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PINCELADAS DE AZABACHE

Gabriela Exilart  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

Quiero agradecer a mis hijos y a mi familia por su paciencia y por acompañar mis sueños.

A Noemí Páez, antigua vecina, amiga, quien fue niñera de mis hijos y que en el año 2007 me contó sobre su abuela india y su abuelo alemán, que tuvieron que desafiar a sus familias para concretar su amor. A partir de su relato nació esta novela, que es ficción en su mayor parte pero que mantiene la historia de los abuelos de Noemí y de su descendencia.

A Florencia Bonelli, la primera lectora y crítica de Pinceladas de azabache muchos años atrás, cuando apenas había terminado de escribirla. Guardo celosamente el manuscrito con las acotaciones de Flor en lápiz.

A Gladis Díaz, ella sabe por qué, dado que la lista sería eterna.

A Laura Giudici, por leer la novela y acompañarme siempre en mis proyectos, brindándome su apoyo y ayuda incondicionales.

A Pablo, por atreverse con Tormentas del pasado y cambiar el curso de nuestras vidas.

A Inés Maidana, la gran creadora de la página de Tormentas del pasado, por difundir mis letras con generosidad y cariño.

A mi editora Florencia Cambariere, por seguir confiando en mis historias, y a Daniela Morel por el excelente trabajo de prensa.

Agradezco especialmente a todas las lectoras, fieles seguidoras que alimentan día tras día esta pasión por la escritura, ya que sin ellas este sueño de tender puentes a través de las palabras no sería posible.

PRIMERA PARTE
STEIN

CAPÍTULO 1
STEIN FRANK

Buenos Aires, 1931

Stein Frank había arriesgado todo por el amor que había despertado en él aquella jovencita morena y bella que se ganaba la vida vendiendo pan en la esquina de Plaza Francia.

La observaba a diario mientras se dirigía al taller y a veces se animaba y le compraba una pieza a aquella niñamujer que ofrecía las delicias que llevaba en su canasta.

Los Frank eran una familia acomodada y se los reconocía como a gente de “clase bien”. El padre de Stein, Verner, tenía una joyería ubicada sobre la avenida Alvear adonde concurrían las viejas copetudas para adquirir los más preciados anillos y collares, así como relojes y cadenas para sus maridos. La madre, Adela, una dama refinada, cuando era necesario se codeaba con lo mejor de Buenos Aires, pero no por ello había perdido la sensatez ni la caridad hacia los más necesitados.

Con veinticuatro años Stein ya conocía el oficio de joyero, sabía engarzar perfectamente las piezas, sincronizar los relojes, colocar ganchillos y cierres y reconocer una piedra falsa, aunque esa tarea no lo entusiasmaba en lo más mínimo. En sus ratos libres se escapaba a la orilla del río, cuaderno y lápiz en mano, a retratar los pájaros que revoloteaban sobre la línea del agua.

Ese encuentro con la naturaleza lo llenaba de vida, le insuflaba ánimos para luego poder volver a la rutina del taller, a la espalda encorvada y la vista concentrada. No hallaba placer en su trabajo de joyero y en lo más íntimo de su fuero sabía que eso se acabaría algún día, que no pasaría su vida encerrado en esa pieza sombría, engalanando joyas que carecían de todo valor artístico, porque él, su creador, no sentía emoción alguna en su diseño.

Al cumplir los veinte su padre había insistido para que estudiara en la universidad, a lo que Stein se había negado rotundamente. Él quería ingresar a la Escuela Nacional de Bellas Artes, a estudiar dibujo, pero Verner se había opuesto: era tarea de maricones andar haciendo dibujitos; su hijo tenía que ser médico o abogado, para ganarse la vida con grandeza.

La puja entre padre e hijo fue dura y finalmente Verner se resignó a que su único descendiente no tuviera un título universitario y continuara su oficio de joyero. Al menos tendría el futuro asegurado, las clientas estaban encantadas con sus arreglos y collares, y más de una había le había echado el ojo para su hija. Sin embargo a Verner le dolía saber que Stein no gozaría del prestigio de un profesional.

El hijo intentó cumplir el mandato del padre, mas al poco tiempo de esa primera discusión Stein se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, dirigida por Pío Collivadino, que funcionaba en la calle Alsina y en la cual obtendría el título de profesor de dibujo al cabo de cuatro años.

Stein cumplía su labor diaria, encerrado en el tallercito que funcionaba detrás de la joyería, y permanecía durante horas inclinado sobre las piezas que debía reparar o engarzar. A menudo la vista se le nublaba de tanto forzar los ojos en la lóbrega habitación, pero sabía que no tenía escapatoria: hasta tanto no lograra hacerse de unos cuantos ahorros no podría abandonar la casa paterna para cumplir su sueño de pintor.

Cuando conseguía escaparse al río, el muchacho se sentaba en la orilla, apoyaba sus hojas sobre una tabla de madera y comenzaba a dibujar. Podía pasar horas ilustrando paisajes marinos, con gaviotas revoloteando sobre las aguas verdosas. Si tenía suerte y una se detenía unos instantes cerca de él, lograba plasmar su figura en el trozo de papel.

Desde pequeño había sentido inclinación por el dibujo y se entretenía copiando personajes de las historietas que su padre le traía una vez al mes. Ya más grande comenzó a idear sus propios diseños, que iban desde barcos a animales.

Los enfrentamientos con su padre no mermaban; Verner no perdía ocasión de humillarlo y tildarlo de “flojito” por su adicción al dibujo. A pesar de todos los reproches y discusiones, Stein persistía en su sueño de convertirse algún día en un pintor reconocido. Su mente volaba lejos, a veces en alas de alguna gaviota, otras se perdía en la lejanía, aferrada al mástil de alguna lancha, y era en esos momentos de plena creación cuando más feliz se sentía.

Cuando iba a la primaria, pintaba en todos los cuadernos, ya fueran de historia, ciencias o geografía. Sus maestros lo reprendían porque él se evadía de las clases, pero Stein no podía detener el impulso creativo.

En una

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