de mangas.

—¡Muy bien! —Madeline echó el freno de mano y encendió las luces de emergencia.

—¿Qué estás haciendo ?—preguntó Chloe.

Madeline se quitó el cinturón de seguridad y abrió de golpe la puerta del coche.

—¡Pero si tenemos que ir a la presentación! —protestó Chloe asustada—. ¡Vamos a llegar tarde ! ¡Oh, desastre!

«¡Oh, desastre!» era una frase de un libro para niños que solían leer a Fred cuando era pequeño. Ahora la decía toda la familia. La habían adoptado incluso los padres de Madeline y algunas amigas suyas. Era una frase contagiosa.

—No pasa nada —dijo Madeline—. Será cosa de un momento. Voy a salvar la vida de unos jóvenes.

Fue derecha al coche de la chica con sus nuevos zapatos de tacón alto y dio un golpe en la ventanilla.

La ventanilla bajó y la conductora se metamorfoseó de silueta borrosa en una chica de verdad, de piel blanca, un piercing reluciente en la nariz y exceso de rímel mal dado.

Levantó la vista hacia Madeline entre agresiva y recelosa.

—¿Cuál es tu problema? —dijo con el teléfono móvil aún en la mano izquierda.

—¡Deja el teléfono! ¡Puedes matarte tú y matar a tus amigas! —Madeline empleó idéntico tono que con Chloe cuando se portaba fatal. Alargó el brazo, agarró el teléfono y se lo tiró a la boquiabierta chica del asiento trasero—. ¿Vale? ¡Así que déjalo!

De vuelta al coche pudo oír las carcajadas. No hizo caso. Se sentía agradablemente estimulada. Detrás de ella se había detenido otro coche. Madeline pidió disculpas levantando la mano y se apresuró a montar antes de que cambiara el semáforo.

Se torció el tobillo. Un segundo antes el tobillo estaba cumpliendo su función como es debido y, al siguiente, se había torcido en un ángulo inverosímil. Cayó pesadamente de lado. Oh, desastre.

Este fue casi con toda seguridad el momento en que comenzó la historia.

Con una desafortunada torcedura de tobillo.

CAPÍTULO 3

Jane frenó ante un semáforo en rojo tras un grande y reluciente todoterreno con las luces de emergencia dadas y vio a una mujer de pelo castaño correr hacia él por el borde de la calzada. Llevaba un vestido azul de verano con vuelo y sandalias de tiras de tacón alto, y le hizo un gesto encantador a Jane a modo de disculpa. Un rayo de sol dio en uno de los pendientes, que refulgió como si hubiera recibido un toque celestial.

Una chica resplandeciente. Mayor que Jane, pero aún resplandeciente, desde luego. Jane había mirado a chicas como esa toda su vida con curiosidad científica. Puede que con cierta admiración. Incluso con cierta envidia. No eran necesariamente las más bonitas, pero se arreglaban muy bien, igual que árboles de Navidad, con pendientes largos, pulseras tintineantes y delicadas bufandas caladas. Te tocaban el brazo al hablar. La mejor amiga del colegio de Jane había sido una chica resplandeciente. Jane sentía debilidad por ellas.

En ese momento la mujer se cayó, como si algo hubiera tirado de ella hacia abajo.

—Ay —dijo Jane, y apartó rápidamente la vista, por decoro hacia la mujer.

—¿Te has hecho daño, mamá? —preguntó Ziggy desde el asiento de atrás. Siempre le preocupaba que se hiciera daño.

—No —contestó Jane—. Se ha hecho daño esa señora. Ha tropezado y se ha caído.

Esperó a que la mujer se levantara y montara en el coche, pero seguía en el suelo. Tenía la cabeza echada hacia atrás mirando al cielo y en la cara una expresión muy dolorida. El semáforo se puso verde y un coche pequeño con placa de novato que había estado delante del todoterreno se largó rechinando las ruedas.

Jane encendió el intermitente para sortear el coche. Se dirigían a la jornada de presentación en el nuevo colegio de Ziggy y no tenía ni idea de a dónde iba. Ziggy y ella estaban igual de nerviosos por mucho que lo disimularan. Jane quería llegar con tiempo de sobra.

—¿Está bien la señora? —dijo Ziggy.

Jane sintió esa extraña sacudida que experimentaba en ocasiones, cuando se hacía la desentendida y entonces algo (a menudo Ziggy) le hacía recordar a tiempo la forma adecuada de comportarse de un adulto atento, normal y bien educado.

De no haber sido por Ziggy habría seguido adelante. Estaba tan concentrada en el objetivo de llevarlo a la jornada de presentación de preescolar que habría dejado a una mujer sentada en la calzada retorciéndose de dolor.

—Voy a verla —dijo como si esa hubiera sido su intención desde el principio. Encendió las luces de emergencia y abrió la puerta del coche, con plena conciencia de hacerlo a regañadientes. «¡Es usted un estorbo, doña resplandeciente!».

—¿Está bien? —le preguntó.

—Perfectamente. —La mujer trató de incorporarse y soltó un quejido con la mano en el tobillo—. Ay. Mierda. Me he torcido el tobillo, nada más. Soy una idiota. He salido del coche para ir a decirle a la chica que tenía delante que dejara de enviar mensajes de móvil. Me está bien empleado por comportarme como una monitora de colegio.

Jane se acuclilló a su lado. La mujer tenía una melena castaña bien cortada y unas cuantas pecas alrededor de la nariz. Había algo estéticamente agradable en aquellas pecas, como un recuerdo de los veranos de la infancia; además combinaban con las finas arrugas alrededor de los ojos y el absurdo vaivén de los pendientes.

El malestar de Jane se disipó.

Le gustaba esa mujer. Tenía ganas de ayudarla.

(Claro que ¿qué quería decir eso? ¿Habría mantenido su cólera sorda de haberse tratado de una vieja desdentada con verrugas en la nariz? Qué injusto. Qué cruel. Iba a portarse mejor con esta mujer porque le gustaban sus pecas).

El vestido de la mujer tenía un historiado bordado de flores caladas en el cuello. Jane pudo ver la piel bronceada y pecosa por entre los pétalos.

—Tenemos que aplicar hielo inmediatamente —dijo Jane, conocedora de las lesiones de tobillo desde sus tiempos de jugadora de netball, por lo que se dio cuenta de que el tobillo de esta mujer estaba empezando a inflamarse—. Y mantenerlo en alto.

Se mordió el labio y miró alrededor en busca de alguien. No tenía ni idea de cómo proceder.

—Es mi cumpleaños —comentó la mujer con tristeza—. Mi cuarenta cumpleaños.

—Felicidades —dijo Jane.

No dejaba de resultar encantador que a una mujer de cuarenta no le importara decir que era su cumpleaños.

Miró las sandalias de tiras de la mujer. Llevaba las uñas de los pies pintadas de un color turquesa vivo. Los tacones eran tan finos como palillos y peligrosamente altos.

—No me extraña que se torciera el tobillo —dijo Jane—. ¡Nadie podría andar con esos zapatos!

—Ya lo sé, pero ¿a que son preciosos? —La mujer giró el pie para contemplarlos—. ¡Ay! Joder, qué daño. Lo siento. Perdone mi lenguaje.

—¡Mamá! —Por la ventanilla del coche asomó la cabeza una niña de pelo castaño rizado con una reluciente diadema—. ¿Qué estás haciendo? ¡Levanta! ¡Que llegamos tarde!

Madre resplandeciente. Niña resplandeciente.

—Gracias por el apoyo, cariño —dijo la mujer, y sonrió tristemente a Jane—. Vamos de camino a la presentación de preescolar. Está toda emocionada.

—¿En el colegio Pirriwee? —dijo Jane asombrada—. Pero si es adonde estoy yendo yo. Mi hijo Ziggy empieza el colegio este año. Nos mudaremos aquí en diciembre.

No parecía posible que esta mujer y ella pudieran tener algo en común o que sus vidas pudieran confluir en algún punto.

—¿Ziggy? ¿Como Ziggy Stardust? ¡Qué nombre más bonito! —dijo la mujer—. Por cierto, me llamo Madeline. Madeline Martha Mackenzie. Por alguna razón siempre digo el nombre de Martha sin que venga a cuento. No me pregunte por qué.

Le tendió la mano.

—Jane. Jane sin segundo nombre de pila Chapman.

GABRIELLE: El colegio acabó dividido en dos. Fue como, qué sé yo, una guerra civil. Estabas con el equipo de Madeline o con el de Renata.

BONNIE: No, no, eso es horrible. No fue así en absoluto. No hubo bandos. Somos una comunidad muy unida. Hubo demasiado alcohol. Además, había luna llena. Todo el mundo se vuelve un poco loco cuando hay luna llena. Lo digo en serio. Es un fenómeno que puede comprobarse en la realidad.

SAMANTHA: ¿Había luna llena? Estaba lloviendo a cántaros, me acuerdo. Tenía todo el pelo encrespado.

SEÑORA LIPMANN: Eso es absurdo y muy calumnioso. No hago más comentarios.

CAROL: Ya sé que sigo insistiendo en el Club del Libro Erótico, pero estoy segura de que algo sucedió en alguna de sus, entre comillas, reuniones.

HARPER: Escucha, lloré cuando nos enteramos de que Emily era superdotada. ¡Otra vez!, pensé. ¡Sabía dónde me metía, porque ya había pasado por eso con Sophia! Renata estaba en el mismo barco. Dos hijos superdotados. Nadie sabe el estrés que genera. Renata estaba preocupada por cómo se adaptaría Amabella al colegio, si la estimulación sería suficiente y cosas así. Por eso, cuando el niño ese de nombre ridículo, el tal Ziggy, hizo lo que hizo, el mismo día de la presentación, ella lógicamente se angustió. Ahí empezó todo.

CAPÍTULO 4

Jane se había llevado un libro para leer en el coche mientras Ziggy asistía a la presentación de preescolar, pero en vez de eso acompañó a Madeline Martha Mackenzie (sonaba a nombre de chica pendenciera en un libro para niños) a un café frente a la playa llamado Blue Blues.

El café era un curioso edificio pequeño y desproporcionado, casi como una cueva, justo en el paseo marítimo entablado de la playa de Pirriwee. Madeline fue cojeando descalza, dejando caer tranquilamente el peso del cuerpo sobre el brazo de Jane como si fueran viejas amigas. Daba sensación de intimidad. Podía oler el perfume de Madeline, levemente cítrico y delicioso. A Jane no la habían tocado muchos adultos en los últimos cinco años.

Nada más abrir la puerta del café salió de detrás del mostrador un hombre más bien joven con los brazos abiertos. Iba todo de negro, con el pelo rubio y rizado, como de surfista, y una tachuela en la aleta de la nariz.

—¡Madeline! ¿Qué te ha pasado?

—Una lesión grave, Tom —dijo Madeline—. Y es mi cumpleaños.

—Oh, desastre —dijo Tom, guiñando un ojo a Jane.

Jane echó una ojeada al café mientras Tom llevaba a Madeline a una mesa de la esquina para ponerle hielo envuelto en un paño de cocina en el pie y apoyarlo en una silla con cojín. Su madre habría dicho que era «completamente encantador». En las paredes desiguales de color azul chillón había estanterías destartaladas repletas de libros usados. Las tablas del entarimado resplandecían al sol de la mañana y Jane aspiraba una pesada mezcla de café, bollería, mar y libros viejos. La fachada del café era un ventanal y los asientos estaban dispuestos de manera que se viera la playa desde todos ellos, como si se estuviera allí para ver una actuación del mar. Al tiempo que miraba alrededor, Jane experimentó la incómoda sensación que la asaltaba a menudo cuando se hallaba en un sitio nuevo y agradable. No podía expresarla más que con las palabras: «Ojalá estuviera aquí». Este pequeño café frente a la playa era tan exquisito que tenía ganas de estar realmente allí, cosa que no tenía sentido, dado que ya estaba allí.

—Jane, ¿qué te pido? —dijo Madeline—. ¡Te invito a café con algo especial para darte las gracias por todo! —Se volvió al ajetreado barista—. ¡Tom! ¡Esta es Jane! Mi caballero de armadura reluciente. Mi caballera.

Jane había llevado a Madeline y a su hija al colegio tras haber estacionado antes nerviosamente el enorme coche de Madeline en una calle lateral. Había quitado el asiento de Chloe de la parte de atrás del coche de Madeline y lo había colocado en la parte de atrás de su pequeño hatchback, junto a Ziggy.

Había sido un triunfo. Una pequeña victoria sobre sí misma.

Era un triste indicio de la vida social de Jane el hecho de haber encontrado emocionante todo aquel incidente.

Ziggy también se había quedado con los ojos como platos y cohibido por la novedad de ir con otro niño en el asiento de atrás, especialmente alguien tan bullicioso y carismático como Chloe. La niña no había parado de hablar en todo el trayecto, explicándole a Ziggy todo cuanto tenía que saber del colegio: quiénes iban a ser las profesoras; cómo tenían que lavarse las manos antes de entrar en clase, usando luego una única toalla de papel; dónde se iban a sentar a comer; que no te dejaban llevar crema de cacahuete porque había personas con alergia y podían morir y que ella ya tenía su tartera, donde ponía Dora la Exploradora, y ¿qué ponía en la tartera de Ziggy?

—Buzz Lightyear —se había apresurado a contestar, muy educado y mentiroso a la vez, porque Jane no le había comprado aún la tartera, es más, ni siquiera habían hablado de que fuera necesaria. De momento iba a la guardería tres días a la semana y allí le daban de comer. Preparar la tartera iba a ser una novedad para Jane.

Cuando llegaron al colegio, Jane acompañó a los niños mientras Madeline se quedaba en el coche. En realidad los guio Chloe, yendo por delante de ellos con su diadema reluciente al sol. En un momento dado Ziggy y Jane se habían mirado como diciendo: «¿Quiénes son estas personas maravillosas?».

Jane se había puesto moderadamente nerviosa con motivo de la jornada de presentación de Ziggy, sabedora de que debía ocultarle los nervios, porque le provocaban ansiedad. Tenía la sensación de empezar un nuevo trabajo, el trabajo de madre de un niño de primaria. Habría normas, trámites y procedimientos que aprender.

De todas formas, entrar en el colegio con Chloe era como llegar con una entrada VIP. Se les pusieron inmediatamente a la altura otras dos madres.

—¡Chloe! ¿Dónde está tu mamá?

Luego se presentaron ellas mismas a Jane, que procedió a contarles el episodio del tobillo de Madeline, del que también quiso enterarse la señorita Barnes, la profesora de preescolar, de tal forma que Jane se convirtió en el centro de atención, algo a decir verdad muy agradable.

El colegio era bonito: coronaba el promontorio, de modo que el azul del océano parecía estar constantemente reverberando en la visión periférica de Jane. Las aulas ocupaban largos edificios bajos de arenisca y el frondoso patio parecía repleto de lugares secretos encantadores para estimular la imaginación: escondites entre los árboles, senderos protegidos, incluso un diminuto laberinto a la medida de los niños.

Se marchó una vez que Ziggy y Chloe hubieron entrado de la mano en clase, él muy excitado y contento. Jane se dirigió al coche igual de excitada y contenta y se encontró con Madeline saludándole con la mano y una sonrisa deliciosa en el asiento del copiloto, como si fuera una gran amiga suya. Entonces experimentó una sensación de pérdida, de flojera.

Ahora estaba sentada con Madeline en el Blue Blues a la espera de que llegara el café, contemplando el agua y sintiendo el sol en la cara.

Tal vez mudarse aquí fuera el comienzo o incluso el final de algo, lo cual sería mucho mejor.

—Mi amiga Celeste vendrá enseguida —anunció Madeline—. Puede que la hayas visto dejando a los niños en el colegio. Dos pequeños terremotos rubios. Ella es alta, rubia, guapa y nerviosa.

—Creo que no —dijo Jane—. ¿Cómo es que es nerviosa si es alta, rubia y guapa?

—Exacto —contestó Madeline, como si eso respondiera a la pregunta—. Además, tiene un marido guapísimo y rico. Todavía van de la mano. Y es encantador. Me hace regalos. La verdad es que no tengo ni idea de por qué sigo siendo amiga de ella. —Consultó el reloj—. Oh, no tiene arreglo. ¡Siempre tarde! Bueno, mientras esperamos, te interrogaré a ti. —Se inclinó hacia delante para dedicar toda su atención a Jane—. ¿Eres nueva en la península? No me suena nada tu cara. Con chicos de la misma edad cabe pensar que nos habríamos encontrado en psicomotricidad, cuentacuentos y cosas por el estilo.

—Nos vamos a mudar aquí en diciembre —respondió Jane—. Ahora vivimos en Newtown, pero decidí que estaría bien vivir una temporada cerca de la playa. Nada más que por capricho, supongo.

Lo de «por capricho» le salió sin pensarlo, y eso le hizo sentirse a la vez satisfecha e incómoda.

Trató de construir el relato de un capricho, como si fuera verdaderamente una chica caprichosa. Le contó a Madeline que un día, meses atrás, había llevado a Ziggy de excursión a la playa y, al ver los anuncios de alquileres en un bloque de pisos, pensó: «¿Por qué no vivir cerca de la playa?».

Al fin y al cabo, no era mentira. No del todo.

Un día en la playa, no había dejado de repetirse una y otra vez mientras conducía por la larga carretera en descenso, como si alguien estuviera escuchando sus pensamientos, cuestionando sus motivos.

¡La playa de Pirriwee era una de las diez mejores del mundo! Lo había visto en algún sitio. Su hijo merecía ver una de las diez mejores playas del mundo. Su guapo y extraordinario hijo. No apartaba la vista de él por el espejo retrovisor, con el corazón dolorido.

No contó a Madeline que, mientras volvían al coche cogidos de la mano, pegajosos de arena, en su cabeza resonaba sin voz la palabra «socorro», como si estuviera suplicando algo: una solución, cura o salvación. ¿Salvación de qué? ¿Cura de qué? ¿Solución a qué? Su respiración se había vuelto superficial. Sentía las gotas de sudor en el nacimiento del pelo.

Luego había visto el cartel. El alquiler del piso de Newtown vencía pronto. Dos habitaciones en un feo y anodino bloque de pisos de ladrillo rojo, pero a tan solo cinco minutos andando de la playa.

—¿Y si nos mudáramos aquí? —le había dicho a Ziggy y, como los ojos de él se habían iluminado, al momento parecía que el piso era la solución idónea a todos sus males. La gente lo llamaba «cambio radical». ¿Por qué no iban a tener Ziggy y ella un cambio radical?

No le contó a Madeline que había estado de alquiler de seis en seis meses por diferentes apartamentos de Sídney desde que Ziggy era bebé, tratando de encontrar una vida con futuro. No le contó que quizá todo ese tiempo había estado dando vueltas cada vez más cerca de la playa de Pirriwee.

Tampoco le contó que, cuando salió de firmar el contrato de alquiler en la inmobiliaria, había caído por primera vez en la cuenta de qué clase de personas vivían en la península —piel dorada, cabellos secados al sol de la playa— y que había pensado en sus piernas blancuchas bajo los vaqueros y luego en lo nerviosos que se pondrían sus padres conduciendo por la serpenteante carretera de la península, su padre con los nudillos blancos al volante, solo que seguirían haciéndolo sin queja alguna, y que en ese mismo instante Jane se había convencido de que había cometido un error verdaderamente reprobable. Pero ya era demasiado tarde.

—Y aquí estoy —concluyó de forma poco convincente.

—Te va a encantar esto —dijo Madeline entusiasmada. Se ajustó el hielo en el tobillo con una mueca de dolor—. Ay. ¿Haces surf? ¿Y tu marido? O tu pareja, debería decir. O novio. Novia. Estoy abierta a todas las posibilidades.

—No tengo marido —contestó Jane—. Ni pareja. Estoy sola. Soy una madre soltera.

—¿Sí? —dijo Madeline como si Jane acabara de anunciarle algo más bien audaz y maravilloso.

—Sí. —Jane puso una sonrisa tonta.

—Bueno, ¿sabes?, a la gente siempre le gusta olvidarlo, pero yo también fui madre soltera —dijo Madeline alzando la barbilla, como si estuviera dirigiéndose a un grupo de personas que lo desaprobaran—. Mi exmarido me dejó cuando mi hija mayor era un bebé. Abigail. Tiene catorce años. Yo también era bastante joven, igual que tú. Nada más que veintiséis. Aunque creí que no sería capaz de salir adelante. Fue duro. Ser una madre soltera es duro.

—Bueno, tengo a mi madre y a mi…

—Oh, claro, claro. No estoy diciendo que no tuviera apoyo. Yo también tuve ayuda de mis padres. Pero, Dios mío. Había algunas noches, cuando Abigail estaba enferma, o yo, o peor aún, las dos, y… en fin. —Madeline calló y se encogió de hombros—. Mi exmarido se ha vuelto a casar. Tienen una niña de la misma edad que Chloe y Nathan se ha convertido en padre del año. A los hombres les pasa a menudo cuando tienen una segunda oportunidad. Abigail cree que su padre es maravilloso. Soy la única que le guarda rencor. Dicen que es bueno quitarse de encima el renco ...